Veronica Mars (Temporada 4): Seguimos siendo amigos

Recordamos 2004 como el año en el que la televisión tal y como la conocíamos cambiaba para siempre. El estreno de Perdidos Mujeres desesperadas inauguraba una nueva era de serieadicción, auspiciada por las nuevas formas de consumo de televisión. Ese mismo año nacía otra serie que, si bien no lograba el impacto cultural inmediato de las dos mencionadas, sí se ganaría con el tiempo su merecida reputación como una de las series de culto más queridas de la televisión moderna, Veronica Mars.

La serie, creada por Rob Thomas, nacía en la difunta UPN, sorprendiendo por su inteligente fusión de serie adolescente y misterio detectivesco neo-noir. Tras dos temporadas dio el salto a la CW, donde fue cancelada prematuramente. Los fans (conocidos como marshmallows) hicieron todo lo posible por salvarla, pero no hubo suerte. Antes de que Netflix se convirtiera en el gigante que es hoy y se ganase la reputación de salvar series canceladas y rescatar glorias del pasado, Thomas recurría a la plataforma de crowdfunding Kickstarter para darle a su creación la segunda oportunidad que tanto merecía. Así nacía en 2014 la película de Veronica Mars, todo un regalo a los fans -aunque técnicamente estos pagaron para que existiera.

En 2019, el revival nostálgico ya es una constante en televisión. Todo vuelve, y Veronica no iba a ser menos. La película nos sacó una espinita clavada dándonos algo de clausura tras aquella injusta cancelación, pero a Veronica Mars todavía le quedaba cuerda para rato. Rob Thomas y Kristen Bell sabían que había más historias que contar y más casos que resolver, y ambos estaban deseando volver a Neptune tanto como nosotros. Solo había que encontrar el momento y el medio adecuados. Finalmente, Hulu fue la plataforma encargada de producir en Estados Unidos la cuarta temporada de Veronica Mars, con la que muchos llevábamos soñando desde hacía más de una década. Los nuevos capítulos llegaban el 19 de julio en Estados Unidos, mientras que la espera en España ha sido más larga: TNT la estrena el 15 de octubre.

Dejando atrás las temporadas largas con un arco argumental transversal y casos autoconclusivos, la cuarta está concebida como una miniserie de 8 episodios que abarcan una sola investigación. La trama está ligeramente basada en el libro El concurso de los mil dólares, una de las dos novelas que Thomas publicó para continuar la historia tras la película, y cuenta con los personajes originales, a los que acompañan excelentes nuevos fichajes: Patton Oswalt, Kirby Howell-Baptiste, el oscarizado J.K. Simmons e Izabela Vidovic, cuyo personaje parece concebido como relevo generacional para un posible spin-off.

Cinco años después de la última vez que la vimos, Veronica sigue en Neptune trabajando como investigadora privada junto a su padre, Keith (Enrico Colantoni), que se recupera de un accidente. Las vacaciones de primavera (el famoso Spring Break norteamericano) se ven interrumpidas por el estallido de una bomba que acaba con la vida de varias personas. Los Mars se encargan de investigar el caso, cuyas ramificaciones abarcan desde un congresista del estado hasta un cartel mexicano.

La cuarta temporada de Veronica Mars es un viaje al pasado que nos lleva a reencontrarnos con viejos conocidos y recordar (¿mejores?) tiempos. Sin embargo, los nuevos capítulos son mucho más que un mero ejercicio nostálgico. La serie conserva intacto su ADN, pero ha sabido madurar, aprovechando la menor censura de Hulu para explorar más a fondo los aspectos más oscuros de la serie, sin que esto desentone lo más mínimo con lo visto anteriormente. Y es que lo que necesitaba Veronica Mars era poder llevar un paso más allá sus impulsos más adultos (escenas de sexo incluidas) y usar lenguaje malsonante. Aunque, en una divertida jugada metarreferencial, la propia Veronica no puede decir tacos en toda la temporada, exactamente igual que el personaje de Bell en The Good Place.

La evolución de la serie y los cambios en Neptune contrastan con el estancamiento personal de Veronica, que no puede evitar caer en los vicios y errores del pasado. Veronica vive con Logan (Jason Dohring) que, completando su transformación en príncipe azul y héroe a lo Tom Cruise, ahora ejerce como oficial de inteligencia del Ejército estadounidense, lo que le lleva a pasar mucho tiempo fuera en misiones secretas. La vida en pareja va aparentemente bien y su química romántica sigue siendo evidente, pero Veronica aun se enfrenta a sus fantasmas, lo que le lleva a boicotear su felicidad en todos los aspectos de su vida, incluido el amoroso.

