Reseña Blu-ray: La Torre Oscura

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El camino hacia La Torre Oscura ha sido largo y repleto de contratiempos. Los planes para llevar la popular saga épica de Stephen King a la gran pantalla se remontan muchos años atrás, pero por fin cristalizaron en 2016 con el estreno de la primera (y posiblemente única) entrega de una franquicia cinematográfica que está en pleno proceso de reestructuración para dar el salto a la televisión en forma de serie.

La tarea de adaptar la vastísima obra de King, que abarca ocho volúmenes, más varios libros y cómics que amplían su universo, era muy complicada. Por la naturaleza de la propia historia, que presenta una mitología muy compleja y ramificada, y la estructura de la trama, cuyo primer libro (el más breve) podría ser considerado como una mera introducción, se decidió tomar elementos de varias de las novelas y aunarlos en una película que introdujera al espectador en el universo de la Torre Oscura in media res.

La idea era crear algo nuevo a partir de un material muy conocido, respetando la esencia de los libros a la vez que se introducían cambios con los que el director, Nikolaj Arcel (confeso apasionado de la saga de King), le daba un estilo propio en su salto al audiovisual. El resultado es una película también introductoria que sin embargo contiene mucha más información que el primer volumen de la saga, y que reconstruye su universo realizando cambios que facilitan un espectáculo blockbuster para toda la familia.

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Porque ante todo, en su versión cinematográfica La Torre Oscura ha pasado a ser una película de aventuras para todos los públicos, una especie de versión actualizada de La historia interminable para las nuevas generaciones. El material de King se ha simplificado para hacerlo más accesible al espectador casual y de todas las edades, y esto ha contrariado inevitablemente a los fans de los libros, que han visto como la historia que conocen ha sido alterada para acomodarla a los cánones actuales del cine espectáculo.

Si bien puedo entender esta postura protectora por parte del lector (yo he leído los cuatro primeros libros y está claro que se podía haber hecho mucho mejor), creo que haciendo un esfuerzo disociativo, hay mucho que disfrutar en La Torre OscuraEfectivamente, la película nos introduce en el centro de un universo de ficción que puede confundir a quien no esté previamente familiarizado con sus normas (ya los que lo estén también), pero a medida que va tomando forma, encontramos alicientes a los que aferrarnos: un estilo visual bien definido, fantásticas escenas de acción (el enfrentamiento final con el Hombre de Negro es brutal), atractivos misterios, y por encima de todo, Idris Elba.

La elección del actor británico para dar vida al Pistolero no estuvo exenta de polémica, ya que en los libros su personaje está basado en la imagen clásica de cowboy de Clint Eastwood. Con la película se ha modernizado al personaje, convirtiéndolo en un caballero atemporal que, en lugar de espada, lucha con pistolas. Dejando a un lado la raza del personaje o su vestimenta (“Me da igual si es blanco, negro, verde o a lunares, tiene que ser un pistolero rápido”, declara King en los extras del Blu-ray), Elba personifica a la perfección lo que significa el Pistolero, la lucha con el corazón, aportando presencia, energía y emoción a un personaje que se podría haber quedado en la superficie en manos de otro intérprete. Verlo en acción es lo mejor de La Torre Oscura, pero también sus escenas con el joven Tom Taylor (Jake), con el que forma un dúo muy compenetrado que se revela como el centro de la película, haciendo sombra a Matthew McConaughey, que construye a un villano descafeinado.

Sí, La Torre Oscura podría haber sido mucho mejor (y mucho menos polémica) si se hubiera mantenido más fiel al material de referencia, y desde luego podría haber aprovechado mejor el potencial que le brindaba la historia original (con solo 90 minutos de duración se queda corta). Pero que no sea la adaptación que queríamos no quiere decir que no funcione como película de aventuras, y La Torre Oscura se sostiene en pie si conseguimos separarla de las páginas. Sé que es difícil, pero es lo mejor que podemos hacer.

La Torre Oscura ya está a la venta en Blu-ray, 4K Ultra HD, DVD y digital de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. Las ediciones en Blu-ray y 4K incluyen contenidos adicionales que profundizan en el proceso de adaptación del film, con entrevistas a los cineastas y protagonistas, y declaraciones de Stephen King. Los extras, presentados en alta definición, ayudan a profundizar en la psicología de los personajes y entender las controvertidas decisiones creativas que se han llevado a cabo en la adaptación. El Blu-ray y 4K contiene los siguientes extras:

  • Escenas eliminadas.
  • La última vez – Los cineastas y el autor homenajean las novelas.
  • El mundo ha seguido adelante… – Los decorados y las localizaciones.
  • Stephen King: Inspiraciones – Descubre el viaje de los libros a la pantalla.
  • Una mirada a través de la cerradura – Anécdotas de Roland y el Hombre de Negro.
  • Tomas falsas.
  • El Hombre de Negro – Cómo Matthew McConaughey se preparó para interpretar al Hombre de Negro.
  • El Pistolero en acción – Idris Elba y el equipo de dobles crean las batallas del Pistolero

Además, la edición en caja metálica contiene un disco adicional con el documental “Roland de Gilead, el último Pistolero”.

