Crítica: Jurassic World – El reino caído

Jurassic World llegó en 2015 para revitalizar la saga creada por Steven Spielberg y sorprendió a todo el mundo convirtiéndose en una de las películas más taquilleras de la historia. El reboot dirigido por Colin Trevorrow y protagonizado por Bryce Dallas Howard y el omnipresente Chris Pratt dio comienzo a una nueva trilogía cuya segunda entrega llega este año a los cines. El español J.A. Bayona (El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme) recoge el testigo de Trevorrow (que permanece en la franquicia como guionista y productor) para dirigir Jurassic World: El reino caídouna aventura jurásica más oscura que se mantiene fiel a la saga, pero a la vez la mueve hacia nuevos lugares.

Han pasado tres años desde los terribles acontecimientos que llevaron a la destrucción del nuevo parque temático y complejo turístico de Jurassic World. Isla Nublar ha sido abandonada por el hombre, y los dinosaurios sobreviven como pueden, mientras un volcán que se creía inactivo entra en erupción, amenazando con acabar con toda la vida en la isla. Ante una posible nueva extinción de los dinosaurios, las autoridades deciden no actuar y dejar que la naturaleza siga su curso.

Claire Dearing (Howard), ahora líder de un grupo de activistas defensores de los derechos de los animales, se embarca en un viaje de regreso a Isla Nublar junto a una doctora (Daniella Pineda) y un técnico informático (Justice Smith) para salvar a los dinosaurios. Para llevar a cabo su plan, tendrá que contar de nuevo con la ayuda de Owen Grady (Pratt), que sigue manteniendo un vínculo especial con Blue, el inteligente raptor al que crió en el parque, y que está desaparecido en la jungla. Cuando llegan a la isla, la expedición descubre una conspiración que podría poner en peligro el planeta entero.

La primera mitad de Jurassic World: El reino caído transcurre en Isla Nublar y nos conduce por itinerarios muy conocidos de la saga. Volvemos a la zona cero para encontrarnos las ruinas de Jurassic World amontonándose sobre los vestigios que quedan del antiguo Parque Jurásico. Es por tanto un doble ejercicio de regresión el que realiza Bayona, continuando la nueva historia que se presentó en 2015 a la vez que mantiene el espíritu del clásico original de Spielberg. Al igual que Tevorrow, Bayona deja patente su amor por la saga en cada plano, ya sea con las mil y una referencias al pasado, como mediante el tratamiento de la historia, en el que se nota mucho la mano orientadora de Spielberg.

La sensación de déjà vu es muy fuerte a lo largo de todo el metraje, con planos, situaciones y giros argumentales que nos remiten directamente a las dos primeras entregas de la saga (las que dirigió Spielberg). Aunque el guion se esfuerza en justificar el regreso a Isla Nublar, la película no puede evitar caer en múltiples agujeros narrativos y, sobre todo, en la repetición, ya que las posibilidades después de cuatro películas empiezan a ser muy limitadas. Por eso, la segunda mitad sirve para romper el molde. En una trama similar a la de El mundo perdido (con la que establece muchos paralelismos), la acción se traslada a Estados Unidos, concretamente a la enorme mansión de Benjamin Lockwood (James Cromwell), la persona que ideó Parque Jurásico junto a John Hammond. Allí, Jurassic World empieza a dejar atrás el pasado para mirar al futuro.

Lo que hay hasta llegar a ese intenso clímax es un trepidante y estruendoso espectáculo de acción a la altura de lo que se espera de ella. Bayona pone su pericia técnica y su excelente gusto para lo visual al servicio de una película llena de secuencias impresionantes y planos construidos con mucha atención al detalle (su manejo del espacio y la oscuridad para crear tensión es brillante). El reino caído incluye algunos de los set pieces de acción más ambiciosos de toda la saga (la huída de Isla Nublar deja clavado en la butaca) e imágenes para el recuerdo (el último plano en Isla Nublar es precioso y devastador), los efectos digitales han mejorado con respecto a la anterior -las criaturas son más realistas y esta vez se han usado más animatronics, lo cual se agradece-, y los dinosaurios dan más miedo que nunca (aunque se pasen buena parte del metraje sedados y en jaulas). De hecho, El reino caído es la entrega con más terror de la saga Jurassic.

