Crítica: Retornados

The Returned

Si Retornados (conocida internacionalmente como The Returned) nos hubiera llegado hace dos o tres años merecería todos los elogios del mundo por aportar una nueva perspectiva al género zombie. Sin embargo, esta tuerca se ha girado tanto últimamente que uno se pregunta si quedan maneras de sorprender o redibujar la Gran Z. La idea detrás de esta coproducción hispano-canadiense dirigida por Manuel Carballo (La posesión de Emma Evans) es muy interesante: después de una epidemia, los infectados por el virus que son tratados en las primeras 24 horas “retornan” a la vida, convirtiéndose en personas que viven con una enfermedad crónica, controlada gracias a un medicamento. Pero esta premisa ya ha sido utilizada antes (recientemente en la serie británica In the Flesh) y a pesar de que Carballo sabe sacar el máximo provecho de la idea -y esta no ha sido explotada en exceso aún-, la película suena a lo mismo de siempre, y por tanto la reinvención no es tal cosa.

¿Por qué es tan importante que una peli de zombies sea innovadora? Además de porque el género lleva tiempo dando los últimos coletazos, porque es quizás uno de los más restringidos por sus propias normas y lugares comunes. Todas funcionan igual, ya sean puro Retornados posterterror, un blockbuster protagonizado por Brad Pitt o una comedia romántica para adolescentes. Y desde la revitalización del género a mediados de la década pasada, la originalidad es un requisito indispensable. Retornados se aleja de todas esas variantes para cultivar el melodrama con tintes de thriller. Hay pocos sustos, no hay apenas elementos de survival horror, y no vemos muchos zombies. Solo personas luchando contra su enfermedad y contra aquellos que no la entienden, condenados al ostracismo o a vivir con el peso de un gran secreto. Y en última instancia, convertidos en animales de presa o exiliados por la escasez de la medicina que los mantenía encadenados.

Si In the Flesh comparaba implícitamente el virus con la homosexualidad (o la diferencia en general), la película de Carballo convierte a los “retornados” en personas afectadas con el virus VIH. En ambos casos la metáfora zombie se utiliza para lo mismo: mostrar el rechazo de la sociedad y/o el estigma del enfermo. La sutilidad brilla por su ausencia, pero la película cumple bien su cometido.

Salta a la vista la dedicación y el cariño con el que está hecha Retornados. El film está muy cuidado estéticamente, con una realización más que solvente y una historia bien contada (concisa, con giros ubicuos y buen ritmo). Sin embargo, las pobres interpretaciones del reparto canadiense y catalán (que desentonan con la gran carga dramática de las escenas) lastran el conjunto. Por otro lado, a pesar de que logra mantener un admirable temple y contención durante toda la película, Carballo se acaba sumiendo en la cortometrajitis más sonrojante con un final y un epílogo de vergüenza ajena.

Valoración: ★★½

In the Flesh: A flor de piel

In the Flesh Kieran

No cabe duda, vivimos en la era Z. El género zombie lleva casi una década siendo una de las mayores obsesiones del cine y la televisión. Desde que aquella pequeña joya de la comedia que fue Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) reescribiese las normas del género, los zombies y todas sus variantes se han convertido en los grandes protagonistas del fantástico del siglo XXI, incluso desbancando a los sempiternos vampiros. A estas alturas de la película, parece que queda poco espacio para la innovación. The Walking Dead triunfa en televisión con una perspectiva más dramática, mientras que en el cine seguimos recibiendo comedietas (Cockneys vs. Zombies) que practican el ya anticuado humor gamberro con el que Wright enlustró la Z. A comienzos de 2013 pudimos ver una vuelta de tuerca en clave romanticona y adolescente, Warm Bodies (titulada en España Memorias de un zombie adolescente), con la que descubrimos que todavía se podía ser original a la hora de retratar al zombie en la pantalla. Y este verano hemos sido testigos de la comercialización definitiva del no-muerto, convirtiéndolo en carne (podrida) de blockbuster con Guerra Mundial Z. A la sombra de la sorprendente Warm Bodies nacía también este año en televisión la serie In the Flesh, que, a grandes rasgos, podría parecer su secuela catódica.

