Crítica: Escuadrón Suicida

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Cuando con tus héroes no consigues conectar del todo con la audiencia, pide ayuda a tus villanos. Sobre el papel, Escuadrón Suicida (Suicide Squad) tenía todo lo necesario para ser la gran película de “superhéroes” que situaría a DC en el buen camino. Un cóctel explosivo de acción y humor gamberro con un buen cast y lo más granado de su villanía reunido para repartir mamporros a ritmo de rock’n’roll y hip hop. ¿Qué podía salir mal? Pues todo. O casi todo. Bajo la batuta de David Ayer (guionista de A todo gas y director de Fury), Warner/DC trata de corregir el curso de su Universo Extendido, pero cae en todos los errores posibles (y unos cuantos extra) haciendo que nos preguntemos varias cosas: ¿Cómo es posible estropear un material tan jugoso? ¿Qué es exactamente lo que pretende el estudio? Y, ¿cuándo se van a dar cuenta de que necesitan un cambio urgente de equipo creativo?

Escuadrón Suicida se postulaba como una alternativa corrosiva e irreverente a los superhéroes de DC ya presentados en cine, pero ni es tan graciosa como parecía (“publicidad engañosa” se queda corto), ni tan loca como se empeña en hacerte verni todo lo cafre que debería. Y es que es muy difícil dar rienda suelta a la locura y el sadismo de estos psicópatas cuando la película está restringida por una calificación por edades errónea (es bastante violenta, pero se nota que no todo lo que quería, y si hubiera obtenido la R, como Deadpool, habría sacado mucho más partido de su material). Pero este es solo uno de sus problemas, y ni siquiera es el más importante. Lo que hace que Escuadrón Suicida se desmorone completamente es su total y absoluta falta de coherencia, sentido y estructura. Simplemente no hay historia, solo un caos narrativo en el que se acumulan momentos, escenas, clichés y viñetas sin ton ni son, algo que pone de manifiesto sus fallos de base: esa dependencia de la iconoclastia vacía como herramienta para (no)narrar y una evidente carencia de visión general.

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Ayer, que además de dirigir escribe el “guion” (énfasis en las comillas), forcejea para dar forma a la película, algo que el montaje -y el obvio remontaje urgente– potencia incluso más: salta a la vista la desconexión entre cineasta y estudio, la mano negra de Warner, los retoques de última hora, y todo lo que hace que la película esté tan fragmentada y parezca un producto inacabado. Pero empecemos por el principio, que es justamente algo que la película no hace. Sin ningún tipo de contextualización o preámbulo, la agente del Servicio de Inteligencia Amanda Wallis (Viola Davis) presenta su plan para reunir al Task Force X, formado por los psicópatas, monstruos y asesinos más peligrosos del mundo, para… para nada en concreto, solo porque sí. ¿En qué consiste el plan exactamente? ¿Cuál es la razón para ponerlo en marcha? ¿Contra qué deben luchar? No lo sabemos. No se nos cuenta. Como mucho se justifica con un “por si acaso”. No existe una amenaza como tal, sino que se va creando sobre la marcha, de hecho, se inventa a mitad de la película. Es como una paradoja temporal. Primero se crea la solución a un problema inexistente (aun a sabiendas de que la cura puede ser peor que la enfermedad) y a partir de esa solución nace el problema. Solo que no parece que esté pensado así, sino que más bien da la sensación de ser el resultado de una planificación narrativa desastrosa.

Con el plan de Amanda llegan las presentaciones. Rótulos cuquis en la pantalla, y énfasis en varios personajes por encima de los demás, lo que desde el principio aporta un gran desequilibrio, que será la tónica del resto del film. Deadshot (Will Smith), Harley Quinn (Margot Robbie) y El Joker (Jared Leto) son los que más interesan (por el star-power de sus actores o por lo icónico de sus personajes), y a ellos sobre todo se dedican los primeros 20 minutos de caótica y repetitiva sobre-exposición. Si hay que presentar a Harley Quinn dos veces, o tres, se hace, aunque eso suponga que el resto de personajes tengan que ser introducidos con calzador en los lugares menos indicados y nunca lleguen a tener entidad: “Por cierto, esta es Katana, tiene una katana. Ah, y casi se me olvidaba, este es… (esperad que googlee, porque no me acuerdo de su nombre)… Slipknot. No os hace falta saber demasiado sobre él, es un mero recurso narrativo”. Así es el tratamiento de los personajes en Escuadrón Suicida. Unos aparecen y desaparecen aleatoriamente (Joker), otros son el colmo de lo unidimensional (Capitán Boomerang, Killer Croc, reducidos a un par de chistes), algunos se quedan a medias (la propia Amanda, verdadera villana del film, cuya personalidad queda sin explorar como se merecía) y la mitad son relleno. Una cosa es que sea difícil manejar un reparto numeroso (uno de los mayores obstáculos del cine de superhéroes) y que esto juegue en detrimento de la película, otra muy distinta este despropósito. Y entonces empieza la acción de verdad, pero no sabemos cómo, por qué, o hacia dónde exactamente se dirige la trama y sus personajes.

