Hemlock Grove (T2): ¿Qué acabo de ver?

Roman Godfrey

No debería sorprendernos ya nada al ver la segunda temporada de Hemlock Grove, porque si nos hemos atrevido a seguir después de aquella indescriptible primera temporada (aquí hago lo posible por describirla), es porque sabemos exactamente lo que la serie de terror de Netflix nos puede ofrecer. Y aún así, es increíble comprobar cómo en estos nuevos 10 episodios las dosis de absurdo aumentan exponencialmente y el caos absoluto que es esta historia (por llamarla de alguna manera) alcanza nuevos límites.

No voy a tratar de resumir la temporada, porque es mejor adentrarse como si nada, y porque no hay sinopsis que valga para que, si no habéis visto esta serie, os hagáis una idea de qué va. Porque nadie sabe de qué va Hemlock Grove, ni los que la vemos, ni los que la hacen. Sabemos que es un cocktail de ingredientes que por separado suenan de lo más atractivo (sexo, poder, vísceras, juventud ociosa y viciosa, divas crepusculares, experimentos genéticos, upirs y vargulfs), pero que juntos conforman el pastiche más extraño e indefinido de la televisión. Como ya sabéis, la serie viene de la mano de Eli Roth, jefazo del torture porn (Cabin Fever, la franquicia Hostel) y auteur de terror (produce mientras duerme, 2001 maníacos, El último exorcismo, etc.). Y se nota, vaya si se nota.

Hemlock S2

Si True Blood (la serie con la que es más fácil compararla) es cerda y cochina, Hemlock Grove es sucia y asquerosa. Y ojo, no lo digo como si fuera algo malo. Si por algo es llevadera Hemlock Grove es por sus altas cotas de gore y su loable empeño en provocar arcadas en el espectador con aberraciones varias (se recomienda no ver la serie comiendo). Hemlock Grove puede ser sensual -ahí están Famke Janssen y Bill Skarsgard para dejarlo patente- pero lo suyo no es la sutilidad o lo sugerente, lo suyo es dar asco, sin motivo, sin explicación, porque quiere y porque puede.

Por eso, además de los contoneos de la Janssen cantando (este año la han convertido en diva de jazz/karaoke) o la fijación por los labios de Skarsgard, esta temporada de Hemlock Grove se ha superado con escenas y bizarradas para el recuerdo: la gigante desfigurada Shelley regalando uno de sus dedos podridos a un niño, Miranda (horrible nuevo personaje) emanando sangre por los pechos, o siendo devorada por Roman (que sigue siendo lo mejor de la serie) provocando una descomunal y preciosa fuente de sangre (sin duda la mejor secuencia de la temporada); todas las veces que Roman se alimenta (y en concreto aquella en la que engulle órganos mutantes en líquido amniótico), o cuando se somete al tratamiento para volver a ser humano (¡agujas en los ojos!); y por supuesto, cuando Peter se transforma en hombre lobo. Extremo, bestia, alucinante. Con diferencia la mejor transformación monstruosa que hemos visto en la tele. Pero la que es sin duda mi escena favorita de la temporada es el cold open en el que ese irresistible Lord Byron que es Roman (atención, la serie es más autoconsciente de lo que parece), acude a un motel de mala muerte y se come las sanguijuelas del torso de un señor mayor como si no hubiera mañana. Precioso. Eso es Hemlock Grove.

Por desgracia, esta segunda temporada ha fallado con el whodunit, ha aburrido con los nuevos personajes, y peor aún, ha dado más peso a la trama de experimentación genética que tiene lugar en la Torre Blanca de los Godfrey, irrisoriamente excesiva hasta para una serie como esta. Hemlock Grove ha rizado el rizo con el regreso de Shelley (que ahora es interpretada por Madeleine Martin de Californication), a la que el doctor Johann Pryce (otro personaje horrible entre tantos, aunque el mejor pronunciando nombres rusos) ha intentado “salvar” trasladando su consciencia al cuerpo de una animadora rubia. Pero bueno, ya hemos visto que con esta serie, todo vale. Sin ir más lejos, en la primera escena de Olivia Godfrey esta temporada, Famke Janssen ha cambiado su acento (antes era supuestamente británico y ahora es yanqui), y se explica como secuela de una operación de lengua. Solo se puede aplaudir.

Hemlock lobo

Hemlock Grove es avariciosamente mala, una producción de tan bajo presupuesto que nunca hay extras y los efectos digitales en 3D parecen hechos en los 90. La seña definitiva de que estamos ante una serie de presupuesto trágicamente ajustado son esas vitrinas Detolf de Ikea decorando las oficinas de la supuestamente vanguardista y multimillonaria White Tower. Pero todo esto forma parte de su encanto, claro. Más que hermana de True BloodHemlock Grove es la respuesta catódica al cine fantástico que vemos en festivales temáticos como Sitges o Nocturna. Un excéntrico cuento gótico, una orgía de nueva carne, un culebrón dinástico (porque en el fondo la serie es toda una telenovela de los 80) sin pies ni cabeza, en el que es inevitable perderse (porque no hay lógica interna para orientarnos), pero que resulta extrañamente magnético. Después de terminar estos nuevos diez episodios -y especialmente después de esa locura de secuencia final en la Torre-, no sé qué he visto exactamente, pero sé que ahora mismo no hay nada igual en televisión, y creo que quiero más.

