Crítica: Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn)

“Harley Quinn no necesitaba un novio, necesitaba amigas”. Así lo ha expresado Margot Robbie en varias entrevistas a propósito del spin-off de Escuadrón Suicida centrado en su popular personaje. Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) se apoya completamente en esta idea. Harley sale de la sombra de su poderoso novio, el Joker, para dejar de ser “la chica de” y encontrar su lugar en el mundo. Una tarea complicada cuando no tienes la cabeza muy en su sitio, pero más llevadera cuando encuentras a otras mujeres en tu misma situación.

Aves de presa no borra los acontecimientos de la infame Escuadrón Suicida, sino que los utiliza como trampolín para crear una nueva historia con fundamento. Aunque Jared Leto no aparece en la película, su personaje está presente en todo momento para recordar a Harley quién ha sido a su lado y quién quiere ser sin él. Además del Príncipe Payaso del Crimen hay otras referencias a la película que convirtió a Harley Quinn en el disfraz favorito de media humanidad, guiños a otros personajes y un prólogo recapitulador que resume la biografía completa del personaje antes de iniciar su proceso de emancipación y convertirla en la gran protagonista de su nueva vida.

Con solo una película, Robbie convirtió a uno de los antihéroes más populares de DC en uno de los personajes más icónicos del cine reciente. Harley fue casi por unanimidad lo mejor de Escuadrón Suicida, y la actriz, que ejerce como productora en el spin-off, sabía que lo mejor para ella era sacarla de ahí y darle un nuevo grupo. Aves de presa es la rocambolesca historia de cómo se forma esta nueva pandilla femenina. Todo comienza con Harley abandonando al Joker, lo que alerta a todos sus enemigos de que, sin la protección de su novio, por fin hay vía libre para cazarla. A partir de ahí, se desata la locura.

Al más puro estilo John Wick, Harley pasa a ser el blanco de todos los malhechores de Gotham a los que hizo alguna jugarreta en el pasado. La ciudad entera se vuelve en su contra, incluido su villano más sádico (con permiso del Joker), Roman Sionis (Ewan McGregor), quien ha marcado como objetivo a una niña llamada Cass (Ella Jay Basco), que acaba bajo la protección de Harley. Sus caminos se cruzan con La Cazadora (Mary Elizabeth Winstead), Canario Negro (Jurnee Smollett-Bell) y Renee Montoya (Rosie Perez), tres mujeres agraviadas, cada una con su propia historia de emancipación, que no tendrán más remedio que unirse a Harley para derrotar a su enemigo común.

Aves de presa es una explosión de energía, color y violencia. Cathy Yan (Dead Pigs) dirige un espectáculo desenfadado y caótico en el que las mujeres de DC pasan al frente para protagonizar una historia retorcida de empoderamiento femenino y sororidad. Con estilo videoclipero, toneladas de actitud, una banda sonora que es dinamita y escenas de acción de lo más brutal (se nota la mano de Chad Stahelski, el director de John Wick, contratado para supervisar escenas adicionales), Aves de presa se desmarca del resto del Universo DC para seguir experimentando con sus posibilidades. El resultado es irregular, pero tremendamente divertido y decididamente gamberro.

Por supuesto, la estrella incontestable de la película es Robbie. La actriz vive y respira al personaje, a quien humaniza sin traicionar su espíritu volátil y amoral. Su trabajo es brillante, desde la autoconsciente voz en off tipo Deadpool hasta cómo se desenvuelve en la acción, pasando por unos primeros planos que enmarcan su rostro subrayando su talento para transmitir emociones. Además, el personaje también ha sido reconfigurado para desesclavizarlo de la mirada masculina, conservando su indudable naturaleza sexy, pero sin caer en la hipersexualización. Lo mismo se puede decir del resto de personajes femeninos, de los que destaca sobre todo una Mary Elizabeth Winstead feroz en las escenas de acción y muy divertida en las demás. McGregor por su parte también resalta como Black Mask con una interpretación a base de desquicio y amaneramiento, como un villano Disney armarizado con su propio secuaz enamorado (Chris Messina).

