Westworld: “No hemos reparado en gastos”

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[Esta entrada contiene spoilers del primer episodio de Westworld]

Lo habéis leído en millones de titulares, tweets y comentarios en los últimos meses. Westworld es la próxima Juego de Tronos. Obviamente son cosas del marketing, una estrategia para generar hype que puede funcionar o salir mal (de momento la audiencia del piloto ha sido una de las mejores de los últimos años para HBO). Quizá la serie llegue a hacer por la ciencia ficción lo que Juego de Tronos ha hecho por la fantasía, pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que Westworld sea por ahora Westworld.

¿Y qué es Westworld? Pues entre otras cosas, se trata de una de las series más caras de HBO (100 millones de presupuesto para los diez primeros episodios, de los que se rumorea que 25 han sido para el piloto), uno de esos espectáculos televisivos por los que la Home Box Office es conocida. La serie está creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy Nolan, con el incombustible y omnipresente J.J. Abrams en la producción ejecutiva, y se basa en la película de 1973 Westworld, almas de metal, escrita y dirigida por el autor Michael Crichton. Cuenta con un reparto estelar formado entre otros por James Marsden, Rachel Evan Wood, Jeffrey Wright, Thandie Newton, Luke Hemsworth, Ingrid Bolsø Berdal, Ben Barnes, Rodrigo Santoro, Ed Harris y Anthony Hopkins (total ná).

La historia transcurre en un parque temático (idea que Crichton recuperaría casi 20 años después en Parque Jurásico) orientado a visitantes con gran poder adquisitivo que ofrece una experiencia inmersiva en el viejo oeste. “Westworld” está poblado por androides sintéticos hiperrealistas conocidos como “Hosts”, que se encargan de interactuar con los visitantes (“Newcomers”) mientras “existen” en un bucle temporal en el que se repite una y otra vez la misma historia, con espacio para pequeñas improvisaciones por parte de los robots. Sin embargo, los Hosts empiezan a mostrar un comportamiento errático, síntomas de autoconsciencia y voluntad propia que contradicen los parámetros escritos en su código digital por los expertos programadores del parque.

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Aunque tiene un ritmo algo irregular y es decididamente confuso, el piloto de Westworld funciona muy bien como carta de presentación. Afortunadamente, estamos ante una serie de HBO, lo que quiere decir que no se va a intentar condensar una temporada entera en un solo episodio, sino que se va a desarrollar con paciencia y visión a largo plazo (o eso esperamos). “The Original”, que es como se titula el piloto, es eso, un comienzo, un planteamiento que dispone los elementos, los jugadores y las reglas básicas sin gastar demasiados cartuchos, con las suficientes dosis de drama, acción, violencia y tetas (si no, no sería HBO) para enganchar y que queramos saber qué pasa a continuación. Con una duración de casi 70 minutos (como suele acostumbrar la cadena con los arranques y cierres de temporada de sus dramas) y un guion bastante redondo (las moscas se encargan de acotarlo y a la vez vaticinar lo que está por venir), “The Original” parece una película, pero es solo una introducción. Una muy larga, eso sí. La historia se cuece a fuego lento, a su propio ritmo, su premisa puede resultar algo chocante y cuesta un poco acostumbrarse al universo fragmentado que nos presenta, sin embargo, sabemos que esto no ha hecho más que empezar.

“The Original” utiliza los temas propios de la ciencia ficción distópica y la inteligencia artificial, revistiéndolos de un aura de thriller y misterio, para construir una historia que (por ahora) nos habla en el fondo de los deseos más oscuros del ser humano. El parque está creado como escape de una realidad que aun no conocemos, un paraíso cinematográfico de turismo sexual y criminal confeccionado para satisfacer estas pulsiones violentas, la adrenalina de matar, de profanar un cuerpo (sintético pero asombrosamente realista), de estar en peligro sin estarlo, y actuar sin consecuencias. Sin embargo, el énfasis narrativo no está en los Newcomers, sino en los Hosts, las marionetas manipuladas desde arriba por los programadores e inversores que, tras una actualización masiva en el parque, empiezan a ganar consciencia de la fantasía digital en la que habitan; androides que, en el momento que muestran un “glitch” que pueda comprometer el proyecto, acaban almacenados desnudos en un pesadillesco hangar desde el que nos miran sin mirarnos para avisarnos de que algo muy oscuro se acerca.