Sin embargo, el espectáculo se ve ocasionalmente lastrado por un guion inconsistente y lleno de tópicos, villanos peores incluso que el de Jurassic World y un componente de thriller de conspiración con el que la película quizá se toma demasiado en serio a sí misma. En El reino caído no falta la diversión propia del cine de monstruos y catástrofes, pero el film aspira a ser algo más, y no siempre lo consigue. Se nota que Bayona está tras las cámaras, no solo por la mansión llena de secretos y la presencia de Geraldine Chaplin, sino también por cómo intenta insuflar emoción al terror y la fantasía. Lo hace recuperando los dilemas morales planteados por Ian Malcolm (Jeff Goldblum en un pequeño cameo), convirtiendo a los dinosaurios en personajes, explorando la conexión entre Owen y Blue o con el nuevo personaje infantil (Isabella Sermon). El problema es que las emociones no siempre resultan genuinas (quizá por su empeño en subrayarlas siempre tanto), como tampoco suficientes para cubrir las carencias del guion, a pesar de que el reparto hace un buen trabajo dotando de alma humana a una historia un tanto mecánica y falta de lógica. Especialmente Pratt, esta vez con el factor canalla rebajado, y Howard, heroína con agallas y corazón (y calzado más cómodo).

Aun con sus fallos, la película cumple de sobra su papel como entretenimiento escapista y blockbuster estival, y satisfará a los fans de Parque Jurásico, a los que recompensa con numerosos guiños cómplices. Al igual que con Jurassic World, es recomendable no buscarle los tres pies al Rex y dejarse llevar. El reino caído se disfruta más cuanto menos se piensa y más se siente. Si uno entra, el buen rato está garantizado.

Después de cuatro películas, el asombro que Spielberg creó con la primera Parque Jurásico ya es imposible de reproducir, por eso es un acierto que hayan buscado la manera de insuflar nueva vida a la franquicia, aunque antes de introducir el verdadero cambio hayan repetido el mismo esquema otra vez. El final de El reino caído abre todo un mundo de opciones, dejando entrever un futuro con implicaciones escalofriantes y muchas posibilidades para la saga, y sobre todo, abriendo la puerta para que esta sea libre y, por fin, evolucione.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Isla de perros, la nueva obra de arte stop-motion de Wes Anderson

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GUAU, hacen los perros… y GUAU, hacen los espectadores al terminar Isla de perros (Isle of Dogs), la última película de Wes Anderson (El Gran Hotel Budapest). Esa onomatopeya es la única manera posible de expresarse tras el cúmulo de emociones atropelladas que se sienten ante las aventuras y desventuras de la patrulla canina más cool de la historia.

Una epidemia de gripe canina asola la ciudad de Nagasaki. Moquillo, mal genio, ladridos a todas horas y algún que otro mordisco donde no se debía. Los perros están desbocados. Ante tamaña crisis animal, y con cierto miedo a que la enfermedad se transmita al ser humano, el alcalde de la urbe dictamina la prohibición y el consiguiente exilio de todos y cada uno de los perros. Tanto mascotas como callejeros, todos los cánidos pasarán sus últimos días aislados en una isla colindante que hasta el momento había hecho las veces de basurero municipal. ¡Fuera pulgosos de nuestras vidas! ¡Larga vida al mundo gatuno! Pero como es normal ante este tipo de soluciones drásticas, las voces rebeldes no tardan mucho en aparecer y sus protestas, aunque no multitudinarias, se suceden. Por otro lado tenemos a Atari, un pobre chaval que lo único que quiere es recuperar a su perro desaparecido sea como sea.

