Crítica: El Cascanueces y los Cuatro Reinos

El Cascanueces es uno de los cuentos de Navidad por excelencia y uno de los ballets más populares de todos los tiempos. Era cuestión de tiempo que Disney se animase a adaptarlo en forma de superproducción para toda la familia. El cascanueces y los cuatro reinos (The Nutcracker and the Four Realms) está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström (Chocolat) y Joe Johnston (Capitán América: El primer Vengador), quienes ponen sus respectivos estilos como cineastas al servicio de una película a medio camino entre el cuento de hadas clásico y la aventura de acción de la nueva era de la Casa del Ratón.

El cascanueces y los cuatro reinos es una adaptación libre del cuento El cascanueces y el rey de los ratones de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y el mítico ballet de Tchaikovsky que este inspiró.  La película está protagonizada por Mackenzie Foy (la hija de Bella y Edward en Crepúsculo y de Matthew McConaughey en Interstellar), que da vida la inquieta e inteligente Clara, y cuenta en su reparto con grandes nombres como Morgan Freeman, Helen Mirren y Keira Knightley.

Como regalo de Navidad, Clara recibe una caja en forma de huevo que perteneció a su madre. Para encontrar la llave que la abre se adentra en una extraña dimensión mágica donde descubrirá todo tipo de maravillas y peligros. Allí conoce a un soldado llamado Phillip (Jayden Fowora-Knight), que la ayudará en su misión, un ratón revoltoso perteneciente a un monstruoso ejército de roedores que se ha empeñado en robarle la llave, y los líderes de los Cuatro Reinos, entre los que se encuentra el Hada de Azúcar (Keira Knightley). Clara se dirigirá al Cuarto Reino, donde se enfrentará a la temible Madre Jengibre (Helen Mirren) para recuperar su llave y restaurar el orden en este mundo paralelo.

Con El  Cascanueces y los cuatro reinosDisney reinventa el conocido relato al estilo de su versión live-action de Alicia en el País de las MaravillasLas crónicas de NarniaEl mago de Oz, todas ellas historias protagonizadas por jóvenes que abandonan su realidad para visitar un reino de fantasía. Johnston y Hallström realizan un espectáculo barroco, azucarado y colorista incorporando la tradición teatral al estilo hiperdigital del Disney más reciente, aunque el ballet queda más como un elemento anecdótico y puntual (representado por la aparición especial de la bailarina Misty Copeland) que como algo predominante. En su lugar, la película se centra en las aventuras de Clara en los Cuatro Reinos y su lucha contra el mal para salvarlos, acentuando la fantasía con abundante imaginación, (sobre)estímulo visual y algún que otro toque de oscuridad (los polichinelas de Madre Jengibre son bastante siniestros).

El film aúna el Disney de toda la vida (no falta la figura paterna ausente o la lección sobre encontrar la fuerza en el interior) con el mensaje de empoderamiento femenino y la mayor diversidad racial que ha caracterizado a los títulos recientes de la compañía. Mackenzie Foy realiza un notable trabajo personificando estos valores y convirtiéndose en una heroína Disney tan clásica como moderna, una niña valiente y resoluta sin dejar de ser una princesa de las de toda la vida. La joven actriz tiene sentimiento y presencia, lo que ayuda a que el resto de la película se sostenga sobre sus hombros. Por desgracia, a su alrededor se encuentra un elenco de estrellas que supone uno de los eslabones más débiles de la película: Freeman y Mirren solo están ahí para aportar pedigrí y Keira Knightley nunca ha estado tan mal. Su Sugar Plum Fairy es carne de Razzie.

A pesar de su irregularidad, El Cascanueces y los cuatro reinos no llega al nivel de despropósito de otra película de Disney reciente con la que sin duda también será comparada, Un pliegue en el tiempo. En este caso estamos ante un producto más competente en todos los aspectos, una propuesta que no arriesga pero al menos funciona según lo que se espera de ella, con un envoltorio de lujo (salvo algún que otro croma) en el que sobresalen un suntuoso diseño de producción y vestuario y, por supuesto, la eterna partitura de Tchaikovsky, reinterpretada y aderezada por James Newton Howard. Si bien las licencias que se toma para homogeneizar (o disneyficar) El Cascanueces y convertirla en Alicia en el País de las Maravillas indignarán a más de uno, la película cumple eficazmente su propósito como entretenimiento familiar para inaugurar la temporada navideña. Aunque sea en Halloween.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Capitán América – El primer vengador

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Captain America: The First Avenger (Estados Unidos, 2011)
Director: Joe Johnston
Intérpretes: Chris Evans, Hayley Atwell, Sebastian Stan, Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Dominic Cooper, Stanley Tucci
Guión: Christopher Marcus, Stephen McFeely
Música: Alan Menken, Alan Silvestri
Montaje: Robert Dalva, Jeffrey Ford
Fotografía: Shelly Johnson
Duración: 124 minutos

 