Crítica: Thor Ragnarok

A pesar de la fuerza y grandiosidad que caracteriza al personaje, Thor siempre ha sido uno de los eslabones más débiles del Universo Cinemático Marvel. El personaje interpretado por Chris Hemsworth ha brillado junto a Los Vengadores, pero sus entregas en solitario, Thor (2011) y Thor: El mundo oscuro (2013), no han tenido tan buena acogida por parte de público y crítica como las de otros héroes de este cosmos de ficción. Seguramente por esta razón, Marvel ha decidido que a la tercera va la vencida y le ha dado a la franquicia del Dios del Trueno un significativo lavado de cara con Thor: Ragnarok.

La película número 17 de Marvel es en cierto modo un reboot de Thor (muy metafórico corte de pelo incluido), un volantazo con el que Kevin Feige se aleja del tono serio y grandilocuente implantado por Kenneth Branagh en la primera entrega y emprende un nuevo rumbo, sin por ello sacrificar la épica intrínseca de la historia del hijo de Odín. Como se pudo ver en sus adelantos promocionales y como se confirma al ver el film, el modelo a seguir para realizar este reset ha sido Guardianes de la Galaxia. Adoptando el patrón de la franquicia de James Gunn, la nueva Thor tiene más comedia, más acción estrambótica y sobre todo, más color. La psicodelia, los sintetizadores, los láseres y la paleta cromática más chillona y cegadora se apoderan de los Nueve Reinos para darnos una aventura más ligera y completamente imbuida del espíritu de los 80 (el de Golpe en la pequeña China Flash Gordon), hermanando así a Thor con Starlord y su banda de forajidos intergalácticos.

Tras las cámaras se encuentra Taika Waititi (director de joyas como Lo que hacemos en las sombrasHunt for the Wilderpeople), una elección a priori chocante por parte de Marvel, que sin embargo se revela completamente acertada, además de coherente con la nueva estrategia creativa de Feige. La peculiar personalidad y el humor excéntrico de Waititi se pueden detectar a lo largo de toda la película, pero más allá de dejar su sello inconfundible, el realizador neozelandés ha sabido adaptar el idiosincrásico estilo de su cine al esquema general de Marvel. Es decir, Thor: Ragnarok es clara e inequívocamente un trabajo de Taika Waititi (como atestiguan entre otras cosas los cameos y secundarios interpretados por los habituales de su cine, como Rachel House, Sam Neill o él mismo), pero también es una película de Marvel. Esta vez, director y estudio han hallado el equilibrio y entendimiento adecuados para que la visión de uno no ahogue la del otro, como ha pasado ya en varias ocasiones (Ant-ManVengadores: La era de Ultrón), y que la voz individual del cineasta le dé una nueva capa de barniz a la franquicia sin que esta quede irreconocible (algo que, por otra parte, Feige no permitiría).

Siguiendo asimismo la estela de las más recientes secuelas de Marvel, Thor: Ragnarok es una película repleta de ideas, sorpresas, easter eggs y cameos (incluido el Doctor Strange en una aparición un poco metida con calzador), con numerosas tramas entrelazadas que conectan la historia con el pasado y el futuro del UCM. El film arranca con Thor preso al otro lado del universo, intentando escapar para evitar que la profecía del Ragnarok se cumpla y destruya su planeta natal, suponiendo el fin de la civilización asgardiana. Allí, Loki (Tom Hiddleston) continúa haciendo de las suyas, mientras Heimdall (Idris Elba) está desaparecido y los Tres Guerreros custodian las puertas del reino. Asgard entra en crisis con la aparición de Hela (Cate Blanchett), una poderosa nueva amenaza que busca hacerse con el control del universo. Tras su primer enfrentamiento con ella, Thor va a parar a Sakaar, un recóndito planeta en el que deberá sobrevivir a una competición letal de gladiadores, donde tendrá que luchar contra su “amigo del trabajo”, el Increíble Hulk, con quien protagoniza el reencuentro más esperado por los fans de Marvel. Junto a él y su nueva aliada, Valquiria (Tessa Thompson), Thor intentará huir de las garras del Gran Maestro (Jeff Goldblum) y regresar a Asgard para acabar con Hela.

Ese es el argumento muy a grandes rasgos de Thor: Ragnarok. Si creéis que he desvelado algo importante, no os preocupéis, no lo he hecho. Como decía, la película está llena de giros, y descubrirlos es uno de sus mayores alicientes (siempre que Marvel no los estropee todos antes de tiempo). Aunque también es cierto que su ajetreada y ramificada trama puede llegar a jugar en su contra. A Thor: Ragnarok le ocurre como a otras entregas marvelianas, pasan tantas cosas y hay tantos frentes abiertos que esto provoca por momentos falta de cohesión narrativa y una fragmentación que afecta al ritmo, a lo que contribuye además un metraje quizá excesivamente largo. Si una película de Marvel pedía una aventura de hora y media, como Waititi había bromeado (“90 minutos de película y 40 de créditos”), era esta. Esa habría sido su mayor osadía.