Después de maravillar al gran público con El Gran Hotel Budapest y de llevarse unos cuántos premios de la Academia por el camino, Wes Anderson opta por una opción bastante arriesgada: volver al stop-motion. Aunque la decisión más fácil hubiese sido completar la trilogía aventurera formada por Moonrise Kingdom y El Gran Hotel Budapest, Anderson vuelve al terreno donde nos había entregado su mejor y más completa obra fílmica: Fantástico Sr. Fox.  Ni el despiporre de Los Tenenbaums: Una familia de genios, ni mucho menos la sobrevalorada Moonrise Kingdom. Hasta la fecha, esa bonita traslación del relato de Roald Dahl era la joya de su filmografía. Es necesario recalcar ese hasta la fecha, porque hoy es el día en que todo cambia. Ese altísimo nivel ha sido superado con Isla de perros. En esta epopeya canina, Anderson alcanza unas cotas de belleza absoluta que nos sume en un síndrome de Stendhal inaudito. La preciosidad del film es inigualable, desde los increíbles diseños de personajes y sus graciosas animaciones, hasta un cuidadísimo guión, repleto de buenos sentimientos y mil y una referencias cinematográficas de altura.

Sin huir de su característico mundo de fantasía, Anderson adopta una postura combativa a la que no nos tenía acostumbrados. Isla de perros es una poderosa metáfora de la situación actual que se vive en el Primer Mundo ante la realidad de la inmigración. No es difícil encontrar similitudes entre la manipulación informativa y gubernamental con la que se trata la epidemia perruna en la película con las conservadoras propuestas del régimen de Donald Trump ante los no caucásicos o el propio caso del Brexit. Aunque lejos de ahondar en la epidemia alt-right como sí está haciendo otro tipo de productos audiovisuales (Homeland, The Good Fight), Anderson decide no complicarse demasiado y opta por la colocación de un villano más o menos tradicional.

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Al igual que en sus películas con seres humanos de carne y pelo, el director ha sabido rodearse de un sinfín de caras (o voces) conocidas para dar vida a los perretes. Estrellas como Bryan Cranston (Breaking Bad), Liev Schreiber (Spotlight), Jeff Goldblum (Parque Jurásico) y, cómo no, dos rostros habituales de su cine: Edward Norton (Birdman) y Bill Murray (Lost In Translation) interpretan a unos perros con más carisma que Rin Tin Tin. Pero si alguien se lleva el gato al agua (¿alguien ha dicho gato?) esa es Scarlett Johansson (Under the Skin). Su interpretación vocal de Nutmeg, la perra modelo multidisciplinar, transmite a la perfección la esencia del cine de Anderson. Esa mezcla entre cool y resabidillo, de estar de vuelta y seguir siendo extremadamente gracioso. Todo con un deje y una cadencia sensual perfecta, marca Johansson. La Academia debería enmendar el error (o el vacío legal) de Her y nominarla este año. Igualmente geniales y tremendamente graciosas son las participaciones más anecdóticas, pero completamente robaescenas, de F. Murray Abraham (Amadeus) y Tilda Swinton (Solo los amantes sobreviven), otra musa andersoniana.

Isla de perros es un hito cinematográfico de esos que no ocurren todos los años. Una de esas cintas con las que la palabra delicia no hace méritos. Una verdadera obra de arte.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: Thor Ragnarok

A pesar de la fuerza y grandiosidad que caracteriza al personaje, Thor siempre ha sido uno de los eslabones más débiles del Universo Cinemático Marvel. El personaje interpretado por Chris Hemsworth ha brillado junto a Los Vengadores, pero sus entregas en solitario, Thor (2011) y Thor: El mundo oscuro (2013), no han tenido tan buena acogida por parte de público y crítica como las de otros héroes de este cosmos de ficción. Seguramente por esta razón, Marvel ha decidido que a la tercera va la vencida y le ha dado a la franquicia del Dios del Trueno un significativo lavado de cara con Thor: Ragnarok.

La película número 17 de Marvel es en cierto modo un reboot de Thor (muy metafórico corte de pelo incluido), un volantazo con el que Kevin Feige se aleja del tono serio y grandilocuente implantado por Kenneth Branagh en la primera entrega y emprende un nuevo rumbo, sin por ello sacrificar la épica intrínseca de la historia del hijo de Odín. Como se pudo ver en sus adelantos promocionales y como se confirma al ver el film, el modelo a seguir para realizar este reset ha sido Guardianes de la Galaxia. Adoptando el patrón de la franquicia de James Gunn, la nueva Thor tiene más comedia, más acción estrambótica y sobre todo, más color. La psicodelia, los sintetizadores, los láseres y la paleta cromática más chillona y cegadora se apoderan de los Nueve Reinos para darnos una aventura más ligera y completamente imbuida del espíritu de los 80 (el de Golpe en la pequeña China Flash Gordon), hermanando así a Thor con Starlord y su banda de forajidos intergalácticos.

