Querida J.K. Rowling, si Dumbledore es homosexual, que lo sea de verdad

Este artículo se publicó originalmente el 16 de noviembre de 2018 en eslang. Lo recupero a propósito de la noticia de que la tercera entrega de Animales Fantásticos se centrará en el personaje de Dumbledore, cuya sexualidad ha sido objeto de debate desde que fue desvelada por su autora.

Corría el año 2007, el último libro de Harry Potter acababa de salir al mercado y la saga cinematográfica que adaptaba las novelas de J.K. Rowling iba por su quinta película, Harry Potter y la Orden del Fénix. Fue entonces cuando la famosa autora británica dejó caer la bomba sobre sus fans: “Dumbledore es gay”. Lo hacía durante una ronda de preguntas en un acto público en Nueva York, volviendo a confirmarlo más adelante en Internet. Los lectores más acérrimos llevaban tiempo recogiendo las migas, sospechando que Dumbledore era homosexual y había estado enamorado de otro poderoso mago, Gellert Grindelwald. Pero aun así, que Rowling sacase al personaje oficialmente del armario causó un impacto enorme entre los seguidores de la saga.

Las críticas no tardaron en aparecer. Rowling había esperado a que todas las novelas estuvieras publicadas para confirmar la homosexualidad de Dumbledore, convirtiéndola en una suerte de addendum que lo cambiaba todo sin cambiar nada. A la escritora la acusaron de practicar el queer baiting (utilizar la homosexualidad de un personaje para contentar al público LGBT+ sin intención de desarrollarla), de no atreverse a visibilizar la homosexualidad en un universo supuestamente diverso, y en definitiva, de sacar a Dumbledore del armario tarde y mal, para luego ni siquiera hacer referencia a ello en las películas restantes de Harry Potter. Años más tarde, con el anuncio de la saga de precuelas Animales Fantásticos, llegó la oportunidad de enmendar el error. Las nuevas películas, de cuyos guiones se encarga la propia Rowling, narrarían el pasado de Dumbledore, interpretado en su versión más joven por Jude Law. Por tanto, se daba por hecho que estas profundizarían en la orientación sexual del personaje. Sin embargo, el tiempo nos ha enseñado que es mejor no precipitarse.

Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald es la primera película que cuenta con Law en el papel del mago de Hogwarts, mientras que Johnny Depp repite como Grindelwald en un rol más extendido tras su breve aparición al final de la primera, Animales Fantásticos y dónde encontrarlos. Precedentes como Thor: Ragnarok, Star Wars: Los últimos Jedi o el remake de La Bella y la Bestia (donde sus supuestos personajes LGBT+ no eran confirmados dentro de la película, sino en entrevistas o redes sociales) hacían que los fans exigieran a Rowling y Warner Bros hacerlo mejor. La primera decepción llegó con el anuncio por parte de Rowling de que la película no haría alusión directa a la condición de hombre gay de Dumbledore. La paciencia empezaba a agotarse e Internet montaba de nuevo en cólera. Para calmar los ánimos, el director de la cinta, David Yates, cambiaba el discurso a un mes del estreno, asegurando que la homosexualidad de Dumbledore estaría “clara” en la nueva entrega. La película llega esta semana a los cines y después de verla, podemos confirmar que el realizador solo decía una verdad a medias, y que la realidad es más próxima a lo que nos habían dicho inicialmente: Los crímenes de Grindelwald pasa de puntillas por el tema. Y que nos lo esperásemos, no hace que la decepción sea menor.

Concretamente hay cuatro escenas en torno a la relación sentimental de Dumbledore y Grindelwald en las que se podía haber tocado de frente el tema, pero en ninguna de ellas se hace alusión explícita, sino que se aborda de manera ambigua y con medias tintas, dejando al espectador la tarea de interpretar lo que está ocurriendo (cosa que no sucede con las relaciones heterosexuales, claro). En la primera de estas escenas asistimos al primer encuentro de Dumbledore y Newt (Eddie Redmayne). El primero le encomienda una misión a su exalumno: viajar a París para enfrentarse a Grindelwald y detener sus oscuros planes. La razón que el mago le da para no hacerlo él mismo, a pesar de ser mucho más poderoso, es un simple “porque yo no puedo”. Por el tono de sus palabras se entiende que oculta un motivo mayor, pero es pronto para desvelarlo.

La segunda escena en que se hace referencia velada a la sexualidad de Dumbledore tiene lugar en Hogwarts. Allí, alguien define su relación con Grindelwald de la siguiente manera: “eran tan cercanos como hermanos”, a lo que el mago responde “éramos algo más cercanos que hermanos”. En este caso, no nos cabe duda de lo que quiere decir. Es más concreto, pero tampoco llega a ser una alusión directa. Si la entendemos es porque poseemos información que nos han propiciado fuera de la película. Pero un espectador casual o un niño que no cuente con ese dato externo no tiene por qué interpretarlo así. Para él, ser “más cercanos que hermanos” no tiene por qué tener connotaciones románticas. De hecho, así también se puede definir una amistad intensa sin que haya factor sexual (sería diferente si dijera “éramos más que amigos”, pero no es el caso). Al final, la película está haciendo lo que muchas familias hacen con sus hijos LGBT+ de cara a los demás, referirse a sus parejas como “su amigo”. Y que cada uno entienda lo que quiera.

La que sin duda será considerada la alusión más directa es la que sucede durante la secuencia del Espejo de Oesed, un artilugio mágico que, al mirarse en él, muestra “los deseos más profundos y desesperados de nuestro corazón”. Dumbledore ve a Grindelwald en el espejo. Es fácil detectar el subtexto gay de esta escena, pero en ningún momento se convierte en texto. En el espejo podemos observar a Dumbledore y Grindelwald entrelazando sus manos para realizar un pacto de sangre. El gesto desprende cierta intimidad y sensualidad que nos indica que hay algo más que amistad, pero de nuevo, esta interpretación viene condicionada por la información adicional con la que contamos, no por la escena en sí. Si Rowling no nos hubiera dicho que Dumbledore es gay, la escena podría leerse simplemente como un pacto de sangre entre dos amigos íntimos.

Por último, la película tiene una nueva oportunidad de concretar la homosexualidad de Dumbledore durante el final. Tras los acontecimientos del clímax, el mago se reencuentra con Newt, con quien mantiene una conversación en la que, a pesar de todo lo ocurrido, sigue manteniéndose ambiguo con respecto a Grindelwald. Dumbledore desvela a Newt que hizo un pacto con el villano mediante el que se prometieron no enfrentarse el uno al otro, pero no explica por qué. En una escena anterior, Dumbledore elogia a Newt por no buscar poder y hacer siempre lo correcto; es la persona adecuada para confiar un secreto como el suyo, pero aun así decide callárselo, dejando el asunto entre líneas, donde ha permanecido toda la película.

