Crónica de la Muestra Syfy 2016

Leticia Dolera Syfy

El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

Foto de Mara

El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

hiddleston high rise

La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: La verdad (Truth)

Truth

Cuidado, que Cate Blanchett quiere su tercer Oscar, y a ver quién se lo niega cuando sigue encadenando trabajos tan sobresalientes como el que realiza en La verdad (Truth). Basándose en el polémico libro Truth and Duty: The Press, The President and The Privilege of Power, James Vanderbilt, guionista de películas como Zodiac, Asalto al poderThe Amazing Spider-Man se sienta en la silla del director por primera vez para llevar a cabo una reconstrucción dramática de los hechos reales ocurridos en 2004, durante la campaña electoral de George W. Bush, el conocido caso “Rathergate“. Blanchett da vida a Mary Mapes, la periodista que encontró unos documentos que cuestionaban el historial militar de Bush, y que dieron lugar a un controvertido programa de investigación con múltiples ramificaciones y consecuencias para todos los involucrados en él.

La ópera prima de Vanderbilt (que también escribe el guion, claro), nos traslada a una reciente etapa de tumulto sociopolítico en Estados Unidos y en el mundo, un panorama post-11-S en el que la todopoderosa nación se encuentra inmersa en la guerra contra Iraq y Afganistán y George W. Bush se enfrenta a su posible segundo mandato como presidente. Bajo la producción de Mapes, una de las periodistas más destacadas de la televisión norteamericana, y el aval del famoso presentador Dan Rathers (intachable Robert Redford), el programa de CBS 60 Minutes emitía un especial que revelaba las irregularidades del servicio militar de Bush en la guerra de Vietnam, acusando al presidente de no haber terminado el servicio y haber recibido trato de favor por parte de sus superiores para evitar la guerra. Convencida de la legitimidad de las pruebas, Mapes saca la información a la luz, pero al no ser capaz de demostrar la autenticidad de los documentos, se desata un huracán que avanza en el ojo público.

A través de la historia de Mapes y Rather, Vanderbilt nos habla de lo que se esconde detrás de la verdad, de los entresijos de un informativo antes y después de emitir una exclusiva importante que promete (y para muchos parece estar confeccionada para) poner patas arriba la campaña electoral y difamar al candidato aventajado. Aunque en ningún momento se alude a la expresión “caza de brujas“, Vanderbilt nos está narrando entre líneas la conspiración que se pone en marcha contra Mapes y Rather La verdad(convertidos en cabezas de turco y heroicos mártires del liberalismo), una trama ambigua y oscura en la que entran en juego intereses políticos y económicos: como dice Rathers, “Antes las noticias no daban dinero a la cadena, se hacían porque era nuestro deber”, ahora las grandes corporaciones y los partidos políticos cortan el bacalao ideológico de la tele americana. El dúo de periodistas (a los que une un vínculo más fuerte que el profesional) luchan por demostrar la veracidad de su noticia y defender los ideales del periodismo de investigación, pero las fuerzas en juego son demasiado poderosas.

La verdad es una historia que bien podía haber sido escrita por Aaron Sorkin, en el buen y en el mal sentido. Vanderbilt sigue los pasos del creador de El ala oeste de la Casa BlancaThe Newsroom con una historia ágil, de diálogos punzantes e intensidad prolongada que nos recuerda a los mejores momentos de las mencionadas series y encajaría perfectamente en la programación de HBO. Pero como Sorkin, Vanderbilt no puede evitar incurrir en cierta demagogia ideológica a la hora de dar forma a su discurso. Para ser un film sobre la objetividad en los medios, La verdad resulta excesivamente manipuladora y maniquea. Sobre todo en lo que se refiere a su revestimiento dramático, un velo de grandilocuencia hollywoodiense que, a través de una emocionalmente agresiva banda sonora y momentos hiperficcionalizados, no deja apenas espacio para que el espectador piense por sí mismo.