Pero Aves de presa está lejos de ser perfecta. Precisamente Black Mask es uno de sus puntos débiles. Salta a la vista que McGregor se lo está pasando en grande con el personaje, pero la película no sabe aprovecharlo del todo, y como le ocurre a tantos villanos en el cine de superhéroes, se queda en la superficie y acaba difuminándose en el acto final. Lo mismo le ocurre a varios otros personajes secundarios, como Canario Negro y Cass, a las que tampoco llegamos a conocer muy bien. En general, el guion introduce elementos y personajes para más adelante no sacarles partido o incluso olvidarse de ellos (se podía haber hecho mucho más con la hiena de Harley, por ejemplo).

Aunque supone una mejora enorme con respecto a Escuadrón Suicida y continúa la buena racha creativa de DC, Aves de presa sigue exhibiendo algunos de los problemas que lastraron a las primeras películas de su era moderna. Al principio le cuesta arrancar y encontrar el tono, los saltos en el tiempo de la narración no lineal perjudican al ritmo y se nota que ha habido dificultades para estructurar la película. Por otro lado, el humor no siempre resulta efectivo y desde luego no es para todo el mundo. Y por último, lo más importante, la película pasa tanto tiempo con los personajes por separado que cuando por fin se juntan, ya no queda apenas metraje. Sí, la batalla final es una gozada, pero aun así nos quedamos con las ganas de ver más escenas de grupo, de que se exploren mejor sus relaciones, de que se aproveche más la divertida dinámica entre ellas que solo vemos en los últimos minutos. Es como si tuvieran miedo a gastar demasiados cartuchos de cara a una secuela.

A pesar de sus defectos, Aves de presa es una de las películas más originales y potentes del DC reciente. Una auténtica fiesta que tiñe de color y purpurina la oscura Gotham y nos muestra el lado más desatado del estudio. Abundantes huesos rotos, una trepidante persecución en patines, una nube de cocaína que es para Harley como las espinacas para Popeye… Cualquier cosa es posible en una película que ha decidido mandar las reglas a la mierda y parece hasta arriba de éxtasis. Excéntrica, ultraviolenta y orgullosamente feminista, salvaje pero con su punto de ternura, liberada y emancipada, Aves de presa es la rebelión femenina que Harley Quinn y DC necesitaban.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Christopher Robin

El cine nos ha hecho regresar a la infancia en muchas ocasiones y Disney sabe mucho de este tema. A lo largo de las décadas hemos visto cómo sus clásicos animados han pasado de generación a generación, ganando nuevos adeptos en edad escolar mientras los mayores los recordábamos y revisitábamos con nostalgia. Winnie the Pooh es uno de los símbolos más universales de la niñez, un personaje que representa la imaginación y la fantasía intrínseca la etapa previa a la adolescencia, y que se convirtió en uno de los estandartes de la Casa del Ratón. Con Christopher Robin, la nueva adaptación en acción real del estudio, Disney nos propone volver al Bosque de los Cien Acres para reencontrarnos con el adorable Pooh y junto a él, con nuestro niño interior.

A partir de una premisa muy similar a la de Hook, la película dirigida por Marc Foster (realizador de la también semejante Descubriendo Nunca Jamás) nos muestra la vida del Christopher Robin adulto, interpretado por una de esas dianas de casting propias de Disney, Ewan McGregor. El travieso e inocente niño inglés ha crecido y se ha convertido en un hombre de negocios estresado y gris. Su mujer (la abonada a Disney Hayley Atwell) le reprocha vivir solo para el trabajo y haber descuidado a su familia, concretamente a su hija, que tiene la misma edad que él cuando se escapaba a vivir aventuras con sus amigos de peluche. Un día, Pooh aparece en Londres para pedirle que regrese al Bosque de los Cien Acres, que se encuentra oscuro y marchito desde que se fue, y le ayude a encontrar a sus antiguos amigos, Igor, Piglet, Tiger y los demás, que han desaparecido. Con ayuda de todos ellos, Christopher empezará a recordar el niño que sigue viviendo en su interior.

