Crítica: Rogue One – Una historia de Star Wars

Cuando aún no nos hemos recuperado del Episodio VII, el ya de por sí inabarcable universo de Star Wars se expande con el primer spin-off de la saga creada por George LucasRogue One: Una historia de Star Wars. Con esta nueva aventura, Disney y LucasFilm inician una serie de películas dedicadas a explorar otros rincones de la galaxia, dar a conocer a nuevos personajes, contar los orígenes de otros más familiares o rellenar los huecos cronológicos entre los episodios de las trilogías centrales. Con las historias de Star Wars, además, se pretende dar una oportunidad a nuevos cineastas para que realicen su aportación al legado de Star Wars, como Gareth Edwards (director de la espectacular aunque vacía Godzilla), que con Rogue One es el primero en coger las riendas de estas nuevas películas independientes de la saga.

J.J. Abrams logró reproducir el espíritu de las Star Wars originales con El despertar de la fuerza, una película que revisitaba el esquema de la primera Guerra de las Galaxias para presentarnos a un nuevo plantel de personajes de los que nos enamoramos al instante. Rogue One es algo diferente. Es puro Star Wars, pero a la vez se desmarca claramente de las películas principales, con un tono mucho más frío y oscuro y un planteamiento autoconclusivo. La película se remonta muy atrás en el tiempo, para situarse entre las dos primeras trilogías y ejercer como precuela directa de Una nueva esperanzaRogue One narra la historia de un improbable grupo de héroes de la Alianza Rebelde que emprende una misión imposible para robar los planos de la Estrella de la Muerte, el arma de destrucción masiva definitiva que ha desarrollado el Imperio con la ayuda de un brillante científico, Galen Erso (Mads Mikkelsen). Liderados por la hija de Galen, Jyn Erso (Felicity Jones), esta banda de inadaptados, solitarios y rebeldes improvisará un plan para infiltrarse en el planeta donde se esconden los planos y retransmitirlos a sus aliados, cueste lo que cueste.

Como si de una cinta bélica se tratase, Rogue One celebra las hazañas de los héroes anónimos que lo dieron todo para luchar contra el Imperio, y cuyas acciones fueron clave para el desarrollo de la guerra posterior. A partir de esta premisa, Edwards ha llevado a cabo una más que eficaz película en la que se vuelve a respirar el espíritu de la saga en cada plano, recurriendo a las mismas técnicas que Abrams usó en el Episodio VII -principalmente esa fotografía polvorienta y la recuperación de los efectos tradicionales, las armaduras reales y los animatronics, que se mezclan con el CGI más puntero (personajes humanos enteramente realizados por ordenador incluidos) para ofrecernos lo mejor del pasado y el presente de Star Wars. Pero a la vez, se respira aire novedoso, con un mayor énfasis en la acción pura y menos en la fantasía. Todo sin olvidar las numerosas conexiones y referencias a los Episodios (la participación de Darth Vader, sobre todo al final, es escalofriante), que hacen que sintamos en todo momento que estamos viendo una película 100% Star Wars, y no un producto derivado.

Sin embargo, Rogue One tiene sus problemas. La primera mitad se dedica a disponer las piezas de la historia, repartidas a lo largo y ancho de la galaxia, y la fragmentación que esto conlleva hace que a la película le cueste coger el ritmo. Los personajes no llegan a tener apenas profundidad, lo que hace que conectar con su historia sea más difícil. El humor chirría en ocasiones, y algunos chistes metidos con calzador no funcionan. Y el reparto, aunque sólido en general, tiene unos cuantos eslabones débiles que están a punto de estropear la función: Diego Luna, plano e inexpresivo, no consigue conectar del todo con Felicity Jones, cuando se supone que la relación entre Cassian y Jyn es uno de los núcleos emocionales de la película. Alan Tudyk pone voz a K-2SO, nuevo androide ideado para ser el alivio cómico que no es ni de lejos el robaescenas que creían tener entre manos (tiene momentos divertidos, no se puede negar, pero hay otros en los que roza el jarjarbinksismo). Y por último, Forest Whitaker, que está sencillamente ridículo.

Por el lado bueno, Jones compensa las carencias del reparto aportando la emoción que hace falta. Su personaje no es precisamente el colmo de lo complejo, pero la interpretación de la británica, silenciosa e intensa, es el pegamento que mantiene unidas todas las piezas (Jyn es líder, fuerza motivadora y amiga). Además, hay que destacar al resto de secundarios, que sí están a la altura, como los talentosos Mads Mikkelsen, Riz Ahmed y Ben Mendelsohn, que lo borda como el ambicioso villano de la película, y el dúo formado por Jiang Wen y Donnie Yen, que tienen muchas papeletas para convertirse en los nuevos favoritos del fandom.