La cuarta temporada de Veronica Mars se aleja del fan service que proporcionaba la película (al fin y al cabo la pagamos nosotros y Thomas sintió que debía darnos lo que queríamos) y recupera su autonomía narrativa. La ilusión por un revival puede desembocar en decepción, en esa sensación de “para eso no vuelvas”, pero no es el caso de Veronica Mars, que justifica su regreso con creces. Al menos hasta sus últimos minutos. La temporada culmina con un fatídico final por el que los fans han decidido romper con la serie. Un epílogo frustrante que, según Thomas era necesario, pero que se antoja cuestionable y empaña la felicidad del regreso.

Pero que esto no os desanime. Hasta ese epílogo, la cuarta temporada de Veronica Mars es un ejemplo de cómo hacer un revival. La serie ha sabido madurar y adaptarse sin perder ni un ápice de su esencia, destacando de nuevo por sus diálogos inteligentes, frases memorables y su misterio absorbente. Sigue siendo divertida, ingeniosa y emocionante, Veronica conserva su ácida e irresistible personalidad, al igual que Keith y el resto de personajes son los mismos de siempre. Pero ya no es una serie adolescente, porque su protagonista es una adulta, estancada, como tantas personas de su generación.

En general, el regreso de Veronica Mars es un acto de amor y fe, pero no a los fans (a los que esta vez no han tenido reparos en romper el corazón), sino a Neptune, a los personajes que lo habitan y a una historia que pedía más. Y sigue pidiéndolo después de estos ocho episodios. Puede que Veronica Mars continúe en el futuro con nuevas temporadas y nuevos misterios (Thomas y Bell han expresado su deseo de que así sea, aunque falta confirmación oficial), y aunque para muchos marshmallows (comprensiblemente) ya no será lo mismo, hay que tener fe en Veronica. Se lo ha ganado.

El candidato: Tenemos los líderes que nos merecemos

Lo vemos todos los días. La política convertida en espectáculo, en farándula y cotilleo. Los rumores y escándalos utilizados como estrategia de desprestigio, como arma para derribar al oponente. Las redes sociales han facilitado la tarea, pero antes de su existencia, los encargados de condenar a un político al ostracismo por sus deslices personales eran los tabloides tradicionales. Jason Reitman (JunoUp in the Air) se remonta a finales de los 80 con El candidato (The Front Runner) para narrarnos lo que vendría a ser el origen de la política como circo mediático del corazón.

La película cuenta el ascenso y caída de Gary Hart (Hugh Jackman), atractivo y carismático senador de Colorado de trayectoria intachable y creciente popularidad entre los votantes jóvenes, que pasó de ser el candidato favorito para la nominación presidencial demócrata de 1988 a ver su carrera política truncada por su fama de mujeriego. En el transcurso de apenas tres semanas, El candidato nos cuenta el desarrollo de la campaña de Hart y cómo esta empieza a hacer aguas al salir a la luz la historia de su relación extramatrimonial con una joven, Donna Rice (Sara Paxton), así como el impacto que esto causa en su matrimonio y la sociedad. Antes de Bill Clinton y Monica Lewinsky, el caso de Gary Hart es considerado la primera vez que el periodismo amarillo se mezcló con el político.

Con un guion preciso y repleto de claroscuros morales (co-escrito por Reitman junto a Matt Bai y Jay Carson), El candidato es una apasionante película en la tradición del mejor cine político norteamericano. Reitman plantea muchas cuestiones interesantes alrededor del caso Hart, ramificando el escándalo para mostrarnos las implicaciones y consecuencias en el personal de su campaña, en los medios de comunicación y en su familia, pero no se olvida de ofrecernos la perspectiva de “la otra mujer”, para componer un retrato lo más completo posible de la situación. Es en la relación entre Donna y la consejera de Hart, Irene (estupenda Molly Ephrain) donde encontramos el alegato más moderno y feminista de la cinta, donde descubrimos que las acciones de Hart tienen consecuencias más allá de su familia y su carrera política.

La película recuerda en ocasiones al Aaron Sorkin de El ala oeste de la Casa Blanca, tratando de navegar un mar de contradicciones y encrucijadas morales siempre guiada por la baliza del idealismo y las buenas intenciones. Podría achacársele a Reitman una visión demasiado parcial del asunto, pero lo cierto es que no deja de cuestionar las acciones de Gary Hart. Si bien parece decirnos que la vida personal y las indiscreciones amorosas no deberían ser un factor a la hora de votar a un candidato, sobre todo cuando es tan supuestamente idóneo como el que nos ocupa, también nos plantea el debate de si una persona con la influencia y el poder de Hart debería iniciar relaciones con chicas más jóvenes, comportamiento a examen desde el origen del movimiento #MeToo.

