Midsommar: La belleza del horror

Ari Aster irrumpió a lo grande en el panorama cinematográfico causando sensación en el Festival de Sundance con su opera prima, Hereditary, una de las películas de terror más aclamadas (y divisivas) de los últimos años. La cinta protagonizada por Toni Collette y Alex Wolff se convirtió en uno de los éxitos sorpresa del año, siendo aplaudida por la crítica especializada y comentada hasta la saciedad en los círculos cinéfilos. Tan solo un año después, Aster regresa con su segundo largometraje, Midsommar, dispuesto a demostrar que lo de Hereditary no fue suerte del principiante.

Tras sumirnos en la oscuridad en su primera película, Aster escoge el camino opuesto en Midsommar, cuento de terror que transcurre a plena luz del día. La historia sigue a una pareja estadounidense en crisis (Florence Pugh y Jack Reynor) que viaja junto a sus amigos a una pequeña comuna en un idílico y remoto rincón de Suecia para asistir a sus peculiares celebraciones del solsticio de verano. Una vez allí, los turistas se ven envueltos en la belleza natural del lugar, que solo ve dos horas de oscuridad al día, y el carácter acogedor de sus habitantes. Sin embargo, a medida que avanza su estancia, la alegría de la celebración no tardará en dar paso a un ambiente siniestro en el que las ceremonias paganas del Midsommar se vuelven cada vez más perturbadoras y violentas.

La influencia en Midsommar de El hombre de mimbre (The Wicker Man) es más que evidente. Aster lleva a cabo un claro homenaje a la película de culto de los 70, recogiendo además inspiración de cintas como El bosqueLa matanza de Texas. De hecho, más allá de su ambición discursiva y formal y su carácter experimental, Midsommar es en el fondo un slasher de campamento, la típica película de terror sobre un grupo de jóvenes que se van de vacaciones y acaban adentrándose en una pesadilla de la que será difícil salir con vida y en la que tomarán una decisión estúpida detrás de otra. Todo envuelto en una escalofriante reflexión sobre la religión, la tradición, el folclore y el ser humano en el espíritu amargo de Ingmar Bergman. Una mezcla cuanto menos chocante que, sin embargo, funciona a la perfección.

Entrar en Midsommar ignorando lo que nos espera, al igual que sus propios protagonistas, es esencial para vivirla al máximo. Uno no sabe qué se va a encontrar en la película, pero desde el primer minuto puede sentir que va a ser algo difícil de digerir. Ese miedo a lo que pueda venir es lo que hace que la experiencia sea tan intensa e inquietante, más que el terror tradicional, que no abunda en el metraje. Aster realiza un magistral trabajo creando la tensión y manteniéndola durante las más de dos horas que dura el film, solo cediendo el control en un tercer acto que se alarga excesivamente y se pierde por momentos en su mitología. El desasosiego es la tónica general de una película que va aumentando los nervios estallando en arrebatos lisérgicos y culminando exabruptos de violencia gráfica y gore que dejan en shock. Las escenas más explícitas, si bien no son muy abundantes, ponen a prueba los límites del espectador con truculentas imágenes que desafían a mantener la mirada en la pantalla.

En cuanto al reparto, unos excelentes Florence Pugh (Lady Macbeth) y Jack Reynor (Sing Street) encabezan un grupo de jóvenes talentos (Will Poulter, William Jackson Harper, Vilhelm Blomgren) que se entregan al cien por cien a la locura de la historia. Pugh nos regala una de las interpretaciones más fascinantes de la temporada y Reynor una de las más osadas. Mientras, Aster realiza un trabajo notable caracterizando a los personajes y desplegando sus conflictos de manera que la tensión que ya existe entre ellos sirve para magnificar el suspense que recorre todo el film. Midsommar ha sido nombrada por muchos “la mejor película de ruptura de la historia”, a lo que se podría añadir “la mejor película sobre hacer una tesis de la historia”. Ambos títulos llevan algo de guasa (no en vano, la película tiene abundantes toques de humor absurdo), pero también sirven para dar fe de las múltiples capas que componen una obra que es mucho más de lo que aparenta.

