Crítica: Kingsman – El círculo de oro

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El éxito de Kingsman: Servicio secreto en 2015 fue todo un soplo de aire fresco en una cartelera monopolizada por las propiedades archiconocidas y las ideas recicladas. Siguiendo la estela de Kick-Ass, Matthew Vaughn presentaba un cóctel de acción exagerada, violencia extrema y humor irreverente que le daba una vuelta de tuerca a James Bond y el cine de espías para lanzar una nueva franquicia original. La idea de Vaughn era la de crear una nueva saga de cómics y películas, y con la secuela, que llega tan solo dos años después de la primera entrega, confirma sus planes. Kingsman: El círculo de oro (Kingsman: The Golden Circle) es continuación, pero también es, a su manera, es un nuevo comienzo.

Nos reencontramos con Eggsy Unwin (Taron Egerton), el irresistible cani inglés convertido en agente especial del servicio secreto de los Kingsman, que ahora ocupa el lugar de su fallecido mentor, Harry Hart (Colin Firth). Eggsy y el especialista tecnológico Merlin (Mark Strong) se enfrentan a una enorme pérdida cuando la base de los Kingsman en el Reino Unido sufre un devastador ataque, lo que les lleva a viajar hasta Kentucky, donde descubrirán otra organización de élite secreta similar a la suya, los Statesman. Los Kingsman deberán aliarse con ellos para enfrentarse a un enemigo común, Poppy (Julianne Moore), la reina global del narcotráfico, una CEO mitad Martha Stewart mitad asesina en serie desquiciada que maneja los hilos de la droga desde su remota guarida, Poppyland. Eggsy, Merlin y sus nuevos socios tratarán de detener el ambicioso plan de la villana, que amenaza con acabar con la vida de millones de personas alrededor del mundo.

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Como dictan las normas de las secuelas, Kingsman: El círculo de oro aumenta la espectacularidad de la acción, extiende su universo de ficción con una nueva rama de espías (y la posibilidad de muchas otras más) y salta de lo local a lo internacional con una aventura que abarca varios continentes. La secuela nos lleva a la Norteamérica de los sombreros de cowboy (satirizada por un Channing Tatum con acento de paleto yanqui) y culmina en un diner de los 50 en medio de la jungla, con paradas en el festival de Glastonbury y en la nieve. Pero como suele ocurrir también con las segundas partes, El círculo de oro se queda muy lejos de su predecesora.

El problema principal de El círculo de oro es la desaparición del factor sorpresa. Si la primera Kingsman funcionaba tan bien era porque no nos la esperábamos, porque no sabíamos hasta qué punto llegaba el exceso de la propuesta de Vaughn. Para la secuela, la novedad se ha desvanecido. Pero no solo eso. En El círculo de oro parece que no se ha puesto tanto esfuerzo e ilusión como en Servicio secreto. En esta nueva entrega, la trama es muy (demasiado) similar a la de la primera (hay escenas calcadas, concebidas como autorreferencias, pero que en realidad solo sirven para provocar déjà vu), el humor no está tan conseguido y el ritmo es atropellado, lo que hace que las 2 horas y 20 minutos que dura la película acaben pasando factura. Vaughn apuesta por la cantidad por encima de la calidad, por el espectáculo por encima del desarrollo de personajes, y se conforma con repetir la jugada, solo que con menos gracia y menos creatividad, resultando en una película sobrecargada que no siempre da con la nota.

