Nuevas series 2016: Parte V

Dejamos octubre atrás y nos acercamos a la primera temporada alta de la televisión norteamericana, lo que llaman el November Sweeps. A estas alturas, la mayoría de estrenos de la temporada otoñal ya han tenido lugar, por lo que, a la espera de la mid-season, podemos hacernos una idea del aspecto que tendrá el resto del año en cuanto a ficción televisiva se refiere. Algunas series de nuevo cuño ya van por su quinta o sexta semana, y muchos empezamos a tachar de nuestros calendarios las que no nos han convencido después de este decisivo periodo. Esta va tomando forma, y la temporada 2016-17 no ha empezado nada mal.

La quinta parte de mi especial sobre pilotos 2016 está formada exclusivamente por comedias, aunque ya sabéis cómo es esto de la división de géneros en la televisión actual. Muchos dramas nos hacen reír a carcajadas, y cada vez hay más comedias que nos hacen llorar y nos joden la cabeza. A continuación os cuento mis primeras impresiones sobre la divertida comedia de HBO Insecure, la co-producción de BBC America Dirk Gently’s Holistic Detective Agency y la nueva trastada de los productores Phil Lord y Christopher Miller (21 Jump Street) para Fox, Son of Zorn. Me quedo con las dos primeras, y la otra, después de ver el quinto episodio, está en la cuerda floja.

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Son of Zorn

Fox sigue comprometida con las comedias gamberras y la animación orientada principalmente a los adultos. Su parrilla, en la que conviven entre otros los Simpson, los Griffin y el “único hombre de la Tierra”, da la bienvenida a una nueva familia de raritos en Son of Zorn, que combina acción real y animación para contarnos la historia de Zorn, un rudo guerrero de la tierra mágica de Zephyria que decide mudarse al barrio residencial de su ex-mujer para involucrarse más en la vida de su hijo adolescente. En su nueva vida, Zorn (un musculoso bárbaro al estilo de He-Man realizado en animación tradicional y con la voz de Jason Sudeikis) debe aprender a adaptarse a la sociedad “civilizada” (vivienda, trabajo, vida social) y reprimir sus instintos sanguinarios y destructores, mientras trata de cultivar una relación positiva con su familia.

Son of Zorn es una propuesta cuanto menos curiosa. Homenaje a las series de animación de los 80 y la fantasía pulp fusionada con la sitcom de familia disfuncional que tanto gusta a las cadenas, pero con ese punto marciano e incómodo de las series de Fox. Phil Lord y Christopher Miller están detrás de esta excentricidad, y se nota, sobre todo por su parecido tonal con su otra comedia para la cadena, The Last Man on Earth. Con la serie de Will Forte tiene en común a un protagonista insoportable que no es consciente de lo difícil que hace las cosas (aunque nadie supera a Phil/Tandy en capacidad para irritar) y un humor más bien crudo. Ese es su mayor problema, su dificultad para conectar con la audiencia debido a que sus personajes no parecen de carne y hueso (pun intended), sino que son, como ocurre en Last Man, caricaturas desagradables, antipáticas y emocionalmente desconectadas.

En definitiva, buena idea, pero mala ejecución (tanto en los guiones como en la integración del personaje animado). Con el paso de las semanas, parece que la serie se asienta un poco y los personajes se van humanizando. Además, la contaminación de Zephyria en la vida suburbana (artefactos mágicos y criaturas mitológicas también “dibujadas”) da para tramas e imágenes simpáticas. Pero sigue habiendo algo que falla. No sé si son los chistes (más bien pobres), las situaciones (ni lo suficientemente estrambóticas, ni lo suficientemente cercanas) o los personajes (ásperos recortes de papel), pero Son of Zorn no cuaja.