Midsommar es la constatación de que Aster no es flor de un día (nunca mejor dicho). Su dominio y seguridad siendo esta su segunda película es asombroso, y su talento para la atmósfera y la composición, unido a la impecable fotografía de Pawel Pogorzelski y la magnífica banda sonora de The Haxan Cloak, da lugar a una experiencia envolvente y visualmente exquisita. La película está repleta de planos para enmarcar, encuadres creativos e inteligentes, y una belleza que no hace sino acentuar la desazón y el delirio en el que nos acaba sumiendo. Extraña, macabra, visceral, traumática, está claro que Midsommar no es una película para todos los públicos, sino que está en su naturaleza dividir. Sus escenas pueden estomagar, su duración puede pasar factura y el excentricismo perverso de Aster puede atragantarse. Pero si uno entra en su cegadora y alucinógena propuesta, obtendrá en recompensa un viaje cinematográfico imposible de olvidar.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Detroit

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Kathryn Bigelow es una de las cineastas más comprometidas y valientes de Hollywood. Así lo evidencian sus dos películas más aclamadas, En tierra hostil (por la que se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a mejor dirección) y La noche más oscura (Zero Dark Thirty), y así vuelve a demostrarlo con su nuevo trabajo, Detroit, una desgarradora reconstrucción histórica que se adentra (hasta el cuello) en los violentos disturbios raciales de la Norteamérica de los años 60.

Haciendo uso una vez más del estilo cinéma vérité, Bigelow nos lleva al pasado con Detroit para hacernos reflexionar sobre un tema que, tristemente, sigue tan de actualidad hoy como hace cincuenta años: el racismo sistémico, institucional y estructural, y uno de sus síntomas más evidentes, la brutalidad policial en contra de las minorías raciales, males que se han visto magnificados en los últimos años en torno a la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.

Detroit transcurre durante el verano de 1967 en la malograda ciudad de Michigan, y está basada en hechos reales muy poco conocidos de la historia estadounidense, sobre los que Bigelow arroja luz (mediante unas cuantas licencias dramáticas, todo hay que decirlo). La película sigue a los miembros de un elenco coral mientras en las calles de Detroit se empieza a fraguar uno de los mayores levantamientos civiles del país, y culmina en la redada policial del motel Algiers, en la que un grupo de jóvenes, en su mayoría afroamericanos, sufrieron todo tipo de vejaciones por parte de los agentes locales.

Bigelow, y su guionista habitual, Mark Boal, construyen una durísima historia que se cuece a fuego lento, que comienza de forma relativamente pausada para acabar transformándose durante su bloque central (en el que tiene lugar la redada) en una de las experiencias cinematográficas más intensas, incómodas y demoledoras que vamos a vivir en mucho tiempoDetroit busca la veracidad en su manera de aproximarse a la historia, potenciando el realismo con imágenes documentales y propiciando la inmersión del espectador, que de cumplir su objetivo, se verá completamente abordado por el terror, la rabia y la impotencia a medida que los acontecimientos se van desencadenando.

Una de las mayores bazas de Detroit es su excelente reparto, del que destacan John Boyega (Star Wars: El despertar de la fuerza), que transmite con gran contención dramática la rectitud moral, la inteligencia y el dolor de un personaje profundamente humano, y especialmente un soberbio Will Poulter, que interpreta al agente de policía que convierte la redada en el motel en su sádico juego de tortura. Si existe la justicia, Poulter será debidamente reconocido en la temporada de premios, ya que ostenta el honor de haber creado a uno de los personajes más despreciables y enervantes, y por tanto inolvidables, del cine reciente. Pero es que el resto del cast brilla igualmente: la revelación Algee Smith (en cierto modo, el corazón de la película), una estupenda Hannah Murray (Skins, Juego de Tronos) o Anthony Mackie (Los Vengadores) en un papel pequeño pero intenso son solo ejemplos de la gran labor interpretativa que recorre toda la película, en la que todos están al 100%.

