Crítica: Ocean’s 8

En 2001, Steven Soderbergh dirigió a un reparto estelar encabezado por George Clooney y Brad Pitt en Ocean’s Eleven, basada en el clásico de los 60 La cuadrilla de los once. El éxito de la película dio lugar a dos secuelas que reproducían la eficaz fórmula de la primera entrega y aumentaban el ya de por sí multitudinario reparto de superestrellas de Hollywood, incorporando en sus filas a intérpretes como Julia Roberts o Catherine Zeta-Jones. Pero aun con su presencia, la saga Ocean’s siempre se ha caracterizado por ser un club de nabos, es decir, por tener repartos principal y eminentemente masculinos.

La franquicia da un giro de 180º en este aspecto con Ocean’s 8, la nueva película con la que plantea un reinicio con un reparto completamente nuevo, en esta ocasión, además, íntegramente femenino y multicultural. Afortunadamente, la mala acogida del reboot femenino de Cazafantasmas no ha achantado a Warner, que ha depositado toda su confianza en un impresionante elenco de actrices liderado por Sandra Bullock, Cate Blanchett y Anne Hathaway, y redondeado por gente tan dispar como Mindy Kaling, Sarah Paulson, Helena Bonham Carter, Rihanna y Awkwafina. Dirigidas por Gary Ross (Seabiscuit, Los juegos del hambre), esta fantástica troupe protagoniza un nuevo golpe al más puro estilo Ocean’s, pero con un toque de brillante.

Ocean’s 8 nos presenta a Debbie Ocean (Bullock), la hermana de Danny (el personaje interpretado por Clooney), que lleva casi seis años cumpliendo condena. Durante su temporada en la cárcel, Debbie ha planeado el mayor robo de su vida hasta el último detalle, y para llevarlo a cabo necesita un equipo de estafadoras a la altura del complicado reto. Una vez en el exterior, Debbie retoma el contacto con su amiga y compinche de toda la vida Lou Miller (Blanchett), con la que recluta a otras cinco especialistas: la joyera Amita (Kaling), la timadora callejera Costanza (Awkwafina), la perista Tammy (Paulson), la hacker Nine Ball (Rihanna) y la diseñadora de moda en horas bajas Rose (Bonham Carter). Su  objetivo: el legendario collar de diamantes valorado en 150 millones de dólares que colgará del cuello de la superestrella Daphne Kluger (Hathaway) durante el evento benéfico más exclusivo del año, la Gala del Met.

A pesar de ser la cuarta película de una saga, lo cierto es que Ocean’s 8 mantiene su autonomía la mayor parte del tiempo. En ella descubrimos qué ha sido de Danny Ocean y nos reencontramos con algún que otro viejo conocido, pero los guiños al pasado no impiden que los espectadores casuales disfruten de la película, sino todo lo contrario. Ocean’s 8 repite el esquema de las anteriores entregas (y de cualquier película de golpes que se precie, claro), pero no se encierra en su propia continuidad, sino que reinventa la marca Ocean’s con idea de captar nuevas audiencias y prolongar su vida comercial a partir de esta renovada banda.

Con este objetivo en mente, Ocean’s 8 no podría haber acertado más a la hora de elegir a sus actrices. Si por algo destaca sobre todo el film es por la presencia e indudable carisma de sus estrellas, principalmente Blanchett, que es puro magnetismo (capta la mirada con solo aparecer en pantalla y no nos suelta), y Hathaway, que realiza la mejor interpretación de la película. Técnicamente, Bullock es la protagonista, la líder de la banda, pero en esta ocasión, la siempre estupenda actriz no parece estar al 100%, siendo eclipsada por las demás. En cuanto al resto del cast, Bonham Carter destaca por hacer de ella misma otra vez (y se lo agradecemos, porque está tronchante), Rihanna cumple (no le dan mucho que hacer, por si acaso), y Paulson, Kaling y Awkwafina quedan algo desaprovechadas, pero se entiende, por lo amplio del reparto. Eso sí, todas van vestidas para la posteridad.

Pero más allá de su estilazo y el atractivo de sus actrices, ¿qué nos ofrece la película? Pues bien, la banda de Debbie Ocean es precisamente como un diamante, brilla, encandila y nos distrae de la realidad: la trama no está tan trabajada como debería y le falta cohesión entre las partes, el plan está lleno de fisuras que se traducen en agujeros narrativos (lo común en este género, pero con un extra de descuido) y en general, la película no es todo lo explosiva que podría haber sido con la materia prima con la que contaba.

