Crónica: 16ª Muestra SYFY de cine fantástico (2019)

Dieciséis años, y contando. La Muestra SYFY de cine fantástico de Madrid ha celebrado este año su “sweet sixteen”, y lo ha hecho por todo lo alto, con una de sus mejores programaciones hasta la fecha. Del 7 al 11 de marzo, los asistentes a la Muestra hemos podido disfrutar de una cuidada selección de cine fantástico y de ciencia ficción organizada por la cadena SYFY España, que como suele ser habitual, ha compilado una selección de títulos de lo más variopinto y extravagante.

La Muestra 2019 marcaba también la reaparición de Leticia Dolera como anfitriona, después de la polémica de su serie para Movistar+. La actriz, escritora y directora aprovechó la ocasión para volver a la normalidad, y a las redes sociales, después de tres meses de ausencia (casi) total. Su trabajo fue el de siempre, presentaciones divertidas, espontáneas y sí, feministas. Coincidiendo la Muestra con el Día de la Mujer, no podía ser de otra manera.

Controversias aparte, centrémonos en lo que nos importa de la Muestra. El cine, y la experiencia de verlo acompañado de aficionados al género fantástico. El público de la Muestra es de los más entusiastas que se conocen. Es por ello que se ha convertido en tradición desde hace años comentar las películas y hacer chistes en voz alta durante las proyecciones. Esto forma parte de la experiencia, pero afortunadamente, desde hace poco, la organización ha duplicado (o triplicado) las sesiones para diferenciar entre “Sala Mandanga” y “Sala del Silencio”. En la primera, el público es libre de armar todo el jaleo que quiera, en la otra se va a ver las películas en silencio.

Y sin más dilación, paso a comentaros las películas que he visto este año en la Muestra SYFY. Desafortunadamente no me ha sido posible verlas todas como otros años, pero de lo que he visto, me llevo un par de peliculones para la posteridad. Y alguno de ellos se estrena en salas comerciales pronto, así que tomad nota.

Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) – Inauguración

La Muestra SYFY comenzó el jueves con la premiere de Capitana Marvel en Madrid, película de apertura con la que empezamos esta edición “más alto, más lejos, más rápido”. La primera entrega de Marvel protagonizada enteramente por una mujer llegaba ensombrecida por una campaña de odio en Internet y un boicot por parte de los trolls que no les salió como esperaban: 455 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, convirtiéndola en el estreno mundial más taquillero protagonizado por una mujer y el segundo de superhéroes detrás de Vengadores: Infinity War. El público de la Muestra se entregó por completo a la historia de origen de Carol Danvers (estupenda Brie Larson), una película con todas las señas de identidad de Marvel y muchas conexiones con el resto de su Universo, concretamente con Vengadores: Endgame. La película se ha confirmado como un nuevo triunfo para el estudio, y así se sintió en la premiere. Risas, emoción con el cameo de Stan Lee, aplausos al final y un gran revuelo generalizado con las escenas post-créditos. Ah, y como era de esperar, la gata Goose conquistó a todo el mundo. Chupaos esa, troll. Si queréis saber más, os cuento mis impresiones sobre la película (que disfruté mucho más la segunda vez, conociendo de antemano los giros del argumento) aquí.

Elizabeth Harvest (Sebastián Gutiérrez, 2018)

La primera jornada propiamente dicha arrancaba para mí con Elizabeth Harvest, fábula de ciencia ficción dirigida por el venezolano Sebastián Gutiérrez. A medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y un capítulo de La dimensión desconocidaElizabeth Harvest se desarrolla como una historia de clones con (sospechosos) ecos a Ex Machina (tienen muchos elementos en común y el final es calcado) y mucha comedia involuntaria. Protagonizan Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera), Ciarán Hinds (que no sabemos cómo ha ido a parar ahí) y Carla Gugino, que le hace un favor al director (su marido) agraciando la película con su presencia. Pero ninguno de ellos (ni Dylan Baker, que también se pasa por ahí) es capaz de salvar la película. Su historia promete, pero una trama enrevesada y llena de pseudociencia acaba haciéndola cada vez más tediosa, confusa y absurda. Cuesta mucho tomársela en serio, pero claro, para eso estamos en la Muestra, cuyo público se encarga de que ninguna película aburra.

Upgrade (Leigh Whannell, 2018)

Primera gran sorpresa de la Muestra. Incomprensiblemente, esta curiosa cinta de ciencia ficción de la factoría Blumhouse no ha llegado a estrenarse en cines españoles, por lo que agradecemos a SYFY que la haya recuperado para el disfrute de su público objetivo. Leigh Whannell (guionista de Saw Insidious, y director de Insidious 3) se pasa al sci-fi con un oscuro thriller futurista a medio camino entre el policíaco, el noir y la acción pura que tiene mimbres de película de culto. En ella, un hombre tetrapléjico vuelve a andar gracias a la implantación de un chip llamado Stem, que toma el mando de sus funciones motoras y lo lleva al límite de sus capacidades, tras lo cual irá en busca de los hombres que mataron a su mujer, aprovechando sus nuevas habilidades. Logan Marshall-Green (el Tom Hardy de Hacendado) realiza una fantástica interpretación física en una película que casualmente también va de un hombre que habla con una voz en su cabeza que controla su cuerpo. Aunque recuerda a muchas películas anteriores (Minority ReportHerCrank, Lucy, Venom), Upgrade logra ser original. Engancha, tiene escenas de acción brutales y madera para saga. Muy disfrutable.

Gintama (Yûichi Fukuda, 2017)

Incorporación de última hora, Gintama se proyectaba en la Muestra a la vez que El año de la plaga, para gozo de fans del anime y el cine fantástico japonés. Se trata del largometraje en acción real del popular manga de Hideaki Sorachi, que ya ha tenido múltiples adaptaciones en diferentes formatos, incluida una longeva serie de animación. La película opta por la adaptación literal, conservando el estilo anime con un aspecto visual colorista, ritmo frenético, un “argumento” en el que todo vale e hilarantes efectos digitales de tercera. Lo mejor de la película son los chistes meta y las referencias a otros títulos de la cultura pop japonesa (el cameo de Nausicaä es genial), pero más allá de eso, cualquiera que no esté acostumbrado a este tipo de productos, puede salir completamente espantado por su estridencia y su absurdo sin fin. Sin ir más lejos, a mí me dejó el cerebro frito y mató las pocas neuronas que me quedaban. No apta para todos los públicos.

