Crítica: American Assassin

James Bond, Jason Bourne, Jack Reacher, Napoleon Solo, Austin Powers. A la fiesta de los espías de cine faltaba por invitar a Mitch Rapp, el protagonista de la popular saga de best-sellers escrita por Vince Flynn. La serie del agente Rapp lleva triunfando en el mundo editorial desde que se lanzó en 1997, y hasta 2017 su prolífico autor ha publicado ya 16 entregas. Con American Assassin, Mitch Rapp da por fin el salto a la gran pantalla, con una película basada en el primer libro de la saga que toma prestado el mucho más sonoro título del décimo, publicado en 2010.

A la dirección de este thriller de acción encontramos a Michael Cuesta, realizador curtido en televisión (A dos metros bajo tierra, Dexter) que en cine ha ido cambiando el drama indie por el espionaje y el thriller político a medida que ha avanzado su carrera. Después de dirigir a Claire Danes en Homeland y a Jeremy Renner en Matar al mensajero, Cuesta era un candidato más que apto para acometer la puesta de largo en el cine del popular agente. Y para interpretar al protagonista se ha escogido a uno de los jóvenes actores más prometedores de su generación, Dylan O’Brien, conocido sobre todo por la serie Teen Wolf y la saga young adult El corredor del Laberinto.

En American Assassin nos adentramos en el mundo de la lucha contra el terrorismo para conocer los primeros pasos de Mitch Rapp y asistir la primera misión que le llevará a convertirse en uno de los agentes de inteligencia más eficaces y temerarios del mundo. Tras una tragedia personal que cambia por completo el rumbo de su vida, Mitch ficha por la CIA, donde el joven recluta será entrenado en la rama de operaciones encubiertas bajo la instrucción del veterano de la Guerra Fría Stan Hurley (Michael Keaton). Una vez Rapp se ha desvelado como el agente más superdotado y agresivo de su promoción, la Directora Adjunta de la CIA, Irene Kennedy (Sanaa Lathan) le encomienda la misión de investigar una ola de ataques terroristas a objetivos militares y civiles. Junto a Hurley, Rapp descubrirá una trama de violencia que le llevará a unirse a la letal agente turca Annika (Shiva Negar), con la que tratarán de detener a un misterioso operativo (Taylor Kitsch), cuyas acciones podrían desencadenar una nueva Guerra Mundial desde Oriente Medio.

American Assassin sorprende sobre todo porque, a pesar de estar protagonizada por un ídolo adolescente, su enfoque no es precisamente juvenil. La película hace buen uso de su calificación por edades Rated-R para construirse como un thriller impactantemente violento, crudo y visceral en el que no hay remilgos de ninguna clase. Las secuencias de acción están excelentemente coreografiadas y ejecutadas, y en ellas no se escatima en sangre, huesos rotos y contenido gráfico. En este sentido, Cuesta se inspira muy claramente en las cintas de acción testosterónica de los 80 y los 90 para realizar una película contundente y eficaz con cierto aire retro, que vira hacia el espectáculo blockbuster en su último acto, con un clímax que roza la debacle apocalíptica.

Al igual que los actioners ochenteros, American Assassin cae a menudo en la fantasmada y quizá frivoliza un tema tan serio (¿en el peor momento?) como es la lucha contra el terrorismo, sacrificando realismo y responsabilidad en pos del espectáculo. Pero si somos capaces de pasar esto por alto y asumir que forma parte del género, estamos sobre todo ante una cinta de acción competente y entretenida (a pesar de sobrarle 20 minutos), además de sobresaliente en el apartado técnico, con un protagonista estupendo (O’Brien, más adulto y robusto, da la talla de sobra como leading man y actor dramático) y dosis de intriga suficientes para que podamos desconectar y sentir que realmente estamos viendo una película de hace 20 o 30 años.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Aliados

No hay publicidad mala. Y si no que se lo digan a Paramount Pictures, que gracias al polémico divorcio de Brad Pitt y Angelina Jolie han visto cómo Aliados (Allied) de Robert Zemeckis ha pasado de no despertar demasiado interés a estar en boca de todos y aparecer destacada en los medios. Las malas (y sexistas) lenguas han señalado a un posible affair entre Pitt y su co-protagonista, Marion Cotillard, como causa del mediático divorcio, y aunque esto haya sido desmentido con creces, ha servido para que aumente la expectación y el morbo por verlos enamorándose en pantalla.