Westworld presenta una hibridación de géneros muy interesante que puede recordar a Carnivàle o Firefly, pero su historia está principalmente arraigada en la ciencia ficción, en los relatos clásicos sobre robots que se rebelan contra sus creadores. Por eso, cabe esperar que a lo largo de la primera temporada asistamos al inicio de una revolución, de un levantamiento por parte de los Hosts, profetizado por la promesa de venganza del androide defectuoso Peter Abernathy (impresionante Louis Herthum) y por esa mosca que se posa en la mejilla de su hija Dolores (Wood) y acaba aplastada por su mano (algo que un robot se supone que no debe hacer). Esta es la manera en la que los Nolan nos avisan de que lo mejor está por llegar, de que solo hemos visto una pequeña parte de este mundo y hay que dejar que la historia se desenvuelva y las piezas empiecen a encajar antes de sacar conclusiones definitivas.

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Sí, Westworld está claramente diseñada para captar la atención de los seguidores de Juego de Tronos (no en vano, ahí está el ubicuo Ramin Djawadi componiendo la ya memorable música de la serie o esos lustrosos títulos de crédito que, sin parecerse a los de GoT, recuerdan inevitablemente a ellos; además de a “All Is Full of Love”, el icónico videoclip de Björk). Pero como decía, es una estrategia comercial que debemos (y debe) superar para que la serie se afiance y se gane el título que se le ha impuesto antes de tiempo. Dándonos la bienvenida por todo lo alto y sin reparar en gastos (impresionantes paisajes, fotografía, efectos visuales, diseño de producción…), la experiencia que supone adentrarse en Westworld es extraña, fascinante, desorientadora, sus personajes pueden resultar irritantes (que un Host mate ya a Lee, por favor), su propuesta te recuerda a demasiadas cosas a la vez, da la sensación de que estás viendo algo que ya has visto mil veces y también algo que no has visto nunca (lo cual no tiene por qué ser malo, al contrario). Pero ante todo y a pesar de todo, “The Original” es un comienzo prometedor, un piloto que, sin enseñar todas sus cartas, nos deja ver todo el potencial que hay en la serie. Que es mucho. Muchísimo.

Crítica: Hércules (Brett Ratner, 2014)

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Que el currículo de Brett Ratner no es precisamente garantía de calidad lo sabemos todos. Este productor y director tan prolífico como vilipendiado por los cinéfilos de pro se ha labrado un nombre haciendo secuelas de segunda y de tercera, así como destrozando franquicias (X-Men fue la mayor damnificada). Por eso cuando uno se acerca a Hércules, su nueva película como realizador y enésima versión de la historia del héroe de la mitología griega, no puede evitar adentrarse con cautela. Por si fuera poco, la película llega rodeada de polémica. Por un lado la campaña de Alan Moore para boicotear el estreno después del tratamiento que recibió por parte de Radical Comics y Paramount Pictures el fallecido Steve Moore, responsable del cómic en el que se basa la cinta, Hércules: The Thracian War (no me detendré en explicar los detalles, podéis leer las declaraciones de Alan aquí). Y por otro, la desaparición de Hilas, amado de Hércules que sí aparece en el cómic, probablemente porque Dwayne ‘The Rock’ Johnson no estaba dispuesto a retozar con otro hombre en el cine (ni el estudio a consentirlo).

