It – Capítulo 2: Somos nuestros recuerdos

Pennywise volvió a causar estragos en 2017, exactamente 27 años después de que Tim Curry lo inmortalizase en la miniserie original de It. Haciendo honor a la profecía, el terrorífico payaso salido de la mente de Stephen King regresaba a nuestras pesadillas, convirtiendo la nueva adaptación del de Maine en la película de terror más taquillera de la historia. Para nosotros dos años después, para el Club de los Perdedores otros 27, volvemos a Derry para presenciar el enfrentamiento definitivo contra Pennywise en It – Capítulo 2, la secuela y conclusión de la película dirigida por Andy Muschietti.

La pandilla de inadaptados que conquistó el corazón de la audiencia en la primera película ha crecido. Todos menos Mike se marcharon de Derry en un intento de dejar el pasado atrás y superar lo vivido allí. Con el tiempo, el recuerdo de Pennywise y los horrores acontecidos en el pequeño pueblo de Maine se va difuminando, pero cuando el payaso regresa de su letargo para volver a matar, el Club de los Perdedores se ve obligado a cumplir la promesa que se hicieron hace casi tres décadas y reunirse de nuevo para enfrentarse a su doloroso pasado y acabar con su enemigo de una vez por todas. Lo queramos o no, todos somos nuestros recuerdos y en algún momento hay que encararse con ellos.

Uno de los mayores aciertos de It fue su reparto adolescente, diseñado a imagen y semejanza de las películas juveniles de pandillas de los 80 (Los Goonies, Cuenta conmigo), al igual que Stranger Things. La segunda parte se centra en sus versiones adultas, pero a través de flashbacks (y usando la técnica de rejuvenecimiento digital para infantilizar a los que han crecido más rápido), los adolescentes siguen estando muy presentes en la película. Algo que no podía ser de otra manera teniendo en cuenta cómo su tema principal es la memoria y la necesidad de enfrentarse a los traumas del pasado para seguir avanzando.

El reparto adulto de It – Capítulo 2 es una de las mejores labores de casting del Hollywood reciente. James McAvoy (Bill), Jessica Chastain (Beverly), Bill Hader (Richie), Isaiah Mustafa (Mike), Jay Ryan (Ben), James Ransone (Eddie) y Andy Bean (Stanley) se convierten en los personajes de forma convincente, reproduciendo sus rasgos, voces y personalidades impecablemente y haciéndonos creer que son las mismas personas que conocimos hace dos años. Todos ellos realizan un trabajo excelente, tanto por separado como en grupo, mientras que Muschietti les saca partido, dando énfasis una vez más a la mayor baza de estas películas: los personajes tan bien caracterizados y la amistad que existe entre ellos.

Al igual que la primera parte, It – Capítulo 2 se apoya fuertemente en las emociones, rascando en la superficie para hablarnos de cómo el miedo y el trauma nos paraliza y no nos deja vivir, convirtiendo los monstruos interiores en monstruos literales a los que debemos sobrevivir. Evidentemente, no es casual que Pennywise, que simboliza el miedo más arraigado y se alimenta de él, solo elija víctimas débiles, niños, personas dañadas, inadaptados sociales, minorías desamparadas ante el odio… De hecho, la película comienza con un brutal y devastador crimen homófobo que (aviso) puede herir la sensibilidad de más de uno, y que nos recuerda una de las ideas más importantes de la primera película: los peores monstruos a veces son “humanos”.

Tras este contundente arranque, la violencia explícita es una de las constantes que también se repiten en la secuela. Muschietti compone una fantasía ambiciosa y desbordante en la que vuelve a recrearse profusamente en la sangre y el gore, atreviéndose entre otras cosas a mostrar más muertes de niños, algo que las películas de terror comercial (Rated R o PG-13) suelen evitar. Las escenas violentas se multiplican, y los pasajes se llenan además de deformidades macabras y fluidos repugnantes que recuerdan al terror de serie B y la primera etapa de Sam Raimi o Peter Jackson. Pero claro, los valores de producción se alejan mucho de aquel terror barato de los 80, de hecho, una de sus mayores virtudes es también uno de los mayores defectos de la película, su abuso y dependencia del CGI para las escenas de terror.

Por un lado, Muschietti compone set pieces impresionantes e imaginativos, pesadillas excelentemente filmadas y con un acabado muy pulido en todos los aspectos que rivalizan con las secuencias de acción de los mejores blockbusters. Pero por otro, hay un exceso de criaturas digitales que, por muy bien hechas que estén (que lo están), restan impacto y realismo, rompiendo a menudo la atmósfera y haciendo que la película no llegue a ser todo lo terrorífica que podría haber sido. A esto también contribuye la presencia constante del humor y la necesidad de hacer chistes (alguno que otro bastante machista, además) incluso en las escenas más dramáticas, lo que menoscaba constantemente el terror.

Se evidencia también una tendencia a la repetición que las casi tres horas de metraje no hacen sino subrayar, como se puede ver en el abuso del jumpscare, sobresaltos que se repiten con el mismo esquema una y otra vez a lo largo de la película (anticipación y tensión, falsa alarma, calma y susto fácil con golpe estridente de sonido). Llega un momento en el que los sustos son tan seguidos y tan iguales, que es inevitable desensibilizarse.

Pero como decía antes, lo más importante de It – Capítulo 2 siguen siendo sus personajes, y afortunadamente Muschietti sabe hacerles justicia. Con ellos, la película compensa sus carencias (o excesos) y nos recuerda constantemente que en el centro de la historia está su viaje personal. Los lazos que unen al Club de los Perdedores, y la conexión que se establece entre ellos y el espectador, es lo que eleva el film, aunque por momentos el almíbar supere a la sangre y esté a punto de ahogarse en su propia sensiblería (algo que ya estaba presente en el material original, todo hay que decirlo). Al final, más allá del perturbador Pennywise de Bill Skarsgård (que suele quedar en segundo plano mientras sus proyecciones demoníacas actúan), lo que nos quedará de estas dos películas son ellos, los Perdedores, y lo mucho que queremos que triunfen sobre el mal y sus cicatrices emocionales dejen de doler.

