Dumbo: Cuando veas a un elefante volar

A la hora de acometer sus remakes en acción real, Disney está optando por dos caminos alternos: la adaptación libre o la recreación literal. Sus clásicos de la era moderna, como La Bella y la Bestia o El Rey León, se prestan a la segunda, mientras que los más antiguos (El Libro de la Selva, Pedro y el dragón Eliott, Cenicienta) requieren un proceso de adaptación al ritmo, la estructura narrativa y la sensibilidad del espectador actual, ya que si se adaptaran de forma fiel, no funcionarían como obras contemporáneas.

Este sería el caso de Dumbo, el nuevo remake live-action de la Casa del Ratón, trabajo dirigido por un viejo conocido del estudio, Tim Burton (este dio sus primeros pasos en Disney en los 80 y dirigió el exitoso remake de Alicia en el País de las Maravillas en 2010). Aunque la película comienza siendo fiel al clásico de 1941 (arranca con el tren circense recorriendo Estados Unidos y las conocidas notas compuestas por Frank Churchill y Oliver Wallace), acaba tomando su propio camino para reescribir la historia del elefante volador, por lo que más que un remake, se podría decir que estamos ante una reinterpretación.

En la nueva versión, los personajes de carne y hueso cobran mayor importancia y sirven como hilo conductor. La historia se construye como un cuento clásico sobre freaks (muy afín a la visión autoral de Burton, que ya hizo algo similar recientemente con El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares) que tratan de sacar a flote un espectáculo en horas bajas. La llegada de Holt (Colin Farrell), antigua estrella del circo que regresa de la guerra cambiado física y psicológicamente, coincide con el nacimiento de Dumbo. Cuando los hijos de Holt descubren que el pequeño elefante puede volar, el dueño del circo, Max Medici (Danny DeVito), lo convierte en el número estrella de su show. Esto atrae la atención del empresario V.A. Vandevere (un exagerado Michael Keaton) y la acróbata francesa Colette (Eva Green), quienes se ofrecen a convertir a Dumbo en una gran estrella en su enorme parque temático, Dreamland.

Con guion de Ehren KrugerDumbo recupera los elementos más icónicos de la película original y los diluye en una historia nueva que toma el clásico como punto de partida para a continuación ir más allá de lo que este nos contaba. En su primera mitad, la película se mantiene fiel a su referente (el nacimiento de Dumbo, el espectáculo con el elefante como bombero apagando un edificio en llamas), pero con la llegada de los personajes de Keaton y Green, la trama gira hacia una aventura de acción con el objetivo de salvar a la madre de Dumbo de las garras del villano. A lo largo de todo el metraje no faltan los guiños directos al clásico animado -diálogos, motivos visuales, reconocibles temas musicales que recorren todo el metraje-, pero estos sirven a Burton sobre todo como herramientas para homenajear o evocar nostalgia.

Más allá de que los animales no hablan en esta versión y la ausencia del ratón Timoteo (en esta son los niños los que descubren a Dumbo que la pluma le da el “poder” de volar), la mayor novedad con respecto a la película de 1941 es la introducción de una trama familiar en el centro de la historia. El regreso de Holt de la guerra da pie a un relato de reconexión paternofilial que resulta convencional (tampoco ayuda que la niña, Nico Parker, sea bastante inexpresiva). Es ahí donde se puede detectar más claramente el sello Disney: el efecto en los niños de la ausencia de una figura paterna y las clásicas lecciones del estudio: “No dejes que nadie te diga lo que no puedes ser” o “Lo imposible puede ser posible” (literalmente calcado de la reciente El regreso de Mary Poppins). Todo esto sirve para modernizar (y estirar) un cuento que tiene más de 70 años, pero se queda en la superficie, limitándose a repetir el esquema que hemos visto en tantas películas de la compañía.