Christopher Robin capta a la perfección la esencia de las creaciones de A.A. Milne y recupera intacto el espíritu de las adaptaciones animadas de Disney en una película rebosante de imaginación y ternura. A pesar del aspecto realista (y para muchos inquietante) de sus versiones CGI, Pooh y sus amigos siguen siendo los mismos. Como no podía ser de otra manera, el osito adicto a la miel ocupa el centro de la historia, y su traslación al mundo real se salda con muy buenos resultados. Pooh sigue siendo adorable, pero en Christopher Robin además está más gracioso que nunca. Lo mejor de la película es sin duda relación con Christopher, que nos deja momentos muy divertidos y emotivos, salpicados de esos buenos consejos que suele dar sin ser consciente de su sabiduría.

A pesar de contar una historia demasiado familiar y echar mano de muchos tópicos para hacerlo, Christopher Robin acierta en su enfoque clásico y abiertamente cándido, aportando la dulzura y el optimismo que necesitamos en estos tiempos de cinismo. Llevándonos de vuelta al Bosque de los Cien Acres, la película nos recuerda la importancia de no perder el contacto con el niño que fuimos, y aunque es un mensaje alegre y luminoso, no está exento de la melancolía propia de este tipo de relatos. Claro que eso es precisamente lo que la hace tan apta para niños y adultos (incluso más recomendable para adultos), que tiene fantasía y aventura para los más pequeños, pero no omite los aspectos más tristes y oscuros de la historia, ofreciendo una lectura más profunda que los mayores serán capaces de entender mejor.

Con una perfecta interpretación protagonista por parte de Ewan McGregor, un acabado visual mágico y un mensaje muy valioso a pesar de no ser muy original, Christopher Robin se suma a la complementaria Peter y el dragón como una de las entregas live-action más inspiradas (y seguramente infravaloradas) del Disney reciente. Y es que, en lugar de simplemente rehacer algo, toma su esencia y le insufla nueva vida. El resultado es una película preciosa y llena de encanto que rinde un oportuno homenaje al legado de A.A. Milne y nos hace sonreír mientras echamos la vista atrás.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia es uno de los clásicos animados más venerados de Walt Disney. Su estreno en 1991 supuso un enorme éxito de público y crítica para la Casa de Mickey, que disfrutaba de una nueva edad dorada tras el éxito de La Sirenita, convirtiéndose en la primera cinta de animación nominada al Oscar a mejor película (una hazaña que tiene más mérito teniendo en cuenta que por aquel entonces solo había cinco candidatas). Su historia imperecedera, una animación (por aquel entonces) puntera y las magníficas canciones de Alan Menken y Howard Ashman hacían de ella una experiencia inolvidable que marcó a toda una generación de niños, y también a sus padres, una de esas películas que vimos una y otra vez hasta aprendernos de memoria cada diálogo y cada letra.

El tiempo no ha hecho más que consolidar La Bella y la Bestia como una de las mejores películas de Disney, por lo que era de cajón que el estudio no tardaría mucho en llevar a cabo su remake en acción real. Al éxito sin parangón de sus películas animadas y las de las marcas que conviven bajo su techo (Marvel, Star Wars, Pixar) se suman las recientes relecturas en carne y hueso que han convertido el propio catálogo de Disney en una mina de oro sin fondo. Después de que los primeros remakes (Alicia en el País de las MaravillasMaléfica) fueran más bien reinvenciones libres de sus respectivos clásicos animados, Disney ha seguido el camino de la adaptación más fiel con sus siguientes éxitos live-actionCenicienta El Libro de la Selva, a los que se suma ahora La Bella y la Bestia, con el que es su remake más parecido al original hasta la fecha.

Bill Condon (DreamgirlsLa Saga Crepúsculo: Amanecer) es el maestro de ceremonias de esta lujosa adaptación que, gracias a la cartera y la varita digital de Disney, cobra vida en un fastuoso espectáculo musical diseñado para hacer las delicias de los fans del clásico animado y lanzar un encantamiento a las nuevas generaciones. Como adelantaba, la nueva versión de La Bella y la Bestia no se distancia mucho de la película de 1991, es más, se trata de una reproducción enormemente precisa, con excepción de pequeños cambios y unos 20 minutos de metraje adicional compuesto por cuatro nuevas canciones y varias escenas que nos cuentan más sobre el pasado de los dos protagonistas. Es decir, una suerte de edición remasterizada y extendida de la misma película de siempre. Esto por supuesto plantea las siguientes cuestiones: ¿Cuál es su razón de ser más allá de la comercial? ¿Aporta algo nuevo esta iteración del cuento que nos han contado tantas veces? La respuesta corta es no. Pero hay muchos matices. Así que vayamos por partes.