It – Capítulo 2 es una película imperfecta. Como experiencia de terror no está a la altura de su ambición creativa y visual, y su estructura episódica (también presente en la primera parte) se hace repetitiva y lastra el ritmo. Pero por otro lado sabe perfectamente cómo jugar su mejor carta más allá de la sangre y la violencia: su magnífico reparto y plantel de personajes. Ellos son los que hacen de It – Capítulo 2 mucho más que una casa del terror de feria, los que la convierten en una película profunda y emotiva sobre el paso del tiempo, el trauma y la amistad, los que consiguen que la historia tenga un cierre trascendental y satisfactorio.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

X-Men – Fénix Oscura: Mutantes y sin ganas

El cine de superhéroes actual le debe mucho a la Patrulla-X. Se puede decir que junto al Spider-Man de Sam Raimi, X-Men (2000) inauguró la época moderna del género, llevando a los personajes del cómic a la cultura mainstream con blockbusters cada vez más grandes y de mayor éxito. Con el auge del Universo Cinematográfico Marvel a partir de 2008, los mutantes quedaron desplazados a un segundo plano, y aunque lucharon por mantenerse vigentes con propuestas renovadoras e incluso rompedoras (X-Men: Días del futuro pasadoDeadpoolLogan), acabaron desvaneciéndose poco a poco.

La compra de Fox por parte de Disney clavaba el último clavo en el ataúd de los X-Men actuales. Si el pobre recibimiento de X-Men: Apocalipsis ya había hecho mella en la Patrulla-X, saber que los mutantes “volverían a casa” y tendrían un reinicio dentro del MCU (similar a lo que ocurrió con Spider-Man), hacía que la actual iteración de los X-Men perdiera interés para la audiencia. La nueva (y con toda seguridad última) entrega de la franquicia, X-Men: Fénix Oscura (Dark Phoenix), en la que el productor Simon Kinberg salta a la dirección sustituyendo al denostado Bryan Singer, llega precedida de los ya clásicos problemas tras las cámaras: rumores de dificultades creativas, reshoots, retrasos en el estreno…

Y teniendo esto en cuenta, Fénix Oscura no es un desastre (no estamos hablando de la vapuleada X-Men orígenes: Lobezno o la debacle de Cuatro Fantásticos). De hecho, es una película aceptable. Sin embargo, cuesta involucrarse con ella, y no nos da muchos motivos para hacerlo. Para empezar, porque nos cuenta una historia que la misma saga ya nos había contado en X-Men: La decisión final con Famke Janssen: la de Jean Grey yéndose al lado oscuro al ser incapaz de controlar sus enormes poderes. En esta ocasión, es Sophie Turner (nuestra reina del Norte Sansa Stark en Juego de Tronos) la que se vuelve a poner en la piel de Fénix después de debutar en Apocalipsis. Y bueno, a estas alturas, lo de cuestionar la línea temporal de la saga que comenzó hace 19 años ya no tiene sentido.

La película gira en torno a su transformación en Fénix Oscura, pero también lidia con el estado de la Patrulla-X en los 90, durante una época de tregua con los humanos en la que Magneto (Michael Fassbender) se encuentra exiliado y los mutantes de Charles Xavier (James McAvoy) trabajan codo con codo con el gobierno. Pero como suele ocurrir en X-Men, la línea entre héroe y villano es muy delgada, y Xavier debe esforzarse por que sus pupilos controlen sus “dones” y sigan las normas, aunque provoque más de un cisma en sus filas. La llegada de una villana alienígena llamada Vuk (Jessica Chastain), interesada en los poderes de Jean Grey, provocará una guerra entre especies y pondrá a prueba los vínculos entre los mutantes de Xavier.

Fénix Oscura es una película de superhéroes correcta, pero su principal problema es que no aporta nada. Después de casi dos décadas, Kinberg no tiene nada nuevo que decir sobre los mutantes, así que se limita a repetir las mismas reflexiones sobre el miedo a la diferencia, la naturaleza del héroe y el villano o la idea de la Patrulla-X como una familia creada. Los diálogos son más bien genéricos, los efectos y el maquillaje bajan el listón y la trama tarda bastante en arrancar, desperdiciando el potencial de muchos mutantes mientras se centra en los mismos de siempre. Turner, por su parte, es una actriz competente, pero llevar casi todo el peso de la película le viene muy grande y no logra transmitir la gravedad y profundidad de la icónica saga de Marvel.

En cuanto a los demás, James McAvoy y Michael Fassbender siguen empleándose a fondo como intérpretes (más de lo que la franquicia les exige en este punto), mientras que Jennifer Lawrence continúa poniéndose a sí misma por encima de la película, haciendo que el devenir de su personaje quede supeditado a sus deseos como actriz (el arco de Raven/Mística indignará a los fans, y con razón). Por otro lado, Jessica Chastain hace todo lo que puede con su personaje, pero se convierte en otro talentazo de Hollywood malgastado en una villana poco desarrollada.

Finalmente, personajes como Cíclope (Ty Sheridan), Tormenta (Alexandra Shipp), Nightcrawler (Kodi Smit-McPhee) o Quicksilver (Evan Peters) quedan muy en segundo plano y aportan más bien poco a la historia, desaprovechando el potencial cómico de la generación mutante más joven. Por lo general, Fénix Oscura es una película casi totalmente desprovista de humor (de hecho, no parece que ningún actor se lo pasara bien haciéndola). No es que le pidamos que sea una comedia como la mayoría de Marvel Studios, pero le habría venido bien para respirar un poco.

En su tercer acto la película mejora considerablemente (y paradójicamente, porque en teoría es el que dio más quebraderos de cabeza). La trama, llena de momentos sobreexplicativos y conflictos que provocan déjà vu, da paso a una impresionante secuencia en tren que nada tiene que ver con los combates pobremente ejecutados que hemos visto hasta ese momento (Kinberg falla como director de acción, y siendo los X-Men, tiene delito). El intenso clímax unifica una película de ritmo irregular, pero narrativamente más coherente y centrada de lo que se esperaba, haciendo que esta termine en lo alto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la saga, que merecía mayor reconocimiento del que le dejan sus dos últimas entregas. Fénix Oscura no fue concebida como un final, sino como un nuevo comienzo, por lo que este desenlace a 19 años de X-Men resulta inevitablemente anticlimático para una franquicia que quería seguir a pesar de no tener nada más que decir.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Inmersión

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Wim Wenders, director de clásicos del cine como El cielo sobre BerlínParís, Texas, continúa tan prolífico como siempre. En las últimas décadas, el realizador alemán ha dedicado gran parte de sus esfuerzos artísticos al documental, incluyendo tres largometrajes pertenecientes a este género nominados al Oscar (Buena Vista Social ClubPinaLa sal de la Tierra), pero recientemente se ha vuelto a concentrar en la ficción. Tras su experimento 3D con James Franco, Todo saldrá bien, y el drama Los hermosos días de Aranjuez, Wenders regresa con Inmersión (Submergence), romance protagonizado por dos de las estrellas del momento, Alicia Vikander y James McAvoy.