Aun así, Dumbo sale mucho mejor parada que otras relecturas de Disney, como Maléfica o sin ir más lejos, Alicia, del propio Burton. Eso sí, aquí nos encontramos al director de Eduardo ManostijerasEd Wood en su versión más domesticada, más disneyficada. Sus señas de identidad están ahí, su toque oscuro también y la presencia de sus actores fetiche (Keaton, Green, DeVito) nos recuerdan quién está tras las cámaras. Pero de alguna manera, Burton se olvida de ser Burton, y no lleva la historia totalmente a su terreno, suavizando los pasajes más siniestros de la original (como la borrachera de Dumbo, que aquí simplemente es un número de burbujas en el circo) y decantándose por lo cómodo y seguro, como en la mayoría de sus trabajos modernos.

A pesar de esto, Dumbo alza el vuelo. Es una película entrañable, hecha con cariño (excepto algún que otro croma) y sin cinismo, que nos ofrece un valioso mensaje de aceptación y celebración de la diferencia, aderezado con un toque de reivindicación animalista. Aunque no consigue conmover como la original, Burton capta con éxito el asombro de ver a Dumbo volar después de tantas décadas y el brillo en los ojos del pequeño paquidermo aporta la emoción que falta en otros aspectos del film. Y si el reparto hace un buen trabajo (DeVito está perfecto en su papel de maestro de ceremonias y Green consigue brillar a pesar de dar vida a un personaje escrito de forma plana), lo mejor de la película es el propio Dumbo, una criatura adorable que hace que nos olvidemos por completo de que estamos ante una creación digital y creamos en pleno siglo XXI que un elefante puede volar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

Que el cine de Tim Burton ya no es lo que era es algo que tenemos bien asumido. Sin embargo, el director no parece demasiado preocupado por recuperar la fe del público que un día lo consideró uno de los directores más visionarios, originales y subversivos del cine. En su lugar, Burton se ha acomodado en la última década eligiendo proyectos que se ajustan como anillo al dedo a su personalidad y estética, contando/adaptando historias que, antes de pasar por su filtro particular, ya eran marcadamente burtonianas (lo que viene a llamarse “moverse por inercia”). Este es el caso de su nueva película, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, basada en el best seller homónimo de Ransom Riggs, y con la que Burton regresa a sus excéntricos mundos de fantasía después de rebajar la burtonidad con el biopic Big Eyes.

El hogar de Miss Peregrine es la historia de Jake (Asa Butterfield), un adolescente asocial que ha crecido escuchando los cuentos maravillosos de su abuelo, Abe (Terence Stamp), relatos fascinantes sobre niños con poderes especiales que convivían en un orfanato en la costa de Gales. Tras la muerte de Abe en circunstancias misteriosas, Jake decide viajar al Reino Unido para comprobar con sus propios ojos si este lugar existe en realidad. Allí descubrirá el refugio secreto donde los niños de los cuentos de su abuelo, conocidos como Peculiares, permanecen ocultos en 1943 gracias a un bucle temporal creado por Miss Peregrine (Eva Green), la enigmática institutriz que los mantiene a salvo de los peligros que los acechan. A medida que conoce a sus nuevos amigos y las reglas que rigen el hogar de Miss Peregrine, Jake se dará cuenta de que no todo es lo que parece, ni siquiera él, y será clave en la lucha contra los monstruos que quieren hacer daño a los Peculiares.