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Claro que El círculo de oro posee alicientes de sobra como para, al menos, intentar pasar por alto sus defectos y dejarse llevar una vez más por la propuesta alocada de Vaughn. En primer lugar, la acción. Las peleas cuerpo a cuerpo de la película son impresionantes, desde el primer enfrentamiento entre Eggsy y Charlie (Edward Holcroft) en el asiento trasero de un coche hasta el explosivo clímax. Haciendo un uso adecuado de los efectos digitales, Vaughn orquesta vertiginosos combates de inclinación cartoon que parecen las páginas de un cómic cobrando vida en la pantalla (solo faltan las onomatopeyas a lo Batman). Por otro lado, como adelantaba, hay que elogiar una vez más el compromiso del director por la locura más insolente, aunque esta vez parezca cortarse un poco. El círculo de oro no supera en chifladura a la primera película (con esa polémica masacre en la iglesia y ese clímax con cabezas explotando era imposible), pero tiene escenas, giros argumentales y set pieces pasados de rosca para repartir. Y por último, pero no por ello menos importante, su atractivo reparto logra compensar las carencias de la película. De hecho, es posible que sean sus estrellas (y la debilidad que nosotros podamos sentir por ellas) las responsables de que seamos más indulgentes con ella de lo que se merece.

Taron Egerton está incluso mejor que en la primera parte. Su Eggsy tiene más experiencia y ostenta una posición de mayor responsabilidad en la organización, y con él, Egerton se afianza como protagonista, demostrando que es más que capaz de llevar las riendas de una saga como esta -solo falla en su historia de amor con la princesa Tilde (Hanna Alström), pero no es su culpa, sino del guion, que no consigue que esa vertiente de la película funcione. Dejando esto a un lado, el joven actor está muy bien acompañado. Mark Strong adquiere mayor protagonismo para convertirse en uno de los puntos más fuertes de la secuela y Colin Firth regresa “por sorpresa” para aportar la elegancia y el saber estar que lo caracteriza, aunque esta vez parece un poco más desganado que la primera.

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El reparto aumenta con los norteamericanos Channing Tatum, Halle Berry y Jeff Bridges, fichajes que animan el cotarro, pero que son sobre todo cebo para la audiencia estadounidense. El omnipresente Pedro Pascal es la excepción, con un personaje de mayor peso y un arma especial que da mucho juego en el apartado visual, un lazo de cowboy eléctrico. Pero aquí la que se lleva el gato al agua es Julianne Moore. Su Poppy es la verdadera estrella de la película, una irresistible y divertidísima stepford wife psicópata que nos regala los mejores momentos del film. La actriz lo borda (como casi siempre), está absolutamente genial y solo por ella ya merece la pena ver El círculo de oro. Por ella y por Elton John. Pero sobre su papel en la película es mejor no saber nada, porque es demencial.

Kingsman: El círculo de oro es muy inferior a la primera entrega. Falta riesgo, es más sosa, menos graciosa y su trama está menos trabajada. Además, si en la película original ya chirriaban algunos momentos machistas, la secuela no hace por corregir el curso, sino que lo empeora: más sexualización, clichés tipo “¿No pegarás a una mujer?” o “Eso no es propio de una dama”, más personajes masculinos (Kingsman es un club de nabos, no hay ni una mujer participando en las escenas de acción y a una indignantemente desaprovechada Halle Berry le hacen el favor de invitarla al club, pero cuando ya ha terminado todo), y por último, hay una lamentable secuencia en la que Eggsy tiene que plantarle un dispositivo rastreador a una chica… dentro de la vagina. En fin.

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Afortunadamente, hay disparate y distracción de sobra para, al menos, intentar pasar todo eso por alto y dejarse llevar por su sentido del humor: al fin y al cabo, Vaughn no se toma en serio en ningún momento, y nos pide que nosotros tampoco lo hagamos. Y para ello, vuelve a jugar las cartas que mejor funcionaron la primera vez: acción elegante, violencia hiperestilizada, provocadora sátira política (la guerra contra la droga del presidente de los Estados Unidos es uno de los puntazos más inteligentes del film) y la excentricidad desvergonzada que tanto nos gustó de la original. La película termina con una advertencia: esto es solo el principioEl círculo secreto cumple el propósito de ampliar el universo Kingsman y poner los cimientos para una saga que podría durar hasta que la audiencia se canse. El problema es que los síntomas de agotamiento ya son más que visibles y eso que solo estamos en la segunda parte, así que más les vale ponerle más empeño a la tercera entrega.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: X-Men – Días del futuro pasado