Sin embargo, la verdadera protagonista de Detroit es la magistral dirección de Bigelow, un trabajo audaz, de pulso increíble, que debería garantizarle otra nominación al Oscar. El único inconveniente que se le puede poner a la directora (y a su guionista) es el sensacionalismo con el que recargan algunas escenas, que queda de alguna manera expuesto cuando en los créditos finales se explica que hay muchas lagunas en los documentos sobre la noche del Algiers que Bigelow y Boal se han encargado de rellenar a su antojo. A pesar de esto (o quizá en parte por esa razón), Detroit consigue con creces su propósito de impactar, remover conciencias y estómagos e incitar el debate. Puede que su valor documental no sea el más riguroso, pero su poder como pieza de ficción es enorme y la convierte en la primera película obligatoria de la temporada.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Free Fire

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¡BANG! Boston no está situado en la costa oeste, pero el lema de su estado no tiene nada que envidiar a ninguna de las máximas pos las que se regía el lejano oeste: “con la espada buscamos la paz bajo la libertad”. ¡BANG! Tampoco estamos en el siglo XIX, sino a finales de los setenta, pero mal que nos pese, algunos siguen pensando que las diferencias se arreglan a palos en vez de dialogando. ¡BANG! Después de hacer que nos devanásemos la sesera con su polémica High-Rise, Ben Wheatley (Turistas) desenfunda para dispararnos a bocajarro una bala de adrenalina y despiporre que tiene grabada nuestro nombre. ¡BA…! (la bala se encasquilla) Bienvenido al lejano oeste bostoniano y setentero de Free Fire! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

De todos es sabido que un almacén abandonado es el lugar más idóneo para llevar a cabo los trapicheos más chungos. Aunque si algo nos ha enseñado el cine sobre este tipo de encuentros noctámbulos es que, a pesar de las condiciones favorables del emplazamiento (privacidad, oscuridad, silencio absoluto…), los planes siempre suelen salir mal. Sino que se lo digan a los pintorescos señores de Reservoir Dogs, cinta con la que esta Free Fire se encuentra hermanada. Pero a pesar de que no rueden orejas, la explosión de violencia de Free Fire supera con creces a la de la ópera prima de Quentin Tarantino, tanto en términos de duración, como de volumen y veracidad.

free-fire-posterCasi sin querer, Wheatley monta un O.K. Corral entre una banda de terroristas irlandeses (en ningún momento se nombra la organización a la que pertenecen, pero presumiblemente estamos ante miembros del actualmente extinto IRA) y los traficantes de armas con los que se han citado. Tras una media hora de tensa calma y humor cafre que exuda testosterona, da comienzo el tiroteo. Durante su hora de duración, este intercambio de balas es una lección magistral de cómo entretener al respetable haciendo que este no pierda la atención ni un solo segundo. Wheatley completa las líneas de diálogo de sus personajes con balas, teniendo éstas tanto valor o más que las propias palabras que salen de sus bocas.

Estas balas divierten, pero también agobian. Desde Green Room, no se sentía un agobio tan puro viendo la película. Pero mientras que el nerviosismo provocado por la obra de Jeremy Saulnier nos provocaba miedo y asco (en el buen sentido), la congoja de la de Wheatley nos provoca carcajadas y cierto interés por ver quién es el próximo en palmarla. Todo lo contrario de lo que sentíamos con cada muerte de Green Room, que dolían y mucho.

Nuestros padrinos principales en el duelo son dos pistoleros que nunca decepcionan: Brie Larson (La habitación) y Cillian Murphy (Peaky Blinders), pero que en esta ocasión se dejan ganar la partida interpretativa por un bellísimo y socarrón Armie Hammer (Operación UNCLE) y un bocazas e insoportable Sharlto Copley, el chico Blomkamp por excelencia. Otras destacables caras conocidas que se dejan disparar son la de Sam Riley (Control) y la del futuro novio de Hollywood Jack Reynor (Sing Street).

Free Fire ni carga, ni apunta, solo dispara… dispara, dispara y dispara hasta que no queda nadie sin una bala entre pecho y espalda.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Sing Street

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Así como el videoclip mató a la estrella de radio, Internet hizo lo propio con la figura del hermano mayor. La consolidación de la red de redes como servidor supremo de información trastocó el modelo de la recomendación musical. Lo que hasta ese momento había sido una labor docente realizada de manera casi exclusiva por la figura del hermano mayor (o padre o tío enrollado) se convirtió de buenas a primeras en una investigación libre e independiente, sin ningún tipo de censura previa, uno de los pilares del programa mentor del hermano mayor.