Co-producción internacional rodada en Francia, Alemania, Djibuti y EspañaInmersión es una historia de amor con tintes de suspense y política que nos sumerge en las vidas de la biomatemática Danielle Flinders (Vikander) y un agente del servicio secreto británico, James More (McAvoy), dos jóvenes europeos que se conocen por casualidad en un hotel de la costa normanda mientras se preparan para sendas misiones. Ella se dispone a descender a lo más profundo del océano en busca del origen de la vida en nuestro planeta, mientras que él forma parte de una operación en Somalia, donde sigue el rastro de una red de terroristas suicidas que están actuando en Europa. Durante su estancia en la costa de Francia, ambos se enamoran perdidamente, sin embargo, sus destinos los llevan por caminos distintos. Mientras Danielle se adentra en el océano, James es apresado por los yihadistas. Separados y sin forma de saber si el otro está vivo, los dos tratarán de sobrevivir con la motivación de volver a verse algún día.

Inmersión cuenta con una baza principal: la presencia y el atractivo de su pareja protagonista. Vikander y McAvoy no tienen demasiada química (nos imaginamos a Michael Fassbender, marido de ella y amigo de él, presionándolos con la mirada desde una esquina del rodaje… solo por darles una excusa), pero sí suficiente talento como para sostener el peso de sus respectivos segmentos. Después de presentarlos y enamorarlos, Wenders los mantienen separados la mayor parte del metraje, y aunque esto puede resultar algo frustrante, es quizá lo mejor, porque cuando están juntos, la historia resulta menos interesante. Las chispas no saltan y los encuentros carnales resultan incómodos.

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Es McAvoy quien destaca de la pareja. El actor británico ya ha demostrado en numerosas ocasiones su talento y carisma delante de la cámara, y en Inmersión vuelve a hacerlo. De hecho, su interpretación se eleva por encima de la película, otorgándole la dignidad y profundidad que Wenders no ha conseguido alcanzar. La entrega de McAvoy, tanto en lo emocional como en lo físico, es lo que hace que Inmersión merezca la pena. Él es quien hace que nos creamos el amor que hay entre James y Danielle (por muy cursis y ridículos que lleguen a ser los diálogos entre ellos), y que en última instancia deseemos su reencuentro. A pesar de su inconsistencia en tono y estructura, ese deseo es lo que atrapa y nos ayuda a mantener el interés.

Wenders ha orquestado una película de buena factura visual, intermitentemente interesante y ambiciosa en concepto. Una obra que fusiona romance, ecología, terrorismo, existencialismo y espionaje, pero que no logra la trascendencia en ninguno de sus aspectos, aunque la roce por momentos. Inmersión es la prueba de que James McAvoy es uno de los mejores actores de su generación, y de que Wim Wenders quizá debería volver a centrarse en el documental.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Atómica

Coldest City, The

Los 80, la Guerra Fría, espías, sicarios, mamporros, Charlize Theron y James McAvoy. Combinación ganadora. Con esos ingredientes, es imposible resistirse a los encantos de Atómica (Atomic Blonde), thriller de acción que viene a ser la réplica con protagonista femenina de John Wick. No en vano, la película es la opera prima de David Leitch, uno de los especialistas de escenas de acción más solicitados de Hollywood, y productor y director de algunas escenas de la saga protagonizada por Keanu Reeves (además de realizador de la esperada secuela de Deadpool).

Basada en la novela gráfica La ciudad más fría, de Antony Johnston y Sam Hart, Atómica presenta en sociedad a la nueva gran heroína de acción de la gran pantalla, Lorraine Broughton, agente del servicio de inteligencia británica que es enviada a Berlín para investigar la muerte de uno de sus colegas y recuperar una lista con la identidad de otros agentes secretos que podría acabar con el MI6 de caer en las manos equivocadas. Con los últimos coletazos de la Guerra Fría como telón de fondo, y a un mes de la caída del muro de Berlín, Lorraine llevará a cabo su peligrosa misión en la dividida ciudad alemana con la ayuda de otro agente encubierto, el pintoresco David Percival (McAvoy), embarcándose en una desenfrenada y sangrienta cacería en la que no podrá confiar en nadie.

Parte John Wick, parte James Bond, parte Nikita y 100% Charlize Theron, la letal Lorraine es la principal atracción de Atómica, un personaje con el que la actriz surafricana se consolida en su condición de estrella de acción después de su inolvidable Imperator Furiosa de Mad Max: Furia en la carretera. Theron está simplemente espectacular. Sensual, feroz, carismática, inteligente, absolutamente brutal en las escenas más físicas, una actriz que llena la pantalla y tiene el control de la película en todo momento. Ella es Atómica, y Atómica es ella, una femme fatale por la que volverse loco y un icono instantáneo del cine de acción. Pero Theron está acompañada de un secundario de excepción, James McAvoy, quien vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación con otra interpretación memorable, llena de nervio y sentido del humor.

Eso sí, que quede claro que Atómica no inventa nada, y lo sabe. Lo que hace Leitch es reproducir todos los clichés del cine testosterónico y darles la vuelta poniendo a una mujer al frente, para que veamos lo de siempre, y a la vez algo completamente distinto. Lo mismo que hace con el irresistible estilo (perdón, estilazo) y la atmósfera retro de la película, para lo que utiliza muchos “samples” de otros. La estética y el sonido punk y pop de los 80, con una banda sonora de escándalo, el argumento intrincado y lleno de engaños y giros sorpresa del agente 007 o Misión imposible, el trasfondo político de los thrillers de la Guerra Fría, la violencia extrema de John Wick, y el acabado en neón al que tanto recurren los directores de género últimamente y que da lugar a una fotografía muy atractiva.

El resultado es un espectáculo que entra tan bien por los ojos y los oídos que no importa tanto que en ocasiones se pase de fardona o inverosímil (los malos siempre son más tontos, las balas nunca dan en su blanco, y si son tres contra una, se esperan amablemente a que la heroína acabe con el otro para atacar), como tampoco que la mayor parte del tiempo parezca que estamos viendo un muy sofisticado y larguísimo anuncio de tabaco o que su argumento sea tan tonto y rice tanto el rizo al final que acabe desafiando toda lógica.