Prospect (Christopher Caldwell, Zeek Earl, 2018)

Christopher Caldwell y Zeek Earl dirigen esta personal propuesta de ciencia ficción que comienza como un drama paternofilial ambientado en el espacio (con el referente indie Jay Duplass) y acaba convirtiéndose en un competente thriller de supervivencia que se vuelve más y más extraño e intenso conforme avanza. Con un simple escenario principal (un bosque) y mediante diálogos que dan mucha información sin sobreexplicar demasiado, la película da forma a un detallado universo ficticio, demostrando que no hace falta un gran despliegue de efectos para crear mundos fantásticos creíbles en el cine. En el centro de la historia, una relación muy interesante y muy bien interpretada por la prometedora Sophie Thatcher y un genial Pedro Pascal. Una de las sorpresas más gratas de este año.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018)

El sábado nos encontrábamos con un viejo conocido, S. Craig Zahler. Sus dos películas anteriores, Bone TomahawkBrawl in Cell Block 99 se habían proyectado en la Muestra con gran éxito de público, por lo que su tercer largo como director no podía faltar en la programación de este año. Para su nuevo trabajo ha vuelto a contar con Vince Vaughn, que esta vez está acompañado nada más y nada menos que de Mel Gibson, con el que lidera un gran reparto. Dragged Across Concrete (qué gran título) es un thriller policíaco sórdido y ultraviolento en la tradición de Zahler, que sigue insistiendo en hacer un tipo de cine que recuerda inevitablemente al de Tarantino. Con leves pero constantes pinceladas de humor y dos horas y media de duración, el director casa el exceso de sus imágenes con una narración y una realización muy calculadas que, afortunadamente, no aburre a pesar de su metraje gracias a su buen pulso. Lo malo es que en su tercera película ya se le empiezan a ver las costuras. Zahler peca de pretencioso, repite esquemas y su discurso atufa a rancio, con personajes femeninos que son el paradigma del sexismo en el cine y Gibson interpretando a un personaje a su medida: un poli corrupto anticuado, racista, machista y homófobo. Dragged Across Concrete es de esas películas que te hace simpatizar tanto con ese tipo de personajes que te acabas preguntando si es solo el personaje o la película también defiende esas ideas tan primitivas.

Nación Salvaje (Sam Levinson, 2018)

Y tras la saturación machirula de Dragged Across Concrete llegaba un film diametralmente opuesto, Assassination Nation, incendiaria sátira feminista sobre cuatro chicas adolescentes que se convierten en el blanco de la ira de su instituto y una pequeña comunidad idílicamente suburbana que ha sido víctima de un escandaloso hackeo masivo. Una reflexión hiperbólica pero afiladísima sobre el papel de Internet en nuestras vidas, el linchamiento social, la hipocresía y la doble moral, y el juicio de una comunidad conservadora ante la liberación de la mujer y la expresión de su sexualidad (es de todo menos casual que transcurra en Salem). Es decir, una historia completamente actual y oportuna que se propone provocar y lo consigue. Es como si Sofia Coppola, David Robert Mitchell y Harmony Korine se hubieran unido para hacer una película. Moderna, pop, autoconsciente, violenta, visual y estéticamente gloriosa, y con una recta final demencial, Assassination Nation es una de esas propuestas radicales que dividen fuertemente a la audiencia. Los varios egos masculinos que salieron heridos de la proyección demostraron que la película logra su propósito de remover conciencias e incomodar a aquellos que se sienten amenazados por el feminismo y el poder de la mujer.

Escape Room (Adam Robitel, 2019) – Clausura

La Muestra SYFY concluía el domingo con Escape Room, película de clausura que esta semana llega a las salas comerciales de toda España. Adam Robitel (The Taking of Deborah LoganInsidious. La última llave) dirige la nueva vuelta de tuerca de las sagas de terror juvenil que ya se ha convertido en todo un éxito en Estados Unidos. Escape Room es como una fusión entre Cube, Saw La cabaña en el bosque, un juego retorcido en el que seis desconocidos se enfrentan a una escape room de la que deberán salir con vida usando su ingenio. Aunque no es original y requiere suspender la incredulidad considerablemente, es una película muy efectiva en lo que se propone, además de tremendamente entretenida. Destaca por su creatividad a la hora de diseñar los puzles y por lo bien que maneja la tensión. Una nota positiva para terminar la Muestra y dejarnos con ganas de más el año que viene.

Expediente X – “My Struggle II”: Así que esto era el futuro

My Struggle ii 1

Lo dicen las noticias: Chris Carter es el nuevo George Lucas. Supongo que esta afirmación se explica por sí sola, pero por si acaso, voy a aclararlo. Carter ha cogido su creación más querida, ha atendido las plegarias de los miles de fans que pedían más, y la ha resucitado en una nueva etapa que ha resultado no ser tan buena como se esperaba, demostrando que quizá ya no sea la persona más indicada para asumir esa responsabilidad. Podemos culpar a las altas expectativas que teníamos, o achacarlo al hecho de que, por mucho que lo deseemos, el experimento de la nostalgia no funciona (algo que ya hemos debatido largo y tendido en otras entradas), y las series y películas más queridas regresan para acabar siendo inevitables decepciones. Pero yo personalmente prefiero echarle la bronca a Carter, por haber hecho lo mismo que Lucas con las precuelas de Star Wars, devolver un universo a la vida para despojarlo de ella y confundirse a la hora de adaptar el material a la realidad actual. Y no es que no le haya puesto corazón, es que no le ha puesto cabeza. Me duele decirlo, pero para la undécima temporada de Expediente X (que Carter ya ha dicho que existirá “casi con toda seguridad”) sueño con que vuelva a seguir los pasos de Lucas y se retire para dejar que otros guionistas y directores más aptos se encarguen de seguir contando la serie (Carter, go home, you’re drunk).

El revival de Expediente X ha tenido un par de episodios memorables y suficientes momentos aislados como para disfrutarlo a pesar de todo (en su mayoría gracias al fan service), pero si lo analizamos en su totalidad, no ha cumplido las expectativas, y ha sido principalmente por culpa de los episodios centrados en la mitología de la serie, es decir, el fan fiction que ha hecho Carter con las dos partes de “My Struggle“. Si el primero a muchos ya nos pareció precipitado y aleatorio, lo de “My Struggle II” roza el paroxismo. Carter retoma la historia por donde la dejó al final del primer capítulo (aparcándola inexplicablemente durante los cuatro que hay en medio) y sigue desarrollando a marchas forzadas la nueva conspiración global (o eso tenemos que imaginarnos, porque la cosa se queda bastante en lo local) que va a llevar a la extinción de la raza humana. En “My Struggle II” vemos tomar forma de manera atropellada al Apocalipsis que se empezó a gestar en 2012 (un detalle para barrer el pasado bajo la alfombra con el que al menos atamos cabos), con El Fumador manejando los hilos entre bambalinas, como si fuera el Fantasma de la Ópera (nada casual la elección de esa máscara para ocultar su demoníaco rostro). Mulder va en busca de su enemigo mientras Scully trata de detener el fin por todos los medios, pero puede ser demasiado tarde. El virus que llevará a la humanidad a su final forma parte del ADN de todas las personas, y la cuenta atrás ha llegado a su fin.