Tras las cámaras se encuentra Taika Waititi (director de joyas como Lo que hacemos en las sombrasHunt for the Wilderpeople), una elección a priori chocante por parte de Marvel, que sin embargo se revela completamente acertada, además de coherente con la nueva estrategia creativa de Feige. La peculiar personalidad y el humor excéntrico de Waititi se pueden detectar a lo largo de toda la película, pero más allá de dejar su sello inconfundible, el realizador neozelandés ha sabido adaptar el idiosincrásico estilo de su cine al esquema general de Marvel. Es decir, Thor: Ragnarok es clara e inequívocamente un trabajo de Taika Waititi (como atestiguan entre otras cosas los cameos y secundarios interpretados por los habituales de su cine, como Rachel House, Sam Neill o él mismo), pero también es una película de Marvel. Esta vez, director y estudio han hallado el equilibrio y entendimiento adecuados para que la visión de uno no ahogue la del otro, como ha pasado ya en varias ocasiones (Ant-ManVengadores: La era de Ultrón), y que la voz individual del cineasta le dé una nueva capa de barniz a la franquicia sin que esta quede irreconocible (algo que, por otra parte, Feige no permitiría).

Siguiendo asimismo la estela de las más recientes secuelas de Marvel, Thor: Ragnarok es una película repleta de ideas, sorpresas, easter eggs y cameos (incluido el Doctor Strange en una aparición un poco metida con calzador), con numerosas tramas entrelazadas que conectan la historia con el pasado y el futuro del UCM. El film arranca con Thor preso al otro lado del universo, intentando escapar para evitar que la profecía del Ragnarok se cumpla y destruya su planeta natal, suponiendo el fin de la civilización asgardiana. Allí, Loki (Tom Hiddleston) continúa haciendo de las suyas, mientras Heimdall (Idris Elba) está desaparecido y los Tres Guerreros custodian las puertas del reino. Asgard entra en crisis con la aparición de Hela (Cate Blanchett), una poderosa nueva amenaza que busca hacerse con el control del universo. Tras su primer enfrentamiento con ella, Thor va a parar a Sakaar, un recóndito planeta en el que deberá sobrevivir a una competición letal de gladiadores, donde tendrá que luchar contra su “amigo del trabajo”, el Increíble Hulk, con quien protagoniza el reencuentro más esperado por los fans de Marvel. Junto a él y su nueva aliada, Valquiria (Tessa Thompson), Thor intentará huir de las garras del Gran Maestro (Jeff Goldblum) y regresar a Asgard para acabar con Hela.

Ese es el argumento muy a grandes rasgos de Thor: Ragnarok. Si creéis que he desvelado algo importante, no os preocupéis, no lo he hecho. Como decía, la película está llena de giros, y descubrirlos es uno de sus mayores alicientes (siempre que Marvel no los estropee todos antes de tiempo). Aunque también es cierto que su ajetreada y ramificada trama puede llegar a jugar en su contra. A Thor: Ragnarok le ocurre como a otras entregas marvelianas, pasan tantas cosas y hay tantos frentes abiertos que esto provoca por momentos falta de cohesión narrativa y una fragmentación que afecta al ritmo, a lo que contribuye además un metraje quizá excesivamente largo. Si una película de Marvel pedía una aventura de hora y media, como Waititi había bromeado (“90 minutos de película y 40 de créditos”), era esta. Esa habría sido su mayor osadía.

