Joker: Quien ríe el último, ríe mejor

Tras el fracaso de Liga de la Justicia, Warner Bros. se vio obligada a reestructurar su Universo DC, lo que le llevó a tomar la decisión de rebajar la continuidad entre sus películas. De ese momento en adelante, el estudio abandonaba la fórmula Marvel y los proyectos bajo la denominación DC no conformarían un universo interconectado único, sino que serían concebidos como historias más independientes en las que los personajes podían ser interpretados por distintos actores y las líneas temporales no tenían por qué encajar a la fuerza. Además, las películas de la nueva etapa de DC darían más importancia a la visión del director, habiendo comprobado que las excesivas interferencias del estudio no traían nada bueno. De este cambio nace el The Batman de Matt Reeves con Robert Pattinson como el Hombre Murciélago, que veremos en 2021, y la que hoy nos ocupa, el Joker de Todd Phillips.

Sus excelentes primeras críticas y su exitoso paso por el circuito festivalero, con el León de Oro de Venecia en su bolsillo, han hecho que la conversación alrededor de la película, su mensaje e impacto en la sociedad se caldee antes de su estreno comercial. Joker es una relectura arriesgada y provocadora del icónico villano de DC que reescribe su biografía por completo, otorgando al personaje una nueva historia de orígenes que, en lugar de aparecer en las páginas del cómic como es habitual, nace en la pantalla de cine. Una revisión que, ya de paso, también afecta a Gotham y a Batman mediante la continuidad retroactiva, un recurso muy empleado en el tebeo para renovar y actualizar a los personajes más longevos.

Joker nos presenta a Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), un payaso de tres al cuarto que desde pequeño sueña con ser cómico. A sus más de 40 años, Arthur vive con su madre (Frances Conroy) y es el hazmerreír de sus compañeros de trabajo. Aquejado de un trastorno que le provoca una risa repentina e incontrolable en los momentos menos indicados, es incapaz de encajar en una sociedad que lo rechaza, lo maltrata y se ríe de él. Harto de ser el chiste de los demás, Arthur estalla y recurre a la violencia, lo que le proporcionará un sentimiento de liberación y éxtasis que cambiará su vida, convirtiéndose en adalid de una sociedad rota que necesita un héroe y lo encuentra en el peor de los villanos.

Phillips recupera el cine criminal y el noir de los 70, inspirándose claramente en la filmografía y estilo de Martin Scorsese, concretamente en Taxi Driver y El rey de la comedia (nada casual la presencia de Robert De Niro), para crear una obra clásica a la vez que actual y oportuna. La película no inventa nada, sino que más bien reproduce de forma nostálgica un cine comercial que ya no se hace, utilizando sus códigos para reescribir uno de los personajes más populares del cómic y desmarcarse así de las tendencias actuales del cine de superhéroes. El resultado es un estudio psicológico de un personaje complejo y fascinante viviendo con una enfermedad mental, una película violenta, perturbadora y valiente, cuya crítica al sistema y mensaje incendiario corre el riesgo de ser malinterpretado como una llamada a la violencia por un sector de la sociedad.

El tema ha suscitado un debate que promete extenderse en el futuro, ya que para bien o para mal, Joker es una de esas películas de las que seguiremos hablando mucho tiempo. Sin embargo, lo que hace el film no es justificar la violencia, sino explicar su origen en el caso concreto de un sujeto perturbado que, en ningún caso, se debe adoptar como héroe de nada. De hecho, Phillips no presenta a Arthur como un héroe (aunque la sociedad donde vive empiece a tratarlo como tal), sino que deja claro en todo momento que se trata de un hombre enfermo, un asesino desequilibrado… el Joker al fin y al cabo.

Desafortunadamente, muchos van a percibir la película como una invitación a abrazar sus ideales (por ejemplo, los que se quejan de que hoy en día nos ofendemos por todo o que “no se puede hacer chistes de nada” se validarán en él). Y no será difícil empatizar, puesto que su hastío hacia una sociedad que es cada día más horrible y una humanidad que se va a la mierda puede hacer sentir identificado a cualquiera. Pero lo cierto es que su descenso a los infiernos es precisamente eso, una crítica o un cuento con moraleja para ese tipo de personas en este justo momento de la historia.

