Billy Lynn: la incómoda verdad de Ang Lee

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Billy Lynn pasó por las salas de cine el año pasado, pero poca gente le prestó atención. La película más reciente de Ang Lee nació de la sinergia creada entre la inquietud artística del director taiwanés y los esfuerzos comerciales de Sony Pictures por llevar el cine al futuro a través de la tecnología más puntera. Billy Lynn fue injustamente recibida en su estreno, pero su llegada al mercado doméstico es la segunda oportunidad que la película necesitaba para brillar y encontrar su público.

Una de las razones por las que Billy Lynn no causó impacto en taquilla es quizá el tema que trata. O más que el tema en sí, la forma en la que lo aborda y las respuestas que da. La película cuenta la historia de un soldado estadounidense de 19 años (el debutante Joe Alwyn) que, junto a sus compañeros del escuadrón Bravo, regresa a casa de la guerra de Irak convertido en un héroe para realizar la “gira de la victoria” y formar parte del espectáculo de la Super Bowl.

A través de una serie de flashbacks que ocurren durante la antesala del show, descubrimos la verdad sobre lo ocurrido en el campo de batalla, estableciendo así una reveladora comparación entre la realidad de la guerra y la percepción distorsionada que los estadounidenses tienen de lo que allí ocurre, así como de sus aclamados héroes. Una verdad incómoda y comprometida que ningún patriota yanqui quiere escuchar (en especial los de los estados más conservadores como Texas), no porque menosprecie a sus militares (cosa que la película no hace ni remotamente), sino porque los humaniza, obligando a los que se quedan en casa a afrontar la realidad. De ahí que, a pesar de no ser abiertamente una película anti-bélica, y de la sensibilidad y el tacto con el que está hecha, el público estadounidense prefiriera hacer oídos sordos, evitar la reflexión y continuar viviendo en la fantasía de las medallas de honor, los héroes perfectos y los fuegos artificiales.

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Con Billy LynnLee lleva a cabo un excelente estudio de personajes para hablarnos del síndrome postraumático que experimentan muchos soldados a su regreso de la guerra, y oponerlo a la fantasía heroica, de la que muchas empresas intentan sacar partido económico, sobre todo en Hollywood (entre otras cosas, el film narra el desalentador proceso para llevar la historia de Lynn y su tropa al cine). Para ello, el director se vale de un estupendo reparto, encabezado por el recién llegado Joe Alwyn, que realiza un trabajo excepcional transmitiendo a la perfección las complejidades del personaje y expresando su profunda melancolía y preocupación con la mirada, y Garrett Hedlund, en la que es una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha.

Pero Billy Lynn es ante todo un experimento, una inversión de futuro. Se trata de la primera película presentada en 60 frames por segundo (recordemos que El Hobbit se hizo en 48), un formato revolucionario con el que Sony Pictures busca que el público se vaya familiarizando con lo que ellos llaman el futuro del cine en casa. Y es que si Billy Lynn pasó desapercibida en cines, quizá es porque en realidad estaba diseñada para su disfrute en los televisores 4K, donde encuentra la segunda vida para la que fue pensada. El aspecto de la película en 60fp, su resolución cuatro veces superior a la de un HD normal, así como los colores más vivos y el mayor contraste que facilitan el HDR (High Dynamic Range) proporciona una experiencia hiperrealista que puede chocar al principio (la sensación tradicional de cine se pierde en favor de una definición que asusta), pero que, una vez acostumbrados, empuja a sumergirse en la acción.

Sin embargo, lo más importante sigue siendo lo que se nos cuenta, y afortunadamente, Billy Lynn no es solo una demostración tecnológica, sino también una nueva prueba de la creatividad y la capacidad emotiva de Lee, quien utiliza las nuevas tecnologías para presentar una historia muy familiar bajo una mirada más original y estimulante.

billy-lynn-4kSony Pictures Video presentó Billy Lynn en Ultra-HD el pasado jueves 8 de junio en Madrid, en un evento en el que, además de proyectar la película en sus equipos más avanzados, reiteró el compromiso de la distribuidora con la recuperación de películas inéditas en nuestro país para su lanzamiento directo a vídeo, trabajos aclamados que por una razón u otra no llegaron a las salas.