Y ese es el mayor problema de una película que, no obstante, funciona con la eficacia probada de casi todas las entregas de Marvel. Thor: Ragnarok da lo que se espera de la Casa de las Ideas, pero también es su película más alocada y marciana hasta la fecha. Desde las impresionantes batallas y escenas de acción (hay planos épicos para enmarcar, además de mucha comedia física), al hilarante humor (80% improvisado, según Waititi, y lleno de golpes geniales), pasando por la electrizante banda sonora de Mark Mothersbaugh (el primer score realmente memorable de Marvel, aunque no sea nada que no hayamos escuchado en Stranger Things Turbo Kid) y su estrafalario diseño de producción, maquillaje y peluquería, la película se zambulle en lo retro de forma más desenfadada si cabe que Guardianes de la Galaxia y, a su manera, también más arriesgada.

Otro de los puntos fuertes de Thor: Ragnarok es su fabuloso reparto. Hemsworth lleva a cabo su interpretación más afinada como Thor, gracias sobre todo al impulso de Waititi para que dé rienda suelta a su fantástica vis cómica y haga el ganso con Ruffalo y Hiddleston, que también se prestan a pasarlo en grande. Así, Thor, Hulk y Loki nos dan dos divertidas buddy films por el precio de una, con la novedad de que en esta ocasión el Gigante Esmeralda habla, lo que Waititi utiliza para hacer reír mientras explora la dualidad del personaje.

Por otro lado, las nuevas incorporaciones son inmejorables. De hecho, aquí no hay un robaescenas como suele ser habitual, sino un reparto formado por robaescenas. Tessa Thompson es una de las grandes revelaciones de la película, dejándonos una Valquiria inesperada pero muy carismática. Jeff Goldblum brilla interpretando a un chiflado divertidísimo que hará las delicias de sus admiradores, ya que se limita a ser él mismo (y no hay nadie más guay que Goldblum). El propio Waititi da vida a un secundario hecho para conquistar al público (sobre todo a su publico), Korg, un adorable (sí, adorable) guerrero extraterrestre que bien podría ser un personaje de una hipotética versión alenígena de Lo que hacemos en las sombras. Y por último, Cate Blanchett, ante la que es imposible cerrar la boca cada vez que aparece en pantalla. Después de su madrastra de Cenicienta, la actriz australiana vuelve a explotar su registro más exagerado con una malvada de presencia, sensualidad y elegancia arrebatadoras y una vertiente burlesca muy desarrollada. Sin embargo, la película no escapa de la maldición de los villanos desaprovechados, dejándonos con la sensación de que podía haber hecho mucho más con ella.

Thor: Ragnarok tiene sus problemas, como todas las de Marvel (el citado exceso de tramas, un abarrotado tercer acto, un CGI algo inconsistente en las cortas distancias) y esta heterodoxa e hipercómica reinvención del Dios el Trueno no casará con muchos fans (por no hablar de los detractores de Marvel), pero hay que felicitar al estudio por atreverse a salirse del molde y dejar que el director lleve realmente las riendas del proyecto. Visualmente, el film es una absoluta gozada (la espectacular fotografía corre a cargo de nuestro Javier Aguirresarobe, por cierto) y nos da el infalible cóctel de acción, humor y emoción que ha encumbrado a Marvel a lo más alto, pero gracias a ese enfoque tan personal de Waititi y a que no se toma tan en serio como sus predecesoras, Ragnarok deja mucho margen para la sorpresa, convirtiéndose así no solo en la mejor y más divertida entrega de Thor, sino también en la película más extraña y diferente de Marvel.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Independence Day – Contraataque

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Nunca fui fan de la primera Independence Day. No sé si fue que me pilló en una época en la que renegaba de ese tipo de cine porque estaba en la edad del pavo del cinéfilo y solo veía Truffauts y Fellinis (no soy tan viejo, es que no la vi en sala, sino unos años más tarde en vídeo), o es que de verdad la película tenía poco que ofrecerme más allá (o a pesar) de la supina estupidez ultra-patriótica y descerebrada que es. Es decir, que se me olvidó intentar pasármelo bien con ella. Tampoco sé si su secuela, Independence Day: Contraataque (Independence Day: Resurgence), me ha pillado en una segunda edad del pavo cinéfila, pero a esta sí le he visto la gracia que no le vi a la primera. Supongo que tendrá que ver la disposición que he llevado esta vez, los 20 años que han pasado entre una y otra (tiempo suficiente para que uno se dé cuenta de que con el cine, como con todo, es mejor liberarse de prejuicios), o quizá el hecho de que Roland Emmerich se ha vuelto más autoconsciente con los años y en esta ocasión se ha propuesto hacer una película de catástrofes más mamarracha y divertida que de costumbre.