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Esto es lo que pasa cuando quieres empezar a construir la casa por el tejadoEscuadrón Suicida es una película que debería existir sobre un universo de ficción mucho más asentado y definido. Y a esto me refería con lo de “falta de visión general”. DC quiere construir un completo universo expandido en dos días, y para ello está forzando las conexiones entre entregas. Lo vimos en Batman v Superman, y lo volvemos a ver en Escuadrón Suicida, donde los cameos son incluso más gratuitos y peor encajados. Al final, más que una película, parece que estamos viendo un checklist de ingredientes imprescindibles del cine de superhéroes que hay que ir tachando. Una lista que empieza a tomar más items prestados de Marvel. Seguramente no andaríamos desencaminados si pensásemos que DC creía tener entre manos su propia Guardianes de la Galaxia. El planteamiento (“los peores héroes de la historia” forman equipo), el humor más desenfadado o el clímax forzadamente emotivo (en el que tenemos que creernos que los malotes tienen corazón y son una familia a su manera) así parecen indicarlo, pero en lugar de beneficiar a la película, lo que hace este extraño “tuning” es dejar constancia de su desdoble de personalidad y esquizofrenia tonal. De nuevo, esto podría haber sido intencionado, incluso conveniente (¡la película está protagonizada por un puñado de locos!), pero no es más que otro reflejo de la confusión que impera en DC.

Y ahora, detengámonos en uno de los aspectos más lamentables de la película, la guinda sobre el pastel: su flagrante machismo. Acepto sin problemas que la imagen explosiva e hipersexualizada de Harley Quinn sea inherente al personaje, pero eso no justifica el tratamiento tan denigrante y pueril que recibe, con el único objetivo de abastecer de material masturbatorio a los fanboys. Pero no es solo Harley Quinn y sus shorts metidos hasta el útero, o los doscientos planos de su culo. La película en general parece hecha por unos “machotes” que son incapaces de ver a la mujer como algo más que “esa cosa diferente a nosotros” que está ahí para ponernos cachondos o poseer (a menos que sea nuestra madre). Y esto salta a la vista por muchas cosas, que van de lo indignante a lo directamente repugnante: los continuos comentarios babosos a cualquier mujer que aparezca en pantalla (sea un personaje importante o una guarda de seguridad sin diálogo) sin que estas respondan; los incontables apelativos “cariñosos” con los que los personajes masculinos recuerdan constantemente a las mujeres que son solo eso, mujeres, mientras ellos pueden ser todo lo que les plazca, que para eso son los machos alfa; el hecho de que las tres “meta-humanas” de la película hayan de tener a la fuerza tramas románticas y sean definidas en gran medida por esto; o los vergonzosos diálogos tipo “No creas que no te pegaré porque seas mujer” o “¡Es tu mujer, ve a darle un palo en el culo y arregla esto!” (Deadshot animando a Flag a que dome a su hembra, que está a punto de acabar con el mundo), que van más allá de la caracterización disfuncional de los anti-héroes y son una base importante del humor de la cinta. Sencillamente inaceptable.

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Sin embargo, el reparto de Escuadrón Suicida está a punto de salvar la función. Entre todo lo malo, los actores son de lo poco que funciona, pero aun así tampoco cumplen las expectativas y no pueden compensar el hecho de que la mayoría de personajes, incluso los más carismáticos, sean tan planos. Contra todo pronóstico, Will Smith es quien hace mejor trabajo de todo el cast, mientras Jay Hernandez (Diablo) se podría catalogar como la sorpresa del grupo y Margot Robbie y Jared Leto no están a la altura del hype. Ella tiene momentos muy resultones (la mayoría ya se habían visto en la promoción), pero la forma en la que está planteado su personaje (ver párrafo anterior) no le deja apenas trascender la caricatura, y él también construye al Joker de forma muy superficial (quizá en parte por el poco tiempo en pantalla que tiene y lo mal usado que está), quedándose muy lejos de lo que vaticinaba tanta interpretación del método y demás sandeces que el actor hizo durante el rodaje para meterse en el personaje. O sea, mucho lirili, poco lerele, como la película en general. De los demás, cabe mencionar a la inexpresiva Cara Delevingne, que estropea un personaje potencialmente muy interesante, Encantadora, con una interpretación demasiado pobre, y Jai Courtney, que a pesar de su ubicuidad vuelve a demostrar que es un actor perfectamente intercambiable. El resto, bueno, no dan para comentar mucho más.