Aliados es un regreso nostálgico a la Edad de Oro de Hollywood, un thriller romántico de espías protagonizado por dos glamourosas estrellas que se nutre directamente de las grandes obras maestras del género en los años 40 y 50, principalmente de Casablanca. La película nos presenta al oficial de inteligencia norteamericano Max Vatan (Pitt) y a la luchadora francesa de la Resistencia Marianne Beausejour (Cotillard), dos espías que, sin conocerse previamente y con apenas un minuto de preparación, se deben hacer pasar por marido y mujer para llevar a cabo una misión suicida desde las líneas enemigas. Tras el éxito del ataque contra los nazis, Max y Marianne se enamoran y se van a vivir a Londres, sin embargo, su relación se ve amenazada por las presiones de la guerra y la sospecha de que uno de ellos podría estar trabajando para el enemigo.

Efectivamente, Aliados recuerda inevitable y muy convenientemente a Sr. y Sra. Smith, la película que dio origen al romance entre Pitt y Angelina Jolie. Pero está ambientada durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le da esa atmósfera retro que Zemeckis sabe recrear con suma elegancia. El enfoque clásico que el director da a la película compensa el hecho de que su historia no sea demasiado original o especialmente profunda (y eso que al guión está el estimable Steven Knight). El primer acto de Aliados pone énfasis en la acción y el romance, y su muy cinematográfico paso por Casablanca nos deja imágenes de indudable buen gusto (gracias tanto al diseño de producción como al fabuloso vestuario de sus estrellas), pero el film no ofrece demasiados alicientes más allá de su lustrosa superficie. Por suerte, a medida que la trama avanza y se nos introduce en el nudo del conflicto, Aliados empieza a resultar más interesante. La intriga y el juego de sospechas en el que se ven envueltos los protagonistas proporciona uno de los ganchos más infalibles del cine de espías: ¿Estarán fingiendo su amor para llevar a cabo una misión o su enamoramiento será real? Esta es la idea que bombea la película y que nos deja los mejores momentos.

No obstante, en Aliados falla lo más importante: la afinidad entre la pareja protagonista. Cotillard está al 100% (por suerte el guion descansa bastante en su personaje), y es quien más destaca interpretativamente (su porte, su fuerza magética, su expresividad, su mirada, todo lo que ha convertido a la francesa en una de las mejores actrices de su generación está ahí), mientras que Pitt no está a lo que hay que estar. Su nivel de compromiso con la película es distinto, lo que hace que salte más a la vista la falta de química que hay entre los dos, un error imperdonable en una película donde deberían saltar chispas de la pantalla. Sus besos se antojan desapasionados, más allá del homenaje al arrumaco con boca cerrada del Hollywood clásico, y su vaporosa escena de sexo resulta extraña y excesivamente artificial (no ayuda el inconsistente montaje que a veces lastra el film).

A pesar de ser más bien superficialAliados es un thriller muy correcto y eficaz con buenos momentos de tensión y glamour para parar un avión de guerra, un trabajo decididamente clásico hecho para agradar al público general, que está llamado a disfrutar de una vida muy fértil en las sobremesas televisivas. Lo de Pitt y Cotillard al final, en vez de perjudicar a la película, en cierto modo la beneficia. ¿Qué sería de un clásico de la Edad Dorada sin los rumores tras las cámaras y las habladurías sobre la relación entre los protagonistas? Dudamos que Aliados vaya a pasar a la historia del cine por algo más que por el tumultuoso contexto “rosa” en el que se ha estrenado, pero quizá eso fuera lo mejor que le podía pasar a la película.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El puente de los espías

