Mi verano de serie (Primera parte)

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El verano se acaba, y con él los días de libertad. No solo para aquellos que regresan a la rutina laboral o estudiantil después de unas merecidas vacaciones, sino también para los seriéfilos que hemos aprovechado la tranquila temporada estival para ponernos al día con nuestras series. Las altas temperaturas, la escasa oferta cultural y la cartelera más pobre que se recuerda en varios veranos han contribuido a que muchos nos quedemos en casa pegados a la(s) pantalla(s). Aunque la verdad es que no nos hacen falta esas excusas para hacerlo.

Hace unos años, el verano era sinónimo de sequía catódica. Tanto en Estados Unidos como en España, las cadenas suelen programar repeticiones o volcar series de relleno o de menor prestigio en su parrilla. Pero de un tiempo a esta parte, los veranos también albergan series de calidad y productos que no palidecen ante los estrenos de temporada alta. En la era de la Peak TV no hay descanso para el seriéfilo, como ha demostrado sobre todo la poderosa presencia de Juego de Tronos Twin Peaks. Aun así, la cosa sigue estando más serena en los meses de julio y agosto, lo que me ha permitido alternar estas y otras ficciones de estreno con series que llevaba tiempo queriendo ver/continuar/terminar. En algún caso, más de una década.

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Aunque los termómetros nos contasen otra historia, este verano ha sido el más invernal de la historia. Juego de Tronos ha acaparado casi toda la conversación seriéfila de los últimos dos meses. La serie de HBO ha batido récords de audiencia y nos ha tenido en vilo durante siete semanas en las que se ha librado una batalla campal no solo en Poniente, sino también entre sus divididos fans en Internet. Yo ya expresé mi opinión sobre la “nueva” Juego de Tronos en este artículo para eslang, y he hablado tanto del tema en redes sociales y en la vida real que lo doy por zanjado hasta que la serie vuelva con su última temporada. Antes, solo una cosa: FINALAZO. No, espera, dos: CULAZO.

El buque insignia de HBO se ha hecho tan grande que apenas ha dado oportunidad al regreso televisivo más importante de los últimos años (de la historia si me apuras), el de Twin Peaks. Sobre los primeros capítulos del revival de la serie de David Lynch y Mark Frost ya hablé largo y tendido aquí, y lo cierto es que, dos meses después, me reafirmo en todas y cada una de las palabras que escribí.  Si estas últimas semanas han servido para algo es para recordarnos que no hay (y no habrá nunca) nada como Twin Peaks, ni nadie como David Lynch. La recta final de “The Return” está siendo monumental, una descarga eléctrica para los sentidos en la que no está faltando el magnífico humor lynchiano, el terror más inquietante o la emoción a flor de piel. Y es que Lynch sabe cómo jodernos la cabeza, cómo provocarnos pesadillas, pero también cómo enternecernos y hacernos llorar (“Goodbye, Margaret”). A falta de ver el final de “The Return”, solo me queda darle de nuevo las gracias por todo lo que me ha dado este verano, y toda la vida.

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Otra serie de estreno que he llevado al día este verano es Preacher, la ficción de AMC que adapta (libremente) el cómic de Vértigo, y que en su segunda temporada ha dejado el pueblo de Annville para emprender un viaje en carretera y poco después reubicarse en Nueva Orleans. La primera temporada de Preacher estuvo bastante bien, pero en realidad no fue más que un largo preámbulo, una introducción a la serie que este año por fin ha empezado. Esta temporada tiene más humor, más acción y una trama más retorcida y cercana a los cómics, pero a pesar de esto sigue sin encontrar su voz del todo. Aunque empezó con buena letra, la serie ha vuelto a quedarse estancada y perder un poco el norte, con capítulos que difieren bastante en calidad (está claro que es hora de dejar Nueva Orleans), pero su continuado empeño en sorprender y provocar, y sobre todo la presencia de Joe Gilgun, hacen que salga siempre a flote. El vampiro Cassidy es lo mejor de Preacher y mientras él esté en la serie, no importa tanto que esta no logre ubicarse.

Este verano también ha sido el de The Defenders, el esperadísimo crossover de las series de Marvel y Netflix que se ha saldado con un recibimiento más bien tibio por parte de crítica y público, y ha sido eclipsado en la conversación online por Juego de Tronos. En mi entusiasta crítica a los primeros cuatro episodios os conté lo mucho que había disfrutado la primera mitad de la serie, pero vista entera, he de reconocer que pierde fuelle a medida que avanza, y termina con un desenlace correcto pero demasiado light para toda la expectación que había depositada en ellaThe Defenders ha sido más bien como una temporada breve de Daredevil, solo que con el aliciente de ver a los superhéroes juntos en pantalla. Aun así, yo la he disfrutado mucho. Me ha parecido entretenida, compacta (qué bien que no haya apenas relleno), repleta de buenas secuencias de acción y peleas para quitarnos el mal sabor de Iron Fist, y con Jessica Jones siendo básicamente lo mejor. Puede que esperásemos más, pero se ha mantenido fiel al estilo de las series individuales y nos ha dado un producto final más que digno. Ah, una cosa más: no sé vosotros, pero yo sigo esperando a que ese ascensor caiga…

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La comedia también ha tenido cabida en mis tardes pegado al televisor y al aire acondicionado. El verano empezó con GLOW, serie de las creadoras de Orange Is the New Black (por cierto, qué atrasada la llevo y qué pereza me da retomarla) que no ha sido un knockout en su primera temporada, pero tiene potencial de sobra para serlo más adelante (os cuento más aquí). De Netflix también he visto Wet Hot American Summer: Ten Years Later, y me ha parecido la mejor entrega de esta saga absurda y excesiva hasta la fecha. Nunca fui fan de la película (como muchos otros, descubrí su existencia a raíz de que Netflix anunciara su precuela en forma de serie), y a pesar de sus puntazos, First Day of Camp no me hizo demasiada gracia, pero esta secuela ha subido el listón y me lo he pasado en grande. Merece una mención especial ese magnífico desenlace con 80 finales falsos. Deliciosamente meta.

People of Earth ha vuelto con su segunda temporada, y aunque le pasa como a Brooklyn Nine-Nine, que no logra sacar todo el provecho que debería a su premisa, es una serie muy curiosa que merece un poco más de atención. Teniendo detrás a los responsables de The OfficeParks and Recreation, sorprende que esta serie no sea tan abiertamente cómica y ponga más énfasis en el misterio y el drama de los personajes, pero supongo que es lo que pide la historia. Podría ser más interesante, pero es lo suficientemente buena y original como para mantenerme enganchado, y totalmente recomendable para los fans de las series mencionadas. Un buen acompañamiento para otra comedia reciente de similares características, The Good Place.

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Y hablando de enganches… Tenemos que hablar de Younger, comedia del creador de Sexo en Nueva York, Darren Star, que va ya por su cuarta temporada y que estoy seguro de que a muchos y muchas os encantaría si supierais de su existencia (para eso estamos aquí). La historia va sobre una madre divorciada de 40 años (la gran Sutton Foster) que se hace pasar por millennial para conseguir trabajo en una importante editorial de Nueva York y debe mantener su fachada de veinteañera para evitar quedarse en la calle. Dejémoslo claro, Younger es una gran tontería, pero es de esas tonterías que le alegran a uno el día, ya sea por su humor desenfadado y picante, por sus adictivas tramas románticas o por la agradecida presencia del encantador Nico Tortorella, siempre dispuesto a quitarse la camiseta y siempre exudando química con cualquiera que se le ponga por delante. Younger es la definición del (mal llamado) placer culpable, un dulce que no amarga a nadie y que siempre apetece.

También me he puesto al día con otras comedias más “serias”, o más de prestigio, que al fin y al cabo son sinónimos (“¿Desde cuándo las comedias son dramas de 30 minutos?”-Billy Epstein). Insecure, la serie de HBO creada por Issa Rae, está arriesgando más y como consecuencia dejándonos una tanda de capítulos más irregular que el año pasado. Algunos alcanzan cotas altísimas de brillantez y otros (como el de la mamada) nos muestran que todavía le queda para afianzarse. Aun con todo, Insecure es una de las series más frescas, divertidas y atrevidas que hay actualmente en antena.

Todo lo contrario que Casual, una de esas dramedias sobre treinta y cuarentañeros a la deriva que no ofrece absolutamente nada que no hayamos visto en cientos de ocasiones. Lo siento, Casual, pero no eres tan profunda e interesante como crees. Dentro de este mismo subgénero se encuentra Amigos de la universidad, y aunque esta opinión va a ser impopular, me parece bastante superior a Casual, sobre todo porque es menos pretenciosa. Sí, es tremendamente inconsistente y un caos tonal, pero también lo suficientemente divertida como para verla en una o dos sentadas con facilidad, y además, tiene un reparto fantástico. Netflix la ha renovado para una segunda temporada y no os voy a engañar, tengo ganas de seguir conociendo a este tóxico sexteto de adultos estancados y ver en qué disfuncionales aventuras se meten el próximo verano.

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Para terminar, tengo que recomendar encarecidamente otra comedia, Difficult People, una joya absoluta que por desgracia todavía no emite ninguna cadena o plataforma en España (lo cual se entiende, porque es una serie muy localista y llena de referencias a cosas poco conocidas fuera de Estados Unidos). Creada por Julie Klausner y protagonizada por ella y Billy Eichner (aquí rebajando el histrionismo de su trabajo en Parks and Recreation Billy on the Street), Difficult People es actualmente la comedia más irreverente, salvaje y cáustica que hay en televisión. Klausner y Eichner dan vida a dos cómicos en paro que intentan triunfar en la escena neoyorquina, pero se autoboicotean constantemente con su actitud ponzoñosa y despreciable. Ellos se han definido en varias ocasiones como Will y Grace, pero en peores personas (que ya es decir, porque Will y Grace son bastante lo peor), y no podía ser una descripción más certera. Klausner y Eichner no dejan títere con cabeza con sus venenosas pullas a los famosos (Woody Allen, Ryan Murphy y Kevin Spacey se llevan golpes sin piedad en casi todos los capítulos) o sus críticas a otras series y películas (Julie escribe recaps de televisión, así que imaginaos), haciendo de la serie uno de los análisis más sinceros y certeros de la cultura popular. Claro que puede que a mí me guste tanto porque en el fondo me veo reflejado en ellos. Quizá no sea algo de lo que presumir, pero Difficult People es todo lo que se me pasa por la cabeza hecho serie, y Julie y Billy son la voz de mi peor yo, lo cual resulta en una experiencia televisiva egocéntrica y divertidísima.

Hasta aquí mi primera parte del repaso a las series que he visto estos meses. Sí, han sido tantas que me he visto obligado a dividir el especial en dos partes para no desesperaros. En breve publicaré la segunda parte. Mientras, contadme qué series habéis visto vosotros para evitar salir a la calle y/o socializar este verano.

Girls: Crecer duele

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Girls nunca fue una serie tradicional. Por eso es lógico que su final tampoco lo haya sido. La serie de Lena Dunham siempre ha seguido sus propias normas, y una de las más importantes es no darle al espectador lo que quiere, sino lo que la historia necesita, aunque esto suponga enfadar o frustrar a la audiencia (de eso se trata, de ver cómo sus protagonistas toman las peores decisiones una y otra vez). Y si el último capítulo de Girls necesitaba dejar atrás a la mitad del cuarteto protagonista (Jemima Kirke y Zosia Mamet no aparecen) para centrarse en Hannah y Marnie, será por algo.

Para muchos, el verdadero final de Girls llegó con los dos capítulos previos al último, “What Will We Do This Time About Adam?”, en el que nos despedimos de la pareja romántica más importante de la serie, la formada por Adam (Adam Driver) y Hannah, con la media hora más agridulce de la serie, una fantasía romántica que se desintegra con el diálogo sin palabras más desarmante de la serie (si creíais que acabarían juntos, no sé qué serie estabais viendo), y “Goodbye Tour”, donde asistimos a la última “reunión” de las chicas y nos damos cuenta de que Girls nunca nos quiso hablar de la amistad del grupo, sino de su desamistad. Es decir, de cómo Hannah, Jessa, Marnie y Shoshanna nunca fueron realmente amigas, sino conocidas que mantenían sus relaciones por cumplir con las normas sociales o esquivar la soledad y el miedo al futuro. De esta manera, “Latching” (6.10) es más bien una coda, un epílogo que nos muestra la vida de Hannah meses después de dar a luz, ya alejada de la fantasía de Nueva York, de la fantasía de los 20.

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La serie podía haber terminado con aquel emotivo montaje de la protagonista observando a sus amigos en la fiesta de compromiso de Shoshanna, pero quedaba un último capítulo, y había que rendir homenaje a la única relación que puede asemejarse a una amistad real dentro de la serie, la de Hannah y Marnie. Por eso “Latching” comienza con un guiño a los inicios, ese traveling que recorre la cama para mostrarnos a las dos amigas acostadas, esta vez con Marnie abrazando a Hannah por detrás. Marnie ha decidido irse a vivir con Hannah para ayudarla a criar a su hijo, Grover, y esto la convierte automáticamente en la mejor amiga de la protagonista. “Estoy aquí. He ganado”, le dice satisfecha y agresivamente. Nada de lo que hace Marnie es natural, todo es auto-impuesto y artificial, pero la decisión de ayudar a su mejor amiga es sincera, aunque no sea precisamente desinteresada (Marnie no sabe dónde encontrar su propósito y se aferra al de Hannah).

“Latching” incluye un tercer personaje principal, Loreen (la maravillosa Becky Ann Baker), que reaparece para ayudar a Hannah a dar ese último empujón hacia la madurez, hacia la realidad, aunque sea a base de gritos. Lena Dunham realiza así una despedida íntegramente femenina, centrada en tres personajes pertenecientes a dos generaciones distintas con las que lleva a cabo una cruda y sencilla reflexión sobre la maternidad. Si al comienzo de la serie nos hubieran dicho que esta terminaría con Hannah en el campo luchando con(tra) su nueva condición de madre no nos lo habríamos creído. Pero como decía, Girls nunca nos llevó por los derroteros más esperados, y mucho menos por los más complacientes. Estaba claro que esta no era la típica serie en la que todo se iba a cerrar de forma impecable y con un lazo (aunque si lo pensamos, las despedidas de los demás personajes centrales, por muy abiertas o repentinas que fueran, no podían ser más adecuadas según cada uno).

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Dunham no iba a decir adiós a la serie que le dio la fama y la convirtió en la voz más debatida y detestada de su generación con un happy ending al uso (esto no es Friends). Ella ha preferido darnos un final que es un principio, otro relato breve, casi independiente, con el que su personaje por fin deja atrás su narcisismo para poner las necesidades de otra persona por encima de las suyas. Puede que, paradójicamente, la carta de la maternidad sea lo más tradicional que ha hecho Dunham en la serie, pero convertirlo en el motor de su desenlace es lo que ha hecho que sea fiel a sí misma y su libre albedrío hasta su último minuto. Y hasta su última imagen, uno de esos preciosos primeros planos de Hannah con los que a Dunham le gusta tanto acabar los capítulos, y un mensaje final de esperanza para el personaje y el espectador después de tanta amargura: todo va a salir bien.

¿Y qué pasa con Marnie? El personaje de la infravaloradísima Allison Williams ha sido el más importante de la serie después de Hannah, y dejar que comparta el último capítulo con ella es el detalle más bonito y justo que se le podía regalar. El papel de Marnie en “Latching” es ilustrar la complejidad de la amistad, en concreto, ese momento de transición (normalmente a los veintitantos) en el que dos personas que lo han compartido todo o bien se separan para siempre o aprenden a ser amigos de forma adulta. “Latching” no nos enseña el futuro, pero por lo que vemos en el presente (esa tranquilizadora escena en el porche), podemos pensar que todo va a salir bien también para Marnie, que por primera vez en la serie se plantea un objetivo realista (estudiar Derecho). Seguramente, Hannah y Marnie aprenderán a ser amigas sin depender la una de la otra, a darse el espacio necesario sin alejarse para siempre, a estar en sus vidas sin tener que compartir el mismo techo o verse todos los días. Necesitamos creer que Shoshanna estaba equivocada, y que al menos lo que hay entre ellas dos sí es real, y podrán conservarlo en una versión más madura y equilibrada de su amistad.

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“Nadie dijo que esto sería fácil”, le dice Loreen a su hija, Hannah. Es la mejor píldora de sabiduría que podía darle. Y la que resume a la perfección lo que ha sido la serie, el camino que han recorrido estos personajes, concretamente Hannah y Marnie (“la verdadera historia de amor de Girls“, según su productora, Jenni Konner). Del egoísmo y el autoengaño a la madurez que conlleva darse cuenta de que efectivamente, ni es fácil, ni somos tan especiales como creíamos (Hannah no es la voz de su generación, es una más entre tantos, y darse cuenta de eso en los últimos capítulos es lo que la sitúa en el camino correcto), y en definitiva de dejar de pensar en uno mismo para atender a los que nos necesitan. Ha sido un camino repleto de golpes, desengaños y decepciones, pero es necesario atravesar por esto para acabar descubriendo ese “sentimiento de pertenencia”, para “ser alguien”, como dice la canción de Tracy Chapman con la que se despide la serie. Por eso, por haber sabido explicar tan bien ese sentimiento, recordaremos Girls como el retrato más fidedigno, honesto y comprometido de la juventud del cambio de milenio.

