Crítica: The Program (El ídolo)

The program El ídolo Ben Foster

A pesar de haber firmado buenos trabajos, la carrera de Stephen Frears ha estado caracterizada por la inconsistencia y la dificultad para alcanzar la grandeza. Recientemente, el director se ha acomodado en el terreno del biopic, donde está realizando filmes con poder para ingresar en la carrera de los premios cada año, pero sin verdadero impacto a largo plazo (La reinaPhilomenaFlorence Foster Jenkins). Su última incursión en el cine biográfico es The Program (El ídolo), basada en la vida del ex ciclista Lance Armstrong, que en 2012 fue acusado de dopaje, retirándosele sistemáticamente sus siete victorias consecutivas en el Tour de Francia. Un escándalo que sacudió el mundo del deporte y en el que Frears trata de adentrarse, sin demasiado éxito.

Más que una película narrativa, The Program es una serie de viñetas que nos muestran diferentes etapas de la vida y la carrera de Armstrong, haciendo hincapié en los acontecimientos que trascendieron a los medios de comunicación. Es decir, The Program no cuenta nada que no sepamos ya. Esto no sería un problema si la conocida historia del ciclista se hubiera utilizado para ofrecer una visión más inédita o reveladora del mismo, pero Frears no parece interesado en llevar a cabo un retrato psicológico (o no es capaz), sino que se conforma con reproducir momentos puntuales de la historia de Armstrong y ponerlos uno detrás de otro. Es decir, The Program carece de estructura narrativa, transcurre con ritmo atrofiado, sin sentido de la dirección, a base de elipsis mal empleadas que, en lugar de cumplir su función, entorpecen la narración. Y lo que es peor, el film se queda en la superficie de la historia de Armstrong, sin llegar a dejar muy claro quién es este personaje. Es decir, The Program es una película sin forma ni fondo.

The ProgramLo único positivo que podemos sacar de la cinta es su apartado interpretativo, en el que destacan Jesse Plemons (que se está labrando una carrera estupenda como secundario, con El puente de los espíasBlack Mass Fargo), y por supuesto Ben Foster. A pesar de que el protagonista roza la parodia exagerada en algunos momentos (los diálogos de sus escenas más dramáticas están tan mal escritos que no le queda más remedio), su trabajo es lo suficientemente potente como para ponerse por encima de las circunstancias (como curiosidad, llegó a doparse como Armstrong en un alarde de “método“, aunque, ¿para qué?). Pero si bien es cierto que en muchas ocasiones una buena interpretación puede salvar una mala película, no es ese el caso de The Program, que hace aguas por todos los lados y ni la fuerza y la presencia de Foster son suficientes para evitar que se hunda.

Con The Program, Frears desaprovecha un material rico en posibilidades para hacer una película anodina e insustancial, cuando podía haber sido empleado para llevar a cabo una aproximación interesante a la vida de un ídolo caído. Aunque hay escenas en las que parece que va a mostrarnos la verdadera cara de Armstrong, el film nunca llega a hacerlo, terminando sin conclusiones, dando la sensación de que en ningún momento se supo qué se quería contar con ella.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Black Mass (Estrictamente criminal)

BLACK MASS

Sur de Boston, años 70. El agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton) tiene un plan para acabar con la mafia italiana del lugar: contar con la estimable colaboración de James ‘Whitey’ Bulger (Johnny Depp), miembro de la mafia irlandesa que accede a convertirse en informante de Connolly para eliminar a su enemigo común. La alianza entre los federales y el mafioso se intensifica hasta volverse incontrolable, desencadenando la violencia y el crimen en la ciudad, arrastrando familias (de agentes y criminales) y convirtiendo a Whitey en el mayor capo de la zona, uno de los gángsters más salvajes y poderosos de la historia de Boston.

Con Black Mass, Scott Cooper (Corazón rebelde, Out of the Furnace) lleva el thriller clásico de mafiosos hacia un terreno más moderno sin sacrificar las características que lo definen. Cooper construye un drama elegante de diálogos impecables en el que, en lugar de imitar u homenajear el cine gángsters de los 90, conduce el género por un camino más estilizado y contemporáneo (el score de Junkie XL le da impulso en este sentido), recordando más a David Fincher que a Martin Scorsese. Los guionistas Mark Mallouk y Jez Butterworth (Al filo del mañana) optan por una mayor transparencia narrativa a la hora de contar la leyenda de Whitey Bulger, empleando el recurso del testimonio en flashforward a la policía para desgranar el relato de forma cronológica. Una opción que, lejos de simplificar el discurso o subestimar al espectador, le hace partícipe más directo de la historia y le permite seguirla con una claridad que no suele formar parte del cine sobre crimen organizado. Una muestra de que se puede hacer cine negro para un público más amplio.

Black MassPara tener poca experiencia tras las cámaras, Cooper dirige con el pulso y la confianza de un veterano, manteniendo una homogeneidad considerable tanto en el tono como en la atmósfera de la película. Black Mass es un trabajo gris, de gran intensidad, un film en el que la violencia te hipnotiza y los actores te sacuden. Y es que su apartado interpretativo es impecable. Cooper cuenta con un envidiable reparto de rostros conocidos secundando a los protagonistas: Benedict Cumberbatch demuestra una vez más su enorme versatilidad adoptando acento bostoniano para dar vida al hermano de Whitey (aunque, como de costumbre, roza la imitación, y por tanto la caricatura). Kevin Bacon y el ubicuo Corey Stoll no se dejan ver mucho, pero cumplen de sobra (a Stoll siempre es un placer verlo, y más si te lo encuentras de sorpresa, que es algo muy habitual). Peter Sarsgaard y Jesse Plemons desatan su excentricidad con dos secundarios memorables. Los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, pero Dakota Johnson, Julianne Nicholson y Juno Temple se encargan de sacarle el máximo partido a su tiempo en pantalla, protagonizando algunas de las escenas más potentes e impactantes (la visita de Whitey al cuarto de la mujer de Connolly pone los pelos de punta). Y Rory Cochrane ofrece un magnífico y sutil recital de emociones, dejándonos los mejores primeros planos del film.

Por último, Depp se redime de los recientes pasos en falso de su carrera con un sorprendente y magnético trabajo en el que podemos ver cómo se va deshaciendo de sus tics para humanizar al personaje de forma ejemplar. Claro que, mientras el actor de Eduardo Manostijeras y sus intimidantes ojos claros de pupilas dilatadas se llevan toda la atención (como si estuviéramos contemplando a un Jack Nicholson más esforzado), es Edgerton quien aguanta estoicamente el peso de la historia, demostrando un talento que Hollywood no está sabiendo aprovechar. La interesante relación entre White y Connolly es el eje que vertebra Black Mass, y por suerte, Edgerton y Depp son los instrumentos mejor afinados de la película.

Valoración: ★★★½