En Internet son muchos los que defienden esta decisión de mantener la sexualidad de Dumbledore como algo impreciso o abierto a la interpretación. Algunos afirman que la sexualidad de un personaje no es importante para la historia, pero claro, eso solo se dice cuando el personaje en cuestión es homosexual. Además, en el caso de Los crímenes de Grindelwald resulta que no solo es importante, sino que es esencial. También los hay que argumentan que Dumbledore es una persona muy privada y no está preparado para hablar de algo tan traumático, por lo que aun no puede desvelar su secreto. Es una explicación coherente, pero resulta que los fans saben que el personaje es gay, por lo que esta explicaría por qué él se lo oculta a los demás personajes, pero no por qué la película nos lo oculta a nosotros. Lo mismo se podría decir a los que dicen que en la saga original no se desveló hasta el final el amor de Snape por Lily, dos personajes heterosexuales. En este caso, la sexualidad de Dumbledore y su relación con Grindelwald no puede ser un giro sorpresa final, porque ya nos la han concretado por otros medios. Por tanto, esa no es razón para callársela. Y hablando de Harry Potter, también se excusa la omisión alegando que en la saga original tardaron cuatro o cinco películas en introducir romances. Pero claro, no se tiene en cuenta que a) los protagonistas fueron niños durante esas primeras películas (en cuanto crecieron lo suficiente empezaron a emparejarlos o darles intereses amorosos), y b) en las dos primeras entregas de Animales Fantásticos hay numerosas relaciones heterosexuales.

También se argumenta que la película transcurre en los años 30, una época en la que la comunidad LGBT+ sufría mucha más opresión y simplemente no podía vivir su sexualidad abiertamente, por lo que no es algo que se pueda mostrar en pantalla. De nuevo, este razonamiento cae por su propio peso. En primer lugar, que tuvieran que ocultarse de la sociedad, no quiere decir que los homosexuales no existieran en el pasado, y tampoco que no se pueda concretar su sexualidad en el ámbito privado de la ficción, como demuestra la existencia de muchas películas y series de época que ahondan en personajes y relaciones LGBT+ (Maurice, Wilde, Dioses y monstruos, Brokeback Mountain, Call Me by Your Name, Man in an Orange Shirt). Y en segundo lugar, ¿qué sentido tiene pedir exactitud histórica en una saga sobre magia en la que, además, el racismo por color de piel no existe según su propia creadora? Con los coches voladores y las criaturas fantásticas no hay problema, pero resulta que visibilizar a una persona LGBT+ no es históricamente correcto. La homofobia puede manifestarse de muchas maneras, a veces de forma inconsciente, y esta es una de ellas.

Ojo, no estamos pidiendo que Dumbledore se suba a la torre más alta de Hogwarts y grite “¡Soy gay y amo a Grindelwald!”, aunque esto sea lo que algunos están interpretando en nuestras quejas. Solo pedimos que se deje de marear la perdiz. Que si el personaje es gay, lo sea abiertamente de cara al espectador, no en forma de guiño que no será entendido por todos. Que no haga falta dar tantas explicaciones y justificaciones para manifestar la sexualidad de alguien solo cuando es LGBT+, mientras vemos a los personajes hetero besarse, flirtear, prometerse en matrimonio, lanzarse hechizos de amor o tener hijos sin que se critique tanto lo “poco importante que es para la trama” (hay más de 100 personajes abiertamente heterosexuales en HP, frente a solo uno gay). Y por supuesto, que los grandes estudios dejen de claudicar ante el conservadurismo de los mercados más intransigentes por un más que evidente miedo a enfadarlos y perder millones en taquilla. En definitiva, que la saga se quite de una vez por todas la capa de invisibilidad gay.

Somos conscientes de que aun nos encontramos en el inicio de una historia a la que le quedan (como mínimo) tres entregas más. Rowling nos ha prometido que la relación entre Dumbledore y Grindelwald se explorará más a fondo en el futuro (al fin y al cabo, los personajes aun no se han reencontrado en las películas), pero no es suficiente. Las promesas están muy bien, pero las acciones tienen más valor, y en Los crímenes de Grindelwald hay muchas oportunidades perdidas de demostrarlo. Si la sexualidad de Dumbledore no es un problema en sí, sino que han decidido tratar así el tema por motivos narrativos, vale, pero entonces que nos lo demuestren incluyendo otros personajes LGBT+, nuevos o de los cientos que hay ya en este universo. Sería muy fácil, si quisieran. Rowling y Warner tienen en sus manos un poder enorme para contribuir a cambiar la sociedad con un poco de representación, pero siguen posponiéndolo como si fuera un compromiso que en el fondo desean eludir. Seguiremos esperando. Total, es a lo que estamos acostumbrados.

Crítica: Tierra de Dios

Tierra de Dios (God’s Own Country) es el multipremiado debut en el largometraje del inglés Francis Lee. Su aclamada opera prima no ha parado de recibir elogios y galardones a su paso por múltiples festivales de cine en los últimos meses, incluyendo los de mejor película en Edimburgo y Sevilla, además de acumular 11 nominaciones a los premios del cine británico. Y no es para menos. Descrita (simplificando mucho el asunto) como la Brokeback Mountain británicaTierra de Dios es una de las películas LGBT+ más arrebatadoramente hermosas que hemos visto.

Lee se crió en una granja en Soyland, localidad campestre del condado de West Yorkshire, donde el autor regresa para rodar una historia de amor, autodescubrimiento y despertar emocional en la que las preciosas localizaciones de la Inglaterra rural juegan un papel esencial. Para los protagonistas, Lee escogió a dos actores completamente desconocidos, con el objetivo de no distraer a la audiencia y no crear ideas preconcebidas. Josh O’Connor interpreta a Johnny Saxby, un joven que trabaja sin descanso en la granja de ovejas de su familia, al norte de Inglaterra y que recurre frecuentemente al alcohol y el sexo casual con extraños para distraerse de la soledad y la rutina. Todo cambia con la llegada de Gheorghe (Alec Secareanu), un atractivo inmigrante rumano que acude a la granja en busca de trabajo. A pesar del rechazo inicial de Johnny y la incómoda tirantez que surge entre ambos, trabajar juntos hace que acaben desarrollando una intensa relación que cambiará la vida de Johnny por completo.

Filmada con el mismo tacto con el que está narrada, Tierra de Dios se alza como un conmovedor relato sobre la aceptación de uno mismo, el deseo, la búsqueda de conexión, el vínculo al lugar y la exploración de la sexualidad en un duro entorno de aislamiento y silencio. Lee retrata a los protagonistas y su relación con detallismo y sutilidad, hallando las palabras en sus gestos y elocuentes y poderosas miradas, desnudándolos por completo (literal y figuradamente) en carnales escenas de sexo, y trazando con todo ello una historia de primer amor de una fuerza y humanidad desbordantes con la que es muy fácil involucrarse emocionalmente. La complicidad y la pasión que surge entre Johnny y Gheorghe nos deja pasajes de sentimientos a flor de piel y profunda sensualidad, gracias a la mirada íntima y comprensiva del director, y a las impresionantes interpretaciones de O’Connor y Secareanu, dos jóvenes de gran talento natural que se dejan las entrañas en un soberbio ejercicio de contención dramática seguido de un estallido visceral.

tierra-de-dios-posterTambién hay que elogiar a los veteranos Ian Hart y Gemma Jones, que junto a la pareja protagonista forman un cuarteto interpretativo excepcional. De hecho, Lee trata la relación de Johnny con su padre enfermo y su abuela con el mismo cariño y minuciosa atención al detalle que el romance central, también contándonos mucho más de lo que parece con cada interacción cotidiana y cada mirada (el trabajo de Hart y Jones sobrecoge de principio a fin), componiendo así con sus inteligentes matices un universo de significado muy rico.