Nuevas series 2016: Parte V

Dejamos octubre atrás y nos acercamos a la primera temporada alta de la televisión norteamericana, lo que llaman el November Sweeps. A estas alturas, la mayoría de estrenos de la temporada otoñal ya han tenido lugar, por lo que, a la espera de la mid-season, podemos hacernos una idea del aspecto que tendrá el resto del año en cuanto a ficción televisiva se refiere. Algunas series de nuevo cuño ya van por su quinta o sexta semana, y muchos empezamos a tachar de nuestros calendarios las que no nos han convencido después de este decisivo periodo. Esta va tomando forma, y la temporada 2016-17 no ha empezado nada mal.

La quinta parte de mi especial sobre pilotos 2016 está formada exclusivamente por comedias, aunque ya sabéis cómo es esto de la división de géneros en la televisión actual. Muchos dramas nos hacen reír a carcajadas, y cada vez hay más comedias que nos hacen llorar y nos joden la cabeza. A continuación os cuento mis primeras impresiones sobre la divertida comedia de HBO Insecure, la co-producción de BBC America Dirk Gently’s Holistic Detective Agency y la nueva trastada de los productores Phil Lord y Christopher Miller (21 Jump Street) para Fox, Son of Zorn. Me quedo con las dos primeras, y la otra, después de ver el quinto episodio, está en la cuerda floja.

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Son of Zorn

Fox sigue comprometida con las comedias gamberras y la animación orientada principalmente a los adultos. Su parrilla, en la que conviven entre otros los Simpson, los Griffin y el “único hombre de la Tierra”, da la bienvenida a una nueva familia de raritos en Son of Zorn, que combina acción real y animación para contarnos la historia de Zorn, un rudo guerrero de la tierra mágica de Zephyria que decide mudarse al barrio residencial de su ex-mujer para involucrarse más en la vida de su hijo adolescente. En su nueva vida, Zorn (un musculoso bárbaro al estilo de He-Man realizado en animación tradicional y con la voz de Jason Sudeikis) debe aprender a adaptarse a la sociedad “civilizada” (vivienda, trabajo, vida social) y reprimir sus instintos sanguinarios y destructores, mientras trata de cultivar una relación positiva con su familia.

Son of Zorn es una propuesta cuanto menos curiosa. Homenaje a las series de animación de los 80 y la fantasía pulp fusionada con la sitcom de familia disfuncional que tanto gusta a las cadenas, pero con ese punto marciano e incómodo de las series de Fox. Phil Lord y Christopher Miller están detrás de esta excentricidad, y se nota, sobre todo por su parecido tonal con su otra comedia para la cadena, The Last Man on Earth. Con la serie de Will Forte tiene en común a un protagonista insoportable que no es consciente de lo difícil que hace las cosas (aunque nadie supera a Phil/Tandy en capacidad para irritar) y un humor más bien crudo. Ese es su mayor problema, su dificultad para conectar con la audiencia debido a que sus personajes no parecen de carne y hueso (pun intended), sino que son, como ocurre en Last Man, caricaturas desagradables, antipáticas y emocionalmente desconectadas.

En definitiva, buena idea, pero mala ejecución (tanto en los guiones como en la integración del personaje animado). Con el paso de las semanas, parece que la serie se asienta un poco y los personajes se van humanizando. Además, la contaminación de Zephyria en la vida suburbana (artefactos mágicos y criaturas mitológicas también “dibujadas”) da para tramas e imágenes simpáticas. Pero sigue habiendo algo que falla. No sé si son los chistes (más bien pobres), las situaciones (ni lo suficientemente estrambóticas, ni lo suficientemente cercanas) o los personajes (ásperos recortes de papel), pero Son of Zorn no cuaja.

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Insecure

Está más que demostrado que la comedia de autor vive una época de esplendor en la televisión. LouieGirls abrieron la veda para que las nuevas (y no tan nuevas) voces de la comedia buscasen un hueco en la ficción serial para verter sus anécdotas, neuras, obsesiones y depresiones varias. Broad CityYou’re the WorstPlease Like Me, Master of None… La comedia millennial y la sitcom de auteur se han ido volviendo cada vez más diversas, las voces femeninas han ganado mucho terreno, y el género alcanza su época de mayor expresión en 2016, con cosas tan buenas como One MississipiBetter ThingsFleabagAtlanta. Sin embargo, hay una nueva comedia que entra en esta categoría y de la que nadie está hablando, Insecure, creada por la humorista Issa Rae, un torbellino de energía, ingenio y talento para hacer reír que ha llegado a HBO para realizar una de las mejores series que no estás viendo.

Insecure se adscribe indudablemente a la corriente de comedia millennial que Lena Dunham ayudó a impulsar desde la misma cadena, y hasta cierto punto tiene bastantes cosas en común con su serie, pero la voz de Issa Rae se suma sobre todo a la de Donald Glover para hablarnos de los mismos temas (la amistad, la familia, las relaciones en la era de las apps, las políticas de la oficina, la sensación de desconexión, la desmotivación de la generación perdida) desde la perspectiva de la comunidad negra y con el rap como principal herramienta de expresión (Issa, la protagonista, mantiene la calma ante las injusticias y decepciones cotidianas y se desahoga rapeando ante el espejo).

Al igual que AtlantaInsecure convierte en comedia los micro-racismos del día a día, los estereotipos y las dificultades añadidas que las personas negras se encuentran navegando las aguas de la vida moderna. Sin embargo, mientras Atlanta es más reflexiva, melancólica y surrealista, Insecure posee una cualidad más luminosa y divertida. Esto se debe a Rae, y a la maravillosa Yvonne Orji, que da vida a su mejor amiga, Molly. Lo mejor de la serie son sus descacharrantes conversaciones (la química traspasa la pantalla), que garantizan las carcajadas en cada episodio. Pero Insecure es una comedia mucho más profunda de lo que parece, un retrato millennial afilado, sutil y reivindicativo que debería convertirse en una de las imprescindibles del momento.

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Dirk Gently’s Holistic Detective Agency

De la mano del solicitado y desigual Max Landis (ChronicleMr. Right) nos llega la nueva rareza protagonizada por Elijah Wood, que se ha especializado en historias sobre personajes peculiares con trasfondo fantástico. Dirk Gently’s Holistic Detective Agency es una co-producción británico-estadounidense basada en la serie de novelas escritas por Douglas Adams (el autor de la popular Guía del autoestopista galático), que llega para hacer las delicias de los fans de la comedia fantástica, concretamente de la British.

Partiendo de un crimen cometido en un hotel, la serie nos presenta a Todd (Wood), botones reservado y con problemas familiares convertido en uno de los sospechosos, y Dirk Gently (Samuel Barnett), un detective paranormal que se especializa en la investigación “holística”, la que sostiene que todo está conectado y nada sucede al azar, sino que forma parte de un esquema de causa-efecto que da forma al universo. Muy a pesar de Todd, que no está interesado en ser un sidekick (o “el Watson” de Dirk, o su companion), este se embarca junto al extravagante detective en una aventura para descifrar la gran trama que se esconde tras el asesinato (en cierto modo, Wood está repitiendo lo que hizo en la recomendable Wilfred).

Dirk Gently, que ya tuvo una adaptación televisiva en BBC hace seis años, es un producto hecho para encantar a los fans de Adams, de la literatura de Terry Pratchet y autores similares, o de Doctor Who (Dirk Gently es básicamente un Señor del Tiempo)El primer episodio supone una carta de presentación impecable, 50 minutos que establecen un tono muy definido (un divertido cruce de comedia fantástica, surrealismo y noir, más oscuro y con más drama de lo que esperaba) y disponen las piezas (un “elegido”, una asesina con machete, viajeros en el tiempo…) de un puzle con muchas ramificaciones, que atrapa enseguida y apunta a una trama interconectada a gran escala. Habrá que seguir para ver si Dirk Gently nos acaba descubriendo el sentido de la vida y el universo, aunque yo con el 42 ya me daba por satisfecho.

(Los 8 episodios de la primera temporada estarán disponibles en Netflix a partir del 11 de diciembre, con el título Dirk Gently Agencia de Investigaciones Holísticas).

Divorce: La guerra de los DuFresne

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Divorce era una de las series más esperadas de este otoño, ya que suponía el regreso de Sarah Jessica Parker a la que fue su casa durante seis exitosos años, HBO. La que fuera (y siempre será) Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York protagoniza esta comedia dramática creada por Sharon Horgan, una de las dos mitades de la genialísima Catastrophe (serie que ya podéis estar bingeando si no lo habéis hecho). Divorce cuenta la historia de Frances (Parker), una mujer casada y con hijos que se plantea pedirle el divorcio a su marido (Thomas Haden Church), pero antes de hacerlo, este la pilla siéndole infiel con un profesor de universidad (Jemaine Clement en una sorprendente elección de casting) y le declara la guerra conyugal.

Lo que se adentren en Divorce esperando una nueva Sexo en Nueva York van muy desencaminados. Tanto la historia, como el tono y la protagonista no se parecen en nada a la comedia que convirtió a Parker en un icono. Pero es que los que esperen algo en la línea de Catastrophe tampoco encontrarán aquí lo que buscanDivorce es una tragicomedia moderna sobre las relaciones y la familia, o lo que yo llamo una “dramedia tranquila”; los momentos alocados y casi irreales que protagonizaban Carrie & co. se delimitan a un personaje (la casi siempre excesiva y aquí bastante desentonada Molly Shannon), la amistad entre los personajes femeninos es más cruda que la del cuarteto de Manhattan, el humor es más bien discreto, y los diálogos no tienen el ingenio o la verborrea de los de Sharon Morris y Rob Norris. Sin embargo, esto no tiene por qué ser necesariamente negativo.

Me alegra comprobar que Divorce no es una autocopia o un intento de reavivar algo que no tiene sentido remover, sino que tiene intención de adoptar su propia personalidad. El problema es que después de sus dos primeros episodios todavía no la ha encontrado. No es que haya empezado mal. Por ahora se le ha dado bien retratar los momentos reales e incómodos alrededor del derrumbe de una pareja que lleva 17 años juntos, y sin llegar a ser nunca muy divertida, tiene el alivio cómico justo para amortiguarlos. Pero también se mueve peligrosamente entre la línea que separa lo trascendental de lo anodino.

divorce-posterDe momento, la mayor baza de Divorce es la propia Parker, una actriz mucho más sólida de lo que muchos creen y con una capacidad emotiva enorme. Sin embargo, Haden Church parece no estar en la misma sintonía que ella, es como si estuvieran actuando para dos ficciones distintas (ella para una indie de Sundance, él para una comedia de Fox). Esto afecta indudablemente a la química de la pareja, que debería funcionar mejor, para hacernos creer tanto el amor que existió como el odio y el resentimiento que crece ante nuestros ojos. En consecuencia, puede que la vida y las escaramuzas de los DuFresne no nos interesen tanto como deberían (tampoco las de los secundarios a su alrededor, todavía muy desdibujados).

Claro que la serie no ha hecho más que empezar y todavía no conocemos de verdad a estos personajes. Quizá cuando la pareja se vea forzada a convivir durante la tormenta (el segundo episodio se dedica entera e innecesariamente a Frances intentando entrar a su propia casa) y Divorce explore las consecuencias de la separación en los niños sea capaz de encontrar el ingrediente que le falta para emocionar (las pinceladas sobre la relación de Frances con sus hijos marcan el camino a seguir). Si lo consigue, la serie podría dar mucho de sí (Horgan, confío en ti). Si no, dudo que separarnos de ella sea tan doloroso.

Westworld: “No hemos reparado en gastos”

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[Esta entrada contiene spoilers del primer episodio de Westworld]

Lo habéis leído en millones de titulares, tweets y comentarios en los últimos meses. Westworld es la próxima Juego de Tronos. Obviamente son cosas del marketing, una estrategia para generar hype que puede funcionar o salir mal (de momento la audiencia del piloto ha sido una de las mejores de los últimos años para HBO). Quizá la serie llegue a hacer por la ciencia ficción lo que Juego de Tronos ha hecho por la fantasía, pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que Westworld sea por ahora Westworld.

¿Y qué es Westworld? Pues entre otras cosas, se trata de una de las series más caras de HBO (100 millones de presupuesto para los diez primeros episodios, de los que se rumorea que 25 han sido para el piloto), uno de esos espectáculos televisivos por los que la Home Box Office es conocida. La serie está creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy Nolan, con el incombustible y omnipresente J.J. Abrams en la producción ejecutiva, y se basa en la película de 1973 Westworld, almas de metal, escrita y dirigida por el autor Michael Crichton. Cuenta con un reparto estelar formado entre otros por James Marsden, Rachel Evan Wood, Jeffrey Wright, Thandie Newton, Luke Hemsworth, Ingrid Bolsø Berdal, Ben Barnes, Rodrigo Santoro, Ed Harris y Anthony Hopkins (total ná).

La historia transcurre en un parque temático (idea que Crichton recuperaría casi 20 años después en Parque Jurásico) orientado a visitantes con gran poder adquisitivo que ofrece una experiencia inmersiva en el viejo oeste. “Westworld” está poblado por androides sintéticos hiperrealistas conocidos como “Hosts”, que se encargan de interactuar con los visitantes (“Newcomers”) mientras “existen” en un bucle temporal en el que se repite una y otra vez la misma historia, con espacio para pequeñas improvisaciones por parte de los robots. Sin embargo, los Hosts empiezan a mostrar un comportamiento errático, síntomas de autoconsciencia y voluntad propia que contradicen los parámetros escritos en su código digital por los expertos programadores del parque.

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Aunque tiene un ritmo algo irregular y es decididamente confuso, el piloto de Westworld funciona muy bien como carta de presentación. Afortunadamente, estamos ante una serie de HBO, lo que quiere decir que no se va a intentar condensar una temporada entera en un solo episodio, sino que se va a desarrollar con paciencia y visión a largo plazo (o eso esperamos). “The Original”, que es como se titula el piloto, es eso, un comienzo, un planteamiento que dispone los elementos, los jugadores y las reglas básicas sin gastar demasiados cartuchos, con las suficientes dosis de drama, acción, violencia y tetas (si no, no sería HBO) para enganchar y que queramos saber qué pasa a continuación. Con una duración de casi 70 minutos (como suele acostumbrar la cadena con los arranques y cierres de temporada de sus dramas) y un guion bastante redondo (las moscas se encargan de acotarlo y a la vez vaticinar lo que está por venir), “The Original” parece una película, pero es solo una introducción. Una muy larga, eso sí. La historia se cuece a fuego lento, a su propio ritmo, su premisa puede resultar algo chocante y cuesta un poco acostumbrarse al universo fragmentado que nos presenta, sin embargo, sabemos que esto no ha hecho más que empezar.

“The Original” utiliza los temas propios de la ciencia ficción distópica y la inteligencia artificial, revistiéndolos de un aura de thriller y misterio, para construir una historia que (por ahora) nos habla en el fondo de los deseos más oscuros del ser humano. El parque está creado como escape de una realidad que aun no conocemos, un paraíso cinematográfico de turismo sexual y criminal confeccionado para satisfacer estas pulsiones violentas, la adrenalina de matar, de profanar un cuerpo (sintético pero asombrosamente realista), de estar en peligro sin estarlo, y actuar sin consecuencias. Sin embargo, el énfasis narrativo no está en los Newcomers, sino en los Hosts, las marionetas manipuladas desde arriba por los programadores e inversores que, tras una actualización masiva en el parque, empiezan a ganar consciencia de la fantasía digital en la que habitan; androides que, en el momento que muestran un “glitch” que pueda comprometer el proyecto, acaban almacenados desnudos en un pesadillesco hangar desde el que nos miran sin mirarnos para avisarnos de que algo muy oscuro se acerca.

Westworld presenta una hibridación de géneros muy interesante que puede recordar a Carnivàle o Firefly, pero su historia está principalmente arraigada en la ciencia ficción, en los relatos clásicos sobre robots que se rebelan contra sus creadores. Por eso, cabe esperar que a lo largo de la primera temporada asistamos al inicio de una revolución, de un levantamiento por parte de los Hosts, profetizado por la promesa de venganza del androide defectuoso Peter Abernathy (impresionante Louis Herthum) y por esa mosca que se posa en la mejilla de su hija Dolores (Wood) y acaba aplastada por su mano (algo que un robot se supone que no debe hacer). Esta es la manera en la que los Nolan nos avisan de que lo mejor está por llegar, de que solo hemos visto una pequeña parte de este mundo y hay que dejar que la historia se desenvuelva y las piezas empiecen a encajar antes de sacar conclusiones definitivas.

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Sí, Westworld está claramente diseñada para captar la atención de los seguidores de Juego de Tronos (no en vano, ahí está el ubicuo Ramin Djawadi componiendo la ya memorable música de la serie o esos lustrosos títulos de crédito que, sin parecerse a los de GoT, recuerdan inevitablemente a ellos; además de a “All Is Full of Love”, el icónico videoclip de Björk). Pero como decía, es una estrategia comercial que debemos (y debe) superar para que la serie se afiance y se gane el título que se le ha impuesto antes de tiempo. Dándonos la bienvenida por todo lo alto y sin reparar en gastos (impresionantes paisajes, fotografía, efectos visuales, diseño de producción…), la experiencia que supone adentrarse en Westworld es extraña, fascinante, desorientadora, sus personajes pueden resultar irritantes (que un Host mate ya a Lee, por favor), su propuesta te recuerda a demasiadas cosas a la vez, da la sensación de que estás viendo algo que ya has visto mil veces y también algo que no has visto nunca (lo cual no tiene por qué ser malo, al contrario). Pero ante todo y a pesar de todo, “The Original” es un comienzo prometedor, un piloto que, sin enseñar todas sus cartas, nos deja ver todo el potencial que hay en la serie. Que es mucho. Muchísimo.

