Crítica: Brigsby Bear

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El mundo de la exhibición cinematográfica es tan imprevisible y caprichoso que todos los años nos quedamos sin ver en salas películas que, por su éxito en festivales, galardones acumulados y críticas estelares, parecían destinadas a los cines, pero acaban editándose directamente a vídeo o en plataformas digitales, eso si no se pierden en el limbo. Sería el caso por ejemplo de Hunt for the WilderpeopleMujeres del siglo XX, dos joyas imprescindibles del año pasado que vieron la luz en físico sin pasar por cines, y de la película que nos ocupa hoy, Brigsby Bear, una de las sorpresas de 2017 con la que inauguramos el 2018 en Blu-ray por todo lo alto. Está claro que los tiempos han cambiado, y el mejor cine ya no se ve siempre en el cine.

Brigsby Bear es la opera prima de Dave McCary, guionista y director de la etapa más reciente del programa de sketches Saturday Night Live. La película ha conquistado allá por donde se ha proyectado, recibiendo nominaciones en los festivales de Sundance y Cannes, y logrando el premio a “Mejor película Discovery” en nuestro festival de Sitges. Y no es para menos, McCary ha creado algo muy especial, una cinta tan excéntrica y marciana como dulce y amable, de esas que dibujan una sonrisa en la cara y te dejan con la sensación de que todo va a salir bien.

La película cuenta la historia de James Pope (Kyle Mooney, que también co-escribe el guion), un hombre que se comporta como un niño, es decir, lo que se conoce como un kidultPero no uno como los qbrigsby-bear-blu-rayue encontramos en las películas de Judd Apatow y compañía (veinte y treintañeros que se niegan a madurar), sino un joven con serios problemas de desarrollo psicológico, social y emocional. James vive con sus sobreprotectores padres (Mark Hamill y Jane Adams) y está obsesionado con Las aventuras de Brigsby Bear, programa infantil de marionetas del que él es el único espectador. Un día, cuando la serie termina de forma repentina, James tendrá que hacer frente a una realidad para la que no le han preparado. Pero no lo hará solo, sino que contará con la ayuda de familia y amigos -un fantástico elenco de secundarios como Greg Kinnear, Claire Danes, Michaela Watkins y Matt Walsh.

Y mejor dejar la sinopsis en este punto, porque Brigsby Bear se vive mejor sin saber de antemano lo que de verdad cuenta la película. Gran parte de su encanto reside en el factor sorpresa, en el hecho de que no es una película convencional. McCary ha realizado un trabajo de imaginación y emotividad desbordante en la línea del cine de Michel Gondry, un film colorista y nostálgico repleto de humor absurdo (no extraña la presencia de Andy Samberg en el reparto, como tampoco la de su banda The Lonely Island en la producción) y anclado por la magnífica interpretación de su protagonista, que logra convertir a un lunático (qué apropiado que el apellido del actor sea Mooney) en uno de los personajes más entrañables del cine reciente.

En definitiva, una inspirada y divertida oda a la creatividad que transforma una premisa alocada en una película sincera, cálida y reconfortante sobre la amistad y la familia.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

‘El asesinato de un gato’: Noir animalista

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Hacía tiempo que llevaba siguiéndole la pista a un pequeño proyecto cinematográfico titulado Murder of a Cat, por su conexión con el Whedonverso. Concretamente descubrí su existencia en la página de su protagonista, Fran Kranz, uno de los miembros del reparto de Dollhouse La cabaña en el bosque. Su premisa me llamó la atención y la participación de Kranz me pareció suficiente excusa para estar pendiente de su trayectoria comercial. Por eso me alegró mucho saber que Divisa Home Video iba a editarla en España en Blu-ray y DVD. Qué mejor oportunidad que esta para verla por fin y añadirla a mi videoteca.

