Crítica: El Cascanueces y los Cuatro Reinos

El Cascanueces es uno de los cuentos de Navidad por excelencia y uno de los ballets más populares de todos los tiempos. Era cuestión de tiempo que Disney se animase a adaptarlo en forma de superproducción para toda la familia. El cascanueces y los cuatro reinos (The Nutcracker and the Four Realms) está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström (Chocolat) y Joe Johnston (Capitán América: El primer Vengador), quienes ponen sus respectivos estilos como cineastas al servicio de una película a medio camino entre el cuento de hadas clásico y la aventura de acción de la nueva era de la Casa del Ratón.

El cascanueces y los cuatro reinos es una adaptación libre del cuento El cascanueces y el rey de los ratones de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y el mítico ballet de Tchaikovsky que este inspiró.  La película está protagonizada por Mackenzie Foy (la hija de Bella y Edward en Crepúsculo y de Matthew McConaughey en Interstellar), que da vida la inquieta e inteligente Clara, y cuenta en su reparto con grandes nombres como Morgan Freeman, Helen Mirren y Keira Knightley.

Como regalo de Navidad, Clara recibe una caja en forma de huevo que perteneció a su madre. Para encontrar la llave que la abre se adentra en una extraña dimensión mágica donde descubrirá todo tipo de maravillas y peligros. Allí conoce a un soldado llamado Phillip (Jayden Fowora-Knight), que la ayudará en su misión, un ratón revoltoso perteneciente a un monstruoso ejército de roedores que se ha empeñado en robarle la llave, y los líderes de los Cuatro Reinos, entre los que se encuentra el Hada de Azúcar (Keira Knightley). Clara se dirigirá al Cuarto Reino, donde se enfrentará a la temible Madre Jengibre (Helen Mirren) para recuperar su llave y restaurar el orden en este mundo paralelo.

Con El  Cascanueces y los cuatro reinosDisney reinventa el conocido relato al estilo de su versión live-action de Alicia en el País de las MaravillasLas crónicas de NarniaEl mago de Oz, todas ellas historias protagonizadas por jóvenes que abandonan su realidad para visitar un reino de fantasía. Johnston y Hallström realizan un espectáculo barroco, azucarado y colorista incorporando la tradición teatral al estilo hiperdigital del Disney más reciente, aunque el ballet queda más como un elemento anecdótico y puntual (representado por la aparición especial de la bailarina Misty Copeland) que como algo predominante. En su lugar, la película se centra en las aventuras de Clara en los Cuatro Reinos y su lucha contra el mal para salvarlos, acentuando la fantasía con abundante imaginación, (sobre)estímulo visual y algún que otro toque de oscuridad (los polichinelas de Madre Jengibre son bastante siniestros).

El film aúna el Disney de toda la vida (no falta la figura paterna ausente o la lección sobre encontrar la fuerza en el interior) con el mensaje de empoderamiento femenino y la mayor diversidad racial que ha caracterizado a los títulos recientes de la compañía. Mackenzie Foy realiza un notable trabajo personificando estos valores y convirtiéndose en una heroína Disney tan clásica como moderna, una niña valiente y resoluta sin dejar de ser una princesa de las de toda la vida. La joven actriz tiene sentimiento y presencia, lo que ayuda a que el resto de la película se sostenga sobre sus hombros. Por desgracia, a su alrededor se encuentra un elenco de estrellas que supone uno de los eslabones más débiles de la película: Freeman y Mirren solo están ahí para aportar pedigrí y Keira Knightley nunca ha estado tan mal. Su Sugar Plum Fairy es carne de Razzie.