My Struggle ii 2

Los agentes Miller y Einstein (Robbie Amell y Lauren Ambrose), aquí ya despojados de su naturaleza paródica y decididos a demostrar su valía como protagonistas relevo de Duchovny y Anderson, ayudan a Mulder y Scully en su empresa. Para ello, Carter se encarga de desarrollar los acontecimientos de la forma más torpe y apresurada posible, como en el primer capítulo, pero peor, porque esto es un final (“This Is the End”), o eso se supone. Lo peor empieza cuando Scully y Einstein se enfrascan en el desarrollo de una vacuna para el virus a partir del ADN alienígena que hay en Dana. La cosa ya va a trompicones desde el principio, pero a partir de ahí es cuando el capítulo se vuelve loco: por si los diálogos híper-obvios y sobre-explicativos más propios de una parodia no fueran ya dolorosos (Scully: “Podemos hacer una vacuna a partir de mi ADN” Einstein: “¡Eso no me llevará mucho tiempo!” *Traducción: ¡Tragáoslo, hemos justificado que vaya todo tan rápido con una sola frase!*), Carter intenta calzar a la fuerza tantos acontecimientos en 45 minutos que el tiro le sale por la culata y el episodio acaba zambulléndose en el absurdo para resolver el embrollo cuanto antes y como sea.

Los acontecimientos se desarrollan demasiado rápido, los personajes llegan de un lado a otro como si viajaran a través de portales de espacio-tiempo, los deus ex machina se acumulan (cuánta revelación y giro argumental por combustión espontánea), da la sensación de que faltan escenas, y en consecuencia, no da tiempo a procesar la información, que avanza desesperada y frenéticamente (tanta explicación para dejarse en el tintero tantas cosas). En definitiva, no recuerdo un Apocalipsis hecho con más prisa, peor planteado y “resuelto” (esa Scully avanzando a golpe de suerte y parando ella solita los disturbios callejeros). Carter ha intentado abarcar demasiado, ha forzado las nuevas tramas de la mitología, pensadas más bien para una temporada completa de las antiguas, en dos episodios que como mínimo deberían haber sido dobles. Y como consecuencia, nos ha dejado a muchos a medias y con mal sabor de boca. Afortunadamente, podemos intentar quitárnoslo pensando en esos pequeños momentos “de personajes” que tanto nos gustan y que al menos Carter no se olvida de regalarnos.

Mulder y Scully están separados durante todo el capítulo, hasta que se reúnen en la última escena, pero a la vez se encuentran tan unidos como en los momentos más difíciles de su relación (Scully explica a Einstein cómo ha llegado a creer en la causa de Mulder, en un precioso acto de deferencia hacia su compañero), luchando, enfrentándose a la muerte,  y anteponiendo todo el uno por el otro (Duchovny y Anderson acaban la miniserie a punto de encontrar por fin en sí mismos a Mulder y Scully, una pena que hayan tardado tanto y haya tan poco tiempo). Sin embargo, la interacción que yo rescato, con la que me planteo perdonar a Carter, es la de Mulder con El Fumador. En ese diálogo, donde vemos a C.G.B. Spender ya caracterizado al completo como un villano megalómano propio de una película de superhéroes (“Musings of a mad man”, dice Mulder en otro de los muchos guiños al pasado), Carter condensa con acierto la relación de estos dos personajes: “Has hecho que mi vida merezca realmente la pena“, le dice El Fumador a Mulder (que por cierto, viene de tener su propia escena de lucha sacada de una peli de superhéroes; ¿Desde cuándo Fox sabe kung fu y ha desarrollado esa fuerza sobrehumana? Menudas patadas voladoras). Esa es la frase que corona una de las escenas dramáticas más conseguidas de la temporada, y más importantes de toda la serie.

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Por lo demás, no hay mucho más que podamos salvar. La aparición de la agente Monica Reyes resulta desconcertante, incluso dolorosa, y tan postiza como lo demás (qué pena que solo haya faltado Doggett, aunque visto lo visto, pa qué), y el personaje de Joel McHale sigue siendo un grano en el culo, una excusa más para dar rienda suelta a la tan burda exposición de acontecimientos que ha tenido lugar esta temporada. Así que, sin más dilación, y para concluir, hablemos de ese cliffhanger. OMFG. Alguien sabía que este no era el final (por mucho que en el rótulo de fin de temporada de los créditos de inicio se nos diga lo contrario). O en su defecto, alguien sabía cómo acabar la miniserie para que los fans, contentos o descontentos, no tuviéramos más remedio que seguir pidiendo más (ya hemos dicho que Fox está con nosotros). En cualquier caso, este final tan abrupto, mucho más abierto de lo que esperábamos, nos deja con una sensación decepcionante de coitus interruptus (muchos espectadores pensaron que faltaba un trozo de capítulo), más acentuada aun por el hecho de que no sabemos si o cuándo vamos a saber cómo se resuelve. Pero a la vez nos plantea una nueva temporada de forma que no podemos decirle que no: si sobreviven a la presencia del OVNI (que vimos hacer saltar por los aires a Sveta justo después de posarse sobre ella y marcarla con el haz de luz de idéntica manera), la vida de Mulder y el futuro de la humanidad dependen de encontrar al hijo de Dana y Fox, William. Buena jugada, Carter.

Después de ver estos seis episodios, aun no tengo claro si fue buena idea resucitar la serie. La expresión “cualquier tiempo pasado fue mejor” me suele parecer cínica y conservadora, pero en este caso está más que justificada. Claro que quizá sea aconsejable ir haciéndose a la idea de que la historia de Mulder y Scully no ha terminado. De que probablemente no terminará nunca. Y a ver quién es el guapo o la guapa que no quiere saber qué pasa después en ese puente, y en las vidas de nuestros agentes del FBI favoritos.

Expediente X: Nunca fuiste “solo” una serie para nosotros

My Struggle 1

Mi relación con Expediente X es la misma que la de muchos otros miles de seguidores de la serie de Chris Carter. Siempre he estado seguro de ser el mayor fan y me pondré a la defensiva con cualquiera que crea lo mismo, pienso que sé más que nadie sobre ella (soy consciente del autoengaño, porque de hecho conozco a la persona que realmente sabe más de ella), que es mía. A veces una conversación sobre el pasado se convierte en una competición, en la que yo enumero mi colección de figuras de Sideshow Toys, insisto en que yo me compré las primeras temporadas en DVD cuando costaban ¡120€ cada una! o cuento que aun conservo como oro en paño los números de Teleindiscreta o Semanal TV con Mulder y Scully en portada (incluso aquella mítica Vale con los desnudos de David Duchovny en sus supuestas películas eróticas pre-X-Files).