Claro que el diamante brilla mucho. Muchísimo. A pesar de no aprovechar todo su potencial, Ocean’s 8 es una película muy divertida, un pasatiempo ligero y elegante, en el que se pueden pasar por alto sus defectos si nos centramos en sus aciertos, resumidos en su irresistible plantel de actrices, y en especial Hathaway, el arma (no tan) secreta de la película. Ocean’s 8 son ellas, y ellas hacen que todo lo demás sea secundario.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Alicia a través del espejo

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

El remake en acción real de Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los mayores éxitos de 2010, superando en taquilla la impresionante cantidad de mil millones de dólares en todo el mundo. Sigue resultando sorprendente, ya que la película dirigida por Tim Burton no está considerada a día de hoy como uno de los mejores trabajos del director de Eduardo Manostijeras o uno de los títulos más aclamados de Disney, que lleva ya unos cuantos años imparable en la box office y con la crítica y el público en el bolsillo. Pero lo cierto es que Alicia supuso un éxito extraordinario para la Casa de Mickey Mouse (y no solo en los cines, sino que también generó un boom duradero de mercadotecnia), por lo que era de cajón que volveríamos al País de las Maravillas para vivir más aventuras junto a Alicia Kingsleigh (Mia Wasikowska) en la secuela que nos llega ahora, Alicia a través del espejo.

James Bobin, director de las dos películas del reboot cinematográfico de Los Muppets, toma el relevo de Burton, que permanece en la franquicia como productor. En Disney debieron pensar (lógicamente): ‘Si algo funciona, ¿por qué arreglarlo?‘ Muchos elementos de la primera Alicia no recibieron el beneplácito de la audiencia, pero en lugar de intentar corregirlos, se ha hecho una secuela continuista al 100%. Es decir, Bobin sigue la senda marcada por Burton, y aunque se podría detectar algo de su sentido del humor en algunas escenas, en general el director se ha encargado de reproducir al dedillo la visión de Burton. De esta manera, Alicia a través del espejo se basa de nuevo muy libremente en la obra de Lewis Carroll para continuar la reimaginación de sus historias en clave de épica fantástica. La nueva Alicia es la misma Alicia, un estallido de color y animación digital que puede resultar tan goloso como empalagoso y que repite las mismas claves de la primera película.

Una de las novedades que planteaba la película de Burton era una Alicia de armas tomar, es decir, una versión más fuerte y decidida de la creación de Carroll, que lejos de llorar ante las adversidades como la Alicia animada de Disney, se enfundaba en una armadura para derrotar al Galimatazo, en un glorioso arrebato feminista que ha calado hondo en la Disney reciente y que por supuesto se recupera en la nueva película. En A través del espejo nos reencontramos con esa misma chica valerosa y resuelta, ahora convertida en capitana de su propio barco, siguiendo los pasos de su padre. A su vuelta a Londres, Alicia se encuentra con que el mundo sigue regido por los anticuados puntos de vista sobre el papel de la mujer, y tanto ella como su madre ven cómo sus planes de futuro peligran por culpa de esto. Pero antes de poder lidiar con sus problemas allí, Alicia atraviesa un espejo mágico para regresar al Submundo, donde tendrá que embarcarse en una aventura en el Océano del Tiempo para salvar a un “descolorido” Sombrerero Loco (Johnny Depp), sumido en una depresión después de perder a su familia en la batalla contra el Galimatazo. Efectivamente, Alicia a través del espejo no solo se distancia enormemente del material original, sino que además hace retcon de su predecesora para contarnos varias historias de orígenes, la del Sombrerero (que no está loco de nacimiento, sino que su carácter tiene su origen en su relación con su padre) y la de las hermanas Mirana (Anne Hathaway) e Iracebeth (Helena Bonham Carter).