Y ese es el mayor problema de una película que, no obstante, funciona con la eficacia probada de casi todas las entregas de Marvel. Thor: Ragnarok da lo que se espera de la Casa de las Ideas, pero también es su película más alocada y marciana hasta la fecha. Desde las impresionantes batallas y escenas de acción (hay planos épicos para enmarcar, además de mucha comedia física), al hilarante humor (80% improvisado, según Waititi, y lleno de golpes geniales), pasando por la electrizante banda sonora de Mark Mothersbaugh (el primer score realmente memorable de Marvel, aunque no sea nada que no hayamos escuchado en Stranger Things Turbo Kid) y su estrafalario diseño de producción, maquillaje y peluquería, la película se zambulle en lo retro de forma más desenfadada si cabe que Guardianes de la Galaxia y, a su manera, también más arriesgada.

Otro de los puntos fuertes de Thor: Ragnarok es su fabuloso reparto. Hemsworth lleva a cabo su interpretación más afinada como Thor, gracias sobre todo al impulso de Waititi para que dé rienda suelta a su fantástica vis cómica y haga el ganso con Ruffalo y Hiddleston, que también se prestan a pasarlo en grande. Así, Thor, Hulk y Loki nos dan dos divertidas buddy films por el precio de una, con la novedad de que en esta ocasión el Gigante Esmeralda habla, lo que Waititi utiliza para hacer reír mientras explora la dualidad del personaje.

Por otro lado, las nuevas incorporaciones son inmejorables. De hecho, aquí no hay un robaescenas como suele ser habitual, sino un reparto formado por robaescenas. Tessa Thompson es una de las grandes revelaciones de la película, dejándonos una Valquiria inesperada pero muy carismática. Jeff Goldblum brilla interpretando a un chiflado divertidísimo que hará las delicias de sus admiradores, ya que se limita a ser él mismo (y no hay nadie más guay que Goldblum). El propio Waititi da vida a un secundario hecho para conquistar al público (sobre todo a su publico), Korg, un adorable (sí, adorable) guerrero extraterrestre que bien podría ser un personaje de una hipotética versión alenígena de Lo que hacemos en las sombras. Y por último, Cate Blanchett, ante la que es imposible cerrar la boca cada vez que aparece en pantalla. Después de su madrastra de Cenicienta, la actriz australiana vuelve a explotar su registro más exagerado con una malvada de presencia, sensualidad y elegancia arrebatadoras y una vertiente burlesca muy desarrollada. Sin embargo, la película no escapa de la maldición de los villanos desaprovechados, dejándonos con la sensación de que podía haber hecho mucho más con ella.

Thor: Ragnarok tiene sus problemas, como todas las de Marvel (el citado exceso de tramas, un abarrotado tercer acto, un CGI algo inconsistente en las cortas distancias) y esta heterodoxa e hipercómica reinvención del Dios el Trueno no casará con muchos fans (por no hablar de los detractores de Marvel), pero hay que felicitar al estudio por atreverse a salirse del molde y dejar que el director lleve realmente las riendas del proyecto. Visualmente, el film es una absoluta gozada (la espectacular fotografía corre a cargo de nuestro Javier Aguirresarobe, por cierto) y nos da el infalible cóctel de acción, humor y emoción que ha encumbrado a Marvel a lo más alto, pero gracias a ese enfoque tan personal de Waititi y a que no se toma tan en serio como sus predecesoras, Ragnarok deja mucho margen para la sorpresa, convirtiéndose así no solo en la mejor y más divertida entrega de Thor, sino también en la película más extraña y diferente de Marvel.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La montaña entre nosotros

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Kate Winslet no es una de esas estrellas que reniegan del papel que les dio la fama. La actriz británica siempre será asociada a Titanic, y esto no supone un problema para ella. De hecho, Winslet es la primera en sacar a colación a la película de James Cameron (con el que volverá a trabajar en las secuelas de Avatar, por cierto). Como ha contado en entrevistas, lo hacía casi a diario en el rodaje de La montaña entre nosotros (The Mountain Between Us), película filmada en condiciones climáticas extremas sobre el romance entre dos extraños que intentan sobrevivir tras una catástrofe que podía haberse estrenado perfectamente en los 90. ¿Veis el parecido?

Dirigida por el israelí Hany Abu-Assad (Paradise NowOmar) basándose en la novela de Charles MartinLa montaña entre nosotros es la historia de Alex Martin (Winslet), una reputada fotoperiodista que regresa a casa para casarse, y Ben Bass (Idris Elba), neurocirujano británico que se dirige a Baltimore para realizar una importante operación. Tras la aparición de una tormenta, su vuelo es cancelado. Intentando llegar a tiempo a su destino por todos los medios, Alex y Ben alquilan una avioneta para volar hacia Nueva York. Durante el vuelo, el piloto (Beau Bridges) sufre un infarto y el aeroplano se estrella en las nevadas Montañas Uinta, en Utah. Atrapados en ese lugar remoto y sin posibilidad de pedir ayuda, los dos tratan de sobrevivir emprendiendo un peligroso viaje en el que aprenderán a confiar el uno en el otro para no sucumbir a las inclemencias del tiempo y los animales salvajes, estableciendo una conexión que cambiará sus vidas.