Afortunadamente, en el apartado visual Escuadrón Suicida cumple (en esto no nos engañan los tráilers). Aunque una vez más no se tenga claro que el cómic y el cine son medios distintos (qué bonitos son algunos planos-viñeta, pero qué poco aportan), la película tiene una estética muy atractiva, un sonido potente (obviemos lo irritante que puede ser la banda sonora), y está repleta de imágenes jugosas, estallidos de acción fardona y espectacular en un envoltorio que fusiona mugre y psicodelia, oscuridad y color, de forma acertada, con lo que al menos aporta dinamismo y evita el aburrimiento. Claro que de nada sirve tener componentes individuales de primera y ocasionales buenos momentos si van a formar parte de algo tan inconsistente, desordenado, arrítmico, confuso… y además tan poco original. Porque ese es uno de sus mayores delitos, actuar como si fuera distinta para acabar haciendo exactamente lo mismo que el resto de películas de superhéroes (con diálogos plantilla y el enésimo Apocalipsis y agujero gigante sobre una gran metrópolis, aunque parezca mentira), pero peor. Después de todo, sus promesas quedan en agua de borrajas y Escuadrón Suicida no es la película que esperábamos, sino la que temíamos. Es una pena que DC haya desaprovechado así esta oportunidad de oro. ¿Cuántas más le vamos a dar?

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Terminator Génesis

Chuache

Olvidad todo lo que sabéis sobre la saga Terminator. Mejor, olvidad todo lo que sabéis en general, porque de poco os va a servir para enfrentaros a Terminator Génesis (Terminator Genisys). El director, Alan Taylor (Thor: El mundo oscuro), y los guionistas, Laeta Kalogridis y Patrick Lussier, nos piden que hagamos como si Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003) y Terminator Salvation (2009) no hubieran existido nunca. No hay problema, creo que la mayoría ya lo habíamos hecho sin que nos lo pidieran. Terminator Génesis es secuela, precuela y reboot, todo a la vez, una película que trata de recuperar el espíritu y la estética de las dos entregas de James Cameron a la vez que propone un nuevo futuro (mejor dicho, una infinidad de futuros) para la popular saga de acción. Pero para ello, primero cambia las reglas del juego, reescribe las normas de su universo y se monta un fregao narrativo del que, obviamente, le cuesta mucho salir.

En Génesis nos volvemos a encontrar con el Terminator que convirtió en estrella a Arnold Schwarzenegger, pero ya no es la misma máquina de matar implacable programada para aniquilar a Sarah Connor. Continuando el proceso de humanización que Cameron inició en El juicio final, el robot es ahora un Guardián al cuidado de la madre de John Connor (Jason Clarke). El T-800 ha envejecido (porque el tejido sintético del que está hecho también se deteriora con el tiempo al ser igual que el humano) y ahora (en 1984) es el mayor aliado de Sarah (Emilia Clarke), una figura paterna que la lleva protegiendo desde que era una niña y a la que esta llama Abuelo (“Pops” en inglés). La nueva línea temporal que nos presenta Génesis tiene su origen en el futuro, donde Kyle Reese (Jai Courtney) es enviado por John Connor (sin saber que este es su padre) para proteger a Sarah en 1984, cuando supuestamente aun era una camarera indefensa y asustadiza. Sin embargo, al llegar allí, Reese descubre que algo ha borrado el pasado que creían conocer, creando a su vez una nueva amenaza en el futuro (2017 concretamente), que deben detener antes de que provoque otro Día del Juicio Final.

TERMINATOR GENISYS

El argumento de Terminator Génesis es mucho más enrevesado y retorcido que eso, pero tratar de desenredarlo sería en vano. Ni siquiera los guionistas de la película parecen tener muy claro lo que están contando, y la abundancia de diálogos explicativos sobre física cuántica y paradojas temporales no ayuda, es más, provoca el efecto contrario al deseado: la historia no está cimentada en unas reglas sólidas (aparte de las del caos), la confusión del espectador es inevitable y las lecciones de física (repetitivas y embarulladas) provocan la risa. Al final, cualquier cosa vale con tal de resetear el universo Terminator y facilitar posibles entregas futuras que permitan idear historias más lineales y cuya mitología no se convierta en su mayor enemiga. Y eso es exactamente Génesis, un puente entre las películas de Cameron y los nuevos blockbusters de la era digital, pensados casi exclusivamente para la taquilla (la calificación PG-13, la violencia estilizada e inocua, y los desnudos ensombrecidos están a la orden del día) y condicionados por la obsesión del cine comercial con las franquicias y los universos expandidos.

