Wonder Woman: La superheroína que necesitábamos

wonder-woman-1

Los problemas creativos de Warner Bros. para hacer despegar su Universo Extendido de DC han sido, y son, de los temas más escrutados por parte de los medios especializados y los espectadores en los últimos años. Con el estreno de El hombre de acero en 2013 daba comienzo la saga superheróica con la que Warner/DC pretendía hacer frente a su rival directa, Marvel Studios, pero el tibio recibimiento por parte de crítica y público auguraron un camino más dificultoso de lo que se preveía.

La llegada en 2016 de Batman v SupermanEl amanecer de la justicia confirmaba las peores sospechas: DC no tenía muy claro qué quería hacer con sus propiedades, además de romper récords de recaudación. Escuadrón Suicida terminaba de cimentar la mala reputación de esta nueva etapa cinematográfica de la editorial, con un desastre de proporciones épicas que solo los fans más acérrimos se atrevieron a defender. Sí, estas películas recaudaron cantidades ingentes de dinero en taquilla (especialmente las dos últimas), pero no lograron conectar con el público a un nivel más profundo.

El Universo DC necesitaba alguien que lo salvase urgentemente. Alguien con la capacidad de volver a emocionar a la audiencia, de ofrecer un cambio de aires, de quitar ceños fruncidos. Alguien como Wonder Woman. No un superhéroe, sino una superheroína. La Mujer Maravilla irrumpe como un rayo de luz multicolor rasgando la capa de oscuridad y solemnidad que cubre al DCEU, aportando optimismo, sentido del humor y corazón a la sombría e hiperestilizada visión de Zack Snyder. Patty Jenkins (Monster) se encarga de dirigir la primera película en acción real para el cine protagonizada por Diana Prince desde que el personaje fuera creado en 1941, una hazaña que ha costado mucho más de lo que debería, pero que ya podemos celebrar como un antes y un después en el cine de superhéroes moderno.

wonder-woman-2

A pesar de efectuar variaciones en su historia, Wonder Woman se mantiene fiel en esencia a los orígenes del personaje, vinculados a la mitología y el contexto bélico, solo que en este caso, la acción transcurre durante la Primera Guerra Mundial en lugar de la Segunda, donde se encuentran sus raíces en el cómic. El film nos lleva al pasado para conocer su vida en la recóndita isla paradisíaca de Temiscira, tierra de amazonas que vive en paz muchos años después de librar la más cruenta de las guerras con los hombres. Diana crece bajo la protección de su madre, Hippolyta (Connie Nielsen), quien se opone a que la niña sea entrenada para la guerra como el resto de habitantes de la isla. Sin embargo, la inquietud de la pequeña llevará a que la mejor de las guerreras amazonas, Antíope (bravísima Robin Wright), la prepare en secreto para luchar. Cuando años después un piloto estadounidense llamado Steve Trevor (Chris Pine) se estrelle en la costa de Temiscira, Diana (Gal Gadot), ya convertida en una poderosa guerrera adulta, descubrirá que en el mundo exterior se está librando un conflicto masivo que amenaza con arrasar la humanidad. La joven abandonará la isla convencida de que Ares, el Dios de la Guerra, está detrás de todo, y luchará incansablemente con la ayuda de Steve y sus hombres para poner fin a la guerra, descubriendo tanto el alcance real de sus poderes como su verdadero destino.

Hay mucho que elogiar de la visión de Wonder Woman que ofrece Patty Jenkins, pero todo se puede resumir en una palabra: feminismo. El film rompe radicalmente con lo que hemos visto hasta ahora en la mayoría de películas de superhéroes (y con lo que nos tiene acostumbrados el cine de Hollywood) aportando cambios revolucionarios a la plantilla del género: un gran número de mujeres fuertes, guerreras leales y de considerable diversidad (las dos más prominentes tienen más de 50 años), representación positiva del sexo, eliminación (o suavización) de la mirada masculina y la objetificación femenina, un protagonista masculino que no hace sombra a la mujer, y por encima de todo, una mujer protagonista que no es comparsa del hombre, y que nunca se plantea que no es capaz de ser algo solo por el mero hecho de pertenecer a su género. Así es como Wonder Woman lanza su mensaje de empoderamiento a niñas y mujeres de todo el mundo, uno que nos hacía mucha falta.

wonder-woman-3

Pero además de romper el techo de cristal superheróico, Wonder Woman es un producto de entretenimiento muy eficaz, una película que, la mayor parte del tiempo, evita los errores más graves de sus predecesoras, que confundían seriedad con profundidad y padecían de esquizofrenia narrativa. En esta ocasión, Jenkins tiene más claro qué quiere contar y quién es el personaje que está manejando, así como cuáles son sus motivaciones, sus preocupaciones y sus virtudes. Un icono al que Gal Gadot insufla vida y dota de humanidad con una vigorosa interpretación. Aparte de bordarlo en el apartado físico, la actriz israelí da con las notas perfectas de optimismo, ilusión, perseverancia, energía, compasión, y en definitiva todas las cualidades que siempre han hecho de Diana Prince un modelo a seguir, una mujer “maravilla” más allá de sus superpoderes.

