Crítica: Sicario – El día del soldado

En 2015, Sicario sirvió para cimentar la buena reputación de Denis Villeneuve como cineasta, antes de invadir el mundo con la magistral La llegada y hacerse con las riendas de uno de los mayores clásicos de la ciencia ficción en Blade Runner 2049. El film protagonizado por Emily Blunt, Josh Brolin y Benicio del Toro golpeó fuerte a la audiencia por su crudeza, intensidad y pesimismo, y fue nominada a tres premios Oscar. A pesar de esto, Sicario no es la típica película de la que uno espera una secuela, y mucho menos una franquicia. Pero aun así, aquí la tenemos.

En Sicario: El día del soldado (Sicario: Day of the Soldado) comienza un nuevo capítulo de lo que Sony Pictures ya describe como “serie” (están preparando la tercera parte), una nueva pesadilla centrada en los personajes de Brolin y Del Toro, que regresan sin Blunt. Junto a ellos, el director Stefano Sollima (que sucede a Villeneuve) introduce nuevos personajes que ramifican una historia compleja y descorazonadora que nos sumerge de nuevo en el corazón de la guerra de las drogas.

“Esta vez no hay reglas”. Los cárteles han comenzado a traficar con terroristas en la frontera entre México y Estados Unidos, provocando atentados y esparciendo el rastro de muerte mientras los inmigrantes ilegales intentan pasar al otro lado, arriesgando sus vidas por una remota oportunidad de mejorarlas. El agente federal Matt Graver (Brolin) pide ayuda a Alejandro (Del Toro), cuya familia fue asesinada por un capo del cártel en la primera entrega, para provocar la guerra entre cárteles, Para ello, tiene que secuestrar a la hija del asesino de su familia, con el objetivo de desatar el conflicto. Sin embargo, cuando la niña es vista como un daño colateral, la misión se complica y Alejandro se ve envuelto en una situación sin escapatoria, mientras se cuestiona de qué lado está y por qué está luchando.

Sicario: El día del soldado no es tan magistral como la primera, pero al menos tampoco es una mera copia. Sí, Sollima continúa sus temas y trata de replicar el tono intenso, angustioso y desesperanzado de Villeneuve, pero la secuela toma su propia forma aumentando las dosis de acción y violencia, con lo que se construye como una peli sobre terrorismo más (relativamente) convencional, acercándose ligeramente al cine de acción espectáculo de los 90, con sus abundantes tiroteos y baños de sangre. En este sentido, El día del soldado incurre en ocasiones en la violencia por la violencia, con ensañamiento y crueldad para impactar a un espectador que está de vueltas de todo. Claro que el efecto (o el efectismo) funciona, porque la película acaba metiéndose dentro lo quieras o no.

Con El día del soldadoSicario se orienta hacia un público más mayoritario, planteándose menos como un thriller arthouse o una parábola reflexiva y más como una “película de Hollywood”. Claro que su intensidad, aridez, la estimulante ambigüedad moral que la recorre y lo tristemente relevante a la actualidad que es la acaban distanciando del típico thriller de acción desechable. Por otro lado, El día del soldado se beneficia enormemente de las interpretaciones de su reparto. Del Toro y Broslin realizan trabajos excelentes y descarnados, complementados por la entrega y fiereza de la joven promesa Isabela Moner (Transformers: El último caballero, la futura Dora, la exploradora de carne y hueso).

Dominando el ritmo cinematográfico y filmando con pulso e inteligencia, Sollima firma una secuela más que competente, un thriller asfixiante y oscuro repleto de escenas impactantes que no dejan indiferente. A pesar de que es inevitable compararla con su antecesora (lo que hace que echemos de menos el interesantísimo y necesario contrapunto que aportaba Blunt a los protagonistas masculinos), en realidad Sicario: El día del soldado se sostiene por sí sola, reorientando la franquicia y sembrando con sus giros y desenlaces la semilla para una tercera parte que de repente se vuelve necesaria.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½