A pesar de su irregularidad, El Cascanueces y los cuatro reinos no llega al nivel de despropósito de otra película de Disney reciente con la que sin duda también será comparada, Un pliegue en el tiempo. En este caso estamos ante un producto más competente en todos los aspectos, una propuesta que no arriesga pero al menos funciona según lo que se espera de ella, con un envoltorio de lujo (salvo algún que otro croma) en el que sobresalen un suntuoso diseño de producción y vestuario y, por supuesto, la eterna partitura de Tchaikovsky, reinterpretada y aderezada por James Newton Howard. Si bien las licencias que se toma para homogeneizar (o disneyficar) El Cascanueces y convertirla en Alicia en el País de las Maravillas indignarán a más de uno, la película cumple eficazmente su propósito como entretenimiento familiar para inaugurar la temporada navideña. Aunque sea en Halloween.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Espías desde el cielo

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La reciente Objetivo: Londres finalizaba con una escena en la que el gobierno de los Estados Unidos bombardeaba una aldea donde se escondía un grupo de terroristas. La escena en cuestión servía como clímax triunfal, acompañada de música épica y explosiones a cámara lenta con las que se regocijaba patrióticamente en la destrucción del enemigo. El desenlace de Objetivo: Londres es a grandes rasgos la premisa de Espías desde el cielo, el mismo concepto abordado de dos maneras diametralmente opuestas. Firma este impecable thriller moral el irregular Gavin Hood, director de la vapuleada primera película de Lobezno. Hood recupera en cierto modo uno de los temas de otra de sus películas anteriores, la infravalorada El juego de Ender, para introducirnos en la sala de operaciones militares de la inteligencia británica, dirigida por la coronel Katherine Powell (Helen Mirren), donde tiene lugar un dilema imposible.

Un grupo de terroristas se reúnen en su piso franco de Nairobi para preparar una misión suicida en un lugar concurrido de la capital de Kenia. Desde Londres tiene lugar una operación secreta con drones para capturar a los terroristas. Sin embargo, en el transcurso de la misión, Powell descubre que el ataque es inminente, y decide cambiar la operación de ‘capturar’ a ‘matar’. Desde su base de Nevada, el piloto de drones Steve Watts (Aaron Paul) recibe la orden de destruir el piso franco, pero antes de apretar el botón descubre a una niña que se encuentra dentro del radio de mayor peligro, por lo que solicita que se vuelva a realizar una valoración de la operación. Ante un posible daño colateral que no solo acabaría con una vida inocente, sino que podría destruir la imagen del ejército y el gobierno británico y americano, la disyuntiva se vuelve cada vez más compleja, pasando por todos los niveles de una jerarquía formada por abogados, políticos y figuras de poder que siguen la misión desde distintas partes del mundo. Mientras los implicados sopesan las consecuencias del ataque, el tiempo se va agotando y hay que tomar una decisión.

Espías desde el cielo plantea un dilema incómodo y muy delicado, y lo hace sin recurrir a la demagogia, sin buscar salidas fáciles ni heroicidad, sino más bien todo lo contrario. Estamos ante un thriller que encuentra el equilibrio entre reflexión y entretenimiento, que no cae en ningún momento en la frivolización o la pornografía moral. Es muy difícil hacer una película sobre un tema tan sensible como este y salir airoso, y Hood lo ha conseguido. Espías desde el cielo es un trabajo maduro que maneja la tensión con maestría y mantiene pegado al asiento, una película que funciona como tratado sobre los grises morales y las decisiones imposibles de la guerra contra el terror y a la vez como sólido entretenimiento cinematográfico. Y además de navegar con soltura esa línea entre seriedad y espectáculo, consigue encajar toques de humor y sátira política que, lejos de desentonar con la propuesta, la enriquecen aun más. El resultado es un film soberbio, uno de esos raros casos de cine que no solo evade, sino que también informa y hace pensar.

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Por supuesto, en una película que transcurre en su mayor parte en salas de operaciones, despachos y cabinas de mando, es muy importante que el reparto sea capaz de mover la historia de manera que la acción ‘estática’ sustituya con éxito a la acción espectacular. Y en este sentido, Espías desde el cielo tampoco falla en el departamento interpretativo, con un reparto magnífico del que destacan la siempre infalible Helen Mirren, que domina un papel nada complaciente, un estupendo Alan Rickman en la que es su última gran interpretación, Barkhad Abdi desde el campo de guerra confirmando su valía después de Capitán Phillips, y Aaron Paul, que ejerce como baliza moral de la película y punto de vista del espectador demostrando una empatía emocional absoluta y gran fuerza dramática (su rostro resume perfectamente el devenir de la historia). Ellos representan las distintas caras de una misma entidad, esos ojos desde el cielo de los que habla el título original del film (Eye in the Sky), y que no solo se refiere a los drones estratégicos, sino a los ojos que miran y deciden el destino del mundo jugando a ser Dios.