La historia

Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado) y Evan Spiliotopoulos (Las Crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina de hielo) se ocupan de adaptar el libreto original, respetando la estructura argumental y dejando muchos de sus diálogos intactos, pero también incorporando variaciones y nuevo material. Está claro que la animación y la acción real son dos medios cinematográficos distintos con sus propias normas. Lo que en el clásico original no hacía falta explicar, en la película de carne y hueso tiene que seguir una lógica interna más sólida. En este sentido, los guionistas realizan un buen trabajo justificando los acontecimientos y las decisiones de los personajes, tapando los agujeros y en definitiva trasladando la historia al mundo “real” de forma satisfactoria. Aunque en el proceso se dejen mucho de lo que hacía más interesante y oscura a la versión animada.

La primera diferencia destacable es un prólogo que nos deja ver desde el principio la vida en el castillo del Príncipe y nos presenta a su corte antes de que la anciana les lance el encantamiento que los convertirá en objetos. Lo que en el clásico era una secuencia estática de dibujos que reproducían una vidriera se convierte en el primer gran número a lo Broadway de la película, sumergiéndonos de lleno en la ostentosidad barroca que caracterizará todo el metraje, mostrándonos un aumento del número de personajes de color y presagiando un papel más activo para la hechicera. A partir de ahí, todo transcurre más o menos como siempre. Solo que esta vez hay más humor, tanto físico como en los diálogos (maravilloso chiste zoofílico influido) y nuevas escenas que, aunque estén concebidas para completar huecos, lo que en realidad hacen es interrumpir la acción y provocar que la historia se vaya por la tangente. Aunque a priori pueda resultar atractivo saber más sobre las respectivas familias de Bella y Bestia, en realidad los flashbacks no aportan nada al conflicto central o a la relación de los protagonistas, lo que perjudica al ritmo, resta cohesión a la película y alarga innecesariamente su duración.

Los personajes

Lo que era progresista en 1991 ya no lo es tanto en 2017. Por eso hacía falta modificar al personaje de Bella (que ya de por sí era bastante menos pasiva que muchas de sus predecesoras) para adaptarlo a los tiempos que corren, y sumarse así a la corriente de nuevas princesas Disney, más independientes y resolutas, todo un reto teniendo en cuenta la problemática naturaleza romántica del cuento (ya sabéis, Síndrome de Estocolmo: la película). Esta es una de las razones por las que la Bella de Emma Watson es una decepción. Sí, esta Bella parece más autosuficiente y propensa a entrar en acción, y además comparte el ingenio para los inventos de su padre, pero a la larga, es el mismo personaje de hace 26 años (si acaso más insulso) y no la reinvención feminista que nos habían prometido, lo que supone una oportunidad desaprovechada para hacer algo interesante con ella -idea que se puede extrapolar a la película en general.

El resto de personajes tampoco presentan cambios muy significativos. Los objetos, lógicamente de diseño más realista, desempeñan la misma función que en el clásico (sirven como alivio cómico y recordatorio del encantamiento, mientras hacen de celestinos de los protagonistas) y Maurice vuelve a ser el catalizador de la acción y poco más (aunque Kevin Kline esté estupendo). Cabe destacar un mayor peso en la historia de Gastón (Luke Evans) y LeFou (Josh Gad), y el tan comentado “momento exclusivamente gay” del segundo. Aunque más bien deberíamos decir “momentos”, ya que el arco completo de LeFou tiene que ver con su amor no correspondido por el narcisista galán, al igual que en la original, pero de manera más abierta y sin dar lugar a la ambigüedad. Es decir, LeFou es gay, no hay debate al respecto, y esto, por sí solo, ya es un gran paso adelante. Es más, la película es entera e inequívocamente gay, con no solo un personaje LGBT, sino tres (mínimo), todo un regalo para los niños gays que crecieron con el clásico. Sin embargo, el tratamiento de LeFou y su condición sexual deja mucho que desear la mayor parte del tiempo, debido a la interpretación caricaturescamente afeminada de Gad y al hecho de que sea el objeto del chiste de mariquitas de siempre (completando así el regreso a los 90). Afortunadamente, todo esto se arregla durante el desenlace, ofreciendo merecida compensación al personaje (y al espectador) con un sorprendente final feliz que esperamos sea el principio de algo más grande y revolucionario en Disney, y no solo una nota gay a pie de página.

