Alita – Ángel de combate: Una maravilla visual que se queda a medias

El visionario cineasta James Cameron lleva años ocupado en las secuelas de Avatar que parecen no llegar nunca. Entretanto, el director de Titanic también dedica su tiempo al documental y a producir otras películas, como las últimas (y fallidas) entregas de la saga Terminator. El trabajo más reciente que llega avalado por su nombre es Alita: Ángel de combate, adaptación del popular manga GUNNMde Yukito Kishiro, que dirige Robert Rodríguez (Spy KidsPlanet Terror), con quien Cameron también escribe el guion, junto a Laeta Kalogridis (Shutter Island).

Alita: Ángel de combate es la producción de mayor envergadura que Rodríguez ha dirigido hasta la fecha, un carísimo y lustroso espectáculo al servicio de una historia de ciencia ficción clásica. La película nos traslada varios siglos en el futuro, concretamente hasta 2563. La humanidad sobrevive en un entorno post-apocalíptico tras los devastadores efectos de la catastrófica guerra conocida como La Caída. Buscando entre la chatarra que se acumula alrededor de Iron City, situada bajo Zalem, la única ciudad aérea que sigue en el cielo, el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz), cirujano especialista en híbridos de humano y robot, encuentra el cuerpo destrozado de una cyborg, a la que restaura y nombra como a su hija fallecida, Alita. Al despertar, la chica no recuerda nada de su vida pasada, pero a medida que se enfrenta a diversos peligros, los recuerdos empezarán a aflorar, descubriendo que sus impresionantes habilidades esconden un secreto muy importante. Es por ello que un malvado empresario de Zalem, Vector (Mahershala Ali), y la ex mujer de Ido, Chiren (Jennifer Connelly), harán lo posible por acabar con ella.

Alita: Ángel de batalla es sin lugar a dudas una de las superproducciones de Hollywood más ambiciosas del cine reciente. Salta a la vista que Cameron está detrás del proyecto, ya que se puede detectar su impronta visionaria en cada uno de sus planos. El despliegue técnico de la película es impresionante, desde la detallada creación de un universo propio con una mitología compleja e intrincada (incluido un deporte propio a lo Quidditch, el Motorball), hasta el cuidado apartado visual y su irresistible ambientación cyberpunk. Pero el mayor logro de Alita es su protagonista, creación digital que recoge los últimos avances en el terreno de la captura del movimiento, dando resultados absolutamente increíbles. Gracias a su aspecto hiperrealista, un movimiento físico sorprendentemente natural y una integración impecable con su entorno y los actores de carne y hueso, Alita (tras la que se encuentra la interpretación de Rosa SalazarEl corredor del laberinto) es sencillamente una de las creaciones digitales más alucinantes de la historia del cine, con una expresividad facial y corporal que no deja de asombrar.

Viendo Alita es inevitable recordar otros títulos sci-fi con los que guarda muchas similitudes, como Ghost in the ShellA.I. Inteligencia ArtificialBlade Runner, Astroboy o la Metrópolis de RintaroComo todos ellos, la de Rodríguez levanta una sociedad futura que se rige por normas propias (a menudo reflejo de nuestra propia sociedad actual) y trazan un entramado de especies, clases sociales y ocupaciones lleno de posibilidades discursivas. La primera hora y media de la película sirve para establecer las reglas de este universo, mientras nos da a conocer a Alita, caracterizada como una adolescente inocente, curiosa y bondadosa que está descubriendo el mundo y a sí misma. Uno de los mayores aciertos de la película es enfocar su trama principal hacia el relato coming-of-age, lo que añade humanidad a un género que en muchas ocasiones carece de ella.

Sin embargo, Alita acaba descartando la reflexión filosófica y moral de otras historias similares en favor del entretenimiento y el espectáculo más puro, ofreciendo grandes dosis de acción vistosa y trepidante, y un argumento que, a pesar de rebosar emotividad, prefiere quedarse en la superficie de las (interesantes) cuestiones morales que plantea. Esto responde quizá a su naturaleza de preámbulo, de primer capítulo de una historia que promete desarrollarse mejor más adelante, algo que juega indudablemente en su contra sobre todo durante su último acto, en el que la expectación por algo que se promete durante toda la película (la visita a la ciudad aérea Zalem) desemboca en un final anticlimático y un cliffhanger que deja la película literalmente inacabada, incompleta.

