It – Capítulo 2: Somos nuestros recuerdos

Pennywise volvió a causar estragos en 2017, exactamente 27 años después de que Tim Curry lo inmortalizase en la miniserie original de It. Haciendo honor a la profecía, el terrorífico payaso salido de la mente de Stephen King regresaba a nuestras pesadillas, convirtiendo la nueva adaptación del de Maine en la película de terror más taquillera de la historia. Para nosotros dos años después, para el Club de los Perdedores otros 27, volvemos a Derry para presenciar el enfrentamiento definitivo contra Pennywise en It – Capítulo 2, la secuela y conclusión de la película dirigida por Andy Muschietti.

La pandilla de inadaptados que conquistó el corazón de la audiencia en la primera película ha crecido. Todos menos Mike se marcharon de Derry en un intento de dejar el pasado atrás y superar lo vivido allí. Con el tiempo, el recuerdo de Pennywise y los horrores acontecidos en el pequeño pueblo de Maine se va difuminando, pero cuando el payaso regresa de su letargo para volver a matar, el Club de los Perdedores se ve obligado a cumplir la promesa que se hicieron hace casi tres décadas y reunirse de nuevo para enfrentarse a su doloroso pasado y acabar con su enemigo de una vez por todas. Lo queramos o no, todos somos nuestros recuerdos y en algún momento hay que encararse con ellos.

Uno de los mayores aciertos de It fue su reparto adolescente, diseñado a imagen y semejanza de las películas juveniles de pandillas de los 80 (Los Goonies, Cuenta conmigo), al igual que Stranger Things. La segunda parte se centra en sus versiones adultas, pero a través de flashbacks (y usando la técnica de rejuvenecimiento digital para infantilizar a los que han crecido más rápido), los adolescentes siguen estando muy presentes en la película. Algo que no podía ser de otra manera teniendo en cuenta cómo su tema principal es la memoria y la necesidad de enfrentarse a los traumas del pasado para seguir avanzando.

El reparto adulto de It – Capítulo 2 es una de las mejores labores de casting del Hollywood reciente. James McAvoy (Bill), Jessica Chastain (Beverly), Bill Hader (Richie), Isaiah Mustafa (Mike), Jay Ryan (Ben), James Ransone (Eddie) y Andy Bean (Stanley) se convierten en los personajes de forma convincente, reproduciendo sus rasgos, voces y personalidades impecablemente y haciéndonos creer que son las mismas personas que conocimos hace dos años. Todos ellos realizan un trabajo excelente, tanto por separado como en grupo, mientras que Muschietti les saca partido, dando énfasis una vez más a la mayor baza de estas películas: los personajes tan bien caracterizados y la amistad que existe entre ellos.

Al igual que la primera parte, It – Capítulo 2 se apoya fuertemente en las emociones, rascando en la superficie para hablarnos de cómo el miedo y el trauma nos paraliza y no nos deja vivir, convirtiendo los monstruos interiores en monstruos literales a los que debemos sobrevivir. Evidentemente, no es casual que Pennywise, que simboliza el miedo más arraigado y se alimenta de él, solo elija víctimas débiles, niños, personas dañadas, inadaptados sociales, minorías desamparadas ante el odio… De hecho, la película comienza con un brutal y devastador crimen homófobo que (aviso) puede herir la sensibilidad de más de uno, y que nos recuerda una de las ideas más importantes de la primera película: los peores monstruos a veces son “humanos”.

Tras este contundente arranque, la violencia explícita es una de las constantes que también se repiten en la secuela. Muschietti compone una fantasía ambiciosa y desbordante en la que vuelve a recrearse profusamente en la sangre y el gore, atreviéndose entre otras cosas a mostrar más muertes de niños, algo que las películas de terror comercial (Rated R o PG-13) suelen evitar. Las escenas violentas se multiplican, y los pasajes se llenan además de deformidades macabras y fluidos repugnantes que recuerdan al terror de serie B y la primera etapa de Sam Raimi o Peter Jackson. Pero claro, los valores de producción se alejan mucho de aquel terror barato de los 80, de hecho, una de sus mayores virtudes es también uno de los mayores defectos de la película, su abuso y dependencia del CGI para las escenas de terror.

Por un lado, Muschietti compone set pieces impresionantes e imaginativos, pesadillas excelentemente filmadas y con un acabado muy pulido en todos los aspectos que rivalizan con las secuencias de acción de los mejores blockbusters. Pero por otro, hay un exceso de criaturas digitales que, por muy bien hechas que estén (que lo están), restan impacto y realismo, rompiendo a menudo la atmósfera y haciendo que la película no llegue a ser todo lo terrorífica que podría haber sido. A esto también contribuye la presencia constante del humor y la necesidad de hacer chistes (alguno que otro bastante machista, además) incluso en las escenas más dramáticas, lo que menoscaba constantemente el terror.

Se evidencia también una tendencia a la repetición que las casi tres horas de metraje no hacen sino subrayar, como se puede ver en el abuso del jumpscare, sobresaltos que se repiten con el mismo esquema una y otra vez a lo largo de la película (anticipación y tensión, falsa alarma, calma y susto fácil con golpe estridente de sonido). Llega un momento en el que los sustos son tan seguidos y tan iguales, que es inevitable desensibilizarse.

Pero como decía antes, lo más importante de It – Capítulo 2 siguen siendo sus personajes, y afortunadamente Muschietti sabe hacerles justicia. Con ellos, la película compensa sus carencias (o excesos) y nos recuerda constantemente que en el centro de la historia está su viaje personal. Los lazos que unen al Club de los Perdedores, y la conexión que se establece entre ellos y el espectador, es lo que eleva el film, aunque por momentos el almíbar supere a la sangre y esté a punto de ahogarse en su propia sensiblería (algo que ya estaba presente en el material original, todo hay que decirlo). Al final, más allá del perturbador Pennywise de Bill Skarsgård (que suele quedar en segundo plano mientras sus proyecciones demoníacas actúan), lo que nos quedará de estas dos películas son ellos, los Perdedores, y lo mucho que queremos que triunfen sobre el mal y sus cicatrices emocionales dejen de doler.