En efecto, Expediente X definió en gran medida mis primeros años de formación como cinéfilo y seriéfilo, y también como persona. Cuando empezó a emitirse en España, se puede decir que yo aun era un niño. Como muchos de vosotros. La apasionante historia de Mulder y Scully, sus conspiraciones alienígenas, sus monstruos de la semana, la dialéctica crédulo-escéptica, y esa inigualable tensión sexual no resuelta me tenían completamente obsesionado. No había nada más estimulante que la conversación del día después en el patio del colegio (en la que siempre me hacía el mayor, a pesar de que muchas veces dejaba de ver el capítulo por miedo). Si hablamos de historia de la televisión, Expediente X definió junto a Twin Peaks una etapa crucial para el medio, caracterizada entre otras cosas por la “appointment television” (todo el mundo veía Expediente X), pero si hablamos a un nivel más personal, Expediente X me definió a mí: mis terrores nocturnos incorporaban imágenes de la legendaria cabecera de la serie (yo cerraba los ojos cuando aparecía la cara que se estiraba grotescamente), mi amor por la ciencia ficción aumentaba exponencialmente con cada episodio, la serie me hacía empezar a entender las posibilidades de Internet (en casa de mi mejor amiga, donde nos íbamos a merendar mientras esperábamos a que se cargase una foto de los agentes), mis gustos empezaban a ser más maduros y sofisticados (o eso creía yo) y, por último, pero no por ello menos importante, Expediente X potenciaba mi despertar sexual.

My Struggle 2

Me consta que, por mucho que quiera hacer de esta experiencia algo único e intransferible, lo mío con Expediente X es lo de mucha gente con Expediente X. Con el paso del tiempo, y como ha ocurrido con otras ficciones de los 90, Expediente X se asentó en la cultura popular como mucho más que una serie. Es parte de nosotros, y como tal, se ha negado a desvanecerse por completo. Por eso, el regreso de Mulder y Scully a la televisión después de 14 años (ignoremos la segunda película, aunque yo no creo que fuera tan mala para nada), ha sido recibido por (casi) todos nosotros como un regalo personal, entregado en mano por los propios Duchovny, Anderson y Carter. No pasaba año sin que rogáramos que los agentes especiales del FBI volvieran, porque había asuntos pendientes y sentíamos que su historia no había acabado. Expediente X no llegó a tiempo a su cita de 2012, pero al menos fijó una nueva para 2016, en plena eclosión del reboot y la nostalgia. La expectación era enorme, la campaña publicitaria omnipresente (que ni una de Marvel, vamos), y la espera insoportable. Entonces llegó el momento y el futuro se convirtió en pasado en un abrir y cerrar de ojos. Expediente X había vuelto. De verdad. Y la sensación al ver comenzar el primer episodio del revival era emocionante, exaltada, pero también extraña, agridulce. ¿Ha cambiado Expediente X? ¿Hemos cambiado nosotros? ¿Ha cambiado la televisión y es imposible reproducir lo que fue esta serie hace veinte años? A grandes rasgos, la respuesta a todas estas preguntas es “sí”.

My Struggle” (10.01) no ha sido recibido con el fervor que se esperaba. Crítica y gran parte del fandom lo han puesto de vuelta y media. Y con razón. Es cierto que la sensación de ver de nuevo el opening de la serie intacto, rodeados de nuestra vida y nuestros aparatos tecnológicos de 2016, es indescriptible, mágica, seguramente lo más parecido a viajar en el tiempo. Pero más allá de la cabecera, la cosa cambia. El primer episodio de la nueva Expediente X hace aguas por todos los lados, y no se debe solo a un problema de expectativas o de contacto con la realidad después de embriagarse de nostalgia, sino simplemente a un guion que deja mucho que desear. Quizá pensando en las nuevas generaciones de espectadores que se iban a enganchar porque era el acontecimiento seriéfilo del año, “My Struggle” intenta condensar nueve temporadas de historia en 45 minutos, e inevitablemente fracasa. Para enmendar el error de X-Files: Creer es la clave, el episodio empieza resumiendo (y respetando) la continuidad y la mitología de la serie, para después pulverizarla con una nueva premisa salida de la nada. La nueva teoría conspiranoica de Mulder pasa de puntillas por “lo de 2012” y reiventa la historia a modo de retcon, con la posibilidad de que el gobierno haya estado siempre detrás de las abducciones y las fecundaciones alienígenas. No fueron los extraterrestres los que embarazaron a Scully y a tantas otras mujeres, fueron los hombres trajeados del presidente. Interesante (?).

Founder's Mutation

Veamos, es una idea arriesgada que, a pesar de todo, puede funcionar, y además supone regresar de algún modo al arco central de la serie, a la vez que lo renueva para adaptar su potente imaginario a la era de la paranoia post-11S. Pero la manera en la que está presentada es torpe, forzada y apresurada, como la propia reapertura de los expedientes X. “My Struggle” está repleto de pobres diálogos sobre-explicativos que solo tienen la función de servir como recaps (exposición narrativa por un tubo), exceso de información (repetitiva y atropellada), una tendencia a mostrar demasiado (aunque vimos muchos alienígenas, monstruos y platillos volantes en la serie original, Expediente X se caracterizaba más por lo que ocultaba que por lo que enseñaba, y en “My Struggle” todo esto se lo pasa por el forro), aburridos nuevos personajes (sobre todo el de Joel McHale), incluso simplonas proclamas políticas (a Carter le debe haber encantado Mr. Robot). Y lo peor de todo es que para compensar sus carencias abusa del fan service (sí, soy consciente de la ironía del fan que, después de recibir lo que lleva años pidiendo, se queja porque es demasiado; la culpa es nuestra, por ser tan intensos con la serie). Expediente X siempre ha incluido a sus espectadores en el relato (alguna vez literalmente), y los guiños a las nueve temporadas anteriores eran obligados, pero seguro que había una manera menos tosca y evidente de hacerlos que repetir una y otra vez variaciones de las frases más famosas de la serie (“I want to believe” o “The truth is out there“) hasta que estas pierden su significado o devolvernos al Fumador (otra vez) de entre los muertos. Nos conformábamos con poco, el público fan es fácil, hasta que se le da por sentado y se cree que con un par de cucamonas basta.

