Un último baile por las Twisted Sisters

Meredith Cristina

Son mucho más que mejores amigas. Son mucho más que hermanas. Y no las llaméis BFF que probablemente te morderán (o te mirarán como en la foto de arriba). Meredith Grey y Cristina Yang son sus personas. O sea, Mer es la persona de Cristina, y Cristina es la persona de Mer. Desde el primer “You’re My Person” de Anatomía de Grey, estos dos personajes se han afianzado como el principal pilar de la serie de Shonda Rhimes, y su fascinante amistad una de las constantes que la han sostenido todos estos años. Este concepto del “my person” se empezó a utilizar para definir una amistad que trascendía los límites de la normalidad, una relación de dependencia absoluta que sin embargo se basaba en el respeto mutuo del espacio personal y los particulares caracteres de cada una. Meredith y Cristina se convirtieron en las Twisted Sisters porque no eran las mejores amigas al uso. Podían ser bullies cuando se lo proponían, eran conscientes en todo momento de cuándo se estaban engañando para ayudarse, pero lo hacían porque formaba parte de su contrato. Se mantenían los pies en la tierra la una a la otra, y ofrecían apoyo incondicional, sin ningún tipo de juicio. No importaba lo equivocado de una decisión o el error cometido, Meredith y Cristina se apoyaban la una en la otra, y el mundo tenía más sentido.

Anatomía de Grey se convirtió en un fenómeno de masas en sus primeras temporadas gracias a su excitante combinación de drama médico, comedia de amigos y romance. Durante sus primeros años en antena, la serie era famosa por los líos amorosos de sus protagonistas, que en apenas tres temporadas ya habían agotado todas las posibilidades de emparejamiento. Mucho ha cambiado desde entonces. A día de hoy, Grey’s sigue apoyándose fuertemente en la “anatomía” de sus personajes, corazón y entrepierna a partes iguales. Pero después de una década en televisión, la serie de Shonda Rhimes ha sabido dejar atrás su hormonada adolescencia para centrarse en otras diatribas mucho más adultas: el matrimonio, la paternidad, el futuro, las encrucijadas profesionales, y la supervivencia del amor a mil y una catástrofes (literales en el caso de esta serie). Y la clave de la Anatomía de Grey madura está justo ahí, en la supervivencia. La de las parejas que siguen luchando por mantenerse a flote a pesar de los reveses del destino (Arizona y Callie), la del matrimonio más estable y compenetrado de la televisión (Meredith y Derek), la de los novatos que compiten encarnizadamente para permanecer en el hospital y salvaguardar su futuro profesional. Y la de la inquebrantable amistad entre dos mujeres que comenzaron el camino hombro a hombro y han seguido, inevitablemente, itinerarios distintos.

Mer Cris

Después de nueve temporadas de estabilidad (no exenta de baches, pero ninguno lo suficientemente alto), las Twisted Sisters han encontrado la horma de su zapato en esta décima temporada de la serie que acaba de tocar a su fin. Aunque sabían que era algo que tenía que ocurrir tarde o temprano. En realidad, su distanciamiento, por muy feos momentos que nos haya dejado este año, ha sido como el de dos amigas (o amigos) adolescentes que llevan toda la vida entonando el “siempre estaremos juntos”, y cuando termina el instituto se dan de bruces con la realidad: No podemos estar siempre juntos. Nuestros intereses, nuestras relaciones, nuestros sueños nos acaban separando y bifurcando nuestras trayectorias. En “Fear (of the Unknown)” (10×24) Meredith y Cristina se separan como las amigas que se marchan a universidades en costas opuestas, aceptando que tan importante como la supervivencia es el sacrificio. Queremos pensar que su dependencia mutua y la preciosa promesa “You’ll always be my person” servirán para que, una en Seattle y otra en Suiza, sigan siendo las Twisted Sisters, para siempre. Pero por experiencia propia sabemos que esta idea es sostenible solo durante un tiempo.