El candidato no aporta nada necesariamente nuevo, pero es un trabajo afanado y meticuloso en todos los aspectos, desde su lograda ambientación y caracterizaciones ochenteras hasta su excelente trabajo de cámara y fotografía, pasando por su absorbente argumento, sus diálogos cargados y un acertado equilibrio entre drama y comedia. Pero si todas las piezas encajan tan bien es sobre todo gracias a la forma en la que Reitman usa a su amplio reparto para cubrir todos los frentes, obteniendo magníficas interpretaciones, ya sea de los personajes secundarios (como J.K. Simmons, Alfred Molina o la siempre perfecta Vera Farmiga) como, por supuesto, del protagonista. En El candidato Hugh Jackman realiza la que es una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo lleno de humanidad y profundidad que debería haber obtenido más reconocimiento en la temporada de premios. Si hay un candidato perfecto, es él.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

[Crítica] Liga de la Justicia: Make DC Great Again

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Que DC se ha encontrado con todos los problemas habidos y por haber para hacer despegar su universo cinematográfico es algo sabido por todos. El caos detrás de las cámaras ha servido como combustible inagotable para titulares alarmistas y sensacionalistas (la mayoría por desgracia ciertos, como hemos ido comprobando), pero no se ha quedado ahí, sino que también, y esto es lo peor, se ha visto reflejado en las películas, pruebas fehacientes de todo lo que ha ido mal durante la producción.

El tibio recibimiento a El hombre de acero la acabó convirtiendo en un falso comienzo. Batman v Superman fue aniquilada por la crítica y dividió a la audiencia, exactamente igual que Escuadrón Suicida, que fue montada y remontada según Warner oía llover. El rayo de esperanza que DC necesitaba llegó con Wonder Woman, la primera película de la etapa moderna del estudio que recibía aplausos casi unánimes. La princesa amazona marcaba el ejemplo a seguir para las siguientes entregas del DCEU: más luz, más humor, y más corazón. Y así llegamos a Liga de la Justicia (Justice League), la esperadísima primera reunión en el cine de acción real de los icónicos héroes de DC, un sueño para tantos fans de los cómics y una película que, aun con sus muchas trabas, sitúa a la saga en el camino correcto.

El problema de DC siempre fue querer empezar la casa por el tejado. Eso, sumado a una falta de visión a largo plazo, actores que no se comprometen del todo con sus personajes, su apuesta por la perspectiva de autor para luego anularla según vire el mercado o la opinión en Internet, y un caprichoso calendario de proyectos que no hace más que cambiar, ha provocado que Liga de la Justicia nazca en las peores condiciones posibles. Por no hablar del ajetreo en la silla del director. Debido a una tragedia personal, Zack Snyder tuvo que abandonar el proyecto hacia el final, siendo sustituido por Joss Whedon, que acudía a DC después de su periplo en Marvel para terminar el trabajo de Snyder y añadir nuevas escenas (a la vez que desechaba muchas otras) con el objetivo de reestructurar la película y modificar el tono. Por todo esto, vaticinábamos un desastre de proporciones mayúsculas, pero lo cierto es que podría haber sido mucho, pero que mucho peor.

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De hecho, Liga de la Justicia es todo lo que cabe esperar de una película de superhéroes clásica, ni más ni menos: épica, ensordecedora, repleta de acción, y sobre todo, muy divertida. Pero lo más sorprendente es que además es narrativamente coherente, un auténtico logro teniendo en cuenta las circunstancias. Unir los dispares universos de Superman, Batman y Wonder Woman a la vez que se introducen (ahora sí de verdad) a los miembros restantes de la Liga, Flash, Aquaman y Cyborg (los tres todavía sin su propia película en solitario) era una tarea complicada, y Snyder, con la ayuda de Whedon, ha salido airoso en la medida de lo posible.

Para hacer converger todos los frentes de la historia se recurre al villano Steppenwolf, del que ya tuvimos un adelanto en Batman v Superman, otra criatura digital sin personalidad que no es más que un catalizador para desarrollar la acción (busca reunir las Cajas Madre para hacerse con su poder infinito) y una excusa para juntar a nuestros héroes. El esquema es muy similar al de Los Vengadores, con Bruce Wayne (Ben Affleck) haciendo las veces de Nick Fury al reclutar uno a uno, con la ayuda de Diana Prince (Gal Gadot), a los componentes de este variopinto equipo de metahumanos.

El primer acto intercala las distintas historias individuales esforzándose al máximo por no atropellarse en exceso con tanta trama, y aunque le cuesta, lo consigue, manteniéndose centrada la mayor parte del tiempo en el objetivo de unir a la Liga para impedir que una nueva invasión extraterrestre acabe con el planeta. Un planeta, por cierto, sumido en la desesperanza, la discriminación y el odio que necesita urgentemente nuevos héroes tras la muerte de Superman (un evidente símil con la Norteamérica de Trump que, tristemente, se queda en nada). En el segundo acto, que arranca con un impresionante primer enfrentamiento con el villano, el supergrupo empieza a tomar forma mientras sus miembros se van conociendo, con el obligatorio choque de egos, pero también mucho sentido del humor y chascarrillos para aligerar de peso la película. Finalmente, el clímax, más precipitado, nos depara otra ruidosa y aturdidora vorágine de destrucción digital como en las anteriores entregas de DC. No obstante, en esta ocasión (sorpresa) no se alarga hasta la desesperación y no desvirtúa lo que se ha visto hasta ese momento.