It – Capítulo 2 es una película imperfecta. Como experiencia de terror no está a la altura de su ambición creativa y visual, y su estructura episódica (también presente en la primera parte) se hace repetitiva y lastra el ritmo. Pero por otro lado sabe perfectamente cómo jugar su mejor carta más allá de la sangre y la violencia: su magnífico reparto y plantel de personajes. Ellos son los que hacen de It – Capítulo 2 mucho más que una casa del terror de feria, los que la convierten en una película profunda y emotiva sobre el paso del tiempo, el trauma y la amistad, los que consiguen que la historia tenga un cierre trascendental y satisfactorio.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

X-Men – Fénix Oscura: Mutantes y sin ganas

El cine de superhéroes actual le debe mucho a la Patrulla-X. Se puede decir que junto al Spider-Man de Sam Raimi, X-Men (2000) inauguró la época moderna del género, llevando a los personajes del cómic a la cultura mainstream con blockbusters cada vez más grandes y de mayor éxito. Con el auge del Universo Cinematográfico Marvel a partir de 2008, los mutantes quedaron desplazados a un segundo plano, y aunque lucharon por mantenerse vigentes con propuestas renovadoras e incluso rompedoras (X-Men: Días del futuro pasadoDeadpoolLogan), acabaron desvaneciéndose poco a poco.

La compra de Fox por parte de Disney clavaba el último clavo en el ataúd de los X-Men actuales. Si el pobre recibimiento de X-Men: Apocalipsis ya había hecho mella en la Patrulla-X, saber que los mutantes “volverían a casa” y tendrían un reinicio dentro del MCU (similar a lo que ocurrió con Spider-Man), hacía que la actual iteración de los X-Men perdiera interés para la audiencia. La nueva (y con toda seguridad última) entrega de la franquicia, X-Men: Fénix Oscura (Dark Phoenix), en la que el productor Simon Kinberg salta a la dirección sustituyendo al denostado Bryan Singer, llega precedida de los ya clásicos problemas tras las cámaras: rumores de dificultades creativas, reshoots, retrasos en el estreno…

Y teniendo esto en cuenta, Fénix Oscura no es un desastre (no estamos hablando de la vapuleada X-Men orígenes: Lobezno o la debacle de Cuatro Fantásticos). De hecho, es una película aceptable. Sin embargo, cuesta involucrarse con ella, y no nos da muchos motivos para hacerlo. Para empezar, porque nos cuenta una historia que la misma saga ya nos había contado en X-Men: La decisión final con Famke Janssen: la de Jean Grey yéndose al lado oscuro al ser incapaz de controlar sus enormes poderes. En esta ocasión, es Sophie Turner (nuestra reina del Norte Sansa Stark en Juego de Tronos) la que se vuelve a poner en la piel de Fénix después de debutar en Apocalipsis. Y bueno, a estas alturas, lo de cuestionar la línea temporal de la saga que comenzó hace 19 años ya no tiene sentido.

La película gira en torno a su transformación en Fénix Oscura, pero también lidia con el estado de la Patrulla-X en los 90, durante una época de tregua con los humanos en la que Magneto (Michael Fassbender) se encuentra exiliado y los mutantes de Charles Xavier (James McAvoy) trabajan codo con codo con el gobierno. Pero como suele ocurrir en X-Men, la línea entre héroe y villano es muy delgada, y Xavier debe esforzarse por que sus pupilos controlen sus “dones” y sigan las normas, aunque provoque más de un cisma en sus filas. La llegada de una villana alienígena llamada Vuk (Jessica Chastain), interesada en los poderes de Jean Grey, provocará una guerra entre especies y pondrá a prueba los vínculos entre los mutantes de Xavier.

Fénix Oscura es una película de superhéroes correcta, pero su principal problema es que no aporta nada. Después de casi dos décadas, Kinberg no tiene nada nuevo que decir sobre los mutantes, así que se limita a repetir las mismas reflexiones sobre el miedo a la diferencia, la naturaleza del héroe y el villano o la idea de la Patrulla-X como una familia creada. Los diálogos son más bien genéricos, los efectos y el maquillaje bajan el listón y la trama tarda bastante en arrancar, desperdiciando el potencial de muchos mutantes mientras se centra en los mismos de siempre. Turner, por su parte, es una actriz competente, pero llevar casi todo el peso de la película le viene muy grande y no logra transmitir la gravedad y profundidad de la icónica saga de Marvel.

En cuanto a los demás, James McAvoy y Michael Fassbender siguen empleándose a fondo como intérpretes (más de lo que la franquicia les exige en este punto), mientras que Jennifer Lawrence continúa poniéndose a sí misma por encima de la película, haciendo que el devenir de su personaje quede supeditado a sus deseos como actriz (el arco de Raven/Mística indignará a los fans, y con razón). Por otro lado, Jessica Chastain hace todo lo que puede con su personaje, pero se convierte en otro talentazo de Hollywood malgastado en una villana poco desarrollada.

Finalmente, personajes como Cíclope (Ty Sheridan), Tormenta (Alexandra Shipp), Nightcrawler (Kodi Smit-McPhee) o Quicksilver (Evan Peters) quedan muy en segundo plano y aportan más bien poco a la historia, desaprovechando el potencial cómico de la generación mutante más joven. Por lo general, Fénix Oscura es una película casi totalmente desprovista de humor (de hecho, no parece que ningún actor se lo pasara bien haciéndola). No es que le pidamos que sea una comedia como la mayoría de Marvel Studios, pero le habría venido bien para respirar un poco.