El reparto

Si La Bella y la Bestia es una película inconsistente e irregular es en gran medida porque su elenco se puede definir de la misma manera. Por un lado, el reparto de secundarios es de excepción, sobre todo los que dan vida a los objetos del castillo: La operística Audra McDonald como el Ropero, una desmedida Emma Thompson como la Sra. Potts (ella es genial, pero palidece comparada con Angela Lansbury), un nuevo personaje, el Maestro Cadenza, piano con la voz de Stanley Tucci, y sobre todo Ian McKellen y Ewan McGregor como Din Don y Lumière, dúo responsable de algunas de las escenas más simpáticas y entrañables del film. Todos parecen disfrutar “sobre el escenario”, aunque sus talentos quedan inevitablemente desperdiciados por las necesidades de la historia.

Por otro lado, ya hemos señalado la labor de Josh Gad, bastante irritante como LeFou (aunque tenga sus puntuales buenos golpes de humor), y el varonil Luke Evans, uno de los mayores aciertos de casting del proyecto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Emma Watson. Y he aquí uno de los mayores problemas del remake. La actriz nunca ha destacado por sus aptitudes interpretativas y carece de la presencia y la fuerza escénica que hace falta para protagonizar una superproducción de este calibre. A pesar de que conforme avanza el metraje se va haciendo con el personaje y acaba destacando en los pasajes más dramáticos, a Watson le viene todo muy grande, y verla desenvolverse en escena, especialmente durante los números musicales, puede ser una experiencia muy incómoda. Por suerte, su partenaire, Dan Stevens, ejerce el contrapunto perfecto para equilibrar la balanza y evitar que todo se vaya al traste. El actor británico es quizá el intérprete más sobresaliente de la película, y eso que se esconde tras una criatura digital no tan lograda como los animales de El Libro de la Selva (el realismo de su rostro es impresionante, pero se mueve de forma artificial y le falta gravedad). La gran expresividad de Stevens asoma bajo las capas de CGI de la Bestia, construyendo así al personaje más matizado de la película y aportando más humanidad que los actores de cuerpo presente.

la-bella-y-la-bestia-5

Los números musicales

Para alegría de los fans más puristas de La Bella y la Bestia, el remake respeta las canciones originales. Las melodías están prácticamente intactas, a excepción de un par de variaciones, como la que tiene lugar al final de “Gastón”, añadidos que en ningún momento desvirtúan las composiciones de 1991. En lugar de intentar mejorar lo inmejorable, Menken incluye cuatro nuevos temas, escritos junto a Tim Rice (AladdinEl rey león), la ya mencionada obertura, una nana, el nuevo tema central “How Does a Moment Last Forever”, con reprise interpretado por Watson y versión íntegra de Céline Dion para los créditos finales, y una balada solo para Stevens, “Evermore”. Canciones indudablemente bonitas (bien de autotune mediante para Watson y Stevens) que, no obstante, parecen descolgadas de la acción principal y no encajan del todo con el repertorio de siempre.