BRIDGE OF SPIES

Tres años después de su anterior película, Lincoln, Steven Spielberg regresa a la silla del director para hacer lo que mejor se le da (con permiso de la aventura y la ciencia ficción), un nuevo drama histórico basado en hechos realesEl puente de los espías (Bridge of Spies) narra la historia de James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn especializado en la reclamación de seguros que se vio inmerso en la Guerra Fría cuando la CIA le encargó la misión de negociar con la Unión Soviética la liberación de Francis Gary Powers (Austin Stowell), piloto estadounidense cuyo U-2 fue derribado en territorio enemigo. Después de ganarse la antipatía del público americano al defender a un espía ruso amparándose en el ideal americano de que incluso los enemigos de la nación deben ser tratados con igualdad y justicia, Donovan accede a actuar como intermediario privado en la negociación, una peligrosa operación en Berlín que los gobiernos implicados no pueden llevar a cabo abiertamente.

El puente de los espías no solo nos devuelve al Spielberg más clásico, sino que también es cine clásico en estado puro. Poseído por el espíritu de Frank Capra, el director echa la vista atrás hacia el Hollywood dorado para confeccionar una obra del pasado. No en vano, en una escena de la película podemos ver la marquesina de un cine berlinés que está proyectando la comedia de Billy Wilder Uno, dos, tres (1961), en la que James Cagney interpreta a un ejecutivo norteamericano, que, al igual que Donovan, debe cruzar al Berlín del Este para negociar con oficiales soviéticos la liberación de un preso político. Un guiño con el que Spielberg confirma su intenciones y hace una reverencia a los grandes cineastas que han influido en su carrera.

El puente de los espíasLo cierto es que este es el terreno en el que Spielberg se muestra más cómodo. Como cada vez que retrata una etapa histórica importante, el director opta por hacerlo desde un punto de vista optimista, idealista, incluso inocente. Spielberg sigue evitando todo atisbo de cinismo y crueldad en su cine, incluso cuando los hechos que narra son atroces por naturaleza. En El puente de los espías se reitera en su convicción de que el ser humano es capaz de hacer el bien por encima del mal y reivindica la solidaridad y la igualdad de oportunidades con una serie de mensajes que resuenan con especial fuerza en nuestros días: Debemos tratar a los que pisan nuestro suelo de la misma forma que esperamos que los demás traten a los nuestros en suelo ajeno y, por supuesto, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En este sentido, Donovan ejerce como embajador de los derechos civiles y defensor de los ideales humanos, alzándose como el héroe spielbergiano por excelencia, un hombre de férreas convicciones morales, profundamente honrado, íntegro y bienhechor, que evoca al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor y en el que Spielberg condensa esa esperanza que aun no ha perdido. Es un sentimiento que puede resultar excesivamente naíf a nuestros ojos adulterados, pero que no viene nada mal promulgar, especialmente en estos momentos.

Sin embargo, para hacer llegar este mensaje de justicia y equidad, a Spielberg se le acaba yendo la mano con el etnocentrismo. El puente de los espías promueve los principios adecuados, pero lo hace desde la superioridad moral estadounidense: “Demostrémosles cómo somos”. ¿Y cómo son los americanos? Según Spielberg, simplemente mejores. Esto frena en cierto modo la fuerza del mensaje apaciguador y franternal que envuelve la película, y ahoga el discurso con patriotismo y almíbar, especialmente durante el desenlace, en el que Spielberg encadena varios falsos finales, a cada cual más cursi. Si somos capaces de obviar estas irregularidades (al fin y al cabo, a Spielberg lo conocemos de sobra), El puente de los espías es un thriller de espionaje ejemplar, una película inteligente y academicista con grandes actuaciones (Hanks está sublime tanto en las escenas dramáticas como haciendo comedia, y Mark Rylance ofrece una de las interpretaciones contenidas del año), una fotografía preciosa y un montaje espectacular (Spielberg sigue siendo el amo de las transiciones). Lo que se espera del Rey Midas, ni más ni menos. Quedémonos con esto, y abracémonos al mensaje que subyace bajo las capas de edulcorante. Merece la pena.