Miss Peregrine ofrece a Burton la oportunidad de volver a dar rienda suelta a su particular sentido de la magia y la aventura para hablarnos una vez más de esos inadaptados, freaks o seres peculiares por los que siempre ha sentido predilección. Y el director la aprovecha para realizar otro trabajo visualmente estimulante que fusiona el color y la oscuridad, lo luminoso y lo tenebroso, como solo él sabe hacerlo. Otra cosa quizá no, pero este sigue sabiendo cómo construir una fantasía que nos entre fácilmente por los ojos y no nos deje apartar la mirada de la pantalla gracias a su inconfundible imaginario. Efectivamente, Miss Peregrine está llena de imágenes deliciosas, planos iconoclastas rebosantes de romanticismo al más puro estilo del autor (Jake tirando de la cuerda que evita que Emma salga volando, las hermosas secuencias bajo el agua) y momentos de gran asombro que conquistarán sobre todo a los más jóvenes. Y es que, a pesar de dejar escapar unos cuantos momentos verdaderamente grotescos y terroríficos (que la hacen no apta para niños pequeños) y de algún que otro destello del Burton más ácido y extravagante, Miss Peregrine es una película de marcado corte familiar, en la que el director parece esforzarse por mantenerse dentro de unos parámetros de seguridad. Los mismos que, a la larga, acaban perjudicándola.

Pero ese no es el principal problema de Miss Peregrine. Lo cierto es que durante la primera hora la cosa parece prometer bastante, incluso nos hace recuperar por momentos la esperanza en un verdadero regreso a la forma del director, pero se trata solo de una ilusión. A medida que la historia avanza se ponen de manifiesto los defectos de la película. Principalmente un ritmo irregular, que hace que esta se haga demasiado larga (con 127 minutos técnicamente lo es, pero es que además da la sensación de que dura media hora más), el triunfo del estilo sobre la sustancia (con lo que queda una película bonita, pero más vacía de lo que querríamos), y sobre todo un guion que empieza bien y acaba descarrilando hasta no saber por dónde cogerloMiss Peregrine presenta una intrincada mitología que la guionista Jane Goldman (Kingsman: Servicio secreto) no ha sabido exponer de forma clara, haciendo que las reglas de su universo, el desarrollo y los giros argumentales resulten confusos y tiendan excesivamente a la omisión y el deus ex machina. Esto se pone de manifiesto especialmente durante el alocado clímax, cuando el caos se apodera del guion y se trata de cerrar de forma apresurada todo lo que se ha abierto en la primera parte. Es decir, Miss Peregrine sabe cómo captar nuestra atención, pero no es capaz de mantenerla y se/nos pierde enrevesándose demasiado.

El reparto es otro de los aspectos más inconsistentes de Miss Peregrine, tanto por el nivel interpretativo como por el uso que se hace del mismo. Aunque sobre decirlo, Eva Green es una de las mayores bazas de la película. Ella fue lo mejor de Sombras tenebrosas, así que es un absoluto placer volverla a ver a las órdenes de Burton dando vida a otro personaje que permite a la actriz francesa hacer lo que mejor se le da: hipnotizar con su magnética presencia y expresiva mirada turquesa (aunque a ratos se confunda con Vanessa Ives de Penny Dreadful). Sin embargo, su Miss Peregrine queda desdibujada y relegada a segundo plano, desapareciendo literalmente durante el tercer acto de la película, para regresar a última hora sin aportar mucho al desenlace (no corren mejor suerte Judi Dench y Allison Janney, cuyos talentos son dramáticamente desaprovechados). Por otro lado, y esto es lo más importante, Asa Butterfield (muy prometedor en El juego de Ender) no es capaz de sostener sobre sus hombros el peso de la película, llevando a cabo una interpretación plana con la que no logra transmitir apenas emociones. Y por último, Samuel L. Jackson chirría con un villano caricaturesco que debería haber sido divertido, pero en su lugar resulta algo ridículo. Afortunadamente, suplen las carencias del cast principal el encantador grupo de niños peculiares, un plantel de adorables secundarios de entre los que destaca una exquisita Ella Purnell. Es una pena que el guion no sepa aprovechar mejor sus poderes (¿quizá se lo están guardando para una secuela/saga? Daría para ello, desde luego).

