Crónica de la Muestra Syfy 2016

Leticia Dolera Syfy

El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

Foto de Mara

El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

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La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: La visita

La visita

Érase una vez hace muchos años un director de cine hechizó al público con una historia sobre un niño que veía gente muerta. Se llamaba M. Night Shyamalan, y no tardó en convertirse en uno de los nombres propios más importantes del cine de Hollywood. Shyamalan siguió haciendo películas, pero el público respondía cada vez más desfavorablemente a sus propuestas, sintiéndose frecuentemente engañado y traicionado por él. El agotamiento de su fórmula y dos incursiones estrepitosas en el blockbuster de aventuras y ciencia ficción se saldaron con lo que parecía un billete de ida al ostracismo cinematográfico. El cuento de Shyamalan lo conocemos todos. Muchos dieron por finalizada su carrera después del batacazo de After Earth, pero el realizador de Filadelfia se ha negado a aceptar la derrota, escribiendo este año un nuevo capítulo en su historia. Y lo hace precisamente con uno (otro) de sus cuentos familiares, La visita (The Visit), una suerte de Hansel y Gretel retorcida que supone su sensacional regreso a la forma.

Para volver a encontrarse a sí mismo y llevar a cabo este comeback, Shyamalan ha tenido que sacrificar parte de su identidad artística (obviemos que ya se anuló a sí mismo con sus dos anteriores trabajos) y amoldarse a la nueva corriente comercial de terror norteamericano. La visita es una cinta de bajo presupuesto (seguramente no había otra opción para él) y reparto semi-desconocido con la que Shyamalan se aproxima al hastiado género del found-footage, asociándose con Blumhouse, la productora detrás de éxitos como Insidious o Paranormal Activity. Sin embargo, lejos de ser fagocitado por el formato, Shyamalan ha encontrado en él un vehículo idóneo para orquestar su retorno. Y es que La visita puede parecer a simple vista otra película más en la línea de los títulos mencionados (con sus sobresaltos, crujidos en la noche y visitas al sótano), pero no hay más que fijarse un poco para comprobar que en realidad lleva el sello personal de Shyamalan estampado en sus planos.

Al director de El bosque no solo le gusta contar historias, sino que también le gusta contar cómo cuenta esas historias. Con La visita, Shyamalan da rienda suelta a su predilección por la meta-narración, convirtiendo la película en un documental filmado cámara en mano por dos niños, una cineasta en ciernes, Becca (Olivia DeJonge), y su hermano pequeño, Tyler (Ed Oxenbould). De esta manera, Shyamalan esquiva atolladeros del tipo “¿por qué no dejan de grabar?” o “¿por qué encuadran tan bien mientras huyen de la muerte?”. Es una forma ingeniosa y práctica de darle la vuelta al “metraje encontrado” para poder dirigir y planificar a su antojo (con dos cámaras además), sin tener que marear al espectador por obligación. Becca quiere hacer una película, y Shyamalan se pone en su piel para ayudarle a sacarla adelante, pase lo que pase. Esta comunión entre personaje y director, en la que la protagonista se convierte en el demiurgo que explica su creación, da como resultado un trabajo muy interesante en el apartado visual que nos habla constantemente de cómo el cine da forma a la realidad utilizando las herramientas de la ficción. Y esa es una de las ideas que Shyamalan emplea para caracterizar y transformar a sus pequeños protagonistas, personajes con enjundia y trayectoria, interpretados por dos jóvenes actores fantásticos (Oxenbould ya apuntó maneras en Alexander y el día terrible…), que se distancian considerablemente de los arquetipos del found-footage.