Valoración: ★★★½

Crítica: Spectre

Daniel Craig

Daniel Craig vuelve a ponerse en la piel del agente 007, James Bond, después de tres entregas que han agitado la mitología alrededor del famoso personaje creado por Ian Fleming. Cuando da comienzo Spectre, la 24ª entrega de Bond, el personaje ya no trabaja “al servicio de su majestad”, sino que opera de forma independiente, ignorando las órdenes del nuevo M (Ralph Fiennes). Bond siempre se ha caracterizado por hacer las cosas a su manera, y en una época del cine de acción como la actual, en la que se imponen los supergrupos y el trabajo en equipo, él sigue insistiendo en ser un héroe solitario -sin contar la compañía femenina a la que necesita recurrir entre misiones, claro. Da igual el tiempo que pase y las reencarnaciones que experimente, Bond siempre será Bond.

Spectre es una película continuista. El director Sam Mendes y los cuatro (sí, cuatro) guionistas que han escrito el film han decidido convertir la historia en una especie de colofón de la era Craig. Esto no quiere decir que cierren la puerta a una quinta participación del rubio actor (aunque él ya se haya encargado de boicotearla en entrevistas). Es como cuando una serie clausura una temporada con un final lo suficientemente cerrado como para que sirva de conclusión en caso de ser cancelada y lo suficientemente abierto por si recibe una nueva temporada. De lo que no cabe duda es de que “James Bond regresará“, pero no sabemos hasta qué punto la siguiente entrega supondrá un nuevo reboot de la saga. Por eso, Spectre de momento funciona bien como desenlace, ya que en ella convergen las líneas argumentales de las tres anteriores, a través del enfrentamiento definitivo de Bond contra Spectre, la organización criminal detrás de los villanos de sus anteriores aventuras, presidida por el supervillano Franz Oberhauser, un Christoph Waltz en su salsa (eufemismo de “haciendo lo mismo de siempre”) eclipsado por Andrew Scott, que debería haber sido el Big Bad de la película.

Andrew Scott

Como es de esperar, Spectre está repleta de guiños y homenajes al universo Bond, no solo a las películas recientes, sino a sus más de 50 años en el cine. Esto hará las delicias de los fans del agente con licencia para matar, por supuesto, pero más allá de eso, la película ofrece pocos reclamos. Después de la oscuridad y la intensidad emocional de Skyfall, Mendes lleva a cabo una película más fría y mecánica, en la que, paradójicamente, no parece haber tanto en juego. Se trata de dos horas y media de lo mismo de siempre, pero esta vez con menos vida. La repetición de la fórmula no suele ser un problema en una saga tan asentada como esta, pero sí lo es que se ponga en práctica sin pasión. Y aquí falta pasión, falta la energía y el ardor de Casino Royale Skyfall. En ese sentido, Spectre se asemeja más a Quantum of Solace, al ser una historia menos trabajada y más ejecutada por inercia.

Lo que nos encontramos aquí es otra película de estructura episódica, construida a base de set pieces y “fases” de una gran misión que nos lleva de un lado a otro del mundo. De México D.F. durante el Día de los Muertos (fantástica secuencia de apertura de la que se obtiene la estética calaveritas de la campaña de marketing, pero que nada tiene que ver con el resto de la película) a Marruecos, pasando por Roma para una divertida persecución en coche y por supuesto Londres, donde tiene lugar el clímax. La acción es sobresaliente, como siempre, y algunas secuencias, como el prólogo o la brutal pelea de Bond contra Dave Bautista en un tren en marcha, elevan las cotas de adrenalina y espectacularidad. Sin embargo, el guion de Spectre está hecho a base de retales que se mantienen unidos a duras penas por un arco transversal algo confuso. Además, la historia resulta más superficial y previsible de lo que querríamos, dejando siempre a simple vista la tramoya que hay detrás del escenario. Se ven los trucos en todo momento, esa red que está en el sitio exacto para recoger a Bond de una caída mortal, ese coche pasando por la escena en el momento adecuado, esos personajes moviéndose en el tablero de la forma más conveniente. Cuando es para hacer comedia, funciona (Bond cayendo en el sofá), pero como ardid para resolver conflictos se le acaba viendo demasiado el plumero (se confían muchas cosas al azar, y al final no sentimos que haya verdadero peligro).

