Crítica: Paterson

Jim Jarmusch es uno de los directores independientes más personales del cine norteamericano. Con una carrera de treinta años a sus espaldas, el realizador de Ohio tiene en su haber títulos tan destacados como Extraños en el paraísoCoffee and Cigarettes o la reciente Solo los amantes sobreviven, su muy particular incursión en el cine de vampiros. Jarmusch tiene un don para el detallismo, para captar las idiosincrasias de sus personajes sin grandes aspavientos, con historias tranquilas que cuentan mucho más de lo que pueda parecer a simple vista. La capacidad de observación y análisis de la realidad de Jarmusch alcanza su máxima (o mínima, que al caso es lo mismo) expresión con su última película, Paterson, una pequeña delicia empapada de realismo agridulce y poesía cotidiana.

Paterson es la historia de un hombre y una ciudad, que casualmente (o no) comparten el mismo nombre, caprichos del destino, que parece jugar un gran papel en el film. Pero Paterson es también la historia de un hombre y una pasión, la poesía. Refugio de la rutina a la que se enfrenta con buena disposición y paciente diplomacia todos los días. Paterson es conductor de autobús en Paterson, Nueva Jersey. Cada día sigue la misma ruta, que le lleva a recorrer su ciudad, observándola a través del parabrisas, escuchando fragmentos de conversaciones que tienen lugar detrás de él, en los asientos del autobús (atención al maravilloso easter egg de Moonrise Kingdom que nos regala una de esas escenas). Y cada día termina como empieza, haciendo lo mismo que el día anterior, con un paseo nocturno al perro y una visita al bar del barrio. Esta vida de costumbre y repetición se refleja en los poemas que Paterson escribe en su cuaderno, preciosos y sencillos versos influenciados por sus poetas favoritos, como su paisano William Carlos Williams, con los que atrapa la esencia de las pequeñas cosas y hace más llevadera la monotonía.

Su mujer, Laura (Golshifteh Farahani), es su musa y su mayor (y única) admiradora. Ella también tiene su rutina, pero está disfrazada de cambio. Optimista, creativa, siempre ilusionada por un nuevo proyecto y en constante proceso de reforma doméstica (cada vez que Paterson vuelve del trabajo, las cortinas han cambiado, o la alfombra, o un cojín… siempre con el blanquinegro como factor inalterable). Ambos viven atrapados en el tiempo, y se apoyan mutuamente. Él celebra la pasión artesana y los pequeños triunfos de su mujer, y ella halaga su poesía y le anima a compartirla con los demás. El mundo de Paterson y Laura es apacible y confortable, pero también puede resultar asfixiante, sobre todo visto desde fuera. Ahí es donde Jarmusch realiza su mayor golpe maestro, al construir, con un sentido del humor muy fino, un relato en el que sus personajes no son del todo conscientes de su autoengaño -o quizá son más afortunados que nadie, porque lo utilizan para sobrevivir.

Paterson es una película entrañable y melancólica a partes iguales, puede resultar tan acogedora como deprimente (¿no son lo mismo la belleza y la tristeza?). El deseo de romper la cadena que mueve a sus personajes para hacer algo más con sus vidas (una idea que se repite pero nunca se materializa) nos oprime, reverbera en nuestra propia experiencia y visión de nuestra existencia, y provoca una angustia que puede curarse gracias al poder de un cuaderno. En las palabras que Paterson nos recita con cadencia reconfortante mientras las plasma en el papel (poemas escritos por Ron Padgett) está todo lo que necesitamos, pero en ellas hay mucho más. Jarmusch explora el día a día con inteligencia contemplativa y, casi sin que nos demos cuenta, compone una reflexión que llega a adquirir tintes metafísicos a través de los pequeños detalles, coincidencias y repeticiones que desvelan una realidad interconectada que se puede observar si se presta atención, un universo que no hace más que mandarnos señales.

Gracias a la absoluta precisión emocional que hay en la interpretación de Adam Driver (quizá que ese sea su apellido también sea una señal), que aquí se confirma como uno de los actores de mayor talento de su generación, y a la capacidad de Jarmusch para decirnos tanto con tan poco, Paterson acaba trascendiendo las fronteras del cine, derramándose en nuestra propia realidad y alterándola mucho más allá de los créditos finales.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Solo los amantes sobreviven

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Que Jim Jarmusch se tiene en alta estima ya lo sabíamos. Pero como de vez en cuando nos da razones para consentir su mayúscula pretensión y sus aires de grandeza, se lo perdonamos. Aún así, al adentrarnos en Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive), su film más reciente, hemos de hacerlo teniendo en cuenta que esto es lo que muchos (esos pesados cortos de miras) llaman cine gafapasta, y que sus aires de grandeza echarán para atrás a más de uno, incluso al más dispuesto. En el caso de esta película, a los detractores de este fenómeno del hipsterismo y aquellos que no sean capaces de destilar la (posible) parodia de la película les sobran las razones para salir espantados. Ahora bien, ellos se pierden la absoluta gozada que hay bajo esa capa de autoimportancia y asquerosa modernez.