Y luego están los actores. Bueno, en realidad no están ahí. Todavía no. Vale que el tiempo ha pasado por los agentes, que David Duchovny y Gillian Anderson nunca destacaron por realizar grandes aspavientos dramáticos (de vez en cuando estallaban, pero solían mantener la calma), y que sus personajes siempre tuvieron ese aire desapasionado e intelectual, pero en “My Struggle”, los actores simplemente no se han reencontrado con Mulder y Scully, no están en sus personajes, y se nota. Ambos deambulan por el episodio como carcasas vacías, apáticos, con miradas que antes lo decían todo y ahora parecen perdidas. Él pronunciando sus diálogos como si los estuviera leyendo en un teleprompter, y ella todavía metida en sus papeles de Hannibal The Fall, con una afectación somnolienta y hablando tan bajito y vocalizando tan poco que hay que subir el volumen de la tele (Bedelia du Maurier, ¡sal de Scully!). Un ejemplo perfecto de lo poco entregados que están sería la escena final en el porche, un momento que podría haber sido muy bonito (aquí al menos las alusiones a la tormentosa pero preciosa relación de los personajes/actores están mejor encajadas y son algo más emocionantes), pero que los actores desaprovechan con su interpretación desganada. Ojalá David y Gillian hubieran puesto el mismo afán en los episodios que en su tour promocional por las televisiones. Ahí sí parecen entusiasmados por volver a ser Mulder y Scully, y sobre todo por volver a estar juntos (pillines), no como en la serie, donde han perdido parte de la química que tienen fuera y han dejado de estar tan vivos como antes.

Founder's Mutation X Files

Afortunadamente, todo esto cambia en el segundo episodio “Founder’s Mutation“, un caso clásico y paradigmático de “Monster of the Week” con interesantes pinceladas de arco de personajes (concretamente sobre el hijo de Mulder y Scully, William). Esto ya sí es la Expediente X que conocíamos. El argumento episódico (confuso y retorcido, como los de antaño) evoca a las primeras temporadas de la serie, en las que no sabíamos muy bien qué estaba pasando pero nos daba igual porque nos encantaba, los guiños cómicos y meta son más acertados (“Soy pre-Google”, la significativa conversación sobre el monolito de 2001), y Duchovny y Anderson están algo más metidos en sus personajes (aunque siguen medio adormecidos, sobre todo Anderson, hierática de más hasta para Scully). Pero atención, porque Fox (la cadena) está emitiendo los capítulos de caso de la semana desordenados (las malas costumbres nunca mueren), y “Founder’s Mutation” es en realidad el quinto episodio en orden de producción. Es decir, el penúltimo de la temporada. Esto quiere decir dos cosas: que después de todo Expediente X sigue siendo Expediente X y podemos ver estos episodios desordenados (aunque ver a Mulder con traje de repente y a los dos en full mode “agentes del FBI” dé la sensación de que nos hemos saltado algo), y que quizá sea recomendable no esperar demasiado de Duchovny y Anderson, porque simplemente no hay tiempo. Crucemos los dedos para que se hayan quedado con buen sabor de boca a pesar de todo, y las desorbitadas cifras de audiencia de los nuevos episodios les animen a hacer más, y hacerlo mejor, en cuanto se queden libres.

Porque sí, a pesar de las quejas, quiero (queremos) más. Sabéis perfectamente que podríamos seguir a Mulder y Scully hasta el geriátrico y más allá. Forman parte de nuestras vidas, y nos negamos a renunciar a ellos, aunque el sentido común nos diga que es mejor dejarlos donde estaban y no remover el pasado (nostalgia mala). Pero es que Expediente X “nunca fue solo” una serie para nosotros, nunca fue un “solo” nada. Nuestra relación con ella es más especial de lo normal. Y al final el mero hecho de volver a este universo y reencontrarnos con estos personajes compensa todo lo demás. Quiero pensar que todo volverá a su sitio y habrá merecido la pena molestar a Mulder y Scully en su apacible retiro. Quiero que esta entrada me haya servido para desquitarme, para ajustar mis expectativas y a partir de ahora hacer la vista gorda a los errores y centrarme únicamente en lo que hace de Expediente X una serie tan importante para mí, para poder así volver a disfrutarla de verdad (aunque sé que no depende solo de mí). En definitiva, quiero creer. (¿Ves, Carter? Yo también sé hacer guiños facilones).

Consecuencias emocionales de ser espectador de Community

Community emotional consequences

Qué extraño viaje han sido estos últimos seis años para nosotros, los espectadores de Community, defensores enamorados, fans a muerte, después fans desencantados, enfurecidos, seguidores por incercia, y finalmente compañeros esperanzados. Ha sido una época muy ajetreada para los responsables de la serie, y esto se ha reflejado en el espectador, que ha sido testigo de las transformaciones de la serie a raíz de lo que estaba ocurriendo tras las cámaras. Desde el principio, Community siempre vivió al límite, año tras año al borde de la cancelación. Tres temporadas épicas, una cuarta temporada gravemente afectada por un escape de gas (y la marcha de su creador tras polémicas que conoceréis de sobra), una quinta temporada que daba la bienvenida de nuevo a Dan Harmon, decidido a llevar a cabo un reset (o Repilot) de la serie para acabar haciendo una segunda cuarta temporada, la marcha de tres personajes del grupo original de siete, y finalmente, la cancelación por parte de NBC y el rescate de última hora de Yahoo.

Community ha tenido muchas vidas, muchas oportunidades. No las ha aprovechado todas igual de bien, pero nunca ha dejado de intentarlo. Cambió tanto en su segunda mitad que pasó de ser una copia de sí misma a una serie que había perdido su razón de ser y necesitaba reencontrarse. Y este precisamente ha sido el leit motif de la sexta temporada, emitida por primera vez en Internet (el que ha sido siempre el verdadero hogar de la serie): la búsqueda de una nueva identidad. Esta temporada ha tenido un aire y un aspecto decididamente diferente, más crudo y desnudo (que el Dean no se haya puesto ningún disfraz hasta el final es toda una declaración de intenciones), algo más experimental, respondiendo sin duda al reto narrativo que supone contar con 10 minutos más por episodio y a una mayor libertad desde más arriba. Por otro lado, el recorte en el presupuesto se hacía patente en cada episodio (Greendale a veces parecía un plató de sitcom y el campus estaba desierto), lo que impedía que los guionistas se volvieran locos con los “episodios especiales” y por tanto obligaba a buscar otras formas de explorar la hiperactiva creatividad que caracteriza a la serie. Este año hemos visto a Community buscando la manera de ser una serie nueva sin dejar de ser Community. Y aunque los primeros episodios resultaron poco alentadores, fue adaptándose poco a poco a su nueva piel, para terminar encontrando el punto a la nueva dinámica de personajes y el nuevo tono, más reflexivo y relajado que antes.