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Sobre el argumento de La visita es mejor no profundizar demasiado. La premisa es simple pero muy solvente: Becca y Tyler viajan a Pensilvania para conocer a sus abuelos, que viven en una remota granja sin saber nada de su hija desde que un fatídico día se marchó de casa. Los hermanos se disponen a pasar una semana con ellos, pero durante la estancia empiezan a observar un comportamiento inquietante en los ancianos, especialmente en Nana, que actúa de forma particularmente extraña al caer la noche… Y bueno, el resto es mejor descubrirlo sobre la marcha, al compás de los hermanos. Porque La visita será mejor cuanto menos se sepa de ella. Y ya no únicamente por su giro final (importante y necesario en cualquier relato de suspense, no solo en el cine del autor en cuestión), sino por las retorcidas y espeluznantes sorpresas que nos esperan en el camino.

La visita es un cuento de miedo, pero también es una comedia negra. Se podría decir que ambas cosas por igual. Afortunadamente, Shyamalan tiene muy claro que la clave de los dos géneros reside en la sorpresa, y se ha empleado a fondo para tratar de desconcertar en todo momento tanto con los sustos (muy buenos y sin abusar) como con el humor, intentando no subordinar una cosa a otra. En ocasiones, el film recuerda al terror de Sam Raimi, cachondo, exagerado, sin temor a volverse un poco (o bastante) loco. Pero a diferencia del director de Arrástrame al infierno, Shyamalan evita adentrarse del todo en la senda de la parodia empleando abundantes dosis de mal rollo y terror psicológicoLa visita puede llegar a ser una experiencia muy enervante y aterradora gracias al excelente trabajo de cámara de Shyamalan (el mejor ejemplo es la secuencia del escondite), pero sobre todo por la espectral figura de Nana, interpretada por una espectacular Deanna Dunagan (sin desmerecer a Pop Pop, magnífico y turbador Peter McRobbie). La “adorable” abuelita de la casa de dulces promete acecharnos en nuestros subconscientes de ahora en adelante (yo ya he sufrido mi primera noche después de conocerla) tras protagonizar algunas de las escenas más escalofriantes del cine reciente.

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Aunque La visita supone el regreso de Shyamalan al terror, no es exactamente una vuelta a los orígenes. Lo que nos encontramos aquí es a un realizador de Hollywood acostumbrado a trabajar con presupuestos elevados y grandes estrellas convertido en un “director de género” realizando una pequeña (que no modesta) y extraña película de festival de cine fantástico. Esta transformación nos deja una obra inspirada y creativa, un film oscuro, divertido y sorprendentemente macabro con el que Shyamalan se reafirma en su cine, utilizando muchos de sus instrumentos habituales para edificar en un terreno diferente: el fuera de campo, el cuidado minimalismo visual, el manejo de las expectativas y el misterio, su detallismo en la puesta en escena y el guion (en ocasiones excesivo, como en la recta final, donde el afán por atar cabos y conectar guiños y bromas juega en su contra), y la repetición de algunos de sus temas recurrentes, como el aislamiento, la familia rota o la importancia de la figura del niño como agente del cambio en el adulto. Si La visita funciona tan bien es porque está contada a través de los ojos de dos niños (que por suerte no resultan insoportables), y saca partido de una idea muy potente, llevándola a un contexto de fábula enloquecida: lo que ocurre en el mundo de los adultos al anochecer, mientras los más pequeños están en la cama, y lo que estos podrían encontrarse si decidieran abrir la puerta de su habitación.

Valoración: ★★★★

Crítica: La Pirámide

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Avalada por el nombre de Alexandre Aja (Alta tensión, Las colinas tienen ojos), La Pirámide (The Pyramid) supone el debut en la dirección de uno de sus colaboradores habituales, Grégory Levasseur, guionista, productor y director de segunda unidad de muchas de las películas del realizador parisino. Levasseur se estrena con una de esas películas de medianoche que se pueden ver (y con la actitud predispuesta, hasta disfrutar) en festivales de cine fantástico, un film de muy bajo presupuesto en el que salta a la vista la escasez de medios, pero sobre todo, la sequía de ideas con la que se ha realizado.