In the Flesh es una miniserie británica emitida originalmente por BBC Three. Consta tan solo de tres episodios de una hora de duración, funcionando perfectamente como relato autoconclusivo en tres actos. La cadena prepara una segunda temporada extendida (en teoría de 6 episodios), pero lo cierto es que In the Flesh, tal y como está, es absolutamente perfecta. Como decíamos, la serie parte de la premisa que sirve como conclusión a Warm Bodies, pero descarga la propuesta de toda la comedia y el crepusculismo que caracterizaba a la película de Jonathan Levine.

In The Flesh

In the Flesh nos propone un Reino Unido post-apocalíptico en el que los zombies no son tal cosa, sino personas que viven con el estigma del “Síndrome del Fallecimiento Parcial”, enfermos crónicos que tras recibir tratamiento médico en instalaciones hospitalarias son reinsertados en la sociedad. Sin embargo, el rechazo y la hostilidad de los ciudadanos no infectados convierte a los no-muertos en apestados, incluso perseguidos. Ningún enfermo de muerte parcial puede volver a vivir de verdad. A pesar de la medicina para reprimir el virus que los convierte en monstruos, el maquillaje que cubre la putrefacción de su piel y las lentillas que ocultan sus ojos deshumanizados, para los “normales” siguen siendo asesinos, engendros desviados de la naturaleza.

La historia de In the Flesh es la historia de Kieren Walker (Luke Newberry), un joven infectado que regresa a su hogar, un pequeño pueblo de Lancashire, después de pasar años en las instalaciones gubernamentales de rehabilitación para enfermos de PDS (Partially Deceased Syndrome). La vuelta de Kieren supone para él un reencuentro con sus demonios, un regreso al infierno del que había intentado huir hacía años. A través de la metáfora zombie, In the Flesh enarbola, de manera sutil y progresiva, un relato sobre la intolerancia, sobre la ignorancia y el integrismo religioso que condena al diferente como anti-natura. Según esta serie, ser un no-muerto en un pueblo pequeño es lo mismo que ser homosexual en un pueblo pequeño. Es más, la comunidad cerrada es la prisión del adolescente, sea de la condición que sea. Hay que salir de ahí por todos los medios, o condenarse a estar muerto en vida. Kieren lo sabe, porque ya había sucumbido a la presión, y ahora está condenado a revivir la experiencia.

In the Flesh

A lo largo de los tres episodios que dura In the Flesh, la historia de Kieren va sumando capas de profundidad, sin explicitar en ningún momento el pasado en común que condiciona a todos los personajes, pero haciendo que este se manifieste en cada mirada y cada gesto, en los que el espectador ve claramente todas las heridas abiertas. Las del padre que escoge engañarse a sí mismo a pesar de tener la evidencia delante de sus narices (cicatrices en el rostro que son caricias furtivas), las de la madre que se siente culpable por no haber podido salvar a su hijo, las del chico que ha perdido al primer amor, es decir, al amor de su vida -porque In the Flesh es también una velada pero desgarradora historia de amor. Y las de padres e hijos que conviven con lo que no se cuentan, sin mostrarse nunca la verdadera piel.

In the Flesh, como bien indica su título, es un relato en carne viva. Parece mentira que un género que ya muestra inevitables síntomas de desgaste, y una premisa vista recientemente, pueda generar un producto tan único y valioso. In the Flesh nos conmueve porque rasca en la superficie y se adentra en terreno virgen para el género. Ni survival horror ni parodia. Nos golpea con el drama y la tragedia humana de unas personas que ya estaban rotas antes del Apocalipsis, que ya sufrían “enfermedades” demonizadas por la sociedad, cuyos corazones ya habían dejado de latir hacía tiempo. Pero nos deja con un mensaje de esperanza, nos habla de la existencia de segundas oportunidades (para víctimas y verdugos, que por lo general siempre serán únicamente víctimas). Y nos proporciona cobijo, un seno materno en el que llorar, una cueva donde vivir nuestra diferencia aislados del mundo y aprender a convivir con las mayores enfermedades crónicas de la humanidad: el miedo y la tristeza.

I’d love you with all my heart even if you came back as a goldfish!

Crítica: Guerra Mundial Z

Verano se escribe con B de blockbuster. Más de un mes después de su estreno en Estados Unidos nos llega Guerra Mundial Z, y lo cierto es que esta superproducción protagonizada por Brad Pitt irrumpe en nuestra escuálida taquilla estival habiendo dejado ya muy atrás la gran expectación y el hype que generaba. Y quizás sea mejor así, porque la película de Marc Foster (Descubriendo Nunca Jamás, 007: Quantum of Solace) no termina de cumplir las expectativas.