Dejando esta pesimista idea a un lado, “Fear (of the Unknown)” fue un sentido homenaje al que ha sido sin duda el personaje más consistente y laureado de Anatomía de Grey, y a la mejor actriz de la serie, Sandra Oh. A Meredith, protagonista odiada durante sus primeras temporadas, el público ha aprendido a entenderla, a quererla, y se ha convertido con el tiempo en una heroína alternativa (“dark & twisty”). Y por la misma razón que Meredith se ganó el rechazo de los espectadores, porque a nadie le gusta un personaje débil e indeciso, Cristina Yang ha sido, desde el principio de la serie en 2005, el personaje más admirado de Anatomía de Grey. Por su fortaleza, sus férreas convicciones, su condición de “tiburón” -no había nada como ver a la competitiva de Yang dando caña-, y también porque era la que aportaba las notas de humor más geniales. A Cristina la hemos entendido siempre, y por eso la hemos respetado, y hemos apoyado sus decisiones (aunque hayan conllevado renunciar a un amor genuino que en el fondo queríamos para ella).

Y por eso duele tanto decirle adiós, y nos afecta tanto ver a las dos amigas despedirse con lágrimas en los ojos. No solo porque con su marcha ya solo nos quedan dos miembros del m.a.g.i.c. (el grupo original de interns), sino porque ella era, junto a Meredith, lo que hacía que Anatomía de Grey siguiera funcionando después de tanto tiempo. En “Fear (of the Unknown)” obtenemos la clausura más perfecta para el personaje (se marcha a dirigir su propio hospital en Europa), en una trama que no obstante debería haber formado parte del final de la serie. Meredith se nos queda huérfana, y aunque Alex sigue ahí (y con él mantiene una amistad muy parecida a la que tiene con Cristina), ya no es lo mismo. Anatomía de Grey tendrá undécima temporada, y el reparto ha firmado para una posible duodécima entrega, pero la Era Grey-Yang ha llegado a su fin, y con ello, de alguna manera -y a pesar de que todavía somos muchos los valientes que seguimos adelante-, es como si terminara la serie. Así que aguantad el llanto y coged del brazo a vuestra persona. Bailemos por última vez con Meredith y Cristina y celebremos una de las amistades más ‘retorcidamente’ sólidas que nos ha dejado la televisión.

#FarewellCristina

Anatomía de Grey – “Puttin’ on the Ritz” (Episodio 200)

Puttin on the Ritz

“It’s time to put on makeup, it’s time to dress up right, it’s time to get things started on the Muppet Show to— crap!”

Incluso si le preguntamos al fan más acérrimo de Anatomía de Grey si cree que la serie debería acabar ya, probablemente responderá que sí. El drama médico de Shonda Rhimes alcanzó el jueves pasado uno de los hitos más imposibles de la televisión en prime-time: el episodio número 200. “Puttin’ on the Ritz” (10.04) fue una celebración (literalmente) de los nueve años en antena de una de las series clave del nacimiento de la nueva época de esplendor en la televisión norteamericana. Después de tantos episodios, con mil y una muertes y más catástrofes y calamidades de las que el espectador puede procesar, Anatomía de Grey sigue disfrutando de excelentes índices de audiencia (sobre todo teniendo en cuenta lo mal que andan últimamente para todas las cadenas) y el favor de uno de los públicos más fieles. Sin embargo, el éxito prolongado de la serie no es suficiente para acallar al sentido común. Y este nos dice que Anatomía de Grey debería concluir pronto.

