Girls: Crecer duele

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Girls nunca fue una serie tradicional. Por eso es lógico que su final tampoco lo haya sido. La serie de Lena Dunham siempre ha seguido sus propias normas, y una de las más importantes es no darle al espectador lo que quiere, sino lo que la historia necesita, aunque esto suponga enfadar o frustrar a la audiencia (de eso se trata, de ver cómo sus protagonistas toman las peores decisiones una y otra vez). Y si el último capítulo de Girls necesitaba dejar atrás a la mitad del cuarteto protagonista (Jemima Kirke y Zosia Mamet no aparecen) para centrarse en Hannah y Marnie, será por algo.

Para muchos, el verdadero final de Girls llegó con los dos capítulos previos al último, “What Will We Do This Time About Adam?”, en el que nos despedimos de la pareja romántica más importante de la serie, la formada por Adam (Adam Driver) y Hannah, con la media hora más agridulce de la serie, una fantasía romántica que se desintegra con el diálogo sin palabras más desarmante de la serie (si creíais que acabarían juntos, no sé qué serie estabais viendo), y “Goodbye Tour”, donde asistimos a la última “reunión” de las chicas y nos damos cuenta de que Girls nunca nos quiso hablar de la amistad del grupo, sino de su desamistad. Es decir, de cómo Hannah, Jessa, Marnie y Shoshanna nunca fueron realmente amigas, sino conocidas que mantenían sus relaciones por cumplir con las normas sociales o esquivar la soledad y el miedo al futuro. De esta manera, “Latching” (6.10) es más bien una coda, un epílogo que nos muestra la vida de Hannah meses después de dar a luz, ya alejada de la fantasía de Nueva York, de la fantasía de los 20.

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La serie podía haber terminado con aquel emotivo montaje de la protagonista observando a sus amigos en la fiesta de compromiso de Shoshanna, pero quedaba un último capítulo, y había que rendir homenaje a la única relación que puede asemejarse a una amistad real dentro de la serie, la de Hannah y Marnie. Por eso “Latching” comienza con un guiño a los inicios, ese traveling que recorre la cama para mostrarnos a las dos amigas acostadas, esta vez con Marnie abrazando a Hannah por detrás. Marnie ha decidido irse a vivir con Hannah para ayudarla a criar a su hijo, Grover, y esto la convierte automáticamente en la mejor amiga de la protagonista. “Estoy aquí. He ganado”, le dice satisfecha y agresivamente. Nada de lo que hace Marnie es natural, todo es auto-impuesto y artificial, pero la decisión de ayudar a su mejor amiga es sincera, aunque no sea precisamente desinteresada (Marnie no sabe dónde encontrar su propósito y se aferra al de Hannah).

“Latching” incluye un tercer personaje principal, Loreen (la maravillosa Becky Ann Baker), que reaparece para ayudar a Hannah a dar ese último empujón hacia la madurez, hacia la realidad, aunque sea a base de gritos. Lena Dunham realiza así una despedida íntegramente femenina, centrada en tres personajes pertenecientes a dos generaciones distintas con las que lleva a cabo una cruda y sencilla reflexión sobre la maternidad. Si al comienzo de la serie nos hubieran dicho que esta terminaría con Hannah en el campo luchando con(tra) su nueva condición de madre no nos lo habríamos creído. Pero como decía, Girls nunca nos llevó por los derroteros más esperados, y mucho menos por los más complacientes. Estaba claro que esta no era la típica serie en la que todo se iba a cerrar de forma impecable y con un lazo (aunque si lo pensamos, las despedidas de los demás personajes centrales, por muy abiertas o repentinas que fueran, no podían ser más adecuadas según cada uno).

