Muñeco diabólico: Chucky 2.0

Un amigo fiel y tú lo sabes… El tiempo pasará, lo nuestro no morirá… lo vas a ver, es mejor saber… ¡que hay un a-mi-go en míiii! ¡hay un a-mi-gooo en míiii! (dum-dum) ¡Hay un amigo en mí… HASTA EL FINAL.

La vorágine de reboots, remakes y spin-offs en la que nos encontramos ha provocado que curiosamente nuestros juguetes favoritos se encuentren en la cartelera a varias décadas del estreno de sus películas originales. Puede que queramos mucho a Buzz, Woody y compañía, pero en una pelea por el amor nuestro Andy interior nos vamos con el más cabroncete de la panda… y es que Chucky es pa’ siempre. Quizá sea por acojone o no, porque no existe ser viviente nacido en las décadas de los ochenta y noventa que no haya crecido aterrorizado por ese muñecajo. Puede que no hayas visto ni la película de origen, ni mucho menos ninguna de sus seis secuelas, pero seguro que has tenido más de una pesadilla en la que el maldito pelirrojo te perseguía con un cuchillo. Treinta años después del estreno de la cinta original y sin el beneplácito de su creador, Don Mancini, llega a nuestras pantallas la nueva Muñeco diabólico (Child’s Play), remake dirigido por Lars Klevberg (cineasta noruego curtido en el mundo del cortometraje) bajo la enseña de los productores del remake de terror más exitoso de los últimos tiempos, It.

El mundo ha cambiado mucho desde finales de los ochenta, pero lo que no se ha modificado ni un ápice son los esperpénticos sueldos de los trabajadores del sector servicios. Una realidad que lleva a Karen (Aubrey Plaza, Ingrid Goes West) a gañanear una unidad defectuosa del antiguo modelo Buddi para así alegrar a su hijo Andy (Gabriel Bateman, Nunca apagues la luz). Ni que decir tiene que el juguete recién llegado no es otro que Chucky, un asesino en serie despiadado… pero esta realizad cuenta con un giro bastante diferente al original que no desvelaremos. Lo que podría haberse convertido en un remake al uso de la primera entrega de Tom Holland (Noche de miedo), se convierte en una sorprendente comedia perversa y negrísima sobre nuestra era hipertecnológica, repleta de guiños, pero con personalidad propia.

La química existente entre Bateman y la dupla formada por Beatrice Kitsos (proveniente de iZombie y la infravalorada El exorcista) y Ty Consiglio (El Pájaro Loco: La película), así como los gags más burros protagonizados por Marlon Kazadi (Supergirl), hacen que la película se eleve mucho más de lo esperado, recordando en muchos momentos al humor y al ritmo de la cinta de culto británica Attack the Block. El notable nivel de las escenas de los chavales (una divertida pandilla que deja patente que los productores de It están detrás del film), hace que la participación de Aubrey Plaza parezca un poco deslucida, quedando bastante relegada a un segundo plano y dedicándose únicamente a soltar de vez en cuando alguno de sus famosos weird-one-liners que nos llevan enamorando desde los tiempos de Parks and Recreation.

Pero este Muñeco diabólico no vive solo de las risas, sino que la atmósfera general de la película y especialmente las escenas de los crímenes son completamente aterradoras, sabiendo captar a la perfección la absurda casquería de la saga original… y todo gracias a nuestro viejo amigo Chucky. El pavor creado entre el respetable por las primeras imágenes promocionales del muñeco se disipa al instante gracias a la inteligencia de Klevberg y Tyler Burton Smith al saber aprovechar al máximo esa nueva cara extremadamente creepy y expresiva del nuevo muñeco. Todo un acierto esta diferenciación, que distancia a este Chucky 2019 de la copia y lo convierte en un pariente cercano más que digno.

Otro triunfo ha sido la elección de la nueva voz de Chucky. Si vas a cometer el sacrilegio de prescindir de Brad Dourif (la voz del muñeco diabólico en todas las entregas y actor que además hemos podido disfrutar en clásicos como Alguien voló sobre el nido del cuco, la saga de El Señor de los Anillos o Deadwood), hazlo con el mejor, y el mejor no es otro que Mark Hamill. ¿Quién nos iba a decir que el sosaina de Luke Skywalker se iba a convertir en uno de los mejores actores de doblaje de nuestros tiempos? Tras sus icónicos Joker en el universo animado de DC y Skips de ‘Historias corrientes’, Hamill realiza un verdadero recital como Chucky. La decisión de optar por un tono más atolondrado e inocente que el original es bastante arriesgada, pero gracias a la maestría del actor se convierte en una verdadera genialidad y en la mejor baza de la película.