En su tercer acto la película mejora considerablemente (y paradójicamente, porque en teoría es el que dio más quebraderos de cabeza). La trama, llena de momentos sobreexplicativos y conflictos que provocan déjà vu, da paso a una impresionante secuencia en tren que nada tiene que ver con los combates pobremente ejecutados que hemos visto hasta ese momento (Kinberg falla como director de acción, y siendo los X-Men, tiene delito). El intenso clímax unifica una película de ritmo irregular, pero narrativamente más coherente y centrada de lo que se esperaba, haciendo que esta termine en lo alto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la saga, que merecía mayor reconocimiento del que le dejan sus dos últimas entregas. Fénix Oscura no fue concebida como un final, sino como un nuevo comienzo, por lo que este desenlace a 19 años de X-Men resulta inevitablemente anticlimático para una franquicia que quería seguir a pesar de no tener nada más que decir.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Las Crónicas de Blancanieves – El Cazador y la Reina de Hielo

Huntsman

Antes de empezar me gustaría aclarar que yo soy una de las (¿dos?) personas a las que les gustó Blancanieves y la leyenda del cazador. Vista por segunda vez me sigue pareciendo una más que digna película de aventuras que sigue la senda de los clásicos del género de décadas pasadas y se llevó más palos de los que merecía, seguramente por la presencia de Kristen Stewart en el papel de Blancanieves. Pues eso, a mí me gustó, KStew incluida. Así que si esperáis mala baba y destroyerismo en esta crítica de Las Crónicas de Blancanieves: El Cazador y la Reina de Hielo podéis dejar de leer, porque no lo vais a encontrar aquí.

Segundo apunte: ¡Ese título! Desde el principio Universal había planeado estas películas como una trilogía, con una primera parte centrada en Blancanieves, la segunda en el Cazador y la tercera en la Madrastra. ¿Hacía falta alargar el título de esta forma tan incómoda para dejar claro que estamos ante una franquicia? La estrategia es evidente e incluso comprensible desde el punto de vista comercial, pero el cambio se ha producido demasiado cerca del estreno, por no decir que el título ahora es mucho más difícil de memorizar (incluso de leer, a ver si os da tiempo a hacerlo cuando aparece el rótulo en pantalla). Esto no afecta a la película, claro, pero indica cierta desorientación comercial a la hora de establecer esta franquicia.

Y ahora, hablemos de la película. El Cazador y la Reina de Hielo se vende como una precuela de La leyenda del cazador, pero en realidad no lo es. De hecho, se podría decir que es una secuela al 80%, con un prólogo extendido que echa mano de la continuidad retroactiva (es decir, retcon, ese recurso que se utiliza para alterar hechos previamente establecidos en una historia) de forma que prepara el terreno para lo que luego será la historia principal, que transcurre después de los acontecimientos de la primera parte. Por tanto, Blancanieves está en el poder (solo la vemos de espaldas en un plano), la Bruja sigue muerta, y el Cazador no tiene mucho que hacer, ni siquiera estar con Blancanieves (porque ya sabéis que Stewart se salió del proyecto, para alegría de muchos). Aquí es donde entra la nueva información que da forma a este universo expandido: Ravenna (Charlize Theron) tiene una hermana, Freya (Emily Blunt), convertida en la malvada Reina de Hielo y autoexiliada a su castillo congelado en las tierras del Norte (durante un tramo de la película muy similar a Frozen) después de sufrir una tragedia personal. Y Eric (Chris Hemsworth) amó antes a otra mujer, Sara (a ver quién no va a amar a Jessica Chastain), que creció junto a él, entrenándose desde niños en el ejército de Freya, educados en el arte del combate y el rechazo al amor.

Huntsman

Como se había anunciado previamente, esta segunda parte se centra sobre todo en el Cazador, al que seguimos en una peligrosa aventura junto a dos de los Siete Enanitos para recuperar el Espejo Mágico (o ensaladera gigante, o gong, como prefiráis) de la tierra de los goblins, antes de que caiga en manos de la Reina de Hielo. Al igual que en la primera entrega, la odisea de Eric en esta segunda parte recuerda inevitablemente a las fantasías de los 80 (Willow, La princesa prometida, incluso hay un Pantano del Hedor Eterno como el de Dentro del Laberinto), con una capa de barniz al estilo de El Señor de los Anillos y bien de CGI (los goblins/orcos no están nada mal) que le otorga un tono más épico. Por eso quizá la película puede llegar a resultar demasiado formulaica y predecible, y por tanto monótona. Aunque no le falta humor (este trabajo principalmente recae en el siempre encantador Chris Hemsworth y sus compinches), El Cazador y la Reina de Hielo tiene tramos aburridos (sobre todo al principio), y el espectador puede adelantarse fácilmente a todos los pasos de la historia, por lo que es recomendable seguirla como si de verdad se tratase de una fantasía hecha hace 25 años, solo que con empacho digital por todos lados.

Claro que si muchos van a ver esta película es por el trío de ases femeninos que se ha agenciado (no sabemos cómo). Muchos dirán que estas tres actrices, que han demostrado con creces su talento, están malgastándolo en una película como esta. Pero lo cierto es que no es así. Ellas son en gran medida las que hacen que El Cazador y la Reina de Hielo gane empaque. Concretamente para dos de las actrices más solicitadas del momento, Jessica Chastain y Emily Blunt, sería fácil simplemente estar ahí, pero las dos demuestran que no hay proyecto lo suficientemente menor como para que ellas no demuestren que son dos grandes intérpretes. Chastain está convincente, guerrera, sensual (dónde va a parar la química), y Blunt es todo presencia, navegando perfectamente entre la vulnerabilidad de su personaje y el tremendo poder que posee. Pero para presencia, la de Charlize Theron, que repite como Ravenna. La surafricana ha vuelto a dar rienda suelta al histrionismo y la intensidad de su personaje, de nuevo tan imponente y hermosa como exagerada. Ella sobre todo es quien más se entrega al camp que recorre el film, haciendo que el enfrentamiento entre divas y contra el Cazador durante el clímax sea de lo más destacado de la película. Técnicamente, el Cazador será el protagonista, pero en Universal saben lo que queremos y nos lo dan: Ravenna poniéndose hecha un basilisco y desatando su poder de la forma más visual posible.