Joker se adentra en la mente del monstruo para entenderlo, para dar sentido al proceso de su locura (relacionado, al más puro estilo DC, con la figura materna), no para justificarlo, ni para convertirlo en un nuevo tipo de líder. El mensaje “no hagáis esto en casa” no debería hacer falta, porque debería estar implícito. Como decía, Joker no es un héroe, a pesar de ser visto así por una sociedad que está harta del sistema y de los poderosos y privilegiados que lo controlan. Sí, puede haber cierta irresponsabilidad a la hora de exponer las ideas, y algunas de ellas son ciertamente cuestionables, pero el trabajo de la película o de Phillips no es decirle al espectador que no debe hacer lo que ve en la ficción, esto es de sentido común. De hecho, bastante sobreexplica ya el mensaje para dejar claro que Arthur es un psicópata, un perturbado y demente que ve el mundo de forma aberrante y encuentra la liberación en la violencia. Y aunque parezca innecesario decirlo, nuestra liberación nunca debe hallarse en la violencia, sino en el cine.

Pero volviendo a la película en sí, hay que hablar por supuesto de la persona que la aguanta sobre sus escuálidos hombros de principio a fin: Joaquin Phoenix. Él es la película y la película es él. Su transformación física y su entrega absoluta al personaje hacen de su interpretación un trabajo arrebatador. Phoenix está escalofriante, desatado y completamente inolvidable. Aunque corre el riesgo de perderse en los tics y los excesos (como la propia película), logra dominar al personaje de una manera asombrosa, creando en la observación de su vida una experiencia incómoda, tensa y enervante (también como la propia película). No faltan los brotes de violencia y acción, pero la película está enteramente anclada en la interpretación de Phoenix y la psicología de su personaje.

Joker es una obra visual y cinematográficamente excelente, pero también incurre en varios excesos (la música por ejemplo subraya demasiado y puede resultar machacona, al igual que el propio guion, que cae demasiado en la exposición y la sobreexplicación) y en ocasiones Phillips se regodea con autocomplaciencia en las escenas en las que el estilo se impone al fondo. Sin embargo, son defectos que a su vez reflejan la mayor virtud de la película: su riesgo y compromiso, que es justo lo que nos hace falta en el cine mainstream actual. Joker es brutal, radical y difícil de digerir, tiene escenas que entran directamente a formar parte de la historia del cine (la visita de los excompañeros de Arthur en su piso, la persecución en el metro o el clímax en el programa de Murray Franklin) y va a poner patas arriba el Hollywood superheroico.

La valentía de Warner y DC a la hora de sacar adelante esta película y dejar a sus responsables hacerla a su manera se debe halagar, pero no por encima de otras propuestas, sino como muestra de la diversidad que puede alcanzar el cine basado en cómics y los diferentes géneros y perspectivas desde los que se puede abordar. Joker no viene a salvar el cine de superhéroes (más que nada porque no es una película de superhéroes), pero sí es la prueba de que cuanto más arriesgue y se salga de la fórmula Hollywood, más salimos ganando los espectadores.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Irrational Man

WASP_DAY_18-0253.CR2

A estas alturas de la película, denominar un trabajo de Woody Allen como “menor” es no decir nada. El director neoyorquino insiste en estrenar una película al año, por eso cuando nos llega a las salas de cine su “último” film, ya está rodando el siguiente. Allen hace películas como churros, y aunque siempre fue un cineasta fértil e hiperactivo, su etapa creativa más importante queda muy atrás, así que ya es hora de reajustar definitivamente nuestro baremo para valorarlo. A pesar de ocasionales destellos de genialidad que le han reconciliado momentáneamente con la crítica (Match PointMidnight in ParisBlue Jasmine), sus películas de la última década se antojan mecánicas, realizadas por inercia, y ya no poseen la repercusión de antaño. Sin embargo, Allen sigue conservando el favor de su fiel público, acostumbrado a encontrar en su cine una serie de elementos que, esté más o menos inspirado, siempre se las arregla para ofrecer. Esto quiere decir que, por muy menor que sea una película de Woody Allen, siempre va a haber algo “mayor” en ella. Y su estreno más reciente, Irrational Man, vuelve a dar cuenta de ello.

Siguiendo con su costumbre de trabajar varias veces seguidas con una nueva y joven musa (generalmente actrices en boga o estrellas desprestigiadas de las que se encapricha para luego ir reciclando), Allen cuenta una vez más con la nominada al Oscar Emma Stone (que entra en la primera categoría, claro), a la que dirigió en su anterior película, la olvidable Magia a la luz de la luna. Stone comparte cartel en Irrational Man con el resucitado Joaquin Phoenix, que da vida al hombre irracional del título. Ninguno de los dos ofrece precisamente una de las mejores interpretaciones de su carrera, pero les sobra encanto y carisma, que teniendo en cuenta la naturaleza poco exigente de la película, es más que suficiente.