La montaña entre nosotros no es una película de este tiempo. Se trata de un trabajo desprovisto de cualquier tipo de cinismo, sincero y directo. Una historia honesta en su romanticismo que descansa principalmente en el star power de sus protagonistas, a los que confía la tarea de sacar adelante un argumento de lo más inverosímil. Si La montaña entre nosotros cumple, es porque Winslet y Elba nos enamoran, como siempre. Dejando a un lado el forzadísimo acento americano de ella, los dos llevan a cabo un trabajo a la altura de sus reputaciones, aguantando estoicamente las duras circunstancias del rodaje sin perder un ápice del carisma y la fuerza que los caracteriza (y sin dejar de ser guapísimos, que también es importante). Winslet y Elba hacen muy buena pareja, y es su química la que sostiene en todo momento la película e impide que se vaya al traste por lo rocambolesco y a ratos incluso ridículo (imposible no reírse con el plano final) de su historia de amor.

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Este es uno de esos films fácilmente clasificables en la categoría de “películas de sobremesa de domingo”, una ligeramente anticuada fusión entre novela rosa y aventura de supervivencia que por momentos parece una season finale extendida de Anatomía de Grey (hastiada metáfora sobre la mente y el corazón incluida) y que desempeña con soltura su función escapista. Si La montaña entre nosotros estuviera protagonizada por otros actores, quizá no sería tan indulgente con ella, pero Winslet y Elba podrían hacer un infomercial de dos horas de la batamanta y yo me lo tragaría entero.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Star Trek – Más Allá

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En 2009, la longeva saga de ciencia ficción y aventuras Star Trek recibía un lavado de cara con un reboot capitaneado por el solicitado J.J. Abrams. Sin dejar de rendir homenaje y ser fiel a la Star Trek clásica, la nueva película y su muy notable secuela, Star Trek: En la oscuridad, conducían la propiedad creada por Gene Roddenberry hacia el campo de las superproducciones actuales para rejuvenecer la saga e insuflar nueva vida a sus populares personajes. Con la tercera entrega de esta etapa moderna (decimotercera en total), Star Trek: Más Allá (Star Trek Beyond), la franquicia continúa su evolución hacia el puro blockbuster veraniego de acción bajo la batuta de un nuevo director, Justin Lin, conocido sobre todo por la saga Fast & Furious, de la cual ha dirigido cuatro películas.

Como adelantaban los tráilers, el humor y el tono han virado hacia terreno Guardianes de la Galaxia (no es solo una ilusión de la campaña promocional, hasta hay una escena análoga al “dance-off” de Star-Lord, pero más a lo grande y con los Beastie Boys de fondo, una secuencia formidablemente vistosa pero algo fuera de lugar). Y como también era de esperar, Más Allá da más énfasis a la acción desmedida y el despliegue espectacular, lo que en este caso juega en detrimento de la estructura de la película y los personajes, que están puestos al servicio de la acción, y no al contrario, como ocurría en las entregas previas.

En este nuevo capítulo, la tripulación de la USS Enterprise es atacada por una avanzada alienígena en forma de colmena que destruye la nave y deja a los héroes atrapados en un planeta hostil, donde se enfrentan a un nuevo enemigo, Krall (Idris Elba), que amenaza con destruirlos a ellos y a la Federación por razones que solo él conoce (énfasis en esto, porque aunque él tenga muy claro su plan y podamos intuir de qué va la cosa, la mayor parte del tiempo no sabremos qué está haciendo o por qué). La separación de la tripulación al “naufragar” en el planeta facilita la creación de “parejas”, cuyas interacciones son la base de la mitad del metraje. Y si bien las combinaciones Bones-Spock, Kirk-Chekov o Uhura-Sulu nos dejan buenos momentos (la mayoría cómicos), el esquema general de la historia y la evolución de los personajes sufre por un tratamiento más ligero y superficial.

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Es decir, Más Allá antepone la acción y el humor facilón al verdadero desarrollo de sus personajes, con chistes a base de topicazos, frases lapidarias que hemos oído en infinidad de ocasiones (y que aquí suenan más vacías que de costumbre), y diálogos del montón. Así, Uhura (Zoe Saldana) queda relegada a un muy distante segundo plano, y hace (o dice) más bien poco durante la película; las interacciones entre Kirk y Spock (el núcleo emocional de las dos anteriores películas) se mantienen al mínimo, y a cambio Más Allá se convierte por momentos en una buddy film con el vulcano (Zachary Quinto) y McCoy (Karl Urban) como “la extraña pareja” de Star Trek, y el siempre simpático Scotty (Simon Pegg, del que esperaba más al guion) con la flamante nueva incorporación de la saga, Jaylah (Sofia Boutella), sin duda lo mejor de Más Allá. En este sentido, hay momentos divertidos aislados, pero en general falta cohesión, y aunque el reencuentro de los tripulantes y la puesta en marcha del plan contra Krall hace que el ritmo mejore, la visión global falla y huele a refrito, el villano flojea (Elba, como Oscar Isaac en X-Men: Apocalipsis, es otro actor de gran talento desaprovechado y sepultado bajo kilos de látex) y el guion funciona a base de una aturullada acumulación de momentos desconectados, multitud de guiños para los trekkies de siempre y set pieces que cuesta dar forma en la cabeza. El resultado es una película sin duda enérgica, pero visiblemente descentrada.