Como decía, a la película le cuesta coger impulso. Durante la primera hora, la presentación y exposición narrativa puede resultar algo monótona, a lo que contribuye una fotografía más oscura (no apta para 3D) y unos personajes poco definidos. Sin embargo, una vez reunida la banda de Erso y tomada la decisión de robar los planos de la Estrella de la Muerte (con lo que la película se convierte en una heist movie), Rogue One despega. Y de qué manera. Cuando llega el último tercio nos damos cuenta de que la espera ha merecido la pena y la paciencia tiene su recompensa. Decir que el acto final de Rogue One es espectacular es quedarse corto. Este intensísimo clímax de media hora es de lo más impresionante que se ha visto en la saga, y en cualquier superproducción, un brutal despliegue visual y sonoro (con otro gran score de Michael Giacchino, continuador del maestro John Williams) que nos sumerge en una trepidante batalla a plena luz del día (genial contraste con el resto de la película). Pero no solo eso, sino que el tramo final también añade toda la humanidad que los personajes y el espectador necesitábamos para afrontar el desenlace. Bien está lo que bien acaba.

A pesar de su indudable cualidad épica, sus increíbles imágenes y secuencias espaciales, y sus potentes set pieces (todo lo que esperamos de Star Wars), Rogue One está lejos de ser perfecta. Sin embargo, su desarrollo in crescendo y su gran colofón hacen que salgamos del cine con muy buen sabor de boca, con la adrenalina disparada y la sensación de haber asistido a otra gran aventura de Star Wars, a lo que se añade ese mensaje de unión y esperanza que tan bien nos viene en estos momentos. Quizá sea una de esas películas que gane con los visionados o puede que solo sea una buena película de acción, que tampoco está mal. En cualquier caso, está claro que son buenos tiempos para ser fan de Star Wars.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Un monstruo viene a verme

[Esta entrada puede contener spoilers de la película]

Antes de ponerse al frente de uno de los blockbusters más importantes de la próxima temporada, la segunda parte de Jurassic World, el barcelonés J.A. Bayona quiere dejar cerrado y con un lazo bien puesto lo que comenzó en 2007 con El orfanato y continuó en 2012 con Lo imposible. Su nueva película, Un monstruo viene a verme (A Monster Calls), pone punto y final a su personal trilogía sobre la relación madre-hijo (nada que ver con la Trilogía de las Madres de Dario Argento), para lo que vuelve a contar con la mayor parte del equipo con el que trabajó en las dos películas que lo han encumbrado como “cineasta artesano” y lo han convertido en uno de los directores españoles más solicitados y prominentes del momento.

Basada en el libro homónimo de Patrick Ness, que fue seleccionado como mejor novela del año para jóvenes en el Reino Unido, Un monstruo viene a verme narra la historia de Conor (Lewis MacDougall), un retraído niño de 12 años que debe hacer frente a la enfermedad de su madre (Felicity Jones), un cáncer que amenaza con llevársela de su lado para siempre. Las visitas de la abuela de Conor (Sigourney Weaver) y de su padre (Toby Kebbell) ante la recaída de la madre obligan al pequeño a enfrentarse a sus propios miedos e incertidumbres, y a reevaluar su relación con los tres y con sí mismo. Para ayudarle a comprender mejor su dolor, Conor recibe la visita de un monstruo gigante con forma de árbol antropomorfo que aparece exactamente a las 12:07. El Monstruo (magnífico Liam Neeson) advierte a Conor de que volverá hasta que le haya contado tres cuentos, tras los cuales él tendrá que narrarle su propia historia, es decir, su verdad.

Un monstruo viene a verme nos presenta a un Bayona spielbergizado casi al completo, un director interesado en retratar el asombro de la infancia ante lo maravilloso e irreal, y también el miedo ante lo desconocido. Sin embargo, el director catalán pone una suerte de muro entre dimensiones, asegurándose de que la fantasía se quede al otro lado. Bayona está interesado en explorar lo fantástico únicamente en relación al drama real que sacude a Conor y su familia. Es decir, el Monstruo es imaginario, una manifestación de su ira y dolor que representa a ese ser irrefrenable que todos llevamos dentro y necesitamos desatar de vez en cuando. Por eso, a pesar de contar con una criatura fantástica y elementos de cuentos de hadas y aventura épicaUn monstruo viene a verme es ante todo un melodrama psicológico acerca del proceso mental de un niño ante la idea de perder a su madre, sobre “un chico demasiado mayor para ser niño y demasiado joven para ser hombre” que aprende una de las grandes verdades que le ayudarán a crecer.