Nota: ★★★★

Crítica: Trumbo

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Texto escrito por David Lastra

Hay momentos para la lucha y momentos para el arte, pero a lo largo de la historia hemos comprobado con creces que esa diferenciación no es tan clara y que el arte ha sido utilizado como arma para la lucha política en infinidad de ocasiones. Uno de los mejores y más claros ejemplos de esa hibridación lo tenemos a unos pocos kilómetros (a un par de paradas de metro o un puente aéreo, dependiendo desde donde estés leyendo este texto), en el Museo Reina Sofía. El Guernica de Picasso no solo capta como ningún otro documento el horror de la Guerra Civil española, sino que debido a su fiereza descarnada hace que ese espanto sea fácilmente extrapolable a otros conflictos. Esa universalidad convierte al Guernica en la mejor definición gráfica de los horrores de la guerra y en el arma política de concienciación social definitiva. ¿Casualidad? No, Picasso creía en que el arte no se debía concebir con una finalidad puramente hedonista, sino que debía tener una finalidad combativa, que conectase al artista con su vertiente activista. En la actualidad, Banksy y Ai Weiwei recogen ese testigo rebelde desde un punto de vista más callejero y más tocapelotas, respectivamente. La utilización del arte como arma política es, valga la redundancia, un arte en sí mismo, con una fuerza que es capaz de mover masas. Por esa razón, los gobiernos (sin importar tendencia ideológica) se han preocupado sobremanera en fomentar y, especialmente, controlar el arte que se lleva a cabo en sus territorios a través de diferentes acciones, ya sea a través de galardones, subvenciones o directamente censura. Para el gobierno, el arte es algo muy poderoso, y por ello es necesario que existan una serie de figuras que filtren lo que le llega al pueblo. Habrá quien afirme que ese tipo de organismos y acciones no tienen cabida en este nuestro gran país, pero en la cabeza de todos siguen resonando palabras como mordaza. De acuerdo, España ya no es una dictadura, ni tampoco la Inquisición campa a sus anchas, pero la realidad dista de ser tan ideal como se pinta y sin entrar a hablar de temas como LGTBfobia o machismo porque ya sí que no hablaríamos en ningún momento de Trumbo, la verdadera razón de la existencia de toda la perorata anterior.

La caza de brujas lleva a cabo por el senador Joseph McCarthy en Estados Unidos durante una década es un claro ejemplo de cómo un gobierno pretende controlar la industria cultural de su propio país. Trumbo se acerca a la figura más reconocible de los llamados Diez de Hollywood, una decena de hombres relacionados con la industria cinematográfica que fueron vapuleados y apartados de su labor profesional por su condición de demonios comunistas. Lejos de dejarse achantar, estos Diez rojos se enfrentaron al sinsentido de incriminaciones falsas y demás chorradas provenientes del Comité de Actividades Antiamericanas, llegando a ser acusados de desacato, crimen por el que Dalton Trumbo terminó cumpliendo condena de un año de cárcel. Puede que la elección de Jay Roach a la hora de plasmar el infierno que vivieron tanto Trumbo como sus camaradas (una palabra que como muy bien expuso Chaplin en su deposición ante el Comité, no es exclusiva de los comunistas) suene arriesgada, ya que Roach saltó a la palestra gracias a sagas como Austin Powers o Los padres de ella, pero no debemos olvidar que también está detrás de una de las mejores cintas políticas de la década: Game Change, película de HBO sobre la figura de Sarah Palin. Al igual que en su laureado telefilm, Roach sabe conjugar en Trumbo su base como director de comedia con su activismo personal. No olvidemos que además de Game Change, Roach ya se acercó a temas políticos con El recuento (sobre los recuentos de Florida que colocaron a George W. Bush en la Casa Blanca), En campaña todo vale (sátira política con Will Ferrell y Zach Galifianakis) o el piloto de The Brink (serie cómica de HBO cancelada sobre una supuesta crisis internacional en Pakistán). Roach muestra lo ridícula que es esta caza de brujas, aportando numerosos momentos de humor, especialmente gracias a las pullas del propio Trumbo (interpretado como no podía ser de otra manera por Bryan Cranston) o por el humor directo y físico de Frank King (grande John Goodman), pero no se olvida de las fatales consecuencias que tuvieron esas acusaciones: pérdida de empleos, familias resquebrajadas, escarnio público, penas de cárcel, depresiones y hasta suicidios.