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

Alicia a través del espejo es más comparable a Regreso al futuro que a la obra de Carroll. Para salvar al Sombrerero, Alicia debe tomar prestada la Cronosfera de Tiempo (un muy acertado Sacha Baron Cohen) y viajar al pasado para resolver un misterio que la llevará a cruzarse con sus amigos y enemigos en diferentes etapas de sus vidas, a la vez que huye de Tiempo, que corre el peligro de perecer (y con él el mundo entero) sin la Cronosfera. Así, la película se construye (por decirlo de alguna manera) como una odisea a través del tiempo, aumentando considerablemente las dosis de acción y, sin embargo, perdiéndose en mil y un dobleces temporales y las correspondientes paradojas que no hacen sino añadir confusión y caos a la ya de por sí endeble historia (una historia a la que el caos le debería sentar bien, porque es su estado natural, no perjudicarla tanto). Al final, a Alicia a través del espejo le falta imaginación (pecado capital teniendo en cuenta el material del que parte) y vuelve a caer en el mismo error que la primera entrega: dar prioridad al envoltorio sobre lo que hay (o debería haber) dentro de la caja, al espectáculo sobre la sustancia. Y aunque hay bastante que admirar en Alicia a través del espejo (sobre todo el diseño de producción y el suntuoso vestuario de Colleen Atwood), falta lo más importante, la emoción y la profundidad que otras recientes adaptaciones en acción real de Disney sí nos han dado, lo que ha elevado el listón de lo que esperamos del estudio.

Por el lado bueno, en un universo creado casi enteramente por ordenador, el reparto ‘humano’ vuelve a compensar el exceso CGI, tanto los que están de cuerpo (más o menos) presente como los que prestan sus voces a la fauna de Wonderland (como Alan Rickman, que provoca escalofríos con sus cuerdas vocales por última vez). Con permiso de una más que correcta Wasikowska, son Helena Bonham Carter y Anne Hathaway las que más vuelven a brillar con luz propia, la primera además añadiendo capas de matices a su divertidísima interpretación (es mala porque está dolida por el pasado) y la segunda demostrando de nuevo su gran vis cómica, con un personaje que parece haber tomado apuntes de la Giselle de Encantada. El eslabón más débil sigue siendo Johnny Depp como el Sombrerero Loco, que, aunque esta vez no baile (gracias al Cielo), sigue saturando tanto o más que los cromas. Claro que su interpretación caricaturesca encaja perfectamente con la propuesta cuasi-animada de la película, y otra cosa habría desentonado. En este sentido, Alicia a través del espejo no engaña. Su objetivo es contentar a esos millones de personas que disfrutaron (suponemos) con el (intencionado) exceso hortera y la épica colorista de este rediseño de los mundos de Carroll (que sigue teniendo cuerda para más partes, ya que las películas han desarrollado un universo propio con vida más allá de los libros). Se podía haber intentado corregir lo que no funcionaba de la primera entrega, pero se ha optado por repetir la fórmula del éxito, aunque haya supuesto volver a vender el alma al tiempo.

Nota: ★★½

Crítica: Cenicienta

CINDERELLA

Con las adaptaciones en acción real de sus clásicos animados, Disney ha encontrado su nueva gallina de los huevos de oro, y a pesar de que hace un año parecía que el género empezaba a recular, asumámoslo, tenemos cuentos de hadas para rato. Tras los más recientes taquillazos de la casa de Mickey Mouse, el panorama hollywoodiense de los próximos cinco años se presenta gobernado por los superhéroes y las princesas. La originalidad brilla por su ausencia, las películas no solo son adaptaciones de historias hiper-conocidas, sino que se parecen cada vez más entre sí, pero las cifras de taquilla indican que esto es lo que quiere el público, y lo que dice el público va a misa. Al menos hasta que el público se canse (o hasta que el tiempo demuestre que no se trata de modas pasajeras, sino del nuevo estado del cine comercial moderno; lo que ocurra antes).

Después de la decepcionante Maléfica, Disney recurre a uno de sus clásicos más insípidos para insuflarle nueva vida y color, Cenicienta. La principal diferencia de ésta con la película protagonizada por Angelina Jolie es que Cenicienta es una adaptación considerablemente fiel del cuento original, tal y como lo presentó Walt Disney en 1950. Hay cambios, algunos más sustanciales que otros -el más importante es que en esta ocasión el relato se inicia en la infancia de Cenicienta, por lo que el espectador conoce a Ella, es testigo de su tragedia personal, y asiste a su transformación en “Cinder-Ella”- pero más allá de eso, estamos ante la misma historia de siempre (ratones incluidos). Y esto, paradójicamente, supone cierta transgresión. Me explico.