Para explorar el paisaje emocional de Conor, en el que tienen lugar sus “aventuras” junto al Monstruo, Bayona realiza un gran despliegue técnico, en el que recurre a la técnica de la captura del movimiento para dar vida al Monstruo. No obstante, el resultado es irregular: el Monstruo es una creación digital sobresaliente, pero puede resultar… eso, demasiado digital, y por tanto generar sensación de falsedad (y no me lo justifica que no esté ahí en realidad). Dejando esto a un lado, la presencia de esta enorme criatura arbórea (como han señalado muchos, una versión más grave e imponente de Groot de Guardianes de la Galaxia) y su relación con el protagonista recuerda a tantas otras aventuras fílmicas centradas en la amistad de un niño con un monstruo o gigante (títulos como El gigante de hierro, Donde viven los monstruos, o las recientes Mi amigo el gigante Peter y el dragón). Sin embargo, en Un monstruo viene a verme, la conexión emocional entre monstruo y niño es, a priori, mucho más estrecha e indivisible (este está en su cabeza), pero también más forzada y dolorosamente obvia.

Y he aquí uno de los problemas de Un monstruo viene a verme, que la sutileza no es precisamente su fuerte. Viniendo del creador de Lo imposible, una de las películas más abiertamente manipuladoras de los últimos años (y que conste que a mí me parece un gran trabajo cinematográfico, pero reconozco que hay pocas obras que zarandeen más al espectador para forzarle a sentir), y teniendo en cuenta el tema que trata, no es de extrañar que Un monstruo viene a verme esté tan hecha para emocionar, para provocar el llanto y la congoja por todos los medios. Esto no sería muy grave si los sentimientos que ponen en marcha esta máquina fuerza-lágrimas fueran genuinos, pero ahí es donde falla principalmente la película. Sus formas son casi inmejorables y sus actores están espléndidos (todos, pero principalmente MacDougall, que transmite las emociones más reales de la película), pero su fondo está mucho más hueco de lo que cree.

Bayona maneja unas cuantas ideas interesantes, sobre todo en lo que respecta a la importancia de las historias en nuestra vida (las moralejas no siempre son idílicas) y a la necesidad de escuchar esa voz horrible que aplacamos por miedo a parecer monstruos, y que es precisamente lo que nos hace humanos. Se trata de una conclusión liberadora muy similar a la de Inside Out, que nos hablaba de cómo la tristeza es tan importante como la felicidad y el resto de emociones en el proceso de crecimiento del niño. Pero es una pena que el director no confíe demasiado en la inteligencia del espectador y necesite dárselo todo tan mascado: la razón de la personalidad problemática de Conor, la relación entre los cuentos del monstruo y la experiencia familiar del niño (secuencias de animación algo pesadas a las que les falta una nota a pie de pantalla para explicarlo todo aun más claro), la naturaleza del Monstruo en relación a la psique del protagonista y su madre… En definitiva, Un monstruo viene a verme es una película bonita a todas luces, técnicamente impecable, y deja patente una vez más que Bayona tiene un enorme don para lo visual, lo que pasa es que está tan, tan confeccionada para tocar la fibra, tan sobre-explicada y sobre-trabajada, que puede transmitir lo contrario a lo deseado: simpleza, artificio y frialdad.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Una historia real

James Franco Una historia real

En Una historia real (True Story), Michael Finkel (Jonah Hill), reportero en alza del New York Times, es automáticamente despedido y desacreditado después de publicar un reportaje falseado. Como consecuencia, Finkel decide autoexiliarse obligadamente a su Montana natal, donde vive su esposa, Jill (Felicity Jones). Desde allí tratará por todos los medios de encontrar un modo de volver a ejercer su profesión, pero el descrédito le precede y ningún medio está dispuesto a tenderle una mano. Cuando su carrera parece acabada, una llamada de teléfono lo cambia todo. Desde prisión, Christian Longo (James Franco), un hombre acusado de asesinar a su mujer y tres hijos, ofrece a Finkel contarle su historia mientras espera su juicio, con la idea de publicar un libro después del veredicto.