Nuevas series 2016: Parte III

Sigo con mi repaso a los primeros estrenos televisivos de la temporada 2016-17. Haciendo estos especiales me he dado cuenta de una cosa: no tiene demasiado sentido titularlos “Pilotos”, así que he decidido rebautizar las entradas bajo la denominación “Nuevas series”. La razón es la siguiente: el modelo del piloto como episodio de prueba para vender una serie a las cadenas es cada vez menos frecuente, sobre todo desde el auge de los canales premium y en especial de las plataformas de contenido por Internet. Aunque se sigue practicando, sobre todo en las networks, muchas series reciben directamente el encargo de una temporada completa, como signo de confianza en el productor que las avala o como estrategia de fidelización (“no os vayáis, os garantizamos que, aunque la audiencia de la serie sea horrenda, va a haber al menos una temporada completa para satisfacer vuestro TOC televisivo”). Y luego están las series de Amazon, Crackle o Netflix, cuyas temporadas se ofrecen completas de una vez, lo que hace que el término piloto no se pueda aplicar a todas (sí a las de Amazon, que precisamente elige las series que va a comprar ofreciendo un montón de pilotos a sus suscriptores a ver cuáles funcionan mejor).

Todo este rollo para deciros eso, que cambio el título de la entrada, porque “Nuevas series” me parece que engloba mejor lo que estoy haciendo aquí. Aunque, curiosamente, en esta tercera tanda hay mayoría de series de network que han nacido de forma tradicional, es decir, con un piloto como los de siempre. Bueno, algo tenía que escribir en la introducción, ¿no? Empezamos.

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Pitch

No me habría acercado a Pitch de no ser porque Mark-Paul Gosselaar es uno de los miembros fijos del reparto. Se trata de un drama deportivo de la cadena Fox sobre la primera mujer que consigue jugar en una gran liga profesional de béisbol en Estados Unidos, una premisa que por desgracia todavía entra dentro de la categoría de ciencia ficción y que, afortunadamente, se suma a la corriente de series que apuestan por la diversidad, el feminismo y la visibilización. Es cierto que el género deportivo nos ha dejado un puñado de buenas películas, pero no es uno de mis favoritos. Antes de empezar el piloto de Pitch me convencí imaginando que quizá sería algo en la línea de Friday Night Lights, lo que me dio más motivaciones para verla además de Zack Morris con barba. Sin embargo, Pitch no tiene mucho que ver con la aclamada serie protagonizada por Kyle Chandler, sino que se asemeja más, aunque salvando las distancias, a lo que sería una Empire del deporte.

Y digo “salvando las distancias” porque Pitch no es tan loca como Empire (que se emite en la misma cadena). Pero sí tiene ese toque de espectáculo melodramático algo exagerado, con personajes de armas tomar, provocación y toques de humor efectista (cortesía principalmente del caricaturesco personaje de Ali Larter). Eso hace que la serie resulte más entretenida de lo que esperaba, pero también que corra el peligro de volverse ridícula y culebronesca muy pronto. El piloto empieza muy bien, captando la atención del espectador con el frenesí mediático alrededor de la protagonista, y se desarrolla correctamente (a base de clichés deportivos, como era de esperar) hasta culminar en un giro argumental que reescribe el episodio (parece que este es el año de los pilotos con sorpresa final). Sin embargo, dudo de su potencial a largo plazo. Me quedaré para comprobarlo, porque no está mal como pasatiempo sin exigencias, porque la protagonista, Kylie Bunbury, es muy buena, y para seguir viendo a Gosselaar con esos pantalones que… Bueno, que el chico tampoco está nada mal interpretativamente hablando.

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High Maintenance

Hay series que se emiten, como dicen los angloparlantes, “under the radar”. Es decir, que no tienen apenas publicidad, ni buzz, ni hype, ni nada por el estilo. Series que pasan desapercibidas y, en muchos casos, no llegan a formar parte de “la conversación”, aunque tengan méritos de sobra para hacerlo. Este sería el caso de High Maintenance. Tanto es así que una semana después de su estreno todavía no tenía su ficha en IMDb. Se trata de una comedia de HBO basada en la webserie del mismo título creada en 2012 por el matrimonio Ben Sinclair y Katja BlichfieldHigh Maintenance sigue a un hombre llamado simplemente “The Guy” (interpretado por el propio Sinclair) que trabaja como repartidor a domicilio de marihuana en el área de Nueva York.

La primera temporada en HBO tiene seis episodios, y cada uno de ellos se centra en un grupo de personajes distintos, los clientes de “The Guy” y las personas a su alrededor, es decir, “una ciudad de extraños con una persona en común”. No es un formato revolucionario, pero tampoco es el tipo de serie de media hora que acostumbra a hacer HBO, lo cual resulta refrescante. High Maintenance ofrece un terreno creativo muy fértil, una libertad para contar historias que resulta en un retrato costumbrista de la sociedad neoyorquina muy interesante y diverso. El personaje de Sinclair ejerce como pegamento, nexo de unión entre los “bocados de realidad” que se interconectan en la serie, mientras que el énfasis narrativo se pone en los personajes episódicos (interpretados por gente como Amy Ryan, Dan Stevens y otros actores menos conocidos), a los que les basta media hora para dar lugar a historias completas y sustanciales, breves relatos cómicos con un poso de melancolía que pueden ser más trascendentales de lo que aparentan. Con tan pocos episodios, me atrevería a decir que High Maintenance es una de las mejores nuevas propuestas de un año que nos está dejando grandes comedias de autor.

(Dato: Colby Keller aparece en la serie. Si no tenéis que googlear para saber quién es quizá debáis echarle un vistazo).

MacGyver

A los dos minutos del piloto de MacGyver ya estaba mirando el móvil. A los dos minutos y medio ya tenía clarísimo que no iba a seguir viendo la serie. Pero como soy un profesional, dejé el móvil y aguanté el episodio entero para escribir esto con conocimiento de causa. Y vaya suplicio.

Hablando claro: el remake televisivo de MacGyver es un despropósito mayúsculo. No voy a comprarla demasiado con la serie original, porque a) No la tengo precisamente reciente, b) Lo que recuerdo no la convierte en un referente intocable y c) No tiene sentido, a este bodrio se le debe juzgar por méritos propios. Desde la primera escena, la serie huele que apesta a procedimental clónico y hecho sin ganas o ímpetu creativo, una primera misión que nos presenta torpe y tópicamente al nuevo MacGyver (arrogante, mujeriego y con el aspecto aniñado de Lucas Till, sin duda un error de casting). Tenéis al héroe sobrado, al compañero gracioso, a la analista que monitoriza la misión delante de un ordenador y a la jefaza fría e implacable (ellas tienen un montón de títulos universitarios y son las mejores en su profesión, pero a una se la reduce a “por cierto, me la estoy tirando”, y a la otra a “por cierto, me tiré a su madre”. Bravo). Efectivamente los clichés y estereotipos se acumulan sin atisbo de originalidad (el mejor amigo negro parece sacado directamente de los 90), y lo peor de todo, para aburrir soberanamente.

El piloto de MacGyverque tuvo que ser regrabado después de los pobres resultados del original y que cuenta con el mismísimo James Wan en la dirección (aunque no se nota, así que no me extrañaría que le pagasen por usar su nombre mientras él seguía con Aquaman), es un claro ejemplo de cómo no arrancar una serie: demasiada información metida con calzador en 40 minutos, personajes que actúan como si los conociéramos de toda la vida, y cuya química resulta forzada, diálogos sin chispa, sobredosis de escenas de acción para engatusar… Pilotitis aguda, vamos. Los productores de MacGyver se han propuesto modernizar el clásico televisivo con una relectura de ritmo acelerado, mucha acción “espectacular” (muy entre comillas, porque los efectos en algunas escenas son criminales), detalles contemporáneos como rótulos sobre la pantalla a lo Sherlock y un protagonista joven que garantice, si la serie funciona en los índices de audiencia, muchas temporadas. Pero lo que les ha salido es la enésima serie formulaica a lo Hawaii 5.0, un producto cutre, ligeramente machista, y paradójicamente anticuado con un protagonista sin carisma. Pasando.

Girls: “Pánico en Central Park”

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Llevaba mucho tiempo sin escribir sobre Girls por aquí. No entendáis este abandono de mis menesteres recaperos como una pérdida de interés por mi parte hacia la serie de Lena Dunham. Todo lo contrario. Precisamente si he de dar una razón por la que no he vuelto a escribir nada sobre ella en más de un año es porque, a día de hoy, es mi serie favorita de las que hay actualmente en antena. La conexión que siento con esta ficción de HBO está a otro nivel, por eso me cuesta más escribir sobre ella. Y por eso he preferido limitarme a verla y absorber todo lo que Dunham me eche, dejándolo dentro, donde me apetece que se quede cada vez que termino un episodio. Pero resulta que este año, Girls nos ha dado uno de los mejores episodios de sus cinco años de emisión, y una de las piezas más excepcionales escritas por Dunham, “The Panic in Central Park” (5.06), por lo que esta vez me veo obligado abandonar mi retiro. Tenemos que hablar de este capítulo. Tenemos que hablar de Marnie.

Evocando al ya mítico “One Man Trash” de la segunda temporada (el episodio en el que Hannah pasaba un fin de semana romántico junto a Patrick Wilson alejada de la realidad), “The Panic in Central Park” es otro capítulo (aparentemente) separado del resto, una película de media hora. Así es como Dunham y los demás guionistas de Girls se aproximan casi siempre a la escritura de guiones, como unidades independientes que se preocupan más de contener una narrativa propia que de servir a un todo. Sin embargo, esta quinta temporada está siendo ligeramente distinta a las anteriores, y quizá por eso, esté siendo la mejor en mucho tiempo. La clave está en que la trayectoria de los personajes está más definida, sus tramas son más lineales y por tanto, la serie está adoptando una dirección más concreta, seguramente de cara al final el año que viene. Eso hace que episodios como el que nos atañe sobresalgan aun más. “The Panic in Central Park” sigue respondiendo al afán de Dunham de realizar mini-películas dentro de su serie, pero a la vez que explota su naturaleza autónoma, supone un punto de inflexión coherente y definitivo en el recorrido personal de Marnie, en la que el episodio se centra exclusivamente, así como de la serie en general.

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Marnie ha sido quizá el personaje más maltratado por la Dunham guionista a lo largo de toda la serie, pero que Girls no es una serie complaciente ya lo deberíamos saber todos (cuánto agradezco esto), y todo tiene un porqué, todo converge en este episodio, una auténtica oda al personaje. Apenas unos meses después de casarse con Desi (probablemente el personaje masculino más insoportable de toda la serie), Marnie está atrapada en su matrimonio, confinada entre cuatro paredes que, si ya la oprimían, ahora limitan más su espacio gracias a las reformas de Desi en el apartamento (la metáfora está clara, ella quiere espacio, él intenta dárselo, pero lo que está haciendo es encerrarla aun más). Después de una pelea con los consiguientes lloriqueos teatreros y pataletas infantiles de Desi, Marnie se marcha a dar un paseo para despejarse. En su camino se encuentra con un fantasma del pasado: Charlie. Su primer instinto es huir rápidamente de ahí. No puede ser que justo en ese momento, vestida de andar por casa, con un moño mal recogido y en uno de sus peores momentos personales, se vaya a encontrar con la persona que la abandonó sin dar explicaciones, la insultó y le rompió el corazón. Pero Charlie la convence de que se vaya con él. Marnie decide dejarse llevar -al fin y al cabo no tiene nada que perder- y la tarde se convierte en una noche romántica en Nueva York, en la que ella se libera no solo de las cadenas de su marido, sino de las suyas propias. A simple vista, Marnie es la girl más juiciosa, la que está constantemente preocupada por lo que los demás pensarán de ella, por la imagen que proyecta, por el comportamiento de los otros y cómo este se refleja en ella (en realidad, Marnie solo quiere conectar e importar a los demás, y no sabe cómo hacerlo). Pero esta noche con Charlie se ha propuesto descansar de Marnie. Por eso se enfunda en un vestido rojo supuestamente elegante pero en realidad poco favorecedor que le ha elegido su ex, por eso le sigue el rollo y le saca 600 dólares a un señor que la confunde con una prostituta, por eso se sube a una barca ajena en un estanque de Central Park y pasea por las calles de Nueva York empapada y descalza, y por eso le dice a Charlie: “No voy a intentar cambiarte”.

Sin embargo, aun cuando no está siendo ella intencionadamente, Marnie está tan centrada en sí misma, en su visión del mundo (“Yo pensaba que ya no se atracaba a la gente en la calle”), que no ha sido capaz de ver las señales, de darse cuenta de lo que tiene delante de las narices. La noche termina en el cochambroso apartamento de Charlie. La Marnie de siempre lo habría criticado, pero esta se da una ducha en el baño comunitario del edificio, destaca lo caliente que sale el agua y le da un beso cariñoso a Charlie, que aun dormita. Pero entonces Marnie encuentra una jeringuilla en el pantalón de Charlie y las piezas empiezan a encajar (el título del episodio hace referencia a la película de 1971 The Panic in Needle Park, sobre una pareja de heroinómanos interpretados por Al Pacino y Kitty Winn). Su aspecto desmejorado, su nueva actitud despreocupada y temeraria, sus nuevas amistades, la visita al club exclusivo donde desaparece para hacer negocios en el baño, las mentiras sobre su padre y su trabajo. Que ella haya dejado de ser Marnie por una noche y haya parado de sobreanalizarlo todo ha impedido que se dé cuenta de que algo no iba bien. No basta con salir de su autoengaño, Marnie también se da cuenta de que debe dejar de vivir en el engaño de los demás y decide de huir de allí. Y así es como llega a la conclusión de que su matrimonio ha acabado. Cuando llega a su apartamento, Desi la está esperando en las escaleras. Él intenta negociar (suciamente) para que Marnie no lo abandone, pero ella ha tomado una decisión, probablemente la más difícil y a la vez la más fácil de su vida. Marnie se ha liberado de una responsabilidad que no debería ser tan dificultosa, y lo más importante, se ha liberado de sí misma.

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“The Panic in Central Park” termina como empieza, con un primer plano de Marnie pensativa, pero la del principio no es la misma que la del final. Después de dejar a Desi, Marnie acude a Hannah y se acuesta en la cama junto a ella y Fran (que la acogen con cariño y naturalidad), un gesto que evoca a la primera temporada, a momentos como el abrazo final de uno de los episodios definitorios de Girls, “All Adventurous Women Do” (1.03), y nos recuerda la importancia de seguir explorando los vínculos de estos personajes para darles una conclusión. Las tramas de la quinta temporada de Girls están más centradas que nunca, y, aunque todavía queda una temporada y media, van sin duda encaminadas hacia su final, donde las protagonistas probablemente tendrán que aprender a ser amigas de verdad o dejarán de serlo para siempre (si es que alguna vez lo fueron). “The Panic in Central Park” es un episodio descomunal, conmovedor, desarmante, media hora de televisión a flor de piel. Nos regala una de las mejores interpretaciones de Allison Williams en la serie, secundada por un magnífico Christopher Abbott (al que no esperábamos ver nunca más en Girls, lo que hace que el capítulo sea aun más sorprendente y especial), y deja constancia del refinamiento de Dunham a la hora de escribir historiasGirls nunca ha dejado de ser extraordinaria, pero con “The Panic in Central Park” alcanza un nuevo nivel de trascendencia y sofisticación narrativa (la serie nunca ha sido tan radiantemente triste). Gracias a este episodio, a partir de ahora no podremos ver a Marnie de la misma forma, y a la vez seremos más capaces de ver el mundo a través de sus ojosGirls está cambiando, está evolucionando como lo haría una persona, y no podría hacerme más feliz ser testigo de esta preciosa transformación.

Veep: Dios salve a Selina Meyer

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Texto escrito por David Lastra

25 de febrero de 2015. Hete aquí me encontraba una vez más muerto y desvalido: otra de mis comedias había muerto. Parks and Recreation abandonaba las pantallas de la NBC para no volver nunca más (vale, el episodio doble final se emitió un día antes, pero ya saben cómo funcionan los torrents y las diferencias horarias). Leslie Knope me dejaba tirado del mismo modo que Liz Lemon un par de años antes y que Nancy Botwin el aciago verano de 2012. Solo y abandonado frente a la astenia primaveral, sin una buena comedia de cabecera que llevarme a los ojos. El panorama se presentaba deprimente cuanto menos: mis sista de Broad City no volverían hasta 2016, Childrens Hospital me decepcionaba con su temporada más floja, Community daba algún que otro destello, Silicon Valley avanzaba (o no) a trompicones,… La confirmación del fin del mundo vino de la mano de la conclusión de Mad Men, que no es una comedia al uso como las anteriormente citadas, pero la serie de Matthew Weiner ha demostrado durante sus siete temporadas que puede ser lo que quiera y más. ¿Y ahora qué?