Disney (y el resto de compañías que producen cine “para toda la familia”) se ha dedicado en los últimos años a derribar o reconfigurar estereotipos, entre otras cosas presentando personajes femeninos más fuertes, mujeres capaces de alcanzar la felicidad sin depender de un hombre. Así, en este mundo de princesas Disney contemporáneas se hace especialmente raro que la nueva Cenicienta no sea tan “nueva”, que no se enfunde una armadura como la Alicia de Burton o deje a un lado el amor romántico como Merida o Elsa. Pero que esto no nos engañe, la Ella de Kenneth Branagh (director) y Chris Weitz (guionista) no es una princesa pasiva que solo existe en relación a su príncipe. A base de detalles muy sutiles, Cenicienta es un personaje más resuelto y perseverante, toma decisiones propias, y a pesar de sus circunstancias, logra mantener cierto control sobre su vida y su destino.

CINDERELLA

Todo sin sacrificar su delicadeza, su gracilidad o su idealismo romántico, es más convirtiendo estos atributos en síntomas de entereza y humanidad en lugar de fragilidad. Porque la princesa no empuñe una espada, no quiere decir que estemos ante una película anti-feminista, todo lo contrario. Con esta nueva Cenicienta se nos presenta otro tipo de heroína feminista: la que decide luchar contra las adversidades con optimismo, bondad y perdón, virtudes propias de una persona valiente, tal y como el machacón lema de la película nos recuerda en todo momento. La que se enamora y anhela el “…y vivieron felices y comieron felices” con su príncipe azul (porque no tiene nada de malo querer encontrar el amor), sabiendo que no es lo más importante, ni la única manera de hallar la felicidad. Es decir, una princesa de las de siempre convertida en un personaje moderno sin apenas alterar su esencia.

El otro gran cambio de la cinta de Branagh con respecto al clásico del 50 es que ahora la película tiene personalidad, tal y como demuestran sus personajes. Desde Cenicienta, interpretada con encanto y afinación absoluta por Lily James, hasta el príncipe (Richard Madden aportando humanidad y humor a un personaje tradicionalmente plano), pasando por el Hada Madrina (Helena Bonham Carter, al contrario que Johnny Depp, sigue explotando con gracia su marcianismo) y sobre todo la madrastra, a la que da vida una Cate Blanchett dispuesta a pasárselo bomba con su personaje. La doblemente oscarizada actriz sobreactúa hasta derrapar, y el personaje está algo desaprovechado, pero cuando Blanchett da con la nota adecuada, resulta divertidísima.

Cenicienta es una película prácticamente irreprochable en todos los sentidos, un espectáculo de magia y color en el que esta vez Branagh evita que su gusto por la pompa y la teatralidad se interpongan en la narración, dando como resultado una ostentosa obra de sensibilidad pictórica y aire a Hollywood dorado que no obstante es algo más que un bonito (y sobrecargado) envoltorio. Teniendo en cuenta la dificultad con la que se parte al contar una historia que el público conoce de principio a fin, Cenicienta se las arregla para divertir y encandilar con los mismos ingredientes de siempre, pero con más brío (atención a las excelentes secuencias de la calabaza/carroza), personajes más definidos, y sin olvidar el extra de almíbar (porque si Cenicienta no fuera así de cursi, no tendría gracia), haciendo que aceptemos, aunque sea por un momento, que los cuentos de hadas están hechos para ser contados una y otra vez.

Valoración: ★★★★

Crítica: El extraordinario viaje de T.S. Spivet

"The Selected works of T.S.Spivet".? Photo: Jan Thijs 2012.

Texto escrito por Daniel Andréu

Jean Pierre Jeunet lo va a tener complicado para quitarse la coletilla de “el director de Amélie”, y más si se embarca en proyectos como el que nos ocupa. El título original de su última película es The Young and Prodigious T.S. Spivet, basada en la novela de Reif Larsen Las obras escogidas de T.S. Spivet. Si ya de por sí el título recordaba al de su gran éxito (aquel Le fabuleux destin d’Amélie Poulin), en España directamente han tenido la genial y sutil idea de rebautizarla El extraordinario viaje de T.S. Spivet.

La primera película en inglés de Jeunet 16 años después de Alien Resurrection podría haber sido una oportunidad para orquestar su gran regreso al mainstream, pero en lugar de ello el director francés ha elegido contar una pequeña  historia familiar, sencilla y con poca intención de hacer ruido. Con la campaña de marketing adecuada se podría haber convertido en un sleeper capaz de capear la marea de taquillazos veraniegos, pero por desgracia poca gente le ha hecho caso.