The Huntsman

Por último, uno de los mayores alicientes para ver esta película es sin duda su diseño de producción y, sobre todo, el suntuoso vestuario de Colleen Atwood. Aunque sea solo por el exceso rococó de la puesta en escena y por los impresionantes vestidos de Theron y Blunt (que además de cegar con su brillo tintinean que da gusto) o el cuero que aprieta las anatomías de Hemsworth y Chastain, el precio de la entrada ya está más que amortizado. Pero si lo que se va buscando además es una aventura a la vieja usanza, El Cazador y la Reina de Hielo cumple su propósito. Es un cuento de hadasfantasía épica de manual que, de acuerdo, podía haberse esforzado más en divertir o modernizar el género, pero prefiere quedarse en los 80, compensando su convencionalidad narrativa con una pomposidad hipnotizadora.

Nota: ★★★

Crítica: Marte (The Martian)

THE MARTIAN

¡El primo de Ridley Scott ha vuelto! El director de Blade RunnerAlien lleva varios años encadenando proyectos decepcionantes (los más recientes: la vapuleada Éxodus: Dioses y reyes, la infumable El consejero, y la película con más agujeros de guion de la última década, Prometheus). Es algo a lo que estamos acostumbrados, pero sabiendo que Scott es uno de los mejores en su oficio nos preguntábamos cuándo volvería a poner su innegable talento tras la cámara al servicio de una buena historia. La respuesta llega en 2015, o mejor dicho, en 2035, con la adaptación cinematográfica de la aclamada novela El marciano, de Andy Weir, “el mejor libro de ciencia ficción de los últimos años” según el Wall Street Journal y otro puñado de medios importantes. En España simplemente titulada Marte (El marciano, aunque parezca mentira, puede echar para atrás a muchos espectadores casuales), The Martian es una espectacular epopeya espacial que nos lleva al Planeta Rojo, un viaje que el cine ya nos ha propuesto en varias ocasiones, pero nunca con tanto realismo y emoción.

Adaptada por Drew Goddard (MonstruosoLa cabaña en el bosque), Marte es la historia del astronauta norteamericano Mark Watney (Matt Damon), uno de los miembros de la misión Ares III al cuarto planeta a la derecha. La expedición, dirigida por la comandante Melissa Lewis (Jessica Chastain) con una tripulación formada por un competente y ecléctico grupo de expertos (Sebastian Stan, Kate Mara, Aksel Hennie y Michael Peña), sufre un grave contratiempo cuando una brutal tormenta de arena obliga a los astronautas a abandonar antes de tiempo el planeta, dejando atrás a Watney, al que dan por muerto. Sin embargo, este ha sobrevivido y ahora se enfrenta solo al reto de subsistir allí con escasas provisiones (palabra clave: patata) mientras encuentra la manera de contactar con la Tierra para que lo rescaten. La determinación, inteligencia y habilidad de Whatney (conveniente y afortunadamente doctor en botánica) alargan su estancia en Marte, convirtiéndolo en el primer colono del Planeta Rojo, en el primer terrícola con “nacionalidad” marciana.

Marte asume el reto de abarcar un extenso periodo de tiempo en un metraje de casi dos horas y media, y logra que parezcan mucho menos gracias a un guion dinámico y un montaje excelente en el que se hace muy buen uso de la elipsis. El film intercala la aventura del Robinson Crusoe espacial con los tejemanejes de la NASA, desde donde el director de la Administración (Jeff Daniels clavando al demonio corporativo) y su equipo de especialistas y consejeros (Sean Bean, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig) trazan un plan de rescate que, como mandan los cánones del thriller espacial, se encuentra con el mayor número posible de obstáculos y peligros. Esta estructura narrativa que nos hace saltar de un planeta a otro continuamente beneficia al ritmo de la película (resulta muy curioso observar cómo desde la NASA van adivinando los pasos de Watney y cómo van trabajando paralelamente hacia el mismo objetivo). Goddard estructura con acierto la historia, enraizándola en el realismo científico, pero evitando que las explicaciones, los agujeros de guion y las licencias dramáticas acaben lastrando la película (como ocurrió para muchos con la reciente Interstellar). Debido a la naturaleza del relato, es inevitable que el film se alargue demasiado en varios tramos, pero por lo general, Marte mantiene en vilo de principio a fin.

THE MARTIAN

Es importante aclarar que no estamos ante una película revolucionaria o visionaria (cinematográficamente hablando). Su mayor ambición no es la de marcar un antes y un después en la ciencia ficción, su principal objetivo es el espectáculo, el entretenimiento para el gran público. Y lo cumple con creces. Marte no pretende romper moldes, es “solo” un impresionante blockbuster de acción, pero uno además inteligente, apasionante y divertido, algo que ya es más difícil de encontrar. Ni que decir tiene que el film es visualmente apabullante y tiene secuencias sobrecogedoras (el clímax es pura emoción y deja al borde del infarto, acercándose más a la experiencia inmersiva de Gravity). Pero es que además, Marte es una estupenda comedia, gracias sobre todo a Watney, que aporta la nota guasona en su vídeo-diario, deleitándonos con referencias geek (a Marvel principalmente, que para eso está Simon Kinberg en la producción) y una banda sonora a base de música disco de los 70 (cortesía del personaje de Chastain, ultrafan de ABBA) con la que la película se reafirma en su naturaleza cachonda.

Scott cuenta con un amplio reparto de estrellas de Hollywood y talentos consagrados y emergentes, y el guion de Goddard se encarga de caracterizarlos a todos y darles un rol que desempeñar (llaman la atención dos rostros televisivos como Donald Glover o Mackenzie Davis en papeles pequeños pero cruciales en la historia). Sin embargo, Damon es el absoluto protagonista de Marte y los demás personajes están supeditados a él y a su misión de rescate en todo momento. Por suerte, el actor construye a un personaje carismático, lleno de matices, muy potente físicamente, y con una trayectoria personal interesante: un toque pasivo-agresivo y antipático al principio, carácter resoluto pero algo volátil la mayor parte del tiempo, y ya en la recta final, Damon despliega todo un rango de emociones -desesperación, miedo, resignación, agotamiento- superando con nota la prueba interpretativa que Scott le plantea.