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Roach expone lo absurdo de la cuestión, no el absurdo estúpido de los Fockers, sino el absurdo del ser humano. Un absurdo que bien utilizado puede provocar tanto carcajadas como escalofríos. Puede que a media película sientas que estás en una suerte de Ocean’s Eleven, con todos los personajes toreando al sistema, trabajando con seudónimos y ganando Oscars, pero Trumbo no pierde de vista esa realidad de la que hablábamos. La hostia de realidad se personifica en Arlen Hird, personaje ficticio que es un contubernio de los otros Diez de Hollywood y que sirve como contraposición realista (y violenta) al ego de Trumbo. El personaje interpretado por Louis C.K. recuerda en todo momento que la lucha es algo muy serio, que la finalidad de todo no es el reconocimiento individual, sino la justicia social. El conflicto se completa con el choque entre Trumbo y su mujer Cleo (Diane Lane), en la que la desmesurada personalidad del artista vuelve a hacer acto de presencia, una contienda que Roach plantea de un modo demasiado convencional que no perjudica el resultado final del film gracias a la buena labor de ambos actores, y ayuda a mostrarnos los aspectos ególatras y oscuros del guionista. Cranston es la elección perfecta para un personaje tan carismático y complicado como Dalton Trumbo. A pesar de cierto exceso de mohines especialmente en las primeras escenas de su personaje, Cranston compone una interpretación hecha por y para recibir premios creando una verdadera correspondencia entre su Trumbo y el Trumbo real. Una pena que este fuese el año de recompensar a Leonardo DiCaprio con un premio a toda su carrera.

El lastre de la película es cierto tufillo a telefilm lujoso, producto de ciertas decisiones en el montaje, un ritmo no muy cinematográfico y la presencia de mil y un rostros televisivos en su reparto. Además de los citados Cranston, Goodman y Louie, tenemos a Alan Tudyk (Firefly) como Ian McLellan Hunter (camarada guionista que firmó Vacaciones en Roma al no poder hacerlo Trumbo), Dean O’Gorman (El joven Hércules) como Kirk Douglas, David James Elliott (JAG. Alerta roja, Mad Men) como John Wayne o Michael Stuhlbarg (Boardwalk Empire) como Edward G. Robinson, entre otros. Completan el reparto dos damas bastante reconocibles: Helen Mirren y Elle Fanning. Mirren se encarga de uno de los personajes más apetitosos: Hedda Hopper. La Dama comendadora de la Orden del Imperio Británico opta por el histrionismo más desbocado a la hora de dar vida a esta suerte de Pérez Hilton de la época, capaz de hundir cualquier reputación desde su columna de opinión (más o menos el poder que tiene esta página). Es una pena que su personaje no tenga más escenas en Trumbo, Hopper es uno de los grandes villanos del film (junto a McCarthy y el propio John Wayne) y su personaje no llega a desarrollarse como merece, quedando bastante deslavazado y caricaturesco. No sería mala idea un biopic del áspid de las letras protagonizado por la propia Mirren. En el otro extremo de intensidad interpretativa tenemos a Elle Fanning, que se encarga de poner rostro a la hija mayor de Trumbo en la última etapa del film. La mejor actriz de la saga Fanning se recrea en su laciedad para componer una adolescente creíble, que admira y choca con las ambiciones de su padre, consiguiendo ser de lo más destacable en materia interpretativa del film.

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Dalton Trumbo puede gritar aquello de “¡Yo soy Espartaco!” con todas las de la ley. No solo porque él firmó la adaptación cinematográfica de la novela de Howard Fast para Stanley Kubrick, sino porque también luchó contra el ingrato e injusto sistema establecido y contra la estupidez humana. Sirva esta Trumbo como una bonita manera recoger su contienda. Una cinta notable y muy adictiva que hace que queramos saber más del caso original y que nos alienta a ser no ser tan conformistas como somos en nuestro día a día, porque “Everyone’s a hero in their own way”.