Ahora bien, si la analizamos como puro espectáculo y pasatiempo escapista, que parece ser la intención, Más Allá puede considerarse un éxito dentro de este género o modalidad del cine comercial. Es vertiginosa, es visualmente apabullante, los efectos digitales están muy por encima de la media (increíble la llegada a la base estelar Yorktown, la destrucción de la Enterprise o las batallas espaciales), y aunque la acción resulta excesivamente mareante, la película contiene imágenes para sacar los ojos de las órbitas y además funciona muy bien en los combates cuerpo a cuerpo, haciendo gala de un gran empaque visual y una contundencia física de la que la mayoría de aventuras hiper-digitales de hoy en día carecen -es decir, aunque lo digital lo domine casi todo, Más Allá no parece un videojuego todo el ratogracias en parte a su lealtad a los efectos de maquillaje y a la importancia del diseño de producción.

Pero claro, el despliegue técnico y visual y la diversión evasiva no lo es todo, como nos demostró Abrams con las dos anteriores películas (o con la nueva Star Wars, o Joss Whedon con Los Vengadores). Hace falta algo más, y Más Allá parece haber perdido lo que le había hecho conectar con los nuevos espectadores, suponiendo un paso atrás con respecto a sus predecesoras, para seguir el camino del blockbuster sin exigencias, del cine que no se molesta en ir “más allá” de su condición de evento. No hay nada de malo en una superproducción como esta, que ofrece aventuras sin pretensiones y sin engaños, y por suerte siempre nos quedará el buen hacer del excelente reparto (aunque aquí esté peor empleado) liderado por un segurísimo Chris Pine interpretando a un no tan seguro Kirk. Pero la decepción es inevitable si se busca ese “algo más”. Algo que sabes que puede darte, porque lo ha hecho anteriormente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Buscando a Dory

FINDING DORY

Aunque no lo creáis, han pasado ya 13 años del estreno de Buscando a Nemo, la joya acuática de Pixar. Por tanto, los niños que fueron a verla al cine rondan ya la veintena, y recuerdan la película como parte de su infancia. Es algo similar a lo que ocurrió con Toy Story 3, en la que su público había crecido con Andy. Pixar se ha vuelto incluso más astuta con los años, y (dejando a un lado el caso de la muy lucrativa Cars) de momento ha sabido elegir bien el momento adecuado para lanzar las secuelas de sus éxitos (atención, porque la de Los Increíbles llegará 15 años después de la original). Buscando a Dory (Finding Dory) hace lo mismo que la tercera parte de Toy StoryMonstruos University, aprovechar la nostalgia que las primeras películas del estudio de Emerville generan en tiempo récord para contar una historia empapada de recuerdos y afecto. La jugada les ha salido redonda, porque Buscando a Dory no solo ha roto el récord de mejor estreno de la historia para una película animada, sino que es una secuela más que digna, una película que despierta un cariño enorme y divierte sin parar. Es decir, lo que uno espera normalmente de Pixar.

Buscando a Dory empieza tocando la fibra desde el primer minuto. En el prólogo conocemos a Dory cuando era una adorable cría de pez con los ojos enormes intentando aprender a vivir con su dificultad para el aprendizaje, la falta de memoria a corto plazo, con ayuda de sus padres, Charlie y Jenny. De esta manera, la película dirigida por Andrew StantonAngus MacLane apela a una mayor compasión (y admiración) hacia un personaje ya de por sí querido por la audiencia, para a continuación contarnos más sobre su historia, descubrirnos la tragedia existencial que la define (pero no la “hunde”, porque ya sabéis, “sigue nadando”): en un despiste, Dory es arrastrada por una corriente y se pierde. Aunque trata de recordar a sus padres, pronto se olvida de que está buscándolos, hasta que un día se acuerda de su gran propósito y decide emprender una odisea junto a Marlin Nemo para reencontrarse con ellos.

La premisa de Buscando a Dory es similar a la de su predecesora. Con una diferencia: esta vez no sabemos si Charlie y Jenny siguen vivos, y si lo están, si seguirán en el mismo sitio donde Dory los vio por última vez. Esto añade un factor de inquietud (y ansiedad) que funcionará como combustible para vivir el viaje de Dory con mayor implicación y desear aun más que la protagonista halle la satisfacción emocional que busca (y nosotros a través de ella). Con esta incertidumbre, pero también con empeño y voluntad de hierro, Dory cruza el océano valiéndose de la ayuda de sus amigos, hasta llegar al Instituto de Vida Marina de California (“La joya de Morro Bay, California” se convierte en algo así como la “P. Sherman Calle Wallaby 42 Sídney” de la secuela), donde Sigourney Weaver nos da la bienvenida, con el que será uno de los gags recurrentes más geniales que Pixar ha hecho. Allí es donde Buscando a Dory se distancia considerablemente de la primera entrega, planteando una vuelta de tuerca que, a pesar de resultar trepidante y ocurrente, hace que se pierda parte de la magia y el asombro que caracterizó a Buscando a Nemo. Y es que, paradójicamente, la mayor parte de la historia de Buscando a Dory transcurre en tierra firme. Es decir, los personajes siguen bajo el agua (en tanques, peceras, cubos, jarras de cafetera, etc), pero la acción en el Instituto tiene lugar fuera del agua. Esto obliga a que los guionistas se vuelvan más creativos que de costumbre para encontrar la manera de que mover (literalmente) a sus protagonistas (que no pueden avanzar fuera del agua por sí solos) y que la historia no se estanque. Y lo cierto es que, aunque salen airosos en general, a ratos da la sensación de que la aventura está demasiado forzada, de que los giros, los trucos para progresar narrativamente y las soluciones a los obstáculos son demasiado azarosos, hasta para una cinta de animación protagonizada por peces parlanchines.