El hogar de Miss Peregrine no es un desastre, nada más lejos de la realidad. Esta mezcla de Mary Poppins, Harry PotterX-Men homogeneizada a través de los ojos de Burton es un film de imaginación desbordante, lleno de humor y buenas intenciones, y técnicamente impecable, con diseño de producción, vestuario y efectos de primera (todo lo que cabe esperar del autor). Sin embargo, la magia e ilusión inicial de la propuesta se diluye por culpa de un tratamiento narrativo que no saca partido de su material y una falta de riesgo por parte de Burton, que sigue atrapado en su propio bucle. Con esta película tenía una oportunidad de oro para recuperar el esplendor, pero ha vuelto a dejarla marchar en favor de la mentalidad de estudio.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Penny Dreadful: Poesía de las tinieblas

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Penny Dreadful surgió a rebufo de American Horror Story. La serie de Ryan Murphy se encontraba en su cima de popularidad, y Showtime decidía introducir su propia ficción de terror fantástico en una programación formada principalmente por dramas y comedias adultas. Sin embargo, solo hizo falta ver un episodio para comprobar que la serie, producida entre otros por Sam Mendes, no era una respuesta a AHS, sino un programa con entidad propia que no quería tener nada que ver con ella. Una vez desechadas las comparaciones, nos adentramos en Penny Dreadful para descubrir un rico universo basado en la literatura gótica que hacía de la carga dramática de sus historias y la intensidad de sus interpretaciones su mayor baza y seña de identidad. Con su estupenda segunda temporada, Penny Dreadful se confirma no solo como una de las series fantásticas más destacadas del momento, sino también como uno de los dramas más exquisitos de la televisión.

Para los que no la han visto, Penny Dreadful está ambientada en el Londres de finales del siglo XIX y cuenta los orígenes de algunos de los personajes más célebres de la literatura fantástica y de terror, como el doctor Frankenstein, Dorian Gray, Drácula o Van Helsing. Todos ellos comparten un suntuoso escenario victoriano poblado en las sombras por las criaturas de la noche, vampiros, hombres lobo, espíritus y brujas, y encuentran su nexo de unión en la historia de Vanessa Ives (Eva Green), una joven médium que posee una estrecha conexión con el diablo y las fuerzas del mal. Penny Dreadful (el nombre despectivo que recibían en Inglaterra las historias de terror sensacionalista vendidas por fascículos a un penique) propone una visión clásica de los mitos literarios a la vez que reformula sus normas y particularidades para adaptarlos al entorno ficcional compartido en el que deben convivir. Es decir, la serie se mantiene respetuosa al material de referencia, pero introduce numerosas licencias para reinventar y cruzar las fábulas que adapta, y conservar así el factor imprevisible y sorpresivo que caracteriza a toda serie moderna de calidad.

Penny Dreadful destaca sobre todo por su elegante factura y su refinada estética preciosista (sublimes la fotografía y la banda sonora), pero la serie es mucho más que un regalo a la vista para los aficionados al terror gótico. Estamos ante una de esas ficciones seriales que se cuecen a fuego lento, que dedican episodios enteros a introducirse en la psique de los personajes y relegan la acción a momentos puntuales, para amplificar así los acontecimientos más impactantes y darles mayor significado. Cuando Penny Dreadful lo cree oportuno, eleva las cotas de intensidad para dejarnos imágenes de belleza hipnotizadora, terroríficos trances de pesadilla o sobrecogedoras escenas bañadas en sangre que nunca pierden su valor poético. Hay que dejar que Penny Dreadful se desarrolle a su ritmo, con paciencia y atención, para que la serie nos recompense con estos instantes encarnizados de embrujo y lirismo.

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En este sentido, la segunda temporada ha supuesto una mejora considerable con respecto a la primera, ya destacable, pero ligeramente más deslavazada por su naturaleza de introducción a una historia con diversos orígenes y referentes. En estos recientes diez episodios (o fascículos) se ha desarrollado una trama más centrada y cohesionada gracias a la que hemos podido disfrutar de una dinámica de grupo con más énfasis en las relaciones que mantienen unidos o enfrentados a estos personajes -con especial atención a secundarios al margen como Brona/Lily (Billie Piper), cuya sorprendente evolución ha dejado patente el interés de la serie por acentuar a los personajes femeninos. Además, hemos contado con la distinguida incorporación de otra gran actriz británica de televisión, Helen McCrory, como la villana principal de este año, Madame Kali, poderosa amenaza que ha puesto en jaque a los protagonistas durante toda la temporada, para culminar en un excelente clímax en el espeluznante castillo de las brujas.