Aunque Tierra de Dios ofrece una segunda lectura como alegato pro-inmigración en la era Brexit, la película es por encima de todo una intensa y sincera historia de amor y crecimiento personal, no exenta de dolor, pero llena de optimismo y esperanza. El poder bucólico de sus imágenes (magistralmente filmadas y con una dirección de fotografía inmejorable), la forma en la que Lee utiliza el trato a los animales en la granja, a veces como sustituto del tan anhelado tacto humano, y la apabullante química entre los protagonistas hacen de Tierra de Dios una experiencia cinematográfica irresistible que se suma al canon del mejor cine gay y a la lista de las películas más imprescindibles del año.

Pedro J. García

Nota:★★★★½

Man in an Orange Shirt: La miniserie LGBTQ que todo el mundo debería ver

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Como parte de los festejos para conmemorar el 50º aniversario de la descriminalización parcial de la homosexualidad en Inglaterra y Gales, la cadena BBC organizó recientemente la Gay Britannia season, programación especial alrededor de la comunidad LGBTQ compuesta de documentales, especiales informativos y series de ficción. De entre todos ellos destaca la miniserie Man in an Orange Shirt, una conmovedora historia de amor en dos partes que, tras arrebatarme por completo, me he propuesto, como reto personal, contribuir a que no se quede solo en la tele británica, sino que llegue al mayor número posible de espectadores fuera de su país.

Man in an Orange Shirt está dirigida por Michael Samuels (Any Human Heart) y escrita por el novelista Patrick Gale, basándose ligeramente en su propia experiencia al descubrir la verdad sobre la relación de sus padres. En la primera parte, la miniserie cuenta el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial, Michael (Oliver Jackson-Cohen) y Thomas (James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero, Flora (Joanna Vanderham en los 40, Vanessa Redgrave en el presente), que decide continuar casada con él tras descubrir su secreto. En una Gran Bretaña en la que, como en el resto del mundo, la homosexualidad se pena con cárcel y el divorcio todavía está estigmatizado (y mucho más si es por ese motivo), Flora y Michael deciden mantener la fachada de un matrimonio feliz mientras él sigue perdidamente enamorado de Thomas.

La segunda parte lleva la historia al Londres actual para presentarnos al nieto de Flora y Michael, Adam (Julian Morris), un joven que se refugia en las apps de sexo y las relaciones con extraños, incapaz de abrir su corazón a nadie hasta que conoce a Steve (David Gyasi), un arquitecto con el que entabla una bonita pero complicada relación mientras trabajan juntos en las reformas de la casa de campo donde el abuelo de Adam vivía su romance secreto. Con su segunda hora, y a través de la relación entre Adam y su abuela, que ignora que su nieto es gay, Man in an Orange Shirt nos muestra lo mucho que ha cambiado la experiencia homosexual en setenta años, oponiendo dos periodos históricos separados por décadas de transformaciones sociales para hablarnos de las consecuencias de la represión del pasado y de la imposibilidad de ser feliz cuando se nos niega (o cuando nos negamos) la oportunidad de ser nosotros mismos.

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Gale realiza un trabajo exquisito con diálogos sutiles y poderosos, condensando en dos horas las múltiples ramificaciones emocionales de la historia y componiendo caracterizaciones redondas con gran sensibilidad. Pero es el reparto el que eleva el material a otro nivel. El trabajo de Oliver Jackson-Cohen y Julian Morris encabezando cada una de las partes de la miniserie es soberbio, lleno de matices, elocuencia en sus miradas y conexión verdadera con sus no menos excelentes parejas. Pero quien acaba destrozándonos por completo es Vanessa Redgrave. La poderosa interpretación de Joanna Vanderham en la primera parte nos hace entender a Flora de joven, mientras que la inconmensurable Redgrave se deja la piel y el corazón en un personaje muy complejo, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor que, tras toda una vida de rencor, silencio y represión sexual, se encara al pasado y descubre cómo perdonar a su marido gracias a su nieto.

Man in an Orange Shirt no es solo una pieza de época de elegante factura a la altura de lo que se espera de BBC, es también un relato muy valioso con el poder de acercar la comunidad LGBTQ a todas las audiencias y mostrar las adversidades e injusticias que esta ha atravesado a lo largo de los años. Y también, por supuesto, se trata de una preciosa historia de amor, melancólica, triste pero optimista, profundamente humana y cargada de sensualidad. Mi más sincero agradecimiento a BBC por mostrar las relaciones sexuales entre hombres con naturalidad y realismo, sin reducirlas a un casto beso con la boca cerrada y un fundido a negro, y sin que esto convierta a la miniserie en un producto “para mayores” (su calificación es NR-15). Esperemos que llegue el día en que nuestra televisión pública se atreva a seguir los pasos de la mucho más integradora y progresista cadena británica, y refleje también (y tan bien) la difícil historia de una comunidad, que, a pesar de los avances, continúa oprimida, atacada y poco representada en los medios generalistas. Mientras tanto, celebremos la existencia de Man in an Orange Shirt, y hagamos lo posible por hacerla llegar a todo el mundo.

Hasta que alguna cadena o plataforma nos la traiga a España (espero que así sea), Man in an Orange Shirt está disponible en la web de BBC (con bloqueo geográfico) y sale a la venta en DVD en el Reino Unido el 18 de septiembre.

*Actualización: Ya tenemos fecha de estreno en España. Man in an Orange Shirt llega a Filmin el 28 de noviembre.

Skam: La serie adolescente noruega que ha enamorado al mundo

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Últimamente todo empieza en Tumblr. Allí es donde muchos hemos realizado valiosos descubrimientos en forma de películas de culto o series de televisión que se mueven en los márgenes del mainstream y que vale la pena reivindicar (aunque esto conlleve arriesgarse a hacerlas de dominio público, cuando todos sabemos que algo es mejor cuando solo lo disfrutas tú y unos cuantos más). Es el caso de Skam, drama teen procedente de Noruega creado por Julie Andem que se ha convertido en todo un fenómeno en su país y que a su vez está levantando pasiones en la comunidad seriéfila internacional a través de Internet. El siguiente paso para el serieadicto ávido de nuevos hallazgos catódicos es explorar pastos más verdes (o más blancos), en este caso la ficción escandinava, que lleva unos años dándonos alegrías. Y así es cómo muchos volvemos a los tiempos de contrabando de series (el “fandom del Google Drive”, que llaman a los seguidores internacionales de Skam), en una época en la que se ha permitido y regulado el acceso inmediato a gran parte de los cientos y cientos de series norteamericanas y británicas que se producen al año.

Claro que, si hay una serie por la que merezca la pena pasar por el rito de la búsqueda imposible de descargas y los subtítulos hechos con traductor online es Skam. Porque lo de esta pequeña serie noruega es muy grande. Skam, título que en noruego significa “vergüenza” (y que escogieron los propios actores), no es un producto teen al uso, sino algo fresco y diferente, sobre todo para aquellos que solemos consumir principalmente televisión estadounidense. No se trata de la típica serie en la que los adolescentes hablan como adultos. No está contada desde la perspectiva y la experiencia del guionista de más de 40. No tiene actores de casi 30 interpretando a quinceañeros o aburridas subtramas con personajes adultos para cubrir más terreno en las demos. Tampoco es una serie que hable de los peligros de las redes sociales o enarbole una crítica rancia a la hiperconectividad, sino que incorpora Internet y los móviles como parte integral del universo que retrata, de su lenguaje y comunicación, sin un ápice de condescendencia, cinismo o moralina. Exactamente lo mismo que hace al abordar el sexo, las drogas o el alcohol, presentes a lo largo de toda la serie. Es decir, Skam refleja fielmente la realidad actual del adolescente, y lo hace con inteligencia y pasmoso naturalismo, dejándolo libre para vivir sus propias experiencias y aprender de ellas, y en consecuencia, creando un relato certero y profundamente respetuoso sobre esta etapa vital.