Nota: ★★★½

Crítica: La Dama de Oro

WOMAN IN GOLD

En la que es su segunda película, Simon Curtis se reafirma en su gusto por el cine biográfico. Su debut en la gran pantalla, tras una dilatada carrera en televisión, nos permitió pasar Una semana con Marilyn, y ahora, el realizador londinense se adentra en el drama histórico con La Dama de Orola historia real de Maria Altmann, mujer que luchó durante años para que Austria le devolviera el retrato de su tía, Adele Bloch-Bauer I (“La Mona Lisa austríaca”), robado por los nazis al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Helen Mirren da vida a Altmann, ciudadana norteamericana desde su huida de Viena en los años 40. La ley de restitución del arte de 1998 empuja a Maria a iniciar la lucha por recuperar el famoso cuadro de Gustav Klimt, que colgaba en una de las estancias de su casa de Viena, donde su familia disfrutaba una boyante época de esplendor social y económico antes de que la guerra estallase. El cuadro, tasado en cientos de millones, posee un valor sentimental incalculable para la octogenaria, que desea recuperar la dignidad que los nazis han arrebatado a su familia y al pueblo judío, a pesar de que esto supone abrir una dolorosa herida, tanto para ella como para el país. Con la ayuda de un joven abogado, Randy Schoenberg (Ryan Reynolds), nieto del célebre compositor Arnold Shoenberg, Maria emprende un viaje de vuelta a Austria para enfrentarse al gobierno del país, que se niega a devolverle el cuadro, ahora conocido como “La Dama de Oro” (renombrado así para borrar cualquier vestigio de pertenencia a la familia de Altmann). Maria hace frente a su pasado en busca no solo de justicia para su familia y su pueblo, sino también de clausura antes de que sea demasiado tarde.

poster_definitivoLa Dama de Oro ofrece todo lo que cabe esperar de un biopic convencional, y concretamente de uno con el sello Weinstein. Llama la atención que Harvey W. no haya apostado por esta película para la carrera de los Oscar y la haya relegado a una de las temporadas más bajas del año, los meses después de la award season y la pre-temporada estival. Sin embargo, no es una decisión sorprendente a juzgar por el resultado: La Dama de Oro es básicamente una TV movie cara con estrellas (si que es que a Ryan Reynolds podemos llamarlo tal cosa), realizada siguiendo el manual académico del género. No posee esa cualidad estentórea y hollywoodiense de los biopics oscarizados del año pasado, The Imitation Game (la apuesta oficial de los Weinstein) y La teoría del todo, ni sus interpretaciones, por correctas que sean y por mucha Helen Mirren que haya (que está estupenda aunque huelgue decirlo), sobresalen especialmente. Pero tampoco puede reprochársele demasiado, más allá del exceso de sacarina de algunos pasajes.

La Dama de Oro es un melodrama que parece realizado en la época en la que se ambienta parcialmente (en los 90, no los 40). Lo más destacable -además de la música de Hans Zimmer y Martin Phipps– es la investigación judicial en la que se embarcan Altmann y Schoenberg (con la ayuda de un patriota austríaco interpretado por el siempre correcto Daniel Brühl), por encima de los flashbacks en Viena, en los que Tatiana Maslany convence como Helen Mirren de joven, y donde más salta a la vista la formación televisiva de Curtis. Por lo demás, La Dama de Oro cumple holgadamente con los poco exigentes requisitos del género, y sale airosa sobre todo gracias a la inesperada buena pareja que forman Mirren y Reynolds.

Valoración: ★★★

Crítica: Un viaje de diez metros

THE HUNDRED-FOOT JOURNEY

Basada en la exitosa novela de Richard C. MoraisUn viaje de diez metros (The Hundred-Foot Journey) es la nueva película del prolífico Lasse Hallström. Aunque el director sueco recuperó algo de lustre hace un par de años con La pesca del salmón en Yemen, lo cierto es que desde finales del siglo pasado no ha conseguido firmar un trabajo memorable que le ayude a mantener su estatus tras sus films más celebrados, Las normas de la casa de la sidra Chocolat. Con la “¡emocionante, inspiradora, conmovedora!” historia de un aspirante a chef indio en un pueblecito de Francia, Hallström recupera al menos la forma, y realiza un trabajo de enorme precisión emocional, científicamente diseñado para cubrir todos los lugares comunes del cine aspiracional, y para tocar los botones adecuados del espectador. Y lo cierto es que funciona. No es difícil aparcar el cinismo y dejarse manipular felizmente por este almibarado y hollywoodiense cuento de sueños cumplidos.

