Crítica: Tenemos que hablar

Tenemos que hablar 1

Hugo Silva y Michelle Jenner fueron la pareja televisiva del momento hace aproximadamente diez años, cuando compartían pantalla en la serie de Antena 3 Los hombres de Paco. La misma Atresmedia es una de las encargadas de reunir de nuevo a Lucas y Sara en Tenemos que hablar, la nueva película dirigida por David Serrano (El otro lado de la camaDías de fútbol), una comedia romántica de enredos que se enmarca en la España azotada por la crisis financiera.

Tenemos que hablar comienza en 2006, en los albores de la crisis. Jorge (Silva), que trabaja como asesor financiero, aconseja a los padres de su futura mujer, Nuria (Jenner), que inviertan en el mercado inmobiliario. Jorge no da una con sus predicciones de futuro, y sus suegros acaban perdiendo su pequeña empresa, su casa en el pantano y en consecuencia, también el amor. En el presente, Nuria ha rehecho su vida con un galán de telenovela (Ilay Kurelovic) que lo tiene todo en la vida, es guapo (sobre todo de perfil, donde se da un aire a Paul Newman) y tiene un trabajo importante. Mientras, Jorge lleva dos años en el paro e intenta sobrevivir alquilando su piso a turistas junto a su amigo y antiguo jefe del banco, Lucas (Ernesto Sevilla), que sigue a su lado por no dejarlo solo viviendo la depresión que en parte él le provocó.

Nuria necesita pedirle el divorcio al cenizo de Jorge para poder volver a casarse, pero un accidente le lleva a pensar que este ha intentado suicidarse. Esto, añadido a que Nuria es de esas personas que dicen que sí a todo por no hacerlo pasar mal a nadie y a la que le es físicamente imposible dar una mala noticia, retrasa el momento de darle los papeles del divorcio. En su lugar, para evitar que Jorge caiga en una depresión aun más profunda y vuelva intentar cometer una locura, le cuenta que sus padres siguen felizmente casados y además están montados en el dólar, lo que les obliga a todos a montar un teatro para que Jorge no descubra la verdad. Pero la bola de nieve se va haciendo cada vez más grande, las mentiras se acumulan, involucrando cada vez a más gente, y Nuria no sabe cómo desenredar el embrollo que ha causado.

Como podéis leer, Tenemos que hablar es una comedia bastante convencional y clásica en sus planteamientos. No falta ningún tópico de la comedia romántica canónica, pero se distancia de la mayoría al presentar a un personaje femenino relativamente distinto, uno que sigue los pasos de Inma Cuesta en Tres bodas de más. Nuria responde al arquetipo de protagonista patosa que se mete en líos y hace el ridículo por el chico, y por ser fiel a sus sentimientos. Pero Jenner no es Cuesta. Su interpretación pasa rápidamente del encanto a la estridencia, haciendo que la película vaya siendo cada vez más irritante y pesada, como la propia Nuria. Claro que el problema no es solo suyo, sino principalmente de un guion sin pies ni cabeza cuya premisa, para empezar, ni se sostiene, ni se puede estirar de esa manera. Por mucho que nos dejemos llevar, las situaciones en las que se mete la protagonista (y en las que mete a su familia) por mantener en pie la mentira son incoherentes, están alargadas sin sentido, exageradas hasta provocar auténtica vergüenza ajena (ver la escena del restaurante).

Tenemos que hablar 2

La película tiene sus momentos (la entrevista de trabajo es una escena muy divertida y el montaje del principio es lo mejor de la película), pero en general resulta fallida por culpa de un argumento absurdo que depende de demasiados lugares comunes rancios (esa pareja gay…) sin preocuparse si funcionan o tienen sentido en la trama, y se hunde por culpa de situaciones excesivamente forzadas y crispantes. Como en Ocho apellidos vascos (con la que comparte guionista, Diego San José), los secundarios son los que salvan la función, aunque sea por los pelos. Óscar Ladoire está muy acertado como suegro cascarrabias; por supuesto siempre es un placer ver a Verónica Forqué, que aquí deja caer algunas de las frases más graciosas de la película con su gracia característica (ella siempre hace lo mismo, pero qué bien lo hace); y Belén Cuesta se confirma como uno de los talentos cómicos más a tener en cuenta del panorama nacional actual (suya es la escena de la entrevista). El que sobra es Ernesto Sevilla, que aporta las escenas más molestas y los chistes más desafortunados.