A las recientemente editadas Hunt for the WilderpeopleUn gato callejero llamado BobSiempre amigas se sumarán próximamente The Edge of Seventeen, Bleed for ThisFree Fire, y la nominada al Oscar a mejor guion original 20th Century Women.

Crítica: Pan – Viaje a Nunca Jamás

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Hay dos formas principales de llevar a cabo una nueva película basada en un cuento de hadas o un clásico de la literatura infantil y juvenil: el remake o la reinvención. La mitad del calendario de estrenos de Disney para los próximos años está compuesto por adaptaciones en acción real de sus clásicos animados (unas fieles a la película original, otras cambiando el punto de vista para contar la misma historia). Los demás estudios se siguen empeñando en subirse al carro de los cuentos de hadas y preparan adaptaciones por su cuenta (en los próximos años veremos versiones no-disneyanas de clásicos como El Libro de la SelvaLa Sirenita Tarzán)Y aquí es donde entra la tercera modalidad. Superproducciones que toman prestado los nombres y los elementos principales de un cuento para hacer una película que “parece” ese cuento, pero no lo es. Ese es el caso de Warner Bros., que nos ofrece este año la enésima relectura del clásico de J.M. Barrie Peter Pan, titulada Pan: Viaje a Nunca Jamás.

Dirigida por Joe Wright (Expiación, Anna Karenina), Pan es una adaptación libérrima del cuento del niño que no quería crecer. Tan libre es que de hecho a lo largo de toda la película no se menciona ni una sola vez este importante elemento de la historia. El Nunca Jamás de Wright es en su mayor parte un mundo eminentemente adulto, más alejado del entorno maravilloso que vimos en la versión de Disney, en Hook de Spielberg o Peter Pan: La gran aventura, de P.J. Hogan. En lugar de servir como escape y paraíso para niños, (en principio) lleno de diversión y libertad alejada de padres y responsabilidades, este Nunca Jamás es desde el inicio un escenario hostil, peligroso y abrumador que no da respiro a quien se atreve a poner un pie en él (en este sentido, la película hace honor al trasfondo adulto y oscuro del material de origen). Ideada como una precuela, la película reinventa el relato de Barrie de manera que ahora este da comienzo en los años 40, con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo y un Peter abandonado en un orfelinato, donde vivirá una experiencia similar a la de Annie hasta que consiga “escapar” hacia las estrellas. A partir de ahí, casi nada de lo que sabíamos del cuento transcurrirá como recordábamos. Sí, hay piratas, indios, hadas, sirenas y barcos voladores, pero el orden de los factores ha sido alterado. Y no sabemos muy bien con qué intención.

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El Nunca Jamás de Pan está gobernado por el pirata Barbanegra (Hugh Jackman), un líder totalitario que rapta niños huérfanos y los pone a picar piedra en busca de polvo de hadas, extinguido desde hace eones. James Garfio (Garrett Hedlund) es uno de esos niños, ya crecido y convertido en un apuesto y pícaro galán (Hedlund canalizando a Indiana Jones). Peter y James se hacen amigos, huyen de Barbanegra y se embarcan en una odisea en busca de la madre del pequeño (al más puro estilo A.I.). Por el camino se topan con la tribu de nativos de Nunca Jamás, formada por indios de todas las razas (sic), entre los que destaca una Rooney Mara más blanca que el papel y totalmente narcolépsica (hasta ahora la actriz había utilizado su languidez en beneficio propio, pero aquí hacía falta un poco más de brío, y ella simplemente no puede, se cansa, se duerme… no hay manera). Por todos es sabido que el blanqueamiento de Tigrilla enfureció a gran parte del público (con razón), y os gustará (o no) saber que la película no hace el mínimo esfuerzo por justificar un cambio tan cuestionable (ni siquiera Mara es capaz de defenderlo).