En cuanto a la puesta en escena, la película va de menos a más. La cosa no empieza muy alentadora con “Bella”, la secuencia de presentación de la protagonista y su pueblo al son de “Bonjour”. Con solo un par de planos, salta la vista que Watson no está a la altura. La actriz se mueve tímida e inexpresiva, como con miedo a romper algo, mientras a su alrededor los extras hacen lo posible por mantener el show a flote. Pero la culpa no es solo suya, Condon tampoco pone toda la carne en el asador, efectuando una copia descafeinada que carece del brío del número animado. Menos mal que ambos entran en calor, y los siguientes números hacen que la película despegue, sobre todo gracias a un reparto curtido en musicales: La de “Gastón” es una secuencia muy divertida (aunque nos priven del plano pecho-lobo), “Qué festín” es el showstopper que conocemos, con un barniz digital bastante hortera, y en la preciosa “Algo nuevo” es donde la película coge impulso y arranca de verdad, mientras que “Asalto al castillo” aporta la intensidad necesaria para dar lugar al clímax, terminando así con buena letra. Solo “Bella y Bestia”, la icónica escena del baile en el salón del castillo, supone una pequeña desilusión al no cumplir las expectativas (es imposible recrear la sensación al verla por primera vez).

Como suele ocurrir, pero en este caso más acentuadamente, conectar con La Bella y la Bestia depende de la predisposición de cada uno. Que sea un calco del clásico animado puede despertar el arrebato nostálgico necesario para disfrutar con el mero hecho de ver una de tus películas favoritas convertidas en algo tan majestuoso, o puede jugar en nuestra contra, precisamente por la misma razón: no hay nada como el original, por muy buena que sea la imitación. Lo que está claro es que tiene su encanto y lo que funcionaba en la animada funciona en el remake, básicamente porque se mantiene intacto. Sin embargo, trasladándola al universo real/digital se pierde mucho de lo que la hacía tan especial, a lo que no ayudan los problemas citados anteriormente: fallos de casting, falta de cohesión, cadencia atropellada, personajes con menos personalidad que sus análogos animados, inconsistencia entre números, alteraciones insustanciales…

La recreación es digna de asombro la mayor parte del tiempo (dirección artística, vestuario, peluquería, todo es excelente) y es evidente que Disney no ha escatimado en recursos, resultando en un espectáculo suntuoso y efervescente, astutamente confeccionado para reventar la taquilla, pero a la vez vacuo y superficial. Por mucho brillo y despliegue del que haga gala, esta versión está más apagada y falta de inspiración. Es decir, es básicamente la misma película, el mismo “cuento tan viejo como el tiempo”, solo que con menos vida, menos fuerza y menos magia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: T2 Trainspotting

En 1996, Reino Unido era la Tierra Prometida, paraíso musical donde la electrónica irrumpía con fuerza mientras se desarrollaba la guerra civil más importante de la era moderna, la lucha por la corona del BritPop entre Oasis y Blur, y por supuesto, escenario de una de las películas más influyentes de la década, Trainspotting. Toda una generación de veinteañeros a la deriva encontraron su Biblia particular en el film de Danny Boyle, que con su estilo marcó tendencia y definió la cultura musical de la época (su banda sonora fue un pelotazo de ventas cuando el CD era el futuro). Una cultura de descontrol, desinhibición y hedonismo empapada de coca y caballo que el director plasmaba mediante un estilo psicodélico, mugriento y desenfrenado con el que llevaba a cabo una representación revolucionaria del consumo de drogas, exenta de melodrama barato o moralinas.

Han pasado 20 años, y como está haciendo en estos momentos cualquiera que viviera su post-adolescencia a mediados de los 90, al cine también le toca echar la vista atrás, hacer balance, y reflexionar sobre dónde estuvimos y dónde estamos ahora. Ese es el propósito de la secuela, T2 Trainspotting, que llega dos décadas después de la primera entrega, en plena eclosión de la nostalgia en la industria audiovisual, para mostrarnos dónde han acabado sus personajes, e intentar averiguar hacia dónde se dirigen. Una mirada al pasado divertida pero profundamente melancólica, llena de anhelo, arrepentimiento y dolor, con la que Boyle (que vuelve a la dirección) orquesta un emotivo reencuentro del público con los personajes de la película original, Renton (Ewan McGregor), Simon (Jonny Lee Miller), Begbie (Robert Carlyle) y Spud (Ewen Bremner), para comprobar que, aunque el mundo se haya transformado por completo, algunas cosas no cambian.