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Se dice pronto, pero hace ya 14 años que arrancó la saga cinematográfica de X-Men. Allá por el lejano año 2000 (técnica, estética y espiritualmente todavía en la década de los 90), Bryan Singer realizaba una de las películas clave para entender el actual fenómeno imparable del cine de superhéroes. Le sucedía una secuela, X-Men 2 (2003) -también dirigida por él-, que a día de hoy conserva su reputación como una de las mejores películas basadas en un cómic. La licencia de 20th Century Fox perdió tracción con la generalmente vapuleada X-Men: La decisión final (2006), de Brett Ratner, y cedió el protagonismo a Lobezno en un infame spin-off, X-Men orígenes: Lobezno (2009) y una no tan mala pero igualmente olvidable secuela, Lobezno Inmortal (2013). Pero antes de reencontrarnos en Japón con el personaje de Hugh Jackman -que ha servido indudablemente como el pegamento de X-Men-, la franquicia ya se encontraba en proceso de transformación y relanzamiento.

En 2011, Matthew Vaughn (Kick-Ass) se hacía con las riendas para dirigir la notable X-Men: Primera generación, una suerte de reboot en forma de precuela que introducía nuevos personajes y nos presentaba a las versiones jóvenes de los mutantes que ya conocíamos. Reclutando a lo más granado del Hollywood actual, la película de Vaughn insuflaba nueva vida a la saga, sin por ello coartar en ningún momento las posibilidades de continuación de la anterior trilogía. En el tiempo transcurrido desde las primeras aventuras de los mutantes de Marvel en el cine, hemos visto tres encarnaciones de Hulk, un reboot de Spider-Man, y nos preparamos para conocer a los nuevos 4 Fantásticos. Sin embargo, la saga X ha mantenido prácticamente intacta su continuidad y ha conservado a su numeroso reparto, esquivando el reset que sí han tenido que practicar otros. Con la ambiciosa y abarrotada X-Men: Días del futuro pasado, basada en el arco homónimo publicado durante 1981 en Uncanny X-Men, la X vuelve a manos de Singer, que subsana los errores de las anteriores entregas. Este une pasado, presente y futuro en un impresionante ejercicio de funambulismo, una película vibrante, divertida y colosal que no es sino el mayor acontecimiento de la cultura popular de este año.

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Durante la larga (y taladrante, por qué no decirlo) campaña promocional de la película, una de nuestras preocupaciones más frecuentes era si Singer, y su guionista, Simon Kinberg, iban a ser capaces de contar una historia con tantas ramificaciones, con tantos frentes abiertos, entre dos tiempos (con sus paradojas incluidas), y sobre todo, con una cantidad tan peligrosa de personajes. Durante la tremenda secuencia inicial de Días del futuro pasado, una masacre mutante que pone el listón bien alto para el resto de la película, nos damos cuenta de que Singer y Kinberg lo han conseguido. Lo que viene a continuación es una imparable sucesión de escenas excelentemente calibradas, tanto en lo que respecta a la acción (set pieces para aplaudir), como al desarrollo de los personajes, la carga dramática y sobre todo el humor, el más inspirado que hemos visto en la saga. Si bien todos los personajes principales tienen su momento de gloria, Días del futuro pasado no es exactamente una película coral. Los que mueven la trama hacia delante (y hacia atrás) son Lobezno, Mística, y los jóvenes Magneto y Xavier, obligando a dejar a algunos personajes de lado. Aún así, teniendo en cuenta que esto era de esperar, es un alivio comprobar que Singer y Kinberg han sabido construir la historia de manera que esta fluya orgánicamente, como si no hubiera supuesto dificultad alguna.