Aunque Alita cumple perfectamente como cine escapista y espectáculo de acción, con set pieces y combates extraordinarios, acaba hundiéndose conforme avanza, lastrada por la necesidad constante de explicar su funcionamiento y un evidente exceso de subtramas, que no hacen sino retrasar algo que no llega nunca. Tampoco ayudan sus diálogos, más bien torpes y sobreexplicativos, y una trama romántica adolescente que roza el crepusculismo y nos deja algunas escenas con las que es difícil no sonrojarse. Por todo esto, Alita: Ángel de combate acaba desaprovechando una oportunidad magnífica en un producto tan visualmente prodigioso como narrativamente irregular.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

‘You’ y ‘Dentro del Laberinto’ son la misma historia y no me puedes convencer de lo contrario

Este artículo contiene spoilers de la primera temporada de You

Nueva semana, nuevo fenómeno viral de Netflix. La plataforma de streaming sigue generando éxitos en forma de series, realities y películas de las que todo el mundo habla en las redes sociales. El año acaba de empezar y ya tenemos tres: A ciegas, ¡A ordenar con Marie Kondo! y la que hoy nos ocupa, You. Estos días es difícil entrar a Twitter sin toparse con una avalancha de memes y debates a costa de cualquiera de las tres.

You es un provocador thriller originalmente producido para la cadena Lifetime, que Netflix distribuye fuera de Estados Unidos como parte de su oferta de series propias. Basada en la novela homónima de Caroline Kepnes, You está creada por Sera Gamble y Greg Berlanti, director de Con amor, Simon y responsable de las series de DC y Riverdale entre muchas otras. La historia gira en torno a Joe Goldberg (Penn Badgley, conocido por Gossip Girl), un joven librero de Nueva York que se obsesiona con una chica, Beck (Elizabeth Lail), y empieza a stalkearla hasta que consigue conquistarla, desatando en el proceso su naturaleza desequilibrada y psicópata.

La serie ha levantado una polvareda de críticas que aseguran que romantiza el acoso, pero lo cierto es que sus guiones, por predecibles y clichés que puedan ser, se aseguran de que esto no ocurra, dejando claro en todo momento que, aunque nadie en la serie sea precisamente un ejemplo de rectitud moral, Joe es el villano, el monstruo de la historia. El problema es que, claro, Penn Badgley, y por extensión el protagonista, es muy mono, y a la audiencia le cuesta muy poco colgarse de los psicópatas atractivos en la ficción, una constante en el cine y la televisión desde hace décadas (Christian Bale en American Psycho, Michael C. Hall en Dexter, Darren Criss en American Crime Story…).

Esta idea retorcida de enamorarse del malo de la película, del secuestrador o el asesino, saca a relucir nuestras pulsiones más oscuras. En el caso concreto de You, hace que nos cuestionemos más de una cosa sobre las relaciones, cómo entendemos el romanticismo y nuestros propios deseos, invitándonos también a reflexionar sobre la delgada línea que a veces separa el romance del acoso. En relación a esto, viendo la serie no pude evitar acordarme en más de una ocasión de mi película favorita de la infancia, Dentro del Laberinto, el clásico fantástico de los 80 dirigido por Jim Henson y protagonizado por David Bowie y Jennifer Connelly.

Dentro del Laberinto ha sido analizada en profundidad por su interesante subtexto sobre la maduración y el despertar sexual, pero también ha hecho arquear más de una ceja por la supuesta condición de depredador del Rey de los Goblins, Jareth, el personaje de Bowie, un hombre (goblin) adulto que se obsesiona con una adolescente de 15 años. Y entonces se me encendió la bombilla: salvando la diferencia de edad (y las marionetas, y los asesinatos), You y Dentro del Laberinto cuentan la misma historia.