Sing Street recoge los últimos coletazos del hermano mayor como dios supremo descubridor de artistas y poseedor de la verdad absoluta. Como si de un documento histórico se tratase, podemos comprobar en varias escenas los diferentes momentos de esa tutoría musical: desde el autocomplaciente “no es posible que no hayas escuchado esto” segundos antes de pinchar un tema por primera vez a las introducciones al más puro estilo Wikipedia a la hora de explicar las motivaciones, filosofías y opciones estilísticas de los grupos. El Brendan de Sing Street es el paradigma de hermano mayor. Un ser que lo sabe todo y que domina el arte de transmitir ese conocimiento. Un halo de leyenda que se ve amplificado por cierta semejanza entre Jack Reynor (Macbeth, Transformers: La era de la extinción), el actor que interpreta al hermano mayor en esta película, y el Andy Dwyer de Chris Pratt en Parks and Recreation.

Pero por desgracia, Sing Street no se centra en la relación fraternal, sino en la lucha del hermano pequeño por conseguir su identidad, el éxito musical y el corazón de la chica de turno. Un viaje personal que podría haber tenido un mínimo de interés si su director aparcase sus ansias de crear la feel good movie de la temporada. Un acto que no tendría nada de malo, ni debería sorprendernos, ya que estamos ante John Carney, director de Once y Begin Again. Pero esas ínfulas se vuelven dañinas cuando intenta mostrarnos el drama, cuando quiere conseguir que la shit sea real. Carney cumple medianamente con el aspecto más luminoso del film: las enseñanzas musicales del hermano mayor, alguna escena entre los chavales durante la grabación de sus videoclips, y logra hasta que la femme fatale principante tenga cierto aire a la portada de “Rio” de Duran Duran; pero fracasa absolutamente a la hora de dar cierta profundidad o dramatismo a la acción del film. Los problemas en casa, el bullying que sufre el protagonista en el colegio, su existencialismo de principiante… todo es un gran naufragio (pun intended) que Carney parece no vislumbrar.

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Duran Duran, The Cure, Spandau Ballet o The Clash son algunos de los grupos que Brendan enseña a Conor y que él utilizará como influencia a la hora de crear las canciones para su alter ego, Cosmo. Una simpática idea que regala los mejores momentos del film, las llegadas a la escuela de los adolescentes disfrazados de las bandas que han conocido musicalmente la noche anterior, y también alguno de los más flojos, la mayor parte de las canciones originales. Se acepta que los temas tengan cierto aire principiante (buscado o no) y hasta su grandilocuencia, pero lo que no se debe permitir es su pésima utilización durante el metraje. La repetición del patrón aprendizaje-creación-desengaño-revisión-canción-éxito provoca cierto cansancio. Pero ese agotamiento termina por convertirse en malestar cuando Carney intenta dotar de cierta grandeza a las canciones creando momentos épicos de pacotilla, cuyo epítome es la larguísima escena de la actuación en la escuela, que parece más bien un vídeo promocional de cara a la categoría a mejor canción original en los Oscar, o su sonrojante final.

Sing Street es una película buenrollera que podría haberse quedado en la categoría de olvidable, pero que se convierte en molesta por sus presunciones de película generacional.

David Lastra

Nota: ★★

Crítica: Noche real

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Mayo de 1945. La II Guerra Mundial ha tocado a su fin, y tanto en las calles de Londres como en el Palacio de Buckingham se preparan para celebrarlo. En la residencia real, el Rey Jorge (Rupert Everett) ensaya su discurso con ayuda de la Reina (Emily Watson), mientras que las jóvenes princesas, Isabel (Sarah Gadon) y Margaret (Bel Powley), anhelan unirse al pueblo en la calle para vivir tan señalada ocasión de cerca, sin aburridas ceremonias protocolarias. Ante la insistencia de las princesas, los reyes les dan permiso para que salgan de incógnito y se sumen a las celebraciones, pero no sin llevar escolta (dos despistados guardias reales), con un itinerario pre-establecido y por supuesto, toque de queda. Sin embargo, las hermanas tienen otros planes, y están decididas a vivir una noche inolvidable, pase lo que pase.