Ahora bien, Wonder Woman está lejos de ser una película perfecta. De hecho están a punto de hacerle sombra varios problemas que esperamos sean pulidos de cara a la inminente secuela. Aunque suponga una evidente y mayúscula mejora con respecto a El hombre de acero Batman v SupermanWonder Woman arrastra varios de los defectos más preocupantes de estos films, como cierto caos expositivo, que se manifiesta sobre todo durante el embarullado arranque y en la predecible recta final, en la que se insiste en la fórmula del ya fatigado enfrentamiento híperviolento y destructivo. Aunque este guion está mejor organizado, da la sensación de que se ha omitido información, sobre todo con respecto al origen de Diana y sus poderes (tema que quizá se esté reservando para la segunda parte), algo que potencia un montaje abrupto que hace que parezca que faltan trozos (paradójico, teniendo en cuenta que Jenkins aseguró que no hay escenas eliminadas, sino que todo el metraje entró en la versión final).

wonder-woman-4

Por último, Wonder Woman abusa enormemente de los efectos digitales, haciendo que las potentes escenas de acción y los combates se apoyen demasiado (a veces únicamente) en el CGI, a pesar de la evidente destreza de las actrices. Los cromas durante la sección en Temiscira chirrían sobremanera, los humanos digitales son muy artificiales (videojueguitis aguda) y lo peor, se explota en exceso el recurso de la cámara lenta, en lo que es claramente un residuo del estilo snyderiano que no aporta nada, que se agota enseguida y no hace más que aumentar la sensación de falsedad al hacernos distinguir clara y constantemente a la doble digital de Gadot. El uso de los efectos digitales puede parecer secundario, pero es muy importante en una película de estas características, y en este caso puede distraer mucho, además de deslucir el acabado visual y estético del film.

Habiéndome sacado estas quejas de mi sistema, solo me queda seguir elogiando Wonder Woman como el incontestable triunfo que es. En el fondo se trata de una película de superhéroes tradicional, ya que repite los lugares comunes del género (incluido los villanos decepcionantes y los secundarios intercambiables), y además esta vez lo hace tomando ejemplo de Marvel (esta parece por momentos una fusión entre ThorCapitán América) y de Disney (atención al primer encuentro de Diana y Steve, sacado directamente de La Sirenita), con más humor, emoción y conexión real entre los personajes. En este sentido, Gadot y Pine no podían estar más sensacionales en sus papeles. Ella vibrante, adorable, un torbellino de energía; él carismático y divertido; ambos una pareja divertida, sexy y entrañable que mantiene una relación basada en el respeto y apoyo mutuo, y en cuya química reside gran parte del éxito de la película.

wonder-woman-5

Wonder Woman es un espectáculo de acción radiante, tiene una sección central antológica, diálogos especialmente inspirados (“Los hombres son esenciales para la procreación, pero innecesarios para el placer”), nos regala imágenes para la posteridad (ver a Diana avanzando en el campo de batalla mientras recibe el fuego enemigo pone los vellos de punta), nos cuenta una historia motivadora y apasionante (de la que queremos saber más), y además nos trae el mensaje de igualdad, esperanza y fe en la humanidad que necesitábamos en estos momentos, insistiendo en que debemos combatir el odio con amor, en lugar de con más odio. Pero esto no es un final feliz, no es la erradicación del problema, es solo el principio. Necesitábamos a Wonder Woman, y no nos ha fallado. Ahora necesitamos a más como ella.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: T2 Trainspotting

En 1996, Reino Unido era la Tierra Prometida, paraíso musical donde la electrónica irrumpía con fuerza mientras se desarrollaba la guerra civil más importante de la era moderna, la lucha por la corona del BritPop entre Oasis y Blur, y por supuesto, escenario de una de las películas más influyentes de la década, Trainspotting. Toda una generación de veinteañeros a la deriva encontraron su Biblia particular en el film de Danny Boyle, que con su estilo marcó tendencia y definió la cultura musical de la época (su banda sonora fue un pelotazo de ventas cuando el CD era el futuro). Una cultura de descontrol, desinhibición y hedonismo empapada de coca y caballo que el director plasmaba mediante un estilo psicodélico, mugriento y desenfrenado con el que llevaba a cabo una representación revolucionaria del consumo de drogas, exenta de melodrama barato o moralinas.

Han pasado 20 años, y como está haciendo en estos momentos cualquiera que viviera su post-adolescencia a mediados de los 90, al cine también le toca echar la vista atrás, hacer balance, y reflexionar sobre dónde estuvimos y dónde estamos ahora. Ese es el propósito de la secuela, T2 Trainspotting, que llega dos décadas después de la primera entrega, en plena eclosión de la nostalgia en la industria audiovisual, para mostrarnos dónde han acabado sus personajes, e intentar averiguar hacia dónde se dirigen. Una mirada al pasado divertida pero profundamente melancólica, llena de anhelo, arrepentimiento y dolor, con la que Boyle (que vuelve a la dirección) orquesta un emotivo reencuentro del público con los personajes de la película original, Renton (Ewan McGregor), Simon (Jonny Lee Miller), Begbie (Robert Carlyle) y Spud (Ewen Bremner), para comprobar que, aunque el mundo se haya transformado por completo, algunas cosas no cambian.