Y aun así, La verdad resulta vibrante en todo momento, principalmente porque trata un tema sin duda apasionante. La clave para disfrutar de ella es ser consciente de que uno está siendo manipulado y hasta cierto punto adoctrinado. Si esto se tiene claro, la película se revela como el entretenimiento hollywoodiense perfecto, una historia robusta, emocionante, sin un minuto de desperdicio, y con impecables interpretaciones protagonistas (como hemos dicho ya, Blanchett está arrebatadora y se ha ganado una nueva nominación al Oscar) y secundarias (destacan Dennis Quaid, Topher Grace y sobre todo Stacy Keach, mientras que Elisabeth Moss queda totalmente desaprovechada). Por último, aunque sea empleando métodos cuestionables, La verdad ha servido para reavivar un debate muy importante sobre la relación entre los medios y el poder político en Estados Unidos que nos incumbe a todos. Supongo que en este caso, el fin justifica los medios.

Valoración: ★★★

Mad Men 7.08 “Severance”

Diner Mad Men Severance

La vida no vivida

Hacia el comienzo de “Severance“, el primero de los siete episodios finales de Mad Men, Don Draper llega a su apartamento vacío por la noche, enciende la luz desde la entrada y contempla durante apenas dos segundos su casa vacía. A continuación apaga la luz para adentrarse en ella en penumbra. Es un pequeño instante que en cualquier otra serie pasaría desapercibido o no cumpliría otra función más que la de transición entre escenas. Sin embargo, estamos hablando de una ficción en la que, como hemos comprobado a lo largo de ocho años, nada, absolutamente nada, está ahí por azar. Este efímero momento que se diluye en los siguientes minutos esconde una de las claves del episodio: Durante unos segundos, Don recuerda la vida que tuvo, para más tarde visitar la que pudo tener y no tuvo. Y no es el único.

“Severance” es técnicamente un episodio central en la temporada final de Mad Men, y como tal, los acontecimientos que tienen lugar en él no tienen excesiva importancia dentro del gran esquema narrativo de la serie. Sin embargo, este capítulo marca un antes y un despuésya que dentro de la historia han pasado aproximadamente los mismos meses que han transcurrido entre la emisión de “Waterloo” y “Severance”, lapso tras el que Mad Men ingresa oficialmente, y como el que no quiere la cosa, en la década de los 70. Como de costumbre, conocemos el momento histórico exacto en el que tienen lugar los acontecimientos gracias a los importantes marcadores cronológicos dispuestos a lo largo del episodio. Primero, los meticulosos estilismos de los personajes -Sterling rockea un mostacho canoso, Ted también se apunta a la moda del bigote, los peinados de ellas se alborotan ganando altura, y en general, la moda se libera de corsés para convertirse en una forma de expresión individual. Segundo, el discurso de Nixon que suena mientras Don yace semi-inerte en su cama (cómo no), y que nos ayuda a situar “Severance” concretamente en el 30 de abril de 1970. Así, sin hacer un gran acontecimiento de ello, Matthew Weiner da el salto de una década a otra.

Don Ken Severance

En los meses transcurridos, la agencia se asienta tras los cambios acontecidos el año pasado, y los publicistas se acomodan en sus puestos dentro de la empresa. Además de devolvernos a Don en plena forma (reafirmándose en su autoridad durante la sublime escena de apertura en la que no hay nadie más que tú y él en la habitación), “Severance” se centra concretamente en tres personajes secundarios. En primer lugar, recuperamos el dilema existencial de Ken Cosgrove, que se plantea abandonar la agencia para perseguir su sueño de convertirse en escritor (“No escribas sobre este mundo, es aburrido, escribe una aventura”, le aconseja Pete Campbell en un guiño muy meta a la percepción que muchos tienen de Mad Men). Kenny piensa en la vida que no decidió perseguir, en lo bien que quedaría una foto suya en la contraportada de una novela, y justo cuando está a punto de tomar una decisión, es despedido. Y entonces, en un giro inesperado, Ken abandona (o pospone, no lo sabemos) su sueño para trabajar con uno de los clientes más importantes de SC&P, pasando a ser el jefe de los que lo repudiaron, a los que promete hacerles la vida imposible. A decir verdad, con ese parche, no nos extraña que Ken no haya tenido más remedio que convertirse en megalómano con sed de venganza.