Julian Jarrold, realizador de BBC y uno de los directores más destacados del cine de época británico (suyas son La joven Jane Austen Retorno a Brideshead), firma esta Noche real (A Royal Night Out), una cinta histórica que cuenta en clave de comedia los hechos reales de la noche del 8 de mayo de 1945, el “Victory Europe Day”, en Londres. Las aventuras de la princesa Isabel, enfermera del ejército y futura reina Isabel II, y su pizpireta hermana pequeña, proporcionan el material idóneo para realizar una divertida screwball comedy, una cinta de enredos que transcurre a lo largo de una sola noche (ese subgénero que nos ha dejado maravillas como Jo, qué noche!, Nick y Nora o Aventuras en la gran ciudad) y hace del humor pícaro y amable y el slapstick su mejor baza.

noche realLa sencillez y absoluta falta de pretensiones de Noche real hacen de ella un pasatiempo ligero y agradable. Jarrold no pretende que su película pase a la historia del cine, sino simplemente ofrecer hora y media de asequible distracción. Y es que lo que al film le falta de enjundia, lo compensa con creces gracias a grandes dosis de elegancia, encanto e ingenuidad, personificadas en sus dos protagonistas: la exquisita Sarah Gadon y la robaescenas Bel Powley. La actriz todoterreno de The Diary of a Young Girl ofrece una interpretación efervescente con la que se lleva la película de calle (el futuro es suyo). Sin embargo, Isabel y Margaret no tardan en separarse, la primera para vivir un enamoramiento fugaz con un militar (Jack Reynor), y la segunda para hacer suyo el dicho “la noche es joven”. A partir de ahí, la trama de Noche real se basa en la misión de reencontrarse, lo que llevará a las hermanas a vivir aventuras por separado en las partes más sórdidas de la ciudad. Pero Noche real no está interesada en el drama, sino que se mantiene luminosa y liviana en todo momento.

Noche real es un cuento clásico sobre la condición humana y el deseo de normalidad de la realeza (El príncipe y el mendigoAladdin), pero no busca lo trascendental, sino que se conforma con ser un romance sin complicaciones y una comedia de enredos inofensiva. Su brevedad y ritmo alegre hacen que, a pesar de ser poca cosa, agrade mucho.

Nota: ★★★

Crítica: Transformers – La era de la extinción

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Lo de “la avaricia rompe el saco” no es algo que preocupe especialmente a Michael Bay, más que nada porque por mucho que estire la cuerda, por mucho incluso que se rompa, sabe que el público acudirá en masa a ver sus películas, siempre manufacturadas para reventar la taquilla estival, para proporcionar una vía de evasión en los aburridos días de verano. Por eso la saga Transformers continúa, porque a pesar del clamor popular (que dice que cada vez son peores), el público sigue convirtiendo estas películas en éxitos masivos de la box office (está claro que no aprendemos). Bay firma este año la cuarta entrega de la franquicia de los alienígenas robots de HasbroTransformers: La era de la extinción, reafirmándose una vez más en su personal estilo, y proporcionando al espectador exactamente lo que espera de su cine. Algo positivo y negativo a partes iguales.

Bay es un auteur  de blockbusters, eso está claro. Sí, es un narrador desastroso -se dice que sus guiones son en realidad una sinopsis y él simplemente rueda escenas para luego amontonarlas en la sala de montaje-, y un realizador lleno de vicios -esos trávelings de lado, esos contrapicados, los besos a contraluz, la fotografía iluminada por el cegador atardecer, la cámara en constante movimiento y los planos sobrecargados de información visual-, lo que lo convierte en un cineasta muy limitado técnica y artísticamente, pero tiene claras cuáles son las armas que mejor le funcionan. No es un buen artista, pero es un gran vendedor. Sin embargo, con este pseudo-reboot que supone Age of Extinction, el director confirma lo que sospechamos desde aquella infame segunda parte, que estas armas se han descargado completamente. Ni el lavado de cara del reparto -el prolífico y taquillero Mark Wahlberg recoge el testigo del polémico Shia LaBeouf– sirve para salvar La era de la extinción, un desastre fílmico sin remedio que confirma que los Transformers se han quedado en la Tierra más tiempo del que estaban invitados.