Veamos, un hombre se enamora perdidamente de una mujer (a la que le encanta leer), desarrolla una obsesión malsana con ella y crea un juego siniestro en el que él parte con la ventaja porque la ha espiado de antemano. Jareth observa a Sarah en su dormitorio a través de una bola de cristal (de ahí saca todas las ideas para ponerle obstáculos y tentaciones en el Laberinto), mientras que Joe espía a Beck a través de las redes sociales, siguiéndola por la calle o mirando directamente por su ventana (hay que ver qué poco protegen los neoyorquinos su intimidad). Lo dos recaban información para usar en su beneficio y conquistar a su objeto de deseo. Y la frustración de ambos va en aumento cuando las circunstancias y las personas alrededor de su enamorada/presa les complican sus planes. Creepy total.

Regresando al tema del atractivo físico, aunque los cánones estéticos y de belleza han cambiado mucho en los últimos 30 años, hay que recordar que David Bowie fue uno de los mayores iconos sexuales para las y los adolescentes de los 70 y 80. El aspecto de Jareth (emblemático paquete incluido), entre una glamurosa estrella del rock y Heathcliff de Cumbres borrascosas, hizo que la audiencia juvenil de la época se pusiera de su parte y desease que Sarah aceptase quedarse con él. “Que me secuestre a mí” era, y es, un comentario frecuente. Y está pasando también con Joe, hasta el punto de que el propio actor ha tenido que aclarar en Twitter que es el malo de la serie, que es un asesino y no debemos soñar con vivir una relación con alguien así.

Por desgracia, ese es uno de los males de nuestra sociedad (al que yo reconozco contribuir): se lo perdonamos todo porque es guapo, porque nos pone. Pero esto no es Cincuenta sombras de Grey, donde sí se glorificaba la figura del hombre dominante y depredador, en You las cosas deberían estar más claras. Sobre todo cuando nos acercamos a la recta final de la primera temporada, en la que Joe muestra su verdadero rostro a Beck (al espectador llevaba mostrándoselo desde el primer capítulo). Es ahí, en el último episodio, donde me encontré con esto:

Es la misma línea de diálogo. Textual. “Todo lo que he hecho, lo he hecho por ti”. Jareth se la dice a Sarah durante el número musical ‘Within You’. Joe a Beck después de encerrarla. Solo es manipulación. La sala de Escher es la cámara de los libros de Joe, donde ambos retienen a la chica. Los dos prometen una vida ideal junto a ellos, cuando en realidad no es sino un cautiverio para ellas. Afortunadamente, en ambos casos, la chica se rebela. Sarah se resiste a caer en las redes de Jareth y su voluntad debilita el poder del Rey de los Goblins. Beck descubre por fin el pastel y, aunque parece tentada por lo que Joe le ofrece, también opone resistencia. Aunque en su caso no acaba tan bien.

Enamorarse del villano de la historia es algo muy frecuente. La inocencia de los 80 y el precioso mensaje de independencia y crecimiento que nos ofrecía Dentro del Laberinto amortiguaba su vertiente más problemática. En el caso de You contamos con más información y experiencia sobre este tema. Deberíamos tenerlo más claro, pero aun así, muchos se dejan embaucar por el acosador, hasta el punto de no verlo como tal cosa (como le ha ocurrido a gente muy joven como Millie Bobby Brown de Stranger Things, que defiende a Joe). Ahí es donde reside el problema, y ahí es donde tenemos que debatir y dialogar para aclarar cualquier confusión que la serie pueda crear. No pasa nada por colarse de malo, siempre y cuando sepamos distinguir la realidad de la ficción.

Crítica: No llores, vuela

No llores vuela

Avalada por varios premios y reconocimientos por sus primeras películas, Madeinusa (2006) y La teta asustada (2009), la peruana Claudia Llosa firma su tercera obra como realizadora, No llores, vuela (Aloft en versión original), un desgarrador drama familiar rodado en la nevada Manitoba (Canadá) con el que consolida su talento y sensibilidad tras la cámara. La película abre con una peregrinación para visitar a un sanador, y cabalga entre dos tiempos narrativos, un enigmático pasado que Llosa construye a base de intriga y con cierto aire a futuro desolado(r) (excelentes fotografía y banda sonora), y un presente en el que la directora explora las consecuencias de los trágicos acontecimientos de ese capítulo del pasado. Dominando el equilibrio entre tensión y contención dramática, con una dirección de actores impecable, y desentramando el relato con suma delicadeza, Llosa consigue que sus personajes nos afecten y su historia nos envuelva hasta su catártico desenlace.