Sus defectos no pesan tanto porque sus virtudes nos distraen con eficacia. Atómica es salvaje, elegante, erótica, visceral, una orgía fetichista de puñetazos y patadas que no deja apenas hueco para que pensemos demasiado. Y por encima de todo, una imparable exhibición de acción en la que Leitch saca todo el partido a su dilatada experiencia para ofrecernos las mejores coreografías de lucha (atención a las cosas tan loquísimas que puede hacer Lorraine con una manguera), y alguna que otra de sexo (Theron y Sofia Boutella en la cama, ahí es nada). De hecho, Atómica tiene la que es probablemente la escena de acción más impresionante del año, un prolongadísimo y agotador (falso) plano secuencia en unas escaleras donde todo está planificado, filmado y editado a la perfección, y que por sí solo ya amortiza la entrada. Se sienten tanto los golpes, que cuando termina la escena hay que darse un repaso por si nos ha salido algún moratón.

Si el epílogo de la película es indicio de algo, y si la taquilla acompaña, volveremos a ver a Lorraine Broughton en acción. La secuela de Atómica es inevitable, y la historia de Lorraine tiene mimbres para saga. A ver quién se atreve a decirle que no a la furia de Charlize Theron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Múltiple (Split)

Split

Mucho se ha escrito sobre M. Night Shyamalan, su cine y su accidentada trayectoria profesional. El que fuera hace más de una década uno de los realizadores más populares de Hollywood estuvo a punto de caer en el ostracismo después de encadenar varios proyectos fallidos y perder el favor de un público que ya no comulgaba con sus trucos narrativos. Hace un par de años, Shyamalan orquestó su comeback asociándose con la casa de éxitos del todopoderoso Jason BlumBlumhouse Productions (la productora detrás de InsidiousThe Purge), y sorprendió con su visión personal de un género aparentemente moribundo, el found footageLa visita nos devolvió al genio del suspense que conocimos gracias a El sexto sentido, pero bajo un envoltorio digital aparentemente desnudo de adornos estilísticos. Con su nueva película, Múltiple (Split), Shyamalan continúa fiel a sus designios pero deja la cámara en mano para volver a fijar su cine de meticulosos encuadres, fueras de campo y simbolismo visual.

Es decir, aunque no llegue al nivel de sus títulos más celebrados, Múltiple supone un regreso a la forma en toda regla. Este intenso thriller psicológico no pierde el tiempo en preámbulos y prácticamente nos introduce de lleno en la acción, el secuestro de tres adolescentes a manos de Kevin (James McAvoy), un hombre de mente fracturada que padece el trastorno de identidad disociativa y en cuya cabeza habitan hasta 23 personalidades diferentes. Con su identidad primaria enmudecida por la guerra dialéctica interna que su sufrida psicóloga (magnífica Betty Buckley) trata de moderar, son varios álter ego en concreto los que toman el control de su cuerpo y llevan sus pulsiones más oscuras hasta las últimas consecuencias. Mientras las chicas hacen lo posible por intentar escapar, una última identidad amenaza con emerger en Kevin, un ser monstruoso conocido como La Bestia que pretende dominar a las otras 23.

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Shyamalan lleva a cabo una filigrana de guion repleta de pasajes retorcidos, rincones sombríos y detalles semi-ocultos que dan lugar a un relato de misterio que atrapa de principio a fin. Y si lo lleva a buen puerto es gracias a unos diálogos bien construidos y dosificados para mantener la incertidumbre y la confusión sin que se pierda el hilo, a su excelente aprovechamiento del claustrofóbico espacio (similar a Calle Cloverfield 10) y a su capacidad para generar terror sin recurrir a sustos baratos (curioso teniendo en cuenta el estudio que lo avala). Shyamalan vuelve a transcurrir en los márgenes del fantástico, jugando a sembrar la duda en el espectador sobre si lo que está viendo tiene su base en la ciencia (se cree que algunos casos llegan a manifestar atributos físicos únicos correspondientes a cada personalidad) o si nos estamos adentrando en el terreno de lo sobrenatural. Ese tira y afloja es una de las máximas del cine de Shyamalan y lo que hace que Múltiple sea tan absorbente. No importa si las respuestas a los enigmas que plantea no son excesivamente sorprendentes, o si la explicación de la naturaleza del trastorno decepciona a quienes buscaban una respuesta u otra. Lo importante es que para llegar hasta ahí, Shyamalan nos ha sumergido en un juego perverso que nos ha mantenido en vilo, planteándonos un puzle adictivo y guiándonos hacia la resolución sin caer en las obviedades o las sobre-explicaciones, dejando que el espectador se encargue de unir las últimas piezas por sí mismo.

Pero este viaje al fondo de la mente no sería ni la mitad de fascinante si no se hubiera escogido al actor adecuado para ponerse en la piel de Kevin. Y en este sentido, el mayor acierto de Múltiples su protagonista, James McAvoy, talento todoterreno que ofrece un brillante recital interpretativo al saltar de una personalidad a otra (a veces en la misma escena y en cuestión de segundos), valiéndose tanto de su amplio abanico de registros como de su capacidad física para transformarse y su soltura con los acentos. McAvoy desconcierta, seduce, divierte, enerva, y en definitiva resulta absolutamente convincente haciéndonos creer en la existencia separada de un psicópata, una señora estirada fan del cuello vuelto, un gay experto en moda (esos estrereotipos, Shyamalan…) o un niño inocente con frenillo que, sorprendentemente, comparten la misma cara.

Y si lo de McAvoy es antológico (nunca mejor dicho), no hay que obviar el trabajo de Anya Taylor-Joy, la revelación de La bruja, una actriz de mirada expresiva y fuerte magnetismo que ejerce como contrapunto perfecto a Kevin. A través de una serie de flashbacks que nos llevan hacia la infancia de Casey (Taylor-Joy), Shyamalan nos muestra la conexión que existe entre ella y su captor, un vínculo primario y visceral que tiene su razón de ser en el tema central de la película: la lucha contra los propios monstruos que se originan a partir de un evento traumático del pasado. Si bien los flashbacks, esparcidos a lo largo del metraje, funcionan a medias (interrumpen la acción para aportar información que se podía haber añadido con menos incursiones en el pasado), sirven para completar el discurso de Shyamalan y conducirnos hacia ese clímax en el que todo cobra sentido. A su manera.

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Un desenlace en el que es aconsejable intentar no pensar demasiado durante la película. A pesar de su indudable talento para la construcción del suspense, la puesta en escena y la narración visual, el aspecto más definitorio del cine de Shyamalan sigue siendo el ya obligatorio “giro final”. En este caso, más que un giro argumental, se trata de una puntilla que lo cambia todo sin cambiar nada de lo que hemos visto durante las dos horas anteriores. Así que lo ideal, aunque sea complicado, es dejarse llevar por la experiencia y disfrutar (o sufrir) del camino sin obsesionarse con el destino.