Marte aúna la frialdad técnica de Gravity y el sentimentalismo de Interstellar, pero mantiene a raya ambos aspectos para encontrar un buen equilibrio entre el rigor científico y el dramatismo. Es decir, apela a las emociones, pero no nos zarandea para conmover a la fuerza ni nos empalaga. La acción es sobresaliente, las charlas técnicas y políticas no se hacen pesadas (en ellas hay bastante sátira y algo de pitorreo), y el componente humano del relato está muy trabajado. En definitiva, Marte es una de las óperas espaciales más cautivadoras de los últimos años, una historia épica de superación, de compañerismo (y una pizca de colonialismo yanqui, claro) que nos devuelve a Ridley Scott en plena forma en el género donde más ha destacado. Esta es una de esas películas que se deben ver en una pantalla de cine (IMAX, 3D, todo lo que haga falta para amplificar la experiencia), o en su defecto, en una de esas súper televisiones que nos permitan sumergirnos en ella. La relativa proximidad en el tiempo de la historia (para 2035 no queda tanto) nos hace pensar que algún día seremos testigos del primer paso del hombre en Marte. Mientras no lo veamos en las noticias, dejemos que el cine nos haga soñar con que algún día lo haremos.

Valoración: ★★★★

Crítica: La Cumbre Escarlata

Crimson Peak

Del Kaiju al romance gótico sin perder un ápice de su ambición creativa o su pasión por lo que hace. Así es Guillermo del Toro, un director comprometido con su oficio, inquieto, apasionado, un amante del arte cinematográfico que nos presenta su obra más reciente, La Cumbre Escarlata (Crimson Peak), cuento victoriano de fantasmas, o mejor dicho, “historia con fantasmas”, en la que el realizador mexicano, más Tim Burton que nunca, le da un bocado a Edgar Allan Poe y la Hammer para embrujar al espectador con una propuesta sacada de otro tiempo.

En La Cumbre Escarlata, la joven escritora norteamericana Edith Cushing (lánguida, frágil y perfecta Mia Wasikowska) se enamora de Thomas Sharpe (el ubicuo Tom Hiddleston), un apuesto y elegante caballero inglés que ha llegado al pueblo acompañado de su hermana, Lucille (la no menos omnipresente Jessica Chastain) en busca de financiación para sus negocios en Inglaterra. Tras la muerte en extrañas circunstancias del padre de Edith, Thomas pide a la joven que se marche a vivir con él y Lucille a Allerdalle Hall, la mansión familiar de los Sharpe, una imponente construcción oculta entre la niebla y los pantanos, aislada en los montes de Inglaterra. La mansión esconde un gran número de secretos que recorren sus pasillos y acechan entre sus paredes, desde el sótano hasta la buhardilla, misterios del pasado que acosan a Edith en forma de apariciones espectrales y enigmas por resolver.

Con La Cumbre Escarlata, Del Toro evoca a los clásicos de la literatura gótica, elaborando junto a Matthew Robbins (con el que vuelve a colaborar después de co-escribir juntos Mimic) un relato con fuertes ecos a La caída de la casa de Usher (una de las narraciones más conocidas de Poe) que amasa además influencias que van de Hitchcock a Corman, pasando por el terror italiano de los 60 y 70, y por supuesto, Cumbres borrascosas. La locura, el deseo, la enfermedad y el misterio se dan la mano en un cuento que, como advierte Edith, no es estrictamente de terror y fantasmas (la cinta no da miedo, ni es lo que pretende, que quede claro), sino uno en el que los espectros no son tanto una amenaza sino una “metáfora del pasado“. De eso trata La Cumbre Escarlata, de los secretos sepultados bajo la mansión encantada de Allerdalle Hall, de cómo estos reaparecen sin que se pueda hacer nada al respecto, al igual que la arcilla roja (de tonalidad Bava y Argento) que emana de la tierra en la que la ruinosa construcción se está hundiendo, para empujar a los vivos a convertirse en monstruos enfermos de amor.

La cumbre escarlata pósterEl reparto de la película es una de sus mejores bazas. Un trío magnífico de intérpretes entregados a la causa que creen en la visión de Del Toro (Wasikowska conmueve, Hiddleston seduce, pero al final es Chastain la que se lleva el gato al agua). Sin embargo, lo más destacable del film es sin duda su atmósfera mágica y etérea. Desde el momento en el que ponemos un pie (y la mirada) en Allerdalle Hall, caemos rendidos a su majestuosa arquitectura y decoración, al deterioro y la descomposición que la convierten en un escenario aun más suntuoso, más trágico y poderoso. Aunque sea un tópico sobreutilizado, la mansión es un personaje más de la película, tiene vida propia (los protagonistas se refieren a ella otorgándole atributos humanos y voluntad), y es ella la que lleva las riendas de la historia. Una historia muy inocente desde el punto de vista narrativo (simple y predecible, como dirigida a un público sin adulterar) y algo adormecida por momentos (aunque no fuera su objetivo principal, más terror habría beneficiado al ritmo de la película) que Del Toro se esfuerza en engalanar de poesía visual para que sus carencias no resulten tan importantes.

Porque en el fondo, con La Cumbre Escarlata ocurre lo mismo que con la mayor parte del cine del mexicano. Su universo está construido con máxima atención al detalle, con desbordante plasticidad y sentido de la estética, pero bajo sus preciosistas composiciones tampoco hay mucho fondo. La Cumbre Escarlata es un compendio de las pasiones del director, una obra que lleva su inconfundible sello autoral en la puesta en escena, en su tratamiento de la violencia (horrible y hermosa), en la elección del reparto secundario (Charlie Hunnam, Burn Gorman, su imprescindible Doug Jones) o en el muy particular diseño de sus criaturas (fantasmas deliciosamente macabros pero excesivamente digitales que parecen pertenecer a otra película). La teatral belleza de La Cumbre Escarlata está hecha para ser admirada, pero de alguna manera no se nos deja entrar del todo en ella, como si el director tuviera miedo de que fuéramos a romper algo y descubrir que detrás no hay nada. El día que Guillermo del Toro cuide sus guiones con tanto esmero como el apartado estético de su cine podrá realizar por fin su obra maestra.