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Dunham no iba a decir adiós a la serie que le dio la fama y la convirtió en la voz más debatida y detestada de su generación con un happy ending al uso (esto no es Friends). Ella ha preferido darnos un final que es un principio, otro relato breve, casi independiente, con el que su personaje por fin deja atrás su narcisismo para poner las necesidades de otra persona por encima de las suyas. Puede que, paradójicamente, la carta de la maternidad sea lo más tradicional que ha hecho Dunham en la serie, pero convertirlo en el motor de su desenlace es lo que ha hecho que sea fiel a sí misma y su libre albedrío hasta su último minuto. Y hasta su última imagen, uno de esos preciosos primeros planos de Hannah con los que a Dunham le gusta tanto acabar los capítulos, y un mensaje final de esperanza para el personaje y el espectador después de tanta amargura: todo va a salir bien.

¿Y qué pasa con Marnie? El personaje de la infravaloradísima Allison Williams ha sido el más importante de la serie después de Hannah, y dejar que comparta el último capítulo con ella es el detalle más bonito y justo que se le podía regalar. El papel de Marnie en “Latching” es ilustrar la complejidad de la amistad, en concreto, ese momento de transición (normalmente a los veintitantos) en el que dos personas que lo han compartido todo o bien se separan para siempre o aprenden a ser amigos de forma adulta. “Latching” no nos enseña el futuro, pero por lo que vemos en el presente (esa tranquilizadora escena en el porche), podemos pensar que todo va a salir bien también para Marnie, que por primera vez en la serie se plantea un objetivo realista (estudiar Derecho). Seguramente, Hannah y Marnie aprenderán a ser amigas sin depender la una de la otra, a darse el espacio necesario sin alejarse para siempre, a estar en sus vidas sin tener que compartir el mismo techo o verse todos los días. Necesitamos creer que Shoshanna estaba equivocada, y que al menos lo que hay entre ellas dos sí es real, y podrán conservarlo en una versión más madura y equilibrada de su amistad.

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“Nadie dijo que esto sería fácil”, le dice Loreen a su hija, Hannah. Es la mejor píldora de sabiduría que podía darle. Y la que resume a la perfección lo que ha sido la serie, el camino que han recorrido estos personajes, concretamente Hannah y Marnie (“la verdadera historia de amor de Girls“, según su productora, Jenni Konner). Del egoísmo y el autoengaño a la madurez que conlleva darse cuenta de que efectivamente, ni es fácil, ni somos tan especiales como creíamos (Hannah no es la voz de su generación, es una más entre tantos, y darse cuenta de eso en los últimos capítulos es lo que la sitúa en el camino correcto), y en definitiva de dejar de pensar en uno mismo para atender a los que nos necesitan. Ha sido un camino repleto de golpes, desengaños y decepciones, pero es necesario atravesar por esto para acabar descubriendo ese “sentimiento de pertenencia”, para “ser alguien”, como dice la canción de Tracy Chapman con la que se despide la serie. Por eso, por haber sabido explicar tan bien ese sentimiento, recordaremos Girls como el retrato más fidedigno, honesto y comprometido de la juventud del cambio de milenio.

GIRLS: Honestidad brutal

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No sabemos si fue su plan desde el principio, pero Lena Dunham ideó la segunda temporada de GIRLS como un experimento social, una prueba de aguante definitiva para los fervientes detractores de su sobre-exposición y su exhibicionismo. Dunham se situó a sí misma en el ojo del huracán, tanto dentro como fuera de su serie, muy dispuesta a destapar y desafiar la avalancha de misoginia y repugnante doble moral que suele provocar su trabajo, pero sobre todo marcando bien la diferencia entre los que entienden lo que está haciendo con su serie y los que no, aquellos que a estas alturas siguen tomándose su discurso de manera literal y basan sus críticas en lo que Dunham precisamente está satirizando (“La odio porque es una egocéntrica”. Cariño, de eso va la cosa, si no lo entiendes, puerta). Después de una temporada decididamente oscura, incluso grotesca, caracterizada por el descenso a los infiernos de Hannah y en la que Dunham se desnudó cuanto más se quejaba la gente (a ver si gritando os enteráis), GIRLS terminó con un toque de optimismo, con una season finale que desmontaba los cánones de la comedia romántica desde el particular universo de Dunham y Judd Apatow, y que prometía una tercera temporada más luminosa.

