La monja: ¿Qué es lo opuesto a un milagro?

Tiembla Universo Cinematográfico Marvel, no eres la única saga de películas interconectadas de éxito masivo entre el público. El terror, y concretamente las películas sobre asesinos en serie sobrenaturales, siempre se ha caracterizado por generar secuelas hasta el paroxismo, pero lo que está haciendo Warner Bros. con sus películas de miedo es una hazaña que parecía estar únicamente reservada para el cine de superhéroes. El Universo The Conjuring, que dio comienzo en 2013 con la muy estimable Expediente Warren ya suma cinco entregas y tiene otras tantas en la recámara.

Lejos de desvanecerse como un fantasma al amanecer, la popularidad de esta saga creada por James Wan va en aumento, y teniendo en cuenta que una cinta de estas características cuesta sensiblemente menos que una de superhéroes, no es de extrañar que Warner esté sacándole todo el provecho. La última en llegar a los cines es La monja (The Nun), dirigida por Corin Hardy (The Hallow) un spin-off centrado en uno de los demonios presentados en Expediente Warren: El caso Enfield.

La monja es una precuela que nos narra el origen del temible personaje en los años 50. La película da comienzo con una escalofriante secuencia que nos muestra el suicidio de una joven monja de clausura en una abadía de Rumanía. El Vaticano envía a un sacerdote, el padre Burke (Demian Bichir) y una novicia a punto de tomar sus votos, la hermana Irene (Taissa Farmiga, hermana de Vera Farmiga, protagonista de las películas principales) para que investiguen lo sucedido. Una vez allí, y con la ayuda de un joven campesino de la zona, Frenchie (Jonas Bloquet), se adentran en la abadía, donde arriesgan sus vidas enfrentándose a una fuerza maligna conocida como Valak, que se manifiesta de muchas formas, entre ellas en la monja endemoniada que conocimos en El caso Enfield.

La monja es muy inferior a las dos entregas de Expediente Warren, y más similar en calidad a los spin-offs centrados en la muñeca poseída Annabelle (que no es decir mucho). Como película deja bastante que desear, con un ritmo desacompasado (aburre por momentos) y una historia muy poco trabajada que se adentra en lo puramente fantástico con torpeza. Los diálogos también chirrían, en especial porque hay un intento de insuflar humor a los personajes que no termina de funcionar. El flirteo entre el campesino y la novicia interpretada por Farmiga roza lo embarazoso, y el personaje de Bichir está tan mal escrito como interpretado (él es quien nos regala las frases más ridículas/memorables: “Hay un momento para rezar y uno para la acción, y este es un momento para la acción”; “Holy shit!”, “The holiest”).

Claro que, en un producto como este, todo eso acaba siendo lo de menos. Lo importante es que, a pesar de su ineptitud a la hora de contar la historia, La monja da lo que promete y funciona perfectamente como pasatiempo de casa del terror, que es lo que busca el público en estas películas. El film tiene unas cuantas secuencias verdaderamente espeluznantes (el ataúd, la bodega, el clímax en la iglesia), juega bien con los espacios, la oscuridad y la música ominosa para aumentar el nerviosismo, la presencia de la monja (Bonnie Aarons) es inquietante (siempre que no veamos su rostro de cerca, retocado digitalmente, lo que resta impacto) y los sustos traicioneros abundan. En este sentido, solo pierde fuelle cuando, como suele ocurrir, acaba mostrando más de la cuenta y el suspense desaparece.

La monja es la muestra de que Warner ha encontrado su propia fórmula del éxito franquiciado (habrá segunda parte seguro, y la película deja la puerta abierta para ello). No es un trabajo especialmente inspirado, pero este Halloween va a haber monjas demoníacas por todas partes. Y ese era el objetivo, así que otro tanto para el estudio.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Expediente Warren – El caso Enfield

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¿Recordáis el dicho “segundas partes nunca fueron buenas“? ¿A que ya no lo oís tanto? Puede que hace años esa fuera una regla de oro del cine con unas cuantas honrosas excepciones, pero las cosas han cambiado en la última década y Hollywood, que está volcado de lleno en las franquicias y los universos cinematográficos, se está empleando para derribar esa idea. Esto no quiere decir que todas las secuelas sean buenas, pero por lo general están mucho más cuidadas que antes y en muchos casos llegan a mejorar a las películas originales. Además, el público se muestra mucho más receptivo a ellas. Sin embargo, hay un género que escapa a esta tendencia al alza, el terror. Es difícil encontrar secuelas de un éxito de terror que igualen o mejoren a su predecesora. Esto cambia con Expediente Warren: El caso Enfield (The Conjuring 2), la segunda parte de la muy estimable Expediente Warren: The Conjuring, una película que, si no es mejor que la primera, al menos es igual de buena.