Con una trama tan absurda que se lo pone demasiado fácil a los que hacen los “honest trailers”, Génesis roza constantemente el límite de lo ridículo, pero también tiene muy clara su condición de cine palomitero. Los efectos digitales son sencillamente impresionantes -el Schwarzenegger joven, creado enteramente por ordenador, podrá resultar chistoso a muchos, pero es un gran logro técnico- y la acción no se detiene en ningún momento, acumulando persecuciones, explosiones y toda clase de destrucción, sin duda para distraernos de los sinsentidos y los incontables agujeros narrativos. Génesis contiene algún rastro superficial de comentario crítico hacia la sociedad hiperconectada (¡las actualizaciones de sistema son el enemigo!), lo que contribuye a acercar aun más la saga a nuestro presente, y además, no es una película totalmente desprovista de emociones (los lazos afectivos de los personajes siguen siendo importantes), pero en su mayor parte se limita a hacer estallar cosas y a poner a sus personajes en un estado permanente de huída, algo que puede llegar a resultar agotador.

TERMINATOR GENISYS

Sin embargo, para aliviar el estrés provocado por la acción, Génesis contiene abundantes dosis de humor, función que recae principalmente en un Schwarzenegger dispuesto a hacer las monerías que hagan falta y a reírse de sí mismo sin inconveniente. No es que la comedia sea precisamente fina, pero sí es tan boba, incluso tan ochentera, que hasta tiene su gracia. Pero desafortunadamente, los actores carecen del carisma necesario para sobresalir por encima de la pirotecnia digital. Emilia Clarke no es mala Sarah Connor, y sale airosa mezclando las dos caras del personaje que nos mostró Linda Hamilton, pero en ocasiones le viene todo demasiado grande, lo que provoca momentos de sobreactuación y descontrol. Jai Courtney cumple como de costumbre con su despampanante presencia física (debidamente explotada), pero no tiene otras armas en su arsenal interpretativo. Y los secundarios que más juego podían haber dado, J.K. Simmons y Matt Smith, no solo están muy desaprovechados, sino que juntando sus escenas no ocupan ni dos minutos de metraje.

Terminator Génesis es el borrón y cuenta nueva de la saga. Un relanzamiento dirigido al espectador actual (y al futuro) que, a pesar de la nostalgia que acarrea y el homenaje a las películas de Cameron que lleva a cabo, pone patas arriba su mitología por conveniencia, lo que sin duda será todo un insulto para aquellos que guardan las dos primeras entregas en alta estima y se toman en serio su maquinaria interna. Para todos los que consigan pasar esto por alto, la película ofrece diversión, acción desquiciada y fuegos artificiales. Simplemente. Por mucho guiño al pasado que contenga, Terminator Génesis es un producto de nuestro tiempo, un reboot que rediseña la saga para un público menos exigente y busca sobre todo entretener y, por supuesto, lucrarse en taquilla. En un momento de la película, el villano le dice al T-800: “No eres más que una reliquia de una línea temporal borrada“. Y eso es exactamente lo que le ha pasado a la saga. Génesis es la solución que nos proponen para que Terminator siga envejeciendo, pero evite quedarse obsoleta. No es gran cosa, pero es la línea temporal que nos ha tocado.

Valoración: ★★★

Crítica: El maestro del agua

Russell Crowe El maestro del agua

Después de tres décadas dedicado casi enteramente a la interpretación, Russell Crowe da el salto tras las cámaras con El maestro del agua (The Water Diviner), su ópera prima como realizador, un film cuyo estilo es coherente con el tipo de cine al que nos tiene acostumbrados el australiano. El maestro del agua se adscribe al género histórico de aventuras épicas y nos lleva a Turquía, cuatro años después de la cruenta Batalla de Galípoli durante la Primera Guerra Mundial. Crowe se reserva también el papel protagonista, uno sin duda hecho a su medida. Joshua Connor es un bondadoso granjero australiano que ha perdido a sus tres hijos adolescentes en la guerra y emprende un viaje a Estambul para descubrir qué ha sido de ellos. Allí entabla una amistad especial con la viuda propietaria del hotel donde se hospeda (Olga Kurylenko), y su hijo, un niño que ve en él al padre que ha perdido.