Spivet PosterLo que empieza pareciéndose demasiado a la estructura de Amélie, concretamente en la presentación de los personajes, va cogiendo forma y entidad progresivamente. El uso de la tecnología 3D resulta bastante acertado para una película tan íntima como esta y proporciona una nueva forma de expansión para el mundo interno del director. Como siempre en el cine de Jeunet, la imagen está saturada de colores y formas (gran trabajo de fotografía de Thomas Hardmeier), y cada plano está cuidado con un preciosista y calculado desorden.

Pero lo más importante aquí es la historia, para la cual Jeunet se traslada a la tranquilidad del campo, un paisaje cinematográfico que recuerda bastante a Tideland de Terry Gilliam, director al que Jeunet le debe bastante. En este bucólico escenario se desarrolla casi toda la acción. Y ese es uno de sus principales aciertos, ya que ayuda a enfatizar en todo momento la importancia de la historia y los personajes. Todos los actores transmiten cercanía y ayudan a componer una relación familiar más que creíble. El pequeño Kyle Catlett (el niño de The Following) aguanta por sí solo y con buena nota el peso de la película. Habrá que ver si su buen trabajo aquí es el principio de una carrera destacada en el cine o si su “cara de palo”, idónea para este papel, es su único registro.

El viaje personal de T.S. hacia el olimpo científico es totalmente implausible, pero no así sus sentimientos y sus intenciones. Es por esto por lo que resulta tan fácil ponerse en su lugar y dejarse llevar por la historia, por muy extravagante que sea. Gracias a él, los miembros de su familia, y a la sensibilidad con la que el director afronta la narración, la película llega a buen puerto y se convierte en una experiencia que, sin mayores pretensiones, resulta más que agradable.

Valoración: ★★★½

Estrenos de cine 27-03-13


G.I. Joe: La venganza
 (G.I. Joe: Retaliation, Jon M. Chu, 2013)

Más que una secuela de la primera G.I. Joe -una de las películas más casposas de los últimos años-, G.I. Joe: La venganza es un reboot de la franquicia que sigue indudablemente la estela de Transformers (otra propiedad de Hasbro, como la que nos ocupa) y que reformula completamente los elementos de la saga. Más trama militar, mejores escenas de acción (algunas como la de las montañas quitan el hipo), efectos digitales mucho más dignos y un sentido del humor más acorde con el tipo de público al que se dirige.

G.I. Joe: La venganza hace borrón y cuenta nueva y se olvida del enfoque camp y tontorrón de la primera entrega, convirtiéndose en una superproducción que sigue al pie de la letra las exigencias de un blockbuster veraniego (aunque se estrene en primavera). Además, cuenta con la presencia de dos héroes del cine de acción, un Bruce Willis algo desubicado pero dejando patente su estatus de eminencia testosterónica, y Dwayne ‘The Rock’ Johnson, que se confirma como uno de los actores-montaña-de-músculos más carismáticos. Ambos intérpretes evidencian la determinación de G.I. Joe por dejar atrás el fallido primer intento de poner en marcha la saga, replanteándola como una cinta al más puro estilo Michael Bay que además se permite incluir escenas cómicas por encima de la media en este tipo de películas: atención a la satírica secuencia de la reunión de los presidentes mundiales. Con todas sus fantasmadas y ridículos agujeros de guion -o precisamente por todo ello-, G.I. Joe acaba siendo más que recomendable para los aficionados al género, y compensará ligeramente la decepción que recientemente ha supuesto La jungla: un buen día para morir. A los que no les vaya mucho la acción explosiva y patriótica (yanqui, se entiende), que ni se molesten, claro.

 


Grandes esperanzas
(Great Expectations, Mike Newell, 2012)