Esta nueva entrega de GIRLS arrancaba con un claro propósito: Desvelar “la naturaleza de la amistad femenina” (Hannah, “Truth or Dare”, 3.02). Y para ello era necesario acercar a las cuatro protagonistas, que si bien nunca estuvieron particularmente unidas, acabaron siendo casi extrañas debido al desmembramiento de la anterior temporada. Claro que, con siete episodios emitidos hasta ahora, la tercera temporada no supone ningún cambio sustancial en cuanto a la macro-estructura de GIRLS. A pesar de la intención de aunar a sus personajes bajo el mismo techo, Dunham sigue concibiendo cada episodio como una unidad narrativa semi-independiente del resto, como cortometrajes que forman parte del mismo universo pero funcionan según por sus propias reglas y temáticas individuales. Esta temporada hemos visto por ejemplo una brillante reflexión sobre el trabajo en “Free Snacks” (3.06) o un sublime ensayo sobre la muerte (a través de los ojos del ser más egocéntrico del planeta) en “Dead Inside” (3.04). La tercera temporada de GIRLS alcanza su punto de ebullición con un episodio que nos remite a aquella burrada impresionante que fue “One Man’s Trash“. En “Beach House” (3.07) (¡qué hipster! ¡Beach House es el nombre de un grupo indie!), la escapada de la realidad (o a la realidad) no la realiza solo Hannah, sino las cuatro “amigas”, que hacen un viaje a la playa organizado por una Marnie más desesperada que nunca por encontrar algo de estabilidad, aunque sea forzándola hasta lo enfermizo.

“Beach House” es un ejercicio de purificación, incluso de purga, para las protagonistas, y para la serie en general. Llegados a este punto, como observadores ya hemos descrifrado cuál es la naturaleza de la amistad de estas cuatro chicas. Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna permanecen unidas (más o menos) por intereses egoístas -se quieren porque se utilizan para alimentar sus egos y sus fantasías cosmopolitas, y para escudarse de sus miedos e inseguridades. Están atrapadas bajo una venda de auto engaño y regidas por una serie de normas provenientes en su mayor parte de la mente de Shoshanna, y basadas en lo que debe ser una relación de chicas según constructos ficcionales como los de la televisión o las revistas de moda. Este fin de semana en la playa, que no tiene nada que ver con las vacaciones de Rohmer, culmina en el súbito despertar de Shoshanna -que esta temporada más que nunca se ha comportado como una caricatura de una caricatura de sí misma-, lo que lleva a que todo esto salga por fin a la luz.

Por primera vez en mucho tiempo (quizás desde aquella dolorosa pelea entre Hannah y Marnie en la primera temporada) vemos el verdadero rostro de estos personajes, y es mucho más duro de lo que parece. Las cáusticas palabras de Shoshanna (que parecen reproducir literalmente las de aquellos que cargan públicamente contra Lena Dunham), sorprendentemente poseída por un odio visceral y una crueldad que deja al descubierto lo cansada que está de vivir en su particular realidad, proporcionan una brutal experiencia de catarsis para todos, para ellas y para nosotros. Un terrorífico remanso de lucidez en el que mirarse y asustarse de lo que se ve, con el Dunham os dice -directamente esta vez- de qué coño va su serie. El precioso plano final de “Beach House”, en el que Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna dejan atrás la horrible experiencia de la noche anterior para descansar de sí mismas, es sin duda un destello de esperanza que nos hace pensar que quizás algún día todo esto les sirva para encontrar la manera de ser amigas de verdad. Sin embargo, ellas seguramente optarán por la negación y volverán a sus hipócritas y obnubiladas existencias. Nosotros no podemos hacer eso, hemos visto la cara de la bestia, y ahora nos acecha.