“Puttin’ on the Ritz” no es el gran episodio que debería haber sido, pero sí representa a las mil maravillas lo que es, y sobre todo lo que fue, Anatomía de Grey. Los doctores del Seattle Grace, ahora Grey Sloan Memorial, visten sus mejores galas para asistir a una gala benéfica a favor de la reconstrucción del hospital después del enésimo Apocalipsis que tuvo lugar al final de la novena temporada. Giles dijo que había una Boca del Infierno en Cleveland, y a Shonda Rhimes se le ocurrió que Seattle no iba a ser menos. El episodio 200 es así un regreso a los orígenes, el recordatorio de lo que hace tiempo fue una serie que comenzaba con esta cabecera. Batas azules, vestidos y tacones altos. Bisturíes y copas de champán. Camillas para pacientes y para doctores cachondos. McDreamy de esmoquin. Una gran fiesta como las de antaño (concretamente como la prom de “Losing My Religion”, episodio mítico de la segunda temporada), en la que todo puede ocurrir. La diferencia es que, aunque Anatomía de Grey sigue apoyándose principalmente en las relaciones amorosas de sus protagonistas, hay otras fuerzas mayores en juego, y la sensación ya no es la misma, para bien o para mal.

A pesar de seguir recurriendo a un repertorio fijo de tramas y reciclajes varios, Anatomía de Grey ha sabido evolucionar y mantenerse a flote, y “Puttin’ on the Ritz” sirve para demostrarlo. Ya no es lo mismo, pero lo que es ahora no está mal tampoco. El episodio 200 es una bola de cristal en la que una aparición de Izzie o George no habría estado fuera de lugar (al margen de que una sea gilipollas y el otro esté muerto), y con la que parecen decirnos “mira cómo éramos, cuánto hemos cambiado”. Las referencias a las icónicas primeras temporadas se suceden una detrás de otra a lo largo del capítulo. Avery, ahora presidente de la junta de directores del Grey Sloan incentiva a sus compañeros para que compitan a ver quién recauda más donaciones. Regresamos así a los días en los que los interns luchaban encarnizadamente por cirugías y oportunidades para brillar. Cristina lo recuerda con nostalgia (no sé qué vamos a hacer sin ella): “Es como cuando éramos residentes. Robando operaciones. Jugando sucio. Ya no puedo hacer ese tipo de cosas”. Se acuerda así de sus días como “tiburón” (ella sigue siéndolo, pero ya no muerde como antes porque no le hace falta) y nosotros hacemos balance del largo viaje personal y profesional que tanto ella como Meredith, Alex y los demás han vivido.

Meredith Grey 10x04Los casos médicos de “Puttin’ on the Ritz” desprenden también un aroma inconfundible a Classic Grey’s (que es igual que decir “lo mismo de siempre”): la fractura de tibia en medio de un espectáculo de contorsionismo, el paciente racista que plantea los más complicados dilemas morales (nada como aquel asesino interpretado por Eric Stoltz), el propio miembro del equipo que se debate entre la vida y la muerte, el padre de uno de los doctores que llega enfermo al hospital. Pero sin duda, el homenaje más significativo que “Puttin’ on the Ritz” lleva a cabo es a Meredith Grey y Derek Shephard, discretos pero sólidos protagonistas que muy a menudo se retiran a un segundo plano para dejar que los demás tomen las riendas de la historia. “Estoy haciendo memoria. Yo, una sala de exámenes y tus bragas pinchadas en un corcho – El baile de fin de curso”. Mer-Der representan todo lo que define a una serie de televisión longeva como esta: lo que permanece estático e inquebrantable, y lo que evoluciona y cambia sin mirar atrás. Y Anatomía de Grey es un constante tira y afloja entre ambas tendencias. Es incansable, ama a sus personajes y no se olvida en ningún momento del espectador al que tanto ha hecho llorar, reír y sufrir. Pero desafortunadamente, no puede evitar que el paso del tiempo, los cambios en el reparto y la repetición le pasen factura. Al final, la conclusión siempre es la misma, y aunque falten chispas, después de nueve años no carece de fuerza. Meredith y Derek, con sus brillantes ojos a la vez tristes y felices, se ponen la bata quirúrgica por encima de sus atuendos de etiqueta, como antes. La pasión por su profesión es lo que los mueve, y esta pasión es lo que sigue dando pábulo a Anatomía de Grey después de tanto tiempo. Grey’s siempre ha tenido muy claro lo que es. On with the show, this is it. Pero no demasiado, por favor.