Aunque Múltiple suponga hasta cierto punto una reversión a los días de El sexto sentidoEl protegido, la película muestra claros síntomas de evolución en un cineasta que con su anterior película había dinamitado las expectativas sobre lo que es “una película de Shyamalan”. La visita nos introdujo a un director renovado, más libre y dispuesto a volverse loco. En Múltiple nos reencontramos con el Shyamalan de siempre, seguro de sí mismo y de lo que está haciendo a cada paso, pero también con el nuevo, el que ha encontrado un filón en el humor negro y la sátira, el que se permite sumergirse en el exceso para divertir a la vez que inquieta (Múltiple es a ratos una comedia borderline, cuyo humor puede ser percibido como una debilidad cuando es una de sus mayores fortalezas) y quiere que no sepas hasta qué punto debes tomarlo en serio o no. Y lo más importante es que este Shyamalan híbrido no se ha olvidado de lo esencial, de la emoción que suele impregnar todos sus relatos y la humanidad que define a sus personajes. Incluso a los que son monstruos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: X-Men – Apocalipsis

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Bienvenidos de nuevo al Instituto Xavier para Jóvenes Talentos. Recorred sus pasillos y estancias para comprobar que está más vivo y abarrotado que nunca. La juventud se puede oler en el ambiente (seguro que sabéis exactamente cómo huele la adolescencia), hay más luz, más color, más energía y ganas de juerga. Y es que la Mansión-X no solo está atestada de mutantes adolescentes, es que además estos mutantes son adolescentes de los 80. Después de llevarnos a los 70 (y luego hacernos saltar por el tiempo) en X-Men: Días del futuro pasado, la saga mutante avanza hacia la feliz década del “Take on Me”, el “Girl Just Wanna Have Fun” y las chapas en las solapas vaqueras, donde transcurre la acción de X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse), la nueva entrega de la Patrulla-X dirigida por Bryan Singer.

Y se nota, vaya si se nota. X-Men: Apocalipsis es una aventura espléndidamente ochentera (o noventera, que al caso es prácticamente lo mismo) y decididamente nostálgica. Si bien Singer podía haber arriesgado aun más en su puesta en escena y hacerla incluso más fiel a la época, la película rebosa espíritu 80s por los cuatro costados, y no solo en lo que respecta a la estética hortera y sin complejos (los cardados, la cresta de Tormenta, el estilo jock de Cíclope, ¡las hombreras de Jean Grey! Todo aderezado por una lluvia de cassettes, juegos Arcade y cuero, cortesía de Quicksilver), sino también a la historia, más simple y desenfadada, prácticamente ajena a la evolución que el género de superhéroes está experimentando en los últimos años.

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Lejos de innovar, el argumento de X-Men: Apocalipsis presenta la clásica trama con villano megalómano que amenaza con destruir el mundo, una que pasa por todos los clichés narrativos del género como si no se hubiera hecho tantas veces últimamente, y vuelve a caer en el error de la destrucción masiva sin miramientos ni consecuencias (imperdonable a estas alturas). Si se hubiera estrenado unos años antes, quizá su falta de originalidad o novedad no habría llamado tanto la atención, pero la proximidad con Capitán América: Civil War, el listón cada vez más alto y la amenaza de la “superhero fatigue” juegan en detrimento del film. Claro que lo que propone Singer es precisamente un acto de fe, un regreso a la sencillez del género, a las páginas del cómic, que entendamos que lo que Apocalipsis pretende es recuperar esa candidez narrativa de los 80 y los 90, y no le importa nada que su película tenga tantos tópicos, mecanismos narrativos anticuados o elementos camp. Porque esa es la intención, realizar una cinta de mutantes nostálgica de una época dorada del tebeo, una fantasía épica construida casi al margen del Zeitgeist superheroico, es más, con un punto de ironía. Es decir, Apocalipsis no viene a cambiar el género, pero sí ofrece lo que se espera (o al menos todo lo que yo quiero) de una película de la Patrulla-X: espectacular despliegue de acción y superpoderes, personajes imposiblemente molones y lo más importante, diversión.

Y sin embargo, la saga mutante tiene algo que no tienen las películas de Marvel Studios, y que compensa su falta de originalidad: una mayor osadía. Mientras que la calificación PG-13 sirve para coartar a otros blockbustersX-Men: Apocalipsis la aprovecha para desmarcarse del UCM con sorprendentes dosis de violencia gráfica (incluso gore) y lenguaje malsonante. Puede parecer una tontería, pero esto aporta frescura a un género demasiado puritano que promete cambiar después del éxito de Deadpool. Esta actitud más punk no resulta en una película necesariamente más adulta, por supuesto, pero sí menos preocupada por escandalizar o salirse de los parámetros establecidos. El resultado es un híbrido extraño y curioso, una película en cierto modo más infantil que se preocupa menos por los niños pequeños y busca satisfacer más a los niños grandes.

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En cuanto a la historia, no hace falta complicarse demasiado para explicarla, ya que lo que tenemos aquí es cinecómic clásico. El eslabón más débil de Apocalipsis es su villano titular, interpretado por Oscar Isaac. El talentoso actor hace lo que puede para sacar adelante a un personaje más bien plano y desdibujado, intentando transmitir con la mirada y la boca, pero su interpretación queda sepultada por los kilos de maquillaje y látex de una caracterización demasiado cutre incluso si tenemos en cuenta el factor camp del que hablaba antes. Afortunadamente, Apocalipsis no tiene tanto En Sabah Nur como cabía esperar. Su amenaza está presente durante toda la película, pero esta se centra más en Magneto, Xavier y los mutantes ‘modernos’, por un lado con la formación de los Jinetes del Apocalipsis (con el villano manejando los hilos desde la sombra) y por otro con los jóvenes mutantes en la Mansión X, estudiantes aprendiendo a controlar sus superpoderes. En este sentido, Singer vuelve a acometer una empresa imposible (y ya normativa en el género): barajar multitud de tramas y personajes que, por muy bien que se haga, acabarán resultando en saturación. Sin embargo, X-Men: Apocalipsis está contada de manera más fluida y consistente de lo que cabía esperar, reduciendo la fragmentación con transiciones coherentes que aportan mayor unidad narrativa y muy buen ritmo. Por el lado malo, el exceso de frentes abiertos obliga de nuevo a que algunos personajes queden relegados a un segundo o tercer plano (Júbilo no es más que una extra), a que otros estén infra-caracterizados (la Mariposa Mental de Olivia Munn es muy contundente, pero también muy plana) o a eliminar escenas que habrían ayudado a que la historia se airease y conociéramos mejor a los novatos, como la del centro comercial, de la que incluso habíamos visto alguna foto oficial, y cuya ausencia del montaje final nos priva de más momentos de descanso y el más-o-menos-cameo de Dazzler. Muy mal, Fox.