Tenemos que hablar debería haber funcionado gracias a la indudable química entre Silva y Jenner, pero Serrano no es capaz de sacarle provecho y acaba realizando una comedia sin interés, completamente intrascendente y superficial, una película que se deja ver, pero se olvida por completo a los cinco minutos.

Valoración: ★★

Crítica: Mi gran noche

Blanca, Santiago y sus ayudantes

La idea era cojonuda. Una comedia negra que transcurre a lo largo de una sola noche durante la grabación de un especial de Nochevieja para televisión en pleno agosto, mientras el mundo exterior se viene abajo por los disturbios provocados ante los inminentes despidos de la cadena en plena crisis. Esa es a grandes rasgos la premisa de lo nuevo de nuestro enfant ya no tan terrible Álex de la IglesiaMi gran nochecon la que el director traza un puente directo hacia su película de 1999 Muertos de risa. Insisto, la idea era magnífica. El resultado, no tanto.

Mi gran noche es una oda pasada de rosca a la vertiente más casposa de la televisión española, los programas especiales made in José Luis Moreno, un género en sí mismo que simboliza mejor que ningún otro la decadencia y el embuste de nuestra querida caja tonta. De la Iglesia nos prepara un desquiciado recorrido entre bambalinas para conocer los entresijos de una producción de estas características, cargando escopetas ideológicas y desmitificadoras (aunque en este caso no haya mucho mito que desmontar) como si fuera Aaron Sorkin o Tina Fey, pero para acabar disparándolas de verdad y armar la de Dios, como bien mandan los cánones de su cine. La crítica al absurdo y la manipulación tras los focos no está de más, pero aquí hemos venido a ver cómo se va todo a tomar por culo.

Cuando Jose (Pepón Nieto) se adentra en el pabellón industrial donde se graba el programa para sustituir a un figurante que acaba de ser aplastado por una grúa de grabación, no tiene ni idea de lo que le espera ahí dentro. Cientos de personas llevan encerradas allí una semana y media fingiendo celebrar el fin de año con copas de champán de atrezo, obligados a sonreír y aplaudir sin descanso. La desesperación aumenta, la locura se desata, es como estar celebrando el Día de la Marmota una y otra vez metidos en el Metropol de Demons, pero sin marmotas ni zombies (exceptuando a Raphael, claro, pero vayamos por partes), que es lo único que falta. Claro que con la fauna que puebla el film, tampoco se echan de menos.

De una pareja de presentadores a lo Ramón García y Anne Igartiburu en plena guerra de los Rose (Hugo Silva y Carolina Bang) a un cantante de electro latino falto de neuronas llamado Adanne (Mario Casas parodiando a Bisbal) al que una pilingui engaña y fela para llevarse su semen con idea de extorsionarlo, pasando por un desquiciado fan fatal que planea asesinar a su ídolo en falso directo al más puro estilo Mark David Chapman (Jaime Ordóñez) o una figurante gafe (Blanca Suárez) azote (despampanante) de sus compañeros de fatigas festejos (Ana Polvorosa, Luis Fernández, Antonio Velázquez), que rehúyen de ella como de la peste, por miedo a acabar también debajo de la grúa.

