Crítica: La chica del tren

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La chica del tren (The Girl on the Train) se basa en uno de los fenómenos literarios más destacados de los últimos años, la novela homónima escrita por Paula Hawkins que ha vendido 15 millones de ejemplares en todo el mundo y permaneció 29 semanas en el primer puesto de la lista de bestsellers del New York Times. Su salto al cine estaba garantizado desde el principio (me atrevería a decir que desde que el libro fue concebido) y no ha tardado ni dos años desde que se publicó. La adaptación cinematográfica de la novela que has visto en el metro o el bus veinte veces al día llega de la mano de Tate Taylor, realizador de Criadas y señorasy Erin Cressida, guionista de Secretary. Y lo hace a rebufo de Perdida (Gone Girl), otro fenómeno editorial convertido en película, con la que esta será inevitablemente comparada. E inevitablemente saldrá perdiendo.

Además de ser un thriller psicológico con tintes eróticos en la estela de la novela de Gillian Flynn, La chica del tren es un homenaje a los clásicos del misterio de la literatura y el cine, una historia que bebe clara y directamente de Agatha Christie y Alfred Hitchcock. La película gira en torno a Rachel (Emily Blunt), una mujer devastada por su divorcio que se ha dado al alcohol y se dedica a fantasear sobre la vida de una pareja (la revelación Haley Bennett y Luke Evans como man-candy) a la que observa desde el tren de camino a su trabajo cada mañana (para el cine se cambia la localización de Londres a Nueva York). Esta pareja, aparentemente sumida en una relación tranquila e idílica a las afueras de la ciudad, vive al lado del ex marido de Rachel (Justin Theroux) y la mujer que ha ocupado su lugar (Rebecca Ferguson). Un suceso trágico hará que Rachel se vea implicada en un misterio en el que ella será la principal sospechosa de un crimen que no recuerda haber cometido.

Como decía, La chica del tren recoge algunos de los ingredientes más reconocibles de los maestros del misterio para construir un whodunit con elementos asociables a ellos, tales como la importancia de los trenes (la diferencia es que aquí la trama principal se desarrolla fuera y el vagón es solo un patio de butacas en movimiento), el juego de identidades (las dos mujeres que Rachel observa se parecen físicamente y sus melenas rubias pueden servir para confundirlas) o el voyeurismo (la protagonista observa y anhela la vida de otros a través de un cristal, hasta que se involucra personalmente en ella, como James Stewart en La ventana indiscreta). Todo envuelto en el aura moderna y sofisticada de la película de David Fincher, que nos presenta la (aun novedosa) idea o posibilidad de una mujer psicópata, o de una protagonista femenina que no solo es imperfecta o poco virtuosa, sino que es directamente un desastre.

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No es habitual que nos encontremos en un drama como este (en el fondo un relato acerca de tres mujeres interconectadas) con una protagonista como Rachel, profundamente inestable, alcohólica, apenas consciente durante la mitad de las escenas, tambaleándose y balbuceando mientras los demás (ella la primera) dudan de su credibilidad. Sin embargo, este rompedor aspecto de la historia no es suficiente para rescatarla de la debacle. Blunt es una actriz de enorme talento, y su visceral y desquiciada interpretación es lo que está a punto de salvar la película, pero todo lo que rodea a su personaje es tan ridículo que la tarea de mantenerla a flote se vuelve complicada. Y es que la historia de Hawkins está torpemente construida y resulta rutinaria y enormemente predecible (a pesar de su carácter retorcido), traduciéndose en el cine en una suerte de telefilm de Antena 3 de lujo, la Gone Girl de Hacendado.

Pero por eso mismo, la cinta posee una cualidad redentora: a pesar de sus defectos y de tomarse tan en serio, o precisamente gracias a ello, puede suponer un pasatiempo muy eficaz, algo de lo que cuesta apartar la mirada (lo que le ha ocurrido a millones de personas con el libro). La chica del tren es muchas cosas, pero una de ellas no es aburrida. Es más, estamos ante una película que, inintencionadamente, cruza la frontera de la comedia involuntaria hacia la mamarrachada pura, y se revela como un film idóneo para ver en compañía, un producto con mucho en común con los thrillers sexuales de los 90, y con mimbres para convertirse con el tiempo en una de esas buenas malas películas de fácil revisionado. Si es que no cae pronto en el olvido, como la mayoría de fenómenos surgidos de la noche a la mañana.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Los Siete Magníficos

Dejémoslo claro desde el principio: nadie quería un remake de Los Siete Magníficos. Nadie lo pidió. Pero Sony Pictures nos lo dio de todos modos. Así que no tiene mucho sentido quejarse, no va a cambiar nada. Eso es, tenemos un remake de Los Siete Magníficos, y hay dos opciones: ver la película o no verla. Quizá hacerle el vacío sirviera para que Hollywood se estrujase la sesera buscando más ideas originales y dejase de hacer tantos reboots. Quizá no. Da igual, el remake de Los Siete Magníficos es algo que existe, que ha llegado a los cines, y hoy toca hablar de ella. Y resulta que, después de todo, no solo no está tan mal como esperábamos (o como muchos querían), sino que es un buen remake, y una buena película. Sorpresa.