save greendale committee

La sexta temporada de Community ha sido más difícil, ha transcurrido sobre el poso de tristeza que ha dejado la fuga de personajes y los continuos desengaños y episodios psicótico-depresivos de su creador, pero también, y quizás por todo eso, ha sido la más real, la más sincera. Sin abandonar los histrionismos propios de los protagonistas, se les ha permitido relajarse y ser personas. Más que nunca los hemos visto conversando alrededor de la mesa (no solo la Mark II sino también la del bar de Britta, que ha añadido un componente más convencional a un universo habitualmente despegado de la realidad), y además se han visto obligados a auto-analizarse en relación a las ausencias y las nuevas incorporaciones del Comité Save Greendale, que han resultado encajar magníficamente: Elroy, y sobre todo la maravillosa Frankie Dart, “una humilde forastera que llegó y lo clavó”; sin olvidar la reestructuración que ha provocado el merecido ascenso de Pelton y Chang (dos de los personajes más inspirados este año) a miembros oficiales del grupo. Esta temporada también ha contado con episodios “high-concept”, incluyendo una película casera de ciencia ficción (“Intro to Recycled Cinema”) o un brillante capítulo de Paint Ball deconstruido y reconfigurado como una de espías (“Modern Espionage”), incluso ha desarrollado su propia continuidad y autorreferencialidad casi al margen de la trayectoria en NBC (por ejemplo el troleo a los fans de Marvel o la importancia de Internet en casi todos los episodios), pero también ha llevado a cabo un experimento arriesgado: ser menos Community para intentar averiguar qué es Community después de todos estos años.

Y este ha sido también el tema principal del final de la sexta temporada “Emotional Consequences of Broadcast Television“, un episodio redondo que sabe a series finale al reflexionar sobre la trayectoria completa de la serie y situar a sus personajes en nuevos caminos separados. Este final cierra arcos emocionales de casi todos ellos (mi pobre Britta se queda a medias) y deja abiertas muchas puertas, pero no necesariamente para ser cerradas. La idea del episodio, sin duda el más meta de toda la serie (y ya es decir), es imaginar cómo sería una séptima temporada de Community, para lo que cada personaje propone una o varias ideas (“pitches”) que reflejan sus personalidades y sus experiencias en Greendale durante estos seis años. “Emotional Consequences” está salpicado de principio a fin por una versión recortada del opening de la serie, que nos golpea una y otra vez con la frase “I can’t count the reasons I should stay, one by one they all just fade away“. No es casual, por supuesto. La intención es poner sobre la mesa todo lo que ha salido bien, recordar todas las cosas que se han ido “desvaneciendo una a una”, y todo lo que ha fallado, y a partir de esa información descubrir qué razones les quedan a estos personajes para quedarse en Greendale y crear/justificar posibles futuros para Community

shirley community final

Sin embargo, ninguno de los “pitches” resulta convincente. Algunos son demasiado absurdos hasta para una serie como Community, otros son demasiado acomodaticios (el más lógico, que nos devolvería al grupo al completo siguiendo los pasos de Jeff como profesores del campus se descarta por ser muy fácil), otros nos demuestran que traer de vuelta a los personajes que se marcharon no es la solución (el cameo de Shirley sirve para decirnos que la antigua Community ya no existe y no volverá a existir). La conclusión que Harmon saca de todo esto es que la mayor enemiga de Community ha sido Community (en este caso podemos usar el nombre de su creador como sinónimo), que su propia ambición se ha vuelto en su contra, hasta el punto de hacerle perder su propósito. Harmon nos habla a través de sus personajes del problema de no querer crecer y arrastrar a los demás hacia tu estancamiento (eterno conflicto interno de Jeff, que en el final aprende a dejar marchar a Abed y Annie para asumir que se está haciendo mayor), de lo difícil que es crear algo y mantenerlo vivo durante tanto tiempo, y a continuación extiende la mano para que se la cojamos. “Emotional Consequences” es una disculpa oficial hacia los fans, y también a las personas que han confiado en él y han salido decepcionadas, o a los que ha ofendido durante estos años. El tag final del episodio empieza como un deprimente chiste sobre unos personajes de ficción que descubren que en realidad no existen (el mejor epílogo de una temporada de epílogos horrendos), y se acaba convirtiendo en un disclaimer/carta en la que Harmon se abre ante su audiencia y se autoflagela (una vez más) por su complicada personalidad y sus errores. Pero el mensaje más importante del demiurgo se transmite, como no podía ser de otra manera, a través de Abed, que nos explica qué es o debe ser una serie de televisión, en concreto una comedia, cuál es la relación ideal entre ella y el espectador, y por tanto, por qué Community ha sido tan especial, única y problemática:

“There is skill to it. More importantly, it has to be joyful, effortless, fun. TV defeats its own purpose when it’s pushing an agenda, or trying to defeat other TV or being proud or ashamed of itself for existing. It’s TV, it’s comfort. It’s a friend you’ve known so well, and for so long you just let it be with you and it needs to be okay for it to have a bad day or phone in a day. And it needs to be okay for it to get on a boat with Levar Burton and never come back. Because eventually, it all will”.

La respuesta a la pregunta “¿Por qué sigue existiendo Community?” no tiene una sola respuesta. Son tantas como las razones por las que cada miembro del Greendale Seven/Save Greendale Comitee/Nipple Dippers ha permanecido en el grupo hasta ahora. Codependencia, autoengaño, amistad, ¿sinergia?. Estos personajes reconocen estar ahí porque son quienes son solo en relación al grupo, es su refugio del mundo real, su zona de confort. Y en estos momentos, Community es lo que es sobre todo en relación a sus fans, sin los que no sería nada, una válvula de escape de la que Harmon nos pide que no dependamos tanto y que no depositemos tanta responsabilidad en ella. Antes de despedir a los personajes que se marchan para descubrir quiénes son fuera de Greendale y enseñarnos a los restantes sentados a la mesa del bar (“This is the show“, las series pueden cambiar, evolucionar, sufrir “hemorragias” de personajes, perderse y encontrarse), Harmon nos propone cerrar los ojos e imaginar cómo sería nuestra séptima temporada ideal. No podemos decirlo en voz alta (ni supongo escribirlo en la entrada de un blog), porque no se haría realidad. Pero yo he preferido no pensarlo. “Emotional Consequences” es el final perfecto para la serie. Ha sido agridulce, duro, rupturista (esos dos fucks), pero también precioso, emotivo, conmovedoramente sincero y lleno de guiños cómplices al pasado (“I hereby pronounce you a community”); en definitiva, el broche de oro a una serie que nos ha involucrado narrativa y emocionalmente como ninguna otra. ¿Me gustaría volver a Greendale para una séptima temporada o para ver hecho realidad el profético #andamovie con el que termina la sexta? Claro que sí, ya hemos dejado claro que nuestra relación es codependiente, y si ella quiere volver, la recibiré con los brazos abiertos, como amigos que saben que estarán mejor el uno sin el otro pero siguen juntos incondicionalmente (pase lo que pase, #CommunityLivesOn). ¿Debería ser “Emotional Consequences” el final definitivo de Community y nosotros dejarla marchar de una vez? Maybe. Probably. Maybe.