Mi gran nochePero sin duda, el mayor reclamo de Mi gran noche (con permiso de la gran Terele Pávez) es ver al cantante Raphael autoparodiándose como Alphonso, proyección aumentada (o no, que a mí me han contado realidades de primera mano que superan con creces a la ficción) de la personalidad pública del artista, que con la edad se ha labrado una importante reputación como persona excéntrica, exigente y tirana. Lo cierto es que ver a Raphael riéndose de sí mismo de aquella manera tan excesiva y esperpéntica es una de las mejores bazas de Mi gran noche, pero como ocurre con todas las demás, la idea no alcanza su verdadero potencial (a pesar del buen hacer de Carlos Areces dándole la réplica). Que Raphael se preste a esto es genial, pero ni es actor ni es gracioso, por lo que al final la broma se queda solo en eso, en un gag imposible de estirar para convertir en una película. De la Iglesia y su co-guionista Jorge Guerricaechevarría manejan una cantidad ingente de hallazgos y ocurrencias, brillan ocasionalmente con un par de golpes contundentes de comedia corrosiva, pero en última instancia no son capaces de dar forma a la historia ni de llevarla a buen puerto (De la Iglesia no sabe cómo terminar la película, algo que le lleva ocurriendo ya bastante tiempo).

Lo que tenemos aquí es a un Álex de la Iglesia moviéndose por inercia. El bilbaíno dirige con la solvencia y el brío que lo caracteriza (las secuencias musicales y de acción son excelentes, claro), pero narra con el piloto automático, dando justo lo que se espera de él, cuando lo que hace falta ya es un poco más que eso (que eres el director de La comunidad, por el amor de Carmen Maura). Mi gran noche era una oportunidad perfecta para hacer la gran comedia española (españolísima) del año (antes de que cierta secuela venga para reclamar este título probablemente sin merecerlo), pero ha sido malgastada en un film con dos o tres puntazos que pasará sin pena ni gloria.

Valoración: ★★½

Crítica: Musarañas

Macarena Gómez Musarañas

Que el nombre de Álex de la Iglesia aparezca más destacado en el póster de Musarañas que el de sus directores no es solo una estrategia publicitaria, sino también un indicio de lo que el espectador se va a encontrar en ella. La película está realizada por Esteban Roel y Juanfer Andrés, mientras que De la Iglesia se reserva el puesto de productor. Pero no cabe duda de que, sin desmerecer por ello el estupendo trabajo del tándem firmante, Musarañas es en forma y fondo una película del director de El día de la bestia. Su sello inconfundible se puede percibir en todos y cada uno de sus planos, así como en el tono más bien tragicómico con el que se cuenta la historia o su potencia visual. De hecho, Musarañas nos remite concretamente a la obra maestra del realizador bilbaíno, La comunidad, otro cuento macabro y trastornado, si bien mucho más arraigado en la comedia, que se ambienta íntegramente en un edificio de Madrid.

Musarañas es la historia de dos mujeres huérfanas que viven juntas en un apartamento de la capital durante los 50 de la posguerra. Montse (Macarena Gómez) se ha pasado la vida cuidando de su hermana pequeña (Nadia de Santiago) tras la muerte de su madre al darle a luz y el posterior abandono de su padre (Luis Tosar). Mientras la niña, que ya no es tan niña (acaba de cumplir 18 años), sale a trabajar, su hermana permanece encerrada en el piso, donde ejerce como costurera. Montse se ha escondido toda la vida en esa madriguera de musarañas, llevando una existencia de luto, penitencia y oración, raíz de la educación profundamente religiosa que le inculcó el padre, algo que se refleja en la enfermiza sobreprotección con la que trata a su hermana. Esta vida de clausura lleva a la mujer a padecer agorafobia, enfermedad que le impide dar un paso más allá del umbral de su puerta, y por tanto a relacionarse con el resto del mundo, especialmente con los hombres. A pesar de controlar a duras penas su comportamiento obsesivo y sus desequilibrios mentales gracias a la morfina que le proporciona una clienta, el mundo de Montse se volverá patas arriba con la irrupción de Carlos (Hugo Silva). El apuesto vecino de arriba de las hermanas se ha caído por las escaleras huyendo de sus propios secretos y encuentra refugio en la madriguera de Montse, de donde quizás no vuelva a salir.