Después de ver Días del futuro pasado, y aunque no hacía falta para saberlo, confirmamos que Hugh Jackman es el corazón (y el culo) de las películas de X-Men. Él, con su (supuesta) eterna juventud, y su carisma infinito, es quien ejerce de enlace entre los mutantes de la trilogía original y los de la primera generación, y él es quien sirve de conductor de esta historia en concreto, viajando desde el futuro a la década de los 70, donde transcurre la mayor parte del relato. Jackman sigue habitando en la venosa piel de Lobezno, y continúa demostrando que no hay otro Logan posible. Pero esto no quiere decir que estemos ante otra película de Wolverine, nada más lejos de la realidad. Él no es el único actor que ha asimilado por completo a su personaje, y Singer sabe exactamente cómo emplear debidamente a cada uno de los excelentes actores que tiene a su disposición. Por eso, la niña mimada de Internet Jennifer Lawrence obtiene más tiempo en pantalla y más peso en la trama que en Primera generación, y por eso la relación entre los Magneto y Xavier jóvenes echa más chispas que nunca. Es especialmente emocionante ver cómo hoy en día ya no se subestima la importancia del talento dramático en el cine de superhéroes. Más que los efectos digitales (algo más descuidados que en otros blockbusters), o la acción (siempre de primera), la verdadera pirotecnia de Días del futuro pasado es su inigualable reparto de estrellas.

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Y aunque Michael Fassbender, Peter DinklageEllen Page o los veteranos Ian McKellen y Patrick Stewart demuestran que un blockbuster como este es tan buena oportunidad como otra para demostrar lo que valen, es James McAvoy quien se lleva el gato al agua con su encendida interpretación como Charles Xavier. McAvoy es uno de los mejores actores de su generación, y que lo esté demostrando en una saga “de palomitas” como esta dice mucho del camino que ha recorrido el género, y hacia dónde se dirige. Los demás protagonistas están a la altura de las circunstancias, y la química y sensación de familiaridad que se respira entre ellos contribuye a la cohesión de este amplio universo y su mitología en constante transformación y expansión. Aunque es cierto que el protagonismo de los mutantes jóvenes relega a los de la trilogía original a un segundo plano. Estos permanecen aguantando el fuerte futuro mientras los demás tratan de cambiar el curso del destino, evitando que el Dr. Bolivar Trask se haga con el ADN de Raven para evolucionar a los Centinelas que llevarán a la especie mutante a la extinción. Pero sería un error considerar desaprovechados a Tormenta, Magneto, el Profesor X, Kitty Pryde o Coloso. Su función en la película es esencial, y sus escenas de acción, tanto al principio como en el adrenalínico y sorprendentemente emotivo clímax, bien justifican su presencia –¿Se puede llorar en una de superhéroes? Sí, se puede. Lo más importante de Días del futuro pasado es que comprendamos el vínculo que une a todos estos personajes contra la intolerancia y el miedo a su raza, la unión ante la amenaza del fin, y la esperanza por la salvación de su especie. En este sentido, y a pesar de que algunos mutantes no dicen apenas ni una palabra, no hay un solo personaje que nos sobre, o que no queramos que esté ahí.

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No, ni siquiera Quicksilver. Es más, contra todo pronóstico, el personaje de Evan Peters (perfecto en el papel de adolescente canalla) es una de las grandes sorpresas de la película. En un film que destaca por su afinado sentido del humor, Mercurio es el personaje que nos regala la escena más descacharrante, la de la liberación de Magneto de la prisión del Pentágono. Una secuencia que además supone uno de los pasajes más satisfactorios visualmente en una película que, salvo algún que otro chirriante croma, hace honor al estilo de Marvel con una desbordante fantasía pop que se opone a la tendencia habitual de sobresaturar digitalmente y oscurecer todos los planos. Ya sea porque transcurre en los 70, o porque los poderes de los mutantes ofrecen un gran abanico de posibilidades que se aprovechan al máximo, Días del futuro pasado es un trabajo tremendamente luminoso y colorista, todo un sueño húmedo para fanboys (de Marvel, de las películas de súper héroes, de las anatomías de Jackman y Law, de McBender…). Pero también es una obra cinematográfica sobresaliente, y faltaría más, épica, un producto de masas cuidado con el cariño y la atención (y el buen ojo para los negocios) que ya esperamos siempre de la Casa de las Ideas. Por todo ello, y por ahora, X-Men: Días del futuro pasado puede compartir título con Los Vengadores como la película de superhéroes definitiva.

Valoración: ★★★★½