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Ante todo, lo mejor de Liga de la Justicia son sus héroes, como debe ser, encarnaciones esta vez más atinadas de los populares personajes del cómic. El reparto funciona a las mil maravillas, en especial gracias a las incorporaciones del imponente Jason Momoa y ese nervio puro que es Ezra Miller, dos de los mayores aciertos de DC hasta la fecha. Ellos proporcionan algunos de los momentos más simpáticos del filme (sobre todo Barry Allen, que tiene las mejores frases, aunque también los momentos más vergonzosos, todo hay que decirlo), pero quien funciona como ancla del grupo es Gadot, robando escenas y aportando a la película y al grupo todo lo que hizo de Wonder Woman un triunfo (emoción, motivación, baliza moral), hasta el punto de hacer despertar a Affleck, que no solo ofrece una interpretación sólida, sino que además por momentos hasta parece estar pasándoselo bien. El Batman de Liga de la Justicia supone una mejora enorme con respecto al de Batman v Superman, es más humano, un personaje más definido y congruente, por lo que sería una pena que ahora que se está haciendo con él, Affleck abandonase su compromiso con el Hombre Murciélago. Por último, Cyborg es quizá el eslabón más débil del equipo, pero no por el guion o por la interpretación de Ray Fisher (más que correcta), sino porque es el menos conocido, y por ahora el menos interesante.

Mención aparte merece Superman. Lo de El Hombre Acero podríamos llamarlo “el secreto peor guardado de DC” si en algún momento hubiéramos creído que el estudio deseaba mantenerlo oculto. Clark Kent regresa de entre los muertos cuando más se le necesita. Y no podría ser de otra manera. Superman tenía que formar parte de la primera gran aventura de La Liga de la Justicia como fuera. No desvelaré nada sobre su regreso, porque al menos eso sí se lo han guardado, solo diré que, aunque Henry Cavill siga siendo un Superman ideal y esta vez se haya captado mucho mejor la esencia del personaje, el bigotegate está a punto de estropearlo todo. Como sabéis, el actor británico estaba en pleno rodaje de Misión imposible 6 cuando Warner lo llamó para grabar escenas adicionales de Liga de la Justicia bajo la batuta de Whedon. Este acudió al rescate, pero Paramount (el estudio detrás de MI:6) le prohibió por contrato afeitarse el mostacho que lucía para su película. ¿Cuál fue la solución? Borrarlo digitalmente en las nuevas secuencias de Liga de la Justicia. ¿Y el resultado? Una auténtica debacle. El efecto para eliminar el vello facial es tan chapucero, llama tanto la atención, queda tan mal que no solo sirve para identificar las escenas rodadas a posteriori, rompiendo bastante el fluir de la película, sino que distrae sobremanera de la historia. Para reír por no llorar.

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Además de los seis héroes principales, la película cuenta con secundarios de cada una de sus franquicias individuales (Amy Adams, Jeremy Irons, Connie Nielsen y un largo etcétera), más nuevas incorporaciones, como Amber Heard en el papel de Mera o J.K. Simmons como el comisario Gordon, buenos aperitivos de las próximas entregas en solitario de la franquicia. El reparto es tan numeroso que es inevitable que muchos personajes se queden como “meras” anotaciones a pie de página, pero no importa demasiado, ya que el guion establece claramente desde el principio quiénes son los protagonistas, y Snyder (y Whedon) se encarga de darles a cada uno muchos momentos individuales y en grupo para brillar. Así, Liga de la Justicia logra un equilibrio que parecía imposible, y que, aunque corre el riesgo de romperse en cualquier momento, se mantiene hasta el final.

Pero por supuesto, la cinta también tiene sus problemas, como hemos adelantado. Y no son precisamente insignificantes. Ya hemos mencionado a Steppenwolf (que a pesar de no llegar al nivel de despropósito de los malos de Escuadrón SuicidaWonder Woman, no está a la altura de la ocasión), y al verdadero villano de la película, el no-bigote de Henry Cavill. Pero también hay que criticar la objetificación sexual a la que se somete a Wonder Woman de nuevo bajo la mirada masculina (los planos recreándose en sus nalgas y escote son frecuentes), especialmente indignante después de lo que Patty Jenkins hizo con el personaje -aunque no lo suficientemente grave como para estropear todo lo que la convierte en uno de los puntos más fuertes de la película. Y por encima de todo, está la inconsistencia formal que tanto ha mermado las anteriores producciones de DC, y que aquí se ve magnificada por la presencia de dos directores cuyo trabajo no se ha podido unir sin costuras. La paleta cromática, el CGI, el aspecto de los actores y la iluminación difieren tanto entre escenas que hacen que el acabado visual sea mucho menos atractivo de lo deseable.