MusarañasCon Musarañas, Roel y Andrés componen un siniestro relato de terror psicológico en el que lo mundano triunfa sobre lo fantástico y donde el fanatismo religioso y el propio miedo son el verdadero monstruo. Durante su primera mitad, la película está construida como una sátira vehemente diseñada para arremeter contra los dogmas clásicos de la religión católica. Montse simboliza la castidad (o la androfobia), la culpabilidad y el castigo, valores religiosos que convierten el crucifijo en su yugo. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que no es la cruz lo que la ha convertido en una musaraña, sino su pasado. A medida que vamos viendo su verdadero rostro, el film se vuelve cada vez más claustrofóbico. Nosotros somos Carlos, la presa de Montse. Nos encontramos en una tesitura similar a la que James Caan vive en Misery (con análoga escena violenta no apta para aprensivos), lo que por tanto convierte a Macarena Gómez en la Annie Wilkes patria. Observándola, pronto nos damos cuenta de que todo es posible en ese piso de Madrid. Y efectivamente así es. Musarañas cuenta con una recta final absolutamente desmadrada en la que la sangre emana a borbotones y el melodrama a lo Amar en tiempos revueltos da paso al más delicioso e histriónico esperpento marca De la Iglesia.

En el apartado interpretativo, los desequilibrios son la tónica general. Hugo Silva tiene buen porte, encaja perfectamente en el perfil del personaje, pero no actúa, se limita a leer sus frases, y hasta eso lo hace regular. Y no me hagáis hablar de Carolina Bang, que también se cuela en esta (en serio, no me hagáis hablar de ella). Nadia de Santiago es quien logra la actuación más moderada, perfectamente contenida hasta que tiene que dar rienda suelta al drama. Sin embargo, no cabe duda de que Macarena Gómez es el corazón y las tripas de Musarañas. Esta actriz de extremos opuestos ofrece una interpretación tan desmesurada y teatral como memorable, dejándonos por un lado momentos de sorprendente fragilidad y por otro escenas de una fuerza visceral arrebatadora (atención a su conmovedor Padrenuestro en la cama). Su Montse es a la vez Piper Laurie y Sissy Spacek en Carrie, una inolvidable loca del coño que se suma por méritos propios a los anales del terror nacional.

Valoración: ★★★½

Crítica: Las brujas de Zugarramurdi

Hugo Silva Mario Casas Las brujas de Zugarramurdi

Después de confraternizar con el Diablo en El día de la bestia, Álex de la Iglesia perdió el contacto con él. Lo recupera (bueno, más bien a algunas miembras de su familia) para Las brujas de Zugarramurdi, la nueva chifladura de uno de los directores más personales e intransferibles de nuestro cine. De nuevo junto a sus musas Carmen Maura (con la que hizo la que sigue siendo la mejor película de su filmografía, La comunidad), Terele Pávez y Carolina Bang, De la Iglesia nos propone un viaje alucinante a la España profunda salpicado de vísceras, fluidos corporales y mucha mala leche. Las brujas de Zugarramurdi es una comedia de terror infecta y excesiva, como debe ser.

Acompañamos a Hugo Silva y Mario Casas, dos ladrones de poca monta, desde el mismísimo corazón de Madrid, la Puerta del Sol -con su laísmo, sus Bob Esponjas y Mickey Mouses falsos y sus “compro oro” a cada dos pasos- hasta el pueblo de Zugarramurdi, donde viven las brujas. Un recorrido que documenta las miserias de nuestra absurda y precaria realidad, y que nos conduce a una España estancada en el VHS y Jose Luis Moreno, un destino final donde todo está podrido, lleno de telarañas y manchas secas de heces, un agujero negro de progreso en el que solo una criatura es capaz de prosperar: la mujer. Porque “la mujer fue hecha a imagen y semejanza de Dios”, y el trío lalalá formado por Maura, Pávez y Bang son las brujas que se comen todo y a todos con tal de recuperar el lugar que les pertenece en el mundo.