No llores, vuela es la dura y poética crónica del distanciamiento de una madre y un hijo, la evolución de un dolor insondable y la exploración de la posibilidad del perdón. Todo comienza cuando Nana (Jennifer Connelly), mujer con dos hijos, se encuentra con el sanador conocido como El Arquitecto, una figura misteriosa que le lleva a creer que ella también esconde un gran poder, convirtiéndose así en su mentor espiritual. Durante una de las visitas de Nana al Arquitecto, ésta descuida a sus hijos, que deciden marcharse sin avisarla utilizando su todoterreno, lo que resultará en la pérdida de uno de los niños, y la ruptura abrupta de los lazos de cariño entre Nana y su otro hijo, Ivan (Zen McGrath, interpretado en el futuro por Cillian Murphy). Después de una infancia FRESCOTA_NO LLORES 14marcada por la soledad y el resentimiento mutuo, madre e hijo emprenden caminos separados. Mientras ella continúa su formación hasta convertirse en la famosa Nana Kunning, una fascinante y esquiva artista aislada en un paradero remoto, él, incapaz de entender el cambio de su madre y la decisión de abandonarlo, se convierte en cetrero y vive una vida de reclusión psicológica en la que su mujer (Oona Chaplin algo desaprovechada) intenta mantener unidas a duras penas las piezas rotas de su marido. Una joven periodista (Mélanie Laurent), fascinada por la historia de Nana y Ivan, organiza un encuentro entre ambos, 20 años después de su separación.

Estamos acostumbrados a las interpretaciones cargadas de intensidad trágica de Jennifer Connelly, una actriz que ha enfocado su carrera casi exclusivamente dentro del drama y que con cada papel parece buscar la purga a través de la experiencia actoral. Y esta Nana Kunning, sin duda el personaje más complicado de la película, no es excepción. Con ella, Connelly construye a una mujer, una madre que ha cometido un acto universalmente reprobable e injustificable, y lo hace sin apenas concesiones al espectador, sin buscar en ningún momento la compasión (atención a la brutal escena en la que reprocha al niño el accidente en su habitación), con una firmeza implacable y dolorosa que envuelve toda la película -y que choca con ese inapropiado título tan a lo Coixet. Llosa se niega a adentrarse en el terreno del melodrama convencional, y evita complacencias que suavicen esta terrible historia en la que sin embargo no pretende señalar víctimas o culpables. La gelidez con la que se aproxima a sus personajes puede resultar en una experiencia cinematográfica incómoda, incluso alienante, pero los actores aportan la humanidad necesaria para que los perdonemos, y anhelamos el perdón entre ellos. El trío protagonista de No llores, vuela ofrece un recital interpretativo memorable (Laurent se mantiene en segundo plano, pero su presencia es imprescindible). Murphy y Connelly están sublimes, y se abandonan por completo al dolor al que Llosa los expone sin miramientos, hasta culminar en un encuentro final tenso, triste y hermoso que, nos dé o no lo que buscamos, es justo lo que necesitamos todos, personajes y espectadores.

Valoración: ★★★½

Crítica: Noé

Noé 2014

Considerar Noé (Noah) un desliz en la interesantísima carrera de Darren Aronofsky solo por ser una colosal superproducción de Hollywood es un error, casi tan grave como valorar la película de acuerdo a su grado de fidelidad con respecto al texto original (lo siento, no he leído el libro en el que se basa, pero estoy ligeramente familiarizado con él) o, válgame Dios, por su nivel de verosimilitud -peor que un cristiano ultrajado por las licencias que se toma, es un cinéfilo indignado por el enfoque fantástico que se le otorga a una historia de estas características.

Noé es un filme que, a priori, puede parecer el más impersonal de la carrera del realizador, debido a su envergadura y género. Sin embargo, es una pieza que encaja perfectamente en su trayectoria. A través de sus películas, hemos aprendido que la relación de Aronofsky con el cine es profundamente personal, pero este no es uno de esos autores que se queda en su zona segura y se limita a iterar una y otra vez sus singularidades (no nombraré a nadie, pero alguno tiene película nueva en cartelera), sino que una de sus señas de identidad más axiomáticas es el riesgo y la experimentación genérica. Para él, esto conlleva la ausencia total de cortapisas y restricciones, completa temeridad y ambición (no olvidemos que dirigió La fuente de la vida, y que estuvo a punto de realizar RoboCop). Por esta razón, Noé no solo es evidentemente una película de Darren Aronofsky, sino que además supone un paso firme hacia delante en su filmografía, inclasificable, ecléctica y diseñada para hacerse progresivamente con un nicho del cine de masas.