Polémicas aparte, Wright ha convertido Peter Pan en una aventura cinematográfica muy de nuestro tiempo. Un blockbuster de acción ruidoso e hiperactivo, cargado de energía y saturado de color digital (la “magia” del croma), con una banda sonora grandilocuente, en la que John Powell recicla sin reparos su obra maestra, How to Train Your Dragon. La puesta en escena de Wright (aspecto en el que el británico siempre sobresale) está llena de hallazgos curiosos (el rapto de los niños al comienzo de la película es pura planificación teatral) y voluntad de transgresión. Por ejemplo, el segundo acto parece directamente sacado de Mad Max: Furia en la carretera. La influencia de George Miller se hace evidente al ver a los piratas de Barbanegra y sus esclavos, sucios, grotescos, pintados como payasos siniestros, eslabones inferiores de una sociedad de bárbaros que corean himnos (atención) de Nirvana o los Ramones. En este sentido, a pesar de tratarse de una película para toda la familia, se puede sentir en Pan un deseo reprimido de ir más allá. Lo notamos en las canciones, pero sobre todo en la manera de mostrar la violencia, muy agresiva y contundente (los personajes son zarandeados y lanzados al vacío, pero salen siempre ilesos), amortiguada por una aproximación cartoonesca y el entorno digital (como ocurría en la reciente Tomorrowland). Si Pan no estuviera calificada con un PG (Parental Guidance), sus planos estarían bañados en sangre.

Rooney Mara Tiger Lily

Wright se encarga de que su película esté en constante movimiento, no hay apenas descanso para los protagonistas y el espectador, llegando a resultar en ocasiones agotador. Esto enmudece en cierto modo el sentido del asombro que encontrábamos en otras adaptaciones de la misma historia. Aquí apenas se nos permite divertirnos, y lo que es peor, faltan intermedios de calma en los que conocer más a fondo a los personajes e indagar en sus relaciones (no hay química entre Garfio y Tigrilla, y la amistad de Hook y Peter se queda en la superficie, cuando debía ser el eje vertebrador de la película). Empezando por el propio Peter (Levi Miller), todos son recortes de papel sin personalidad -con la excepción quizá del Barbanegra de Jackman, que sí se molesta en añadir dimensiones al villano por iniciativa propia, aunque el guion no esté muy interesado en que lo haga. El desarrollo de la aventura una vez fuera de las minas de Barbanegra es más bien convencional, haciendo que el film se acabe convirtiendo en una superproducción familiar genérica e intercambiable, un caos narrativo repleto de secuencias vertiginosas y protagonistas convertidos en monigotes digitales, con menos profundidad que la mayoría de personajes del cine de animación. Falta vida, falta corazón, y esto hace que entrar en la película se convierta en una tarea.

Pan nos propone un viaje alternativo al Nunca Jamás con el que hemos soñado tantas veces, pero no se atreve a romper el molde de verdad. Si la propuesta hubiera sido más excéntrica aun, más loca y arriesgada (y no solo en el apartado estético), habría tenido posibilidades de dejar huella, pero desafortunadamente se queda a medio camino. Lo bueno es que, a pesar de todo, el film consigue rebajar la sensación de déjà vu, sin duda el mayor lastre de este tipo de cine, y ser algo más que la enésima interación del mismo cuento (esto no es ooootra Bella y Bestia, menos mal). Lo malo es que, para hacer esto, lo ha despojado de su profundidad y riqueza temática. Me pregunto qué habría pasado si, en lugar de usar los nombres pensados por Barrie, se hubiera concebido como algo completamente nuevo. Total, si se lo iban a inventar todo y no iban a tener que pagar royalties igualmente, ¿qué más da? ¿Tanto miedo tienen los estudios a vendernos historias originales que no sean remakes, reboots o secuelas?

Pregunta retórica, por supuesto.