Dejando a un lado estos problemas, X-Men: Apocalipsis sigue en la línea de las dos anteriores entregas del reboot mutante. El humor continúa siendo muy importante y no se considera un signo de debilidad, y la película vuelve a tener una gran carga emocional, de la que se saca el mayor partido gracias a su magnífico reparto de talentos interpretativos, que como ya dijimos con respecto a DoFP, no se ‘relajan’ porque sea una de superhéroes. Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence vuelven a conseguir que lo exagerado y rocambolesco de la historia funcione, levantando escenas que en manos de otros habrían caído en el ridículo. El Quicksilver de Evan Peters tiene otra secuencia épica (quizá demasiado parecida a la de DoFP pero igualmente impresionante) y además esta vez está más implicado en el argumento, protagonizando algunos de los mejores momentos cómicos de la película. Moira, interpretada por la fantástica Rose Byrne, tiene mucho peso en la historia y lo mejor es que, a pesar de no ser mutante, no sobra nada de ella. Y por último, las nuevas incorporaciones de Apocalipsis no podrían ser más acertadas: Alexandra Shipp destaca especialmente como Tormenta (el Jinete más definido como personaje), Tye Sheridan clava al Cíclope versión teenage angst, Kodi Smit-McPhee es toda una revelación presentándonos contra todo pronóstico a un entrañable y gracioso Rondador Nocturno y Sophie Turner (y sus hombreras) encandila como Jean Grey, dejándonos uno de los momentos sin duda más satisfactorios y catárticos para los fans, que augura un futuro muy interesante para la saga. Todos ellos se reúnen y prosperan como grupo bajo el amparo de Charles Xavier, cuyo sueño para ese futuro (una Mansión-X en la que convivan mutantes y humanos) recupera un tema en el que, tristemente, en esta ocasión no se profundiza demasiado.

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X-Men: Apocalipsis no es la película de superhéroes perfecta, pero sí es una entrega de X-Men muy sólida, cargada de grandes emociones, imágenes diseñadas para humedecer al geek (¡culpable!), regalos al espectador en forma de cameos (el de Lobezno es breve pero brutal, y sirve para abrir boca de cara a su tercera película, Rated-R) o guiños meta (afortunadamente nada excesivo o fuera de lugar) que harán las delicias de los fans (atención al ataque a X-Men: La decisión final) e interacciones entre personajes que demuestran que, a pesar de todo, Singer sabe que lo más importante es no descuidar sus relaciones y motivaciones (ojalá pudiera decirse lo mismo del villano). Quiero creer que Apocalipsis habría gustado más en general si no hubiera llegado tan cerca de Civil War y Batman v Superman, y si no estuviéramos tan preocupados comparando y tratando de encontrar la fórmula perfecta del cine de superhéroes, en lugar de dejarnos llevar por lo que esta película en concreto propone: diversión exagerada, comiquera e iconoclasta. La siguiente película de la Patrulla-X transcurrirá en los 90. Espero que para entonces, Singer vuelva a darle más importancia a los temas centrales de las anteriores entregas de la saga (identificación mutantes-personas LGTB/minorías y los problemas de identidad de los héroes) para seguir avanzando el discurso, hacer evolucionar la franquicia y darnos una X-Men que no solo sea un gran estallido pop como esta, sino también una cinta de superhéroes más trascendental.

Nota: ★★★★

Crítica: La desaparición de Eleanor Rigby

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Para su debut en el largometraje, al neoyorquino Ned Benson no se le podía haber ocurrido un proyecto más ambicioso que La desaparición de Eleanor Rigby. Su ópera prima es el extenso díptico formado por Him Her, dos películas separadas que cuentan la historia de un matrimonio roto después de una tragedia, desde la perspectiva de cada uno de los miembros. Sumando ambas partes, el metraje total de Eleanor Rigby asciende a unas cinco horas. Sin embargo, después de su paso por festivales como work-in-progress (y con los Weinstein interesados en el proyecto) se realizó un montaje final que combinaba, tijera mediante, los films individuales. Así nacía Them, la versión “más comercializable” que llega a las carteleras. Al verla, salta a la vista que no es así como se concibió esta experiencia cinematográfica, pero es lo que tenemos de momento.

En esta exhaustiva y agotadora mirada a las relaciones de pareja y a la familia seguimos, casi de manera literal, a Connor Ludlow (James McAvoy) y Eleanor Rigby (Jessica Chastain) allá donde van, mientras se distancian, entre ellos y del mundo. La relación comienza de manera idílica, y así es como Benson la retrata, a la luz de la luna, entre luciérnagas y rocío, componiendo un primer segmento de Eleanor Rigby romántico y etéreo, con el que contrasta el resto de la película. Tras una abrupta elipsis, Eleanor intenta desaparecer saltando desde un puente. No sabemos por qué. Y Benson tarda un buen rato en darnos la respuesta, provocando quizás el efecto contrario al deseado: ocultar información esencial para el desarrollo de un personaje no aumenta el desasosiego o el enigma de su drama, simplemente desorienta, y provoca una distancia contraproducente con la obra.

Afortunadamente, cuando descubrimos la razón por la que Eleanor sufre depresión y no quiere ver a su marido, la película toma forma, y el espectador por fin recibe el acceso que se le había negado a la mente de sus personajes. Una vez dentro, lo que vemos no tiene nada que ver con aquellas noches en el parque. Con ecos a Blue Valentine o la infravalorada Rabbit HoleEleanor Rigby no es una “película de amor” al uso, tal y como quiere hacer creer su engañosa campaña de marketing. Nos habla entre otras cosas del amor, claro está, pero lo hace sin más concesiones al romanticismo que las del inicio, analizando el origen de los comportamientos de sus personajes (para entender a Connor y Eleanor hay que conocer a sus padres, fantásticos Isabelle Huppert, William Hurt y Ciarán Hinds), centrándose en su dolor, observándolo, explorándolo, diseccionándolo de manera casi clínica. El resultado es una obra intensa, pero también fría, una película terriblemente cruda con la que Benson sacrifica toda complacencia en favor de un retrato honesto e implacable del amor en la tradición de Ingmar Bergman (que Chastain se dé un aire a Liv Ullman es coincidencia).