Daniel Craig;Lea Seydoux

Como decía al principio, Bond es un héroe solitario, deshumanizado, y Mendes ha respetado esta característica del personaje, como tantas otras que definen su universo. Sin embargo, sería interesante ver las reglas del mismo alteradas de verdad alguna vez. En Spectre se intenta explorar el lado vulnerable del agente hurgando en su pasado, pero no llega muy al fondo. Y esto ocurre en cierto modo porque esta vez los vínculos emocionales entre personajes no son tan importantes (uno de los puntos fuertes de Skyfall era la relación Bond-M/Judi Dench) y porque las chicas Bond de esta entrega vuelven a quedarse cortas comparadas con Eva Green. Léa Seydoux cumple con un personaje a medio camino entre la princesa en peligro y la chica de acción, pero cansa ver de nuevo a otro personaje femenino que al final solo está ahí para que Bond se haga el héroe y salve a la enésima mujer de su vida. Y no me hagáis hablar del papel de Monica Bellucci, que apenas sale en pantalla dos minutos para hacer de trozo de carne. La actriz italiana ha calificado a su personaje de “revolucionario”, porque, atención, esta vez Bond no se acuesta con una jovencita, sino con una mujer madura (casi de su edad, vamos). Qué triste. Vale que la misoginia, el edadismo y el carácter mujeriego forman parte de la personalidad y la leyenda del personaje, pero estaría bien que esto empezara a compensarse de verdad, escribiendo mejor a los personajes femeninos de la saga (Naomie Harris tampoco hace mucho) y rebajando el machismo redomado de Bond, que en Spectre alcanza cotas inaceptables para 2015.

En definitiva, Spectre ofrece todo lo que cabe esperar de una película de James Bond (elegancia, distinción y acción contundente por encima de todo) pero en esta ocasión hay menos cohesión en la historia y resulta todo demasiado rutinario, y en consecuencia, aburrido. Diálogos, desarrollo de personajes, giros argumentales, todo deja entrever cierto agotamiento y desgana, lo que pone de manifiesto la necesidad de renovarse una vez más. Craig ha sido (es) un gran Bond, pero ya es hora de pasar el testigo y darle un giro a la saga. Propongo un spin-off de Q, el (desaprovechado) personaje de Ben Whishaw, para hacer tiempo hasta que se dé con la forma de rescatar a Bond de las garras del cansancio.

Valoración: ★★★

Crítica: Operación U.N.C.L.E.

XXX MAN UNCLE MOV JY 1187 .JPG A ENT

Durante la década de los 60 el cine de espías alcanzaba su cénit gracias a la figura de James Bond. El género ya gozaba de popularidad desde muchos años atrás, gracias a las incursiones en el noir de directores afamados como Hitckcock, Wilder o Lang. Sin embargo, es a partir del icono creado por Ian Fleming cuando el espionaje se pone de moda y da el salto definitivo a la televisión, ya por aquel entonces reflejo fiel de los cambios de la sociedad y representante de las tendencias culturales imperantes. Las series de espías abundan en esta década, que nos deja clásicos catódicos como Misión: Imposible, Superagente 86, o las británicas The Prisoner Los vengadores. Entre 1964 y 1968 se emitía en Estados Unidos uno de los mayores éxitos del momento, The Man from U.N.C.L.E., conocida en España como El Agente de C.I.P.O.L. El británico Guy Ritchie recupera esta serie de NBC (en la que curiosamente participó Fleming como asesor creativo) para adaptarla al cine con Operación U.N.C.L.E., remake actualizado que aúna el clasicismo del género y el particular estilo del director de SnatchSherlock Holmes.