El vacío. Tanto en el USB, como en la cabeza. Mil series por visionar, revisionar, binge watching o lo que sea, pero yo lo que quería era una comedia de 24 minutos. Esa cita semanal con un mundo loco y absurdo que haga que mi cabeza explote y me ría como un gilipollas. Todo era desesperación hasta que una tarde cualquiera volvió a mis manos mi pack de la primera temporada de Veep. Cuando se estrenó, la serie de Armando Ianucci había sido una de mis apuestas fuertes que quedó en nada, en mi agenda, claro está). Para obligarme a verla, compré ese pack, pero aquellos/as que me conozcan sabrán que ese hecho no conlleva la seguridad de que vaya a verlo de inmediato (o en la década siguiente). Pero, oh, Dios de Muchos Rostros, el reencuentro ha sido homérico. Bienvenidos a la historia de amor más grande jamás contada. Este es el relato del atracón que me he pegado de las cuatro temporadas de Veep en menos de un mes y cómo ha pasado a ser una de las mejores comedias de la historia sin morir en el intento. No estoy siendo exagerado, pero entiendan que no es amor lo que siento por esta comedia de HBO, es pura obsesión.

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Lo primero es preguntarse quién está detrás de Veep. Como ya hemos apuntado, un viejo conocido, Armando Ianucci. Creador de The Thick of It (BBC) y candidato al Oscar por el guión de In The Loop. Mientras afrontaba el remake estadounidense de la primera y tras una negativa por parte de ABC, Ianucci decidió dar una vuelta de tuerca a la propuesta original creando un nuevo piloto. No se alejaría de la temática en la que más a gusto se siente: la sátira política; pero sí que llevaría a cabo un cambio en cuanto a la gran protagonista de la serie.

El planteamiento de Veep es sencillo: cual nimio becario, seguimos el día a día de la oficina de la señora vicepresidenta de los Estados Unidos de América. Pero lejos de lo que pueda parecer, el glamour de la política es pasajero y lo que prima en el día a día de la administración política son las cagadas, tanto las que trascienden como las que no. Episodio a episodio, veremos el ascenso de Selina Meyer, desde el “ostracismo” del segundón a la primera plana en plan princesa por sorpresa. ¿Méritos? Tener mucho aguante y sobrellevar como puede los mil y un errores tanto de su equipo (no se salva ni la cuadriculada Sue, su secretaria personal), como de los demás habitantes del ala oeste (Jonah, ese hombre), de su familia (exmarido e hija bocazas) y de ella misma, que Selina no es ninguna santa.

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Hija directa de la Sarah Palin de Tina Fey en Saturday Night Live y del absurdo de Arrested Development y, especialmente, 30 Rock, también con la citada Fey, Selina Meyer es el epítome del cáncer de la política. Despreciable e interesada, logra seducirnos desde el primer minuto para cometer todo tipo de crímenes contra quien sea con tal de que ella consiga lo que quiere: la presidencia de los EE.UU. Julia Louis-Dreyfus, icónica Elaine de Seinfeld, es la encargada de dar vida a esta gran mujer. Gracias a Meyer, lleva un más que merecido pleno (tres de tres) en los Emmy a la mejor actriz de comedia. Como curiosidad, cabe destacar que ella ha participado en las tres anteriores referencias: fue la traicionera abogada cegarruta Maggie Lizer en Arrested, la doble de cámara de Liz Lemon en el episodio en directo de 30 Rock, y cómica mil y un veces en SNL.

Selina es el centro del universo. Todo lo bueno y lo malo orbita a su alrededor. Ella es el Sol. Ella es Beyoncé, como dice el propio Gary, bagman y esclavo oficial. ¿Es la señora Meyer el paradigma de la nueva mujer? ¿El feminismo era esto? Rotundamente sí. Esta serie es feminista 100%, sin atisbo alguno de hembrismo. Meyer se suma a la cada vez más larga lista de mujeres con un par de ovarios que pueblan la pequeña pantalla. Féminas como Alicia Florrick, Hannah Horvath, Carrie Mathison, Meredith Grey, Olivia Pope, Melisandre de Asshai o Claire Underwood. La fuerza feminista de Veep radica en mostrarnos que una mujer es tan mala como un hombre, que una mujer es capaz de aplastar toda resistencia y manipular a toda una nación, pero sin caer en la estereotípica correlación entre los conceptos de mujer malvada y poder.

Pero no olvidemos en ningún momento que estamos hablando de una comedia, cosa que Ianucci y su equipo de guionistas se encargan de recordarnos en cada escena. El chanchulleo de Meyer & co. es tan grotesco que hace que no perdamos la sonrisa en ningún momento, si acaso únicamente para ser sustituida por una cara de asombro o una sonora carcajada. Tampoco caigamos en el cateto error de menospreciar la verosimilitud de Veep por ser una comedia. realmente el esperpento que muestra esta serie es mucho más realista que el dramón shakespiriano de House of Cards. Partiendo del hecho que tanto la producción de HBO como la de Netflix son dos obras de ficción basadas en acontecimientos reales, me creo más los tejemanejes, cagadas y ascensos de Meyer que las enrevesadas conspiraciones ultradramáticas de los Underwood.

Ese citado esperpento es la mejor manera de mostrarnos la deformidad de la situación política de los últimos años. Aunque tristemente podríamos extrapolar las líneas argumentales y situaciones de Veep a cualquier momento de la historia moderna, tanto pasado, presente como futuro. Realmente, la atemporalidad en esta serie podría haber funcionado tan bien como la decisión de no mostrarnos en ningún momento el partido político que defiende Meyer (aunque en la conclusión de la cuarta temporada vemos el color de formación en los gráficos televisivos).

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Veep es una serie que combina perfectamente el humor elegante con lo extremadamente burdo y cafre. En cada episodio podemos experimentar la riqueza de la expresión dialéctica del idioma anglosajón, gracias a los mil y un gags sexualmente vejatorios, chistes y comentarios machistas, antisemitas, homófobos, racistas, etc. Pero aunque los gags verbales primen sobre los visuales, son los pequeños gestos de los personajes los que protagonizan los momentos más memorables de la serie. No podríamos comprender a Selina Meyer si no presenciásemos su cara de asco. Esa deformación facial no solo provoca risotadas, sino que despierta una compenetración total del espectador para con la vicepresidenta. Al igual que la cara petrificada de pánico de Amy Brookheimer (increíble Anna Chlumsky, mi personaje favorito), la desconfianza desde la distancia de la cara de pez de Gary (Tony Hale no repite su Buster Bluth, va más allá), la media sonrisa nerviosa de Dan (despreciablemente cautivador Reid Scott), la boca medioabierta del icónico Jonah Ryan (Emmy para Timothy Simons, por favor), las cejas de Tom Janes (un resucitado Hugh Laurie) o la increíble sumisión y languidez en segundo plano de la mismísima Primera Hija de los Estados Unidos, Catherine Meyer (impecable e infravalorada Sarah Sutherland. Robaescenas que junto a Chlumsky merecen otro par de galardones).

Uno de los aspectos más destacables de Veep es el poco amor de Ianucci hacia sus personajes. No me malinterpreten, lo que quiero decir es que, al más puro estilo George R. R. Martin, aquí nadie tiene su posición asegurada. En cada una de las cuatro temporadas de la serie, todos los personajes son puteados hasta la saciedad y empujados hacia una infinidad de callejones sin salida, que nos desesperan tanto como a ellos y nos hacen temer por su futuro. Una angustiosa situación que podría haber dañado a a serie, pero que gracias a una planificación de personajes impecable, los guionistas no tienen que recurrir a ningún deus ex machina que valga para seguir sorprendiéndonos.

Habemus comedia del siglo. Habemus Veep. Ahora toca esperar un largo año para conocer las nuevas desventuras de la administración Meyer en esta su quinta temporada, la primera temporada sin Ianucci como showrunner. No hay miedo, siempre que Selina Meyer tenga el maletín con los códigos para autorizar el uso de armas nucleares.

Mi verano de maratones seriéfilos

La vuelta al cole siempre conlleva una primera tarea en clase: la redacción sobre qué hemos hecho durante el verano. Cuando estaba en el colegio, nunca tenía nada interesante que contar y me veía obligado a tirar de mi imaginación (amigos inexistentes, anécdotas exageradas…). La cosa no ha cambiado demasiado desde entonces. Mi verano no ha sido especialmente memorable. Un viaje corto a Londres y mucho trabajo, más que ningún otro verano (al menos se me ha pasado rápido por esa razón). Pero entre una cosa y otra, siempre he encontrado hueco para colar episodios de alguna serie. Un episodio por la mañana antes de ponerme a escribir, uno en la comida, dos por la noche (series como medicina), y en días “libres” o fines de semana, 10 episodios seguidos o más. Feliz sobredosis. Porque para eso está el verano. Binge-watching FTW! A continuación os hablo brevemente de las series que he maratoneado durante las vacaciones estivales. Espero que vosotros/as hagáis lo mismo y me contéis qué habéis visto entre baños playeros y siestas delante del ventilador.

Curb Your Entusiasm

CURB YOUR ENTHUSIASM

La comedia de Larry David ha sido mi gran maratón de comedia de este verano. Ocho temporadas en dos meses. Oigo la peculiar voz del cómico de Nueva York en todas partes. Cierro los ojos y veo su cráneo calvo y puntiagudo. Y estoy empezando a obsesionarme (más de lo habitual en mí) con cómo me tratan y cómo trato a la gente durante mis interacciones sociales y en lugares públicos. Y es que de eso se trata precisamente. Curb Your Enthusiasm es la historia de un hombre que es “víctima de sus circunstancias“, una persona tremendamente peculiar, a menudo intransigente, con sus propias normas y presunciones sobre la sociedad (algunas lógicas, otras caprichosas, otras sencillamente demenciales), que choca constantemente con el resto del mundo y sus absurdas reglas de comportamiento. Larry David ha dicho en más de una ocasión que el protagonista de Curb es la versión de sí mismo que le gustaría ser. De ahí que en la serie vierta toda su bilis y se desahogue a base de bien con las personas a las que no decimos “que te jodan” a la cara, por educación y por evitar conflictos, y que deje claro cuantísimo le obsesiona el racismo (sin corrección política que valga). Es un concepto muy interesante, reforzado por la genial improvisación en los diálogos (no hay guión propiamente dicho, solo directrices), pero pierde fuerza con el tiempo. Ver 80 episodios de esta serie tan seguidos no es del todo recomendable, sobre todo para aquellos poco acostumbrados a los maratones seriéfilos. Y no es por lo que dijo Mitch Hurwitz (creador de Arrested Development), sobre que una comedia va perdiendo gracia progresivamente a medida que vemos más capítulos seguidos. Sino porque de esta manera saltan más a la vista sus defectos. Lo peor de Curb es lo tremendamente repetitiva que es, desde el segundo episodio hasta el final. Larry David procede de una sitcom clásica como es Seinfeld, y aunque Curb sea una comedia single-cam de media hora, sin censura, e incluya un gran arco argumental por temporada, es inevitable detectar en ella la repetición de fórmulas, las catch phrases, y en definitiva, todo lo que caracteriza a la comedia de situación de network. Ojo, no digo que esto sea malo, solo que yo no he terminado de conectar con ella.

The Good Wife

THE GOOD WIFE

Y este ha sido mi gran maratón de drama. Ya había visto la primera temporada de The Good Wife hace un tiempo (en esta entrada os conté mis primeras impresiones), pero por una cosa o por otra, y aunque me encantó, fui posponiendo la segunda, hasta que este verano, tras leer vuestros enfervorizados comentarios y tweets sobre la quinta temporada (y después de tragarme los spoilers más importantes), he decidido darle el empujón que le debía. Y vaya viaje ha sido. No voy a detenerme a explicar lo que he visto, porque lo sabéis perfectamente, sino cómo me ha afectado. Después de este maratón, The Good Wife se ha catapultado directamente al segundo puesto de mis mejores dramas televisivos actualmente en emisión (ya sabéis cuál sigue siendo el primero). Creo que hoy en día no hay una serie más apasionante que esta. Me parece increíble, irreal, cómo un drama de network, una serie de abogados (perdonad que la defina de manera tan simplista) con altas dosis de investigación, e incluso de procedimental, es capaz de mantener ese (altísimo) nivel de calidad durante 22 episodios. Por esta razón, en la era de los dramas de cable, las series-evento y las temporadas cada vez más cortas, el valor de The Good Wife es aún mayor. Después de una quinta temporada monumental (pero ya desde antes), la serie de CBS es actualmente, junto a Mad Men, el drama más seguro de sí mismo, más inteligente (es más, superdotado), más en control de su propio universo, más detallista, perfeccionista y mejor escrito de la televisión. Viva Santa Alicia.

How to Make It in America

HOW TO MAKE IT IN AMERICA

En la era de HBO inmediatamente anterior a GIRLS y Looking, la cadena intentó acercarse al público más joven y moderno con una dramedia de media hora producida por Mark Wahlberg y un montón más de gente, que se titulaba How to Make It in America (Buscarse la vida en América era el título en España). La serie, una especie de Entourage de la Costa Este, fue cancelada después de dos temporadas. Y con razón. HTMIIA era una propuesta endeble, desdibujada y gravemente falta de chispa y carisma. Esta serie es todo un ensayo y error, un paso en falso de HBO antes de encontrar con la comedia de Lena Dunham el tono adecuado para dar voz a los problemas del joven neoyorquino y el veinte-treintañero moderno y urbanita en general. En HTMIIA se nos habla, evidentemente, del gran sueño americano, y se hace a través de dos chavales que intentan triunfar en el mundo de la moda (concretamente el diseño de pantalones vaqueros), y los satélites que giran a su alrededor (un puñado de personajes sin interés alguno), con la cultura skater de fondo (un poco por la cara). La cosa no era desagradable,  para nada, solo prescindible. Todo resulta desapasionado, aburrido, y su aproximación al mundo hipster, desprovista de la sátira que hoy en día vemos en otras series, hace que la serie haya perdido vigencia terriblemente en tan solo cuatro años. Bryan Greenberg y Lake Bell salvan un poco la función. Pero ni su encanto natural ni sus esculturales anatomías salvan la función.

Dream On

DREAM ON

Curb Your Enthusiasm no es la única comedia clásica de HBO que he devorado este verano. De hecho, me he remontado mucho más atrás, a comienzos de los 90, con la comedia de John Landis y los creadores de Friends, Marta Kauffman y Kevin BrightDream On (en España conocida como Sigue soñando). Yo solía ver esta serie en televisión (la emitía Canal + en abierto en sus primeros años de existencia), y lo hacía un poco a escondidas, porque ya sabéis: TETAS. HBO se encontraba aún definiendo su imagen de marca, y lo que más claro tenía era que sus ficciones debían ser atrevidas, picantes, y que debían ofrecer lo que no podían otras cadenas: desnudos, sexo y palabras malsonantes. Aún así, las primeras temporadas de la serie son más bien inocentes. Sí, hay despelote (principalmente femenino, pero también del protagonista, el estupendo Brian Benben), pero era esto (y la factura de comedia single-cam) lo único que la diferenciaban de las sitcoms de cadenas generalistas. Los conflictos y las tramas eran muy simplistas, la continuidad un desastre, y la coherencia brillaba por su ausencia (véase el horroroso capítulo doble con David Bowie), lo que, visto con ojos actuales, puede resultar demasiado primitivo y chocante. Pero Dream On fue encontrando su voz poco a poco, incluso se permitió reírse de las exigencias de la cadena (¡¡más rubias en tetas, más sexo, más saxo, más fucks!!). Lo mejor (además del gran trabajo de Benben aunando carisma y patetismo) sigue siendo el uso de clips de películas clásicas para expresar los pensamientos del protagonista y añadir “notas al pie” en las escenas (gran labor de documentación y un recurso humorístico muy bien aprovechado). Sin embargo, la serie ha perdido mucho con el tiempo, y aunque es una de las pioneras de la neotelevisión (de hecho, Sexo en Nueva York es como una costilla de esta serie, aunque mucha gente no lo sepa), ha caducado casi por completo.

The Walking Dead

THE WALKING DEAD

Esta es una de esas series que, aunque me arriesgue a muchas críticas por decirlo, veo por obligación. Porque es la serie de mayor audiencia en su país de origen, porque es una de las imprescindibles de los seriéfilos, y porque debo estar al día con la actualidad televisiva. La primera temporada de The Walking Dead se me hizo eterna, y eso que es cortísima. Este verano he maratoneado la segunda y la tercera (a ver si consigo ponerme al día), y la cosa ha mejorado ligeramente. La segunda temporada tiene capítulos que son una auténtica tortura, pero otros bastante notables. Además, si algo hace muy bien esta serie es aprovechar el formato serial para contar la historia, y crear los cliffhangers más impactantes y los finales más memorables (nada superará a la escena de la pequeña Sophia saliendo del granero, eso sí). Por eso, lo quiera o no, se puede decir que estoy ligeramente enganchado, así que, a pesar de no soportar a los personajes (me consta que hasta los fans más acérrimos de la serie reconocen que donde más falla es en este aspecto) y del ocasional episodio repleto de diálogos vacíos y soporíferos, he aprendido a disfrutar la serie por lo que es (un poco lo mismo que me ha pasado con The Leftovers). Sobre todo gracias a una tercera temporada bastante más trepidante que las anteriores, empiezo a ver The Walking Dead en parte por obligación y en parte por placer. Es un progreso. Cuando termine mi maratón (que dentro de dos días se convierte oficialmente en otoñal), os cuento si mi percepción sobre la serie ha cambiado.