‘Muñeco diabólico’ es una película muy gamberra que actualiza el mito de Chucky de forma ingeniosa y sin tomarse demasiado en serio, invitándonos continuamente a reírnos con ella de sí misma… aunque como siempre que Chucky anda por las proximidades, nos llevemos unos cuántos sustos por el camino.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Nunca apagues la luz

Con las sagas Saw, InsidiousExpediente Warren, James Wan ha dado forma al terror comercial de hoy en día, y mientras él concentra sus esfuerzos actuales en el cine de acción (dirigió Fast & Furious 7 y está a cargo de Aquaman), deja que sus acólitos continúen su labor terrorífica. Lo comprobamos en Nunca apagues la luz (Lights Out), producida por el solicitado director australiano. Se trata del primer largometraje de David F. Sandberg, en el que el director (cuyo siguiente proyecto es Annabelle 2) convierte su propio corto viral de 2013 en una nueva cinta de terror estilizado con mimbres para saga. Es decir, Nunca apagues la luz lleva el sello Wan, que en este caso es lo mismo que decir que lleva el sello de cualquier cinta de miedo diseñada para multisalas.

Estamos ante otra historia de fantasmas con asuntos pendientes que atormentan a una familia y aterrorizan al respetable con mil y un sobresaltos atronadores. En este caso, la familia es el paradigma de lo disfuncional, lo que da pábulo al componente melodramático que últimamente tampoco puede faltar en el terror mainstream. Rebecca (Teresa Palmer) se fue de su casa hace años, huyendo de sus miedos de la niñez y de los problemas con su madre (Maria Bello), que sufre trastornos mentales desde muy joven. Cuando su hermano pequeño, Martin (Gabriel Bateman), experimenta los mismos sucesos inexplicables que ella cuando era pequeña, Rebecca revive su terrorífico pasado y decide proteger a su hermano de un ente aterrador que tiene una conexión muy estrecha con su madre.

Lo que hace que Nunca apagues la luz se desmarque del resto de títulos similares es lo que los angloparlantes llaman su “gimmick“, es decir, una particularidad o un truco que la define y (en un principio) la distingue de entre un mar de clones. En este caso, la gracia de la película es que su monstruo o fantasma solo puede verse y materializarse para atacar a sus víctimas en la oscuridad. Es decir, Diana, que es como se llama la dulce criatura, queda impedida por la luz, principal arma que los protagonistas usarán para defenderse de ella. Esto proporciona a Sandberg un campo de juego muy interesante, que desafortunadamente no aprovecha del todo. Sobre todo al principio, el truco de apagar y encender las luces una y otra vez hasta dar el susto de muerte resulta efectivo y deja un par de imágenes espeluznantes y momentos ingeniosos, pero a la larga no es suficiente para sostener una película que de base no tiene mucho más que ofrecer.

Donde Nunca apagues la luz sale más airosa es en la construcción de personajes y la labor interpretativa de su reparto (Palmer y Bello están estupendas). Aunque Rebecca y su familia no dejan de ser clichés a la altura del mismo misterio de siempre, al menos Sandberg se esfuerza por trabajar a sus protagonistas, algo en lo que la mayoría de películas de miedo actuales no destacan (y una de las características que ha hecho que Expediente Warren sea un éxito de público y crítica). Al hacer énfasis en la vulnerabilidad de una familia desintegrada y no caer en el esquema del slasher (donde las víctimas intercambiables van cayendo una a una), Nunca apagues la luz busca una conexión con el espectador que consigue por momentos (a pesar de ese niño insoportable, sobreactuado y empalagoso que demuestra la importancia de elegir bien a los actores infantiles). Sin embargo, aun con sus loables esfuerzos, Sandberg no puede evitar que su atractiva premisa se convierta en el enésimo cuento de miedo cortado exactamente por el mismo patrón de casi todas sus coetáneas, un déjà vu fílmico que bebe del J-Horror para construir otra película-casa del terror o mejor dicho, el equivalente cinematográfico a uno de esos vídeos con susto que se solían mandar por Whatsapp.

Nunca apagues la luz va por buen camino al concretar los demonios personales de la familia protagonista (como Babadook, pero más de diseño), mientras apela al miedo irracional a la oscuridad, a esa silueta que nos asusta y desaparece cuando encendemos la luz y, como Freddy Kruger, nos mantiene desvelados toda la noche. Sin embargo, en lugar de emplear estos interesantes elementos para crear un producto que de verdad se nos meta en la piel, cae en el convencionalismo del terror en cadena (que da mini-infartos, pero no miedo) y nos deja un film a medio cocer que sí, puede servir para pasar un rato, pero se olvida nada más terminar. Algo ha fallado cuando, la noche después de ver la película, uno no necesita encender la luz para dormir.

Pedro J. García

Nota: ★★½