Water DivinerEl maestro del agua no parece una película realizada en 2014. Las ambiciones cinematográficas de Crowe descansan en los clásicos de la época dorada de Hollywood y el cine épico de los 70 y 80 (Bruce Beresford y Peter Weir se encuentran entre sus influencias), tal y como evidencian el acabado estético del film, su valores de producción y sus conservadores planos. Pero Crowe carece de garra como narrador y personalidad como director; su trabajo de cámara es básico, por no decir torpe, y como resultado El maestro del agua es una cinta sin estilo, abarrotada de clichés, incapaz de transmitir con sus austeras imágenes la supuesta emotividad del relato. La estruendosa banda sonora y las abundantes escenas a cámara lenta evidencian a un director escaso en recursos que no tiene más remedio que echar mano de trucos varios para insuflar algo de vida a una obra que no ha sido capaz de levantar con sus propias armas como cineasta.

Por otro lado, como actor, Crowe parece moverse con el piloto automático. Su magnética presencia es innegable, su voz imponentemente masculina casi que hace todo el trabajo por él, pero no es suficiente, el actor parece algo inerte (algunos dirán que su interpretación es sutil; yo creo que simplemente es plana), y esto hace que sea complicado conectar a nivel emocional con la película. El resto de actores cumplen sin más. Kurylenko se resarce de sus lamentables trabajos en el cine de acción (Quantum of Solace, Oblivion) con una interpretación más despierta, y Jai Courtney (que está en todas las películas) se confirma como el actor al que recurrir para desempeñar papeles físicos y personajes rudos.

El maestro del agua se columpia constantemente entre lo clásico y lo anticuado, el melodrama familiar y el romance almibarado, para quedarse finalmente en tierra de nadie. Se agradece que Crowe se presente como un director libre de pretensiones (todo lo contrario que otro actor metido a director este año, Ryan Gosling), pero su trabajo por ahora resulta monótono y rudimentario.

Valoración: ★★

Crítica: La Serie Divergente – Insurgente

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La llama de las adaptaciones de novelas para adolescentes parece estar apagándose. A Katniss Everdeen, la líder indiscutible del movimiento post-Crepúsculo y Harry Potter, le queda una película para decirnos adiós, y su relevo, Tris Prior, que llegó a rebufo de la sufrida Sinsajo, no termina de enamorar a la audiencia. Después de Divergente (2014), el primer capítulo de la saga basada en los best-sellers de Veronica Roth, nos llega Insurgente, secuela con la que se pretende elevar el listón de la franquicia con más acción, un tono decididamente más oscuro y un estilo más arraigado en la ciencia ficción, con la esperanza (en vano) de que esta llegue a un público más amplio. El problema es que Tris no es Katniss, y por mucho que se esfuerce en disfrazarse de lo que no es, La Saga Divergente no es más que una mala copia de Los Juegos del Hambre.

Además de su tibia recepción crítica (que no es realmente importante en el caso de las adaptaciones Y.A., porque su público objetivo no se guía por esto), varios factores juegan en contra de Insurgente. En primer lugar, la cercanía con respecto a Hunger Games hace que las comparaciones sean inevitables, y que Divergente parezca un pasatiempo menor para rellenar la espera entre las películas de la otra saga. En segundo lugar, el mercado ya está saturado, como han demostrado los sonados fracasos young adult de los últimos años (iba a enumerar los inicios de saga frustrados, pero ya se nos han olvidado todos), lo que provoca que Insurgente no sea recibida con tanto entusiasmo por su audiencia target (adolescentes ya más resabiados que pasan con pasmosa facilidad a lo siguiente). En tercer lugar, Shailene Woodley no es la estrella que Hollywood se empeña en vendernos. La muchacha es buena actriz (no hay que perdérsela en Bajo la misma estrella), pero por lo general cae antipática, y no consigue resultar creíble como heroína de acción.

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Sin embargo, el principal factor en contra de Insurgente no es externo, es la historia en sí. Ya comprobamos en Divergente que el universo distópico que nos presentaba Roth no tenía ni pies ni cabeza. Sus normas desafían todo tipo de lógica, y solo existen de forma caprichosa, para construir un sistema totalitarista “de moda” y generar un conflicto social que no sería capaz de crear de otra forma. Lo normal (y recomendable) es que seamos más permisivos en nuestro pacto de ficción con este tipo de películas, pero Insurgente nos pone las cosas realmente difíciles con escenas cada cual más absurda e inconexa que la anterior. Hagamos memoria, estamos en una Chicago futurista, la sociedad se divide en facciones organizadas según las características personales de cada ciudadano (Cordialidad, Erudición, Verdad, Abnegación y Osadía). Todas viven bajo la autoridad de un gobierno central, élite presidida por una megalómana gélida y divina, JeanineKate Winslet, que tiene mucha más presencia en la secuela y, afortunadamente, esta vez ha decidido actuar. Sin embargo, existen personas que ponen en peligro el orden establecido, seres capaces de lo jamás pensado: ¡poseer dos o más características a la vez! Son los llamados “divergentes”, o como los conocemos en mi casa: personas normales.