Las brujas de Zugarramurdi Carmen Maura

Las brujas de Zugarramurdi está dividida en tres secciones algo irregulares entre sí. De la primera parte destaca el excelente dúo cómico formado por Silva y Casas (del que sobresale Casas), responsables de los mejores diálogos de la cinta (problemas de vocalización aparte). El arranque de la película es toda una declaración de intenciones (un Jesucristo plateado y un soldado de juguete atracando una casa de empeños). A partir de ahí, los acontecimientos se suceden sin pausa hasta que nos adentramos en la mansión de las brujas y asumimos que todo es posible. La comedia de De la Iglesia es dinámica, explosiva, y nos depara los mejores Las brujas de Zugarramurdi cartelmomentos cuando Maura aparece para reclamar su trono. Pávez está sensacional, como siempre (Marutxi, te quiero, adóptame). Bang está todo lo explosiva que no fue capaz de estar en Balada triste de trompeta. Pero Maura es mucha Maura. Solo con ver a esta matriarca adoradora de la Venus de Willendorf caminando por el techo, dándonos un sublime monólogo de la súper-vagina o imitando el grito de guerra de Xena la princesa guerrera merece la pena la experiencia.

Por desgracia, Las brujas de Zugarramurdi no logra aguantar el tipo hasta el final. A pesar del apoteósico (y asquerosísimo) clímax, un aquelarre/botellón medieval en el que salta a la vista el desorbitado presupuesto y donde se nota la afición del director por cosas como Los Goonies o Jurassic Park (impresionantemente bueno el CGI de la Venus), De la Iglesia acaba perdiendo el norte del relato y no tiene ni idea de cómo cerrarlo. Pero bueno, se lo permitimos porque hacía tiempo que no nos divertía tanto, que no nos contaba una historia con la demencia y el gusto de antaño por la guarrería y la costra. Las brujas de Zugarramurdi nos devuelve al De la Iglesia que más nos gusta, y además llega en el momento más adecuado, cuando nuestra increíblemente surrealista y arcaica realidad pide a gritos un gran aquelarre que acabe con todo y con todos e instaure un nuevo régimen: el de Carmen Maura.

Crítica: Los amantes pasajeros

Cherish: We can fuck now?
Cecil: From here to Timbuktu!
(Cecil B. Demente, 2000) 

Se habla de Los amantes pasajeros como el gran regreso de Pedro Almodóvar a la comedia. Si bien es cierto que desde Kika (1993), el realizador manchego no había hecho una cinta eminentemente cómica, todos sus melodramas, tragedias y giallos (…) de las dos últimas décadas no se entenderían sin su particular sentido del humor. O en su defecto, sin la enorme presencia de Chus Lampreave, almodovariano alivio cómico por excelencia -que desgraciadamente no aparece en esta película. De la misma manera, sus comedias nunca prescinden del poso trágico, en especial a la hora de elaborar las historias de fondo de los personajes, y lo comprobamos en este último trabajo una vez más. Comedia, tragedia, tragicomedia, qué más da. Almodóvar y punto.

Los amantes pasajeros será publicitada hasta la saciedad -como todo lo que hace Almodóvar- como el regreso a los orígenes de su director, la vuelta del humor de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Pero, aunque todo desprenda un halo a underground manufacturado, esto es solo cierto a medias. Los amantes pasajeros no es solo un trabajo de retrospección o recuperación, es sobre todo otro paso más en la evolución de su cine. Uno hacia la libertad total, a través del despojo absoluto de prejuicios y preocupaciones por la crítica -siempre dividida y tan visceral o más que su cine. En este sentido, Almodóvar está más John Waters que nunca. Pero claro, es un Waters tardío. La extrema libertad de Pink Flamingos (1972) no es la misma que la de Los sexoadictos (A Dirty Shame, 2004), de la misma manera que el punk cerdo de Pepi, Luci y Bom (1980) no tiene nada que ver con el caos carnal de Los amantes pasajeros. La declaración de principios se descarga de afectación y el guerrillerismo desaparece. Aparentemente, la única causa que persigue Almodóvar con Los amantes pasajeros es la risa del espectador, y para lograr el éxito, se deshace de toda restricción y yugo creativo, propio y ajeno, dando rienda suelta a una celebración por todo lo alto de la pluma sin concesiones y sin remordimientos. Y es que, ¿por qué habría de tenerlos? El resultado es una obra decididamente ligera que nos devuelve a un Almodóvar que, una vez más, ha hecho la película que quería hacer.