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Cada temporada de Skam consta de unos 10 episodios y está centrada en un personaje distinto. La primera, estrenada en 2015, es la más experimental de todas, y también la más coral. La historia comienza desde la perspectiva de Eva (Lisa Teige), y a través de ella se nos da a conocer al resto de personajes cuyas historias se irán entrelazando a lo largo de los capítulos, de entre 15 y 30 minutos de duración aproximadamente (lo cual, por sí solo, ya resulta en una experiencia televisiva distinta a la que estamos acostumbrados), para ir componiendo poco a poco un íntimo, emocionante y a ratos muy divertido fresco costumbrista sobre la juventud europea. La primera temporada se dedica a establecer las relaciones y dinámicas sociales del instituto, y en concreto del círculo de Eva, presentando una serie de normas y ritos de paso específicas de la cultura noruega que, si bien pueden resultar confusas para el “turista” (para entender la tradición de fin de secundaria del russ bus hay que sacarse un Máster), acaban pasando a segundo plano para priorizar los conflictos emocionales de los personajes. Un diverso grupo de quinceañeros a los que seguimos (por ahora con énfasis femenino) mientras experimentan la amistad, el amor, el desengaño o la presión social.

En la segunda temporada, el foco pasa de Eva a su objeto de admiración y uno de los personajes favoritos de la audiencia, Noora (la futura estrella Josefine Frida Pettersen), que se convierte en la absoluta protagonista de la serie durante 12 capítulos de duración extendida (más de la mitad rondan los 50 minutos). Y como se suele decir, lo poco agrada, y lo mucho cansa. Si bien la primera temporada se centraba en Eva, el resto de personajes tenían una presencia más equilibrada y repartida (al funcionar como introducción debía ser así), mientras que en la segunda, estos prácticamente desaparecen para hacer sitio a Noora y su romance furtivo con el chico malo del instituto, William (Thomas Hayes), una relación tóxica que puede llegar a ser tan apasionante de desgranar como extenuante de observar, y que, a pesar del buen hacer de los actores y los momentos memorables (Noora  y la guitarra de William = magia), acaba extendiéndose hasta saturar.

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Claro que la temporada de Noora (que por muchas quejas que despierte, sigue manteniendo un gran nivel) se ve de otra manera cuando nos adentramos en la tercera, que sitúa en el centro de la historia a Isak (prodigioso Tarjei Sandvik Moe). Sus 10 episodios son los más redondos de la serie hasta la fecha. Volvemos a la duración aproximada de 20 minutos, con una trama excelentemente estructurada y dosificada que nos cuenta la experiencia de Isak mientras este descubre y acepta su homosexualidad a los 16 años y vive un precioso romance con un chico mayor del instituto, Even (Henrik Holm). Esta temporada constituye uno de los relatos más sensibles y certeros sobre el tema, reflejando con ternura y ojo clínico el proceso mental que atraviesa el adolescente en esa situación, el autoengaño y las mentiras, la necesidad de tener que salir del armario constantemente, el dolor y el miedo de exponerse a los demás sin saber qué va a ocurrir, la conmoción del primer amor, el que te consume por completo (la belleza de Isak viendo Romeo + Julieta tras descubrir que Baz Luhrmann es el director favorito de Even no se puede describir), y la reacción de la familia y los amigos, aquí una valiosísima lección de tolerancia y comprensión para todo el mundo (cuando Isak sale del armario para su mejor amigo, Jonas, este le pregunta cómo está y no lo trata nunca como un problema; cuando lo hace para el resto de la pandilla, estos se van por la tangente debatiendo sobre la diferencia entre la bisexualidad y la pansexualidad, quitando peso al asunto de forma natural e inconsciente, y más adelante dándole consejo sentimental e intercambiando experiencias románticas con él). Una optimista y conmovedora historia, no exenta de drama y dificultades, que ha servido de apoyo e inspiración para miles de jóvenes en su país, y cuya onda expansiva ha llegado a muchos rincones del mundo (Isak y Even se han convertido en la pareja televisiva del año a través de una encuesta realizada por E! Online. Hasta ahí llega el poder de Skam).

Podría estar hablando horas y horas sobre la tercera temporada de Skam, de lo arrebatadoramente tierna y bonita que es la relación entre Isak y Even, de Jonas (Marlon Langerland) como ejemplo del amigo comprensivo al que cualquiera debería aspirar a ser (lo mismo se podría decir de Vilde con respecto a Noora), de lo importante que puede llegar a ser todo para el espectador, el que está atravesando por lo mismo, el que lo ha vivido, o el que desea vivir en un mundo real en el que estas historias siempre transcurran así. Pero la vista ya está fijada en la cuarta temporadaLa vida sigue, Skam continúa y los espectadores estamos deseosos de conocer mejor al resto de personajes, Jonas, Sana, Vilde, Magnus… Lo guionistas y los actores han hecho un trabajo tan bueno caracterizando a los personajes y disponiendo las piezas que no se puede sino confiar en ellos ciegamente (se nota que Andem sabe muy bien lo que está haciendo). Y es que gracias una labor impecable de guion, combinada con la mejor improvisación por parte de un elenco de actores jóvenes de un talento natural increíble (qué manera tienen todos de comunicar con la mirada), el espacio entre realidad y ficción se estrecha, haciendo más fácil que veamos a los personajes como personas reales, de carne y hueso, que percibamos sus amistades como auténticas, y que por tanto, nos involucremos en sus vidas a otro nivel. Es decir, Skam acaba afectando, y mucho.

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La suya es una mirada honesta a la adolescencia, una celebración de la juventud sin tapujos, pero también sin sensacionalismos, con importantes enseñanzas, pero sin la contaminación adoctrinadora de la visión adulta. Skam es al retrato adolescente lo que Peanuts al infantil; los padres o profesores apenas aparecen, y cuando lo hacen, es de espaldas o con la cabeza fuera de cuadro, una de las decisiones más brillantes de la serie, con la que se deja claro en todo momento que lo que estamos viendo es el mundo exclusivamente a través de sus adolescentes. Un mundo observado con cámara inteligente e iluminación natural, que reivindica lo hermoso de sus imperfecciones en lugar de taparlas y nos deja un producto muy cuidado en lo visual, con banda sonora de hip hop y música electrónica (el repertorio es de escándalo, Lorde, Die Antwoord, London Grammar, Robyn, Kanye…) y constantemente salpicado del sonido de notificación del móvil (un gran porcentaje de la acción transcurre a través de mensajes de texto, y nunca deja de ser pertinente). Elementos que han contribuido a que Skam sea el fenómeno que es, junto a sus fantásticos personajes, su descaro y frescura, que sea tan divertida como trascendental, y sobre todo, que no presente una realidad confeccionada o idealizada imposible de alcanzar, sino una en la que los adolescentes pueden verse reflejados de verdad, donde pueden sentirse escuchados y comprendidos. Viviendo el “ahora”, entre fiestas, clases y horas muertas sin hacer nada, los chicos y chicas de Skam se lo cuestionan todo, intentan aprender, entender lo que ocurre a su alrededor, las injusticias, el feminismo, la religión, el sexo… Ver cómo lo hacen, escucharlos, supone en sí mismo una lección para el espectador, una ventana al mundo en el que muchos queremos creer y al que tantos otros deberían asomarse.