La reflexión sobre el paso del tiempo es el hilo conductor de T2 Trainspotting, la idea que vertebra la historia y con la que Boyle justifica volver a las vidas de estos personajes, al igual que Richard Linklater hiciera con la segunda y tercera partes de su Trilogía Before. Regresamos a las calles de Edimburgo para acompañar a Renton y sus viejos amigos en un recorrido por una ciudad llena de fantasmas, y comprobamos lo que el paso de los años ha hecho con ellos, y con el mundo que un día se pusieron por montera. Simon se dedica al “negocio” de la extorsión y tiene aspiraciones de proxeneta, Begbie se escapa de la cárcel y vuelve a las andadas, esta vez intentando instruir a su hijo adolescente en el arte criminal que le dio la gloria a su padre, y Spud sigue luchando contra su adicción a las drogas, mientras encuentra un refugio en la escritura, recordando sobre papel sus lisérgicas y excesivas aventuras junto a los otros. Y mientras otros se aferran al pasado o siguen encadenados a él, quien ha experimentado el mayor cambio es Renton, que a sus 46 años y con un aspecto envidiable (sin huella de sus excesos de juventud) ha dejado atrás las drogas y la delincuencia para llevar una vida “normal” (gimnasio, ejercicio al aire libre, comida sana, todo lo que cualquier miembro de provecho de la sociedad actual debe hacer).

Aunque Trenton sigue siendo el foco principal de la historia, uno de los mayores aciertos de T2 Trainspotting es otorgar mayor protagonismo al personaje de Ewen Bremner. Spud no es solo el miembro más entrañable de la pandilla, también es quien une pasado y presente a través de sus relatos, dando forma a la película. Por otro lado, también hay que elogiar a Boyle por no optar por el camino fácil y limitarse a repetir la jugada. Lo bueno de T2 Trainspotting es que no es exactamente un refrito de la original. En ocasiones podría parecerlo, ya que recupera su personalidad visual, movimientos de cámara y montaje epiléptico (aunque todo muy suavizado, que ya somos maduros) y utiliza constantemente imágenes de la película del 96, pero lo hace no solo para tocar las teclas más sensibles del respetable, sino también, y sobre todo, para componer el discurso de esta nueva historia. Oponiendo los recuerdos al presente, observamos cómo los personajes han evolucionado (o no), analizamos su amistad y nos llenamos de ese sentimiento de añoranza y tristeza que nos ayuda a abrir los ojos ante nuestra realidad pasajera, aunque sea por un momento.

Ahora bien, a pesar de su eficiencia como ejercicio nostálgicoT2 Trainspotting no consigue alcanzar la trascendencia que se propone. Y la razón es que las conclusiones a las que llega durante la historia no están a la altura del experimento que plantea, ni del impacto cultural del film original. En su lugar, Boyle utiliza a Renton para hacer una crítica a la sociedad moderna que se antoja perezosa, carca y manida, una reprimenda a las nuevas generaciones (y a las viejas) por su entrega absoluta al capitalismo y el narcisismo, y su dependencia de las redes sociales, que parece uno de esos absurdos posts de Facebook con los que se nos pretende abrir los ojos a la realidad que ya conocemos. Para compensar, la película es consciente de su condición de producto hecho para capitalizar la nostalgia de la generación que esta recuerda. La generación que necesita recordar para seguir adelante. “Nostalgia, por eso estás aquí. Eres un turista de tu propia juventud”, le dice Sick Boy a Renton, y obviamente a la audiencia, exponiendo así, de forma digna y honesta, sus intenciones.

Aun así, T2 Trainspotting no tiene tanto que ofrecer como querríamos y acaba desaprovechando un poco la oportunidad. El placer provocado por asistir al reencuentro de los personajes y comprobar qué ha sido de ellos en todo este tiempo es innegable, y por sí solo ya es suficiente para satisfacer a los miembros del culto de Transpotting. Además, la película tiene momentos verdaderamente divertidos, a pesar de parecer sketches inconexos (la escena musical en el bar, la fuga de Begbie, el encuentro de Renton y Simon con el capo de la mafia proxeneta de Edimburgo). Pero más allá de eso, no hay mucho más. La excusa para retornar a las vidas de Renton y compañía era buena, pero lo que nos encontramos una vez pasada la euforia nostálgica no es especialmente interesante o revelador, como tampoco verdaderamente destacable desde el punto de vista cinematográfico. No es más que la enésima reflexión sobre lo efímera que es la vida, la importancia de las decisiones que tomamos y cómo estas siempre vuelven para pasar factura, una conclusión para la que no necesitábamos volver a ver a estos personajes (aunque nos guste hacerlo). Eso sí, si para algo ha servido esta reunión es para que algunos comprobemos que, efectivamente, el tiempo nos cambia y ya no somos tan fácilmente impresionables.

Pedro J. García

Nota: ★★★