No hay nada verdaderamente reprochable en esta película además del hecho de que nadie la pidió. Esta nueva adaptación de una de las bildungsromans por excelencia no aporta nada con respecto a sus predecesoras, y a pesar de tener un acabado más que aceptable, resulta básicamente innecesaria. Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral, Harry Potter y el cáliz del fuego) se aproxima a la obra de Charles Dickens desde el más absoluto respeto. Y en el tiento y la preocupación por ser fiel al referente, Newell orquesta una película que lleva la sensación de déjà vu fílmico a otro nivel. El realizador británico hace un buen trabajo a la hora de identificar y disponer los puntos nodales de la historia, y el guionista David Nicholls controla a la perfección el relato original, sabiéndolo adaptar al lenguaje cinematográfico sin necesidad de hacer una película de tres horas. Sin embargo, la propuesta peca de ingenuidad al confiar en el apoyo del público -sobre todo un año después de la reciente miniserie para la televisión británica. En el apartado interpretativo ocurre lo mismo. Helena Bonham Carter nació para dar vida a la señorita Havisham -como nació para interpretar a cualquier personaje excéntrico y esperpéntico-, aunque no consigue deshacerse de la sombra de la gran Miss Dinsmoor de Anne Bancroft en la mucho más interesante adaptación de Alfonso Cuarón de 1998. Y el inexperto y cauteloso Jeremy Irvine (War Horse) es una acertada elección para un personaje como el de Pip. En definitiva, la película es tan correcta en todos los aspectos que resulta prácticamente olvidable. Eso sí, los aficionados a las adaptaciones de clásicos de la literatura, y al cine de época, encontrarán el mayor atractivo en una ambientación muy lograda y el suntuoso diseño de vestuario de Beatrix Aruna Pasztor.

 

La soledad de los números primos (La solitudine dei numeri primi, Saverino Costanzo, 2010)

Con nada más y nada menos que tres años de retraso nos llega a España la italiana La soledad de los números primos -ni que fuera de Ghibli. Pero en el caso de esta película, y a pesar de sus irregularidades, podemos decir bien alto lo de “más vale tarde que nunca”. El filme de Saverino Costanzo, basado en la exitosa novela homónima de Paolo Giordano, bien podría haberse titulado Los invonvenientes de ser un marginado, al menos hasta que nos adentramos en su último acto. La primera hora y media de la película transcurre a base de saltos en el tiempo (si no se ha leído la novela, es más que probable que la historia resulte confusa al principio y los personajes no se distingan con claridad) y frecuentes cambios de tono y ritmo. El relato nos muestra de manera alternada una cara más amable y otra mucho más cruda, optando por el camino más deprimente y pesadillesco en su última media hora. La soledad de los números primos es hasta ese momento un certero ejercicio de reflexión sobre la importancia de las experiencias vitales durante la infancia y la adolescencia y las decisiones de los padres en la formación y forja de identidad de una persona. Sin embargo, las valiosas conclusiones a las que llega se van al traste en un desenlace que, como si de un giallo se tratase -esto no es una apreciación gratuita, me entenderéis cuando veáis la película- se deshace de todo lo que se ha construido durante la película en busca del impacto y la controversia.

Dark Shadows: cuéntame un cuento

Tim Burton es una víctima de los tiempos que corren. Cierto es que su obra ha mostrado evidentes síntomas de agotamiento en los últimos años: Sweeney Todd supuso otro esfuerzo técnicamente brillante pero carente de alma, y su Alicia dejó frío a todo el mundo. Sin embargo, no es del todo justo achacar únicamente al realizador la cada vez más generalizada corriente de desprestigio hacia su cine. El camino recorrido por el director de Batman y Eduardo Manostijeras entre otros clásicos del cine contemporáneo ha estado enormemente obstaculizado por su impacto en la cultura de masas. Su extravagante y extraordinaria visión, a su vez siempre cimentada en el clasicismo y lo institucional, ha atravesado dos claras etapas. De lo hip a lo demodé en una década -en medio identificamos un proceso de marketinización y apropiación de su imagen, decisivo para su declive comercial. Hace tiempo que el mundo superó a Burton, dejándolo en el pasado, como uno hizo con el acné y el grunge. En gran medida, lo que ha dañado su cine es no haberse adaptado al siglo XXI. Sus propuestas son intemporales en esencia, pero la audiencia no puede evitar situarlas en el pasado. Burton sigue insistiendo en su discurso estético y en su papel de cuentacuentos sin reparar en que su público ha madurado. Y esto, para mí, es algo absolutamente conmovedor.