Valoración: ★★★

Crítica: Invencible (Unbroken)

Jack O'Connell Miyavi Unbroken Invencible

Invencible (Unbroken) es la segunda película como directora de Angelina Jolie, tras la tibia recepción de su debut, En tierra de sangre y miel (2011), ambientada en la Guerra de Bosnia. En ella, Jolie se reafirma en su interés por la historia universal, explorando otro de sus capítulos bélicos, esta vez durante la Segunda Guerra MundialInvencible es la historia del recientemente fallecido Louis Zamperini, atleta olímpico norteamericano convertido en héroe de guerra que sobrevivió durante 47 días en una balsa tras el ataque a su bombardero, para ser finalmente capturado por los japoneses y mandado a un campo de prisioneros, donde logró sobrevivir a las torturas del enemigo durante otra larga temporada.

Jolie se vale de la inestimable ayuda de Joel y Ethan Coen, que firman el guión, una historia dividida en tres pasajes claramente diferenciados que dan como resultado un filme que es en realidad tres películas en una. De hecho, para mantenerlas separadas y garantizar la sensación de desespero y paso del tiempo, la película apenas posee interrupciones que desvíen la atención de sus dos últimas partes. En la primera sección conocemos a Zamperini (Jack O’Connell), un joven con el sueño de triunfar como atleta que ve su prometedora trayectoria profesional truncada por la llamada a filas. La segunda parte supone un largo acto central en el que el protagonista y dos supervivientes al bombardeo, Phil (Domhall Gleeson) y Mac (Finn Wittrock) se enfrentan al océano durante mes y medio, conformando una suerte de Todo está perdido en medio de la cinta. Por último, Invencible dedica su sección final a la pesadilla vivida por Zamperini y sus compatriotas (Garrett Hedlund, John Magaro) durante su cautiverio a manos de los nipones, centrándose en la relación entre el protagonista y “El Pájaro“, el sádico guardia japonés interpretado por Miyavi.

Unbroken posterPor todos es conocida la inclinación humanista y filantrópica de Jolie, sin embargo, esto no es lo que salta a la vista en Invencible. En su lugar, observamos a una directora más interesada en capturar la belleza de la historia en sus imágenes, como si la película fuese una sesión de fotos de Annie Leibovitz con el propósito de glamourizar la guerra. Confirma esta idea la elección de su elenco, un montón de niños bonitos de Hollywood (Jai Courtney aporta vello y músculo), reclutados para participar en el desplegable de moda de la Jolie, un trabajo que sacrifica la dureza del relato para llevar a cabo una oda a la belleza masculina -hasta cuando Hedlund enseña sus uñas destrozadas para dar cuenta del horror que ha vivido parece que estamos viendo un spot de L’Oreal o de Viceroy.

Este énfasis en lo estético desvía la atención del talento de sus actores, y sobre todo del mensaje, uno que además no está del todo claro, más allá del latente y almibarado patriotismo yanquiInvencible concluye con los clásicos rótulos que cuentan qué fue de los protagonistas, y ofrece una moraleja sobre el perdón que se antoja vacía e inoportuna, teniendo en cuenta que la directora no ha explorado nada de esto durante su metraje (como sí lo hizo recientemente Un largo viaje, secuela no oficial de esta película). Invencible es una obra visual y técnicamente excelente (impresionantemente filmadas las escenas aéreas durante el bombardeo que abre el film), sin embargo, sale perjudicada por la ausencia de un discurso claro y esa necesidad de revestir la mugre con una capa de Maybelline. La salva la portentosa interpretación de Jack O’Connell, loable ejercicio de resistencia de un actor joven cuya entrega absoluta al personaje de Zamperini es lo único que parece estar en sintonía con la angustia de esta historia real. Aunque no deje de estar guapo e ideal en ningún momento de su calvario.

Valoración: ★★★

On the Road, Tierra prometida y otros estrenos de cine (19-04-13)

 

Tierra prometida (Promised Land, Gus Van Sant, 2013)

La nueva película de Gus Van Sant supone su reencuentro con Matt Damon desde que este protagonizara en 1997 El indomable Will Hunting. Tierra prometida es tanto de su realizador como de sus protagonista (de hecho, Van Sant sustituyó a Damon como director), que firma el guion en tándem con John Krasinski (The Office), como ya hiciera con Ben Affleck para Will Hunting. Van Sant, Damon y Krasinski nos proponen una estimulante y, por qué no decirlo, moralizadora historia acerca de la práctica del fracking (fracturación hidráulica) y el poder de las grandes corporaciones sobre el pequeño negocio.