Ahora bien, la locura en Los amantes pasajeros tarda un poco en desatarse. La primera hora de la película fluctúa entre lo patético de unas interpretaciones acartonadas -marca de la casa- y unos diálogos desinspirados que siembran el pánico. ¿Nos han enseñado en el tráiler lo único verdaderamente gracioso de Los amantes pasajeros? Tranquilos, no es el caso. Los amantes pasajeros se toma su tiempo para despegar -aunque Almodóvar es de la opinión de que las comedias no deben durar más de 90 minutos, así que en qué estaba pensando. Pero cuando lo hace, no pone el piloto automático en ningún momento. El peso cómico de Los amantes pasajeros recae principalmente en el trío de azafatos que ejercen de anfitriones de este loco camarote volador de los hermanos Marx. Unos inconmensurables Javier Cámara, Carlos Areces y Raúl Arévalo nos invitan a soltarnos la melena (o sacudir el flequillo a lo Whip My Hair), entregándose en cuerpo y alma, culo y lengua, cadera y muñeca, al libérrimo exceso de sus personajes. Llega un momento en Los amantes pasajeros en el que es imposible no abanderar el “I’m so excited, and I just can’t hide it. I’m about to lose control and I think I like it. I LIKE IT”.

Por supuesto, no es casual -como nada en el cine de Almodóvar- que el hit de The Pointer Sisters sea la única canción con protagonismo de la película (menos mal). “I’m So Excited” se convierte en himno, declaración de intenciones, biblia y mantra, y en último lugar, catalizador del irrefrenable deseo del espectador por entregarse a la vorágine de liberación y guarrería que está observando en la pantalla. Estoy a punto de perder el control y creo que me gusta. Definitivamente, ¡me gusta! Es hacia el tramo final de Los amantes pasajeros cuando más salta a la vista la influencia de Waters en Almodóvar, sobre todo durante ese apoteósico y catártico clímax erótico que remite directamente a la secuencia final de la imprescindible Cecil B. Demente (Cecil B. Demented, 2000) o, como ya he mencionado, a Los sexoadictos en su totalidad.

Los amantes pasajeros solo se encuentra con turbulencias cuando insiste en profundizar en las vidas de los pasajeros del vuelo. El gran recurso cómico que resulta ser la avería del teléfono que permite a todo el pasaje oír al interlocutor se ve truncado cuando, a través de él, el relato se desplaza a tierra firme. Sobra la subtrama de Willy Toledo y Blanca Suárez. Como también desentona ligeramente la crítica social que Almodóvar lleva a cabo a través del banquero corrupto. Sin embargo, la verdadera denuncia no es sino el mero hecho de la existencia de esta película, que una vez más pasa por encima de la empalizada del cine en este país, y del gobierno que lo financia. Los amantes pasajeros es muy en el fondo un retrato, astutamente revestido de comedia, de la situación de precariedad en la que nos encontramos actualmente -el pasaje turista dormido al completo, el avión que sobrevuela España sin poder aterrizar en ella-, pero es sobre todo un corte de mangas a todo el que pone cortapisas a la creatividad de una industria en crisis permanente. “Soy Almodóvar, y aquí tenéis mi película. Hay semen en la comisura de los labios, mescalina con olor a ano y zafios chistes sobre la afición del rey a las prostitutas. ¿Y qué?”

“Tonight’s the night we’re gonna make it happen / Tonight we’ll put all other things aside / Give in this time and show me some affection / We’re going for those pleasures in the night”. En Los amantes pasajeros, todos los personajes se entregan a esos placeres trasnochados, y lo hacen en un tiempo y espacio literalmente suspendido, con la posibilidad de la muerte inminente guardada en el compartimento del equipaje. Y esta es la moraleja definitiva y cósmica de esta película. Si eres gay, sé gay. Si quieres follar, folla. Si quieres bailar, baila. España, y el mundo, se precipita hacia el vacío. No nos queda otra que entregarnos a nuestros deseos y pulsiones más primarias. Tal y como, una vez más, Almodóvar ha hecho con su cine.