Si no prestamos atención a la textura digital que envuelve todo su cine perteneciente al siglo XXI, la última propuesta de Burton, Dark Shadows, podría formar parte de su etapa noventera. Haciendo oídos sordos al hastío del público ante su empalagoso romance profesional con Johnny Depp, el director norteamericano se reafirma en sus preceptos estéticos y se limita a contarnos otro cuento protagonizado por el excesivo actor. Con Sombras tenebrosas, Burton busca la mirada sin adulterar de un público en el que sigue depositando toda su confianza (ciega). Su peterpanismo como realizador opone resistencia a las nuevas tendencias cinematográficas mainstream. Sí, se pone las gafas de sol, pero en el fondo sigue y seguirá siendo el mismo ser extrañado que trata de vivir en una época que no le corresponde (por muy impostado que pueda ser este papel). Y en eso consiste el romanticismo del autor, al que no importa que el espectador esté cada vez más educado en lo narrativo, y al que en ningún momento pretende sorprender.

Dark Shadows está basada en la serie de televisión del mismo nombre (Sombras en la oscuridad se tituló en España), un culebrón de emisión diaria en la cadena ABC que llegó a tener 1.225 episodios. Lo más curioso de la serie es que no incorporó el elemento sobrenatural hasta seis meses después de su estreno. A partir de la introducción del vampiro Barnabas Collins -él aparecería tras un año de emisión del programa-, Dark Shadows se pobló de toda clase de criaturas monstruosas, que convirtieron la serie en un clásico que ha dejado una importante huella camp en su país de origen. Confeso admirador de Sombras en la oscuridad, Burton acometió un proyecto que parecía hecho para él y nadie más. Fusionó convenientemente el componente soap con el ingrediente terrorífico, para elaborar una historia a caballo entre el relato de fantasmas -reminiscente de su Novia cadáver Beetlejuice– y el kitch y el pastiche que nos devuelven el espíritu de sus obras más coloristas, Eduardo manostijeras y la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate. El resultado es un digno ejercicio de entretenimiento, por desgracia ya condenada al ostracismo.

Uno de los apartados más sobresalientes de Sombras tenebrosas es el interpretativo. Depp construye otro de los personajes cartoonescos que le han consagrado como transformista del cine, pero esta vez logra ejercer un mayor control sobre sus tics. Afortunadamente, el Barnabas Collins de Depp nos hace olvidar al desastroso Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, y si me lo permitís, trae a la memoria a su excelente Ed Wood.

Sin embargo, es un trío femenino de ases el que eleva considerablemente de categoría a Dark Shadows. Tres generaciones de actrices que brillan con luz propia. Michelle Pfeiffer continúa por la senda de Stardust, en otro papel de dama de gran presencia -es Pfeiffer, no es que tenga que esforzarse mucho-, una matriarca que se niega a sacrificar aquello que le hace fabulosa a pesar del paso del tiempo. De Catwoman a Cougarwoman. Por otro lado, lo de Eva Green debe ser obra de brujería. La chica es uno de los talentos más impresionantes de su generación, y que no haya conquistado Hollywood debe ser toda una maldición gitana. Quizás sea mala suerte, o cuestionables decisiones creativas, pero Green no ocupa el lugar que parecía reservado para ella desde su revelación en Los soñadores de Bertolucci. Sin embargo, la actriz francesa trabaja mejor que nunca bajo la batuta de Burton. Ajustándose perfectamente a las pelucas amarillo sucio marca de la casa, Green nos regala una villana antológica que tristemente, a causa de la pobre recepción de la película, no recibirá la atención que merece. Quizás no ocurra lo mismo con Chloë Grace Moretz, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de futuro, desde sus loados trabajos en Kick-Ass y Hugo. Moretz da vida a la arquetípica adolescente sumida en un constante sufrimiento hormonal, una que sería fan de Burton si en lugar de en los 70 hubiera crecido en los 90. Estos tres personajes forman parte del clan que portagoniza Dark Shadows: los Collins, una ajada y marchita familia con tenebroso pasado que permite a Burton jugar con divertidos elementos telenovelescos que acaban ajustándose como un guante a su estilo.

Cada nuevo estreno de Tim Burton se examina con ojo receloso y descreído -y es lógico, teniendo en cuenta los tropiezos. A menudo se acusa al director de narrar historias demasiado predecibles, ignorando precisamente lo que hace que su cine siga presentando férreas convicciones artísticas: Burton se niega a abandonar la ingenuidad de su obra. Dark Shadows es una historia en la más pura tradición que elevó al director al firmamento del autor de cine de Hollywood en los 90. Y es precisamente todo esto lo que ha acabado provocando la indiferencia y el rechazo. Los 90 quedan ya muy atrás, y no importa que los cuentos sean eternos, Burton ha resultado no serlo.