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Aun con todo, Liga de la Justicia es mucho mejor de lo que debería. El reparto está fantástico y la química salta a la vista, la acción es brutal (agotadora, sí, pero mucho menos embarullada y confusa que de costumbre), no se cae en el exceso de solemnidad ni se abusa demasiado de la cámara lenta (es decir, el snyderismo se ha rebajado, afortunadamente), los diálogos son acertados tanto a nivel cómico como dramático la mayor parte del tiempo, y con dos horas justas de duración, el metraje no se alarga innecesariamente, dejando poco espacio para el aburrimiento.

El éxito de Wonder Woman ha ayudado a establecer un tono más equilibrado, más ligero, lo que debería animar a ser menos exigente con ella, y los aportes de Whedon (si los hemos identificado bien) ayudan a humanizar a los personajes y estrechar sus vínculos cuando más hace falta, redibujando el itinerario de la franquicia hacia un futuro más optimista. Liga de la Justicia es un espectáculo muy imperfecto, pero también tremendamente divertido y explosivo, puro cine de superhéroes y puro cómic. No es la película de DC definitiva, pero sí una señal de que quizá no todo esté perdido y algún día podamos tenerla.

Pedro J. García

Nota: ★★★

‘El asesinato de un gato’: Noir animalista

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Hacía tiempo que llevaba siguiéndole la pista a un pequeño proyecto cinematográfico titulado Murder of a Cat, por su conexión con el Whedonverso. Concretamente descubrí su existencia en la página de su protagonista, Fran Kranz, uno de los miembros del reparto de Dollhouse La cabaña en el bosque. Su premisa me llamó la atención y la participación de Kranz me pareció suficiente excusa para estar pendiente de su trayectoria comercial. Por eso me alegró mucho saber que Divisa Home Video iba a editarla en España en Blu-ray y DVD. Qué mejor oportunidad que esta para verla por fin y añadirla a mi videoteca.

Dirigida por la desconocida Gillian Greene (que cuenta con un corto y un episodio de la Battlestar Galactica original en su breve curriculum), El asesinato de un gato (gracias por no inventar un título absurdo para vender otra cosa) cuenta la historia de Clinton Moisey (Kranz), un adultescente estancado que cumple todos los requisitos del arquetipo del treintañero fracasado, concretamente de su variación yanqui: todavía vive con su madre (se aloja en el sótano), se dedica a diseñar figuritas de acción artesanales, se pasa el día en bata y zapatillas, y ocupa su tiempo en vender sus pertenencias e intentar lanzar su línea de figuras en un puesto en el jardín, respondiendo a las provocaciones de su vecino, un niño que se pasa a diario por ahí. Por suerte, Clinton cuenta con el apoyo de su mejor amigo, su gato Mouser.

Su mundo se derrumba cuando una mañana Clinton se despierta y descubre a Mouser ensartado por una flecha enfrente de su casa. Ya que la policía local no está muy por la labor de investigar el homicidio animal (de hecho, el sheriff -J.K. Simmons- está más interesado en ligar con su madre), Clinton se embarca en una misión en solitario para averiguar quién mató a su amigo. Esto le lleva a conocer a Greta (Nikki Reed), que resulta ser también dueña del gato, ya que el animal ha estado haciendo doblete en casa de ambos. Juntos investigan lo ocurrido, destapando un complot mucho más complejo de lo que parecía, que involucra la tienda y a su dueño, la celebridad local Al Ford (Greg Kinnear), y descubriendo que puede que todo sea un plan del destino para unirlos.

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Además de la presencia de Kranz y Reed (que participó en In Your Eyes, escrita y producida por Joss Whedon), y tres fantásticos veteranos, el ganador del Oscar J.K. Simmons, el desaprovechado Greg Kinnear, y la madre de Will Truman (y Gwyneth Paltrow), Blythe DannerEl asesinato de un gato cuenta con otro nombre conocido en su producción, el de Sam Raimi. Lo cierto es que su estilo no está demasiado presente en la cinta, y de hecho se podría haber beneficiado de un mayor peso de la comedia y algo más de riesgo para salirse de lo convencional, como el argumento invita a hacer, pero no nos falta uno de sus sellos de autor: un cameo de su hermanísimo, Ted Raimi, que provocará más de una sonrisa cómplice.

