Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

En defensa de ‘Don’t Trust the B—- in Apartment 23’

Si hay una serie que merezca este año el distinguido reconocimiento de “mejor serie que no estás viendo“, esa sería Don’t Trust the B—- in Apartment 23. Entre mil y una propuestas decepcionantes, este otoño ha sobrevivido una pequeña gran sitcom, cuya primera temporada fue un reemplazo para la mid-season anterior, contando con tan solo 7 episodios. La ABC apostó por los chicos del apartamento 23 a pesar de haber pasado completamente desapercibida, y la incluyó en su programación de otoño, emparejándola con Happy Endings. Pero esta segunda oportunidad no ha visto mejores resultados. Todo lo contrario. Con apenas 3 millones de espectadores, Don’t Trust the B—- in Apartment 23 se encuentra en peligro inminente de cancelación. Lo cual es un ¡¡drama total!!

¿Por qué? Porque actualmente no hay otra serie como esta en televisión. De acuerdo, comedias bizarras tenemos unas pocas, sin embargo ninguna llega a los niveles de demencia que alcanza Apartment 23. Lo más parecido sería 30 Rock, pero la serie de Tina Fey se nos acaba ya, y con tamaña pérdida los niveles de disparate en televisión se desploman. Y es que las virtudes de este tipo de series son a la vez su mayor handicap dentro de una parrilla generalista en la que las cadenas optan cada vez más exclusivamente por la comedia para todos los públicos -quizás en un canal de cable la serie encontraría más fácilmente su nicho de audiencia. Al igual que 30 Rock o también Community, Apartment 23 es un producto excéntrico, ocasionalmente extremo y que no pone cortapisas a la creatividad y a la locura. En consecuencia, una serie poco accesible, minoritaria y que no tiene posibilidad de ampliar su espectro de audiencia sin antes cambiar radicalmente (es lo que va a intentar Up All Night, a ver cómo les sale el experimento). Otra de las bazas de la serie que a la vez juegan en su contra es su alto componente meta y su dependencia de la actualidad más inmediata. Veamos por ejemplo la trama del último episodio emitido en Estados Unidos, “Sexy People”, una gozada se mire por donde se mire:

June (Dreama Walker) espera ansiosa el número anual de la revista People en el que se elige al “hombre vivo más sexy”. Desde que era pequeña, June sueña con el de la portada como si fuera el hombre perfecto, para disgusto de James Van Der Beek, que se lamenta de ser siempre ignorado en esa lista. Chloe (Krysten Ritter) pretende demostrar que June forma parte del rebaño y que se enamoraría de cualquier hombre que People le dijera que es el más sexy del mundo. Por eso, y para hacer feliz a su mejor amigo, se infiltra en la redacción de la revista haciéndose pasar por jefa (Ritter está inmensa en estas escenas). Chloe (im)pone a James en el número uno, y por consiguiente, lo coloca en la portada de People. Al ver la revista, June se sentirá irremediablemente atraída por James, que está pletórico con su nuevo estatus, y que posa desnudo de cintura para abajo sobre un caballo para el reportaje de la revista…

Ahí tenéis. Un argumento completamente inverosímil que es a la vez un fiel reflejo de la actualidad y que hasta se atreve a jugar con acontecimientos que han tenido lugar en la misma semana de emisión del episodio (se menciona a Channing Tatum, el verdadero “hombre vivo más sexy” según el especial de People este año). Y el resultado es uno de los capítulos más descacharrantes y absurdamente deliciosos que he visto en mucho tiempo. Uno de esos que hará que la pérdida, en caso de ocurrir, sea más dolorosa.

Don’t Trust the B—- in Apartment 23 es carne de serie de culto, pero aún no lo sabe, ni ella ni la audiencia. Es cierto que no siempre da con el tono adecuado y que en ocasiones su humor pilla desprevenido hasta al más dispuesto. Pero es ese riesgo lo que convierte a la serie en un producto original, único e irresistible, especialmente dentro del cada vez más aburrido panorama de las networks. El trío de protagonistas se entrega en cuerpo y alma a la locura, regalándonos unos personajes llevados constantemente al límite -hasta June, la más “normal”, es un caso de manicomio-, y con diez episodios en total, hemos asumido que en un capítulo de Apartment 23 puede pasar cualquier cosa. Y nos encanta. Ojalá más gente estuviera dispuesta a confiar en la zorra del 23, y a perder completamente la cabeza con nosotros.