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A pesar de perder parcialmente el encanto misterioso y la belleza de sumergirse el océano para atravesar el gran desconocido junto a los personajes, Buscando a Dory compensa la ausencia de factor sorpresa con armas de sobra: diálogos de gran ingenio, un timing cómico perfecto (gracias de nuevo al excelente cast de voces originales, encabezado por Ellen DeGeneres), brillante humor físicoacción sin freno, fantásticos nuevos personajes (el film combina acertadamente lo conocido y lo nuevo) y por encima de todo, grandes dosis de ternura. También huelga decir que técnicamente sigue siendo sobresaliente, que a pesar de mostrarnos escenarios más “mundanos”, la película sigue fascinando con su animación, sus colores más vivos que nunca y sus texturas etéreas y resplandecientes (aunque no se vea en 3D, la experiencia de Buscando a Dory es lo más semejante a las tres dimensiones sin gafas que nos ha dado el cine de animación reciente). Y por supuesto, como casi todo lo que hace Pixar, esta secuela está llena de momentos memorables (nunca mejor dicho), de escenas que provocarán la risa y el llanto con la misma facilidad (es decir, con la misma maestría)

Si bien llega un momento en el que la amnesia de Dory puede resultar inevitablemente repetitiva, la película se las arregla para que nunca llegue a ser un problema grave, desarrollando al personaje (y a sus compañeros) de la manera más satisfactoria posible. Enseñándonos que, si la película se titula Buscando a Dory, y no Buscando a Charlie y Jenny, es por algo. Es porque la verdadera búsqueda que nos cuenta la película es la que Dory realiza para encontrarse a sí misma, para seguir nadando a pesar de las dificultades que conlleva vivir con una discapacidad (uno de los temas más importantes de estas películas) y descubrir la importancia de la familia y los amigos, que, como no podía ser de otra manera, en el caso de Dory son lo mismo. Y a su vez, Dory funciona como ejemplo a seguir para sus amigos (“What Would Dory Do?”), que observan cómo su amnesia le obliga a estar más alerta a los peligros (y también las maravillas) de la vida, a vivir el presente al máximo, y a no rendirse ante las adversidades. De esta manera, Buscando a Dory se alza como otro gran triunfo para Pixar, una comedia de acción infalible y profundamente entrañable que, por encima de todo, nos enseña una gran lección de perseverancia y compañerismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El Libro de la Selva

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El libro de la selva (1967) es uno de los Clásicos Disney más queridos por varias generaciones. Pero también uno de los más difíciles de adaptar para el público actual. Sin embargo, en la Casa de Mickey Mouse, que está viviendo una gran época de esplendor, han debido pensar que no hay reto lo suficientemente grande para ellos. Porque todo queda en familia, el estudio cuenta con Jon Favreau (director de las dos primeras Iron Man) para orquestar un proyecto de gran envergadura, una película ambiciosa y muy complicada de realizar que podría haber salido muy mal, y sorprendentemente funciona a todos los niveles.

La película animada original, más que una historia propiamente dicha, es una serie de viñetas que nos muestran los encuentros de Mowgli con los diversos animales que pueblan la selva donde se ha criado junto a los lobos. El remake de El Libro de la Selva conserva esa misma estructura fragmentada, heredada sin lugar a dudas del material original, la colección de relatos escritos por Rudyard Kipling, pero posee un hilo argumental más definido que mantiene más o menos cohesionada una historia con tendencia a irse por las ramas (nunca mejor dicho). El guion de Justin Marks se apoya más en la obra de Kipling que el clásico de los 60, pero también se encarga de rendir continuo homenaje a la película animada, rehaciendo las escenas clave de la misma (de las que Disney no habría permitido prescindir) y rescatando sus canciones más populares. Como ocurría con CenicientaEl Libro de la Selva es la misma película, pero a la vez es distinta.