En La Pirámide, un grupo de arqueólogos liderados por dos rostros televisivos, un padre (el siempre efectivo Denis O’Hare) y una hija (Ashley Hinshaw, vista en True Blood, Agent Carter y próximamente en True Detective), trabaja en un hallazgo histórico, el descubrimiento de una pirámide enterrada que podría datar de una fecha incluso anterior a las demás construcciones egipcias. Haciendo caso omiso a las autoridades del lugar y antes de levantar el campamento tras la cancelación del proyecto desde más arriba, el equipo se adentra en la pirámide para recuperar un robot explorador que ha sido atacado por un “animal” dentro, excusa perfecta para indagar en sus cámaras y pasadizos ellos mismos (no importan las advertencias, que haya una bestia salvaje dentro y que un poco antes un gas misterioso salido de la pirámide casi se cargue a un compañero, pero amigos, es que como diría mi madre, “si no, no hay película”). Una vez dentro, pierden de vista la salida y quedan atrapados, enfrentándose a las trampas mortales de la pirámide, y a una criatura monstruosa que los acecha para llevar a cabo una maldición milenaria. Vosotros os lo habéis buscado, lumbreras.

La pirámideRodada en parte al estilo del found footageLa pirámide ofrece la enésima razón para que el cine de terror abandone de una vez este formato narrativo. La película nos da (sin que lo pidamos) constantes explicaciones y excusas sobre la naturaleza de la grabación y se asegura de cubrir los habituales agujeros del “metraje encontrado” (las baterías, la razón para no dejar de grabar, etc). Pero todo es en vano. Con esto, lo único que consigue es que nos fijemos más en las incongruencias de la historia (algo que, señores Levasseur y Aja, les importa más a ustedes que a nosotros), la principal: que los planos no tienen coherencia con el uso de las cámaras en la película, y que ¡hay una cámara en tercera persona que anula por completo la razón de ser del found footage! ¿Por qué meterse en camisa de once varas con el tema de las cámaras si nos vas a enseñar lo que se te antoje sin importar si lo han grabado los personajes o no?

La Pirámide transcurre a base de topicazos del género, pero este no su principal problema (¿qué película de estas características no lo hace?). Los personajes son insoportablemente irritantes (la periodista se lleva la palma) y su comportamiento pondrá de los nervios hasta al más sereno (esta es una de esas películas en las que uno no se lo pasa bien advirtiendo a los personajes y simplemente espera a que todos mueran cuanto antes), los absurdos diálogos son repetitivos hasta el paroxismo (el guión es una iteración continua del esquema “Arqueólogo escupe datos históricos sobre la pirámide” + “Compañero dice ‘gracias por la lección de historia, pero tenemos que encontrar una salida'”), y los efectos digitales son para echarse a llorar, dignos de 1992. Por todo esto, el terror es prácticamente inexistente (más allá de los sustos traicioneros de rigor) y la sensación de claustrofobia que parece prometernos la película al principio se desvanece por completo (si queréis cine de terror claustrofóbico, echad un vistazo a la española La cueva), para acabar sepultada en el ridículo total durante su lamentable recta final.

En definitiva, La pirámide es una película que es serie B sin estar claro si quiere serlo, única y remotamente recomendable para reírse de ella en una sesión golfa con amigos. Y ni eso.