Con Noé, Aronofsky (ateo confeso) convierte el Antiguo Testamento en un controvertido tratado sobre la obsesión, la pasión y la naturaleza de la fe, que es en cierto modo lo que define todo su cine. Desde Pi a Cisne negro, todos sus personajes se mueven por estos principios, y todas sus historias acaban explorando los límites entre la devoción y la patología, entre lo placentero y lo enfermizo. En su insistencia en adentrarse en los vericuetos de la demencia y el fanatismo es donde entra la figura de Noé (Russell Crowe), fuerza bruta que representa al fiel primordial, con el que Aronofsky identifica el inicio de la degeneración y el declive del hombre en su fe ciega a los dictados del Señor.

Noé póster españolA la caracterización fuertemente incompasiva de Noé (un hombre al límite, despojado de su cordura, que está dispuesto a llevar a la raza humana hacia su extinción), y la de los miembros de su familia, seres definidos y debilitados por sus fuertes pulsiones sexuales, y sus instintos de supervivencia y protección, se suma el hecho de que Aronofsky se aproxima a las Sagradas Escrituras reformulándolas como una grandiosa fantasía épica que equipara la Biblia con la obra de J.R.R. Tolkien o George R.R. Martin, lo cual explica en parte la animadversión en contra del film. Noé está narrada como si partiera de un referente literario adscrito al género fantástico, en el que tienen lugar acontecimientos asombrosos, donde la magia y lo sobrenatural forman parte de la Creación. En ese sentido, el director no tiene reparo alguno en convertir a los ángeles caídos en gigantes de roca que parecen salidos de La historia interminable, o en narrar los acontecimientos del Génesis en forma de prólogo pseudo-animado que podría ser una escena eliminada de La fuente de la vida.

Noé es una monumental y majestuosa superproducción en la que el Diluvio Universal se presenta a través de un imponente espectáculo visual y sonoro -excelente una vez más la partitura de Clint Mansell-, y donde los magníficos efectos especiales de Industrial Light and Magic aúnan el clasicismo del stop-motion de Harryhausen y la tecnología más impresionante, para resultar en un blockbuster tan personal como intemporal. Pero lo más convincente de la película es la pasión (volvemos a dar con la palabra clave) con la que Aronofsky la cuenta, cómo extrae el dolor y la brutalidad del relato bíblico y convierte la historia del Arca de Noé en una descarnada y absorbente epopeya sobre la locura y la perversión. Y también, como él mismo ha declarado en muchas ocasiones, en un filme fieramente ecologista protagonizado por “el primer activista medioambiental”, alguien que, por los designios del Señor, cree que el ser humano es el único animal que no merece la salvación.

Si acaso el único pero de Noé son unos actores que, o bien no dan la talla –Emma Watson se enfrenta a su primer gran reto dramático con resultados irregulares, Douglas Booth es invisible y Logan Lerman se empieza a encasillar- o bien se mueven en sus habituales registros interpretativos –Russell Crowe y Jennifer Connelly haciendo lo mismo de siempre- sin ser capaces de ponerse a la altura del riesgo dramático que exige la propuesta.

Valoración: ★★★★

Crítica: Cuento de invierno

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Akiva Goldsman es uno de los guionistas más poderosos de Hollywood. A lo largo de dos décadas ha acumulado libretos para sonados fracasos artísticos como las entregas de Batman dirigidas por Joel Schumacher, Perdidos en el espacio o Prácticamente magia, pero ninguno de sus tropiezos le ha parado los pies. Incomprensiblemente llegó a ganar un Oscar por el guión de Una mente maravillosa, ese clásico intemporal que a día de hoy recordamos como una de las obras maestras de comienzos de siglo (NO). Más recientemente se ha encargado de las adaptaciones cinematográficas del fenómeno literario de Dan Brown El código Da Vinci, haciendo que muchos nos cuestionemos por qué Hollywood sigue amparando a este señor (¿un milagro, quizás?). Por si su gran incompetencia escribiendo no fuera suficiente tortura, ahora Goldsman da el salto a la dirección con otra adaptación literaria, Cuento de invierno (Winter’s Tale), basada en la novela de 1983 escrita por Mark Helprin.