Pero la atracción principal de Penny Dreadful sigue siendo Eva Green, ese portento de la actuación que se ha entregado en cuerpo y alma a su personaje. No cabe duda de que Vanessa Ives (por la que Green ha sido injustamente ignorada por los premios Emmy) es el corazón y las entrañas de Penny Dreadful. Durante la segunda temporada, la actriz nos ha vuelto a arrebatar con un impresionante trabajo de interpretación en el que se ha retorcido física y psicológicamente hasta el extremo, abandonándose una vez más a la oscuridad y la demencia que posee al personaje. Y al igual que en la temporada pasada, la serie le ha dedicado un episodio independiente y autoconclusivo para que esta no solo muestre lo que es capaz de hacer con el cuerpo y los ojos, sino también para que destape más capas de la fascinante Señorita Ives. Estoy hablando del magnífico “The Nightcomers” (2×03), más que un episodio una película, en la que además Green cuenta con el contrapunto de una sensacional Patti Lupone. Pero este capítulo es solo un ejemplo del alto nivel de la segunda temporada, en la que Penny Dreadful ha sacado provecho a su potencial, para transcender la etiqueta de “la Liga de los hombres extraordinarios televisiva” y convertirse así en una de las mejores representantes del género fantástico en televisión.

Crítica: 300 – El origen de un imperio

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Sumándose a la larga lista de segundas partes que nadie pidió llega 300: El origen de un imperio (300: Rise of an Empire), tras una serie de problemas de producción que han resultado en un retraso tras otro y en la consiguiente falta de interés y desconfianza en el producto. El origen de un imperio no es ni secuela ni precuela, sino ambas cosas a la vez, lo que se denomina una “side-prequel“. Es decir, los acontecimientos de esta nueva película abarcan desde antes de los que se narran en 300 (Zack Snyder, 2006) y se extienden más allá de ella, sincronizándose con las desventuras del Rey Leónidas y su ejército a mitad del metraje.

El origen de un imperio está basada en la aún inédita novela gráfica Xerxes, también de Frank Miller (que ha trabajado en ella simultáneamente a la producción de la película). En ella se profundiza (es un decir) en la figura del rey dios Jerjes (Rodrigo Santoro) con su origin story, y se nos presenta a Artemisia, comandante de la armada persa interpretada por Eva Green. La acción se traslada esta vez al mar, donde tiene lugar la cruenta batalla entre el ejército griego, liderado por el general Temístocles, que lucha por la unificación de Grecia, y el persa, capitaneado por Artemisia, griega aliada con los persas por un juramento de venganza contra su pueblo.

300 El origen de un imperioAunque estaba previsto que Zack Snyder se encargase de la realización, su compromiso con El hombre de acero le obligó a delegar. El elegido para ocupar su lugar en la silla del director fue el desconocido e inexperto Noam Murro, mientras que Snyder permaneció en el proyecto como productor ejecutivo. No cabe duda de que Murro fue contratado para desempeñar una función meramente instrumental en la producción, puesto que el resultado conserva el inconfundible (y paradójicamente impersonal) estilo visual del director de Sucker Punch. El origen de un imperio es efectivamente una película de Snyder hecha por otro. No falta ninguno de los elementos de los que el director se ha adueñado: esa confusa hiper-saturación digital (llega un momento en que uno no sabe qué está viendo), la ultra-violencia pornográfica que ya nos deja indiferentes, los voluptuosos físicos que son tan de mentira como los cromas sobre los que se mueven, los discursos y diálogos de grandilocuencia infinita, la dichosa cámara lenta -el film duraba en realidad 25 minutos, pero al añadir el slow motion subió a 102- que tanto ha influido en el péplum actual (Spartacus, Hércules). Y en definitiva, su ineptitud para contar una historia que vaya más allá de la superficie.