Valoración: ★

Crítica: Project Almanac

PROJECT ALMANAC

En Project Almanac, David Raskin (Jonny Weston), nerd de elevado cociente intelectual, socialmente inadaptado y (cómo no) con aspecto de modelo de Abercrombie & Fitch, encuentra junto a su hermana la cámara de vídeo de su difunto padre en el ático. En ella hay una grabación del día de su séptimo cumpleaños, donde David se descubre a sí mismo (o sea, a su yo del presente) reflejado en un espejo. Es la primera pista que le llevará a desempolvar un proyecto secreto del gobierno en el que su padre había estado trabajando antes de morir: una máquina del tiempo. Junto a sus dos mejores amigos, cerebritos pringaos, su hermana (un ente rubio sin personalidad) y la chica de sus sueños (que pasaba por ahí), el muchacho forma una suerte de “Club de los cinco” (en realidad son más “El club de los incomprendidos“) con el que logra poner en funcionamiento el dispositivo. El potencial de la máquina es ilimitado, y los chicos la usan como todos lo haríamos, claro está: tras descartar el asesinato de Hitler (chiste obligado), ganar la lotería, hacer cara a sus bullies, irse a desfasar a un festival de música, ser popular en el insti y conseguir que la chica se enamore de ti. Sin embargo, con cada aventura en el pasado van alterando el presente, hasta que el efecto mariposa desemboca en tragedias personales y a escala mundial.

Project Almanac posterAl igual que Ouija es “terror” para treceañeros, Project Almanac es “ciencia ficción” para la nueva generación MTV (cadena que produce el film). Dean Israelite, el realizador de la cinta, nos propone junto a los productores Brad Fuller (los remakes de La matanza de TexasViernes 13Ninja Turtles, la mencionada Ouija) y Michael Bay (sobran las presentaciones) una actualización del cine de viajes en el tiempo que amasa los tópicos recurrentes del género junto a los ingredientes artificiales de la nueva ola de ficción televisiva de la ex Cadena Musical. Es decir, aventuras clásicas, paradojas temporales, chicos guapos de catálogo de surf, chicas en bikini y shorts estranguladores aullando cachondas, espíritu y estética Spring Breakers, product placement (no falla el insólito plano de cierta bebida energética amiga de la cadena) y un falso halo de autoconsciencia e ingenio que pretende que nos la tomemos más en serio de lo que se merece (a lo Teen Wolf). Vamos, que durante todo su metraje Project Almanac se esfuerza en parecer lista, pero no puede ocultar la evidencia: será muy guapa y resultona, pero es tonta de remate.

Por esto, Project Almanac supone una oportunidad perdida. Tenía todo lo que hacía falta para postar como nuevo clásico de culto teen, pero se pierde en incontables agujeros narrativos y se autoboicotea recurriendo al hastiado estilo found footage en un intento de emular a Chronicle (2012) -la película busca desesperadamente motivos para que sus personajes sigan grabando pero no repara en que las escenas grabadas con un solo móvil no deberían tener montaje plano-contraplano. Cuando los protagonistas empiezan a construir la máquina del tiempo, se suceden las escenas sin sentido y la irrisorias explicaciones científicas a medias tintas. Pero da igual, antes de que nos empecemos a plantear de verdad lo pobremente hilado que está todo, la fiesta nos interrumpe, y nos damos cuenta de que el film no aspira a otra cosa más que a embelesar al adolescente salidorro con ganas de Lollapalooza (festival donde el film no le importa perder el tiempo). Para ello, Project Almanac incurre entre otras cosas en el sexismo más lamentable: ellos son los genios que aspiran a entrar en la universidad y obtener la gloria profesional, los que llevan la voz cantante en el proyecto mientras ellas se conforman con estar buenas, ser objetos de deseo y sujetar la cámara (literalmente, la hermana solo se pone delante de ella para enseñar cacho). Nada de esto nos sorprende teniendo en cuenta los distinguidos nombres que hay tras el proyecto, pero nos apena ver cómo lo que empieza como una más que decente y entretenida película de aventuras, que acaba convirtiéndose en otro Red Bull audiovisual.

Valoración: ★★

Crítica: La cueva

La cueva Eva García Vacas

Si tenéis claustrofobia, os van a dar por culo” se puede oír al comienzo de La cueva, segundo largometraje de Alfredo Montero, tras Niñ@s (2006). Se lo dice entre risas uno de los protagonistas al resto de sus compañeros de viaje, al adentrarse todos en la cueva que ha descubierto junto a la desierta playa de Formentera donde han ido a pasar unas idílicas vacaciones. Sin embargo, no hay duda de que esa frase hace también las veces de disclaimer, un aviso para espectadores claustrofóbicos, hipertensos y aprensivos en general, que lo van a pasar tan mal con esta película como los mismos protagonistas (y los actores) una vez descubran que se han perdido dentro.