Dirigida por la desconocida Gillian Greene (que cuenta con un corto y un episodio de la Battlestar Galactica original en su breve curriculum), El asesinato de un gato (gracias por no inventar un título absurdo para vender otra cosa) cuenta la historia de Clinton Moisey (Kranz), un adultescente estancado que cumple todos los requisitos del arquetipo del treintañero fracasado, concretamente de su variación yanqui: todavía vive con su madre (se aloja en el sótano), se dedica a diseñar figuritas de acción artesanales, se pasa el día en bata y zapatillas, y ocupa su tiempo en vender sus pertenencias e intentar lanzar su línea de figuras en un puesto en el jardín, respondiendo a las provocaciones de su vecino, un niño que se pasa a diario por ahí. Por suerte, Clinton cuenta con el apoyo de su mejor amigo, su gato Mouser.

Su mundo se derrumba cuando una mañana Clinton se despierta y descubre a Mouser ensartado por una flecha enfrente de su casa. Ya que la policía local no está muy por la labor de investigar el homicidio animal (de hecho, el sheriff -J.K. Simmons- está más interesado en ligar con su madre), Clinton se embarca en una misión en solitario para averiguar quién mató a su amigo. Esto le lleva a conocer a Greta (Nikki Reed), que resulta ser también dueña del gato, ya que el animal ha estado haciendo doblete en casa de ambos. Juntos investigan lo ocurrido, destapando un complot mucho más complejo de lo que parecía, que involucra la tienda y a su dueño, la celebridad local Al Ford (Greg Kinnear), y descubriendo que puede que todo sea un plan del destino para unirlos.

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Además de la presencia de Kranz y Reed (que participó en In Your Eyes, escrita y producida por Joss Whedon), y tres fantásticos veteranos, el ganador del Oscar J.K. Simmons, el desaprovechado Greg Kinnear, y la madre de Will Truman (y Gwyneth Paltrow), Blythe DannerEl asesinato de un gato cuenta con otro nombre conocido en su producción, el de Sam Raimi. Lo cierto es que su estilo no está demasiado presente en la cinta, y de hecho se podría haber beneficiado de un mayor peso de la comedia y algo más de riesgo para salirse de lo convencional, como el argumento invita a hacer, pero no nos falta uno de sus sellos de autor: un cameo de su hermanísimo, Ted Raimi, que provocará más de una sonrisa cómplice.

El asesinato de un gato es una cinta indie de bajo presupuesto, modesta y simpática, que propone una resultona fusión de noir, aventura y comedia romántica para contar la historia de tres personajes estancados en sus vidas, con un guion lleno de giros y misterios que se atreve a hacer reverencia a Arthur Miller (no en vano, el personaje de Al compara su vida con Muerte de un viajante). El asesinato de Mouser está tratado con humor, pero también con respeto. Nunca hay bromas a costa de que se trate de un animal o del dolor de su dueño (aunque Kranz esté igual de estridente que siempre), lo que añade puntos a la película, que además cuela una velada crítica a la distribución de armas en Estados Unidos, aunque en este caso no se trate de pistolas, sino de ballestas.

Asesinato de un gatoCaracterísticas de la edición

El asesinato de un gato (Murder of a CatDivisa Home Video)
EE.UU., 2014, 96 min.

SONIDO: Dolby Digital Plus 5.1
IDIOMAS: Español, Inglés
SUBTITULOS: Español
RATIO: 1,78:1
CALIFICACIÓN EDAD: 7

Extras: Tráiler

Crítica: Un invierno en la playa (Stuck in Love)

Un invierno en la playa (Stuck in Love, Josh Boone, 2012)

Deformación profesional

Un invierno en la playa se pasó hace un año por los circuitos festivaleros con el título de Writers. Para su distribución en salas comerciales norteamericanas, este título más propio de una película de Pixar fue sustituido por el mucho más comercial -y tramposo- Stuck in Love. Aunque ninguno de los dos sea muy bueno precisamente, ambos describen elocuente y concisamente qué es Un invierno en la playa -no me hagáis hablar del título en español.

