Crítica: Loving

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La carrera de Jeff Nichols ha estado hasta ahora caracterizada por cierto inconformismo tranquilo. El joven director originario de Arkansas ha evitado adherirse a la corriente, insistiendo en las historias peculiares, contadas desde un punto de vista muy personal que ha demostrado su talento para abordar géneros muy distintos sin salirse de sus parámetros como autor. Con Take Shelter, el cineasta se ganó el favor de la crítica y el público, manifestando una sensibilidad muy especial para la ciencia ficción. Aquella película, protagonizada por Michael Shannon y Jessica Chastain consolidaba desde bien temprano un estilo que podemos reconocer en sus siguientes trabajos, el cuento americano a lo Mark Twain Mud, la nostálgica revisión del cine sci-fi de los 70-80 Midnight Special, y este año, su primera incursión en el biopic, Loving.

El cine de Nichols se ha movido hasta ahora en la periferia del cine comercial, satisfaciendo a la crítica y a una pequeña porción de la audiencia, pero sin llegar a estallar en el mainstream como algunos de sus contemporáneos, Denis Villeneuve o Damien Chazelle, por nombrar un par de ellos. Loving es su ticket para entrar en los círculos más prestigiosos del cine de Hollywood. Una historia de corte más academicista que narra un hecho histórico en la lucha por los derechos civiles en Norteamérica, y con la que Nichols se coló al principio de la carrera de los Oscar. Con el paso de los meses y la llegada de competidores más fuertes, Loving ha pasado a segundo plano, pero eso no quiere decir que no siga siendo una de las cintas más destacables del año.

Basada en hechos reales e inspirada en el documental de HBO The Loving Story, la película nos cuenta la preciosa historia de amor de Mildred y Richard Loving (Ruth Negga y Joel Edgerton), una pareja interracial que se casó en Virginia en 1968. Poco después de comenzar su vida en común, el matrimonio es arrestado y encarcelado, ya que su relación es ilegal en el estado donde siempre han vivido, y donde sueñan con formar una familia. Las autoridades les dan un ultimátum, o se divorcian o se marchan del estado, teniendo prohibido volver en 25 años. Los Loving optan por el exilio y abandonan su hogar para mudarse a Washington D.C. Pero el anhelo de la vida en el campo y sus familias les llevan a luchar por su regreso a casa, para lo que inician un proceso legal con la intención de abolir la ley, que va en contra de los derechos humanos.

Comparada con su filmografía previa, Loving es el trabajo decididamente más convencional de Nichols. Aquí no hay pasajes de realismo mágico, ni ciencia ficción destilada en el drama, sino lo que cabe esperar de una película biográfica. Sin embargo, Loving posee una sinceridad y una inteligencia emocional que no encontramos en la mayoría de biopics de Hollywood. La historia de los Loving (no me detendré a hablar de lo convenientemente mágico de su apellido) está contada con la característica intensidad contenida de Nichols, situando a sus personajes al borde de la erupción, sin que estos lleguen nunca a estallar en grandes gestos melodramáticos. En este sentido, es necesario elogiar la soberbia labor interpretativa de sus protagonistas, Ruth Negga y Joel Edgerton, dos actores completamente entregados a sus papeles y a la causa de sus personajes. Negga borda la inocencia combatiente de Mildred, el dolor del amor que se puede ver reflejado en sus ojos, mientras Edgerton construye a un personaje silenciosamente apasionado y visceral de forma muy elocuente, a base de sutiles matices que nos dicen todo lo que está pensando, y demostrando así una vez más que es uno de los talentos más infravalorados del cine actual.