La reflexión sobre el paso del tiempo es el hilo conductor de T2 Trainspotting, la idea que vertebra la historia y con la que Boyle justifica volver a las vidas de estos personajes, al igual que Richard Linklater hiciera con la segunda y tercera partes de su Trilogía Before. Regresamos a las calles de Edimburgo para acompañar a Renton y sus viejos amigos en un recorrido por una ciudad llena de fantasmas, y comprobamos lo que el paso de los años ha hecho con ellos, y con el mundo que un día se pusieron por montera. Simon se dedica al “negocio” de la extorsión y tiene aspiraciones de proxeneta, Begbie se escapa de la cárcel y vuelve a las andadas, esta vez intentando instruir a su hijo adolescente en el arte criminal que le dio la gloria a su padre, y Spud sigue luchando contra su adicción a las drogas, mientras encuentra un refugio en la escritura, recordando sobre papel sus lisérgicas y excesivas aventuras junto a los otros. Y mientras otros se aferran al pasado o siguen encadenados a él, quien ha experimentado el mayor cambio es Renton, que a sus 46 años y con un aspecto envidiable (sin huella de sus excesos de juventud) ha dejado atrás las drogas y la delincuencia para llevar una vida “normal” (gimnasio, ejercicio al aire libre, comida sana, todo lo que cualquier miembro de provecho de la sociedad actual debe hacer).

Aunque Trenton sigue siendo el foco principal de la historia, uno de los mayores aciertos de T2 Trainspotting es otorgar mayor protagonismo al personaje de Ewen Bremner. Spud no es solo el miembro más entrañable de la pandilla, también es quien une pasado y presente a través de sus relatos, dando forma a la película. Por otro lado, también hay que elogiar a Boyle por no optar por el camino fácil y limitarse a repetir la jugada. Lo bueno de T2 Trainspotting es que no es exactamente un refrito de la original. En ocasiones podría parecerlo, ya que recupera su personalidad visual, movimientos de cámara y montaje epiléptico (aunque todo muy suavizado, que ya somos maduros) y utiliza constantemente imágenes de la película del 96, pero lo hace no solo para tocar las teclas más sensibles del respetable, sino también, y sobre todo, para componer el discurso de esta nueva historia. Oponiendo los recuerdos al presente, observamos cómo los personajes han evolucionado (o no), analizamos su amistad y nos llenamos de ese sentimiento de añoranza y tristeza que nos ayuda a abrir los ojos ante nuestra realidad pasajera, aunque sea por un momento.

Ahora bien, a pesar de su eficiencia como ejercicio nostálgicoT2 Trainspotting no consigue alcanzar la trascendencia que se propone. Y la razón es que las conclusiones a las que llega durante la historia no están a la altura del experimento que plantea, ni del impacto cultural del film original. En su lugar, Boyle utiliza a Renton para hacer una crítica a la sociedad moderna que se antoja perezosa, carca y manida, una reprimenda a las nuevas generaciones (y a las viejas) por su entrega absoluta al capitalismo y el narcisismo, y su dependencia de las redes sociales, que parece uno de esos absurdos posts de Facebook con los que se nos pretende abrir los ojos a la realidad que ya conocemos. Para compensar, la película es consciente de su condición de producto hecho para capitalizar la nostalgia de la generación que esta recuerda. La generación que necesita recordar para seguir adelante. “Nostalgia, por eso estás aquí. Eres un turista de tu propia juventud”, le dice Sick Boy a Renton, y obviamente a la audiencia, exponiendo así, de forma digna y honesta, sus intenciones.

Aun así, T2 Trainspotting no tiene tanto que ofrecer como querríamos y acaba desaprovechando un poco la oportunidad. El placer provocado por asistir al reencuentro de los personajes y comprobar qué ha sido de ellos en todo este tiempo es innegable, y por sí solo ya es suficiente para satisfacer a los miembros del culto de Transpotting. Además, la película tiene momentos verdaderamente divertidos, a pesar de parecer sketches inconexos (la escena musical en el bar, la fuga de Begbie, el encuentro de Renton y Simon con el capo de la mafia proxeneta de Edimburgo). Pero más allá de eso, no hay mucho más. La excusa para retornar a las vidas de Renton y compañía era buena, pero lo que nos encontramos una vez pasada la euforia nostálgica no es especialmente interesante o revelador, como tampoco verdaderamente destacable desde el punto de vista cinematográfico. No es más que la enésima reflexión sobre lo efímera que es la vida, la importancia de las decisiones que tomamos y cómo estas siempre vuelven para pasar factura, una conclusión para la que no necesitábamos volver a ver a estos personajes (aunque nos guste hacerlo). Eso sí, si para algo ha servido esta reunión es para que algunos comprobemos que, efectivamente, el tiempo nos cambia y ya no somos tan fácilmente impresionables.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Agosto