THE JUNGLE BOOK

Y hablamos de “remake en acción real”, pero en realidad El Libro de la Selva podría contar como película de animación casi al 100%, en la que prácticamente lo único “real” en ella es el niño protagonista, el torbellino de energía Neel Sethi (un Mowgli muy propio, más niño de verdad que niño actor). Los escenarios naturales de la película están realizados casi íntegramente por ordenador, con un hiperrealismo tan conseguido que será difícil creer que lo que tenemos ante nuestros ojos no existe (asombrosamente, no se le ven las costuras). Y si los escenarios fotorrealistas quitan el hipo, la animación de los personajes que acompañan a Mowgli en su aventura es de otro mundo, tanto que se olvida pronto que son animales realistas parlantes. Sin miedo a exagerar, El Libro de la Selva supone un nuevo hito tecnológico en el cine, un testimonio de su gran avance en los últimos años. Las texturas y los movimientos de Bagheera, Baloo o la manada de lobos de Mowgli (qué adorables los cachorros), unido a la increíblemente orgánica integración de las creaciones CGI con el protagonista (cuando Mowgli toca a un animal, lo está haciendo de verdad), hacen que El Libro de la Selva suponga una experiencia visual sin igual.

El elemento tecnológico y el énfasis en la acción podrían haber jugado en detrimento de todo lo demás, pero El Libro de la Selva no deja que el espectáculo engulla su corazón, que late bien fuerte en todo momento. La película rebosa emoción, y, aunque ya hemos dejado claro que narrativamente es muy dispersa, se las arregla para que su frágil estructura y sus vaivenes tonales (del humor más simpático al puro terror en dos sencillos pasos) funcionen en todo momento. Solo hay un par de salidas de tono en el film, algún que otro chiste anacrónico y el número musical del Rey Louie, sin duda impresionante a nivel técnico y visual, pero completamente fuera de lugar. Por lo demás, un Favreau bastante solvente consigue que nada resulte excesivamente disparatado, que nada rechine, lo cual es un logro enorme teniendo en cuenta lo ambicioso y rocambolesco que es el proyecto si nos paramos a pensarlo, y lo difícil que era convertir el material original en una superproducción disneyana del siglo XXI.

THE JUNGLE BOOK

Y por supuesto, hay que elogiar el excelente trabajo de doblaje de la película, que justifica por sí solo la creación de una categoría a Mejor Interpretación de Doblaje en los Oscar. El reparto de voces en inglés es inmejorable, y más allá de las maravillas informáticas del film, son sus formidables interpretaciones las que hacen que los animales cobren vida de verdad: Ben Kingsley, Lupita Nyong’o, Giancarlo Esposito, Christopher Walken, Scarlett Johansson (con una participación muy breve, aunque al menos tiene una preciosa canción en los créditos), y sobre todo Idris Elba, cuya voz hace que el ya de por sí imponente tigre Shere-Khan resulte más terrorífico aun, y un pletórico Bill Murray, que vuelca toda su personalidad en el papel para convertirse en el Baloo perfecto. Sería un crimen perdérsela en versión original.

El Libro de la Selva es un espectáculo cinemático muy calibrado, una película tremendamente física (y sonora) que invita a sumergirse en sus preciosas imágenes, pero no se olvida de la importancia de compensar la pirotecnia con la emoción (ya sabéis, fórmula Disney). El déficit de atención de su argumento hace que a ratos se tambalee, pero nunca llega a ser un problema grave gracias a un guion que pone la excelencia técnica a su servicio, para favorecer el drama y la comedia siempre que es necesario. En definitiva, otro triunfo de una Disney imparable.

Nota: ★★★★

Crítica: Zootrópolis

ZOOTOPIA

No cabe duda de que Buscando a Dory será un gran taquillazo y una secuela de calidad (o eso esperamos), pero Pixar lo va a tener difícil este año para superar a su compañera de oficina, Disney. La compañía de Mickey Mouse, precisamente bajo la supervisión del propio John Lasseter, parece haber encontrado por fin su mojo, y después de los éxitos de FrozenBig Hero 6, nos trae la que será sin duda una de las mejores cintas animadas de 2016, Zootrópolis (Zootopia), un estallido de energía, color e imaginación lleno de grandes personajes con el que Disney eleva considerablemente el listón del cine de animación por ordenador.

La premisa y argumento de Zootrópolis no son necesariamente originales: Judy Hopps (Ginnifer Goodwin) es una chica de campo que tiene un sueño, ser policía en la gran ciudad. Con tesón y mucho trabajo, Judy se convierte en la primera coneja del cuerpo de policía de Zootrópolis, una imponente urbe donde los mamíferos (depredadores y “presas”, carnívoros y herbívoros) han evolucionado y viven en (caótica y estresante) armonía, organizados en cuatro barrios según su hábitat (Sahara Square o Tundratown, por ejemplo). Sin embargo, Judy se encuentra con mil y un obstáculos para demostrar que es algo más que una “conejita tonta” y que puede ser una gran agente a pesar de su tamaño. Con ese objetivo en mente, se autoadjudica un misterioso caso que su distrito no es capaz de resolver: una serie de desapariciones en Zootrópolis que parecen esconder una conspiración relacionada con los depredadores de la ciudad. Para llevar a cabo su misión, Judy se alía con Nick Wilde (Jason Bateman), un zorro granuja que se gana la vida cometiendo fraudes en la calle, y que también se enfrenta a sus propios obstáculos en la vida: en Zootrópolis, nadie se fía de un zorro, por el mero hecho de serlo.