Los Borgen son una familia de escritores en plena fase creativa del nuevo capítulo de sus vidas, pero para ello deben antes reescribir lo vivido hasta ahora. El patriarca, William (un siempre efectivo y amable Greg Kinnear) está divorciado de Erica (Jennifer Connelly), y vive con los dos hijos de ambos: Samantha (Lily Collins) y Rusty (Nat Wolff). Como no podía ser de otra manera, William está “atascado”, “bloqueado”. En su trabajo y en su pasado. Incapaz de asumir la marcha de Erica, William se pasa los días esperando a que esta vuelva, obsesionado con ella, espiándola en la casa donde vive con su nuevo y atlético marido. Mientras, se realiza profesionalmente a través del trabajo de sus hijos, una cínica veinteañera devora-hombres que va a publicar su primer libro, y un adolescente fan de Stephen King que obviamente se encuentra ‘en construcción’. La odisea personal de los tres Borgen que quedan supondrá la búsqueda de una nueva perspectiva, abandonar lo aprendido para aferrarse a nuevas esperanzas, para seguir viviendo. Renunciar a un amor para aceptar la posibilidad de otro. O simplemente abrirle las puertas.

Los diálogos de Un invierno en la playa rozan la ingenuidad pretenciosa -el ‘namedropping‘ no puede ser más obvio-, pero lo hacen en consonancia con la naturaleza de sus personajes, en especial de sus protagonistas adolescentes, que, como los hermanastros de Las ventajas de ser un marginado, están de vueltas de la vida, aunque no hayan empezado a vivirla todavía. Las caracterizaciones de la película transcurren entre el idealismo y lo establecido, con personajes que navegan un mar de lugares comunes y que se enfrentan a conflictos y alcanzan resoluciones convencionales. Sin embargo, Boone logra que su historia se mantenga en todo momento en el plano de la verosimilitud, y su magnífico elenco aporta toda la naturalidad y autenticidad necesaria para que la propuesta funcioneUn invierno en la playa cuenta con uno de los mejores repartos corales de este año, todos ellos se funden plenamente en la piel de sus personajes, todos retratan a la perfección ese desarraigo adolescente, condescendiente y autoconsciente propio del escritor, que es justamente lo que les impide avanzar. Los Borgen son una familia real, y el lazo que hay entre ellos se extiende más allá de la pantalla.

Desde el punto de vista narrativo, no hay nada verdaderamente extraordinario en Un invierno en la playa -el número de tópicos al que recurre es considerable-, y sin embargo la ópera prima de Boone se las arregla para implicar al espectador a un nivel más personal del que suelen conseguir este tipo de dramedias mal-llamadas-indies. Estamos ante una de esas pequeñas películas con cálido aroma Sundance que acogen con los brazos abiertos al espectador y le invitan a sonreír durante todo el metraje, a sentir las penurias de sus personajes, a desear finales felices para todos ellos, y tras la cual es posible experimentar una plenitud y satisfacción que no muchas consiguen. Un invierno en la playa es tan cercana, buenrollista y romántica -en el sentido más cósmico de la palabra- que a más de uno hará cuestionarse si ha llegado la hora de desatascarse y reescribir la historia.

A modo de epílogo en el que me voy a permitir ponerme mucho más personal: mi más sentida enhorabuena y toda mi gratitud para el equipo de casting de Un invierno en la playa, que ha logrado reunir en una película a un grupo de actores por los que siento una gran debilidad. Jennifer Connelly, mi primer amor cinematográfico gracias a Dentro del Laberinto, Lily Collins, cuya belleza me tiene arrebatado desde Mirror, Mirror y que en esta película está increíblemente hermosa, Kristen Bell, que siento como de la familia desde Veronica Mars y Logan Lerman, el niño mimado de fuertecito no ve la tele desde Las ventajas de ser un marginado. Por último, un premio al responsable de convertir a Connelly y Collins en madre e hija en la ficción. Era algo que debía pasar tarde o temprano. Lo llevaban escrito en las cejas.