Crítica: Moonlight

Moonlight

“No dejes que los demás decidan quién eres”. Esta es la idea que recorre Moonlight, de Barry Jenkins, una conmovedora e inteligente historia sobre el amor, las raíces y el perdón que se ha erigido como una de las mejores películas del año. Avalada por críticas espectaculares y 8 nominaciones a los OscarMoonlight representa un cambio en el panorama de Hollywood, un cine mayoritario más abierto e inclusivo, que ha situado una cinta de “temática gay” protagonizada por un reparto casi íntegramente negro entre lo más destacado de la temporada de premios. Pero que no nos engañe este dato, Moonlight no está ahí para cumplir una cuota o enmendar errores del pasado, sino que ha llegado adonde está por méritos propios, por ser uno de los films más arrebatadoramente bellos y sensuales que hemos podido ver recientemente.

Moonlight es la historia de una vida. De una vida definida por los demás. La de Chiron, un muchacho negro de los suburbios de Miami que busca su lugar en el mundo mientras crece rodeado de problemas: una madre drogadicta, un padre ausente y acoso escolar por ser gay, mucho antes de que él mismo sea consciente de lo que esa palabra significa. Moonlight es la crónica de una vida, un viaje de autoconocimiento de la infancia a la adultez en el que observamos cómo alguien va moldeando su personalidad según sus experiencias, según las conexiones que realiza a través del camino, y siempre condicionada por el pasado, por la familia, la biológica (el lastre de una madre enferma) y la elegida (el refugio que supone encontrar a Juan -Mahershala Ali- y Teresa -Janelle Monáe). Contada en tres secciones que corresponden a tres etapas distintas de la vida de Chiron (infancia, adolescencia, vida adulta), Moonlight lleva a cabo una inspirada reflexión sobre la identidad y la masculinidad cargada de poesía y emoción.

La forma en la que Jenkins trata a la historia y los personajes denota un profundo respeto y amor por lo que está contando. Salta a la vista que se trata de un trabajo personal, un relato procedente de las entrañasMoonlight nos da a conocer a un cineasta de una sensibilidad a flor de piel, un director con tanta buena mano para profundizar en los sentimientos de sus personajes como para exteriorizarlos a través de una puesta en escena que acaricia los sentidos. Todo en la película está cuidado con sumo cariño para arropar al espectador en una experiencia profundamente íntima y reveladora. La vibrante fotografía de James Laxton, que juega con los tonos cromáticos (azules y violetas asaltándonos en la oscuridad) para regalarnos unas noches cinematográficas de ensueño, la magnífica banda sonora de Nicholas Brittell, salpicada de momentos musicales que remiten al mejor cine de Almodóvar y Wong Kar-wai, y una cámara que sabe siempre dónde ponerse para hacernos sentir, componen un sobresaliente ejercicio de estilo que nunca sacrifica lo que está contando a favor de la estética. En parte gracias también a la increíble labor de su reparto: la magnética presencia de Mahershala Ali, la calidez reconfortante de Janelle Monáe y la desgarradora interpretación de Naomie Harris. Sin desmerecer a los actores jóvenes, en cuyas interpretaciones descansa la mayor parte de la película.

En Moonlight acompañamos a Chiron, excelentemente encarnado en respectivas etapas biográficas por Alex R. HibbertAshton Sanders y Trevante Rhodes, en un recorrido que le lleva de la desorientación y el desamparo de una infancia difícil hasta una juventud criminal, resultado directo de sus vivencias. Y en el centro, una historia de amistad, deseo y exploración. Una cuya aceptación con todas sus implicaciones representa el final de un trayecto y el inicio de otro. Jenkins nos narra la relación entre Chiron y Kevin a base de momentos casuales, enriquecida por los silencios y los roces, por una desbordante tensión sexual, y culminante en una escena final entre Trevante Rhodes y André Holland en la que las miradas y el lenguaje corporal cuentan lo que miles de palabras no son capaces de expresar. Una conclusión que, si bien parece contenerse demasiado al privarnos de una catársis romántica, resume perfectamente el camino de Chiron y el discurso de la película sobre la identidad.

Moonlight

Moonlight nos cuenta una historia de crecimiento y superación con la particularidad de situarla en la comunidad negra, donde la homosexualidad encuentra más obstáculos que en otros entornos. A través de Chiron y de las personas que dan forma a su personalidad, interpretados por un elenco de talento inconmensurable, Jenkins nos habla de los corsés que oprimen y de la necesidad de liberarnos de los prejuicios, de perdonar a quienes nos fallaron (incluidos nosotros mismos) para decidir ser quienes queremos ser, y no quienes los demás esperan que seamos. Una valiosísima lección de vida convertida en la más hermosa de las experiencias cinematográficas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Théo & Hugo, París 05:59

Theo y Hugo

Théo (Geoffrey Couët) explora los cuartos oscuros de un club nocturno. Se pasea en silencio, observando a los hombres enzarzados en el sexo más sudoroso y jadeante, tanteando el terreno desde relativa distancia, dejándose besar ocasionalmente por un extraño que lo desea. Hasta que su mirada se cruza con la de Hugo (François Nambot). De repente, la marea de cuerpos desnudos se abre entre ellos cual aguas del Mar Rojo para Moisés. Posan su mirada el uno en el otro y no la apartan. Se descubren. Una luz rojiza los baña. Están solos, porque alrededor no hay nada, solo oscuridad, y gente que no son Théo ni Hugo. Sin mediar palabra sus cuerpos se conocen, se fusionan, y se follan. Théo y Hugo conectan a un nivel primario, es impulso, pasión, pero también es algo más que sexo y nosotros podemos verlo, es una conexión que va más allá de la mera atracción animal, que solo es el principio.

Así comienza Théo y Hugo, París 05:59, con una colosal escena de sexo explícito y real que durante casi 20 minutos envuelve, embriaga, incomoda, y aturde. Una secuencia en la que los directores Olivier Ducastel y Jacques Martineau coreografían un memorable “chico conoce chico” en un escenario normalmente ajeno al cine romántico, creando una atmósfera lúbrica y martilleante en la que el destello del amor a primera vista brilla y contrasta con extraña fuerza. La excelente puesta en escena, la iluminación, la música entumecedora, la disposición teatral de los cuerpos desnudos, el atrevimiento de los primeros planos de sexo no simulado, todos estos elementos hacen que Théo y Hugo atrape con vehemencia. Esta es una escena que va más allá de aquellos famosos 9 minutos de éxtasis en La vida de Adèle, que hace que Shortbus se quede corta. Pero como decíamos, se trata solo del prólogo a una preciosa historia de amor, el inicio de una relación a tiempo real durante una noche, en la calles vacías de la madrugada parisina.

Pasados estos primeros 20 minutos, Théo y Hugo empieza a recordar en muchos aspectos a Weekend de Andrew Haigh (comparación tan obvia como necesaria). Sin embargo, su propuesta es más arriesgada, y a la vez más inocente. Ducastel y Martineau nosTheo Hugo cartel cuentan una fábula de deseo y de amor floreciendo ante nuestros ojos, enfrentándose desde su nacimiento al desengaño y al miedo (a la enfermedad por un descuido irresponsable), una vez pasada la exaltación del primer encuentro. El romanticismo de Théo y Hugo es decididamente naíf, sus conversaciones rozan el cliché y lo cursi por momentos, los protagonistas no son precisamente unos portentos de la interpretación, pero la conexión entre ellos es indudable y es inevitable dejarse llevar por el entusiasmo con el que Ducastel y Martineau nos la retratan.