El asesinato de un gato es una cinta indie de bajo presupuesto, modesta y simpática, que propone una resultona fusión de noir, aventura y comedia romántica para contar la historia de tres personajes estancados en sus vidas, con un guion lleno de giros y misterios que se atreve a hacer reverencia a Arthur Miller (no en vano, el personaje de Al compara su vida con Muerte de un viajante). El asesinato de Mouser está tratado con humor, pero también con respeto. Nunca hay bromas a costa de que se trate de un animal o del dolor de su dueño (aunque Kranz esté igual de estridente que siempre), lo que añade puntos a la película, que además cuela una velada crítica a la distribución de armas en Estados Unidos, aunque en este caso no se trate de pistolas, sino de ballestas.

Asesinato de un gatoCaracterísticas de la edición

El asesinato de un gato (Murder of a CatDivisa Home Video)
EE.UU., 2014, 96 min.

SONIDO: Dolby Digital Plus 5.1
IDIOMAS: Español, Inglés
SUBTITULOS: Español
RATIO: 1,78:1
CALIFICACIÓN EDAD: 7

Extras: Tráiler

Crítica: Zootrópolis

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No cabe duda de que Buscando a Dory será un gran taquillazo y una secuela de calidad (o eso esperamos), pero Pixar lo va a tener difícil este año para superar a su compañera de oficina, Disney. La compañía de Mickey Mouse, precisamente bajo la supervisión del propio John Lasseter, parece haber encontrado por fin su mojo, y después de los éxitos de FrozenBig Hero 6, nos trae la que será sin duda una de las mejores cintas animadas de 2016, Zootrópolis (Zootopia), un estallido de energía, color e imaginación lleno de grandes personajes con el que Disney eleva considerablemente el listón del cine de animación por ordenador.

La premisa y argumento de Zootrópolis no son necesariamente originales: Judy Hopps (Ginnifer Goodwin) es una chica de campo que tiene un sueño, ser policía en la gran ciudad. Con tesón y mucho trabajo, Judy se convierte en la primera coneja del cuerpo de policía de Zootrópolis, una imponente urbe donde los mamíferos (depredadores y “presas”, carnívoros y herbívoros) han evolucionado y viven en (caótica y estresante) armonía, organizados en cuatro barrios según su hábitat (Sahara Square o Tundratown, por ejemplo). Sin embargo, Judy se encuentra con mil y un obstáculos para demostrar que es algo más que una “conejita tonta” y que puede ser una gran agente a pesar de su tamaño. Con ese objetivo en mente, se autoadjudica un misterioso caso que su distrito no es capaz de resolver: una serie de desapariciones en Zootrópolis que parecen esconder una conspiración relacionada con los depredadores de la ciudad. Para llevar a cabo su misión, Judy se alía con Nick Wilde (Jason Bateman), un zorro granuja que se gana la vida cometiendo fraudes en la calle, y que también se enfrenta a sus propios obstáculos en la vida: en Zootrópolis, nadie se fía de un zorro, por el mero hecho de serlo.

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Como decía, la idea es más bien convencional, una historia clásica de superación con buenas dosis de espíritu motivacional y la lección disneyana por excelencia: “con esfuerzo, cualquier sueño se puede hacer realidad”, o su variación “puedes ser cualquier cosa que te propongas”. Pero lo que hace de Zootrópolis una película extraordinaria a pesar de su carácter formulaico es su inagotable ingenio, que toma forma en un guion inteligente repleto de hallazgos y ocurrencias gracias al que no deja de sorprender ni un solo minutoZootrópolis es una aventura de ritmo endiablado (no decae en ningún momento), un misterio absorbente, y ante todo, una comedia excelente. Su mayor acierto es haber traducido las idiosincrasias particulares a cada especie animal al lenguaje moderno de la gran ciudad, respetando detalles como las escalas de tamaño (aquí los animales son atropomorfos, pero los ratones son minúsculos y viven en su propia mini-ciudad, y las jirafas saludan desde dos pisos de altura) o usando (pero nunca abusando de) las nuevas tecnologías, con gran presencia de los móviles (bien empleados más allá de la típica gracieta, dándole un aire más cercano y contemporáneo a la historia). Esta yuxtaposición (versión para todos los públicos de lo que está haciendo BoJack Horseman en televisión) ayuda a darle la vuelta a los tópicos y genera una fuente inagotable de gags físicos y chistes geniales, de los que sin duda destaca el encuentro con los perezosos, que aquí, evidentemente, son funcionarios de Tráfico. Sencillamente una de las mejores secuencias cómicas que vamos a ver este año.