Insurgente retoma la acción poco después del final de Divergente, con Tris, Cuatro (Theo James), Peter (Miles Teller) y Caleb (Ansel Elgort) ahora como fugitivos buscando aliados para derrotar a la bruja a la vez que huyen de su ejército de monos voladores, liderado por Eric (Jai Courtney). Mientras, Jeanine intenta abrir una caja mágica (¿por qué no?) que oculta un mensaje secreto, y que solo puede ser desbloqueada por un “elegido”, un divergente puro (con las 5 características al 100% de su potencia) que no es otro que Tris. Así, la película se divide en dos secciones, una primera en la que los rebeldes se refugian con facciones amistosas (por ahí desfilan Naomi Watts y Octavia Spencer, porque no tenían nada mejor que hacer), se enfrentan a sus captores y lidian con traiciones a izquierda y derecha; y una segunda en la que asistimos a las pruebas de Tris, simulaciones virtuales que le llevarán a descubrir los secretos sobre su familia y el pasado del mundo en el que habita, para a continuación abrir la puerta al futuro. Un futuro que, por cierto, se asemeja sospechosamente al de otra reciente saga teen clon de Hunger GamesEl corredor del laberinto. Vamos, que son todas la misma película.

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Ya desde el comienzo de su campaña promocional se quiso dejar claro que esta secuela sería diferente a su predecesora al menos en una cosa: la acción. Para ello, Lionsgate contrató a Robert Schwentke (Red, R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal), que sustituye al director con el mejor nombre del mundo, Neil Burger. Aunque no faltan las eternas escenas de sobre-exposición y las dosis de romance atormentado (la escena de cama de Tris y Cuatro no podría estar más metida con calzador y peor realizada), sí que es cierto que Insurgente se esfuerza en dar algo de movimiento a la trama. Para ello, la película avanza a base de persecuciones y combates bien coreografiados (Jai Courtney sube considerablemente el nivel físico de estas secuencias) y set pieces que elevan la espectacularidad de una saga que empieza a parecerse a un videojuego de realidad virtual. Sin embargo, ni toda la acción del mundo ni los mejores efectos digitales serían suficientes para camuflar la realidad de Insurgente, una saga insulsa y sin ritmo que nos exige demasiada indulgencia y a cambio se toma en serio a sí misma hasta niveles sonrojantes.

Valoración: ★★

Crítica: Invencible (Unbroken)

Jack O'Connell Miyavi Unbroken Invencible

Invencible (Unbroken) es la segunda película como directora de Angelina Jolie, tras la tibia recepción de su debut, En tierra de sangre y miel (2011), ambientada en la Guerra de Bosnia. En ella, Jolie se reafirma en su interés por la historia universal, explorando otro de sus capítulos bélicos, esta vez durante la Segunda Guerra MundialInvencible es la historia del recientemente fallecido Louis Zamperini, atleta olímpico norteamericano convertido en héroe de guerra que sobrevivió durante 47 días en una balsa tras el ataque a su bombardero, para ser finalmente capturado por los japoneses y mandado a un campo de prisioneros, donde logró sobrevivir a las torturas del enemigo durante otra larga temporada.

Jolie se vale de la inestimable ayuda de Joel y Ethan Coen, que firman el guión, una historia dividida en tres pasajes claramente diferenciados que dan como resultado un filme que es en realidad tres películas en una. De hecho, para mantenerlas separadas y garantizar la sensación de desespero y paso del tiempo, la película apenas posee interrupciones que desvíen la atención de sus dos últimas partes. En la primera sección conocemos a Zamperini (Jack O’Connell), un joven con el sueño de triunfar como atleta que ve su prometedora trayectoria profesional truncada por la llamada a filas. La segunda parte supone un largo acto central en el que el protagonista y dos supervivientes al bombardeo, Phil (Domhall Gleeson) y Mac (Finn Wittrock) se enfrentan al océano durante mes y medio, conformando una suerte de Todo está perdido en medio de la cinta. Por último, Invencible dedica su sección final a la pesadilla vivida por Zamperini y sus compatriotas (Garrett Hedlund, John Magaro) durante su cautiverio a manos de los nipones, centrándose en la relación entre el protagonista y “El Pájaro“, el sádico guardia japonés interpretado por Miyavi.

Unbroken posterPor todos es conocida la inclinación humanista y filantrópica de Jolie, sin embargo, esto no es lo que salta a la vista en Invencible. En su lugar, observamos a una directora más interesada en capturar la belleza de la historia en sus imágenes, como si la película fuese una sesión de fotos de Annie Leibovitz con el propósito de glamourizar la guerra. Confirma esta idea la elección de su elenco, un montón de niños bonitos de Hollywood (Jai Courtney aporta vello y músculo), reclutados para participar en el desplegable de moda de la Jolie, un trabajo que sacrifica la dureza del relato para llevar a cabo una oda a la belleza masculina -hasta cuando Hedlund enseña sus uñas destrozadas para dar cuenta del horror que ha vivido parece que estamos viendo un spot de L’Oreal o de Viceroy.