Théo y Hugo es una película magnética, de una ingenuidad romántica irresistible y un realismo sin ningún tipo de inhibiciones. Una experiencia íntima, de erotismo desaforado y espíritu sorprendentemente entrañable que plantea una historia de amor a flor de piel, con énfasis en la piel. En una de las escenas más potentes de la película, Hugo se agacha para admirar y elogiar con ternura el sexo desnudo de Théo. A su manera, es como si le estuviera mirando a los ojos, diciéndole que quiere estar con él toda la vida. Y es cuando deseamos que tengan su final feliz juntos (con o sin diagnóstico negativo), o mejor aun, un futuro más allá de las 5:59, aunque no lo veamos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

The Real O’Neals: Visibilidad del adolescente LGTB+ en una sitcom familiar

real o'neals 1

Artículo escrito por Juan Naranjo

Identificando la homosexualidad con algún tipo de fetiche sexual (en lugar de como una orientación tan válida y ordinaria como la heterosexualidad), el heteropatriarcado ha hecho creer a los Mass Media que la homosexualidad es una cosa sólo de adultos. Como si los adultos LGTB no fueran anteriormente adolescentes LGTB o niños/as LGTB. Es decir, nos resulta lo más cotidiano del mundo ver heterosexuales menores de edad en la TV y en el cine, ejerciendo su heterosexualidad de forma activa (tanto romántica como sexualmente) pero sigue pareciendo que al colectivo LGTB sólo se le puede retratar ya en su vida adulta, a menos que hablemos de productos muy minoritarios o muy enfocados al público LGTB.

Así que mientras que los adultos LGTB son “aceptables” en muchas series y pelis (aunque en una versión descafeinada, desexualizada, anecdótica, secundaria, etc etc) los adolescentes LGTB sólo están presentes en las producciones pequeñas tanto en presupuesto como en índices de audiencia. Esto, en mi opinión, perpetúa la idea de la homosexualidad entendida como algo pecaminoso, como algo sólo para adultos, como algo que ha de esconderse a los niños. Pero, no sé, no hay ningún pudor de hablar de embarazos adolescentes, de la primera vez de los heterosexuales, o incluso de sexualizar a la infancia (en la publicidad, sobre todo) hasta límites grotescos. La heterosexualidad es, según la TV, lo apropiado, lo de todos los públicos, lo generalista: la homosexualidad, algo sórdido, minoritario, sólo para adultos.

Pues, desde un formato completamente convencional (sitcom familiar),”The Real O’Neals” viene para darle una bofetada a todos estos estereotipos de género, edad e identidad. Y es que, aún contando la historia de una familia tradicional católica de origen irlandés, el centro de toda el asunto es la historia y el proceso de crecimiento del hijo mediano, Kenny, que sale del armario en el primer capítulo. Aunque a los heterosexuales les pueda sorprender, los gays también tenemos familia (no salimos de los árboles, ni nos encuentran en los inicios de los arcoiris), y también nos pasan cosas durante la adolescencia, antes de convertirnos en los amigos graciosos de las mujeres heterosexuales chic que ellos pretenden vender.

NOAH GALVIN

La temática de los capítulos es convencional (que si la primera cita, que si la prom night…) pero cuenta con la ventaja de ser una de las primeras producciones en las que se muestran estas acciones al público generalista. Y es que, os lo prometo, la vida de un gay recién salido del armario es, literalmente, de las cosas más interesantes que pueda haber. Y es una pena que nos hayamos acostumbrado a que, si de jóvenes LGTB se trata, la mayoría de las producciones terminen cuando empieza lo interesante, con la salida del armario. O que tengan un tono dramático y sórdido que siguen perpetuando la imagen del colectivo en su versión más vulnerable.

Sin melodrama y con muchísimo humor, “The Real O’Neals” cuenta situaciones con las que muchos nos sentimos muy identificados. Hay escenas memorables como el primer intento de flirteo por parte de Kenny, como la primera vez que le llevan a un sitio de ambiente, o como su relación con su ultraprotectora madre (la inconmensurable Martha Plimpton de, por ejemplo, “The Good Wife” o “Raising Hope”).

Gran parte del encanto de la serie recae sobre su maravilloso protagonista, Noah Galvin, un actor capaz de encajar a la perfección las inseguridades propias del momento y el humor inherente al formato. Aciertan los guionistas muchísimo con las ensoñaciones del protagonista, o con el “humor gay” con referencias que sí son realmente propias del colectivo, y no las típicas que los heteros creen que nos son propias.

“The Real O’Neals” es, para mí, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, y de cómo se ha de trabajar en relación a la visibilidad e integración del colectivo. Bien por Kenny O’Neal y los suyos 

Crítica: The Imitation Game

THE IMITATION GAME

The Imitation Game (Descifrando Enigma) es la historia de Alan Turing (Benedict Cumberbatch), el matemático británico conocido por descifrar el código imposible de Enigma, la máquina que los alemanes usaban para enviar mensajes en clave con sus estrategias y avances durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno británico puso a Turing al mando de un grupo de académicos, lingüistas, oficiales de inteligencia y expertos en juegos de ingenio matemático (interpretados por Mathew Goode, Allen Leech, Matthew Beard y Keira Knightley) para desentrañar el funcionamiento de Enigma y poder así adelantarse a los movimientos del enemigo y salvar miles de vidas. A pesar de las fricciones en el grupo (según la película provocadas por el carácter áspero y la inestabilidad mental de Turing) y las constantes interferencias de las autoridades, que desconfiaban de lo que este mad mathematician estaba haciendo, la operación tuvo éxito y la Liga de Hombres (y Mujer) Extraordinarios de Turing logró resolver el misterio, acortando así la guerra considerablemente.

Sin embargo, poco después de esta hazaña, Turing fue arrestado por “indecencia grave” debido a su homosexualidad, lo que le llevó a cumplir una condena que ensombrecería sus logros históricos. Hoy en día, Turing es considerado una de las figuras clave del siglo XX, el genio pionero de la informática actual que para resolver Enigma diseñó la máquina que se convertiría en la precursora del primer ordenador; una inteligencia artificial creada para funcionar lo más fielmente posible como el cerebro humano, y que además poseía alma propia, la del primer amor de Turing. The Imitation Game transcurre en tres tiempos narrativos diferenciados: la operación Enigma (de 1939 a 1942), el sombrío “futuro” de Turing a comienzos de los 50 (donde lo vemos solo y mentalmente deteriorado) y sus años como colegial en una academia para chicos (Alex Lawther brilla con luz propia como el Turing pubescente), donde conoció a Christopher (Jack Bannon), su único amigo hasta el inicio de la guerra. Alan, a menudo víctima de acoso en la academia por ser “diferente”, se enamora de Christopher, la única persona capaz de mirar más allá de su trastorno obsesivo compulsivo y su comportamiento alejado de la norma, y ver a Alan de verdad: “A veces son las personas de las que no imaginas nada las que hacen las cosas que nadie podría imaginar”.