True Blood (2008-2014): Descansemos en paz

Sookie y Bill

Sookie: Bill, I’ll never forget you.
Bill: I wish I could say the same,
but I don’t know what happens next.

Al contrario de lo que la mayoría opina, las dos últimas temporadas de True Blood han sido un acierto para mí. La sexta temporada suponía el estreno como showrunner del productor ejecutivo Brian Bruckner, tras la marcha del creador de la serie, Alan Ball. La serie llevaba ya un par de temporadas dando palos de ciego, sin saber qué nos estaba contando (¿lo supo alguna vez?) y rellenando capítulos con las tramas más infames y prescindibles. Así que Bruckner tenía dos opciones: seguir dejando que el caos reinase o intentar que la serie se centrase. Afortunadamente, eligió la segunda opción. Así, la sexta temporada sirvió para hacer reconectar a los personajes y entrelazar sus tramas, hasta ese momento horriblemente desconectadas entre sí, y poner orden al embrollo que Ball había dejado como herencia a Bruckner. La séptima y última temporada ha continuado por este camino, centrándose principalmente en los personajes, dejándolos simplemente hablar, abrirse los unos a los otros (esta vez no necesariamente de piernas), estrechar lazos. Estos últimos diez episodios de True Blood han sido una celebración de Bon Temps, de Sookie Stackhouse y su “familia creada”, y por supuesto, una oda a los que sobreviven.

La temporada final empezó con mal pie, y no fue hasta el cuarto episodio cuando despegó realmente. A partir de ahí, Bruckner se dedicó a dialogar con los personajes, y preguntarles qué esperaban exactamente de la vida, y cuáles eran sus asuntos pendientes y sus sueños. Generalmente, Bruckner los escuchó, y fue dando clausura narrativa a todos los habitantes de Bon Temps a medida que la temporada se acercaba a su fin. Fueron los personajes humanos los que, sorprendentemente o no, nos proporcionaron los finales más emotivos, concretamente Arlene Flower y Andy Bellefleur, secundarios que esta temporada se han revelado como los personajes más consistentes, dos de los pilares más sólidos de True Blood, y que nos han dejado las escenas más hermosas de la serie en mucho tiempo. También Jason Stackhouse, al que le ha tenido que salir una novia casi de la nada para que nos demos cuenta de que en cierto modo ha sido siempre el corazón de la serie. Otros personajes recibieron finales más cómicos, como Ginger -que por fin se sentó en el trono (encima de Eric)-, discretos, como Sam, o más abruptos, como Alcide o Tara -aunque en el caso de la segunda, esta permaneció en la serie como fantasma y antes del último episodio obtuvo su pase hacia el cielo en forma de la reconciliación definitiva con su madre (Adina Porter se merece todos los premios). Por último, la recta final de True Blood recuperó a la mejor pareja de la serie, Jessica y Hoyt, para darles un final feliz -aunque la serie nos tenía reservada una última sorpresa en forma de boda, porque ya sabemos que no hay series finale que valga sin una boda. En todo caso, es evidente que Bruckner ha ido cerrando historias de manera que para el final solo quedaran dos grandes asuntos por resolver: Bill y Sookie y la trama de Sarah Newlin y la New Blood.

Jessica y Hoyt

Y entonces llegamos a “Thank You” (7.10), y comprobamos que esto no era suficiente para construir un final satisfactorio, y que ir despojando poco a poco a la serie de camp para dotarla de mayor dramatismo y, digamos, elegancia, quizás no ha tenido el efecto deseado. Entendemos que para cerrar el ciclo el final se centre en Bill y Sookie, la pareja con la que comenzó todo, pero hace tiempo que a la audiencia dejó de importarle esta pareja, y por tanto hacía falta más. Sobre todo más emoción, más… vida. True Blood fue conocida durante sus siete temporadas por sus altas dosis de sexo y violencia gráfica, y su cualidad de “serie pajillera” por excelencia. “Thank You” (en el que no hay ni una escena de sexo, por cierto) se olvida por completo de esta vertiente de la serie para no distraernos de los personajes; pero es que nunca ha hecho falta desvincularlos de la esencia perturbada y demencial de la serie para hacerlo. El resultado es un episodio final correcto, “humano”, pero terriblemente conservador, insulso y olvidable, algo que una serie como esta no se podía permitir, y en definitiva, lo último que esperábamos de True Blood.

Pero lo más grave de todo no es el hecho de que una serie como True Blood se haya despedido de manera tan sosa y convencional, sino que estos dos últimos años dedicados a recuperar el norte de la historia no han servido para nada, porque al final ha quedado más que evidente que Bruckner en realidad tampoco sabía muy bien hacia dónde se dirigía la historia o qué hacer con sus personajes principales. Para levantar su discurso final en “Thank You”, True Blood insiste en (de manera demasiado evidente) en la idea con la que comenzó la serie: la metáfora entre los vampiros y la otredad oprimida, concretamente los homosexuales (“El estado de Louisiana no reconoce este matrimonio”). Lo utiliza para reforzar la ilusión de ciclo completo, pero en realidad hace mucho tiempo que la serie perdió su sentido del propósito. No hay más que ver el desenlace de Sookie y Bill. Es un detalle bonito y significativo hacer a Sookie la principal representante de esa otredad, incluso por encima de los vampiros, y que acabe aceptando su diferencia, su “monstruosidad”, como parte de sí misma, y no como un inconveniente para llevar a cabo una “vida normal”. Pero las circunstancias y motivaciones para llegar a esta conclusión no podían ser más fortuitas y contradictorias.

Eric y Pam bolsa

Por encima de todas esas incongruencias destaca la absurda petición de Bill, que nos plantea mil y una preguntas y pone en evidencia todos los agujeros de la historia -¿por qué ahora? ¿por qué no se estaca él mismo?, y sobre todo, ¿por qué sus motivos para morir y dejar libre a Sookie no se aplican a Jessica? El “ahora sí, ahora no” antes de que Sookie estaque a Bill en su ataúd solo sirve para retrasar el momento de la verdad y malgastar tiempo que se podía haber empleado en darle aunque fuera una maldita escena a Lafayette, personaje fijo desde el principio, que no tiene diálogos en el episodio y solo aparece en el plano grupal durante la comilona de la escena final. Es indignante e inexplicable que después de todo este tiempo, el personaje no reciba el cierre que merece.

Lo mismo, aunque de manera menos lacerante, ocurre con Eric y Pam, sin duda los personajes favoritos de la audiencia, cuya historia termina completamente descolgada de la del resto. De acuerdo, siempre fueron a su bola. Claro que no nos los imaginamos a la mesa junto a los habitantes de Bon Temps, y nos alegra saber que seguirán siendo socios (y algo más) durante el resto de su eternidad (“Oh, I am so fucking with you”), pero qué menos que una última escena entre Eric y Sookie (¿quizás una visita final de la Stackhouse a Fangtasia? Seguro que habría tenido más emoción que la última secuencia con Bill). Ya no es que nos hiciera ilusión ver a Sookie y Eric juntos una última vez, es que era necesario. Agentes externos y una mala gestión narrativa han dado como resultado un desenlace enormemente desestructurado e inconcluso, un episodio que dedica demasiado tiempo a algunas escenas que podían y debían haber durado menos (la despedida de Bill y Sookie, la boda de Jessica y Hoyt, Sarah Newlin en el sótano), en detrimento de otros personajes, impidiendo así la sensación general de final de serie.

True Blood cena

Sorprende que una serie que se ha caracterizado por su gran compromiso con el fan service (nos ha dado todo lo que queríamos y más, sobre todo en cuanto a escenas cochinas) no sea capaz de superar los problemas de incompatibilidad de agendas (al parecer, Skarsgard y Bauer no estaban disponibles para grabar escenas a la vez que el resto de actores) y no sepa exactamente qué hacía falta para dar un final satisfactorio a sus fieles seguidores, a los truebies que han permanecido “true to the end“. No me malinterpretéis, no hay nada que me guste menos que un final que atiende mucho más a las necesidades del espectador que a las de la propia historia y los personajes. El problema es que el de “Thank You” no es ninguno de los dos casos. Es un final en teoría adecuado, un final feliz, pero no un final estimulante, es el final de otra serie, no el de True Blood. Y si por algo se ha caracterizado esta serie, además de por ser una de las más inconsistentes de la televisión, es por saber estimularnos, de todas las maneras. “Thank You” es un trabajo desganado, desapasionado, agridulce (en el mal sentido), una chapuza que ha dejado a muchos completamente indiferentes (solo el plano que cierra esta entrada logró provocar reacciones) y a otros enfurecidos tras siete años defendiendo lo que para muchos era indefendible. En fin, como suele ocurrir en estos casos, quedémonos con lo bueno que nos ha dado True Blood, es decir, las horas incontables de despelote, gore y exceso que han amenizado nuestros veranos. Por lo demás, echemos tierra por encima de este final y descansemos en paz.

True Blood (2008-2014) RIP

Silicon Valley: Bienvenidos al planeta de los nerds

Silicon Valley reparto

Lo hemos dicho muchas veces. A HBO le cuesta mucho más dar con el clavo en lo que se refiere a comedia. La cadena ha generado varios éxitos recientes, como Girls o Veep, pero la supervivencia de estas series se debe más a su repercusión mediática y al prestigio que otorgan que a sus índices de audiencia, muy lejos de los números que amasan dramas como Juego de Tronos, True BloodThe Leftovers. Aunque se ha especializado en la comedia de auteur (ahí está Curb Your Enthusiasm), la Home Box Office no es ajena a la creación de sitcoms para “la masa”, con éxitos como Sexo en Nueva York y (a menor escala) Entourage en su haber. Cubriendo el (desgraciadamente menor) nicho de audiencia femenina y homosexual (respectivamente, o no) con la serie de Lena Dunham y ahora con Looking, HBO necesitaba una comedia más “masculina”. Y Silicon Valley, una serie moderna, y sin embargo arraigada en la sitcom tradicional, viene a llenar ese hueco (sin ir más lejos, parecía que la Academia estaba esperándola para sustituir Girls por ella en sus nominadas a Mejor Comedia). Con ella, la prestigiosa cadena ha dado con su propia The Big Bang Theory. Salvando las distancias, claro está.

Silicon Valley es la historia clásica del underdog americano, el héroe cotidiano, antítesis del triunfador y conquistador, que halla el camino hacia el éxito (y hacia la chica) a través de su intelecto. Vaya, una historia sobre nerds para todos los públicos. La serie está creada por Mike Jugde, responsable de Beavis y Butt-Head y director de la película de culto Office Space, y como aquellas dos obras clave, busca la complicidad con el público a través de la identificación con el veinte-treintañero a la deriva (o sea, todos). Por eso Silicon Valley está protagonizada por un tipo muy concreto de nerd, el informático. Richard es un extraño e introvertido experto en ordenadores que ha creado una app que podría revolucionar el mercado. Para convetirla en un éxito y levantar su propia empresa en la Meca de la industria informática, rechaza una oferta de venta millonaria y se asocia con la empresa de un loco (y divertidísimo) visionario, Peter Gregory, que le propone colaborar en beneficio mutuo. Desafortunadamente, el actor que daba vida a Gregory, Christopher Evan Welch, falleció a mitad del rodaje de la temporada, perdiendo así la serie una de sus mayores bazas. Aunque los guionistas idearon pronto una manera de mantener vivo al personaje, con un chiste recurrente en boca de su asistente (Amanda Crew) según el cual Gregory siempre está fuera, ocupado en algún asunto a cada cual más extravagante. Esperamos que el gag se mantenga en próximas temporadas.

silicon valley póster HBOLa primera temporada de Silicon Valley lidia con las tribulaciones de Richard tras haber tomado la decisión ¿equivocada? y nos cuenta los primeros pasos de su aventura empresarial Pied Piper (hay un episodio dedicado al registro del nombre, otro a la creación del logo…), junto a su equipo de geeks y despojos humanos, ratas que no lo siguen como al flautista de Hamelín precisamente: el endiosado Erlich (T.J. Miller, entre el esperpento divertido y lo simplemente insoportable), el adorador de Satán Gilfoyle (Martin Starr en su salsa), el indio Dinesh (Kumail Nanjiani)- porque todo grupo de informáticos emprendedores debe tener un indio-, y Jared (Zach Woods, reproduciendo tal cual su personaje de The Office). Todos ellos representan los distintos estereotipos que han caracterizado al nerd informático (o al nerd en general) en la ficción reciente (The IT Crowd, TBBT): la percepción distorsionada del mundo, la ineptitud social, el carácter sedentario, la libido por las nubes, los fetichismos y parafilias tecnosexuales, y la dificultad para comunicarse, especialmente con las mujeres. Richard personifica con gran maestría a este tipo de personaje, gracias a la interpretación compasiva, adorable y llena de matices de Thomas Middleditch, el mayor acierto de casting de la serie, y el corazón de la misma.

A lo largo de los ocho episodios que componen la primera temporada, Silicon Valley presenta tramas generalmente convencionales, vistas en otras sitcoms, conflictos clásicos aplicados al relativamente reciente universo de la innovación tecnológica (para conocer sus orígenes, aconsejable Halt and Catch Fire). Hemos visto algo parecido hace poco en la película Los becarios (The Internship), que al igual que Silicon Valley, nos habla de cómo funcionan los grandes imperios tecnológicos. Solo que el filme de Owen Wilson y Vince Vaughn no era más que un publirreportaje de Google, mientras que Silicon Valley es una sátira muy afinada del gigante del Valle del Silicio, parodiado en la serie a través del paraíso laboral de Hooli. A pesar de hacer gala de una incorrección política muy blanca, Judge da en el clavo a la hora de trasladar a la pantalla el particular y en ocasiones excéntrico mundo de los (casi siempre patéticos) aspirantes al próximo Steve Jobs -es clave la escena en la que un puñado de grupos creativos venden sus proyectos con presentaciones clónicas, emulando las palabras de la Deidad Jobs (que por cierto, es mencionado una o más veces en todos los episodios, claro).

Pero Judge no solo nos habla/se burla del negocio informático, donde la lógica matemática choca con la inmadurez del “genio”, sino que se permite introducir, al más puro estilo La red social (pero con humor y casi sin que nos demos cuenta), reflexiones muy valiosas sobre la nueva sociedad de la comunicación y nuestra relación con la tecnología. Una escena que engloba perfectamente estas ideas tiene lugar en el penúltimo episodio de la temporada, el “Dickjerk Algortithm” (literalmente, el Algoritmo de la Paja), simplemente el momento de comedia más sublime que nos ha dado este año la televisión. Esta escena, además de incorporarse por méritos propios en los anales de la tele por su absurda brillantez, da paso al desenlace de la temporada, que plantea una visión de futuro muy clara para Silicon Valley, y si la audiencia aguanta tan bien como hasta ahora, una andadura potencialmente longeva para alegría de HBO.

Ginger es el corazón (y los pulmones) de True Blood y la séptima por fin arranca

Ginger Pam

Nos estábamos empezando a preocupar mucho. La última temporada de True Blood estaba siendo todo lo contrario a lo que debería ser la temporada final de una serie como esta, o de cualquier serie que ha estado con nosotros siete años. La de Alan Ball siempre ha sido una serie altamente irregular, pero tras una sexta temporada sorprendentemente centrada y bien orientada hacia la recta final, uno esperaba de esta última entrega un poco más de pasión y emoción, un poco más de épica. En su lugar hemos obtenido tres primeros episodios más bien desganados, mediocres, y muy olvidables de no ser por las anticlimáticas muertes que más que conmover o impactar a los fans, los han enfadado por lo deprisa que han ocurrido -aceptamos que por ser la última temporada tengan que caer tantos, pero no de esa manera- y porque no han hecho justicia a los personajes fallecidos. Ah, y este tramo inicial de la temporada también nos ha dejado una de las escenas más memorables de toda la serie, el encuentro erótico de Eric y Jason, un acto de fan service total, gratuito hasta para ser True Bloodpero oye, que no me estoy quejando, que conste. A lo que iba, el caso es que mí ya se me ha olvidado todo lo demás.

Bill 7x04

Todo esto cambia en el cuarto capítulo, “Death Is Not the End“, con el que por fin arranca de verdad la última temporada. Las muertes de Tara, Alcide y la Sra. Fortenberry (además de otros personajes menores) han ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, sí. Pero ese no es el problema en realidad (deberíamos estar acostumbrados a que los personajes desaparezcan así), sino todas las circunstancias que las rodean y en general la poca pasión con la que se han acometido. Pero llegados a “Death Is Not the End”, y ya desde su prólogo (que aporta la clausura necesaria), nos damos cuenta de estas muertes no han sido en vano (también narrativamente hablando), que su impacto en los habitantes de Bon Temps, y en especial en Sookie Stackhouse, ha servido como catalizador, para hacerles caminar entre el fuego y adentrarse en la batalla sin pensar en las consecuencias. Ya lo dice el título del capítulo, “la muerte no es el final”. Pero para estos personajes, si lo fuera, no pasaría nada, siempre que esta llegue mientras están luchando. El resultado: Un capítulo intenso y relevante que conjuga humor, drama, acción y camp como mejor se le ha dado siempre a esta serie.