Con Zootrópolis, las carcajadas están aseguradas durante todo el metraje (y no solo gracias a los perezosos, ojo, que aparecen solo en un par de escenas). Pero la película es mucho más que eso. Zootrópolis es una historia con muchas capas, una película familiar que se experimenta a varios niveles, y que los niños y los adultos pueden disfrutar por motivos distintos, como suele ocurrir con los títulos de Pixar. No llega a ser tan compleja como Inside Out, pero sí se encarga de apelar al adulto en todo momento, con escenas que podrían ser consideradas muy atrevidas para los estándares de Disney (por ejemplo, la del balneario nudista regentado por un yak “fumado”), secuencias de acción más violentas y oscuras de lo habitual (peleas muy viscerales, o “animales”, heridas visibles, incluso algún susto) y (algo más que) guiños a cosas tan adultas como El PadrinoBreaking Bad, que hacen referencia a temas escabrosos como la mafia o las drogas, y que, evidentemente, solo podrán entender los más mayores (que gozarán de lo lindo, claro). Pero sin duda, el valor más importante de Zootrópolis, tanto para niños como para adultos, es su poderoso mensaje feminista y de denuncia contra los prejuicios raciales y culturales. Esto es lo que hace de la película un producto de nuestro tiempo, una auténtica lección de valores que hace partícipes a los niños de la lucha moderna contra el sexismo y el racismo. Como debe ser.

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Zootrópolis está hecha con un detallismo apabullante y una entrega absoluta en todos los departamentos. A nivel narrativo, puede ser imprevisible, desbordantemente creativa, buenrollista pero mordaz, y cuenta con un guion maduro, con elementos de misterio, crimen, y giros sorprendentes que mantienen la historia siempre viva y en constante movimiento, a pesar de dividirse en actos siguiendo la fórmula establecida. También hay que destacar el trabajo de doblaje (en versión original), con notables interpretaciones por parte de Idris Elba, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia SpencerAlan Tudyk (en la que es su cuarta colaboración consecutiva con Disney) o Jenny Slate. Y por supuesto, hay que elogiar especialmente a Goodwin y Bateman, que aportan a sus personajes una gran naturalidad y emociones reales (no hay más que ver el llanto de Judy en su precioso reencuentro al final), lo que resulta en una gran química entre ellos. Por último, aunque no haga falta decirlo, Zootrópolis es un triunfo técnico absoluto, una película muy física y de una gran fuerza visual. La animación es brutal (¡qué expresividad corporal y facial!), los diseños de personajes -homenaje en clave moderna a Robin Hood– son una delicia (un sueño para el fandom furry), las texturas se pueden sentir en la yema de los dedos, la acción es vertiginosa y los muy diversos ambientes y escenarios que conforman la metrópolis dejan sin aliento.

Claro que, como ya hemos señalado, este film también supone un salto considerable en la trayectoria moderna de Disney al llevar un paso más allá su mensaje, convirtiendo una fábula modélica de crecimiento personal protagonizada por una chica que se eleva por encima de sus circunstancias y sus opresores en un manifiesto en contra de los prejuicios sociales y la estereotipación, un proyecto de futuro que propone un mundo (una utopía) donde nadie sea juzgado o dado por sentado debido a su especie (raza/condición/sexo). Zootrópolis no es solo un regalo para la vista, una bonita historia de amistad y una irresistible aventura cómica, también es una valiosa obra de ficción que, de convertirse en clásico, contribuirá a dar forma a las próximas generaciones de adultos de la mejor manera posible.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Terminator Génesis

Chuache

Olvidad todo lo que sabéis sobre la saga Terminator. Mejor, olvidad todo lo que sabéis en general, porque de poco os va a servir para enfrentaros a Terminator Génesis (Terminator Genisys). El director, Alan Taylor (Thor: El mundo oscuro), y los guionistas, Laeta Kalogridis y Patrick Lussier, nos piden que hagamos como si Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003) y Terminator Salvation (2009) no hubieran existido nunca. No hay problema, creo que la mayoría ya lo habíamos hecho sin que nos lo pidieran. Terminator Génesis es secuela, precuela y reboot, todo a la vez, una película que trata de recuperar el espíritu y la estética de las dos entregas de James Cameron a la vez que propone un nuevo futuro (mejor dicho, una infinidad de futuros) para la popular saga de acción. Pero para ello, primero cambia las reglas del juego, reescribe las normas de su universo y se monta un fregao narrativo del que, obviamente, le cuesta mucho salir.

En Génesis nos volvemos a encontrar con el Terminator que convirtió en estrella a Arnold Schwarzenegger, pero ya no es la misma máquina de matar implacable programada para aniquilar a Sarah Connor. Continuando el proceso de humanización que Cameron inició en El juicio final, el robot es ahora un Guardián al cuidado de la madre de John Connor (Jason Clarke). El T-800 ha envejecido (porque el tejido sintético del que está hecho también se deteriora con el tiempo al ser igual que el humano) y ahora (en 1984) es el mayor aliado de Sarah (Emilia Clarke), una figura paterna que la lleva protegiendo desde que era una niña y a la que esta llama Abuelo (“Pops” en inglés). La nueva línea temporal que nos presenta Génesis tiene su origen en el futuro, donde Kyle Reese (Jai Courtney) es enviado por John Connor (sin saber que este es su padre) para proteger a Sarah en 1984, cuando supuestamente aun era una camarera indefensa y asustadiza. Sin embargo, al llegar allí, Reese descubre que algo ha borrado el pasado que creían conocer, creando a su vez una nueva amenaza en el futuro (2017 concretamente), que deben detener antes de que provoque otro Día del Juicio Final.