Eleanor Rigby posterPor tanto, el riesgo que asume el director no solo tiene que ver con el formato con el que decide presentar su historia, sino con la mirada desapasionada desde la que se posiciona. Benson quiere que veamos a Connor, y sobre todo a Eleanor, en su peor momento, y ni él ni sus protagonistas tienen miedo al rechazo que esto pueda provocar. James McAvoy realiza un trabajo impecable, pero es Jessica Chastain la que se lleva la parte más complicada de la historia, ella es aparentemente la que está más perdida (como su generación, tal y como le reprocha el personaje de Viola Davis), la que nos cierra la puerta, la que muestra su peor cara. Y Chastain personifica a la perfección esa temeridad con la que Eleanor Rigby compone a sus personajes y deja que estos reaccionen a su tragedia de manera orgánica, sin manipulaciones. Los caminos de Connor y Eleanor convergen de nuevo hacia el final, en la que es una de las escenas más dramáticamente potentes que vamos a ver este año. La desarmante interpretación de McAvoy y Chastain nos purga, desatando una liberación que nos hace comprender mejor lo que hemos visto. Asimismo, el exquisito, casi onírico desenlace, es un broche perfecto, una escena con la que Benson se reafirma en su modo de filmar: la historia es toda nuestra y nosotros decidimos qué sacar de ella.

Hay un pequeño instante en Eleanor Rigby que pasará desapercibido para muchos, y que sin embargo esconde la misma esencia de la película. Eleanor cruza la calle, dejando a sus espaldas un graffiti en el que se puede leer (a duras penas) “La distancia no se mide en kilómetros, se mide en horas“. Quizás haber fusionado HerHim en una sola película (y a pesar de que esta se hace algo larga) traicione esta idea, e invalide en cierto modo su voluntad de estudio filosófico y antropológico. Lo que vemos en Them es suficiente para hacernos una idea, pero nos queda la sensación de que hace falta pasar esas cinco horas a solas con Eleanor y Connor para alcanzar a comprender del todo el dolor de esa distancia.

Valoración: ★★★★

Crítica: X-Men – Días del futuro pasado

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Se dice pronto, pero hace ya 14 años que arrancó la saga cinematográfica de X-Men. Allá por el lejano año 2000 (técnica, estética y espiritualmente todavía en la década de los 90), Bryan Singer realizaba una de las películas clave para entender el actual fenómeno imparable del cine de superhéroes. Le sucedía una secuela, X-Men 2 (2003) -también dirigida por él-, que a día de hoy conserva su reputación como una de las mejores películas basadas en un cómic. La licencia de 20th Century Fox perdió tracción con la generalmente vapuleada X-Men: La decisión final (2006), de Brett Ratner, y cedió el protagonismo a Lobezno en un infame spin-off, X-Men orígenes: Lobezno (2009) y una no tan mala pero igualmente olvidable secuela, Lobezno Inmortal (2013). Pero antes de reencontrarnos en Japón con el personaje de Hugh Jackman -que ha servido indudablemente como el pegamento de X-Men-, la franquicia ya se encontraba en proceso de transformación y relanzamiento.

En 2011, Matthew Vaughn (Kick-Ass) se hacía con las riendas para dirigir la notable X-Men: Primera generación, una suerte de reboot en forma de precuela que introducía nuevos personajes y nos presentaba a las versiones jóvenes de los mutantes que ya conocíamos. Reclutando a lo más granado del Hollywood actual, la película de Vaughn insuflaba nueva vida a la saga, sin por ello coartar en ningún momento las posibilidades de continuación de la anterior trilogía. En el tiempo transcurrido desde las primeras aventuras de los mutantes de Marvel en el cine, hemos visto tres encarnaciones de Hulk, un reboot de Spider-Man, y nos preparamos para conocer a los nuevos 4 Fantásticos. Sin embargo, la saga X ha mantenido prácticamente intacta su continuidad y ha conservado a su numeroso reparto, esquivando el reset que sí han tenido que practicar otros. Con la ambiciosa y abarrotada X-Men: Días del futuro pasado, basada en el arco homónimo publicado durante 1981 en Uncanny X-Men, la X vuelve a manos de Singer, que subsana los errores de las anteriores entregas. Este une pasado, presente y futuro en un impresionante ejercicio de funambulismo, una película vibrante, divertida y colosal que no es sino el mayor acontecimiento de la cultura popular de este año.

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Durante la larga (y taladrante, por qué no decirlo) campaña promocional de la película, una de nuestras preocupaciones más frecuentes era si Singer, y su guionista, Simon Kinberg, iban a ser capaces de contar una historia con tantas ramificaciones, con tantos frentes abiertos, entre dos tiempos (con sus paradojas incluidas), y sobre todo, con una cantidad tan peligrosa de personajes. Durante la tremenda secuencia inicial de Días del futuro pasado, una masacre mutante que pone el listón bien alto para el resto de la película, nos damos cuenta de que Singer y Kinberg lo han conseguido. Lo que viene a continuación es una imparable sucesión de escenas excelentemente calibradas, tanto en lo que respecta a la acción (set pieces para aplaudir), como al desarrollo de los personajes, la carga dramática y sobre todo el humor, el más inspirado que hemos visto en la saga. Si bien todos los personajes principales tienen su momento de gloria, Días del futuro pasado no es exactamente una película coral. Los que mueven la trama hacia delante (y hacia atrás) son Lobezno, Mística, y los jóvenes Magneto y Xavier, obligando a dejar a algunos personajes de lado. Aún así, teniendo en cuenta que esto era de esperar, es un alivio comprobar que Singer y Kinberg han sabido construir la historia de manera que esta fluya orgánicamente, como si no hubiera supuesto dificultad alguna.