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

La primera entrega de la saga, estrenada en 2007, conquistaba a muchos aficionados al blockbuster (entre los que yo me incluyo) gracias a su combinación de aventuras a la vieja usanza (a ratos incluso muy spielbergianas), humor absurdo (y más inspirado de lo esperable, hemos de reconocer) y los efectos digitales mejor realizados e integrados desde Parque jurásico. Lo que funcionaba en la primera película, que partía de una premisa tan alocada que muy pocos confiaban en ella, dejó de surtir efecto en las dos siguientes, desplazando la atención a lo estúpido de la propuesta, algo que no debería pasar en una superproducción fantástica de esta naturaleza. Con La era de la extinción, Bay repite la jugada, y levanta un exorbitantemente caro y grandilocuente espectáculo visual en el que la acción no da tregua al espectador, hasta el punto de que este puede acabar ahogado por ella. Como es habitual, la confusión y el caos reina durante todo el metraje (la mitad parece reciclado de las anteriores películas) y además en esta ocasión los efectos digitales están por debajo de la media -planos aparentemente a medio acabar, criaturas digitales menos realistas y una sensación general de estar viendo un videojuego en pantalla grande. Por si eso fuera poco, las escenas de acción protagonizadas por los humanos están tan mal ejecutadas que en todas ellas identificamos constantemente a los dobles de riesgo (véase la escena de los tejados), una chapuza que no debería ocurrir en algo como Transformers.

Afortunadamente, Bay ha rebajado el tono y ha pulido el humor, algo más sobrio que el de las anteriores entregas, que resultaban excesiva y ridículamente infantiles. En esta ocasión lo dosifica mejor, entre explosiones, gente corriendo y (vergonzosas) dosis de melodrama familiar y romance, aunque sigue manifestando un encefalograma plano cómico, con una total dependencia del chiste fácil. Los humanos nunca han sido importantes en esta saga, pero La era de la extinción se apoya en gran medida en el supuesto carisma de Mark Wahlberg, que se une a la patriótica franquicia interpretando a Cade Yeager, un entrañable padre soltero de la Texas rural (en algunas escenas nos preguntamos si estamos viendo en realidad Friday Night Lights), experto en tecnología transformer. Además de salvar el mundo, Yaeger tiene que velar por la seguridad de una hija adolescente, Nicola Peltz (la tía buena de recambio), con la que desarrolla una química extraña y artificial que aparta a su verdadero donjuán, Jack Raynor. Ni nos creemos a Wahlberg como padre protector ni a Peltz como hija adolescente -Hollywood nos ha malacostumbrado y no podemos evitar verlos juntos sin pensar en que él le debería estar tirando los tejos a ella como buen chulo de playa que es-, lo que provoca que los cimientos “dramáticos” de la película (si es que alguno hubiese) se desmoronen y la inverosimilitud se imponga. Paradójicamente, son los protagonistas humanos los que dan lugar a esto, y no los robots gigantes caracterizados como moteros con barba y puro o como samurais…

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Pero lo peor de Transformers: La era de la extinción no es su embrollado argumento (del que no hace falta contar nada), su pueril sentido del humor, su machismo de serie, sus risibles villanos, sus one-liners de vergüenza ajena (“Mi cara es mi garantía”), el almibarado componente romántico (ese “Nos protegen las leyes de Romeo y Julieta” hace daño), el insultante product placement que plaga toda la película, o Wahlberg (él lo es casi). De hecho, lo peor tampoco es lo vacuo de la propuesta, porque es algo que todos esperamos de ella, y además con ganas (ya sabéis, apagar la mente y dejarse llevar no está mal de vez en cuando). Lo peor de Transformers: La era de la extinción es su desorbitado e inhumano metraje, que alcanza casi las tres horas y nos acaba sumiendo en un profundo estado de entumecimiento y desesperación para luego acabar de la manera más abrupta posible, evidenciando así dos cosas que ya sabíamos: que no era necesario que la película fuera tan larga y que Bay no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y no sabía cuándo parar. A Transformers: La era de la extinción no sale del entuerto ni con los dinobots, que, a pesar de figurar prominentemente en la campaña de márketing, solo hacen acto de presencia en los últimos minutos de la película. Por todo esto, y aunque el testarudo de Bay se niegue a aceptarlo, la saga Transformers debe ser extinguida, o al menos criogenizada durante unos cuantos años.

Valoración: ★★