En segundo lugar, tenemos a Joan y Peggy, ambas en posiciones privilegiadas dentro de la jerarquía de la agencia, cada una de ellas habiendo llegado hasta donde están de forma distinta, pero separadas por diferencias y enemigos que en teoría deberían unirlas. Un tenso enfrentamiento en el ascensor hace salir a la luz reproches mutuos que ensanchan la brecha entre las dos mujeres más importantes de SC&P (con permiso de Meredith). Una brecha ya de por sí amplia, como hemos comprobado minutos antes durante la incómoda reunión con los representantes de una empresa de medias (en la que Joan sale peor parada, mientras Peggy disfruta de cierta “inmunidad” ante los babosos empresarios). Peggy es la cabeza visible de la corriente de pensamiento que viene a decir “las mujeres podemos hacer el trabajo de los hombres” y que en cierto modo quiere decir “para triunfar, las mujeres podemos (y quizás debemos) comportarnos como los hombres” (aunque como es el caso, esto no es suficiente para ganarse el respeto del sexo opuesto); por esta razón, Peggy logra camuflarse en ese mundo masculino, desde el que excusa el comportamiento de sus “colegas” juzgando la forma de vestir de Joan. Por otro lado, Joan simboliza (lo quiera o no) el feminismo que, entre otras cosas, lucha por derrotar los obstáculos de la mujer con atributos tradicionalmente asociados a la feminidad, para ser tomada en serio como autoridad sin necesidad de alterar su aspecto o su comportamiento (al contrario de lo que piensa Peggy, es posible vestir así y “tener ambas cosas”). A continuación, cada una lidia a su manera con la realidad que han escogido o les ha tocado vivir, afectadas por la discusión más de lo que quieren reconocer: Joan se reafirma en su postura derrochando su fortuna en fabulosos vestidos de alta costura y la “inconformista, pero divertida y valiente” Peggy acude a una cita a ciegas en busca de validación y del amor que ha dejado a un lado por el trabajo, es decir, para tratar de encontrar un atajo hacia su vida no vivida.

Peggy Joan Severance

Quien sigue oponiendo resistencia al cambio al que invita la nueva década es Don, el enigmático y sofisticado caballero que solo se desgomina ante una mujer en la cama (o en el callejón oscuro detrás de un diner). Nuestro habitualmente sombrío protagonista atraviesa una etapa de dicha y laxitud impropia de él. Disfruta de la compañía femenina como siempre, pero con la diferencia de que esta vez está soltero y es totalmente libre para ir de flor en flor sin tener que esconderse (no es que antes se le diera muy bien ocultar sus devaneos adúlteros, pero ya me entendéis). Incluso le ha cogido el gusto a contar batallitas sobre su pasado, es decir, sobre el de Dick Whitman. Sin embargo, la sombra de la muerte siempre está presente en Mad Men y Don es un hombre con demasiados fantasmas, uno que además es un fantasma en sí mismo, alguien que vio morir al verdadero Don Draper y asumió la identidad de un muerto. Por eso, aun cuando Don está contento, Don parece triste y perdido.

Mad Men lleva varias temporadas insistiendo en explorar la realidad de su protagonista y el mundo en el que habita haciendo uso de la lógica y el lenguaje onírico. En este sentido, las escenas de Don en “Severance” poseen un aire de surrealismo y fatalidad propio de los sueños (de los sueños draperianos concretamente) que vuelve a empujar la serie hacia La dimensión desconocida (como admite el propio Weiner en esta entrevista). No es la primera vez que los muertos se comunican con Don, de hecho lo llevan haciendo desde hace mucho tiempo (Adam Whitman, Anna Draper, Bertram Cooper). Al fin y al cabo, como hemos dicho ya, su condición de “muerto en vida” le proporciona línea directa con el Más Allá. Pero en esta ocasión, la visita de un fantasma posee un carácter premonitorio (recordad que Don también ha visto a Megan en estos instantes de parálisis del sueño).