ZOOTOPIA

Como decía, la idea es más bien convencional, una historia clásica de superación con buenas dosis de espíritu motivacional y la lección disneyana por excelencia: “con esfuerzo, cualquier sueño se puede hacer realidad”, o su variación “puedes ser cualquier cosa que te propongas”. Pero lo que hace de Zootrópolis una película extraordinaria a pesar de su carácter formulaico es su inagotable ingenio, que toma forma en un guion inteligente repleto de hallazgos y ocurrencias gracias al que no deja de sorprender ni un solo minutoZootrópolis es una aventura de ritmo endiablado (no decae en ningún momento), un misterio absorbente, y ante todo, una comedia excelente. Su mayor acierto es haber traducido las idiosincrasias particulares a cada especie animal al lenguaje moderno de la gran ciudad, respetando detalles como las escalas de tamaño (aquí los animales son atropomorfos, pero los ratones son minúsculos y viven en su propia mini-ciudad, y las jirafas saludan desde dos pisos de altura) o usando (pero nunca abusando de) las nuevas tecnologías, con gran presencia de los móviles (bien empleados más allá de la típica gracieta, dándole un aire más cercano y contemporáneo a la historia). Esta yuxtaposición (versión para todos los públicos de lo que está haciendo BoJack Horseman en televisión) ayuda a darle la vuelta a los tópicos y genera una fuente inagotable de gags físicos y chistes geniales, de los que sin duda destaca el encuentro con los perezosos, que aquí, evidentemente, son funcionarios de Tráfico. Sencillamente una de las mejores secuencias cómicas que vamos a ver este año.

Con Zootrópolis, las carcajadas están aseguradas durante todo el metraje (y no solo gracias a los perezosos, ojo, que aparecen solo en un par de escenas). Pero la película es mucho más que eso. Zootrópolis es una historia con muchas capas, una película familiar que se experimenta a varios niveles, y que los niños y los adultos pueden disfrutar por motivos distintos, como suele ocurrir con los títulos de Pixar. No llega a ser tan compleja como Inside Out, pero sí se encarga de apelar al adulto en todo momento, con escenas que podrían ser consideradas muy atrevidas para los estándares de Disney (por ejemplo, la del balneario nudista regentado por un yak “fumado”), secuencias de acción más violentas y oscuras de lo habitual (peleas muy viscerales, o “animales”, heridas visibles, incluso algún susto) y (algo más que) guiños a cosas tan adultas como El PadrinoBreaking Bad, que hacen referencia a temas escabrosos como la mafia o las drogas, y que, evidentemente, solo podrán entender los más mayores (que gozarán de lo lindo, claro). Pero sin duda, el valor más importante de Zootrópolis, tanto para niños como para adultos, es su poderoso mensaje feminista y de denuncia contra los prejuicios raciales y culturales. Esto es lo que hace de la película un producto de nuestro tiempo, una auténtica lección de valores que hace partícipes a los niños de la lucha moderna contra el sexismo y el racismo. Como debe ser.

ZOOTOPIA

Zootrópolis está hecha con un detallismo apabullante y una entrega absoluta en todos los departamentos. A nivel narrativo, puede ser imprevisible, desbordantemente creativa, buenrollista pero mordaz, y cuenta con un guion maduro, con elementos de misterio, crimen, y giros sorprendentes que mantienen la historia siempre viva y en constante movimiento, a pesar de dividirse en actos siguiendo la fórmula establecida. También hay que destacar el trabajo de doblaje (en versión original), con notables interpretaciones por parte de Idris Elba, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia SpencerAlan Tudyk (en la que es su cuarta colaboración consecutiva con Disney) o Jenny Slate. Y por supuesto, hay que elogiar especialmente a Goodwin y Bateman, que aportan a sus personajes una gran naturalidad y emociones reales (no hay más que ver el llanto de Judy en su precioso reencuentro al final), lo que resulta en una gran química entre ellos. Por último, aunque no haga falta decirlo, Zootrópolis es un triunfo técnico absoluto, una película muy física y de una gran fuerza visual. La animación es brutal (¡qué expresividad corporal y facial!), los diseños de personajes -homenaje en clave moderna a Robin Hood– son una delicia (un sueño para el fandom furry), las texturas se pueden sentir en la yema de los dedos, la acción es vertiginosa y los muy diversos ambientes y escenarios que conforman la metrópolis dejan sin aliento.

Claro que, como ya hemos señalado, este film también supone un salto considerable en la trayectoria moderna de Disney al llevar un paso más allá su mensaje, convirtiendo una fábula modélica de crecimiento personal protagonizada por una chica que se eleva por encima de sus circunstancias y sus opresores en un manifiesto en contra de los prejuicios sociales y la estereotipación, un proyecto de futuro que propone un mundo (una utopía) donde nadie sea juzgado o dado por sentado debido a su especie (raza/condición/sexo). Zootrópolis no es solo un regalo para la vista, una bonita historia de amistad y una irresistible aventura cómica, también es una valiosa obra de ficción que, de convertirse en clásico, contribuirá a dar forma a las próximas generaciones de adultos de la mejor manera posible.

Valoración: ★★★★½