Irrational Man es una elegante comedia romántico-existencial sobre la relación entre un profesor de filosofía, Abe Lucas (Phoenix), y una de sus alumnas aventajadas, Jill Pollard (Stone). Jill es una niña bien que tiene al novio perfecto, pero su personalidad inquieta le lleva a obsesionarse con su nuevo profesor, una figura enigmática y atormentada con problemas con la bebida y fama de acostarse con sus alumnas. Profesor y estudiante entablan una amistad y pasan el tiempo discutiendo cuestiones filosóficas, arreglando el mundo mientras pasean por el campus y explorando la raíz de la crisis existencial de Abe, que ha tocado fondo a nivel emocional y no es capaz de encontrar aquello que le dé sentido a su vida. Durante uno de sus encuentros, Abe y Jill escuchan una conversación de unos desconocidos que lleva al profesor a coger las riendas de su vida y tomar una decisión con la que por fin poder marcar la diferencia en el mundo y salir del hoyo de desesperación en el que está sumido. Sin embargo, la decisión de Abe desencadena una serie de acontecimientos incontrolables que afectan a ambos y demuestran que el supuesto filosófico en el que él se ampara no funciona en la práctica.

WASP_DAY_01-0371.CR2

Con Irrational Man, Allen incide de nuevo en algunos de los temas más recurrentes de su cine: el crimen perfecto, el azar, la definición del romanticismo y por supuesto la ciencia indescifrable de las relaciones entre hombres y mujeres. El genio antropólogo sigue ahí, pero para darle pábulo a sus agudas observaciones, esta vez ha optado por un velo de filosofía barata que empaña el conjunto. Las diatribas morales de Irrational Man parecen sacadas de un libro de texto de secundaria, recitadas mediante diálogos que suenan reciclados (Allen ha escrito el guion de su última película igual que el 70% de su cine reciente, mientras dormía) y name-dropping de los filósofos más conocidos. Las pobres conclusiones que se ofrecen en el epílogo terminan poniendo en evidencia el poco trabajo que lleva el libreto (seguramente un primer borrador que necesitaba muchos retoques, claro que ya nadie espera que Allen se los dé).

Y aun con todo, un Allen menor como este sigue teniendo alicientes de sobra para ser disfrutado. Hay que destacar, como le corresponde, a la gran Parker Posey, infalible fuente de comedia que llega a ponerse por encima de los dos protagonistas en múltiples ocasiones -no era muy difícil, Stone no controla sus mohínes, chirriando en los momentos más dramáticos, mientras que Phoenix deja que su incipiente barriga (la gran robaescenas de la película) actúe a ratos por él. Tampoco sería justo pasar por alto la facilidad con la que Allen engaña al espectador transformando su comedia romántica en una inesperada y divertida comedia negra que culmina en una inquietante secuencia “de acción” (en términos relativos al cine de Allen) que se encuentra entre lo mejor que el director ha filmado en los últimos años. Irrational Man es Woody Allen en su faceta más robótica, sí, pero no por ello deberíamos menospreciar su capacidad para realizar este tipo de películas tan agradables y efímeras. No a todos les sale tan bien como a él.

Valoración: ★★★½

Crítica: ‘Her’ me habla a mí, solo a mí

HER

[Aunque no contiene spoilers propiamente dichos, se recomienda la lectura de este texto después de haber visto la película]

Con tan solo cuatro largometrajes en un periodo de casi 15 años, Spike Jonze se ha labrado una carrera cinematográfica tan sólida y aclamada como personal. El suyo es sin duda un caso extraordinario en el cine contemporáneo, el de un autor profundamente excéntrico y particular en sus propuestas (no confundan con enfant terrible), cuyas historias suelen ser catalogadas de “marcianadas”, y que sin embargo se las ha arreglado para establecer una fuerte conexión intelectual y emocional con el gran público. A través de sus trabajos para el cine -así como con sus cortometrajes y videoclips más recientes-, Jonze ha desarrollado, seguramente sin proponérselo, una férrea dialéctica entre cineasta y espectador, una relación de tú a tú que desemboca a menudo en la apropiación de su discurso por parte del fan (I loved Spike before it was trendy). Con Her, su cuarta película como director, y la primera realizada a partir de un guión propio, Spike Jonze lleva esta idea a la máxima expresión. En la oscuridad de una sala llena de gente que probablemente esté experimentando lo mismo que yo, siento cómo Her me habla a mí, y solamente a mí.