Valoración: ★★★½

Crítica: La señorita Julia

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Catorce años han pasado desde la última vez que la musa de Ingmar Bergman, Liv Ullmann, se puso tras las cámaras para dirigir una película. Para Infiel (2000) escogió un texto escrito por su maestro y ex marido, y en su nueva película, La señorita Julia (Miss Julie), Ullmann adapta la célebre obra de teatro del dramaturgo sueco August Strindberg titulada originalmente Fröken Julie. Escrita en 1888, La señorita Julia se consideró una obra demasiado osada para la Suecia de finales de siglo, y no fue hasta una década después cuando se estrenó por fin ese país. Los temas en los que ahonda Strindberg resuenan con fuerza en la filmografía de Bergman, y no es de extrañar por esta razón que Ullmann la haya considerado afín a sus sensibilidades como cineasta.

La señorita Julia transcurre durante el solsticio de verano en una mansión del campo irlandés en 1880 y se extiende hasta el amanecer del día después, tras el cual el mundo ha cambiado por completo. En lo que acaba siendo el febril sueño de una noche de verano, la señorita Julia (Jessica Chastain), una joven aristócrata que vive confinada en su mansión, y el criado de su padre, John MISSJULIE_HELENSLOAN_DSC8050.nef(Colin Farrell), mantienen una violenta y retorcida dialéctica basada en la diferencia de clases y sexos, avivada por el irrefrenable y contradictorio deseo erótico que sienten el uno por el otro. Julia es quien da comienzo a los juegos, irrumpiendo en escena como una dominatriz altiva dispuesta a humillar a John, quien se somete diligente a sus afanes fetichistas y manipuladores a pesar de estar prometido con la cocinera de la mansión, Kathleen (Samantha Morton). Pero pronto ella se rebajará, él se erguirá y ambos se situarán a la misma altura, envueltos en un falso ambiente de celebración que les conduce a beber, festejar, devorarse, desangrarse, y en última instancia hacer planes de futuro sin tener en cuenta que ambos pertenecerán siempre a mundos distintos.

Ullmann opta por mantenerse fiel al texto de Strindberg y lo lleva al cine de la única manera posible: como si fuera una obra de teatro filmada. Con tan solo tres actores en escena, la directora utiliza el fuera de campo (el sonido de la muchedumbre en off, el omnipresente padre de ella, al que sin embargo nunca llegamos a ver) y otros recursos tradicionalmente teatrales para construir el mundo victoriano que enmarca a Julia y John, y mostrarnos a estos dos personajes como el único hombre y la única mujer (Kathleen cesa de existir durante la mitad del film). El núcleo de la película es pues la lucha en la que los dos se enzarzan, un angustioso duelo en el que ambos fluctúan constantemente entre la repulsión y el amor enfermo, la esperanza y el autoengaño, cambiando de parecer a cada vuelta de página, dejando el escenario de una manera y regresando a él de otra. Se trata de un caprichoso enfrentamiento que resulta agotador tanto para los personajes como para el espectador, al que Ullman no es capaz de involucrar en la historia a pesar de la excelente puesta en escena y los increíbles actores dramáticos que maneja.

La señorita Julia es un film denso, frío y hermoso, un sofisticado e intelectual ejercicio de estilo que nos regala escenas de auténtica belleza pictórica, pero en el que no obstante falla algo muy importante, la dirección de actores. Tanto la imparable Chastain, todo desmesura y desgarro, como Farrell, un gran actor cuando se lo propone, se consagran como thespians dejándonos escenas de una fuerza trágica arrebatadora. Pero da la sensación de que el sufrimiento y la desesperación no provienen de los personajes, sino de la implacable insistencia de una directora un tanto despiadada que quizás esté demasiado familiarizada con el lado más cruel del ser humano.

Valoración: ★★★

Crítica: Interstellar

INTERSTELLAR

Christopher Nolan es un señor muy serio. Y lo que más en serio se toma es su cine. Faltaría más. Con un éxito de taquilla tras otro, el director ha logrado conciliar las sensibilidades del blockbuster y el cine de autor, y eso no es precisamente un asunto para tomarse a broma (lo digo en serio). Su cine es ostentoso, superlativo, y la ambición creativa con la que el director se aproxima a él solo es superada por su ego autoral, lo que da como resultado monumentales (y petulantes) superproducciones veneradas con pasión devota. Nolan lleva apuntando a las estrellas desde el inicio de su carrera, pero este año se ha propuesto descifrarlas, trascenderlas y doblegarlas con Interstellar, magnánima space opera de tres horas de duración, diseñada (aunque él no lo reconozca en ninguna entrevista) para descubrirnos el sentido de la vida, porque quién si no él va a guardar la clave. Con esta gran epopeya americana, Nolan se transforma en una especie de Terrence Malick para las masas, y nos deleita (o atormenta, según el nivel de tolerancia al nolanismo) con una suerte de Árbol de la vida más allá de los confines del espacio.

Interstellar se ambienta en un futuro próximo en el que la vida en la Tierra se está acabando y la NASA (desmantelada tras unos asuntos de política exterior y convertida en un mito para las escuelas) trabaja en un proyecto secreto para salvar a la humanidad. Cooper (Matthew McConaughey y sus mohínes) es un granjero y astronauta retirado que descubre junto a su hija pequeña, Murph (de pequeña Mackenzie Foy, de mayor una conmovedora Jessica Chastain), la base clandestina en la que el profesor Brand (Michael Cane) dirige dicho proyecto. Dejando a su familia atrás, Cooper se embarca junto a Amelia (sobreactuada Anne Hathaway) y otros científicos en un viaje interestelar a través de un agujero de gusano descubierto junto a Saturno, que les conduce a otras galaxias. La misión consiste en realizar una valoración final sobre la habitabilidad de los planetas al otro lado del portal, ya estudiados por expediciones previas, para formar en uno de ellos una colonia que garantice la continuación de la raza humana.