Dos representantes de una compañía de gas natural, Steve Butler (Damon) y Sue Thomason (Frances McDormand) visitan un pueblo rural de Pensilvania, y ejerciendo de vendedores puerta a puerta, tratan de convencer a los habitantes de que permitan el fracking en sus tierras, con la promesa de prosperidad, cambio e ingentes beneficios. Un profesor de la escuela y el representante de una organización ecológica (Krasinski) les pondrán la tarea muy difícil.

Tierra prometida es prácticamente un cuento de hadas, y así hay que tomársela si se pretende disfrutar de la propuesta. Seguramente el debate sobre la verosimilitud de la historia, o una posible crítica al panfletismo (sea del bando que sea) que practica, eclipsará lo verdaderamente importante de la película: que está ejemplarmente contada, realizada, interpretada y musicada. Tierra prometida es un producto impecable para salir del cine con la sensación de haber visto eso, cine.

Un lugar donde refugiarse (Safe Haven, Lasse Hallström, 2013)

Para saber exactamente lo que esperar de Un lugar donde refugiarse, solo hace falta echar un vistazo a su cartel. Estamos ante otra adaptación de una novela de Nicholas Sparks, escritor de El diario de Noa y La última canción (los tres pósters son prácticamente idénticos, buscadlos si no me creéis), otra película abiertamente orientada al público femenino que consume este tipo de productos -sin ir más lejos, hace un rato he visto un concurso en Facebook para promocionar la película cuyo premio era un set de maquillaje. Un lugar donde refugiarse viene firmada por Lasse Hallström, el anteriormente respetable director de cintas como Las normas de la casa de la sidra o Chocolat, que pone con esta película el último clavo en su féretro cinematográfico.

Un lugar donde refugiarse cuenta la historia de una mujer (Julianne Hough) que huye de la ley y va a parar a un pequeño pueblo costero, donde sus habitantes la reciben con los brazos abiertos, en especial un viudo (Josh Duhamel) con dos hijos, con el que inicia un idílico romance. Podéis imaginar exactamente cómo transcurre la película a partir de ahí: horribles baladas, escenas románticas bajo la lluvia…

No sabría cómo describir el horror que he sufrido viendo esta película. Me siento físicamente asaltado. Yo soy de los que piensan que El diario de Noa es una de las películas más sobrevaloradas de la historia, pero Un lugar donde refugiarse la convierte en una obra maestra. En mi intento de buscar el lado bueno de las cosas, mi intención era sugerir que los fans de Noa quizás encuentren algo disfrutable esta nueva adaptación de Sparks, sin embargo, me cuesta creerlo. Decir que es un telefilm barato es, además de evidente y trillado (será que no hay TV Movies mejores…), quedarse MUY corto. Por si la pastelosa historia de amor vista mil veces (y contada de la misma manera mil veces) no fuera suficiente, Un lugar donde refugiarse incorpora un desastroso factor thriller y un increíble (literalmente, para echarse las manos a la cabeza) giro sorpresa, que pasa de insultar al espectador directamente a abofetearlo.

Un été brûlant (Un verano ardiente) (Philippe Garrel, 2011)

Un verano ardiente nos devuelve a un Philippe Garrel completamente desganado y desinspirado con una irregular historia de amores que consumen y se consumen. Paul (Jérome Robart) inicia una amistad con Frédéric (Louis Garrel), un espíritu atormentado que está profunda y dependientemente enamorado de su esposa, una hermosa actriz de cine, Angèle (Monica Belluci). Frédéric invita a Paul y a su pareja, Élisabeth (Céline Sallette) a pasar un verano en Roma con él y su mujer. En el transcurso de las vacaciones (que no son tal cosa, porque estos personajes viven en un permanente estado de paseo por la vida), la relación entre Frédéric y Angéle se complica.