Finkel acepta escuchar la historia de Longo, que, tras haberse apropiado de su identidad para huir de la policía, le confiesa ser un ferviente admirador de su trabajo periodístico. A pesar de que pone en peligro la ya de por sí frágil relación con su mujer, el periodista centra todos sus esfuerzos en tratar de adentrarse en la mente del presunto asesino a través de sus conversaciones y de las cartas que este le envía desde prisión. El caso de Longo consume por completo a Finkel, que se ve atrapado por la personalidad enigmática y evasiva del acusado, un hombre extraordinariamente difícil de descifrar que parece estar utilizando al periodista, aunque no esté claro para qué. Longo ofrece detalles de su vida y de la noche del supuesto homicidio a cambio de lecciones de periodismo, lo que conduce a una intensa relación entre ambos hombres que se transforma gradualmente en un juego psicológico en el que no parece haber forma de encontrar la verdad sobre Longo.

Una Historia Real_PosterUna historia real está basada en el libro del Michael Finkel verdadero y supone el debut en el largometraje del director de teatro Rupert Goold. Llama la atención en un drama tan severo como este la presencia de dos de los rostros más reconocibles de la comedia norteamericana actual, James Franco y Jonah Hill (que han trabajado juntos en varias películas). Ambos actores ya han demostrado que tienen su lado serio (Franco sigue desorientando, empeñado en cultivar su imagen de artista del Renacimiento, y Hill tiene una nominación al Oscar por El lobo de Wall Street), pero verlos juntos en un contexto dramático como este resulta desorientador cuanto menos. Sin embargo, Franco y Hill no son los responsables de que Una historia real no termine de tomar forma. Ellos llevan a cabo un trabajo más que correcto y logran aparcar con éxito su imagen de cómicos fumados, pero el material no es lo suficientemente interesante, lo cual es muy significativo, teniendo en cuenta los escalofriantes acontecimientos reales que narra.

El trabajo de Goold es preciso e inteligente, pero el director decide aproximarse a la historia desde un prisma excesivamente analítico y desapasionado, lo que se vuelve en su contra. La relación que se establece entre los dos protagonistas no es tan profunda como cabría esperar, y aunque el director (y co-guionista) se empeñe en que pensemos lo contrario, faltan capas en la historia y una mayor gradación psicológica en sus diálogos. Mientras trata de plasmar la naturaleza esquiva de la verdad, a Woold se le olvida insuflarle vida al relato, que solo parece despertar en una soberbia escena protagonizada por Felicity Jones al final de la película. Desafortunadamente, es una secuencia aislada. Por lo demás, Una historia real se queda en la superficie de un perturbador misterio que pedía un acercamiento más visceral y arriesgado.

Valoración: ★★½

Crítica: La teoría del todo

theory of everything

Basada en el libro de memorias de Jane Hawking, titulado Hacia el infinitoLa teoría del todo (The Theory of Everything) es un recorrido por la vida del célebre astrofísico Stephen Hawking. La historia parte de la década de los 60, cuando Stephen y su entonces futura mujer, Jane Wilde, se conocieron y enamoraron en la Universidad de Cambridge, donde ambos estudiaban (él Cosmología, ella Arte). El brillante futuro de Stephen se tornaba oscuro cuando a los 21 años se le diagnosticaba esclerosis lateral amiotrófica (ELA, el mal de Lou Gehrig), enfermedad degenerativa que le haría perder paulatinamente su control neuromuscular. A pesar de que los médicos le dieron apenas un par de años de vida, Stephen sobrevivió, y gracias al apoyo incondicional de su mujer, continuó desarrollando su tesis en física para Cambridge, el punto de partida de un influyente cuerpo teórico que le llevó a ser proclamado el sucesor de Einstein.

Claro que los logros de Hawking en el campo de la astrofísica son por todos conocidos. Si bien el film nos muestra el proceso de pensamiento de Hawking mientras desarrollaba su teoría unificadora (una hipotética ecuación única que diese respuesta a todas las preguntas fundamentales del universo), La teoría del todo no profundiza excesivamente en ello, sino que hace sobre todo hincapié en la historia de amor del matrimonio, así como en la labor de la gran mujer detrás del gran hombre. Jane permanece junto a Stephen en cada paso de su lucha contra/vida con la enfermedad, La teoría del todo pósterrelegando a segundo plano su propia investigación doctoral (en poesía medieval española) para hacerse cargo de él y formar una familia con tres niños. Lo que sí hace el guión de Anthony McCarten es aunar las sensibilidades científica y artística del matrimonio, hallando la poesía en la ciencia y viceversa, en busca de una propia teoría unificadora que llega, aunque no de manera tan explícita, a la misma conclusión que la reciente Interstellar: la respuesta a la ecuación es el amor. Claro que en esta ocasión no se trata de un amor metafísico, sino de uno más poderoso y real, casi cuantificable, un amor puesto a prueba y abatido por las caprichosas adversidades de la vida y el universo.