Don Draper Severance

Rachel Katz (Maggie Siff), una de las primeras mujeres con la que vemos a Don Draper fuera de su matrimonio con Betty durante la primera temporada, se le aparece en un sueño. Al día siguiente, Don descubre que Rachel ha fallecido, y visita a su familia durante el periodo de Shiv’ah (duelo de siete días propio de la religión judía). Allí, la hermana de Rachel le presenta con resentimiento y hostilidad su “vida no vivida“, una dimensión alternativa en la que Don observa cómo podría haber sido su futuro (su presente) si Rachel, la primera persona a la que le confió el secreto de su pasado, hubiera aceptado su proposición de huir juntos. Don regresa así a su forma natural de aturdimiento y confusión, deambulando como siempre en estado de trance, tratando de encontrar sentido a la muerte, y por tanto a la vida, moviéndose entre escenarios en los que cada vez es más difícil discernir sueño y realidad (es muy posible que tanto ese diner tan “Nighthawks” de Edward Hopper como la camarera solo existan en su mente, que ahora busca a Rachel, ¿o a Megan?, en todas las mujeres). Y mientras Don se plantea si es posible vivir la vida que decidimos no vivir, si esto es todo y no hay más oportunidades, Weiner nos ofrece la respuesta solo a nosotros, en forma de canción, “Is That All There Is?” de Peggy Lee: “Si eso es todo lo que hay, amigos míos, sigamos bailando, saquemos la bebida y celebremos una fiesta”.

 

Aquel maravilloso tiempo: Mad Men, “A Little Kiss” (5.01-02)

Matthew Weiner es un perro muy astuto, además de un guionista de excepción, y así lo demuestra el estreno de la quinta temporada de Mad Men. El uso que hace Weiner del tiempo, un elemento evidentemente esencial en su serie, es extraordinario. No solo han pasado 17 meses desde que vimos el anterior episodio de la serie, sino que por las vidas de Don Draper y sus satélites de Sterling Cooper Draper Pryce también ha transcurrido un tiempo considerable. Tanto que hasta alguno de esos personajes ha dejado de girar a su alrededor. El estreno de doble duración, “A Little Kiss”, está claramente formado por dos episodios distintos -se emitirán por separado en sindicación. La escisión toma lugar en la calle, en la misma puerta del edificio donde se alojan las oficinas de SCDP. La primera parte se centra en la nueva vida de Don Draper como hombre casado (en segundas nupcias). La segunda nos vuelve a abrir -oficialmente- las puertas de la agencia de publicidad de la calle Madison y nos muestra cómo ha afectado este año a sus empleados. No importa que una parte nos haga testigos de lo que ocurre en los hogares de los protagonistas y otra nos devuelva a la oficina, ambas nos hablan de lo mismo.

Donald Draper tiene 40 años. Los tiene desde hace medio año, pero eso no es importante, porque como dice su nueva mujer, Megan -que ya nos gustaba, pero ahora nos ha enamorado-, solo lo sabe él. ¿Se equivoca? Por supuesto. Precisamente importa más porque solo lo sabe él. Si hemos aprendido algo de Don Draper es que su vida está casi íntegramente definida por lo que únicamente él sabe. La primera hora de “A Little Kiss” es un pausado pero hábil relato centrípeto que nos conduce hasta la fiesta sorpresa que Megan prepara para Don. En él observamos recelosos un cambio en el protagonista en el que el resto de personajes incide en varias ocasiones: Don ha cambiado, Don es más feliz. Al principio no sabemos si es cierto o es pura cortesía e ignorancia. Al final, como sospechábamos, descubrimos que se trata de lo segundo. Don sigue siendo un hombre atormentado e infeliz. El cambio que Megan -y su nuevo y luminoso apartamento en la ciudad- introduce en su vida es solo un espejismo. No importa que sonría en su fiesta, da igual que su nueva mujer tenga las piernas más largas de Nueva York, se maneje de maravilla con sus hijos y le cante un tremendamente sensual y pizpireto “Zou Bisou Bisou” -inesperado momento musical en Mad Men que nos deja a todos boquiabiertos-, Donald Draper sigue siendo el mismo. Si para algo le ha servido el tiempo a él es para saber esconder mejor su malestar.