Después de ver Días del futuro pasado, y aunque no hacía falta para saberlo, confirmamos que Hugh Jackman es el corazón (y el culo) de las películas de X-Men. Él, con su (supuesta) eterna juventud, y su carisma infinito, es quien ejerce de enlace entre los mutantes de la trilogía original y los de la primera generación, y él es quien sirve de conductor de esta historia en concreto, viajando desde el futuro a la década de los 70, donde transcurre la mayor parte del relato. Jackman sigue habitando en la venosa piel de Lobezno, y continúa demostrando que no hay otro Logan posible. Pero esto no quiere decir que estemos ante otra película de Wolverine, nada más lejos de la realidad. Él no es el único actor que ha asimilado por completo a su personaje, y Singer sabe exactamente cómo emplear debidamente a cada uno de los excelentes actores que tiene a su disposición. Por eso, la niña mimada de Internet Jennifer Lawrence obtiene más tiempo en pantalla y más peso en la trama que en Primera generación, y por eso la relación entre los Magneto y Xavier jóvenes echa más chispas que nunca. Es especialmente emocionante ver cómo hoy en día ya no se subestima la importancia del talento dramático en el cine de superhéroes. Más que los efectos digitales (algo más descuidados que en otros blockbusters), o la acción (siempre de primera), la verdadera pirotecnia de Días del futuro pasado es su inigualable reparto de estrellas.

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Y aunque Michael Fassbender, Peter DinklageEllen Page o los veteranos Ian McKellen y Patrick Stewart demuestran que un blockbuster como este es tan buena oportunidad como otra para demostrar lo que valen, es James McAvoy quien se lleva el gato al agua con su encendida interpretación como Charles Xavier. McAvoy es uno de los mejores actores de su generación, y que lo esté demostrando en una saga “de palomitas” como esta dice mucho del camino que ha recorrido el género, y hacia dónde se dirige. Los demás protagonistas están a la altura de las circunstancias, y la química y sensación de familiaridad que se respira entre ellos contribuye a la cohesión de este amplio universo y su mitología en constante transformación y expansión. Aunque es cierto que el protagonismo de los mutantes jóvenes relega a los de la trilogía original a un segundo plano. Estos permanecen aguantando el fuerte futuro mientras los demás tratan de cambiar el curso del destino, evitando que el Dr. Bolivar Trask se haga con el ADN de Raven para evolucionar a los Centinelas que llevarán a la especie mutante a la extinción. Pero sería un error considerar desaprovechados a Tormenta, Magneto, el Profesor X, Kitty Pryde o Coloso. Su función en la película es esencial, y sus escenas de acción, tanto al principio como en el adrenalínico y sorprendentemente emotivo clímax, bien justifican su presencia –¿Se puede llorar en una de superhéroes? Sí, se puede. Lo más importante de Días del futuro pasado es que comprendamos el vínculo que une a todos estos personajes contra la intolerancia y el miedo a su raza, la unión ante la amenaza del fin, y la esperanza por la salvación de su especie. En este sentido, y a pesar de que algunos mutantes no dicen apenas ni una palabra, no hay un solo personaje que nos sobre, o que no queramos que esté ahí.

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No, ni siquiera Quicksilver. Es más, contra todo pronóstico, el personaje de Evan Peters (perfecto en el papel de adolescente canalla) es una de las grandes sorpresas de la película. En un film que destaca por su afinado sentido del humor, Mercurio es el personaje que nos regala la escena más descacharrante, la de la liberación de Magneto de la prisión del Pentágono. Una secuencia que además supone uno de los pasajes más satisfactorios visualmente en una película que, salvo algún que otro chirriante croma, hace honor al estilo de Marvel con una desbordante fantasía pop que se opone a la tendencia habitual de sobresaturar digitalmente y oscurecer todos los planos. Ya sea porque transcurre en los 70, o porque los poderes de los mutantes ofrecen un gran abanico de posibilidades que se aprovechan al máximo, Días del futuro pasado es un trabajo tremendamente luminoso y colorista, todo un sueño húmedo para fanboys (de Marvel, de las películas de súper héroes, de las anatomías de Jackman y Law, de McBender…). Pero también es una obra cinematográfica sobresaliente, y faltaría más, épica, un producto de masas cuidado con el cariño y la atención (y el buen ojo para los negocios) que ya esperamos siempre de la Casa de las Ideas. Por todo ello, y por ahora, X-Men: Días del futuro pasado puede compartir título con Los Vengadores como la película de superhéroes definitiva.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Trance

Texto de David Lastra

Después de dar el campanazo en los Oscars con Slumdog Millionaire y de hacer el drama-padre con la arriesgada (y fallida) 127 horas, Danny Boyle vuelve a sus orígenes con Trance, una historia de atracos, sueños y algún que otro giro de guión.

Este “Trance” en el que nos sume durante más de hora y media no es sino un atraco perpetrado por la pandilla de Trainspotting, un chanchullo al más puro estilo Shallow Grave o un llámeloamorcuandoquieradecirpolvo extremo como en Una historia diferente. Nunca he sido un gran defensor de la carrera del británico, pero prefiero este retorno a las historias más livianas que a sus ínfulas de cineasta pretencioso acaparador de premios. Pero no se confundan, que la pretenciosidad sigue ahí, si no esto no sería cine. La humildad, para las personas pobres y ricas de corazón.

Para esta nueva-vieja aventura, además de ser un fiel reflejo de sí mismo, Boyle toma prestado trucos y conflictos a dos megalómanos y grandes artesanos del oficio: Christopher Nolan y Michael Mann. El descenso a los infiernos de Simon durante las sesiones de hipnosis no son sino una traslación/herencia/homenaje (#ChristopherNolanInventóElCine) de la (des)estructura onírica de Origen. En Trance todo tiene igual de sentido que en la cinta de Nolan, es decir, ninguno. Pero eso no reporta ningún problema. Aquí hemos venido a divertirnos. Lo malo es que Boyle quiere dejárnoslo todo atado y bien atado… y es ahí donde empiezan los problemas. Después de una buena e interesante presentación, Boyle se adentra en un último tercio de película repleto de giros de guión, explicaciones, descubrimientos y escenas reiterativas que restan valor al total de la película. Destacamos una resolución de desfase ochentero que ni el propio Brian de Palma tendría las narices (llámenlo narices, cabeza, cojones o cualquier parte del cuerpo que les apetezca) de hacer hoy en día.

Además de la potencia visual (más superior a los últimos productos del director), el punto fuerte de la película es la relación a tres bandas entre los protagonistas. Aunque puede que lo más comentado sea la interpretación (y vulva) de la muy solvente Rosario Dawson, nos quedamos con el tour de force entre James McAvoy y Vincent Cassel, que recuerda por momentos al contundente duelo actoral (y testicular) de Al Pacino y Robert De Niro en Heat de Mann y, por momentos, al del propio Cassel con Viggo Mortensen en Promesas del Este de Cronenberg (aunque en este caso, la similitud vaya dada porque los personajes del francés en las dos películas son primos hermanos).

Puede que Trance no pase a la historia como obra destacada de este director, pero sí debería ser nombrada como una de las más gratificantes.