Dirigida por Antoine Fuqua, que puede gustar más o menos (a mí me gusta menos), pero tiene ya en su haber unos cuantos éxitos (Training Day, Objetivo: La Casa Blanca, The Equalizer), Los Siete Magníficos es una relectura del clásico del oeste adaptada para las nuevas audiencias. Recordemos que la película original ya era un remake. En 1960, John Sturges llevaba la historia de Los Siete Samuráis de Kurosawa al terreno más comercial del momento en Estados Unidos, el western. De la misma manera, Bichos de Pixar hacía lo propio en los 90 convirtiendo la misma historia en una fábula para niños (y no tan niños). Y no son las únicas versiones. Con esto quiero decir que el cine es algo cíclico y remakes ha habido siempre, desde tiempos inmemoriales. Pero este es otro tema para desarrollar en otra ocasión. Sigamos. Fuqua, que se ha especializado en dirigir cintas de acción con “enjundia”, moderniza el clásico de la Metromanteniéndose fiel a su historia y a las reglas de su género pero convirtiéndola en un blockbuster actual.

Los Siete Magníficos nos da la (nada cálida) bienvenida Rose Creek durante la llegada del industrial Bartholomew Bogue (Peter Sarsgaard), que irrumpe en este pequeño pueblo para bañarlo de sangre y adviertir de su regreso junto a la caballería con la intención de hacerse con él y sus recursos. Desesperada, la gente de Rose Creek contrata la protección de siete peculiares “defensores”, cazarrecompensas, tahúres, sicarios y forajidos que forman un equipo de lo más variopinto: Sam Chisolm (Denzel Washington), Josh Farraday (Chris Pratt), Goodnight Robicheaux (Ethan Hawke), Jack Horne (Vincent D’Onofrio), Billy Rocks (Byung-Hun Lee), Vasquez (Manuel García Rulfo) y Red Harvest (Martin Sensmeier). Los Magníficos se preparan junto al pueblo para la violenta batalla que les espera cuando Bogue y sus hombres regresen para reclamar el dinero que no es suyo.

Como veis, a pesar de los cambios (necesarios para evitar comparaciones donde menos convendría), el esquema narrativo es exactamente el mismo. Solo que Fuqua se esfuerza por convertirla en una película del siglo XXI (aunque esto sea en realidad contra natura), imprimiéndole un ritmo más dinámico, para luchar contra el déficit de atención del público de hoy en día (seguramente en vano), y elevando las cotas de acción con una enérgica (aunque irregular) realización que culmina en un brutal y excelente clímax. Pero eso no es todo, también detectamos claras trazas de modernización en el tratamiento del único personaje femenino importante de la historia, Emma Cullen (la prometedora Haley Bennett), una mujer que se niega a esconderse y se prepara para empuñar la escopeta junto a los siete machotes, con el propósito de vengarse ella misma de la muerte de su marido (Matt Bomber) a manos de Bogue. Afortunadamente, no es algo que chirríe demasiado, al contrario, Emma Cullen es la prueba de que se puede hacer una película muy ruda y masculina por naturaleza sin que esta tenga apenas un ápice de machismo.

Y por supuesto, el reclamo más importante para atraer a los espectadores que disfrutan de los superhéroes como sus abuelos lo hacían con el western es un reparto de estrellas acorde a las circunstancias. Es decir, un protagonista que ha demostrado ser un valor seguro, Denzel Washington (ese actor que te gusta a ti, a tu madre y a tu tío abuelo), y uno de los actores más queridos y vendibles del Hollywood actual, Chris Pratt, que en esta ocasión vuelve a ser Andy Dwyer interpretando a otro canalla irresistible de buen corazón y con un punto infantil (es decir, Pratt haciendo de Pratt, para gozo de sus fans y de los estudios). Estos dos actores adquieren un mayor peso en la trama, por obvias razones comerciales, pero están rodeados de un reparto… bueno, digamos magnífico, del que destacan Ethan Hawke, un caricaturesco Vincent D’Onofrio, y sobre todo Manuel García Rulfo como Vasquez, la revelación de la película. Pero en general, la pandilla al completo se compenetra fantásticamente, con encanto y química a raudales, personalidades bien definidas con apenas un par de rasgos, y grandes dosis de carisma, lo que hace que una película que no tenía que funcionar tan bien, lo haga.

Los Siete Magníficos no reinventa nada (ni tiene por qué), no va a volver a poner de moda el western (me temo que eso es algo imposible), pero su condición de crowd-pleaser bien hecho la convierte en un divertimento más que digno, una superproducción perfectamente calibrada para agradar a todos los públicos y dejar con buen sabor de boca, por poco que dure. En este caso, tampoco hace falta más.

Pedro J. García

Nota: ★★★½