Don’t Trust the B—- in Apartment 23

A la ABC le gustan las zorras. Tanto que en su parrilla tiene actualmente dos series con la palabra ‘bitch’ en el título (debidamente oculto o censurado): GCB y Don’t Trust the B—- in Apartment 23. La última, que se acaba de estrenar, rebaja considerablemente la media de edad de las bitches de la cadena.

I’ll be there for you when the rain starts to pour.

June (Dreama Walker) es una veinteañera de Indiana que consigue el trabajo ideal en Nueva York, uno que la sitúa en el camino hacia el gran sueño neoyorquino -el de las series, vamos. Todo se tuerce en los primeros dos minutos -atención, el ritmo de la serie es muy acelerado-, de repente ya no tiene trabajo, ni apartamento, y tiene que buscar una habitación y un empleo rápido. Entra Chloe (Krysten Ritter), una encantadora neoyorquina de adopción que busca compañera de piso. Chloe es la salvadora del sueño de June… hasta que se revela como la zorra suprema -creo que han pasado solo 4 minutos-, una estafadora profesional que engatusa compañeros de piso para después hacerles la convivencia imposible -como la vida misma- y robarles su dinero. El piloto de Don’t Trust the B—- in Apartment 23 sufre de los síntomas más clásicos de la pilotitis: la necesidad de condensar el mayor número de acontecimientos en un episodio, la presión de dar a conocer lo mejor posible a los protagonistas, el exceso de información y en consecuencia, la ausencia de rumbo y propósito.

Sin embargo, Apartment 23 -acortamos nosotros el título, ya que la ABC no lo hizo al final- tiene verdadero potencial. Este comienzo de serie es aturullado y caótico -no confundir rapidez con agilidad- y no sabemos muy bien qué esperar de ella. Pero sí identificamos unos cuantos elementos en este piloto que, si se supera la fase descentrada inicial, podrían dar mucho de sí. En primer lugar, el tono excesivo y esperpéntico, muy en la línea de Suburgatory, es un acierto. Estamos hartos de sitcoms clónicas sobre compañeros de piso. En este sentido, las dos actrices protagonistas son un enorme acierto de casting. A las pruebas me remito. De la extravagante Ritter ya nos enamoramos en Veronica Mars, y la hemos visto más recientemente en Breaking Bad. Walker apareció en la primera película de Sexo en Nueva York y tuvo un papel recurrente en las primeras temporadas de Gossip Girl como secuaz de Blair Waldorff. Lo dicho, diana con las actrices.

I don’t wanna wait for our lives to be over.

Otra de las mayores bazas de Apartment 23 es que se adscribe a la nueva corriente de comedia televisiva, profundamente autorreflexiva, en lugar de perderse en el convencionalismo que amenaza constantemente al género. Así, la serie convierte sus explícitas referencias en gags de altos vuelos que esperamos sean la tónica del resto de episodios. June representa al veinteañero soñador que desea desesperadamente verse reflejado en los protagonistas de Friends, es decir, ese o esa joven que ha crecido con la imagen idealizada y falseada de la gran ciudad y se plantea la vida de Monica, Chandler o Rachel como meta. Por eso nos reímos tanto cuando June grita simplemente “¡Friends!” al verse a sí misma en la situación que siempre quiso vivir. No hace falta más. No podríamos sentirnos más identificados. Es el gag perfecto.

Y todo esto está muy bien. Pero, ¿qué tiene Apartment 23 para que pensemos que puede llegar a ser algo grande? Muy sencillo: a James Van Der Beek. El protagonista de Dawson crece intentó desvincularse del personaje que le hizo terriblemente popular, pero ha acabado asumiendo su destino más inmediato: convertirse en el George Takei del siglo XXI. James Van Der Beek interpreta a James Van Der Beek, vecino y amigo de Chloe, actor mujeriego y absorto en sí mismo que vive de las rentas del personaje que le convirtió en icono de una generación, el pazguato Dawson Leery. Al igual que hace con Friends, Apartment 23 recurre a Dawson -la serie que comenzó la revolución de la autoconsciencia en la televisión- para deformar ingeniosamente el sueño noventero y construir a partir de él una historia muy actual. Sin embargo, esto es solo un anuncio al que respondemos con entusiasmo. Las próximas semanas serán cruciales para saber si estamos dispuestos para la convivencia.