No en vano, Un viaje de diez metros viene avalada por la producción de dos monstruos del cine de buenos sentimientos, Steven Spielberg y Oprah Winfrey, que sin duda aportan la calidez y el aroma a clásico que faltaba en los últimos trabajos de Hallström (mirad si no el cartel, que evoca claramente a Criadas y señoras). Por otro lado, el guión viene firmado por el interesante Steven Knight (Promesas del Este, Locke, Peaky Blinders), que demuestra con esta película su versatilidad como escritor, y su talento como narrador.

Cartel Un viaje de diez metrosUn viaje de diez metros cuenta la historia de Hassan Kadam (Manish Dayal), joven cocinero que ha aprendido sus destrezas culinarias a través de su difunta madre, y en los puestos callejeros de su India natal, aunque posee un talento innato y un espíritu visionario que le augura un futuro como chef estrella. La familia de Hassan, liderada por el sabio y descacharrante Papa (Om Puri), se instala en un bucólico pueblo del sur de Francia, Saint-Antonin-Noble-Val, donde abren un restaurante de comida india que choca con las costumbres y la cocina del lugar, y que saca de sus casillas a la propietaria del exquisito restaurante Le Saul Pleureur, la gélida Madame Mallory (Helen Mirren). Los diez metros a los que se refiere el título son los que hay entre ambos restaurantes, una distancia relativa que se irá estrechando a medida que avanza el relato, y que llevará a Hassan a interesarse por la haute cuisine de Madame Mallory, mientras esta aprende a mirar al “enemigo” con otros ojos.

De esta manera, Hallström nos habla de la aceptación y el entendimiento mediante suculentos platos que representan el maridaje de culturas que se celebra en la película. A partir del leitmotivLa comida son recuerdos“, dibuja una historia de paisajismo emocional (y literal) y arte culinario, tan convencional como exquisita, que apela en todo momento a los sentimientos del espectador y está más interesada en satisfacer todos los paladares que en impresionar (de ahí que la cocina tradicional triunfe por encima de la alta cuisine). Y aunque Un viaje de diez metros se antoje calculada y tópica de principio a fin, consigue ablandarnos gracias a un sentido del humor muy inspirado (Papa es la mayor baza cómica, sin duda, y las interacciones Puri-Mirren lo mejor de la película), dosis de romance que no empalagan, y el eterno y siempre infalible conflicto protagonizado por tercas pero buenas personas que dejan atrás sus diferencias y se convierten en una familia. Si me permitís la metáfora fácil (la que el film pone en bandeja), Un viaje de diez metros es exactamente como una comida hecha por mamá. La has probado muchas veces, pero no te importa, porque sabe muy bien, porque está hecha con cariño, a tu medida, con la experiencia que otorga haberla hecho tantas veces para ti. Y porque sabe inconfundiblemente a recuerdos, y te devuelve al hogar.

Valoración: ★★★½

Crítica: Red 2

En los tiempos que corren, la tendencia de toda película de acción que se precie es acabar convirtiéndose en Los mercenarios. Lo hemos comprobado con la saga Fast & Furious, o con el reboot de G.I. Joe, ambas estrenadas este año. Red 2, secuela del moderado éxito de 2010, no es una excepción. Sobre todo teniendo en cuenta que la premisa de la franquicia basada en los cómics de DC es la de un grupo de veteranos reuniéndose para luchar contra un enemigo común, y que Bruce Willis -imprescindible si queremos algo de notoriedad en el género- ya formaba parte del proyecto desde el principio. Como manda la ley de las segundas partes, Red 2 es más grande, más numerosa, más internacional y más ruidosa que Red. Sin embargo, esta también cumple a rajatabla la norma más difícil de seguir: Red 2 es mejor, mucho mejor que la primera parte.