Lafayette Jessica

Pero no todo en “Death Is Not the End” es destacable. No sería un capítulo de True Blood sin sus escenas de relleno, y sus subtramas injustificadamente estiradas. Sobran completamente las escenas de Jason y Sam, y en concreto la interminable secuencia en la que visitan a Rosie (who?) para decirle que su marido, Kevin (who?), ha muerto. No podría importarnos menos, y no podría aportar menos a la historia. Si nos quitásemos esas escenas, y ya de paso a Willa (incluso un poco de Jessica), podríamos tener capítulos de 40 minutos, que le habrían venido muy bien a esta serie. En fin, menos mal que tenemos a Sookie, a quien la muerte de su novio (al que nunca quiso tanto como él a ella) le ha empujado a tomar el mando para rescatar a Arlene. Amiga, estratega y líder, Sookie vertebra este episodio, yendo de casa en casa (con esa camiseta roja enorme y esos pelos de no ducharse en una semana) ayudando a cerrar heridas, a recapacitar, y a quitarles la tontería a todos para que se unan a ella en la operación rescate, o para simplemente dejen de ser un estorbo. Es la hora de la verdad, y no se puede estar perdiendo el tiempo en la cama.

Sookie Eric 7x04

Los dos principales apoyos para Sookie son Bill y Eric. Con el regreso del vampiro vikingo, la Stackhouse vuelve a encontrarse en el centro del triángulo amoroso más importante de True Blood. Pero cuando comparamos sus escenas con uno y otro nos damos cuenta de que el triángulo no es equilátero. Aunque siga sintiendo algo por Bill, es Eric el que la convierte en enferma de amor. A Bill le ofrece su sangre para que este reponga fuerzas de cara a la batalla, y le dice “solo es comida”. Lo suyo queda muy atrás, y aunque haya residuos de aquel gran romance, Sookie no pertenece a Compton. Con Northman es distinto. No hay más que verla cuando este aparece ante sus ojos. Ella apenas se puede controlar (ni quiere), y se precipita a sus brazos demostrando que el vínculo que la une a Eric es más profundo e incontrolable. Sin embargo, Sookie tampoco es de Eric, Sookie no pertenece a nadie. Si algo está aprendiendo después de todo este tiempo (y sobre todo después de la muerte de su novio-por-no-estar-sola) es a valerse por sí misma, a descubrir el alcance de sus poderes (no solo los mágicos), a tomar la iniciativa cuando es necesario, y a no ser una víctima. En el anterior episodio vimos a Sookie silenciando las voces que insistían en condenarla por sus errores, por su “asociación” a los vampiros. En “Death Is Not the End” la vemos elevarse por encima de todo y de todos, y ponerse al frente desafiando a su vieja amiga, la muerte, como haría una verdadera heroína.

Arlene Sookie

Los últimos diez minutos de “Death Is Not the End” son True Blood en estado puro. La operación rescate se convierte en un baño de sangre hepática y vísceras en el que, por primera vez este año, tememos de verdad por la vida de los personajes. Y lo mejor de todo es que ninguno de ellos muere en la batalla. Demostrando que no hace falta cargárselos como moscas para transmitir esa sensación de fatalidad apocalíptica. Basta con hacernos creer que un personaje querido podría pasar a mejor vida para ponernos al filo de nuestro asiento. Es lo que ocurre con Arlene, que con el paso de los años, y sin hacer nada especial ni poseer ningún poder sobrenatural, se ha revelado como uno de los pilares de la serie, y una de las mayores constantes en la vida de Sookie. La escena en la que Sookie pide socorro para salvar a su amiga es la más potente de lo que llevamos de temporada, gracias sobre todo a la interpretación de estas dos mujeres. Además, nos da el último cameo del episodio, Terry Bellefleur, después de otros estupendos homenajes a personajes del pasado, que vuelven para contribuir a ese cierre de ciclo que toda serie longeva debe realizar: Hoyt Fortenberry (Jason le dice “Bubba” y yo me quiero morir) y the Magister, que nos remite directamente a la primera temporada.

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Y a pesar de todo este torrente de emociones, lo mejor de “Death Is Not the End” no es su excelente clímax, sino los flashbacks que salpican el episodio de humor, y nos dan a conocer más sobre la historia de los personajes más enigmáticos, magnéticos e interesantes de True Blood: Eric y Pam. Y por extensión, de la mayor diva de la serie (con permiso de Lafayette), el verdadero corazón (y sobre todo los pulmones) de True Blood, Ginger.

A medida que el fin se acerca para Eric, tanto él como su progenie se están ablandando. Y no hay nada mejor que Eric y Pam demostrándose lo mucho que se quieren, algo que beneficia mucho a la serie en general. Los flashbacks de “Death Is Not the End” nos cuentan “La historia de Fangtasia“, y abarcan desde 1986, cuando the Magister convierte a los dos vampiros en regentes de un videoclub local (bravo, bravo, BRAVO) hasta 2006, cuando Ginger tiene la idea de convertir ese palacio del VHS en un palacio de verdad: Fangtasia, la fortaleza de los vampiros en Shreveport (genial Pam lloriqueando: “I hate Shreveport”) con su gran Rey Vikingo Eric Northman sentado en el trono. Con estas fantásticas escenas se brinda homenaje a uno de los personajes recurrentes más divertidos de la serie, y se hace dándole no solo un pasado de lo más jugoso -Ginger como nerd ochentera fan del cine de vampiros y como lolita punk es de lo mejor que me ha dado la serie en estos siete años-, sino otorgándole, en retrospectiva, gran peso en el universo de la serie. Nadie se merecía esto más que ella. Y lo más curioso es que Ginger no grita en “Death Is Not the End”. Sin embargo, la actriz que la interpreta, Tara Buck, lo ha compensado con este genial agradecimiento a los fans de la serie por estos siete años de amor hacia la camarera asustadiza del Fangtasia y hacia esa música celestial que son sus chillidos de terror. Te queremos, Ginger.

True Blood: El último verano (7.01 “Jesus Gonna Be Here”)

True Blood Jesus Gonna Be Here

Tranquilos, a pesar del título de la entrada, este año no os voy a decir aquello de que True Blood es sinónimo de verano, o a soltar el típico rollo para explicar por qué la serie vampírica de Alan Ball es uno de nuestros guilty pleasures favoritos o a enumerar las maravillas de la anatomía de Joe Manganiello (bueno, quizás eso sí lo haga después). Este año voy a empezar la temporada estival de reviews yendo directamente al grano: El regreso de True Blood ha sido decepcionante, aburrido y demasiado disperso hasta para ser True Blood, que es probablemente la serie más descentrada y caótica de la historia. Es preocupante, teniendo en cuenta que es la última temporada, pero no demasiado si pensamos que los comienzos de temporada de muchas series son simplemente un ejercicio de reajuste, o si lo comparamos con las muchas horas de coñazo absoluto que nos hemos llegado a tragar felizmente con esta serie.

Porque True Blood puede divagar, ramificarse innecesariamente y dar continuos palos de ciego, pero siempre nos acaba devolviendo a lo mismo: la chulería de Pam, el paletismo de Sookie, el palotismo de Jason, el sudor, la sangre, el sueño húmedo de una noche de verano. Sin embargo, todos esos elementos que hacen de True Blood una gozada casi pornográfica están desinflados en este “Jesus Gonna Be Here“, como si para volver se hubieran puesto las pilas medio cargadas, como si estuvieran encerrados todos (literalmente) en el mismo sótano de siempre, y tuvieran ya ganas de escapar de una vez. La sexta temporada terminó con un salto hacia el futuro que nos brindaba la trama central para la recta final de la serie: La sangre sintética se ha acabado, una cepa de hepatitis V afecta a la mitad de la población vampírica, convertida en zombies de The Walking Dead, y en Bon Temps, uno de los muchos pueblos pequeños de la América profunda olvidados por el gobierno, Sam Merlotte, ahora alcalde, promueve el emparejamiento de humanos y vampiros para recibir protección a cambio de comida. De momento, los enfrentamientos político-bélicos de Sam, Andy y Bill con la resistencia de vigilantes de Bon Temps no podrían ser más soporíferos (esperemos que Vince, el señor que perdió las elecciones contra Merlotte no sea un villano oficial esta temporada). Pero al menos nos alegramos al comprobar que la serie regresa a Bon Temps, y centra la mayor parte de su acción en el pueblo (¡Jane Bodehouse!), como en un intento de regreso a los orígenes para cerrar ciclo.

Jessica Adilyn

El mayor problema de esta season premiere es quizás el hecho de que el humor brilla por su ausencia. A excepción de un par de momentos contados, “Jesus Gonna Be Here” es un capítulo decididamente serio, y la seriedad no sienta del todo bien a True Bloodque suele brillar más cuanto más alocada y rocambolesca es. La irregular carga dramática del episodio es eso, una carga, un lastre que hace que los más de 50 minutos que duran los capítulos acaben pasando factura, y que tengamos la sensación de que ni los actores ni el equipo están al 100% en lo que hay que estar. Mirad por ejemplo a Anna Paquin (a la que siempre defenderé de los haters), que nos dejó un panegírico precioso en el 6×09, y que cierra este 7×01 con otro discurso a los habitantes de Bon Temps. Pero esta vez no nos lo creemos, Paquin no está ahí, y sus palabras, por muy importantes que sean, suenan desganadas e impuestas. Como las de Pam, que siempre clava sus one-liners, y en este capítulo suenan forzados, como demasiado Pam hasta para ser Pam (“I’ll be in hell having a threeway with the devil”). O como Jessica y Adilyn Bellefleur. Deborah Ann Wol está mejor que la Paquin en este capítulo, pero esa escena de conexión adolescente entre Jessica y su protegida -mientras la zorra de su novio liga con Lafayette-, por muy bonita que fuera en teoría (visualmente lo mejor del capítulo), resulta artificiosa en la práctica. True Blood no es conocida precisamente por su sutilidad, pero en “Jesus Gonna Be Here” llevan la obviedad a otro nivel.

Y para obvio, el hecho de que Tara NO está muerta, a pesar de que en la increíblemente mal ejecutada secuencia inicial de la temporada (dirige Stephen Moyer, ejem) se nos quiere convencer muy torpemente de que sí -mirándolo por el lado bueno, si para algo nos sirve esta infame escena es para disfrutar de otra gran interpretación de Adina Porter como Lettie Mae Thornton. Tara es un personaje protagonista que lleva en la serie desde el primer capítulo, la única excusa para matar a un protagonista en off es para engañarnos. Si no la hemos visto morir, no está muerta. Además, si Tara hubiera caído de verdad, Pam lo habría sentido (su sire amenazó con dejarla libre, pero sigue inevitablemente conectada a ella). Se mire como se mire, no es más que otra muestra de lo tosco y desganado que ha sido todo en este arranque de temporada (nos gusta que True Blood sea cutre, pero no tanto). O han despedido a un personaje importante de la manera más anticlimática posible (improbable), o nos tienen preparada la sorpresa menos sorprendente de la serie. Y es una pena, porque si algo sabe hacer True Blood, a parte de humedecernos y lubricarnos, es sorprendernos.

True Blood Lettie Mae Tara

Que “Jesus Gonna Be Here” ha tenido su dosis mínima de despelote, pero como las cosas están tan serias y hay una revolución gestándose, no hay tanto tiempo para retozar -aunque ya sabemos que en Bon Temps no importa que el armaggedon se acerque, hay que follar. Así, tenemos una escena de cama de Sookie y Alcide, la pareja más aburrida de la tele. Y esta vez ella enseña más que él, algo raro teniendo en cuenta que la carnaza masculina es lo que vende en esta serie. No nos quejaremos. Ya que la Paquin está desganada interpretativamente hablando, por lo menos enseña las tetas. Y por otro lado tenemos a Jason Stackhouse, que eleva de nivel el episodio enseñando su trasero fibrado y bubbilicious, lo único interesante de su también aburridísima y repetitiva trama con la pesada de la vampira dominatrix (el emparejamiento de Jason y Jessica funcionaba muy bien, este no). Por lo demás, no hay mucho más que destacar de “Jesus Gonna Be Here”, un capítulo (esperamos) de transición hacia (ojalá) tramas más divertidas y emocionantes. Coño, ¡que es el final! Esperemos que las historias presentadas en este episodio se transformen y den lugar a otras más atractivas, porque lo que hemos visto por ahora ha sido bastante poco alentador. Y por supuesto, confiemos en que Pam encuentre pronto a Eric Northman y este haga acto de presencia para animar el cotarro, que su ausencia nos ha confirmado hasta qué punto él se ha convertido en el protagonista de la serie.

GIRLS: Honestidad brutal

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No sabemos si fue su plan desde el principio, pero Lena Dunham ideó la segunda temporada de GIRLS como un experimento social, una prueba de aguante definitiva para los fervientes detractores de su sobre-exposición y su exhibicionismo. Dunham se situó a sí misma en el ojo del huracán, tanto dentro como fuera de su serie, muy dispuesta a destapar y desafiar la avalancha de misoginia y repugnante doble moral que suele provocar su trabajo, pero sobre todo marcando bien la diferencia entre los que entienden lo que está haciendo con su serie y los que no, aquellos que a estas alturas siguen tomándose su discurso de manera literal y basan sus críticas en lo que Dunham precisamente está satirizando (“La odio porque es una egocéntrica”. Cariño, de eso va la cosa, si no lo entiendes, puerta). Después de una temporada decididamente oscura, incluso grotesca, caracterizada por el descenso a los infiernos de Hannah y en la que Dunham se desnudó cuanto más se quejaba la gente (a ver si gritando os enteráis), GIRLS terminó con un toque de optimismo, con una season finale que desmontaba los cánones de la comedia romántica desde el particular universo de Dunham y Judd Apatow, y que prometía una tercera temporada más luminosa.

Esta nueva entrega de GIRLS arrancaba con un claro propósito: Desvelar “la naturaleza de la amistad femenina” (Hannah, “Truth or Dare”, 3.02). Y para ello era necesario acercar a las cuatro protagonistas, que si bien nunca estuvieron particularmente unidas, acabaron siendo casi extrañas debido al desmembramiento de la anterior temporada. Claro que, con siete episodios emitidos hasta ahora, la tercera temporada no supone ningún cambio sustancial en cuanto a la macro-estructura de GIRLS. A pesar de la intención de aunar a sus personajes bajo el mismo techo, Dunham sigue concibiendo cada episodio como una unidad narrativa semi-independiente del resto, como cortometrajes que forman parte del mismo universo pero funcionan según por sus propias reglas y temáticas individuales. Esta temporada hemos visto por ejemplo una brillante reflexión sobre el trabajo en “Free Snacks” (3.06) o un sublime ensayo sobre la muerte (a través de los ojos del ser más egocéntrico del planeta) en “Dead Inside” (3.04). La tercera temporada de GIRLS alcanza su punto de ebullición con un episodio que nos remite a aquella burrada impresionante que fue “One Man’s Trash“. En “Beach House” (3.07) (¡qué hipster! ¡Beach House es el nombre de un grupo indie!), la escapada de la realidad (o a la realidad) no la realiza solo Hannah, sino las cuatro “amigas”, que hacen un viaje a la playa organizado por una Marnie más desesperada que nunca por encontrar algo de estabilidad, aunque sea forzándola hasta lo enfermizo.

“Beach House” es un ejercicio de purificación, incluso de purga, para las protagonistas, y para la serie en general. Llegados a este punto, como observadores ya hemos descrifrado cuál es la naturaleza de la amistad de estas cuatro chicas. Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna permanecen unidas (más o menos) por intereses egoístas -se quieren porque se utilizan para alimentar sus egos y sus fantasías cosmopolitas, y para escudarse de sus miedos e inseguridades. Están atrapadas bajo una venda de auto engaño y regidas por una serie de normas provenientes en su mayor parte de la mente de Shoshanna, y basadas en lo que debe ser una relación de chicas según constructos ficcionales como los de la televisión o las revistas de moda. Este fin de semana en la playa, que no tiene nada que ver con las vacaciones de Rohmer, culmina en el súbito despertar de Shoshanna -que esta temporada más que nunca se ha comportado como una caricatura de una caricatura de sí misma-, lo que lleva a que todo esto salga por fin a la luz.

Por primera vez en mucho tiempo (quizás desde aquella dolorosa pelea entre Hannah y Marnie en la primera temporada) vemos el verdadero rostro de estos personajes, y es mucho más duro de lo que parece. Las cáusticas palabras de Shoshanna (que parecen reproducir literalmente las de aquellos que cargan públicamente contra Lena Dunham), sorprendentemente poseída por un odio visceral y una crueldad que deja al descubierto lo cansada que está de vivir en su particular realidad, proporcionan una brutal experiencia de catarsis para todos, para ellas y para nosotros. Un terrorífico remanso de lucidez en el que mirarse y asustarse de lo que se ve, con el Dunham os dice -directamente esta vez- de qué coño va su serie. El precioso plano final de “Beach House”, en el que Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna dejan atrás la horrible experiencia de la noche anterior para descansar de sí mismas, es sin duda un destello de esperanza que nos hace pensar que quizás algún día todo esto les sirva para encontrar la manera de ser amigas de verdad. Sin embargo, ellas seguramente optarán por la negación y volverán a sus hipócritas y obnubiladas existencias. Nosotros no podemos hacer eso, hemos visto la cara de la bestia, y ahora nos acecha.