Salvan a la película de hundirse en el tedio más absoluto las interpretaciones de Louis Garrel (en un/otro papel hecho a su medida) y una Monica Belluci triste, desgarradora, espléndida y valiente, demostrando que aunque su carrera cinematográfica siga girando en torno a su belleza, es capaz de construir personajes verdaderamente complejos. De no ser por ellos dos, Un été brûlant no tendría razón de ser o existir.

Nana (Valérie Massadian, 2011)

Primitiva y salvaje en el sentido más precioso y puro de la palabra, es decir, “donde viven los niños”. Nana se presta a ser llamada “cuento” o “fábula“, pero es mucho más que eso. Es una mirada a la niñez descontaminada y sincera, temeraria y naturalista. Un sueño de regresión, donde lo perturbador es mágico y el mundo es un lugar posible de abarcar, entender y reinar por una niña de 4 años. Es mejor no entrar demasiado en detalle sobre lo que ocurre en esta película, puesto que su experiencia trasciende cualquier tipo de concreción y no hay tal cosa como un argumento que pueda resumirla.

La realizadora de Nana, Valérie Massadian, escribió una “Carta a Kelyna” (la magnífica niña protagonista) después de la finalización de la película, para la que vivieron juntas, experimentando el campo y la vida, durante cinco meses. Os dejo con algunas de las palabras que Massadian dedicó a Kelyna: “Esta película existe porque tú habitas donde yo me siento fuerte, en un pequeño pueblo donde la tierra se nos mete en las uñas y los hombres todavía se paran a mirar. Hemos intercambiado secretos, nos hemos conocido poco a poco. Aprendí tu manera de mirar las cosas, tu mirada, tu cuerpo, el tiempo que se expande en tus movimientos, tu locura, y tú hiciste lo mismo conmigo. Filmar contigo ha sido como bailar contigo. […] Nuestra película, Kelyna, se parece a las películas antiguas, a los antiguos cuentos para niños, simples y un poco crueles. Yo pienso las películas como gestos de amor, de mí a ti, de ti a mí, de nosotros a otros. Ahora hay que ofrecérsela a los demás”.

On the Road (En la carretera) (Walter Salles, 2012)

“¿Quiénes somos? Yo sé que tengo 23 años. Sé que dependo económicamente de mis amigos y de mi familia. Y sé que no hay oro al otro lado del arcoiris”.

Por regla general, una gran obra maestra de la literatura nunca generará una gran obra maestra del cine. Es el caso de On the Road, película de Walter Salles (Diarios de motocicleta) basada en la célebre novela de Jack Kerouac. Sin embargo, teniendo en cuenta la dificultad de trasladar al lenguaje cinematográfico una historia que se resiste a dejar las páginas del libro, Salles lleva a cabo un trabajo nada desdeñable.

En On the Road, el realizador brasileño capta con acierto la melancolía y la ausencia de propósito y rumbo de una juventud de los años 40 que se asemeja en muchos sentidos a nuestra querida generación perdida. Sal Paradise, Dean Moriarty, Marylou o Carlo Marx son los precursores de los protagonistas de GIRLS. Ambas generaciones se caracterizan por la vacuidad de sus existencias, por la búsqueda desesperada de una identidad, de las experiencias que permitan hallar algún propósito existencial, que ayuden a sentirse vivo. Pero también por el autoengaño y la renuncia a las responsabilidades. Nuestro trabajo es ser nosotros. En el camino nos perdemos, y en él nos encontramos.

On the Road es todo un trabajo de pasión, y un notable ejercicio cinematográfico. Además de un interesante catálogo de interpretaciones: desde una Kristen Stewart insólita hasta un excesivo y contundente Viggo Mortensen, pasando por una Amy Adams brillante a pesar de aparecer solo un minuto. Y sobre todo, un sorprendente y magnético Garrett Hedlund, la verdadera revelación de la película, y la razón por la que sería injusto ignorarla.