Crítica: Líbranos del mal

1175917 - DELIVER US FROM EVIL

Como todas las películas sobre fenómenos paranormales y posesiones, Líbranos del mal (Deliver Us From Evil) está convenientemente basada en una historia “real”, la de Ralph Sarchie. La película, dirigida por el experto en la materia Scott Derrickson (El exorcismo de Emily RoseSinister) cuenta la historia de este policía de Nueva York (Eric Bana), un hombre de familia que lleva a cabo la investigación de una serie de asesinatos vinculados a fenómenos extraños. Movido por lo que su compañero de patrulla llama el “radar”, Sarchie tiene un sentido preternatural que lo vincula personalmente a estos sucesos paranormales, alejándolo a la vez de su mujer (Olivia Munn) y su hija pequeña. Para llegar al fondo del misterio, el agente solicita los servicios del sacerdote Mendoza (Édgar Ramírez), un clérigo poco convencional con sus propios demonios personales.

Líbranos del mal pósterLíbranos del mal sigue al pie de la letra el manual de las películas de casas encantadas y exorcismos, y nos inunda de topicazos con escenas que solemos ver en una docena de películas al año (la niña que mira debajo de la cama, la caja musical de juguete que salta sola) y echando mano de todos los clichés narrativos que buenamente puede (incluyendo el irritante problema del padre absorto en su trabajo que descuida a su familia). Sin embargo, aporta un enfoque menos común, el de la investigación criminal, que resulta en un extrañamente efectivo híbrido de terror moderno y procedimental policíaco clásico que ayuda a que la película se mantenga del lado “real” del género, en oposición a las variantes más fantásticas que hemos visto recientemente. Si en la mayoría de películas de este tipo el espectador se pregunta (muy comprensiblemente) “¿dónde está la policía?”, en Líbranos del mal se reconfortará sabiendo que está en el centro del relato todo el tiempo. En este sentido, Bana hace un trabajo más que aceptable representando de forma gradual y natural el paso del escepticismo a la convicción, algo a lo que no se suele dar tanta importancia en este cine.

Derrick saca provecho de las oscuras, sucias y lluviosas calles del Bronx para ambientar los horrores de la historia en un escenario muy realista, transformando lo cotidiano en terrorífico, y ofreciendo un buen catálogo de imágenes impactantes que se quedará en la retina (y el estómago) de más de uno (el pintor en el sótano, el bebé, el apartamento infestado de cucarachas, la “instalación artística” con el perro y el gato). No obstante, también se preocupa de amortiguar el alto contenido macabro de la película con bastantes golpes cómicos, casi siempre provenientes del compañero de Sarchie, robaescenas interpretado con gracia y carisma por Joel McHale (Community). Claro que, al final, nada de esto es suficiente para que el filme destaque de entre tantos productos clónicos que nos llegan a la cartelera periódicamente. Líbranos del mal acaba cayendo en los vicios de siempre y recurriendo a los trucos más gastados, así como a la mayor cantidad de sustos fáciles posible (da igual que os tapéis los ojos, el sobresalto lo proporciona la música). Esto desemboca en un clímax insoportablemente alargado en el que asistimos a un exorcismo interminable que parece más bien una clase magistral sobre el tema.

Valoración: ★★½

Community 2.0

Lo de Community no es normal. Cuando una serie pasa por lo que ha pasado la comedia de culto de NBC, lo más lógico es que no haya marcha atrás y se acabe hundiendo (lo que le está pasando a Raising Hope). La cadena despidió a su creador y showrunner, Dan Harmon, después de una sonada pelea con Chevy Chase, y lo sustituyó por dos guionistas, David Guarascio y Moses Port. Tras el fracaso artístico (en índices de audiencia no bajó demasiado, sorprendentemente) que supuso la cuarta temporada, Guarascio y Port lo dieron por imposible y renunciaron al puesto. Exceptuando un par de episodios más o menos a la altura de lo que esperamos de nuestra Community (“Conventions of Time and Space”, “Herstory of Dance”), los dos showrunners desempeñaron su trabajo desde el ángulo erróneo: en lugar de dejar que la serie evolucionase bajo su tutela y encontrase una nueva voz, se empeñaron en clonar la Community de Dan Harmon.

CommunityEl resultado fue una pobre imitación en la que todo resultaba forzado, caricaturesco y vacío. Nosotros les agradecemos el esfuerzo de corazón. La verdad es que se enfrascaban en una batalla ya perdida y aún así le pusieron empeño. Pero el triunfal regreso de Community en 2014 ha demostrado que Community sin Dan Harmon no es Community. Es… la cuarta temporada de Community. Con la mosca cojonera de Chevy Chase fuera de la ecuación, Harmon recupera la custodia de su niña y vuelve para reestablecer el orden (o el dulce caos) en su serie. Borrón y cuenta nueva (y changnesia selectiva para no acordarnos de la cuarta). Ya era hora de que los de Sony se dieran cuenta de que con esta serie, y aunque nos duela en el fondo, es mejor perder a una de sus estrellas que a la persona que hace que funcione (y digo esto preparando ya los kleenex para cuando Donald Glover desaparezca). Community nunca ha sido normal, nunca ha querido ser normal, y su accidentada trayectoria, muerte y resurgimiento de las cenizas es prueba de ello.

Ya hemos visto tres episodios de la quinta temporada de Community, y a pesar de unos cuantos peros, el balance es positivo. Damos la bienvenida a Community 2.0. No es exactamente una nueva serie, pero sí es un nuevo comienzo. Community vuelve a ser la obra de un excéntrico autor que yerra tanto como acierta, un experimento televisivo autoindulgente que en lugar de alienar a sus espectadores, los abraza y los pellizca. Harmon ha vuelto, y con él regresan las almas de sus personajes, después de pasar un año en el limbo dejando a los Greendale Seven como carcasas vacías. Estamos a un paso de conseguir lo que creíamos que era una utopía: el #sixseasonsandamovie. A continuación os dejo con una breve opinión de los tres episodios de la quinta temporada emitidos hasta la fecha:

Community - Season 5

5.01 “Repilot”

Con “Repilot“, Harmon lleva a cabo un ejercicio de deconstrucción, casi de destrucción, necesario para seguir adelante. No es que ignore todo lo ocurrido en la cuarta temporada (afortunadamente sí hace como si lo de Britta y Troy nunca hubiese pasado), pero se da prisa en quitárselo de en medio para no subyugar la nueva temporada a las consecuencias de la anterior. Hay continuidad, desde luego, pero Harmon se queda con lo que le conviene, atribuye los errores y salidas de tono del año pasado a “un escape de gas” (a partir de ahora, la cuarta temporada es oficialmente el “Gas Leak Year”) y se evita más de un problema dando un considerable salto hacia delante en el tiempo.