Sea como fuere, Independence Day: Contraataque me ha hecho pasar un rato fantástico. Me he reído de ella, pero también con ella. Y eso es lo más importante, que Emmerich sabe exactamente lo que está haciendo, puro cine de palomitas para desconectar. Otra cosa no, pero siempre (o casi siempre), el cine catastrófico del director alemán como mínimo entretiene, y le da a sus fans exactamente lo que esperan y lo que quieren de él. La diferencia en esta ocasión es que Emmerich ha decidido tomarse un poco menos en serio, utilizar esa fórmula que tan bien se le da (no falta ninguno de los tópicos del género) y jugar con ella para reírse de sí misma, e invitar al espectador a la broma. Como la reciente Ninja Turtles: Fuera de las sombrasIndependence Day: Contraataque sabe perfectamente lo rematadamente tonta que es, lo absurdo de sus planteamientos, lo fortuito y ridículo de sus giros narrativos, lo extravagantemente implausible que es hasta para una cinta de acción sci-fi, pero le da igual mientras te lo pases bien con sus espectaculares, mareantes y ensordecedoras secuencias de acción, con sus chistes malos, sus naves molonas y sus simples emociones de blockbuster estival. Porque no aspira a otra cosa.

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El (estupendo) eslogan promocional de la película reza “Hemos tenido veinte años para prepararnos. Ellos también”. Efectivamente, Emmerich ha tenido dos décadas para orquestar este nuevo ataque extraterrestre a la Tierra, y si bien en este tiempo no se le ha ocurrido una premisa mejor o un desarrollo más elaborado (los deus ex machina y las “investigaciones científicas” que llevan a cabo los secundarios no podían ser más perezosas e irrisorias), al menos en el apartado destructivo cumple de sobra con un despliegue acumulativo de acción desbordante (muy bien el disparatado clímax), efectos digitales aun más impresionantes (pero también más empachosos y saturadores) y bien de destrucción masiva (qué gozada la secuencia de la llegada a la Tierra de la nave nodriza, que ocupa una tercera parte del planeta). Y ni que decir tiene que la muerte de millones de personas alrededor del mundo no impide a los protagonistas hacer chistes (literalmente) en cualquier situación, por muy dramática que sea, o celebrar el triunfo personal de un grupo de héroes, que vienen a representar el crisol mundial para lanzar un mensaje de celebración del ser humano que no es sino el enésimo discurso patriótico debidamente camuflado de acuerdo a la sensibilidad del siglo XXI. ¿Cómo nos vamos a tomar todo esto en serio?

Menos Will Smith, que tenía cosas mejores que hacer (no te he echado de menos y cuanto menos te vea, mejor), el reparto original de Independence Day regresa para la secuela, con Jeff Goldblum y su oportuno sentido del humor como principal atracción. Sin desmerecer a Brent Spiner, que además de estar muy simpático, añade algo que las demás superproducciones de Hollywood no tienen: un personaje abiertamente LGBT en una relación que no solo no se invisibiliza, sino que tiene su propia subtrama (aunque sea para luego caer en el lugar común de siempre, así que una felicitación a medias para Emmerich). Por otro lado, como mandan los cánones de las secuelas tardías actuales, también hay jóvenes incorporaciones que recogen el testigo de la anterior generación para rejuvenecer la saga. Obviemos a Charlotte Gainsbourg, que pasaba por ahí y no tenía nada mejor que hacer. Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie T. Usher, Travis Tope y Angelababy se convierten en los nuevos rostros de I:D, con la intención de continuar estirar la historia en la estela de las franquicias cinematográficas actuales, que más que películas son productos continuadores de una marca.DSC_5858.tiff