Este énfasis en lo estético desvía la atención del talento de sus actores, y sobre todo del mensaje, uno que además no está del todo claro, más allá del latente y almibarado patriotismo yanquiInvencible concluye con los clásicos rótulos que cuentan qué fue de los protagonistas, y ofrece una moraleja sobre el perdón que se antoja vacía e inoportuna, teniendo en cuenta que la directora no ha explorado nada de esto durante su metraje (como sí lo hizo recientemente Un largo viaje, secuela no oficial de esta película). Invencible es una obra visual y técnicamente excelente (impresionantemente filmadas las escenas aéreas durante el bombardeo que abre el film), sin embargo, sale perjudicada por la ausencia de un discurso claro y esa necesidad de revestir la mugre con una capa de Maybelline. La salva la portentosa interpretación de Jack O’Connell, loable ejercicio de resistencia de un actor joven cuya entrega absoluta al personaje de Zamperini es lo único que parece estar en sintonía con la angustia de esta historia real. Aunque no deje de estar guapo e ideal en ningún momento de su calvario.

Valoración: ★★★

Crítica: Yo, Frankenstein

Yo Frankenstein

Alérgicos al cine y la televisión que os cambia por completo los mitos que conocéis y amáis de toda la vida, manteneos alejados de Yo, Frankensteinla revisión en clave moderna del ya de por sí moderno Prometeo, creada por los responsables de Underworld (ahí es ná). Alérgicos al cine videojuguero y palomitero que no ofrece nada más que mamporros y efectos digitales, evitad a toda costa esta película, porque luego os quejaréis, y no os faltarán razones, pero a quién se le ocurre, sabiendo lo que hay.

Yo, Frankenstein, segunda película de Stuart Beattie (guionista de la saga Piratas del Caribe, 30 días de oscuridad G.I. Joe) es una desbarrada hiperdigital que solo adquiere algo de sentido cuando comprobamos que se trata de la adaptación de una novela gráfica -medio libérrimo en el que cabe toda alteración posible de los clásicos-, concretamente del cómic homónimo de Kevin Grevioux, que además se encarga del guión de la película. En esta suerte de secuela no oficial de la historia de Mary Shelley nos encontramos con un “monstruo” completamente distinto al que estamos acostumbrados, un atormentado y corpulento galán rompebragas con ínfulas de Batman, abdominales de infarto y gusto por el eyeliner al que da vida (es una expresión) Aaron Eckhart. A pesar del despropósito, no se puede decir precisamente que sea un error de casting. Eckhart es una gran presencia inerte, pero supongo que de eso se trata, ¿no?

El ser sobrehumano creado por el doctor Víctor Frankenstein, rebautizado oficialmente como Adam por la Reina de las Gárgolas (Miranda Otto, ¿dónde te habías metido?), se adapta al futuro después de siglos autoexiliado, y se ve envuelto en una guerra entre los demonios, liderados por un desaprovechado Bill Nighy, y el mermado ejército de gárgolas -liderado por el eye-candy Jai Courtney-, que amenaza con destruir el mundo. Eso es a grandes rasgos Yo, Frankenstein. No es tanto la chiflada premisa lo que falla, como la forma en la que se malgasta un material que podría haber dado para un producto verdaderamente loco, de esos que son tan tan irredentamente malos que no nos queda otra que aplaudir. Pero no ha habido suerte esta vez.

Yo Frankenstein Jai Courtney

En su lugar, lo que obtenemos es una película simplemente estúpida. Yo, Frankenstein está terriblemente contada, es tan literal y explícita en sus planteamientos que demuestra cero confianza en que el espectador sea capaz de sumar dos más dos. “El público que va a ver esto será rematadamente tonto”, debieron pensar los productores. Si no, no se entiende la descacharrante trama “científica” con la que se intenta dotar de rigor (jajaja) al historial médico del machote Adam, y que sirve para forzar la subtrama romántica con una love interest de saldo, Yvonne Strahovski. Además, huelga decir que el film es técnicamente deficiente, tal y como nos adelantaban los trailers. Los efectos digitales son de pena (solo aprueban con nota las transformaciones de los humanos en gárgolas), los monstruos de látex parecen sacados de Embrujadas, y por si fuera poco, el montaje es tan insólitamente desastroso que hace que parezca que faltan la mitad de escenas. Sin duda, da la sensación de que todo en Yo, Frankenstein se ha hecho con prisas para acabar cuanto antes y como sea.