La cueva es una acongojante pesadilla espeleológica cuya mayor baza reside en el crudo realismo de lo que tenemos ante la pantalla. Aquí no hay trucos que valgan. La cueva es una localización real, nada de estudios. Se trata de un laberinto de roca cortante, estalactitas, túneles angostos, techos bajos y oscuridad total que pone a prueba los límites de la ficción, y más aún el aguante de unos intérpretes que, una vez metidos ahí dentro, rara vez tienen que actuar de verdad. El compromiso del equipo con la película es tal que, a medida que la pesadilla se desata, ya no podemos hablar de La cueva como una película, sino como una locura extrema hecha cine.

Rodada al estilo found-footageLa cueva recuerda a muchas películas del género en su búsqueda de un nuevo lenguaje del terror, pero va más allá que cualquiera de ellas al no recrear el peligro, sino documentarlo de verdad. Hay una escena en la que uno de los personajes se lanza a un agujero que conecta con el mar, y el fuerte oleaje se lo lleva y lo precipita varias veces contra las rocas. Sabemos que no hay dobles, y que lo que estamos viendo es lo que ocurrió de verdad. Esto hace que la técnica del metraje La cueva pósterencontrado resulte especialmente efectiva, a pesar de las muchas ocasiones en las que se desafía la credulidad del espectador y nos obliga a plantearnos las típicas preguntas que son el eterno sambenito del género. Para empezar, ¿por qué estos cinco jóvenes se adentran en la cueva bien provistos de pilas, baterías para la cámara y cargadores si no es para justificar lo que (ellos no saben que) va a ocurrir, y luego no son capaces de tomar precauciones para no perderse? ¿Por qué Begoña (Eva García Vacas) entra en la cueva si es la aguafiestas que no quiere hacer nada y encima está convaleciente? Y el clásico ¿por qué no se deja de grabar en ningún momento? Claro que, si se desea vivir la experiencia al máximo, debemos pasar por alto estas cuestiones.

La mayor parte del tiempo, la imprevisibilidad de esta excelente localización natural brinda mil y una posibilidades que probablemente no estaban en el guión, lo que propicia algunas de las escenas más impactantes que hemos visto en el terror patrio en mucho tiempo -este film es un ejemplo de la buena salud que disfruta. Sin embargo, hay veces que esto se vuelve contra el proyecto, que a ratos parece ir a ciegas, confiando únicamente en la geografía de la cueva para conducir la historia, hasta que no queda más remedio que introducir el giro que dé lugar al desenlace. Un giro que se antoja algo abrupto y efectista, y que evidencia las mayores carencias del guión: unos diálogos muy artificiales que contrastan fuertemente con el naturalismo de la propuesta. Aun con todo, este clímax de alienación, persecución y supervivencia a toda costa desata una recta final de infarto, en la que Montero ya sí pone en marcha la maquinaria fantástica y recurre a los trucos más fiables del género para asustar al espectador.

Sin embargo, el terror de La cueva prescinde por completo del elemento sobrenatural, y precisamente esto es lo que la convierte en una experiencia tan angustiosa. Montero se adentra en las profundidades del miedo y encuentra al monstruo de la película en el interior de sus propios personajes, dando como resultado una cinta de terror única en su especie que nos obliga a vivir la asfixiante pesadilla de sus personajes en primera persona. Una vez fuera de La cueva, tras compartir la histeria (atención al dolor auténtico de García Vacas) y los ataques de ansiedad de estos jóvenes incautos, recuperamos el aliento y buscamos desesperadamente la luz para asegurarnos de que estamos a salvo.

Valoración: ★★★½