 

 

Anatomía de Grey, "Perfect Little Accident" (6.16)

Pensamientos al azar de “Perfect Little Accident” (sí, sé que voy un poco a la zaga):

El atípico triángulo Cristina-Owen-Teddy me parece cada día mejor. No se trata de un triángulo al uso, en el que lo único que mueva a sus participantes sea el amor y los celos. No puede ser solo eso si Cristina está involucrada. El “amor” de Cristina por Teddy, la extraña y furtiva relación entre la última y Owen, y todo lo que ello implica, me resulta fascinante.

Meredith no está muy presente últimamente, pero en “Perfect Little Accident” aparece para decir una de las mejores frases del episodio, que luego se convertirá en una especie de running gag junto a Cristina:

Cristina: He’s like Meredith three years ago.
Meredith: I said that!
Lexie: I don’t have feelings for Alex.
Cristina: Yes, you do. Your heart is in your vagina.
Meredith: I said that!!
Cristina: My God.
Lexie: You are both monsters.

Esta hermandad de matonas sigue siendo de lo mejor de la serie.

Lo han conseguido. Estoy al borde de odiar a Arizona Robins. Los guionistas se siguen empeñando en hacer de ella un personaje excéntrico a la fuerza, con diálogos que chirrían por artificiosos. Podría ser genial, pero no lo es. Es patético. Y este episodio, todas sus intervenciones me provocan vergüenza ajena.

Arizona: (A Alex) No, because you selpt with my girlfriend, and I find that when I look at you, I wanna hit you with a brick. (A Teddy) As my new friend, don’t judge me for that” (Yo, dedos en la garganta).

Teddy es el caso diametralmente opuesto a Arizona. Es interesante, porque no nos dan con lo obvio del personaje en la cara. Observa y escucha en lugar de interactuar o sobreactuar (o actuar, a secas). Claro, que si todos los personajes fueran así, esto no sería Anatomía de Grey (seguramente sería una serie que muchos se tomarían más en serio). Nos están dando la oportunidad de conocer a Teddy poco a poco, y eso se agradece.

El insoportable señor Harper Avery es el ejemplo perfecto que ilustra el agotamiento absoluto en las historias de los pacientes del Seattle Grace/Mercy West Hospital. Ni siquiera los pacientes “especiales” consiguen aportar nada nuevo, nada interesante. La conexión de Avery con el interno de cuyo nombre no me acuerdo (ni voy a buscar, porque no quiero encontrarme con su cara) y Meredith podría haber estado bien, pero no. ¿Por qué todos estos doctores-pacientes tienen que ser iguales?

La única que se beneficia de la historia de Harper Avery es Cristina Yang (sí, lo voy a repetir, el mejor personaje de Anatomía de Grey):

I misdiagnosed Harper Avery in front of Harper Avery. Do you know what that does to my chances of one day winning a Harper Avery Award?

Por un lado haciendo bullying a Lexie (que debe dejar de ser rubia ya) y por otro, siendo la empollona repelente, una groupie de Harper Avery, Cristina es uno de los personajes más imprescindibles de la serie.

La trama de Derek Jefe de Medicina y Richard Webber sigue dando buenos momentos. Derek como jefe, inexperto, algo inseguro, pero decidido a mantener su puesto y Richard entre attendings ejerciendo presión y dando consejos es una buena dirección para estos dos personajes en esta temporada. Me gusta que los grandes cambios en esta serie traigan consecuencias que cambien a los personajes y transformen las tramas, y no como en la mayoría de las series, donde este tipo de giros argumentales se resuelven en un episodio para al siguiente continuar como si no hubiera pasado nada. Además, Derek, camisa azul y bata blanca. No digo más.