Este cuento de terror gótico moderno y/o fantasía mitológica estaba condenado al fracaso desde que se empezó a gestar. Las películas de este corte (Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) no funcionan, porque la audiencia masiva no comulga con el aire camp y de serie B que las rodea. Aunque está claro que si uno se deja llevar, estas películas pueden llegar a tener su gracia. Son productos descerebrados, de rápido consumo y que no aspiran a mucho más de lo que consiguen. Sin embargo, en el caso de Yo, Frankenstein, hay un halo de seriedad y grandilocuencia que estropea la diversión (síntoma de autor de cómics que se toma demasiado en serio a sí mismo). Un par de momentos de humor involuntario, el diseño de las gárgolas y algún que otro notable combate compensan el aburrimiento, pero al final, Yo, Frankenstein no sirve ni para matar hora y media en un domingo de apatía.

Valoración: ★½

Crítica: La jungla: Un buen día para morir

John McClane ha vuelto, y me gustaría decir que el “abuelete” está más en forma que nunca, pero no es el caso. En La jungla: Un buen día para morir, quinta parte de la saga Die Hard, nos reecontramos una vez más con el mítico personaje de Bruce Willis, seis años después de su anterior aventura en La jungla 4.0. En esta ocasión, el agente McClane se ve envuelto de manera fortuita en una trama relacionada con el desastre nuclear de Chernóbil, en la que está involucrado su hijo Jack (Jai Courtney), agente encubierto de la CIA que lleva muchos años sin ver a su padre. Efectivamente, el argumento de Un buen día para morir es tan inverosímil, predecible y desfasado como suena. Pero ese no es el principal problema de La Jungla 5 -al fin y al cabo, sabemos a qué atenernos con este género. La total ausencia de carisma de todos los personajes y la fría química padre-hijo de Willis y Courtney es lo que distancia dramáticamente a esta secuela de todas sus predecesoras, cintas ejemplares a la hora de manufacturar cine-espectáculo con encanto y sentido del humor.

La Jungla 5 no es más que una incansable sucesión de set pieces en la que no hay apenas respiro alguno de la gigantesca vorágine de fuego y metralla. Ni dos minutos seguidos de la película transcurren sin tiroteos o explosiones. Literalmente. Desde la secuencia inicial, con una lluvia de vehículos sin precedentes (y un caso preocupante de product placement) hasta el desbordante final, Un buen día para morir no se muestra interesada en nada que no haga vibrar nuestra butaca y dejarnos sin tímpanos. No habría problema si no esperásemos un mínimo de interacción entre personajes, algún que otro villano memorable o dinámica de buddy film, que es exactamente lo que nos había ofrecido la franquicia hasta ahora. En su lugar, John Moore confía en la -supuestamente- baja exigencia del espectador objetivo de este tipo de cine, y se olvida por completo de los personajes en favor de un agotador despliegue de acción (con un trabajo de cámara vergonzoso) que contentará a los aficionados al género pero decepcionará a los admiradores de la saga.

En Un buen día para morir, los malos de la función son intercambiables, la chica de la película absolutamente prescindible, y se ignoran por completo todas las posibilidades que estos podrían brindar para construir al menos un par de relaciones interesantes. Que no se aproveche el extraño vínculo entre Komarov (Sebastian Koch) e Irina (Yuliya Snigir) no es tan grave como que no salte ni una sola chispa entre John y Jack McClane. Si bien Courtney tiene más papeletas para ser aceptado por el público como relevo generacional de Willis que en su día Shia LaBeouf como sucesor de Indiana Jones, Jack McClane no deja de ser un personaje de encefalograma plano, cuya única virtud reseñable es un físico idóneo para este tipo de cine (curioso el tráveling siguiendo al personaje a la altura del trasero). Sin embargo, toda la culpa no es del joven actor australiano. Hay que achacar gran parte de la falta de pasión generalizada que desprende la película a un Willis desganado que se mueve completamente por inercia y sobre todo a un no-guion que fuerza one-liners y un par de vacíos diálogos emotivos en los momentos menos oportunos.

Las películas que en las décadas de los 80 y 90 lograron elevar de categoría el cine de acción han acabado degenerando en mero cine-atracción de feria. La Jungla sigue resultando medianamente efectiva como respuesta descarada e insolente al cine bondiano, anteponiendo el gusto por lo bruto, el Monster Truck Crush y los bíceps a punto de estallar a los trajes de etiqueta y los martinis. Sin embargo, ha perdido la capacidad de conectar con el público cinéfilo que la convirtió en un icono. Si no fuera porque ya sabemos que habrá sexta parte, hoy sería un buen día para que la saga muriese.