“Repilot” plantea una versión más oscura y deprimente de Community. Es incluso peor que la Darkest Timeline: los protagonistas se graduaron, se separaron (lógicamente) y ahora tienen trabajos por debajo de sus expectativas (¿qué esperaban?) o miran la vida pasar. Al igual que en el piloto de 2009, Jeff los vuelve a juntar (y al igual que en 2009, ese no es su principal propósito). El plan de Jeff y el desarrollo del episodio es algo confuso, pero lo que importa es el resultado: los Greendale 7, ahora Greendale 6, vuelven al campus, vuelven a estar juntos, que es como deben estar siempre. Por supuesto, “Repilot” no escatima en metarreferencias (Abed y Scrubs) y la autorreflexividad vuelve a ser usada correctamente, como en la brillante escena en la que Jeff se pregunta qué ha pasado para que Britta pase de ser una guerrillera a la tonta del grupo o para que la personalidad de Troy haya sido absorbida por Abed. No confundamos esto con un golpe bajo a la cuarta temporada (para eso ya está lo del Gas Leak Year o lo de “No haberos gastado tanto en efectos”). El problema viene de mucho antes, y esto es un mea culpa de Harmon en toda regla. Que el grupo queme la mesa de estudio (aunque sea accidentalmente) y creen juntos una nueva es el gesto definitivo. La nueva vieja Community ya está aquí. Cómo echaba de menos reírme con esta serie: “That’s like me blaming owls for how much I suck at analogies.” Eso.

Community Introduction to Teaching

5.02 “Introduction to Teaching”

Y si “Repilot” incendiaba y destruía Community, en “Introduction to Teaching” asistimos al verdadero resurgir del Ave Fénix. El segundo capítulo de la temporada es un episodio modelo. Después del replanteamiento del anterior, las cosas vuelven a la (a)normalidad en Greendale, mientras los personajes se ajustan a sus nuevos papeles. Sobre todo Jeff, ahora profesor de Derecho en el campus. La sala de estudio vuelve a ser la misma de siempre. Con alguna que otra variación: Jeff ya no está al mismo nivel que sus compañeros académicamente hablando (nuevo escenario: la sala de profesores), Pierce no está, Hickey (Jonathan Banks básicamente interpretando de nuevo a su Mike Ehrmantraut de Breaking Bad) lo sustituye oficialmente, y lo más importante, la Mesa Mark II. Lo que no ha cambiado nunca es Chang, que vuelve a ser profesor. Siempre igual de grande, maneje los hilos del personaje quien los maneje (probablemente Ken Jeong en todo momento).

En “Introduction to Teaching” regresan los elementos más icónicos de Community, incluidos los gritos de Garrett y el Pop Pop! de Magnitude. Y la ausencia de Pierce, más que con la presencia de Hickey (personaje aburrido que habrá que dejar evolucionar como a los demás, supongo), se compensa sobradamente dando énfasis a los personajes de reparto y elevando a nuestro adorado Dean Pelton a fijo (aunque la única diferencia por ahora esté en los créditos iniciales, porque fijo ha sido siempre). Lo dicho, “Introduction to Teaching” es Classic Community. No hay duda cuando vemos la escena de la revuelta por la conspiración de los “menos” en las notas o cuando vemos a Abed intentando averiguar si Nicolas Cage es un buen o mal actor en una de las clases más geniales que hemos visto en Community. Danny Pudi ofrece en este episodio una de sus mejores interpretaciones de la serie. Et tu Brute!

Community - Season 5

5.03 “Basic Intergluteal Numismatics”

Pero entonces llega “Basic Intergluteal Numismatics” y se nos trastocan un poco los esquemas. El tercer episodio también tiene ese inconfundible aroma a la Community clásica, pero le falta algo de chispa. Aunque en realidad esa es la idea: el capítulo es una parodia de las películas de David Fincher, Red Dragon (los créditos homenajean a los de la película de Brett Ratner), los procedimentales de CBS y series como The Killing, una investigación criminal de mano de dos agentes, Jeff y Annie (oportunidad para seguir explotando su ya absurda TSNR – ¡O los lías o los dejas tranquilos, pero haz algo ya!). El mayor acierto de “Basic Integluteal Numismatics” (parecido a aquel “Basic Lupine Urology”, el de la batata de la 3ª temporada) es no ceñirse a un referente y parodiarlo de principio a fin, sino crear una historia partiendo de los lugares comunes que se repiten en películas como Se7en o Zodiac y series como Caso abierto. Así, los estudiantes de Greendale se enfrentan a un malhechor que los tiene aterrorizados metiéndoles monedas en la raja del culo cuando se agachan. El episodio es técnicamente brillante y sobresaliente como parodia, pero llega demasiado pronto y nos hace temer otra temporada cargada de capítulos ambiciosos (high-concept, que los llaman por ahí) que hagan que la serie vuelva a perder un poco el norte. ¿No sería mejor centrarse un poco más en los personajes, que acaban de tirar cinco años de su vida para invertir en otros cuatro, antes de ponerse con este tipo de capítulos?

Por último, “Basic Intergluteal Numismatics” supone el reset definitivo de la serie, y se nota en la agitación del reparto. Nos enteramos de qué ha pasado con Pierce (el holograma de “Repilot” no nos desvelaba cuál había sido su destino) en una escena cruda y desarmante que nos pilla desprevenidos, y recuperamos al profesor Duncan (genial John Oliver) y a Starburns, que no estaba muerto, estaba viviendo en el establo de Greendale (“¡¿Tenemos establo?!”). Por otro lado, Troy ha sido una presencia ausente en estos primeros episodios de la temporada, lo que nos hace pensar que nos están preparando para su marcha (esperamos no definitiva), o sea, que nos están intentando demostrar que la serie también puede funcionar sin él. Su ausencia será mucho más trágica que la de Pierce (sobre todo porque Abed se queda sin su otra mitad), pero si algo me ha enseñado ser fan de esta serie es a confiar ciegamente en ese loco gilipollas que es Dan Harmon.