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El final de Contraataque prepara el terreno (de la forma más tosca y sobre-explicativa) para la inevitable tercera parte, con la que Emmerich planea llevar la acción al espacio. Si la segunda película ha sido así de mema y excesiva, no me quiero ni imaginar cómo será la siguiente teniendo esto en cuenta. Y no me lo quiero imaginar porque lo quiero ver. Cuando Independence Day 3 llegue, ahí estaré yo para ver a Maika Monroe pateando culos alienígenas en el espacio. Espero que a la actriz de It Follows le den el protagonismo que merece (debería convertirse en la heroína central de la nueva I:D) y que el planeta que visite nuestro “supergrupo” de intrépidos justicieros espaciales tenga su propia Londres o Nueva York para diezmar. Con eso me daré por satisfecho. Pedir otra cosa sería absurdo.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El gran hotel Budapest

El Gran Hotel Budapest

A estas alturas ya sabemos lo que esperar exactamente de una película de Wes AndersonEl gran hotel Budapest es todo un acto de autoafirmación (otro), una cinta con la que el director de Los Tenenbaums y Fantástico Mr. Fox se mantiene en su elemento, insistiendo en su potente identidad estética y su peculiar sentido del humor, entre lo sofisticado, lo privado y el slapstick más bobo, resguarecido en su zona de seguridad, con sus excéntricos personajes meticulosamente centrados en el plano, dentro de ese universo perfectamente simétrico y casi estático de cuadrados y retablos. La contagiosa iconoclastia de Anderson es lo que le ha convertido en uno de los más venerados autores cinematográficos de la actualidad, y El gran hotel Budapest es otro ejemplo más de su destreza a la hora de fusionar arte y estupidez para darnos un cine que solo él puede hacer.

A pesar de que su campaña promocional pueda darnos la impresión de que estamos ante una película coral, El gran hotel Budapest es la historia de dos hombres, el afamado conserje Monsieur Gustave  y el botones Zero Moustafa, y su amor por el emblemático edificio y una joven repostera, respectivamente. Una rocambolesca aventura llena de acción ala Anderson, protagonizada por un inspiradísimo Ralph Fiennes y el recién llegado a la familia Anderson, Tony Revolori, que entiende el El Gran Hotel Budapest cartelhumor andersoniano como si llevara trabajando con él toda su carrera. Claro que, como no puede ser de otra manera, por el film desfilan infinidad de rostros conocidos, en su mayoría intérpretes fetiche del director que no quieren perderse la fiesta: Bill MurrayOwen Wilson, Jeff Goldblum, Edward Norton, Jason Scwartzman, Tilda Swinton en una de sus dos magníficas interpretaciones protésicas de este año (en esta y Snowpiercer está para ponerle un monumento). El elenco de secundarios es multitudinario, pero a excepción de la (todavía promesa) Saoirse Ronan y los villanos Willem Dafoe y Adrien Brody, casi todos entran en la categoría de cameo. Están ahí desempeñando la función de un elemento más de la puesta en escena, objetos colocados por Anderson con la misma minuciosidad que el resto. En este sentido, El gran hotel Budapest sale perjudicada por confiar excesivamente en la mera presencia de estos actores para generar comedia. Funciona, porque No Murray, No Party, pero también refuerza la idea de que Anderson está cada vez más exclusivamente interesado en la forma por encima del fondo.

El gran hotel Budapest es otra porción del universo fársico y absurdo de marionetas que Anderson ha creado a lo largo de los años, ese grand gignol inspirado en el cine mudo, con el que el director ha afianzado su estilo -sobreviviendo en repercusión a muchos de sus contemporáneos-, y que en esta película resulta particularmente exultante y bello (como una descomunal tarta de diseño). Anderson confecciona el film con la precisión que lo caracteriza, perfeccionando sus técnicas cinematográficas: el uso de hermosas maquetas en miniatura, el stop-motion, el estilo cartoon, los paneos horizontales y verticales, los intertítulos, esa estudiada paleta de colores, la planificación por capas y los saltos en el tiempo (que esta vez además coinciden con cambios en el aspect ratio, sin duda una gran idea). Además, el director cuenta de nuevo con una sublime partitura del ubicuo Alexandre Desplat, ya imprescindible en su cine. Todo para crear otra “realidad inventada“, otro exquisito mundo de caos y confusión medido al milímetro; un escenario en el que el director mueve a sus personajes, obteniendo la mejor comedia de ellos gracias a sus cronometrados movimientos de cámara y su montaje. En definitiva, la labor de orfebrería visual y sonora (o de TOC, según se mire) que Anderson orquesta en la película es encomiable, y sin duda hará las delicias de sus seguidores. Sin embargo, El gran hotel Budapest no está a la altura de sus mejores obras. Carece de la fuerza y profundidad emocional de sus anteriores películas y, por muy ingeniosa que sea, parece augurar (o inaugurar) una etapa de madurez caracterizada por el estancamiento autoral.