De momento, La Reina de Hielo no hace acto de presencia en “A Little Kiss”. Si pensamos en temporadas anteriores, la desagradable y fascinante ex mujer de Don siempre aparece cuando el relato ya empieza a madurar. Betty Francis sabe cuándo es el momento de hacer su entrada. Y yo lo espero ansioso.

Volviendo a los personajes que sí hemos visto en “A Little Kiss”, no es Don el único que no avanza en su nueva vida. En ausencia de su marido, Joan se enfrenta a la maternidad con la ayuda de su madre -primero M.J. y ahora Martha Huber, Mad Men se ha convertido en una reunión de actores de Mujeres desesperadas. El cambio se hace evidente en su aspecto físico. Conocemos a la nueva Joan de andar por casa: ropas anchas, pelo alborotado y cara de amargura. Pero no tardamos en reconocer a nuestra Joan Harris: asertividad y agresividad felina, mezcladas con una pizca de inseguridad. Joan necesita volver a SCDP. Por último, Pete Campbell es el tercer personaje utilizado para mostrar el reverso tenebroso del paso del tiempo. La desdicha de Pete también tiene que ver con lo que ocurre en casa. De momento, Weiner nos quiere hacer pensar que Pete se está convirtiendo en Don Draper. Al menos en el Don Draper que los demás conocen.

Dejamos las casas de los protagonistas -menos la de Don, que sigue en la cama, supuestamente porque “es feliz”- y tomamos un tren con Pete y un taxi con Lane Pryce para dirigirnos a su verdadero hogar: Sterling Cooper Draper Pryce. Allí también podemos observar cambios. Para empezar, la oficina parece prosperar -a pesar de los perennes problemas económicos-, como señala la sinfonía de teléfonos y máquinas de escribir que nos recibe. En contraste, Peggy Olson está algo estancada. A lo largo de “A Little Kiss”, vemos a una Peggy más relajada y confiada, con su disfraz de copywriter ya asimilado en la piel. Ha bajado la guardia y se encuentra en un lugar cómodo. Don ya no ejerce la misma presión sobre ella, y en consecuencia, ella no parece exigirse a sí misma como antes. Por el contrario, Pete canaliza en la oficina su desgracia como esposo y padre de familia. Con unos Draper, Sterling, Pryce y Cooper apiñados en el sofá de su oficina y reducidos a chiste, Pete da una lección: no necesita un despacho enorme para impresionar a nadie.

Y así es, en definitiva, cómo Mad Men hace de la elipsis un arte en sí misma. Con un pulso ejemplar -sobre todo en el segundo episodio, en el que destaca la agilidad cómica de las escenas en la oficina-, la serie estrella de AMC -récord de audiencia en este primer episodio, por cierto- nos re-introduce en su relato, con los cambios pertinentes y sin descuidar en ningún momento todo lo que nos fascinó de las temporadas anteriores. Las nuevas tramas y las transformaciones en los personajes abren muchos frentes sin dejar de contar la misma historia en ningún momento. “A Little Kiss” concluye  con la introducción de un tema que aún no ha tenido el mismo peso que otras cuestiones sociales en la serie: la segregación racial. Dejemos que el tiempo nos siga desgranando esta gran novela que inaugura un nuevo capítulo con aire certero.