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Loving es una película de tenue belleza y gran delicadeza, sobria pero cálida, tan tranquila a la hora de hablar de temas tan tumultuosos que la fuerza que hay bajo su elegante fachada puede pasar desapercibida. Pero si intentamos ponernos en la piel de los Loving entenderemos que el objetivo no es realizar un gran drama hollywoodiense con fanfarrias y discursos motivadores para desatar la lágrima fácil, sino simplemente hacer llegar un mensaje que no necesita aditivos: Lo único que los Loving quieren es que les dejen amar y ser amados, y poder construir un futuro donde han vivido felices su pasado. Para ellos, cambiar el mundo es un (afortunado) hecho colateral que allana el camino para las causas que a día de hoy seguimos luchando. Y por eso Nichols nos lo presenta arropado en un manto de ternura, con mucho tacto y mesura, rindiendo tributo al amor entre los sujetos reales de la historia. Loving cuenta un hecho de suma importancia histórica desde una perspectiva muy humana, y ahí es donde encontramos al Nichols de siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica : Mud (Jeff Nichols)

Take Shelter (2011) colocó a Jeff Nichols en el mapa cinematográfico. La astuta combinación de drama psicológico y sobrenatural de su segundo largometraje le granjeó reconocimiento y nos animó a seguirle la pista con expectación. Dos años después, Nichols regresa con Mud, una propuesta muy distinta a Take Shelter en su discurso, pero con la que logra consagrar tempranamente su estilo y confirmarse como uno de los nuevos realizadores norteamericanos más a tener en cuenta.

En Mud, Nichols emplea las mismas herramientas narrativas y estilísticas que en su anterior obra, pero las reorganiza para enarbolar un relato sobre la adolescencia y la pérdida de la inocencia. Mud huele a tierra mojada del Misisipi, a la América profunda de los grandes lagos y la vida pesquera, a rudos hombres con grandes botas que no han conocido más ducha que el agua dulce del río, a hastío y resignación. Nichols, que escribe también el guion, cultiva con pasión contenida la tradición de los relatos clásicos norteamericanos en una película que cuenta la transición hacia la vida adulta de sus particulares Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Ellis (Tye Sheridan) y Neckbone (Jacob Lofland) se encuentran en una pequeña isla cercana al pueblo con un misterioso fugitivo, un Robinson Crusoe que se hace llamar Mud (Matthew McConaughey en uno de los mejores papeles de su carrera), al que ayudarán a escapar de la ley para reunirlo con el amor verdadero, Juniper (Reese Witherspoon), una hermosa y ajada criatura de rubia melena y jeans ajustados.

Mud fluctúa entre la ensoñación y el idealismo de la infancia que comprende el amor en términos absolutos y la dura realidad de la vida, en la que hace falta algo más que preguntar “¿quieres ser mi novia?” para sellar un contrato amoroso para la eternidad. A través de sus personajes, Nichols nos habla de ese momento en el que la mirada del niño comienza a situarse a la altura del adulto y obliga a ajustar las expectativas. Sus experiencias junto a Mud, Juniper, y sus padres, que están a punto de divorciarse, aceleran el proceso de crecimiento de Ellis. Observando a los adultos, asomándose furtivamente a una ventana, escuchando conversaciones que no debería escuchar, el niño entra en contacto con un mundo de decepciones, engaño y deseo. Uno en el que afortunadamente aun hay cabida para el amor más romántico e incondicional. Simple y para siempre. Aunque este acabe revelando su lado más crudo, e incluso peligroso.

Como en Take Shelter, Nichols exhibe aquí un excelente pulso narrativo, apostando por un desarrollo pausado, pero salpicado de tensión e inquietud que da paso a un clímax que adopta la forma del thriller. A pesar de dominar el arte del silencio (o precisamente por eso), en Mud se pone también de manifiesto la importancia de la narración para el realizador. Nichols cincela a sus personajes a través de breves historias del pasado que salpican constantemente el metraje. Este gusto por contar historias también se refleja en su más que competente realización, con una planificación exquisita siempre al servicio del relato. Pero Mud es ante todo una conmovedora historia de amistad y descubrimiento, un cuento sobre pasado y transición. De Ellis y Neckbone a Ellis y Mud. Y al final, Ellis. De lanzar piedras al río y escalar árboles a asimilar la posibilidad de la muerte, y del sexo. A crecer, aprender a descifrar y experimentar el mundo, a encontrar refugio, primero acompañado, y después solo. Mud es en definitiva literatura, cine y vida. Una melancólica y honesta mirada a la infancia de la que Mark Twain estaría orgulloso.