Looking: Buscando la serie normal

HBO Looking

Se busca serie normal, sobre casi treinta y cuarentañeros (¿por qué es “cuarentón” la forma más extendida?) tratando de encontrar su lugar en el mundo, buscando el amor a contrarreloj, viviendo su intimidad, aprendiendo de los errores, y errando de nuevo a pesar de ello. Se busca serie que explore el día a día de un grupo de amigos en una gran ciudad, con sus idiosincrasias, sus neuras y taras sociales. Se busca serie sobre la vida, sobre la eterna disyuntiva de si vivirla o dejarla pasar, sobre el terror a la soledad y la importancia de la familia (la que elegimos nosotros) para mantener la cordura. Se busca serie normal, pero protagonizada por hombres gays en lugar de hombres y mujeres heterosexuales. Se buscaba, porque es posible que la hayamos encontrado. Looking de HBO nace con la agenda bien clara: ser una serie protagonizada por gays que no gira exclusivamente en torno a ser homosexual sino a ser una persona. ¿Cumplirá su propósito o se quedará en “serie gay” para consumo exclusivo del público masculino homosexual?

Tras ver el primer episodio, “Looking for Now“, entendemos las comparaciones con la otra comedia con la que HBO ha emparejado a Looking en la noche de los domingos, la ya asentada Girls. El tono de ambas series es distinto, pero el núcleo temático es el mismo (ambas tratan sobre todo lo que he enumerado en el primer párrafo). Sin embargo, donde la serie de Lena Dunham busca la naturalidad hiperbólica y satírica para exponer la verdad, la de Andrew Haigh (director de la venerada Weekend) hace gala de un naturalismo tranquilo y altamente calculado -con sus forzadas y pretenciosas referencias cultas- que carece de poder de impacto y perdurabilidad. Lo que es una manera retorcida y repelente de decir que por ahora Looking es aburrida, trivial, incluso anodina. Looking se podría adscribir al género televisivo “Serie sobre nada” (y sobre todo a la vez), y en su devenir anecdótico y cotidiano, así como en su ritmo sereno, podemos ver claramente la intención de Haigh: ofrecer una serie realista, y real, con la que podamos identificarnos. Sin embargo, al evitar los grandes aspavientos dramáticos de otras series, Haigh se pierde en la nadería de las vidas de sus protagonistas. En efecto, Looking va de nada y de todo a la vez, pero en el peor de los sentidos.

Otra serie con la que es fácil (e inevitable) comparar Looking es Queer as Folk, la primera (y prácticamente única) serie catalogada como “serie gay” (con permiso de Will & Grace, y de Teen Wolf). No obstante, las comparaciones deben detenerse en el hecho de que sus protagonistas sean homosexuales. Looking se desmarca de la fábula excesiva, inverosímil y demagógica que fue la serie de Showtime restando gravedad y reivindicación de la experiencia vital de sus protagonistas, y renunciando a la (absurda) responsabilidad de tener que representar todas las facetas de la comunidad LGBT. Esto no es más que un reflejo de los tiempos que corren, menos mal. Queer as Folk estaba obligada a ser política, Looking se puede permitir ser simplemente existencialista, una serie sobre la búsqueda del amor, sobre el mundo de las citas (Dates, por cierto, estáis tardando) y el sexo; una serie indudablemente de 2014, ambientada en una ciudad vibrante y luminiscente como San Francisco, con sus referencias a Instagram, a hipsters barbudos, y dejando constancia de la importancia capital de Facebook en todos los aspectos de nuestra vida. Claro que no debemos engañarnos. Que Looking no aborde (todavía) la homofobia u otros problemas derivados directamente de ser gay no quiere decir que vaya a evitar todos los clichés del cine de esta temática. Porque seamos realistas, esos clichés son ciertos, y evitarlos para agradar a aquellos que detestan que se vincule al gay con la promiscuidad (qué asco de palabra para describir algo perfectamente natural y no exclusivo del gay) o las drogas no es una opción para Haigh. Para heteronormatividad a conveniencia y pulcros maricas asexuales ya tenéis Modern Family.

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Dicho esto, la clave para conectar con Looking no debería ser el hecho de ser un hombre homosexual o no. Si quiere salirse de ese nicho de audiencia y ampliar horizontes, la serie debe hallar la manera de universalizar y enriquecer las experiencias de sus protagonistas. Y de momento no lo ha conseguido (otra cosa es que no esté interesada en ello; en ese caso no va por mal camino). Personalmente, como hombre gay me veo mucho más reflejado en las chicas y chicos heterosexuales de Girls que en los tres amigos protagonistas de Looking. Pero afortunadamente, la serie cuenta con el adorable y muy acertado Jonathan Groff, protagonista que ejerce como ideal vehículo de identificación: Patrick es un joven a punto de cumplir los 30, soltero, inseguro, ligeramente patoso (socialmente hablando), con un trabajo muy del siglo XXI (diseñador de videojuegos) y en ese punto en el que tienes menos claro que nunca hacia dónde se dirige tu vida. El personaje de Groff es el alma de Looking, un everyman gay, el no-héroe que nos invita a vivir la serie en primera persona (seamos hombre, mujer, gay o hetero). Es decir, el conducto para hallar la universalidad en el relato de Looking sin por ello sacrificar su especificidad.

Junto a él tenemos a dos personajes que añaden diversidad, Agustín (Frankie J. Alvarez), que tiene pareja estable, y Dom (Murray Bartlett), camarero de 40 años que solo piensa en follar. Todos son guapísimos, porque, ¿quién quiere ver una serie como esta con protagonistas feos? (Pocos autores se atreven a correr tal riesgo, ¿verdad, Lena?). Y, a pesar de ser relativamente encantadores y estar interpretados con suma naturalidad, todos están ligeramente desdibujados y por ahora no resultan interesantes (lo sé, lo sé, esto es normal, solo hemos visto un capítulo). Ya hemos comprobado que las mejores series se cuecen a fuego lento, pero puede que Looking no tenga demasiado tiempo para encontrar lo que busca (solo 8 episodios conformando lo que en un principio será una miniserie). Esperemos que sepa aprovechar su rica materia prima para trascender su etiqueta de “serie gay” y establecerse de verdad como relato humano. Es el primer paso hacia la utopía de una televisión en la que el público pueda pasar por alto si la persona que se mete en la cama con el protagonista es un hombre o una mujer, para centrarse en cosas más importantes.

True Blood 6.09 “Life Matters”

El noveno episodio de la sexta temporada de True Blood nos ha dado todo lo que nos hizo enamorarnos de la serie hace ya unos cuantos años. Y mucho más. De acuerdo, quizás lo único que faltó fue algo de desnudez (no cuentan miembros viriles no pegados al cuerpo), pero en los demás aspectos “Life Matters” nos devolvió por completo la ilusión por una serie cuyas anteriores temporadas nos habían desencantado. La sexta temporada se confirma así como un nuevo comienzo para la serie de Alan Ball, haciendo que nos preguntemos si quizás habría sido mejor que se hubiese marchado mucho antes.

Como seguidores de True Blood, estamos más que acostumbrados a recibir una de cal y otra de arena. Finales impactantes para rematar episodios soporíferos, el mayor número de personajes de relleno que hemos visto en una serie contra fan favourites que por sí solos merecen la pena cualquier suplicio. Pocas series adolecen tanto de un desequilibrio e inestabilidad tan evidente. Pero pocas tienen la capacidad de hacer saltar los ojos de las órbitas como True Blood. Con “Life Matters” se nos demostró que aun hay mucha vida en la serie, que todavía podemos ilusionarnos con ella, emocionarnos, gritar, reír y torcer el morro ante las escenas más bizarras y excesivas que se pueden ver en televisión. En definitiva, “Life Matters” nos recordó por qué True Blood Matters.

Y si True Blood ha arreglado con maña el entuerto que dejó la(s) anterior(es) temporada(s) -fantasma humeante de la guerra, no te olvidamos, aunque queramos- es gracias a que por fin se está haciendo caso al fan que lleva años quejándose de lo que no funciona en la serie. Lo dicho, a ver si va a resultar después de todo este tiempo, que lo mejor que le podía ocurrir a True Blood es que su creador delegase sus responsabilidades como showrunner en otro. Brian Bruckner, que lleva desde la primera temporada como productor y guionista, estaba esperando su turno para poner orden en la serie.

Así, para esta temporada, Bruckner se ha deshecho de algunos de los eslabones más débiles de la serie. Ha reducido la presencia por capítulo de los lobos y los cambiaformas (aunque sigue siendo demasiada, todo hay que decirlo), y ha realizado una interesante purga de personajes. Todo para cumplir con los planes en su agenda: “Corregir la desproporción entre humanos y seres sobrenaturales, y situar a todos estos personajes que viven en el mismo lugar bajo una sola trama y una sola amenaza”. A la irritante Nora, hermana de Eric, se le ha unido recientemente en el Más Allá Terry Bellefleur. “Life Matters” es a la vez panegírico para despedirse de uno de los pocos personajes humanos de la serie, a la vez clímax desquiciado en el que se descarga toda la artillería pesada, como si de un capítulo 9 de Juego de Tronos se tratase. Al fin y al cabo, esta temporada de True Blood cuenta con tan solo 10 episodios, como el otro exitazo de HBO, y visto lo visto, este recorte se revela como otra gran decisión.

En “Life Matters” no hay un solo minuto de descanso. Ni siquiera los numerosos flashbacks recordando a Terry interrumpen la fluidez del relato, como sí suelen hacerlo las escenas descolgadas de humanos y otras especies no vampíricas. Las secuencias son más cortas, están mejor intercaladas, interrelacionadas, y por fin obtenemos la tan preciada y necesitada sensación de unión y cohesión. Nada de veinte tramas sin conexión y personajes desperdigados. Todos convergen por fin en dos frentes. Por un lado los habitantes de Bon Temps reunidos para el funeral de Terry. ¡Qué alegría volver a ver a Lettie Mae Thornton, a Jane Bodehouse y a la señora Fortenberry, y además tener noticias de Hoyt! Y por otro todos los vampiros de la serie apelotonados en el Vamp Camp, liberados al fin por un Eric que es una versión viciosa y sanguinaria de la Dark Willow de Buffy. Pam, Tara, Jessica & co. danzan arrebatadas por el éxtasis de Santa Billith, como salidas de una escena de The Wicker Man o una película de Rob Zombie, después del mayor Vísceras-Fest de la historia de la serie. Una gozada. Resulta algo extraño entrelazar lacrimógenos discursos funerarios con desmembramientos varios, pero sorprendentemente funciona.

Bravo, bravo, bravo. Por dejar a la demencia y la libertad apoderarse del relato como no ocurría desde los tiempos de las orgías de Maryann. Por devolvernos el verdadero espíritu de Bon Temps y conseguir que entendamos -aunque sea por un momento- la importancia de los personajes humanos en la serie. Por la inconmensurable Sarah Newlin, el personaje revelación de la temporada, y su emocionante confrontación ¿final? con Jason. Pura catarsis. Por Tara disparando una metralleta. Por Anna Paquin volviendo a merecerse el Emmy. Por el gore más brutal (ese pene estirpado, ¿lo enseñarán? ¿no lo enseñarán? ¡TOMA PENE!). Por cumplir la promesa de devolver la serie a sus raíces. Y finalmente, por un humor en absoluto estado de gracia. No recuerdo haberme reído tanto con un episodio de True Blood en años. Resumiendo: “¡¡¡Te quiero… Jason Stackhouse!!!” ¡¡Te amo… True Blood!! Y sobre todo: AaaaaaaaAAAAAAAHHHHHHHH!

Juego de Tronos, “Las lluvias de Castamere”

George R.R. Martin está más que acostumbrado al odio y la ira del fandom. Es más, todos sabemos que se alimenta de eso precisamente (de eso y de whisky). Lleva desde principios de los 90 dominando las emociones de su lector, subyugándolo a sus caprichos de demiurgo absoluto. En su Canción de Hielo y Fuego ha desafiado todos los clichés del género de la fantasía épica, con un relato de guerra en el que todo vale y nadie está a salvo. Esto se traduce desde el comienzo en Juego de Tronos, adaptación televisiva que permite al lector de las novelas revivir todos los traumas y golpes del pasado, y al neófito comprobar cómo Martin no tiene ningún tipo de reparos en sajar cuellos… ¿por el bien de la historia?

Los fans de las novelas de Martin llevaban mucho tiempo esperando “Las lluvias de Castamere”. Es más, los propios creadores de la serie, David Benioff y D.B. Weiss, han confesado que La Boda Roja fue una de las principales razones por las que se embarcaron en el proyecto, y la primera gran meta que se pusieron. Pues bien, prueba superada. Sin embargo, han tenido que pagar un precio, el mismo que en su día tuvo que pagar Martin: perder fieles. Efectivamente, el revuelo que ha causado el episodio en Estados Unidos ha provocado protestas en masa e incluso cancelaciones de suscripción a HBO. Qué locura, ¿no? No obstante, “Las lluvias de Castamere” obtuvo la mayor audiencia de la historia de la serie, y por muchas deserciones que haya ocasionado su brutalmente sangrienta secuencia final, las 7 u 8 temporadas que Benioff y Weiss tienen previstas están aseguradas.

Claro que la reacción de la audiencia -de la que no había leído los libros- era de esperar. Los que saben cómo continúa la historia aseguran que este momento de inflexión era necesario para el desarrollo de los grandes acontecimientos que están a la vuelta de la esquina. Pero no nos engañemos, la razón por la que Martin se cargó en su día a Catelyn y Robb Stark, al igual que en la primera novela sacrificó a Ned Stark, fue únicamente para sorprender e impactar al lector. Ned murió porque era el héroe de la historia, y nadie esperaba que muriese, y mucho menos tan pronto. Robb ha muerto por la misma razón, y además con el agravante de que su despiadado asesinato trunca la posibilidad de un final feliz para su clan, algo que el espectador desea con todas sus fuerzas. No es lo convencional, por lo tanto, es el camino a seguir.

¿Es Martin un gran sádico? Probablemente. Pero también es un escritor tremendamente inteligente y arriesgado. Ha dado la vuelta a las convenciones narrativas y lugares comunes de un género muy condicionado por unas normas supuestamente inquebrantables, y lo ha desmontado para construir un relato único en su especie. Porque fantasías protagonizadas por héroes a caballo que cabalgan hacia el atardecer al final ya tenemos bastantes. Si nos dejamos llevar por las emociones, puede que sintamos que Martin, y ahora Benioff y Weiss, nos han manipulado, nos han abofeteado -he de aclarar que yo no me siento así, aunque La Boda Roja me afectara emocionalmente como al que más. Pero en este caso es mejor pensar en frío: la muerte de Catelyn, Robb y su mujer embarazada, Talisa (un as en la manga de los creadores de la serie para sorprender también a los que venían al episodio con los deberes hechos), reconfigura el relato y plantea nuevos retos. Y por mucho que se pueda calificar de gratuita esta jugada maestra -porque lo es, es gratuita porque se pensó para joder al lector, y lo demás vino a posteriori-, vuelve a convertir Juego de Tronos en una serie absolutamente impredecible. Y eso es precisamente lo que necesitamos en televisión ahora mismo.

“You’re almost there, and you’re afraid you won’t make it. The closer you get the worse the fear gets. No point in trying to hide behind that face. I know fear when I see it. I’ve seen it a lot.”

Con “Las lluvias de Castamere”, Juego de Tronos aniquila las esperanzas del espectador y le obliga a reajustar sus expectativas sobre la historia. El ya de por sí complejo y fragmentado argumento se sume en un nuevo caos, preparando el terreno para nuevas alianzas y nuevas tácticas, lanzando por los aires las piezas de un puzle que el espectador sentía que empezaba a completarse. Desde la decapitación de Ned Stark, los desperdigados miembros de su familia nunca habían estado tan cerca los unos de los otros. ¿Qué mejor momento para introducir una masacre? La conmoción por la secuencia final de “Las lluvias de Castemere” es lo único verdaderamente destacable de un episodio en el que también asistimos a la traición de Jon Nieve a Ygritte (You know nothing, Ygritte!), a los ojitos enamorados de Daenerys Targaryen dirigidos a su caballero de dentadura torcida Daario Naharis, y al desarrollo de las habilidades como warg de Bran Stark -en otra escena que parece directamente sacada de Fievel y el nuevo mundo, con los hermanos Stark cruzándose sin llegar a verse. Los Lannister no aparecen en “Las lluvias de Castamere”, pero están muy presentes: “Los Lannister mandan recuerdos”. Y esa frase podría extrapolarse a la relación creador-fandom: “George R.R. Martin os manda recuerdos”. No os olvidéis nunca de que tiene vuestro corazón en la mano, y no se lo va a pensar dos veces antes de apuñalarlo como a un bebé dentro del vientre de su madre.

Por qué AnnaSophia Robb SÍ es Carrie Bradshaw

En una reciente entrevista para la revista online de moda Net-a-Porter, Sarah Jessica Parker se ha pronunciado sobre la precuela de Sexo en Nueva York que está llevando a cabo la cadena CW. Orientada al público adolescente -como casi toda la oferta de la cadena de Mark PedowitzThe Carrie Diaries se adentra en la vida de Carrie Bradshaw a los 16 años, edad en la que empieza definitivamente a formarse la persona y el personaje que acabará siendo años más tarde en la mítica comedia de HBO. Parker, a la que le preguntaron qué sentía al ver a otra actriz interpretando a “su personaje”, contestó “No estoy segura… Creo que es una de esas cosas que ponen a prueba tu generosidad. AnnaSophia Robb es una chica encantadora y quiero que esté cómoda haciéndolo, pero es… raro”.