The Imitation Game póster españolTuring es retratado en The Imitation Game como un prodigio con indicios de síndrome de Asperger’s (una de las muchas licencias dramáticas para hacer más comercial el biopic), lo que ha provocado las inevitables (y justificadas) comparaciones con el Sherlock de Cumberbatch. No es de extrañar, el solicitado actor británico lleva a cabo una interpretación que pone énfasis en los tics del personaje, dibujando a Turing como un ser excéntrico a base de mohínes. A Cumberbatch le cuesta un poco hacerse con el personaje, rozando la sobreactuación y la caricatura sobre todo en la primera mitad de la película, para finalmente dominarlo y ofrecernos un muy emotivo desenlace junto a Keira Knightley (que cumple de sobra, precisamente porque ella sí rebaja su habitual histrionismo). En definitiva un trabajo dramático irregular que, a pesar de los laureles, no es ni de lejos el más destacado de un actor por otro lado de talento incontestable.

The Imitation Game es un biopic de manual, y esto salta a la vista en todo momento. Su director, Morten Tyldum, sigue al pie de la letra los dictados del género para acomodar la visión de la Weinstein Company en su empeño anual por tener presencia destacada los premios de la Academia. Estamos ante una de esas películas que hacen ruido en la carrera de los Oscars pero no poseen lo necesario para perdurar en el imaginario colectivo más allá de la ceremonia (¿Recordáis Una mente maravillosa?). El problema en parte es esa visión encorsetada y hollywoodiense del biopic, lo que provoca por ejemplo que la homosexualidad de Turing solo se aborde de soslayo (es cierto que nos da una historia de amor preciosa con la analogía entre Christopher y la máquina de Turing, pero siempre entre líneas) y evite explorar la carnalidad del personaje escudándose en su carácter y en la mentalidad del momento con respecto al tema. Pero este no es el principal problema de The Imitation Game -que al menos no sucumbe al drama almibarado y grandilocuente propio de este tipo de cine-, sino la monotonía que conlleva su naturaleza de película diseñada matemáticamente para los premios. The Imitation Game es un film inteligente y correcto pero demasiado frío y calculado, un trabajo “académico” bien presentado, pero al que le falta compromiso, pasión, y, sobre todo, alma.

Valoración: ★★★

‘Husbands’: Dinamitando normalidades

Husbands

Muchos de los que me leéis estáis de sobra familiarizados con Jane Espenson, ya sea por su vinculación al Whedonverso, o por su trabajo en muchísimas series de televisión, como Las chicas Gilmore, Battlestar Galactica o Once Upon a Time por nombrar algunas de las más célebres. Esta aventajada alumna de Joss Whedon es una guionista todoterreno, y si la seguís en redes sociales, probablemente os preguntaréis de dónde saca tiempo para comer o dormir. Y no solo es una de las escritoras televisivas más prolíficas de los últimos años, sino que paralelamente a su trabajo en la tele, ha desarrollado una carrera como estudiosa y gurú, dedicando parte de su tiempo a hablar sobre ‘el arte de escribir’ en conferencias, clases universitarias, publicaciones editoriales, etc.

Espenson es un culo inquieto, y como tantos otros creadores televisivos, después de sus muchos trabajos en el medio, se ha lanzado a Internet para desarrollar proyectos independientes. Junto al desconocido Brad Bell presentó al mundo en 2011 una modesta webserie titulada Husbands. Con una primera temporada que consta de 11 episodios de apenas dos minutos de duración, Husbands llevaba el formato serial a su mínima expresión, suponiendo reto y experimento para la escritura de Espenson y Bell, que debían contrarrestar la evidente escasez de medios con el trabajo de su pluma (pun intended). Si juntamos todos los capítulos de la primera temporada, obtenemos algo así como un piloto de sitcom.

Husbands es la historia de un famoso deportista, Brady (Sean Hemeon) que una mañana se despierta en Las Vegas Husbands postery descubre que la noche anterior se ha casado en estado de embriaguez con Cheeks (Brad Bell), un extravagante y ultra-afeminado chico de la farándula. En lugar de anular el enlace, deciden seguir adelante, asumiendo la responsabilidad de abanderar la causa del matrimonio gay. Husbands está concebida como una comedia romántica de toda la vida sobre recién casados, pero con el “giro” (o desvío :P) que supone que la pareja protagonista sea del mismo sexo. No hay más que ver el póster que acompaña este texto, que utiliza el molde del 90% de los carteles rom-com, para darse cuenta de las (honorables) intenciones de la serie.

Después de la primera temporada, Bell y Espenson recurrieron a Kickstarter para financiar la segunda entrega. El éxito de la campaña resultó en su estreno en verano de 2012 en el famoso Centro Paley, logrando el hito de ser la primera serie online que se presentaba allí. Para la segunda temporada, los creadores decidieron reducir el número de episodios, pero aumentar su duración. El resultado fue una historia en tres actos al más puro estilo Dr. Horrible’s Sing-Along Blog, en la que Bell y Espenson pusieron toda la carne en el asador y se tomaron más en serio el papel de la serie como agente visibilizadora y concienciadora de los derechos homosexuales.

El éxito de la segunda temporada llevó a que la cadena CW produjese una tercera para emitirla por su canal online CW Seed, sin restricciones geográficas. Los nuevos capítulos, lanzados en verano de 2013, consistían en dos arcos argumentales divididos en bloques de tres segmentos cada uno (lo que formaba en total casi una hora de programa). En ellos asistíamos a la segunda boda de Brady y Cheeks (el mejor arco de la serie), y a un agradable y sereno pasaje sobre la cotidianidad de la pareja en su nuevo hogar. La tercera temporada deja con buen sabor de boca y Husbands pide a gritos convertirse en serie de televisión al uso. Con la repercusión de Looking, quién sabe, quizás las cadenas estén interesadas en rellenar una nueva cota de “series gay”, y, con suerte, este sería un nuevo paso hacia la existencia de la “serie normal protagonizada por gays”.

getglue-husbands

La clave del éxito de Husbands es su acertado equilibrio entre comedia, provocación y responsabilidad social. A ratos, Espenson y Bell se ponen demasiado sermoneadores, y su escritura quizás no es tan aguda como ellos creen (qué manía con ser meta porque sí), pero las ideas que manejan son muy importantes, y los mensajes son tan valiosos que la serie debería mostrarse en los colegios. El valor educacional de Husbands es lo que la convierte en una serie a tener en cuenta, más que su capacidad para hacer reír (un poco nula) o el trabajo de sus actores (entre lo histriónico y lo mediocre). Sobre todo hay que aplaudir la lanza que rompe a favor de la diversidad dentro de la propia homosexualidad, y el rechazo a la heteronormatividad impuesta por la sociedad. Husbands busca normalizar la homosexualidad renunciando precisamente a la noción absoluta de ‘normalidad’. Y lo hace a través de una historia de amor que podría protagonizar (y que de hecho ha protagonizado en infinidad de ocasiones) una pareja heterosexual, pero sin barrer debajo de la alfombra los estereotipos que según muchos perjudican al “colectivo”. En su lugar, la serie los reivindica y los celebra, promoviendo el ejercicio de la comprensión y la aceptación del otro tal y como es.