Cuento de invierno es una historia de amor bigger-than-life, de destinos cruzados y milagros, uno de esos romances hiperbólicos e hiperalmibarados que desafían el tiempo y el espacio, narrado abarcando más de un siglo y ambientado en Nueva York, como no podía ser de otra manera. Durante un allanamiento de mansión, Peter Lake, ladrón de 21 años interpretado por Colin Farrell (y con eso ya no hace falta decir más, pero aún así seguiré) se prenda de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, quizás el único acierto de la película), la hija mayor de Isaac Penn (William Hurt), millonario editor del periódico The Sun. Como mandan los cánones de los cuentos de hadas, Peter y Beverly se enamoran perdidamente en cuestión de minutos y comienzan una apasionada historia de amor que desafiará mil y un obstáculos, principalmente la enfermedad de ella (se está muriendo de tisis) y la amenaza del mafioso demoníaco Pearly Soames -un bochornoso Russell Crowe pidiendo el Razzie a gritos-, que quiere matar a Peter por traicionarle años atrás. Todo envuelto en un manto de realismo mágico que el realizador claramente no tiene ni idea de cómo utilizar, haciendo que la película caiga inevitablemente en el camp más vergonzoso -acentuado por la penosa partitura de Hans Zimmer.

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Goldsman, a medio caballo entre Frank Capra y Nora Ephron (que me perdonen ambos), se asfixia tratando de condensar la novela en 120 interminables minutos, conectando pasado y presente, e intentando casar los aspectos fantásticos y románticos de la historia. Cuento de invierno es un absoluto berenjenal narrativo, una película atropellada, pesada y confusa que demuestra una vez más que el guionista es incapaz de contar una historia, da igual lo simple que sea (y Cuento de invierno no es que sea Juego de Tronos precisamente). Algo con lo que no está de acuerdo Neil Gaiman, por cierto, que elogia a Goldsman por su trabajo y anima a todo el mundo a ver la película, a pesar de que caiga en el defecto de la mayoría de producciones fantásticas en Hollywood: la sobre-explicación. Esté o no de acuerdo yo con Gaiman (tampoco es que él sea el mejor estructurando historias), hay algo en lo que indudablemente tiene razón. Aquellos que se animen a ver Cuento de invierno probablemente sabrán exactamente lo que van a ver, porque esta no oculta lo que es: Una cinta de fantasía con ángeles, demonios y caballos voladores, cargada de diálogos tan cursis que parecerá que los de Crepúsculo están escritos por David Mamet y bochornosos sinsentidos que la convierten en toda una comedia involuntaria. Ya lo dice el peor eslogan de lo que llevamos de año: “Esto no es una historia verdadera. Es una historia de amor”.

Después de todo, estrenar este desastre épico el día de San Valentín ha sido lo más inteligente que podía haber hecho el estudio: Cuento de invierno está hecha para que no importe lo más mínimo si os perdéis la mitad de la película achuchándoos. Es más, quizás eso sea justamente lo que quieren, que prestéis más atención a vuestra pareja, y que con suerte así no os deis cuenta de lo mala que es la película. Así que si vais a ver Cuento de invierno, adelante, achuchaos, es lo mejor que podéis hacer.

PD: Si al salir del cine sentís un imperioso deseo de acudir a un Dunkin’ Donuts, no os extrañéis. En su tramo final, Cuento de invierno se transforma en un spot publicitario de esta franquicia. Atención a todos los planos en los que la fachada de un Dunkin’ aparece al fondo, convenientemente encuadrada entre Colin Farrell y Jennifer Connelly.

Valoración: ★½

Crítica: Un invierno en la playa (Stuck in Love)

Un invierno en la playa (Stuck in Love, Josh Boone, 2012)

Deformación profesional

Un invierno en la playa se pasó hace un año por los circuitos festivaleros con el título de Writers. Para su distribución en salas comerciales norteamericanas, este título más propio de una película de Pixar fue sustituido por el mucho más comercial -y tramposo- Stuck in Love. Aunque ninguno de los dos sea muy bueno precisamente, ambos describen elocuente y concisamente qué es Un invierno en la playa -no me hagáis hablar del título en español.