Súper nostalgia

El gigante marveliano se vuelve más audaz con los años. Muy atrás quedan ya las peripecias camp del Spider-man de Raimi o el tono afectado del Hulk de Ang Lee. Afianzada como valor seguro para las taquillas a nivel global, la casa de Stan Lee apuesta con su más reciente superproducción por la sencillez argumental, el culto al arquetipo y la recuperación de la esencia pulp de muchos de sus títulos en papel. El apabullante éxito del relanzamiento de la franquicia de Batman, lejos de achantar a Marvel o empujarle a asimilar el estilo más serio de la competencia, ha reforzado su identidad. En la Casa de las Ideas saben bien lo que les funciona, y saben cómo explotarlo en su ambicioso proyecto de Universo Cinematográfico. El gusto por los súper héroes aspiracionales (ellos en el fondo son como nosotros), la acción más rimbombante y el humor amable definen la línea de acción de la casa, que no oculta su agenda más inmediata: The Avengers, uno de los eventos cinematográficos más esperados del próximo año.

Capitán América es en esencia un tratado de nostalgia cuya mayor virtud reside en la consciencia –y el aprovechamiento- de su naturaleza infantil. Una de las grandes bazas del estudio reside en la intemporalidad de sus nuevas propuestas, que bien podrían haber sido estrenadas hace diez o veinte años. En este sentido, Joe Johnston se revela como el realizador idóneo para una cinta de estas características. Con títulos como Rocketeer o Jumanji en su currículum, Johnston aporta su amplia experiencia en el cine familiar y de aventuras –recordemos también que fue director de arte de Indiana Jones en busca del arca perdida. Sin miedo a caer en el ridículo –y sin remordimientos después de hacerlo- el director nos ofrece una historia cuya premisa puede resultar incómoda a ojos no-yanquis, y que sin embargo es accesible gracias sobre todo a un tratamiento descargado de conciencia política y centrado en la aventura. Digamos que Capitán América: El primer vengador reproduce mejor el espíritu y el tono de Indiana Jones que la reciente El reino de la calavera de cristal.

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El mayor alarde de patriotismo de la película reside en la personalidad de Steve Rogers, cuya identidad, valerosa e inquebrantable, construye la metáfora de la nación amenazada por un enemigo exógeno. La pompa y la grandilocuencia se reservan para las escenas de acción –no muy bien ejecutadas, pero de encantador aire cartoon-, mientras que el discurso imperialista se simplifica bloqueando así cualquier tipo de acusación por adoctrinamiento. Los malos son malos porque sí, y los buenos son así intrínsecamente. Incluso la construcción de Rogers como icono nacionalista se lleva a cabo desde la jocosidad y la auto parodia, usando al Capitán, disfrazado con un atuendo ridículo, como reclamo para vender bonos. Más que un relato sobre la guerra y la propaganda  -para lo que fue creado el héroe a principios de los 40-, nos encontramos ante la historia de un individuo, un cuasi-disminuido físico y social, que acaba convirtiéndose en el símbolo de una sociedad que lo necesita tanto como él a ella.

La fábrica de testosterona andante Chris Evans repite como héroe marveliano después de dar vida a la Antorcha Humana en Los 4 fantásticos -decisión cuanto menos cuestionable, pero asumida, como el hecho de que Bruce Banner vaya por su tercera encarnación. Le acompañan un plantel de secundarios de los que destacan la eficaz Hayley Atwell, un divertido Tommy Lee Jones y Stanley Tucci repitiendo el mismo papel que lleva interpretando desde hace años. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, la carga interpretativa del filme es lo de menos. A Evans no se le exige mucho más allá de su impresionante exhibición muscular, y el resto de actores están al servicio de una historia que, sobre todo en su primera parte, depende de unos efectos digitales que no dan la talla –el Rogers ‘monigote’, lejos de suponer un avance en este campo, pone en evidencia sus carencias.

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Como cualquier historia iniciática de súper héroes, Capitán América narra el origen del mito, recurriendo a todos los lugares comunes imprescindibles en el género –el nacimiento paralelo de su némesis, la perezosa justificación científico-mística, la primera relación amorosa, el origen del traje. Se humaniza de esta manera al héroe durante la primera mitad del metraje para dar paso en la segunda a la consolidación del mito a través de la acción más pura. Cimentada en los grandes clásicos de aventuras, Capitán América nos brinda un destello de aquella diversión inadulterada que nos hacía ver una película una y otra vez cuando éramos niños, y que acaba provocando nuestros ataques nostálgicos ya de adultos.

Si bien Capitán América puede ser considerada una pieza -la última- del enorme engranaje de Los Vengadores, y por tanto un episodio más dentro de una macro-historia, esta posee la autonomía narrativa necesaria para que el entramado serial del que forma parte no se vuelva en su contra. A pesar de su clasicismo formal, Capitán América se erige como representante de las nuevas formas de consumir cine y de las estrategias para venderlo, basadas en la serialidad y la transmedialidad que la televisión ha contagiado a la industria. La nueva de Marvel no es solo un digno homenaje al cine de aventuras clásico y una firme réplica a los blockbusters “de autor”, es además baliza del cine de nuestros días, en el que las secuelas, precuelas, spin-offsremakes y reboots deben dejar de considerarse síntomas de agotamiento y comenzar a entenderse como señales de nuestro tiempo.

Pedro J. García