La banda de sexagenarios ex agentes especiales que se niega a retirarse regresa al completo en esta segunda entrega. Willis haciendo de Willis por enésima vez, John Malkovich como Marvin el marciano, Helen Mirren, la glamurosamente letal Victoria, y la inconmensurable Mary-Louise Parker, como Sarah, una niña al lado de todos estos abueletes culo-inquieto. Sarah, ya pareja estable de Frank Moses (Willis), comparte el espíritu aventurero de los RED (Retired: Extremely Dangerous): se niega a convertirse en la esposa paciente que espera junto a la ventana a su marido mientras este se juega la vida. El primer gran acierto de Red 2 es doblar el reparto y que ningún personaje salga escaldado. Todos brillan con fuerza, viejos y nuevos, viejos y viejos. Se incorporan varios personajes que elevan las dosis de riesgo y humor. Byung-hun Lee, héroe de acción surcoreano que ejerce de archinemesis de Moses, Catherine Zeta-Jones, una viperina y peligrosa ex amante de Moses, y Anthony Hopkins como el doctor chiflado que esconde la clave para salvar el mundo. El resultado de este cóctel de talentos físicos y cómicos es uno de los elencos con mayor química que recordamos en mucho tiempo.

Desde los créditos iniciales nos damos cuenta de que Dean Parisot -que releva a Robert Schwentke en las labores de dirección- busca ampliar el radio de público objetivo. En esta ocasión, no se oculta el referente gráfico, y se nos recuerda constantemente que estamos ante la adaptación de un cómic. Es más, la acción se implementa teniendo en cuenta esto en todo momento. Muchos planos se construyen como viñetas (magnífico el tiroteo de Victoria en el coche), y la aventura pasa a ser bigger-than-life, con bomba atómica incluida. Claro que a pesar de la enrevesada (y a ratos confusa, todo hay que decirlo) trama, el humor es el principal motor de la historia, como ocurría en la primera película. Los chistes van de lo bobo a lo exquisito, pero no fallan ni una sola vez, demostrando un infalible timing para la comedia, y convirtiendo la película en una de las más divertidas de lo que llevamos de año.

La mayor virtud de Red 2 es saber no tomarse demasiado en serio, pero tampoco llegar en ningún momento a subestimar el género que se está trabajando o al público al que este va dirigido. Estos actores, con unos enormes Anthony Hopkins y Helen Mirren a la cabeza, dan lecciones de interpretación con la misma dedicación que dan los mamporros, y van a por el Oscar, aunque sepan de sobra que no optarían a él por algo como Red, ni en un millón de años. Pero esto es lo que hace que Red 2 sea tan disfrutable, tan loable. No hay nada más fresco y entrañable que ver a estos reputados actores enfundarse en los disfraces más ridículos, sabiendo reírse de sí mismos sin perder en ningún momento la dignidad, y sobre todo, poniendo el mismo esfuerzo en una cinta de acción como esta que en los dramas que los han convertido en leyendas del cine.

Crítica: Hitchcock

Rara vez una película contemporánea sobre el mundo del cine acaba recibiendo el calificativo de ‘gran cine’. Sobre todo si el filme en cuestión es un biopic, la recreación de un rodaje famoso, o ambas cosas: sin ir más lejos, Mi semana con Marilyn (My Week With Marilyn, 2011).[1] También es el caso de Hitchcock (2012), la película que nos enseña el accidentado proceso de creación de Psicosis, entre 1959 y 1960. Si acaso, la cinta de Sacha Gervasi sería una buena TV movie de HBO -de hecho, la cadena ya hizo una el año pasado: The Girl, sobre la problemática relación del director con Tippi Hedren. Puede que Gervasi fuera consciente de esto desde el principio, y por ello optase por convertir el libro de Joseph Rebello, Alfred Hitchcock and the Making of Psycho, en un melodrama con grandes dosis de comedia sobre el matrimonio Hitchcock, y una oda a la gran mujer detrás de la oronda silueta del maestro del suspense, Alma Reville.