Valoración: ★★★½

Crítica: Le Week-end

Le Weekend Directed by Roger Michell Starring Lindsay Duncan and Jim Broadbent

Crítica escrita por David Lastra

Si ahora nos encontráramos en un tren, ¿te parecería atractiva? Pero tal y como soy ahora. ¿Te pondrías a hablar conmigo? ¿Me pedirías que me bajara contigo?. En pleno hiato helénico, Celine le espetaba a Jesse sus dudas ante el erotismo de las carnes fláccidas haciendo referencia a su primer encuentro ferroviario.  El tiempo lo destruye todo, las relaciones y, mucho más, la turgencia. Ese es el punto de partida de Le week-end. Roger Mitchell se atreve a mostrarnos lo que bien podría ser (salvando las distancias) el sexto o séptimo capítulo de la saga de LinklaterDelpyHawke, mostrándonos una relación amorosa en uno de sus últimos estados: el amor en la vejez.

Que desaparezcan las muecas de desagrado por parte de los jóvenes, el realizador de Notting Hill no nos trae la enésima comedieta buenrollista de viejecitos retozones sino que, asimilando el modelo de citada la trilogía Antes de…, construye una interesante cinta dramática con grandes momentos cómicos sobre la degradación de la relación por el roce (no carnal) basado en diálogos inteligentes, una química brutal de sus protagonistas y el rechazo absoluto a la pornografía sentimental. No obstante, el encargado del guión no es otro que Hanif Kureisihi, guionista de Mi hermosa lavandería y con el que ya trabajó en The MotherVenus, la dos entregas anteriores de lo que podríamos llamar su trilogía geriátrica. Los protagonistas están encarnados por dos leyendas del cine británico el omnipresente Jim Broadbent, Concha de Plata por su labor en este film, y la encantadora (Julie Delpy circa 2021) Lindsay Duncan, galardonada en los British Independent Film por este papel y que también vimos hace poquito en Una cuestión de tiempo.

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Nick y Meg son una pareja británica que decide revitalizar su matrimonio visitando los lugares en los que estuvieron hace décadas durante su luna de miel parisina. Si el tiempo hace estragos en los seres humanos, imaginad lo que Cronos combinado con la especulación turística puede haber hecho en una ciudad como París. Habitaciones más pequeñas, escalones más empinados, propinas desmesuradas, menús más caros, mujeres más jóvenes y atractivas, intelectuales más pedantes y egocéntricos (personificados en un divertidísimo y trasnochado Jeff Goldblum). Pero sobre todo, los que no son los mismos son ellos. Celos, discusiones, aversión física, hijos sacacuartos, envidias,… o realmente todo esto no es ningún cambio y todos seguimos igual. “Pensamos que vamos evolucionando, pero tal vez no cambiamos tanto”. Palabra de Celine.

Le week-end es una esperanzadora oda a la evolución y/o adaptación (no confundan con sumisión) de las relaciones amorosas a lo largo del tiempo, un tiempo que no nos cambia tanto como creemos. La prueba de que no hemos cambiado tanto es que nos siguen gustando las mismas cosas (bonitos homenajes su pasado francófilo en forma de collages y especialmente con el Madison a lo Band à part en un bar con Duncan y su sombrerito a lo Anna Karina incluido) y, sobre todo, que nos sigue molestando lo mismo. Si quieres amor verdadero, esto es lo que hay. Esta es la vida real, no es perfecta pero es real. Jesse, punto final.

Valoración: ★★★★