ES POSTER TEASER-ISTLRÉse es a grandes rasgos el argumento de Interstellar -escrita a cuatro manos con el hermanísimo de Christopher, Jonathan-, pero ni que decir tiene que no es más que una sobre-simplificación de lo que nos espera antes de comenzar esta abrumadora y extenuante odisea a través del cosmos. Interstellar es varias películas en una. En su primera hora, es el film de M. Night Shyamalan que M. Night Shyamalan ya no sabe hacer. Después la película es Tarkovski, es Kubrick amansado por los estudios (¿es ésta la 2001 de Nolan?), y por supuesto, es Gravity. Narrativa y temáticamente se columpia entre el melodrama bigger-than-life y el rompecabezas de cajas chinas (en este caso no se trata de sueños como en Inception sino de mundos donde el tiempo transcurre a distinto ritmo), y se va transformando progresivamente de una de Spielberg (los ecos de Encuentros en la tercera fase se escuchan claros) en un tratado metafísico y existencial sobre la familia, la vida, la humanidad y el amor explicados a base de teoría de la relatividad y mecánica cuántica. Y lo cierto es que aunque tanto el mensaje como los repetitivos y sobreexplicativos diálogos (ese maldito verso de Dylan Thomas) desvelan un discurso mucho más simple de lo que Nolan cree (como siempre), Interstellar rebosa lirismo y se erige en todo momento como una imponente sinfonía multisensorial (con un increíble score de Hans Zimmer que abraza las imágenes como si entre ellos también hubiera amor), una experiencia en la que las revelaciones más importantes nos llegarán sin pensar demasiado, solo sintiendo.

Interstellar no es exactamente un blockbuster de acción, aunque la acción abunde y ésta sea espectacular (atención a la visita al primer planeta), sino una obra de ciencia ficción emocional (muchos dirán empalagosa) que se niega a desenraizar el relato de la realidad, da igual que éste sea catapultado al otro lado del espacio-tiempo. Y quizás ahí esté su mayor problema. Los hermanos Nolan se aseguran de que la película se mantenga casi en todo momento en el plano de la realidad científica, explicando (a veces para dummies) teorías y fenómenos, incurriendo constantemente en la sobre-exposición, y fundamentando todo lo que ocurre ante nuestros atónitos ojos, da igual lo implausible y ridículo que sea (y de eso hay para hartarse). Y claro, es inevitable que la ambición de la propuesta se les vaya de las manos. Por eso, Interstellar puede incomodar y hacer reír a los más escépticos (hay gente que aún no sabe qué es la ciencia ficción) y es recomendable adentrarse en ella con la mente bien abierta y dispuestos a realizar un acto de fe. Solo de esta manera experimentaremos la resolución de la historia (como sacada de A.I.) en su agridulce plenitud, y aceptaremos el leitmotiv con el que los Nolan justifican todos los giros imprevisibles, saltos cuánticos y dobleces imposibles de este periplo cinematográfico: el amor es el hilo conductor, lo que nos hace avanzar y retroceder, es la variable que explica lo inexplicable, la clave para resolver el puzle, es la “x” de la ecuación, y lo que da sentido al universo.

Valoración: ★★★★

Crítica: La desaparición de Eleanor Rigby

THE DISAPPEARANCE OF ELEANOR RIGBY

Para su debut en el largometraje, al neoyorquino Ned Benson no se le podía haber ocurrido un proyecto más ambicioso que La desaparición de Eleanor Rigby. Su ópera prima es el extenso díptico formado por Him Her, dos películas separadas que cuentan la historia de un matrimonio roto después de una tragedia, desde la perspectiva de cada uno de los miembros. Sumando ambas partes, el metraje total de Eleanor Rigby asciende a unas cinco horas. Sin embargo, después de su paso por festivales como work-in-progress (y con los Weinstein interesados en el proyecto) se realizó un montaje final que combinaba, tijera mediante, los films individuales. Así nacía Them, la versión “más comercializable” que llega a las carteleras. Al verla, salta a la vista que no es así como se concibió esta experiencia cinematográfica, pero es lo que tenemos de momento.

En esta exhaustiva y agotadora mirada a las relaciones de pareja y a la familia seguimos, casi de manera literal, a Connor Ludlow (James McAvoy) y Eleanor Rigby (Jessica Chastain) allá donde van, mientras se distancian, entre ellos y del mundo. La relación comienza de manera idílica, y así es como Benson la retrata, a la luz de la luna, entre luciérnagas y rocío, componiendo un primer segmento de Eleanor Rigby romántico y etéreo, con el que contrasta el resto de la película. Tras una abrupta elipsis, Eleanor intenta desaparecer saltando desde un puente. No sabemos por qué. Y Benson tarda un buen rato en darnos la respuesta, provocando quizás el efecto contrario al deseado: ocultar información esencial para el desarrollo de un personaje no aumenta el desasosiego o el enigma de su drama, simplemente desorienta, y provoca una distancia contraproducente con la obra.

Afortunadamente, cuando descubrimos la razón por la que Eleanor sufre depresión y no quiere ver a su marido, la película toma forma, y el espectador por fin recibe el acceso que se le había negado a la mente de sus personajes. Una vez dentro, lo que vemos no tiene nada que ver con aquellas noches en el parque. Con ecos a Blue Valentine o la infravalorada Rabbit HoleEleanor Rigby no es una “película de amor” al uso, tal y como quiere hacer creer su engañosa campaña de marketing. Nos habla entre otras cosas del amor, claro está, pero lo hace sin más concesiones al romanticismo que las del inicio, analizando el origen de los comportamientos de sus personajes (para entender a Connor y Eleanor hay que conocer a sus padres, fantásticos Isabelle Huppert, William Hurt y Ciarán Hinds), centrándose en su dolor, observándolo, explorándolo, diseccionándolo de manera casi clínica. El resultado es una obra intensa, pero también fría, una película terriblemente cruda con la que Benson sacrifica toda complacencia en favor de un retrato honesto e implacable del amor en la tradición de Ingmar Bergman (que Chastain se dé un aire a Liv Ullman es coincidencia).