Los Borgen son una familia de escritores en plena fase creativa del nuevo capítulo de sus vidas, pero para ello deben antes reescribir lo vivido hasta ahora. El patriarca, William (un siempre efectivo y amable Greg Kinnear) está divorciado de Erica (Jennifer Connelly), y vive con los dos hijos de ambos: Samantha (Lily Collins) y Rusty (Nat Wolff). Como no podía ser de otra manera, William está “atascado”, “bloqueado”. En su trabajo y en su pasado. Incapaz de asumir la marcha de Erica, William se pasa los días esperando a que esta vuelva, obsesionado con ella, espiándola en la casa donde vive con su nuevo y atlético marido. Mientras, se realiza profesionalmente a través del trabajo de sus hijos, una cínica veinteañera devora-hombres que va a publicar su primer libro, y un adolescente fan de Stephen King que obviamente se encuentra ‘en construcción’. La odisea personal de los tres Borgen que quedan supondrá la búsqueda de una nueva perspectiva, abandonar lo aprendido para aferrarse a nuevas esperanzas, para seguir viviendo. Renunciar a un amor para aceptar la posibilidad de otro. O simplemente abrirle las puertas.

Los diálogos de Un invierno en la playa rozan la ingenuidad pretenciosa -el ‘namedropping‘ no puede ser más obvio-, pero lo hacen en consonancia con la naturaleza de sus personajes, en especial de sus protagonistas adolescentes, que, como los hermanastros de Las ventajas de ser un marginado, están de vueltas de la vida, aunque no hayan empezado a vivirla todavía. Las caracterizaciones de la película transcurren entre el idealismo y lo establecido, con personajes que navegan un mar de lugares comunes y que se enfrentan a conflictos y alcanzan resoluciones convencionales. Sin embargo, Boone logra que su historia se mantenga en todo momento en el plano de la verosimilitud, y su magnífico elenco aporta toda la naturalidad y autenticidad necesaria para que la propuesta funcioneUn invierno en la playa cuenta con uno de los mejores repartos corales de este año, todos ellos se funden plenamente en la piel de sus personajes, todos retratan a la perfección ese desarraigo adolescente, condescendiente y autoconsciente propio del escritor, que es justamente lo que les impide avanzar. Los Borgen son una familia real, y el lazo que hay entre ellos se extiende más allá de la pantalla.

Desde el punto de vista narrativo, no hay nada verdaderamente extraordinario en Un invierno en la playa -el número de tópicos al que recurre es considerable-, y sin embargo la ópera prima de Boone se las arregla para implicar al espectador a un nivel más personal del que suelen conseguir este tipo de dramedias mal-llamadas-indies. Estamos ante una de esas pequeñas películas con cálido aroma Sundance que acogen con los brazos abiertos al espectador y le invitan a sonreír durante todo el metraje, a sentir las penurias de sus personajes, a desear finales felices para todos ellos, y tras la cual es posible experimentar una plenitud y satisfacción que no muchas consiguen. Un invierno en la playa es tan cercana, buenrollista y romántica -en el sentido más cósmico de la palabra- que a más de uno hará cuestionarse si ha llegado la hora de desatascarse y reescribir la historia.

A modo de epílogo en el que me voy a permitir ponerme mucho más personal: mi más sentida enhorabuena y toda mi gratitud para el equipo de casting de Un invierno en la playa, que ha logrado reunir en una película a un grupo de actores por los que siento una gran debilidad. Jennifer Connelly, mi primer amor cinematográfico gracias a Dentro del Laberinto, Lily Collins, cuya belleza me tiene arrebatado desde Mirror, Mirror y que en esta película está increíblemente hermosa, Kristen Bell, que siento como de la familia desde Veronica Mars y Logan Lerman, el niño mimado de fuertecito no ve la tele desde Las ventajas de ser un marginado. Por último, un premio al responsable de convertir a Connelly y Collins en madre e hija en la ficción. Era algo que debía pasar tarde o temprano. Lo llevaban escrito en las cejas.