De entrada, el mayor acierto de Ritchie es haberse quedado en los 60 para ambientar la historia, en lugar de haberla llevado a nuestros días. Ciertamente, no habría tenido mucho sentido modernizar un producto así, estrechamente ligado a la realidad sociopolítica en la que fue creado. U.N.C.L.E. se sitúa en el telón de fondo del auge de la Guerra Fría y nos introduce en un mundo de tensiones políticas y organizaciones secretas que operan bajo la constante amenaza nuclear. La película recupera a los dos protagonistas de la serie original, el agente de la CIA Napoleon Solo (Henry Cavill) y el de la KGB Illya Kuryakn (Armie Hammer), dos espías de métodos y caracteres opuestos (ya sea en tácticas de infiltración, maneras de pelear o cuestiones de moda) que se ven obligados a colaborar en una misión para evitar que una misteriosa organización criminal se haga con el armamento nuclear. La única pista con la que cuentan para dar con los terroristas es la hija de un científico alemán desaparecido, Gaby Teller (Alicia Vikander), pieza clave del puzle que les llevará hasta Roma, donde se verán las caras con la distinguida Victoria Vinciguerra (Elizabeth Debicki), gélida villana que pondrá en jaque a los agentes.

583180Operación U.N.C.L.E. es una oda vintage a los 60, una película de intriga que más que por su trama o sus secuencias de acción destaca sobre todo por su acabado estético. Ritchie ha llevado a cabo un impecable ejercicio de estilo en el que todo está cuidado al detalle: las impresionantes localizaciones europeas, el minimalismo arquitectónico, las Vespas y los coches deportivos, la magnífica banda sonora (utilizada además como recurso cómico contrastando jazz o canción italiana con secuencias de acción y violencia), y sobre todo las tendencias en moda de la época (el eslogan de la película no miente en cuanto a lo que vende: “Salvar el mundo siempre está de moda“). Operación U.N.C.L.E. es el lujo y la elegancia de la puesta en escena, con una ambientación de primera (solo flaquea en su más bien torpe uso del CGI) y un cuarteto de actores que aportan la percha perfecta para recomponer la irresistible imagen de la década prodigiosa. Y es que el apartado de vestuario y peluquería por sí solo ya hace que la película merezca la pena. Pero U.N.C.L.E. es más que un bello envoltorio vacío.

Es cierto que Ritchie parece más preocupado por demostrar que su película es el colmo de la clase y la distinción (no cabe duda de que lo ha conseguido), y en ocasiones esto nubla su capacidad como cineasta (por ejemplo, las persecuciones están montadas únicamente para alardear de estilo y por tanto resultan confusas), dando como resultado un trabajo algo más superficial de lo que querríamos (“style over substance”, ya sabéis). Sin embargo, para compensar esto, a la película no le faltan armas de seducción. Además de dar buen uso sus aguerridas presencias y sus imponentes voces (por favor, ved la película en V.O.), Henry Cavill y Armie Hammer forman un dúo cómico excelente (U.N.C.L.E. es el fondo una buddy film clásica). Pero la química de los personajes estalla especialmente gracias a la tercera en discordia, la deslumbrante Alicia Vikander, convirtiendo la dinámica entre este trío de ases en el centro de un film que rebosa carisma y personalidad.

Operación U.N.C.L.E. es un espectáculo enormemente sofisticado que además divierte con diálogos pícaros y una socarronería canalla que delata a quien está tras las cámaras. Ritchie se centra más en las relaciones interpersonales y pone menos énfasis en el artilugio y la ciencia ficción propia del género (siguiendo el camino opuesto a M:I), para llevar a cabo una película de espías “analógica”, un tipo de cine más ligero, pero no por ello menos sólido o inteligente. De naturaleza más bien efímera (como la belleza misma), Operación U.N.C.L.E. no se convertirá en un clásico moderno, desde luego, pero su arrebatador atractivo y encanto chic garantizan una burbujeante velada de primera clase.

Valoración: ★★★★