La filmación de una de las películas más importantes de la historia del cine, -y probablemente las más universal y reconocible de la filmografía del realizador británico-, es el pretexto que el director londinense utiliza para sumergirnos en la retorcida mente de Hitchcock: la malsana y voyeurista obsesión con sus actrices protagonistas, su determinación y voluntad artística, su kamikaze ojo comercial, pero sobre todo la absoluta dependencia de su esposa en todos los aspectos de su vida profesional y personal. En Hitchcock no faltan las anécdotas conocidas por todo cinéfilo que se precie, ni se nos priva de echar un vistazo a los entresijos de celebérrimas secuencias como la de Janet Leigh en la ducha o a la sala de montaje. Sin embargo, la película se centra principalmente en lo que ocurre fuera del plató, haciendo que al final echemos en falta una mirada algo más profunda a la relación de Hitchcock con los actores de Psicosis, y dejando inexplorados los personajes de Anthony Perkins (James D’Arcy), Vera Miles (Jessica Biel), y en menor medida, Leigh.

Hitchcock es la crónica de un loco visionario tratando de sobrevivir en el encorsetado sistema de los estudios de Hollywood. Reconociéndose su estatus como cineasta en peligro (“la tele me ha rebajado”), el realizador busca desesperadamente su próximo proyecto, el último financiado por la major a la que está atado desde hace años. La elección de la novela de Robert Bloch inicia un recorrido por algunos de los recodos más oscuros su mente, llegando a flirtear con el terror en cada una de las -excesivas- apariciones de Ed Gein. No obstante, las perversiones de Hitch nunca llegan a transcender sus truculentas ensoñaciones. Gervasi se las arregla para mantener en todo momento un halo de respeto por el maestro, al que dibuja como un sociópata simpático, un viejo verde gracioso y genial, a pesar de todo. Un ser no exento de defectos (sería absurdo ocultarlos cuando todos estamos de sobra familiarizados con el mito), en todo momento amortiguados por la enorme fuerza orientadora y pacificadora de Alma.

A pesar del buen trabajo de mímesis de Anthony Hopkins, es Helen Mirren la mayor virtud de Hitchcock. La interpretación de Hopkins recae en la categoría de imitación y está condicionada inevitablemente por el maquillaje -que, a excepción de un par de planos en los que más bien parece el Pingüino de Burton, es excelente. Sin embargo, Mirren tiene mucha más libertad para construir un personaje más cercano y real, uno que ejerza de vínculo entre el espectador y Alfred. Alma no solo supervisa la dieta de Hitch y mantiene a raya su temperamento, sino que también acude al rescate del director cuando se encuentra en apuros durante el rodaje, o cuando necesita consejo profesional, manteniendo en todo momento el rumbo de su carrera cinematográfica. Alma es todo sacrificio y devoción, pero también resignación y hastío. Y Mirren se las arregla para que admiremos a la Sra. Hitchcock sin llegar a demonizar completamente al hombre que la subestima. El resto del reparto cumple con su tarea de permanecer en todo momento en un segundo, o más concretamente, tercer plano. Tan solo Scarlett Johansson es capaz de hacerse notar (cómo no, si destacar forma parte de su naturaleza), a pesar de que sigue sin deshacerse de los mohínes que impiden que la crítica se la tome en serio como actriz.

Las visitas al set de Psicosis sirven para examinar con tino la maquinaria creativa de un genio que defiende y ejemplifica la idea de que todos somos capaces de albergar violencia y terror -“¿Y si un director realmente bueno hiciera una película de terror?” Los viajes a los despachos de los grandes ejecutivos y censores (ambas especies ridiculizadas en el filme) documentan una curiosa faceta de la industria hollywoodiense. Pero el mayor interés de Gervasi reside en el dormitorio de los Hitchcock, donde conocemos realmente al hombre detrás del mito, y a la mujer que lo mantuvo a raya. Hitchcock se adentra de puntillas en lo macabro, evita la casquería amarillista, y a pesar de lo que pudo ser y no fue, nos ofrece un luminoso y divertido retrato de uno de los capítulos más conocidos de la historia del cine.

 

[1] Es más habitual encontrar grandes películas sobre el cine dentro del cine cuando estas no se basan en rodajes cinematográficos reales: De La noche americana a Mulholland Drive, pasando por la infravalorada Tristam Shandy: A Cock and Bull Story.