Eleanor Rigby posterPor tanto, el riesgo que asume el director no solo tiene que ver con el formato con el que decide presentar su historia, sino con la mirada desapasionada desde la que se posiciona. Benson quiere que veamos a Connor, y sobre todo a Eleanor, en su peor momento, y ni él ni sus protagonistas tienen miedo al rechazo que esto pueda provocar. James McAvoy realiza un trabajo impecable, pero es Jessica Chastain la que se lleva la parte más complicada de la historia, ella es aparentemente la que está más perdida (como su generación, tal y como le reprocha el personaje de Viola Davis), la que nos cierra la puerta, la que muestra su peor cara. Y Chastain personifica a la perfección esa temeridad con la que Eleanor Rigby compone a sus personajes y deja que estos reaccionen a su tragedia de manera orgánica, sin manipulaciones. Los caminos de Connor y Eleanor convergen de nuevo hacia el final, en la que es una de las escenas más dramáticamente potentes que vamos a ver este año. La desarmante interpretación de McAvoy y Chastain nos purga, desatando una liberación que nos hace comprender mejor lo que hemos visto. Asimismo, el exquisito, casi onírico desenlace, es un broche perfecto, una escena con la que Benson se reafirma en su modo de filmar: la historia es toda nuestra y nosotros decidimos qué sacar de ella.

Hay un pequeño instante en Eleanor Rigby que pasará desapercibido para muchos, y que sin embargo esconde la misma esencia de la película. Eleanor cruza la calle, dejando a sus espaldas un graffiti en el que se puede leer (a duras penas) “La distancia no se mide en kilómetros, se mide en horas“. Quizás haber fusionado HerHim en una sola película (y a pesar de que esta se hace algo larga) traicione esta idea, e invalide en cierto modo su voluntad de estudio filosófico y antropológico. Lo que vemos en Them es suficiente para hacernos una idea, pero nos queda la sensación de que hace falta pasar esas cinco horas a solas con Eleanor y Connor para alcanzar a comprender del todo el dolor de esa distancia.

Valoración: ★★★★

Crítica: Mamá

No es lo mismo asustar que dar miedo (del de verdad, del que provoca congoja, desazón, angustia). Y si no que se lo digan al argentino Andrés Muschietti, que debuta en la dirección de largometrajes con Mamá (Mama, 2013), irregular cinta de terror hispano-canadiense basada en su corto homónimo de 2008. Le acompañan en el guion su hermana y socia Barbara Muschietti y Neil Cross (Doctor Who, Luther), y viene avalado desde la producción ejecutiva por el mecenas del género fantástico Guillermo del Toro -que advierte en todas las entrevistas que uno no debe esperar de ella un producto made in Del ToroMamá es puro terror de diseño. Tras solo cinco minutos de metraje salta a la vista que los principales responsables de la película provienen del mundo de la publicidad. Estilo y estética que se anteponen a la coherencia narrativa y dan como resultado un producto industrial y prefabricado, que sin embargo cumple su principal cometido: sobresaltar al espectador.

Mamá agota por completo el catálogo de clichés del género: cabaña en el bosque, psiquiátrico abandonado, presencia fantasmal de cabellos largos y oscuros, siniestra canción de cuna, criaturas que se retuercen por escaleras y paredes como si tuvieran ‘huesos de cristal’, monstruos en el armario, luces parpadeantes y espíritus con asuntos pendientes. La de Muschietti es una película de terror japonés en toda regla, un remake que en realidad no lo es. Mezcla exacta entre La maldición (Ju-on), Dark Water y The Ring (Ringu) -los títulos más populares e influyentes del ya desinflado fenómeno-, que viene a contestar a las más recientes tendencias del género, como el torture porn, o el resurgimiento del slasher. No hay en el filme un solo ápice de originalidad, sino más bien una labor de recopilación de lugares comunes y recursos argumentales que conforman un greatest hits del J-HorrorPero el filme no solo hunde sus raíces en el cine japonés. Mamá evoca ocasionalmente al trabajo del realizador de videoclips Chris Cunningham, y a muchos también recordará por momentos a la española [REC]. En definitiva, todo un festival de ideas recicladas y triquiñuelas visuales que ponen en evidencia a Muschietti y revelan sus carencias como narrador.

En el apartado interpretativo, Jessica Chastain da un tropezón en su imparable carrera, con un personaje tan forzado y desdibujado como la película en sí. Su Annabel es una chica dura que toca en una banda de punk, dice “fuck you” en su mensaje del buzón de voz y viste con camisetas rockeras de H&M. Mención aparte merece esa desafortunada peluca -la Chastain canalizó a la líder del grupo Crystal CastlesAlice Glass, para construir al personaje. Todo en consonancia con el sintético estilo de la película, en la que hay secuencias que bien podrían ser un anuncio de coches. Acompaña a Chastain Nikolaj Coster-Waldau (Juego de Tronos), que se pasa toda la película tumbado. Son las interpretaciones de las niñas protagonistas, Victoria (Megan Carpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse), las que merecen el mayor reconocimiento, sobre todo la de la pequeña, entrañable y espeluznante a partes iguales.

Como ocurre a menudo con este tipo de thrillers sobrenaturales, la historia está repleta de agujeros narrativos e incongruencias que impiden que la película vaya más allá de los sustos y las imágenes asépticamente perturbadoras. De esta manera, la conexión psicológica con el espectador es difícil de establecer, lo cual resulta especialmente lamentable en una película que insiste en explorar un poderoso vínculo como el materno-filial. La fábula de Mamá pierde fuelle a medida que se van desvelando los detalles de la trama, el CGI pasa a primer plano y la historia va tomando forma (es un decir). Las cuestiones se acumulan y la coherencia interna termina por abandonarse en favor de un clímax melodramático e incluso poético. No importa mucho, para cuando esto ocurre, uno tiene claro que lo que busca Muschietti no es revolucionar el género, sino crear una pieza visualmente atractiva y provocar algún que otro infarto. Si la miramos exclusivamente desde ese prisma, Mamá hasta podría considerarse un éxito. Por desgracia, esto no subsana su mayor defecto: que ya no estamos en 2004.