En lo que sí se distancia El origen de un imperio de su predecesora es en su héroe protagonista. El carismático Leónidas (Gerard Butler) hace hueco a Temístocles, personaje plano donde los haya interpretado por el insípido australiano Sullivan Stapleton. Por suerte, esto se ve compensado por la fuerte presencia escénica de Eva Green como su archinémesis Artemisia, una de las pocas razones que justifican la existencia de esta película -la otra sería ver a Lena Headey poniendo cara de Lena Headey todo el rato. Green, exagerada e intensa, la única que parece esforzarse un poco en dar credibilidad al proyecto, aporta algo de girl power (tal y como lo entiende Snyder, claro), en contrapunto a la abundancia de testosterona de la franquicia, y proporciona un par de escenas memorables (ese beso), blandiendo la espada y otras cosas (lo dicho, lo que Snyder entiende por “mujeres al poder”). El origen del imperio no escatima en espectacularidad, sobre todo en sus impresionantes secuencias de batalla en el mar, pero es decididamente más camp que la primera 300, lo cual aumenta ligeramente la posibilidad de disfrutar de su monocromática ridiculez, sus fuentes de sangre digital y su muertes a lo Viernes 13 si uno se la toma como la desbarrada tomadura de pelo que es.

Valoración: ★★

Dark Shadows: cuéntame un cuento

Tim Burton es una víctima de los tiempos que corren. Cierto es que su obra ha mostrado evidentes síntomas de agotamiento en los últimos años: Sweeney Todd supuso otro esfuerzo técnicamente brillante pero carente de alma, y su Alicia dejó frío a todo el mundo. Sin embargo, no es del todo justo achacar únicamente al realizador la cada vez más generalizada corriente de desprestigio hacia su cine. El camino recorrido por el director de Batman y Eduardo Manostijeras entre otros clásicos del cine contemporáneo ha estado enormemente obstaculizado por su impacto en la cultura de masas. Su extravagante y extraordinaria visión, a su vez siempre cimentada en el clasicismo y lo institucional, ha atravesado dos claras etapas. De lo hip a lo demodé en una década -en medio identificamos un proceso de marketinización y apropiación de su imagen, decisivo para su declive comercial. Hace tiempo que el mundo superó a Burton, dejándolo en el pasado, como uno hizo con el acné y el grunge. En gran medida, lo que ha dañado su cine es no haberse adaptado al siglo XXI. Sus propuestas son intemporales en esencia, pero la audiencia no puede evitar situarlas en el pasado. Burton sigue insistiendo en su discurso estético y en su papel de cuentacuentos sin reparar en que su público ha madurado. Y esto, para mí, es algo absolutamente conmovedor.

Si no prestamos atención a la textura digital que envuelve todo su cine perteneciente al siglo XXI, la última propuesta de Burton, Dark Shadows, podría formar parte de su etapa noventera. Haciendo oídos sordos al hastío del público ante su empalagoso romance profesional con Johnny Depp, el director norteamericano se reafirma en sus preceptos estéticos y se limita a contarnos otro cuento protagonizado por el excesivo actor. Con Sombras tenebrosas, Burton busca la mirada sin adulterar de un público en el que sigue depositando toda su confianza (ciega). Su peterpanismo como realizador opone resistencia a las nuevas tendencias cinematográficas mainstream. Sí, se pone las gafas de sol, pero en el fondo sigue y seguirá siendo el mismo ser extrañado que trata de vivir en una época que no le corresponde (por muy impostado que pueda ser este papel). Y en eso consiste el romanticismo del autor, al que no importa que el espectador esté cada vez más educado en lo narrativo, y al que en ningún momento pretende sorprender.