Si conectamos a ese nivel con Jonze es porque, no importa el plano de realidad o fantasía en el que transcurran sus relatos, siempre hallaremos temas universales en ellos, tratados con una capacidad de observación y una elocuencia propia solo de alguien que no entiende muy bien el mundo pero ansía desesperadamente hacerlo. Jonze ha basado toda su obra en este deseo existencialista de abarcar y entender lo que ocurre a su alrededor. Ya sea su objetivo descifrar la naturaleza de las historias y cómo estas nos definen (Adaptation.), o retratar la infancia desde la propia psique del niño (Donde viven los monstruos), Jonze utiliza su cine exclusivamente para responderse a sus propias preguntas sobre el ser humano. Y en esa concepción de su trabajo, retrotraída y sumamente privada, es donde nosotros encontramos el nexo de unión más fuerte con él. Efectivamente, Spike Jonze me habla a mí, porque Spike Jonze habla solo; y lo entiendo porque comparto su búsqueda. Siguiendo este viaje de (auto)conocimiento a través de su obra, el director de Cómo ser John Malkovich se plantea en Her una de las preguntas que, según confiesa, más le han obsesionado en su vida de adulto: cómo funcionan las relaciones sentimentales.

Por eso el eslogan (o el subtítulo) de Her es Una historia de amor de Spike JonzeLa que es quizás su película más accesible hasta la fecha facilita (que no promueve) la reflexión sobre los peligros de nuestra sociedad hiperconectada, la dificultad de relacionarse en poster-herpersona cuando ya lo hacemos todo a través de una pantalla, o las implicaciones sociales del amor 2.0. Sin embargo, esta no es la tesis de Her, sino simplemente su contexto. Jonze plantea un futuro próximo que no es exactamente una crítica ni un aviso a los navegantes, sino un comentario sobre algo que ya es una realidad. El futuro de Her es nuestro presente, y Jonze lo ha delineado simplemente como marco de la historia de amor que nos quiere contar, la de Theodore (Joaquin Phoenix), un recién divorciado que trabaja para una compañía que escribe cartas personales por encargo y Samantha (Scarlett Johansson), un sistema operativo de última generación diseñado para sentir como un ser humano, “solo” una voz, una consciencia. Al igual que ocurría en WALL-E (Andre Stanton, 2008), lo que prevalece en última instancia no es un juicio admonitorio a nuestro modo de vida, sino una fábula sobre lo que significa enamorarse -esa “clase de locura socialmente aceptada”. En la de Pixar se trataba de dos robots, en Her de un hombre de carne y hueso y una I.A. Pero la conclusión en ambos casos es la misma, da igual qué mecanismos de ciencia ficción o fantasía se utilicen: que estos personajes no existan en nuestra realidad, o en la de otros, no quiere decir que sus sentimientos no sean reales.

Con la triste y bella historia de Theodore y Samantha, Jonze lleva el amor hacia un terreno abstracto (al que pertenece, claro) en el que procede a diseccionarlo en su estado más puro, narrando con magnífico detalle y realismo todas sus fases. Arrebatadoramente melancólica, conmovedora y humanista, con un Joaquin Phoenix íntimo y tierno, casi siempre en primer plano, muy cerca de nosotros, y una cautivadora Scarlett Johansson en la que es sin duda una de las interpretaciones de su carrera, Her nos habla entre otras cosas de la soledad del ser humano moderno, de la búsqueda del afecto y la importancia del contacto, físico o intelectual, en nuestro presente, y de cómo esta necesidad moldea nuestras relaciones. Her afecta, y su impronta dura mucho más allá de sus créditos finales. Aunque en algún momento nos damos cuenta de que solo somos uno entre miles, la preciosa voz de Samantha sigue resonando en nuestra cabeza, y nos dice que este amor virtual es nuestro, y es único. Sabes que Her habla con más gente, que su excelente música (compuesta por Arcade Fire, Owen Pallet y Karen O) es la banda sonora de más personas, que “The Moon Song” ha hecho llorar a muchos otros, y que no eres el único que se ha enamorado de ella, ni el único cuyo amor ha sido correspondido. Y aún así, decides vivir en la ilusión de que Her es tuya, de que te está hablando a ti, y solamente a ti. Porque, aunque puede que sea un engaño, eso no quiere decir que lo que yo siento por Her, y lo que Her siente por mí no sea real.

Valoración: ★★★★★