James Wan se ha convertido en uno de los directores más solicitados y mejor valorados del cine comercial actual, llegando a ser considerado por muchos como “el rey del terror mainstream“. Su estilo sofisticado y eficiente le ha hecho ganarse una muy buena reputación y, antes de centrar todos sus esfuerzos en el cine de acción con Aquaman (ya dirigió uno de los mayores éxitos de este género, Fast & Furious 7), ha decidido seguir poniendo su granito de arena a eso que él mismo llama “la dignificación del cine de terror“. Con la primera The Conjuring, un ejercicio de terror a la vieja usanza, sólido y muy elegante, Wan ya dejó claras sus intenciones. Con su secuela, el director se ha propuesto “volver a hacer que el terror sea personal” y para ello, ha hecho algo más que repetir el festival de sustos y momentos escalofriantes de la anterior: ha potenciado aun más a los personajes y ha promovido una fuerte conexión emocional y psicológica entre ellos, el terror que los amenaza y el espectador.

Estableciendo una especie de juego meta (inspirado en Adaptation. de Charlie Kaufman, según ha confesado el propio director) en el que Wan introduce en la narración el dilema de qué es real y qué un montajeEl caso Enfield nos traslada hasta Inglaterra, donde tuvo lugar uno de los fenómenos paranormales más famosos de los 70. El poltergeist de Einfeld lleva al matrimonio Ed y Lorraine Warren a cruzar el océano después de visitar otro célebre lugar embrujado, Amytiville, para investigar el caso de una familia pobre que está experimentando extraños sucesos en una casa que se cae a pedazos. Aunque los espectadores somos testigos (y víctimas) de los sucesos paranormales que atormentan especialmente a la hija menor de la familia (espléndida Madison Wolfe), los Warren tienen dificultades para detectar la presencia hostil y por tanto demostrar a la Iglesia lo que está ocurriendo en Enfield. Y ahí está el reto y la novedad a la que se enfrenta el matrimonio esta vez, un demonio más ingenioso y con más recursos de lo habitual.

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Con El caso Enfield, Wan vuelve a realizar una película de terror sorprendentemente cuidada en todos los aspectos, un producto muy refinado, estilizado y con un regusto vintage que, afortunadamente, no se queda en mero ejercicio de estilo. La película sobresale por su envolvente atmósfera, su creativa puesta en escena y su gran empaque visual. Pero como adelantaba, al final lo que más diferencia Expediente Warren del resto de cintas de miedo de centro comercial es que en estas películas hay personajes de verdad, y que, en relación a esto, las interpretaciones están muy por encima de lo que cabe esperar del género -sin la fuerza expresiva de Vera Farmiga y la presencia gallarda de Patrick Wilson Expediente Warren no sería lo que es. El caso Enfield no innova demasiado (a pesar de introducir variaciones con respecto al primer caso, si hemos visto la anterior, así como la saga Insidious, sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar en ella). Pero tampoco le hace falta, porque Wan tiene completamente dominada la fórmula y sabe exactamente cómo asustar sin dejar de involucrar al espectador en la historia y los personajes, concretamente el matrimonio Warren, el núcleo emocional de estas películas, con los que el espectador no puede sino empatizar.

El caso paranormal es lo que nos mete en la película, pero los Warren y la familia Hodgson (hay que destacar también a una estupenda Frances O’Connor como la sufrida madre de los pequeños) son los que hacen que nos quedemos enganchados en su historia hasta el final y nos sometamos encantados a los mil y un sustos que Wan nos tiene preparados. Y he ahí otra de las diferencias entre Expediente Warren y las demás propuestas terroríficas actuales, que los sobresaltos, por muy traicioneros que sean, llevan detrás un trabajo de planificación sobresaliente. Wan ya ha demostrado con creces que es todo un artesano del terror. Para asustarnos, el director hace gala de un pulso excelente y mueve la cámara con inventiva y virtuosismo, retorciéndose por el escenario, jugando inteligentemente con el espacio y sus recovecos más oscuros, y deteniéndose en planos enervantes que aumentan la tensión y hacen que los sustos casi siempre funcionen como catarsis. Y no solo eso, sino que, cuando el terror toma forma concreta, Wan reduce la decepción que suele causar el paso de lo sugerido a lo desvelado, con tres criaturas demoníacas que resultan convincentes a diferentes niveles: un monstruo de cuento de hadas (reminiscente del Babadook) que no asusta demasiado por culpa de su naturaleza enteramente digital, un anciano que se encarga de ponernos de los nervios con algunas de las mejores secuencias de la película, y la maldita monja, que acechará a los espectadores en sus pesadillas durante mucho tiempo (o quizá hasta que su spin-off le quite la gracia).