Todo esto podría hacer pensar que Hércules es un desastre de proporciones épicas, y sorprendentemente, nada más lejos de la realidad. Quizá las circunstancias alrededor de la película sean algo escabrosas, pero lo cierto es que, si logramos (y queremos, claro) abstraernos de cualquier “ruido” externo, Hércules resulta ser una cinta de aventuras y acción más que digna. Ratner dirige un espectáculo contundente, repleto de acción de primera y directo al grano cuya falta de pretensiones y tono a caballo entre la épica y la comedia lo convierte en un producto de consumo fácil sin que por ello el espectador sienta que está siendo subestimado. Sin ir más lejos, el filme de Ratner está a años luz en todos los aspectos de Hércules: El origen de la leyenda, la reciente versión protagonizada por Kellan Lutz (de acuerdo, hacía falta poco para superar aquella atrocidad), tiene más vida, y su espíritu guasón y camp la acerca más bien a cosas como Hércules: Sus viajes legendariosXena: La princesa guerrera. O a lo que estas series serían hoy en día, con mayor presupuesto y libertad para dar rienda suelta a la vena violenta de la historia.

Hercules_The_Thracian_Wars_posterY es que toda la rabia y la violencia gráfica que la saga Los mercenarios ha perdido con su paso a la calificación PG-13 se puede encontrar en Hércules (atención, también calificada PG-13), en la que las batallas y los combates cuerpo a cuerpo alcanzan un nivel enorme de fisicalidad y vehemencia. El excelente trabajo de sonido nos hace partícipes directos de cada mamporro, y por supuesto, la (algo ajada y muy “madura”) presencia de La Roca potencia esa sensación de que solo mirando la pantalla vamos a salir con algún hueso roto de la experiencia. Visualmente, Hércules también es mejor de lo que cabía esperar, y desde luego no es el festival de caspa que puede parecer a primera vista. Los efectos digitales, a excepción de algún plano general, son notables (a destacar los animales realizados por CGI, y concretamente el león de Nemea durante “Los doce trabajos” de Hércules) y el resto de elementos de la producción nos transportan al péplum clásico, con un toque de rudeza y salvajismo a lo Conan, el bárbaro. Por otro lado, teniendo en cuenta que estamos ante una adaptación de cómic, se agradece que no haya sobresaturación digital, slow-motion o trabajo de cámara tramposo en el que no distinguimos apenas nada de lo que está ocurriendo en el campo de batalla. En las fantásticas (e insisto, muy cafres) escenas de enfrentamientos bélicos, Hércules saca al Rey Leónidas que lleva dentro pero, afortunadamente, Ratner no emula al Zack Snyder de 300.

Y la misma sencillez y concisión con la que Ratner se aproxima a las secuencias de acción se aplica también al tratamiento de la historia y los personajesYa desde el prólogo se nos insiste en que no estamos ante la historia de siempre, sino una relectura de la leyenda que trata los elementos sobrenaturales como eso mismo, leyenda (y aún así, a los puristas les agradará saber que es más fiel a la mitología que la mayoría de películas sobre el tema). Hércules nos narra las aventuras de un hombre de fuerza sobrehumana que lidera un variopinto grupo de mercenarios y cuyos actos heroicos dan lugar a los relatos sobre su procedencia semi-divina. En la película, el mito queda relegado a segundo plano en favor del aspecto humano del héroe, lo que permite elaborar un discurso sobre la lealtad, la amistad y la familia que aplicado a la banda de Hércules (secundarios plenamente caracterizados y carismáticos, lo cual es de agradecer) nos proporciona algunos de los momentos más destacables de la película. Sin embargo, lo que hace que Hércules se mantenga a flote durante todo su (relativamente escaso pero bien aprovechado) metraje y nos haga olvidar que estamos viendo la misma película otra vez (así como amortiguar el daño que provoca la interpretación de Ralph Fiennes como Euristeo) es su elevado contenido en humor y autorreflexividad. Hércules se distancia de sus predecesoras por su desenfado y descaro (golpe a la película de Kellan Lutz incluido), y atención, por ser una película altamente meta, elementos que se han obviado en su desacertada campaña de márketingLos chistes continuos, da igual que sean buenos o malos, son la mayor baza de la película, y desvelan una falta de ambición (más allá de ofrecer un producto sencillamente divertido) que resulta sumamente refrescante dentro del género.

Valoración: ★★★½