En un panorama cinematográfico fantástico en el que todos los años nos llegan cinco películas que prometen renovar el género y ofrecer alternativas para combatir su agotamiento, Solo los amantes sobreviven es realmente “una película de vampiros diferente“, tanto que la mayor parte del tiempo no es una película de vampiros. Un poco en la línea de Déjame entrar, historias que más que presentar a los vampiros como monstruos o criaturas fantásticas, prefieren representar el dolor del chupasangres de una forma más metafísica, tirando de la metáfora, el existencialismo, y convirtiéndolos en humanos con enfermedades crónicas, y esclavos de sus propias pulsiones, las que estaban ahí antes de convertirse. O como en el caso de Eve y Adam (¿lo pilláis?), víctimas de su inmortalidad, del paso del tiempo, del aburrimiento, y de muchos siglos sufriendo (a) la humanidad.

"only lovers left alive"

Esta pareja de vampiros ociosos en bata, encarnados y descarnados por unos irresistibles Tom Hiddleston y Tilda Swinton en estado de gracia, son los hispters primordiales. Llevan cientos de años absorbiendo la cultura del momento, flotando sobre una nube de conocimiento que los eleva sobre los demás, mirando a los paganos por encima del hombro, porque ellos no solo son connoiseurs, son los protagonistas a la sombra de la historia del arte. Aquí es donde Solo los amantes sobreviven cruza el límite ente lo adorablemente fardón y lo insoportablemente repelente. El deporte favorito de Adam y Eve es el namedropping, y Jarmusch se masturba escuchando a Hiddleston y Swinton nombrar a todas esas personalidades de la historia, jugando al juego improbable de que ellos están detrás de las sinfonías de Schubert o que, atención, fueron los ghost writers de Cervantes. Un pitorreo total.

La evolución natural de estos eruditos star-crossed lovers los ha convertido en melómanos irredentos -si Jarmusch no hubiera querido distanciarlos de las nuevas tecnologías para regocijarse en el encanto vintage y analógico de la música de los 70, los habría convertido en editores de Pitchfork. Así, Adam y Eve siguen empleando su inmortalidad en el siglo XXI para alimentarse principalmente de arte, apenas sobreviviendo con un erótico-lisérgico sorbito de sangre entre novela y vinilo. A través de estos dos personajes, estrellas del rock underground que se visten y se comportan como si estuvieran siendo filmados para un rockumentary, considerándose contemporáneos y a la vez padres de Jack White, Jarmusch cultiva un romanticismo muy personal, y también muy divertido, por qué no decirlo. Una excéntrica y no obstante clásica visión del amor impregnada de sensualidad, fatalidad y conocimiento compartido que convierte a Adam y Eve en los únicos amantes del mundo, en los mayores cómplices de la existencia, en las únicas “personas” que existen.

"only lovers left alive"

Solo los amantes sobreviven se ambienta muy significativamente en la Detroit actual, ciudad fantasma y páramo de desolación, oscuridad y soledad que se convierte en el perfecto hogar para que estos dos vampiros contemplen el mundo moderno derrumbarse ante sus pies. Allí hay poco que hacer. Adam trabaja en su música -increíbles composiciones de Jozef Van Wissem y SQÜRL que completan una banda sonora de escándalo– y Eve retoza leyendo los libros que transporta en la maleta -no necesita otra cosa para viajar, claro. El único enlace del pesimista Adam con el exterior, con el mundo de los plebeyos mortales, es a través de Ian, un contacto del mundo discográfico, interpretado por el talentazo a reivindicar Anton Yelchin. Y para completar el cuarteto irrumpe en escena Ava, la hermana vampira de Eve –Mia Wasikowska clavando a la adolescente insoportable, peor que cualquier bala de madera para Adam. Ellos aportan una simpática nota de color, pero al final todo se reduce siempre a Adam y Eve, y a su particular visión del mundo, la de dos eternos adolescentes atormentados que se lamentan de que esa cantante que nadie conoce se hará famosa y entonces ya no molará – a veces da la sensación de que estos seres no son ‘monstruos’ porque necesiten sangre para vivir, sino porque necesitan ser más importantes que nadie para vivir, que es sin duda otra forma de vampirismo.

Solo los amantes sobreviven está encantadísima de conocerse, pero es con razón. Porque es imposiblemente cool y vehementemente sexy, porque es todo un orgasmo estético y sonoro (el muy cabrón de Hiddleston es el principal responsable de proporcionárnoslo) y en definitiva porque es la mejor película de vampiros que vamos a ver en mucho tiempo.

Valoración: ★★★★