La teoría del todo no pasa de puntillas por los episodios sentimentales más farragosos de los Hawking, sino que los explora con franqueza para que entendamos en todo momento a ambos personajes y aceptemos lo que ocurre entre ellos en la etapa final de su relación. Y lo más loable es que lo hace evitando en todo momento el amarillismo, con suma elegancia y respeto. La película de James Marsh halla un equilibrio perfecto, casi matemático, entre lo cerebral y lo emotivo, indagando en la intimidad de la pareja sin caer en ningún momento en las redes del telefilm a las que se exponen los biopics de este tipo. Todos los aspectos del film contribuyen a ese equilibrio, especialmente la preciosa música de Jóhann Jóhansson, que como la película en sí, se las arregla para conmover sin ser nunca manipuladora o sentimentaloide. Pero sin lugar a dudas, lo que hace que La teoría del todo sobresalga por encima de cualquier película biográfica es la prodigiosa interpretación de sus dos protagonistas. Eddie Redmayne nos deja impresionados no solo por su capacidad de mímesis y resistencia, sino por haber logrado que su apabullante transformación física no entierre los matices más sutiles de su trabajo. Y Felicity Jones deslumbra mientras aguanta estoicamente el peso de la historia durante gran parte del metraje, demostrando su poder para desvelar la respuesta a todas las preguntas de la película en la mirada.

Valoración: ★★★★

Crítica: The Invisible Woman

The Invisible Woman

Después de su debut en la dirección con Coriolano (2011), desapercibida adaptación de la obra de William Shakespeare, Ralph Fiennes se vuelve a sentar en la silla del director para filmar otra película relacionada con otro de los grandes autores de la literatura universal, Charles Dickens. Sin embargo, The Invisible Woman no adapta una obra del novelista inglés, sino la biografía homónima escrita por Claire Tomalin en 1990 sobre Ellen Ternan, la mujer que pasó junto a Dickens los últimos años de la vida del escritor, en secreto.

The Invisible Woman podría catalogarse como biopic, aunque su carga poética, y el hecho de que el peso del relato recaiga sobre la otra mujer, la acercan más bien al drama íntimo, y la distancian (afortunadamente) de la corriente actual de biografías sobre grandes personalidades de la historia. Además de dirigir el film, Fiennes se reserva el papel de Dickens, apenas dos años después de haber dado vida a uno de sus personajes, Magwitch, en la enésima adaptación de Grandes esperanzas (Mike Newell, 2012). Con su vívida y carismática interpretación de autor británico, recuperamos al gran actor que conocimos en los 90, el mismo año que lo hemos visto revitalizando su carrera con otra gran actuación en El gran hotel Budapest (Wes Anderson).

The_Invisible_Woman_-_Cartel_final_Sin embargo, en The Invisible Woman, el Fiennes director se impone al Fiennes actor, con un trabajo de enorme sutilidad y buen gusto que evidencian a un notable cineasta. Pero como decíamos, este romance victoriano de erotismo contenido y belleza intemporal no nos cuenta exactamente la historia de Dickens, sino la de la mujer invisible (un acierto no haber traducido el título para su estreno en España) que se enamoró perdidamente de él y con la que vivió una aventura (en el sentido más completo de la palabra) en el cénit de su carrera, y de su vida. En este sentido, la exquisita Felicity Jones supone un gran acierto de casting. La joven actriz contrarresta la gelidez de su aspecto con un encanto inocente, casi infantil, y un aura de inteligencia y tormento con el que caracteriza brillantemente a esta mujer enferma de amor y de soledad, demostrándonos el gran talento que se percibía en papeles anteriores.

A pesar de estar directamente inmerso en la historia como protagonista, Fiennes compartimentaliza hábilmente sus facetas como actor y como director y cuenta la historia en The Invisible Woman desde una distancia prudencial que, si bien puede dar la impresión de frialdad o desapasionamiento, desvela a un director metódico, preciso y meticuloso, un narrador que penetra en la piel del espectador casi sin que este se dé cuentaThe Invisible Woman nos ofrece un irresistible y certero retrato del novelista más importante de la historia en la cumbre de su popularidad, pero nos atrapa con la devastadora historia de la mujer a la sombra, afectándonos en última instancia con la terrorífica idea del duelo en secreto por el gran amor de una vida. Un triunfo en la carrera de Fiennes.

Valoración: ★★★½