Hemlock Grove: ¿Por qué me cuesta tanto dejarte?

hemlock-grove

De los estrenos originales de Netflix durante 2013, hubo una serie que pasó desapercibida entre los vítores a House of Cards, la expectación alrededor de Arrested Development y la revelación que fue Orange Is the New Black. El servicio norteamericano de VOD estrenó Hemlock Grove, serie de terror creada por Eli Roth, sin obtener demasiada repercusión. Y lo cierto es que es totalmente lógico, porque de toda su oferta de ficción original esta es sin lugar a dudas la más problemática y la que tiene un público objetivo más limitado.

Hemlock Grove es algo así como la True Blood de Netflix. Una historia de terror pseudo-gótico ambientada en un pequeño pueblo de Norteamérica en el que todo el mundo se conoce y todos guardan secretos, en muchos casos relacionados con lo sobrenatural. Como la serie de Alan Ball, Hemlock Grove se regodea en sus escenas de sexo y violencia, con constantes desnudos, una fuerte carga erótica perturbada (con dosis de incesto) y alto contenido en (soft) gore. No cabe duda de que estamos ante una producción del responsable de Cabin Fever y la saga torture porn Hostel. Sin embargo, el formato serial de Hemlock Grove obliga a que la sangre y demás fluidos salpiquen la historia solo en momentos puntuales, dedicando la mayor parte de los episodios a descifrar las tumultuosas relaciones entre las dos familias protagonistas, los Godfrey y los Rumancek.

La historia da comienzo con el asesinato de una joven del pueblo a manos de lo que parece un animal salvaje. A partir de este gastadísimo lugar común, Hemlock Grove genera un gran número de tramas, en su mayor parte inconexas y a la deriva. El factor fantástico de la serie se manifiesta más en su lisérgico e hipnotizador aspecto visual (uno de sus puntos fuertes) que en la propia presencia de criaturas sobrenaturales. Estas se mantienen ocultas bajo fachadas humanas la mayor parte del tiempo, dejando que la mitología se desarrolle a base de insinuaciones, sueños, y con grandes lagunas para que el espectador se pierda en ellas.

Hemlock Grove Bill Skarsgard

Hemlock Grove no puede definirse como una serie de vampiros o de hombres lobo, a pesar de que en técnicamente lo es. Aquí lo que tenemos son variaciones menos conocidas de estos mitos fantásticos, asociadas a los folclores ruso, rumano y escandinavo. Así, en lugar de vampiros tenemos al Upir, y conocemos a la versión más salvaje de los hombres lobo, los Vargulf. Pero estos no pasan a primer plano en ningún momento. Se prefiere mantener un halo de misterio (o de desorientación y confusión como es el caso) hasta la impactante recta final de la temporada, en la que descubrimos quién es el asesino de Hemlock Grove a la vez que lo álter egos monstruosos de los personajes toman forman.

El componente whodunit de Hemlock Grove es lo que hace que la serie pierda el norte en muchas ocasiones. La investigación a manos del sheriff del pueblo y una doctora especializada en animales salvajes -reunión de actores de Battlestar Galactica, Aaron Douglas y Kandyse McClure– es lo que hace que algunos episodios de la serie rocen lo insoportable, ya sea por la ineptitud absoluta a la hora de desenlazar el caso como por el desarrollo del peor personaje de la serie (y de la televisión en 2013), la doctora Clementine Chasseur. La interpretación de McClure es el acto de violencia más estomagante que podemos ver a lo largo de los 13 episodios de Hemlock Grove.

Hemlock Grove Roman Peter

Los actores de Hemlock Grove cumplen con las expectativas del género. Claro que nadie espera interpretaciones dignas de Emmy en una serie como esta. Lo que tenemos aquí es exceso y extravagancia. La nota más afectada la ponen los Godfrey, ociosos herederos agonizando en un pueblo de paletos: la matriarca Olivia Godfrey, una Famke Janssen idónea en el papel de diva camp, con un acento británico de carnaval, y una presencia viperina tan ridícula y aparatosa como fascinante; Su hijo Roman, un galán adolescente desgarbado y hedonista, Bill Skarsgård en un papel que evoca al de su hermano Alex en True Blood, y que es indiscutiblemente uno de los puntos más fuertes de la serie, en parte gracias a su interesante relación amistosa (con tintes homoeróticos) con otro bad boy, el joven Vargulf gitano Peter Rumancek (Landon Liboiron); Y luego está su hermana, Shelley (Nicole Boivin), una adolescente mutante gigante muda sin manos (sí, todo eso). También está por ahí la musa del terror Lili Taylor (lo raro sería que no saliera en algún sitio), haciendo de mamá piquillo; y una adolescente preñada de un ángel, una niña lunática obsesionada con los hombres lobo que se lía con un cadáver cercenado, y un científico loco que dirige experimentos poco ortodoxos en la compañía de los Godfrey. Vamos, una locura sin pies ni cabeza.

Como habréis comprobado, es bastante complicado resumir esta serie, o contar a grandes rasgos lo que uno se puede encontrar en ella. Pero ese es el mayor atractivo de esta ficción guarra y sucia de espíritu Serie B, completamente inmersa en lo bizarro, que dispara sin ton ni son a ver si acierta en algo, desprovista de cualquier tipo de dirección o autocontrol. Sin embargo, como suele ocurrir con muchos productos audiovisuales de dudosa calidad, hay algo que nos atrapa y no nos deja salir. Ya sea por culpa de los suculentos labios de un irresistiblemente autoconsciente Skarsgård, de las truculentas transformaciones físicas que hacen competencia a las muertes de vampiros en True Blood, los increíbles cromas cuando los personajes van en coche, o las húmedas y vibrantes secuencias oníricas, Hemlock Grove es todo un accidente televisivo, una serie mala de la que cuesta apartar la mirada.