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Con El caso Enfield, Wan consigue lo que se proponía, realizar una secuela más que digna que enriquece considerablemente el panorama del terror comercial. La segunda aventura de los Warren en el cine supone una experiencia casi inmersiva, una historia bien contada, con personajes definidos y oportunos toques de humor, que nos mantiene interesados hasta su emocionante clímaxhace que nos lo pasemos en grande pasando miedo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Expediente Warren – The Conjuring

Qué grata y terrorífica sorpresa este expediente X setentero del perpetrador de la saga Saw y algún que otro pelotazo del género como Insidious. Con Expediente Warren: The Conjuring, James Wan ha compendiado todos los tópicos (y cuando digo todos quiero decir todos) del cine de terror, en concreto de la variante de películas de casas encantadas y exorcismos, y ha configurado con ellos una película de corte clásico que es toda una oda al género.

Expediente Warren es, como su título en inglés indica, un juego. Un juego de manos que aparecen de donde menos te lo esperas, de ilusionismo que nos hace ver rostros en la oscuridad, un zootropo de siluetas macabras que no podemos dejar de mirar. Pero sobre todo un juego de niños, con sus muñecas diabólicas, sus juguetes encantados, cantinelas infernales y escondites mortales. Desde el amor más evidente al género, Wan apela al niño que tiene miedo de mirar debajo de la cama cuando oye un ruido en mitad de la noche, o que observa con absoluto pavor la puerta entreabierta del armario y no recuerda si lo cerró antes de dormir. Ese niño en el que todos nos convertimos ante una cinta de terror bien hecha. Sin efectismos ni giros excesivamente sorprendentes, sin pretensión o ínfulas de vanguardismo, Wan ha conseguido con The Conjuring lo que todo autor de terror persigue (o debería perseguir): divertir haciendo pasar miedo.

Partiendo de una idea hastiada y contada en innumerables ocasiones (familia que se muda a casa encantada y empieza a experimentar fenómenos paranormales), Expediente Warren aprovecha todas las posibilidades que brinda la fórmula, logrando que el déjà vu no juegue nunca en su contra. Estamos ante una película de miedo que… ¡da miedo!, una que presenta una atmósfera inmejorable y que cuenta con una realización inteligente y perversa. Sin embargo, el mayor acierto de Wan es no olvidarse de la importancia de la historia y los personajes (equilibrio perfecto entre la familia protagonista y los “cazafantasmas” Warren). Y sobre todo saber mantener en todo momento la atención del espectador, y más importante aun, el pacto de credibilidad con el mismo. En Expediente Warren hay muchos momentos en los que deseamos gritar “¡¡no bajes al sótano!!” y cosas por el estilo, pero en ningún momento percibimos los actos de los personajes como especialmente forzados o insoportablemente incongruentes.

Lo fácil que es identificar los referentes de Expediente Warren indica la clara voluntad de su director por moldearla según los cánones más establecidos del género, por confeccionar, como hemos dicho, un clásico en fondo y forma -que además es una sátira encubierta de los horrores de la burocracia. Así, Expediente Warren recuerda inequívocamente a Poltergeist y El exorcista entre otras. Wan opone resistencia de esta manera a la tendencia a la casquería y el torture porn que él mismo puso en boga, y consigue demostrar que un cuento de hadas sigue poseyendo el infalible poder de asustar y perturbar, si se cuenta bien. A pesar de que el tráiler de la película nos muestra testimonios a cámara que podían hacernos pensar que estamos ante otro producto en la línea de Paranormal Activity -qué poco acertada estrategia publicitaria-, Expediente Warren no es un falso documental, ni un experimento efímero, sino una película de miedo de toda la vida. Y es ahí donde reside su mayor riesgo, y su mayor acierto. Desde luego, así da gusto pasar miedo.