Además de su eficiente y admirable mensaje, Husbands posee un atractivo especial para los whedonites. Los cameos se cuentan a razón de 5 por minuto (puede que esté exagerando, pero en algunos capítulos es totalmente cierto). Los hay del Whedonverso: Nathan Fillion, Amy Acker, Amber Benson, Dichen Lachman, Felicia Day, Seth Green, Beth Grant y el mismísimo Joss, que tiene un papel bastante simpático en la segunda temporada; Y del Espenverso (al que también pertenecen todos los anteriores, claro), sobre todo de su trabajo en Battlestar Galactica y Caprica: Tricia Helfer, Sasha Roiz, Michael Hogan, Magda Apanowicz, y Alessandra Torresani, que interpreta a Haley, la mejor amiga de Cheeks, mariliendres insoportable y más estereotipada que cualquier gay en TV, y que afortunadamente no aparece en los últimos capítulos (Torresani intentando ser graciosa es lo más irritante que he visto en mucho tiempo, que nadie le dé una sitcom, por favor). Aunque solo sea por ver desfilar a todos estos miembros de la gran familia Whedon-Espenson, que son como de la nuestra, Husbands merece la pena. Es más, se podría decir que esta webserie pertenece oficialmente al Whedonverso, así que si queréis completarlo, es vuestro deber verla.

A continuación os dejo la serie íntegra en YouTube. Los episodios se reproducen ininterrumpidamente a partir del primer vídeo.

Temporada 1

Temporada 2

Temporada 3

Looking: Buscando la serie normal

HBO Looking

Se busca serie normal, sobre casi treinta y cuarentañeros (¿por qué es “cuarentón” la forma más extendida?) tratando de encontrar su lugar en el mundo, buscando el amor a contrarreloj, viviendo su intimidad, aprendiendo de los errores, y errando de nuevo a pesar de ello. Se busca serie que explore el día a día de un grupo de amigos en una gran ciudad, con sus idiosincrasias, sus neuras y taras sociales. Se busca serie sobre la vida, sobre la eterna disyuntiva de si vivirla o dejarla pasar, sobre el terror a la soledad y la importancia de la familia (la que elegimos nosotros) para mantener la cordura. Se busca serie normal, pero protagonizada por hombres gays en lugar de hombres y mujeres heterosexuales. Se buscaba, porque es posible que la hayamos encontrado. Looking de HBO nace con la agenda bien clara: ser una serie protagonizada por gays que no gira exclusivamente en torno a ser homosexual sino a ser una persona. ¿Cumplirá su propósito o se quedará en “serie gay” para consumo exclusivo del público masculino homosexual?

Tras ver el primer episodio, “Looking for Now“, entendemos las comparaciones con la otra comedia con la que HBO ha emparejado a Looking en la noche de los domingos, la ya asentada Girls. El tono de ambas series es distinto, pero el núcleo temático es el mismo (ambas tratan sobre todo lo que he enumerado en el primer párrafo). Sin embargo, donde la serie de Lena Dunham busca la naturalidad hiperbólica y satírica para exponer la verdad, la de Andrew Haigh (director de la venerada Weekend) hace gala de un naturalismo tranquilo y altamente calculado -con sus forzadas y pretenciosas referencias cultas- que carece de poder de impacto y perdurabilidad. Lo que es una manera retorcida y repelente de decir que por ahora Looking es aburrida, trivial, incluso anodina. Looking se podría adscribir al género televisivo “Serie sobre nada” (y sobre todo a la vez), y en su devenir anecdótico y cotidiano, así como en su ritmo sereno, podemos ver claramente la intención de Haigh: ofrecer una serie realista, y real, con la que podamos identificarnos. Sin embargo, al evitar los grandes aspavientos dramáticos de otras series, Haigh se pierde en la nadería de las vidas de sus protagonistas. En efecto, Looking va de nada y de todo a la vez, pero en el peor de los sentidos.

Otra serie con la que es fácil (e inevitable) comparar Looking es Queer as Folk, la primera (y prácticamente única) serie catalogada como “serie gay” (con permiso de Will & Grace, y de Teen Wolf). No obstante, las comparaciones deben detenerse en el hecho de que sus protagonistas sean homosexuales. Looking se desmarca de la fábula excesiva, inverosímil y demagógica que fue la serie de Showtime restando gravedad y reivindicación de la experiencia vital de sus protagonistas, y renunciando a la (absurda) responsabilidad de tener que representar todas las facetas de la comunidad LGBT. Esto no es más que un reflejo de los tiempos que corren, menos mal. Queer as Folk estaba obligada a ser política, Looking se puede permitir ser simplemente existencialista, una serie sobre la búsqueda del amor, sobre el mundo de las citas (Dates, por cierto, estáis tardando) y el sexo; una serie indudablemente de 2014, ambientada en una ciudad vibrante y luminiscente como San Francisco, con sus referencias a Instagram, a hipsters barbudos, y dejando constancia de la importancia capital de Facebook en todos los aspectos de nuestra vida. Claro que no debemos engañarnos. Que Looking no aborde (todavía) la homofobia u otros problemas derivados directamente de ser gay no quiere decir que vaya a evitar todos los clichés del cine de esta temática. Porque seamos realistas, esos clichés son ciertos, y evitarlos para agradar a aquellos que detestan que se vincule al gay con la promiscuidad (qué asco de palabra para describir algo perfectamente natural y no exclusivo del gay) o las drogas no es una opción para Haigh. Para heteronormatividad a conveniencia y pulcros maricas asexuales ya tenéis Modern Family.

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Dicho esto, la clave para conectar con Looking no debería ser el hecho de ser un hombre homosexual o no. Si quiere salirse de ese nicho de audiencia y ampliar horizontes, la serie debe hallar la manera de universalizar y enriquecer las experiencias de sus protagonistas. Y de momento no lo ha conseguido (otra cosa es que no esté interesada en ello; en ese caso no va por mal camino). Personalmente, como hombre gay me veo mucho más reflejado en las chicas y chicos heterosexuales de Girls que en los tres amigos protagonistas de Looking. Pero afortunadamente, la serie cuenta con el adorable y muy acertado Jonathan Groff, protagonista que ejerce como ideal vehículo de identificación: Patrick es un joven a punto de cumplir los 30, soltero, inseguro, ligeramente patoso (socialmente hablando), con un trabajo muy del siglo XXI (diseñador de videojuegos) y en ese punto en el que tienes menos claro que nunca hacia dónde se dirige tu vida. El personaje de Groff es el alma de Looking, un everyman gay, el no-héroe que nos invita a vivir la serie en primera persona (seamos hombre, mujer, gay o hetero). Es decir, el conducto para hallar la universalidad en el relato de Looking sin por ello sacrificar su especificidad.

Junto a él tenemos a dos personajes que añaden diversidad, Agustín (Frankie J. Alvarez), que tiene pareja estable, y Dom (Murray Bartlett), camarero de 40 años que solo piensa en follar. Todos son guapísimos, porque, ¿quién quiere ver una serie como esta con protagonistas feos? (Pocos autores se atreven a correr tal riesgo, ¿verdad, Lena?). Y, a pesar de ser relativamente encantadores y estar interpretados con suma naturalidad, todos están ligeramente desdibujados y por ahora no resultan interesantes (lo sé, lo sé, esto es normal, solo hemos visto un capítulo). Ya hemos comprobado que las mejores series se cuecen a fuego lento, pero puede que Looking no tenga demasiado tiempo para encontrar lo que busca (solo 8 episodios conformando lo que en un principio será una miniserie). Esperemos que sepa aprovechar su rica materia prima para trascender su etiqueta de “serie gay” y establecerse de verdad como relato humano. Es el primer paso hacia la utopía de una televisión en la que el público pueda pasar por alto si la persona que se mete en la cama con el protagonista es un hombre o una mujer, para centrarse en cosas más importantes.