AUGUST: OSAGE COUNTY

Crítica escrita por Daniel Andréu

Ha pasado ya mucho tiempo desde aquella Celebración (Thomas Vinterberg, 1998) constituyera uno de los ejemplos más recordados de los últimos años en este subgénero de “reuniones familiares con incómodos roces y oscuros secretos saliendo a la luz”. Aquella inauguración del movimiento Dogma 95 no fue la primera película de este tipo, y por supuesto no fue la última. Muchos han intentado acercarse a este lugar común con mayor o menor suerte, como el caso que nos ocupa: Agosto (August: Osage County, John Wells).

Cualquiera puede hacer una película con una temática similar, no debería ser propiedad exclusiva del cine independiente, pero si no eres capaz de hacer algo con naturalidad deberías dejarlo y probar otra cosa. Este consejo va dedicado a todo el equipo responsable de esta película, empezando por los hermanos Weinstein en la producción. Cuando un producto así se llena de actores hollywoodienses tan conocidos como Meryl Streep, Julia Roberts o Ewan McGregor entre otros, da la sensación de que han sido escogidos para cubrir las carencias con las que parte el proyecto. Efectivamente este es el caso de Agosto, y desgraciadamente ni Hollywood ni nadie es capaz de salvar el conjunto.

Sin haber visto o leído la obra original por la que la también autora del guión Tracy Letts ganó el premio Pulitzer, está claro que el problema viene de la raíz. La sensación que transmite la película durante todo su metraje es de tener un único y clarísimo objetivo, ser lo más indie posible. Aunque sea un mundo que también está lleno de mucha pose y falsedad, sí es cierto que ese tono es algo que a alguna gente le sale natural y a otra no. En Agosto no hay naturalidad ni relajación en ningún momento, cada plano y cada momento están subrayando lo falsamente minoritaria que pretende ser y se olvida de todo lo demás. Sin desvelar nada al lector, ese secreto familiar mil veces visto en otras películas que se ve venir desde el principio y que provoca la mayor crisis de la película, me parece que es motivo de peso para darles una buena colleja a la guionista y a los productores del film.

AUGUST: OSAGE COUNTY

No existe ningún personaje creíble y es culpa del guión, que basa su supuesta efectividad en a ver quién suelta el secreto más gordo, a ver quién provoca la situación más incómoda o a ver quién vive el momento más épicamente dramático. Los pobres actores hacen lo que pueden con sus personajes y realizan un buen trabajo. Julia Roberts (con sus labios-salchichas) demuestra por enésima vez algo que ya no hace falta, que es una buena actriz; Ewan McGregor (con sus omnipresentes dientes) sigue despistando al personal yendo entre las interpretaciones más sosas y las más vivas, como la de esta película; y el resto mantiene el nivel pero sin dejar ese tono caricaturesco que lastra el trabajo actoral en conjunto. Es el mayor fallo de una adorable Juliette Lewis, que sin embargo queda ensombrecido por el exceso de Meryl Streep. A esta señora hay que adorarla, y está claro que se tira un pedo y le sale una interpretación como la de Agosto, pero llega a ser realmente incómodo ver cómo se esfuerza tantísimo en poner caras y ser lo más excéntrica posible. A veces no se sabe si es una actriz o un payaso buscando la tontería más extrema.

La sensación que deja la película es de ser un gran “quiero y no puedo”. Al igual que Coldplay no hacen rock alternativo o Haruki Murakami no hace literatura para las minorías, Agosto no constituye película indie. Por suerte, el espectador se podrá refugiar en que el film no llega a traspasar la línea entre lo agradable y lo molesto, y en que resulta realmente entretenida a pesar de sus diversos fallos.

Valoración: ★★★