Anatomía de Grey, "State of Love and Trust" (6.13)

Pensamientos sobre “State of Love and Trust” (6.12) de Anatomía de Grey (esta entrada puede contener spoilers):

– Por ahora, uno de los mejores episodios de la temporada. El recurso de acudir a otro personaje para los monólogos interiores del episodio ya se ha convertido en una constante de la serie. Los episodios centrados especialmente en un personaje dan un respiro a la voz resquebradiza de Ellen Pompeo. “State of Love and Trust” tiene a Derek como principal protagonista, y él se encarga de los voiceovers, para hacer básicamente lo mismo que Meredith: Soltar una frase a medias y acabarla después de tres o cuatro escenas, cuando ya no nos acordamos de lo que estaba diciendo…

– Nadie echa de menos a Izzie Stevens, ¿verdad? Katherine Heigl volvió en el episodio anterior para marcharse de nuevo. Al menos se encargaron de dar algo de cierre a su relación con Alex. Magnífico Karev en el episodio anterior dándose cuenta de que no se merece a Izzie. Después de ese momento y tras su nueva ausencia, nos damos cuenta de que nosotros tampoco nos merecemos a Izzie. No si va a ser de esta manera. Anatomía de Grey está llena de buenos personajes, no puede ponerse patas arriba cada vez que la caprichosa de Heigl quiera hacer una comedia romántica. Katherine, si no vuelves de verdad, estamos preparados para verte marchar… para siempre.

– Me llama la atención/irrita el sobre esfuerzo de los guionistas por hacernos querer a Arizona Robins. Cuando lo normal es que los personajes gusten sin apenas artificios, en el caso de Arizona, desde el principio, parece haber una tendencia a hacerla “especial” a base de manías o características bizarro-infantiles. Una cirujana de pediatría que lleva zapatillas de deporte con ruedas. Podría ser genial, pero me resulta un poco… desesperado.

– Nadie lleva las camisas azules como Patrick Dempsey. Cuando uno piensa que no puede ser más guapo, va y ve “State of Love and Trust” y ¡bang! La escena en la que Hunt y Sloan visitan a Shepherd en su nuevo despacho es mejor que cualquier porno. Vaya tres.

– Han conseguido que la aburrida trama de alcoholismo de Richard Webber desemboque en una de las tramas más interesantes de la temporada. Derek y Richard no suelen tener momentos estelares juntos, pero la tensión provocada entre el hombre perfecto más imperfecto de la tv y el pesado del Chief ha sido de lo mejor de lo que llevamos de sexta temporada, y da paso a un cambio que espero que los guionistas sepan aprovechar al máximo (sobre todo en cuanto a Meredith, que puede dar mucho de sí como la mujer del Jefe).

– Por mucha repetición de esquemas y tramas que presente, Anatomía de Grey es una de las pocas series que me provocan más de una carcajada en cada episodio. Bravo por los gags de esta serie. Little Grey curando a Cristina y esta diciéndole “Don’t cry on my ass” fue uno de esos momentos.

– Cristina Yang sigue siendo el mejor personaje de la serie, y en este episodio tiene un momento a la altura de sus mejores escenas en las anteriores temporadas. Después de comerse el episodio “Blink” en su escena final ante Teddy (en la que le ofrece a Hunt a cambio de que se quede), Cristina vuelve a poner la carne de gallina hablándole a Hunt sobre Burke. Bravo, Sandra Oh por tus dejarnos k.o. con tus escenas dramáticas (a pesar de esa voz de ogro ahogándose), y bravo señores guionistas por seguir arañando a los personajes hasta llegar a sus entrañas.

Anatomía de Grey lleva seis temporadas, y a pesar de moverse a menudo por inercia, se las arregla para mantenerse en plena forma. Ya no hay ni un solo caso médico que no resulte repetitivo y (a menudo) ridículo y patético, pero los problemas internos del hospital y los personajes siguen haciendo de Anatomía de Grey una de las mejores series de la televisión norteamericana en abierto.