Lo que propone Foster con Guerra Mundial Z -adaptación muy libre de la novela homónima de Max Brooks– es una novedosa aproximación al género zombi (que ya fue reinventado hace poco por Warm Bodiespor cierto), una relectura en clave de thriller de acción y película de catástrofes con dosis de terror que prescinde del gore y el humor que caracterizan al cine Z. Es decir, se utiliza la moda zombi como cebo para consumir el clásico blockbuster veraniego sobre la humanidad en peligro protagonizado por un hombre blanco norteamericano que la salva él solito con sus propias manos. El supersoldado americano está en este caso personificado por el siempre rentable y siempre solvente Brad Pitt (aunque podría ser Tom Cruise y no nos habríamos dado cuenta). Guerra Mundial Z está plenamente al servicio de la gran superestrella de Hollywood. Es difícil encontrar un solo plano de la película en el que Pitt no aparezca (a ser posible en primer plano), y aunque oficialmente haya más personajes, en realidad estos no existen. Solo Brad.

Los zombis de Guerra Mundial Z no son nada parecido a lo que nos tiene acostumbrados el género, no son los muertos vivientes de Romero, sino humanos infectados por un virus que los convierte en bestias salvajes (aunque descerebradas como de costumbre) con fuerza sobrehumana y gran velocidad, más próximos a los de 28 días después. Monstruos que forman mareas de no-muertos, una plaga que amenaza con destruir el planeta. En este sentido, funcionan a varios niveles. Facilitan la acción más vertiginosa y espectacular a la vez que sirven de excusa para construir una historia clásica de amenaza pandémica. Como podéis comprobar, la ambición de Guerra Mundial Z consiste en no restringir el relato a un solo género. El problema es que el ímpetu con el que arranca la película se va desvaneciendo gradualmente, y llega un momento en el que tenemos la sensación de que se ha perdido la ilusión por el proyecto y se ha puesto el piloto automático -no quiero decir nada, pero detrás del guion está nuestro amigo Damon Lindelof, al que acompaña nuestro otro amigo, Drew Goddard, además de Matthew Michael Carnahan.

La primera hora de Guerra Mundial Z es sencillamente brutal. La película abre con una espectacular secuencia de esas que van directas al grano y disponen el tono a seguir. Después de una breve (menos mal) exposición de la situación mundial, se inicia una especie de relato por fases, un videojuego en el que nuestro héroe avanza niveles en busca de la cura para la humanidad. La magnífica realización de Foster nos regala secuencias de infarto, hábilmente planeadas y mejor ejecutadas. Set pieces en los que la cámara saca el máximo partido de la acción y los espacios para agitarnos y sobresaltarnos, manifestando un dominio absoluto de la tensión. Por desgracia, en su segunda hora Guerra Mundial Z se desinfla. La razón: varias reescrituras, retrasos en la producción, polémicas internacionales y evidentes problemas en la sala de montaje. Es entonces cuando empiezan a manifestarse las muchas carencias del guion, y nosotros comenzamos a preguntarnos si lo que está ocurriendo realmente tiene sentido.

La última fase en Gales se alarga más de lo debido, para cuando llega el clímax -patrocinado por Pepsi– se han agotado las ideas, y las ganas. La seriedad, e incluso grandilocuencia, con la que se enfoca la película se vuelve en su contra, produciendo el efecto contrario al deseado. Ya no sentimos tensión o miedo como al comienzo (algunos incluso empezarán a reírse de ella en este punto), y esto hace que prestemos mayor atención a pequeños detalles que evidencian la gran ineptitud de los guionistas a la hora de desenlazar la historia. Guerra Mundial Z deviene así en un sinsentido en el que los personajes (Brad y una pandilla de científicos tontos) toman una decisión cuestionable detrás de otra, y donde las piezas acaban encajando de la manera más fortuita. Algo parecido a lo que ocurría en otra obra maldita de Lindelof, Prometheus, aunque algo menos grave. La película opta por el final más convencional y perezoso posible -un parche de última hora después de que el original resultase demasiado brutal y polémico-, conformando un anticlímax abrupto que da paso a una lección moral para párvulos. A pesar de la espléndida primera hora, la decepción es inevitable. En su empeño por hacer las películas de zombies más accesibles para el gran público, Guerra Mundial Z se convierte en la señal definitiva de que va siendo hora de darle un descanso al género. O de que algunos no deberían jugar con él.