Dark Shadows está basada en la serie de televisión del mismo nombre (Sombras en la oscuridad se tituló en España), un culebrón de emisión diaria en la cadena ABC que llegó a tener 1.225 episodios. Lo más curioso de la serie es que no incorporó el elemento sobrenatural hasta seis meses después de su estreno. A partir de la introducción del vampiro Barnabas Collins -él aparecería tras un año de emisión del programa-, Dark Shadows se pobló de toda clase de criaturas monstruosas, que convirtieron la serie en un clásico que ha dejado una importante huella camp en su país de origen. Confeso admirador de Sombras en la oscuridad, Burton acometió un proyecto que parecía hecho para él y nadie más. Fusionó convenientemente el componente soap con el ingrediente terrorífico, para elaborar una historia a caballo entre el relato de fantasmas -reminiscente de su Novia cadáver Beetlejuice– y el kitch y el pastiche que nos devuelven el espíritu de sus obras más coloristas, Eduardo manostijeras y la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate. El resultado es un digno ejercicio de entretenimiento, por desgracia ya condenada al ostracismo.

Uno de los apartados más sobresalientes de Sombras tenebrosas es el interpretativo. Depp construye otro de los personajes cartoonescos que le han consagrado como transformista del cine, pero esta vez logra ejercer un mayor control sobre sus tics. Afortunadamente, el Barnabas Collins de Depp nos hace olvidar al desastroso Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, y si me lo permitís, trae a la memoria a su excelente Ed Wood.

Sin embargo, es un trío femenino de ases el que eleva considerablemente de categoría a Dark Shadows. Tres generaciones de actrices que brillan con luz propia. Michelle Pfeiffer continúa por la senda de Stardust, en otro papel de dama de gran presencia -es Pfeiffer, no es que tenga que esforzarse mucho-, una matriarca que se niega a sacrificar aquello que le hace fabulosa a pesar del paso del tiempo. De Catwoman a Cougarwoman. Por otro lado, lo de Eva Green debe ser obra de brujería. La chica es uno de los talentos más impresionantes de su generación, y que no haya conquistado Hollywood debe ser toda una maldición gitana. Quizás sea mala suerte, o cuestionables decisiones creativas, pero Green no ocupa el lugar que parecía reservado para ella desde su revelación en Los soñadores de Bertolucci. Sin embargo, la actriz francesa trabaja mejor que nunca bajo la batuta de Burton. Ajustándose perfectamente a las pelucas amarillo sucio marca de la casa, Green nos regala una villana antológica que tristemente, a causa de la pobre recepción de la película, no recibirá la atención que merece. Quizás no ocurra lo mismo con Chloë Grace Moretz, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de futuro, desde sus loados trabajos en Kick-Ass y Hugo. Moretz da vida a la arquetípica adolescente sumida en un constante sufrimiento hormonal, una que sería fan de Burton si en lugar de en los 70 hubiera crecido en los 90. Estos tres personajes forman parte del clan que portagoniza Dark Shadows: los Collins, una ajada y marchita familia con tenebroso pasado que permite a Burton jugar con divertidos elementos telenovelescos que acaban ajustándose como un guante a su estilo.

Cada nuevo estreno de Tim Burton se examina con ojo receloso y descreído -y es lógico, teniendo en cuenta los tropiezos. A menudo se acusa al director de narrar historias demasiado predecibles, ignorando precisamente lo que hace que su cine siga presentando férreas convicciones artísticas: Burton se niega a abandonar la ingenuidad de su obra. Dark Shadows es una historia en la más pura tradición que elevó al director al firmamento del autor de cine de Hollywood en los 90. Y es precisamente todo esto lo que ha acabado provocando la indiferencia y el rechazo. Los 90 quedan ya muy atrás, y no importa que los cuentos sean eternos, Burton ha resultado no serlo.