Parece que a la protagonista de Novia por contrato y Tentación en Manhattan no le termina de convencer la idea de compartir algo tan suyo, tan personal. Y no es a la única. A muchos de los seguidores y seguidoras de Sexo en Nueva York que se han atrevido con su precuela, les resulta imposible reconocer a Carrie en AnnaSophia Robb. Claro que el argumento más esgrimido a favor de esta postura es que ni en un millón de años luz una chica tan mona (a pesar de las cejas) como Robb acabaría convirtiéndose en una mujer -casi universalmente- fea como Sarah Jessica Parker (y que me perdonen sus admiradores, que ya sabemos que la belleza es lo más subjetivo que existe, y todo eso, pero esto es un hecho). Lo cierto es que esta es una teoría muy sólida. De no ser por la voluminosa cabellera rubia y rizada que luce Robb en su serie, sería completamente imposible ver a Sarah Jessica Parker en ella a primera vista.

¿Se trata de envidia por parte de la protagonista de ¿Qué fue de los Morgan? y Salvando las apariencias? Más bien yo creo que es recelo, porque a su temprana edad, Robb ha demostrado con creces que sus aptitudes interpretativas están muy por encima que las de la actriz de 47 años. La tarea de dar vida a la versión adolescente de un icono no debe ser fácil. El personaje ha de ser reconocible, pero no puede ser una imitación, puesto que, por muy romántica que sea la idea de que nunca dejamos de ser adolescentes, nadie es igual a los 15 que a los 30. En este sentido, AnnaSophia ha conseguido hacer suyo el personaje sin sacrificar la esencia de la Carrie Bradshaw que todos conocíamos.

Dejando a un lado el evidente no-parecido físico entre ambas actrices (y en este caso no me vale lo de que en 15 años una persona puede cambiar mucho), yo SÍ veo a Carrie Bradshaw en la pequeña y adorable Anna Sophia Robb . Eso sí, a una versión mejorada y más soportable de ella -o quizás la de Sarah Jessica sea una versión echada a perder de esta, más bien. A continuación os enumero y explico las razones:

 

Su dicción

Si revisamos Sexo en Nueva York antes de ver The Carrie Diaries, nos daremos cuenta de que el trabajo de Robb es mucho más completo y complejo de lo que parece. La voz en off en es muy importante en esta saga, y Robb es una gran elección de casting en este sentido, puesto que su timbre es muy similar al de Sarah Jessica Parker. Además, la actriz se esfuerza en adoptar el mismo tono al narrar sus aventuras y las de sus amigos, poniendo siempre el énfasis en las palabras exactas. A veces, si cerramos los ojos podemos ver a Sarah Jessica Parker sentada frente a su Mac, en lugar de a AnnaSohpia acostada con las piernas en cruz escribiendo en su diario -bueno, que si no queréis que se os aparezca de repente SJP, no me hagáis caso, no cerréis los ojos y disfrutad de la 80s Carrie sin más.

Su inconfundible sentido de la moda

Está claro que desde un principio se nos está insistiendo en el peculiar gusto de Carrie a la hora de vestir y complementarse. De su famoso bolso protagonista de un reportaje en Interview a sus modelitos para apoyarse en las taquillas del instituto, la Carrie de TCD ya muestra el gusto por el riesgo y el atrevimiento de la Carrie noventera. Las faldas que son casi tutús, los tocados y broches, y sobre todo, los colores chillones hacen que esta Carrie sea el paso inmediatamente anterior a la mujer disfrazada de bailarina que vimos tantas veces en los inolvidables créditos de Sexo en Nueva York. De todos modos, no eran tan difícil conseguir esto: Sexo en Nueva York se estrenó en 1998, que visto desde 2013 no deja de ser una prolongación de los 80.

Su lealtad y sentido de la amistad

Había ocasiones en las que parecía que las cuatro protagonistas de Sexo en Nueva York no eran tan tan tan amigas. Pero cada cierto tiempo, la serie nos recordaba lo mucho que se querían, llegando siempre a la conclusión de que su amistad era la relación más inquebrantable en sus vidas. En The Carrie Diaries se nos insiste en casi todos los episodios en ese vínculo que Carrie establece con sus amigas (y su amigo), y que muestra al personaje como un nexo de unión, una especie de líder, la voz de su generación, o de su pandilla. Cuando vemos a Carrie, Mouse, Maggie y Walt en el diner sosteniendo conversaciones sobre chicos, sexo o sus familias -y a veces sobre películas, qué alegría-, no podemos evitar pensar en Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha.

Su mariliendrismo latente

Además de a sus tres mejores amigas, Carrie tenía a Stanford Blatch, que era el amigo gay que toda mujer cosmopolita debía tener en los 90, un accesorio fabuloso imprescindible. En TCD, Carrie hace su primera toma de contacto con el “mundo gay” de Manhattan, gracias a uno de los empleados out and proud de Interview –ella es todo naturalidad al respecto, claro. Pero más importante que él, está Walt, novio de una de sus dos mejores amigas – la beard Maggie- un homosexual latente que aun no ha descubierto su verdadera identidad sexual. Su gran compatibilidad con Carrie (ambos mitómanos, adoran Interview, la moda) hace de esta la hag perfecta, como seguirá siendo el resto de su vida. Aunque de momento ninguno de los dos sea consciente de ello.

Su drama-queenismo

El momento en el que más claramente pude ver a la Carrie Bradshaw adulta en AnnaSophia Robb fue hacia el comienzo de la serie, en una escena en la que el padre de Carrie aparece sin avisar en el instituto y esta se desmaya al verlo. Todos recordamos las diatribas de Carrie en Sexo en Nueva York, los dilemas aparentemente sencillos que para ella eran el fin del mundo, los granitos de arena que se convertían en montañas. La Carrie de Robb ya presenta claros síntomas de drama queen en el instituto. En cada episodio debe tomar una decisión complicadísima, ir a la prom o a un club en Manhattan, el chico malo o el chico bueno, mentir y ser feliz o ser honesta y desdichada. ¡Qué dramas!

Sus fetiches 

En “Hush Hush” (1×08), Carrie era introducida en el apasionante mundo de la adicción a los zapatos. “Cuando una puerta se cierra, una caja de zapatos se abre”. ¡Esta es nuestra Carrie! Larissa le regala sus primeros Manolo Blahnik y le enseña a pronunciar el nombre. Es sin duda el inicio de una eterna historia de amor. Además, en ese mismo episodio Carrie se bebe su primer Cosmopolitan. “Creo que esta va a ser mi bebida”, dice.

Su romanticismo palpitante

La Carrie de Sarah Jessica Parker no era excesivamente promiscua, y no fueron tantos los galanes con los que se metió en la cama a lo largo de las seis temporadas de Sexo en Nueva York (sobre todo si los comparamos con Samantha). Carrie siempre fue una romántica empedernida, y como ahora hace Ted Mosby, se encontraba en una constante y ardua búsqueda de su media naranja. En The Carrie Diaries ya podemos ver los destellos de este idealismo amoroso de Carrie: sus suspiros de enamorada, sus planes de futuro (“a los 30 estaremos todas casadas”), y su fijación en un hombre: en este caso Sebastian Kidd, su Teen Mr. Big. Mientras sus amigas pierden la virginidad, ella prefiere tomarse las cosas con calma para conseguir que sus experiencias románticas sean de película.

Su amor por Manhattan

Está claro que la gran historia de amor de Sexo en Nueva York es la de Carrie Bradshaw con Manhattan, y esta es una de las ideas principales que sustentan The Carrie Diaries. En ella asistimos a las primeras citas entre Carrie y la Gran Manzana, a los primeros destellos en la mirada, al éxtasis de las primeras veces. Es amor a primera vista, y también es amor eterno. A través de los ojos de Robb mientras contempla fascinada las bulliciosas calles de la ciudad, sus modernos habitantes y sus rascacielos, podemos ver a la de Parker, y es entonces cuando queda más claro que nunca que son el mismo personaje.

Reyes, espadas, cuervos y dragones. Estudio del fenómeno televisivo Juego de Tronos.

Ya está a la venta el libro Reyes, espadas, cuervos y dragones. Estudio del fenómeno televisivo Juego de Tronos, en el que he tenido el placer de participar.

Elaborado por profesores e investigadores de la Universidad de Sevilla llega un completísimo volumen sobre Juego de Tronos -así como la saga literaria en la que se basa- que analiza el imparable fenómeno televisivo desde una perspectiva multidisciplinar, abarcando todos los aspectos que conforman la aclamada serie de HBO.

Mi aportación a Reyes, espadas, cuervos y dragones viene en forma de dos capítulos que se incluyen en el primer bloque temático del libro. Uno de ellos, escrito mano a mano con Irene Raya Bravo, se titula “El camino hacia Juego de Tronos: Nuevas tendencias en la fantasía cinematográfica y televisiva del nuevo milenio“, y es un recorrido por el audiovisual fantástico en el que se contextualiza la serie. El otro capítulo, ya en solitario, tiene por título “La serie-novela HBO. Juego de Tronos en la era de la televisión por entregas”, donde profundizo en los mecanismos narrativos de la serie y hablo de la imagen de marca HBO, elaborando un estudio de la serialidad y la fragmentación en las dos primeras temporadas.

Pero eso es solo el principio (literalmente). El exhaustivo monográfico incluye una gran variedad de investigaciones, desde un completo análisis audiovisual a un estudio de la maquinaria publicitaria de la serie, pasando por un repaso por los cambios efectuados con respecto a las novelas, una aproximación al fandom de Juego de Tronos, o un detallado desglose de todos sus personajes desde el prisma de los estudios de género. En total, 584 páginas que dan testimonio de la importancia de la serie en la nueva era del drama televisivo, y también, por qué no, la pasión y el ahínco con el que se ha trabajado en este proyecto.

Ha sido más de un año de trabajo, y desde fuertecito no ve la tele deseo agradecer y dar la enhorabuena públicamente a los coordinadores del proyecto, Javier Lozano Delmar, Irene Raya Bravo y Francisco J. López Rodríguez, que han luchado con espada y sin escudo durante todo este tiempo para que saliera adelante, así como a todos los autores que participan en él.

Edita este trabajo FRAGUA -a la que también damos las gracias por la confianza depositada en el libro- dentro de su colección Fragua Comunicación, y podéis adquirirlo a través de su web oficial, en el siguiente enlace: http://www.fragua.es/14-medios-audiovisuales/reyes-espadas-cuervos-y-dragones-estudio-del-fenomeno-televisivo-juego-de-tronos-9788470745683 o físicamente en su sede central, en la calle Andrés Mellado, 64, de Madrid. Aunque sería de agradecer eternamente que lo solicitaseis para vuestras librerías más cercanas o bibliotecas, para promover así la distribución.

Para terminar, os dejo con la descripción del libro que nos facilita Fragua en su página:

“La saga literaria Canción de Hielo y Fuego creada por George R. R. Martin, cuya adaptación está llevando a cabo el canal estadounidense HBO, se ha convertido en una de las producciones televisivas con mayor éxito de audiencia y repercusión internacional de los últimos tiempos. La serie, titulada Juego de Tronos, se enmarca en el contexto reciente de Quality Television y está redefiniendo la noción de fantasía audiovisual a través de una compleja narrativa hiperserial y una excelente puesta en imagen. El presente volumen ofrece un estudio exclusivo y en profundidad de las dos primeras temporadas que conforman Juego de Tronos desde el ámbito de la Comunicación. En esta obra diversos autores analizan las características más destacables prestando especial atención a aspectos como la adaptación de la novela (en términos narrativos y visuales), la construcción audiovisual, el uso de estrategias publicitarias para la promoción de la serie, y los discursos sobre género, poder y religión presentes en esta superproducción televisiva. A través de este enfoque multidisciplinar el lector podrá valorar y comprender mejor la relevancia de Juego de Tronos como uno de los fenómenos televisivos más destacados de la última década”.

Juego de Tronos regresa con su tercera temporada el próximo 31 de marzo en Estados Unidos y el 9 de abril en España. ¿Qué mejor manera de prepararse para volver a los Siete Reinos que leyendo Reyes, espadas, cuervos y dragones? Para acometer el visionado de los nuevos episodios con lo deberes hechos, y ya de paso, hacer su espera más llevadera.

Girls: Hannah en el País de los Adultos

Every single night’s a fight with my brain
I just want to feel everything
-Fiona Apple, “Every Single Night” 

Hannah Horvath quiere sentirlo todo, y Lena Dunham está empeñada en que nosotros lo hagamos también. Ha pasado ya una semana desde “One Man’s Trash”, uno de los episodios más polémicos de lo que llevamos de serie. Y por consiguiente, uno de los más comentados y analizados -que ya es decir. El capítulo se ha prestado a muchas interpretaciones, así como ha generado acalorados debates que han polarizado aun más si cabe a la audiencia. Sigue (y seguirá) resonando con fuerza el extraño y desconcertante poder de sus serenas imágenes y esa cualidad onírica que lo separa por completo del relato principal de GIRLS. “One Man’s Trash” se experimenta como una pieza autónoma, una especie de cortometraje que deja a un lado los habituales mecanismos narrativos de la serie y desnuda la historia de ornamentos, e incluso de humor, para dejarnos a solas con Hannah y un desconocido. O a solas, simplemente.

Muchos han entendido este episodio como un sueño, una fantasía de la protagonista, apoyándose en la (repugnante) teoría de que un ejemplar masculino como Patrick Wilson jamás estaría interesado en una chica con el físico de Dunham. Es cierto que “One Man’s Trash” desprende un halo de ensoñación que parece transportarnos directamente a lo más profundo de la mente de Hannah. Pero cuestionarse el realismo de lo ocurrido en un episodio de estas características está de más. Sobre todo cuando se hace apoyándose en preconcepciones tan rancias como la diferencia de edad, de estatus social o unos físicos supuestamente incompatibles. “One Man’s Trash” es en efecto un viaje al subconsciente de la verdadera Hannah Horvath, y está construido como si se tratase de un pasaje separado de su universo cotidiano. Una metáfora de sus anhelos y pulsiones más primarias que suponen la primera toma de contacto del personaje con la versión más verdadera (¿mejorada?) de sí mismo. La epifanía de Hannah desmonta por completo la manufacturada y forzada realidad que habita, y aunque acaba siendo inútil -la burbuja explota por culpa de su inevitable egocentrismo-, arroja algo de luz en su camino.

La idílica aventura con Joshua viene a reforzar la idea de que todos los personajes de Girls deambulan por la fantasía de sus vidas, tratando de comportarse como adultos, proclamando a los cuatro vientos que lo son (“Perdona, soy un adulto. Por eso he preparado esta cena”) moviéndose -o haciendo que se mueven- impulsados por unas aspiraciones artísticas que en teoría les proporcionarán la plenitud existencial. Observando la vida de Josh-ua, un adulto de verdad, jugando con él a las casitas durante dos días, Hannah comprende algo sobre sí misma. Está cansada de buscar experiencias (“I like it rare”, dice sobre la carne y sobre todo), de vivir por los demás, para los demás. Quiere una casa en condiciones, un bol de fruta en la mesa, una nevera llena, utensilios de cocina caros, un marido doctor. Lo que Hannah quiere es, en definitiva, una vida de esposa, una vida ¿normal?, algo de lo que ha escapado hasta ahora, algo que quizás no sabía que existía, o que era una opción para ella. El mundo que Joshua descubre a Hannah es un mundo adulto que ella seguramente descartaba porque su única referencia era la experiencia de sus propios padres. Pero ante la posibilidad de una vida acomodada, desprovista de falsas expectativas y presión, su sistema de creencias se desmorona. Se siente más sola que nunca. Cuando tenga todo lo que tiene Joshua, y no le dé importancia, cuando el tesoro de ese triste y desangelado hombre de mediana edad se haya convertido en su basura, Hannah será un adulto de verdad.

La absorbente media hora que es “One Man’s Trash” supone un íntegro desnudo físico y emocional del personaje, además de su creadora. La tremendamente misógina cuestión sobre si Dunham debería desnudarse tan a menudo en su serie no hace más que frivolizar y menospreciar el estimulante discurso que plantea. Los desnudos de Dunham en este episodio no solo están justificados (como si tuvieran que estarlo, por otra parte), sino que son esenciales para hacernos partícipes de esta íntima y reveladora fantasía. El sexo en “One Man’s Trash” es distinto al que nos tiene acostumbrados la serie. En lugar de enfatizar lo patético, e incluso grotesco, este episodio nos convierte en verdaderos voyeurs, haciendo que nos adentremos en la aventura de Hannah y Joshua con cierta sensación de intrusismo. Aunque así es como nos sentimos a lo largo de la media hora en la que no existe nada más que ellos dos. Al final, el desnudo de Hannah no es más que otra metáfora de la fragilidad que en el fondo define al personaje, y por qué no, una invitación a que nos desnudemos también. “One Man’s Trash” demuestra lo innecesario de distinguir entre realidad y fantasía en determinados relatos, animándonos a experimentar lo que se nos cuenta, o muestra, como una corriente de consciencia, como si fuera uno de nuestros propios sueños.