TERMINATOR GENISYS

El argumento de Terminator Génesis es mucho más enrevesado y retorcido que eso, pero tratar de desenredarlo sería en vano. Ni siquiera los guionistas de la película parecen tener muy claro lo que están contando, y la abundancia de diálogos explicativos sobre física cuántica y paradojas temporales no ayuda, es más, provoca el efecto contrario al deseado: la historia no está cimentada en unas reglas sólidas (aparte de las del caos), la confusión del espectador es inevitable y las lecciones de física (repetitivas y embarulladas) provocan la risa. Al final, cualquier cosa vale con tal de resetear el universo Terminator y facilitar posibles entregas futuras que permitan idear historias más lineales y cuya mitología no se convierta en su mayor enemiga. Y eso es exactamente Génesis, un puente entre las películas de Cameron y los nuevos blockbusters de la era digital, pensados casi exclusivamente para la taquilla (la calificación PG-13, la violencia estilizada e inocua, y los desnudos ensombrecidos están a la orden del día) y condicionados por la obsesión del cine comercial con las franquicias y los universos expandidos.

Con una trama tan absurda que se lo pone demasiado fácil a los que hacen los “honest trailers”, Génesis roza constantemente el límite de lo ridículo, pero también tiene muy clara su condición de cine palomitero. Los efectos digitales son sencillamente impresionantes -el Schwarzenegger joven, creado enteramente por ordenador, podrá resultar chistoso a muchos, pero es un gran logro técnico- y la acción no se detiene en ningún momento, acumulando persecuciones, explosiones y toda clase de destrucción, sin duda para distraernos de los sinsentidos y los incontables agujeros narrativos. Génesis contiene algún rastro superficial de comentario crítico hacia la sociedad hiperconectada (¡las actualizaciones de sistema son el enemigo!), lo que contribuye a acercar aun más la saga a nuestro presente, y además, no es una película totalmente desprovista de emociones (los lazos afectivos de los personajes siguen siendo importantes), pero en su mayor parte se limita a hacer estallar cosas y a poner a sus personajes en un estado permanente de huída, algo que puede llegar a resultar agotador.

TERMINATOR GENISYS

Sin embargo, para aliviar el estrés provocado por la acción, Génesis contiene abundantes dosis de humor, función que recae principalmente en un Schwarzenegger dispuesto a hacer las monerías que hagan falta y a reírse de sí mismo sin inconveniente. No es que la comedia sea precisamente fina, pero sí es tan boba, incluso tan ochentera, que hasta tiene su gracia. Pero desafortunadamente, los actores carecen del carisma necesario para sobresalir por encima de la pirotecnia digital. Emilia Clarke no es mala Sarah Connor, y sale airosa mezclando las dos caras del personaje que nos mostró Linda Hamilton, pero en ocasiones le viene todo demasiado grande, lo que provoca momentos de sobreactuación y descontrol. Jai Courtney cumple como de costumbre con su despampanante presencia física (debidamente explotada), pero no tiene otras armas en su arsenal interpretativo. Y los secundarios que más juego podían haber dado, J.K. Simmons y Matt Smith, no solo están muy desaprovechados, sino que juntando sus escenas no ocupan ni dos minutos de metraje.

Terminator Génesis es el borrón y cuenta nueva de la saga. Un relanzamiento dirigido al espectador actual (y al futuro) que, a pesar de la nostalgia que acarrea y el homenaje a las películas de Cameron que lleva a cabo, pone patas arriba su mitología por conveniencia, lo que sin duda será todo un insulto para aquellos que guardan las dos primeras entregas en alta estima y se toman en serio su maquinaria interna. Para todos los que consigan pasar esto por alto, la película ofrece diversión, acción desquiciada y fuegos artificiales. Simplemente. Por mucho guiño al pasado que contenga, Terminator Génesis es un producto de nuestro tiempo, un reboot que rediseña la saga para un público menos exigente y busca sobre todo entretener y, por supuesto, lucrarse en taquilla. En un momento de la película, el villano le dice al T-800: “No eres más que una reliquia de una línea temporal borrada“. Y eso es exactamente lo que le ha pasado a la saga. Génesis es la solución que nos proponen para que Terminator siga envejeciendo, pero evite quedarse obsoleta. No es gran cosa, pero es la línea temporal que nos ha tocado.

Valoración: ★★★