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Insecure

Está más que demostrado que la comedia de autor vive una época de esplendor en la televisión. LouieGirls abrieron la veda para que las nuevas (y no tan nuevas) voces de la comedia buscasen un hueco en la ficción serial para verter sus anécdotas, neuras, obsesiones y depresiones varias. Broad CityYou’re the WorstPlease Like Me, Master of None… La comedia millennial y la sitcom de auteur se han ido volviendo cada vez más diversas, las voces femeninas han ganado mucho terreno, y el género alcanza su época de mayor expresión en 2016, con cosas tan buenas como One MississipiBetter ThingsFleabagAtlanta. Sin embargo, hay una nueva comedia que entra en esta categoría y de la que nadie está hablando, Insecure, creada por la humorista Issa Rae, un torbellino de energía, ingenio y talento para hacer reír que ha llegado a HBO para realizar una de las mejores series que no estás viendo.

Insecure se adscribe indudablemente a la corriente de comedia millennial que Lena Dunham ayudó a impulsar desde la misma cadena, y hasta cierto punto tiene bastantes cosas en común con su serie, pero la voz de Issa Rae se suma sobre todo a la de Donald Glover para hablarnos de los mismos temas (la amistad, la familia, las relaciones en la era de las apps, las políticas de la oficina, la sensación de desconexión, la desmotivación de la generación perdida) desde la perspectiva de la comunidad negra y con el rap como principal herramienta de expresión (Issa, la protagonista, mantiene la calma ante las injusticias y decepciones cotidianas y se desahoga rapeando ante el espejo).

Al igual que AtlantaInsecure convierte en comedia los micro-racismos del día a día, los estereotipos y las dificultades añadidas que las personas negras se encuentran navegando las aguas de la vida moderna. Sin embargo, mientras Atlanta es más reflexiva, melancólica y surrealista, Insecure posee una cualidad más luminosa y divertida. Esto se debe a Rae, y a la maravillosa Yvonne Orji, que da vida a su mejor amiga, Molly. Lo mejor de la serie son sus descacharrantes conversaciones (la química traspasa la pantalla), que garantizan las carcajadas en cada episodio. Pero Insecure es una comedia mucho más profunda de lo que parece, un retrato millennial afilado, sutil y reivindicativo que debería convertirse en una de las imprescindibles del momento.

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Dirk Gently’s Holistic Detective Agency

De la mano del solicitado y desigual Max Landis (ChronicleMr. Right) nos llega la nueva rareza protagonizada por Elijah Wood, que se ha especializado en historias sobre personajes peculiares con trasfondo fantástico. Dirk Gently’s Holistic Detective Agency es una co-producción británico-estadounidense basada en la serie de novelas escritas por Douglas Adams (el autor de la popular Guía del autoestopista galático), que llega para hacer las delicias de los fans de la comedia fantástica, concretamente de la British.

Partiendo de un crimen cometido en un hotel, la serie nos presenta a Todd (Wood), botones reservado y con problemas familiares convertido en uno de los sospechosos, y Dirk Gently (Samuel Barnett), un detective paranormal que se especializa en la investigación “holística”, la que sostiene que todo está conectado y nada sucede al azar, sino que forma parte de un esquema de causa-efecto que da forma al universo. Muy a pesar de Todd, que no está interesado en ser un sidekick (o “el Watson” de Dirk, o su companion), este se embarca junto al extravagante detective en una aventura para descifrar la gran trama que se esconde tras el asesinato (en cierto modo, Wood está repitiendo lo que hizo en la recomendable Wilfred).

Dirk Gently, que ya tuvo una adaptación televisiva en BBC hace seis años, es un producto hecho para encantar a los fans de Adams, de la literatura de Terry Pratchet y autores similares, o de Doctor Who (Dirk Gently es básicamente un Señor del Tiempo)El primer episodio supone una carta de presentación impecable, 50 minutos que establecen un tono muy definido (un divertido cruce de comedia fantástica, surrealismo y noir, más oscuro y con más drama de lo que esperaba) y disponen las piezas (un “elegido”, una asesina con machete, viajeros en el tiempo…) de un puzle con muchas ramificaciones, que atrapa enseguida y apunta a una trama interconectada a gran escala. Habrá que seguir para ver si Dirk Gently nos acaba descubriendo el sentido de la vida y el universo, aunque yo con el 42 ya me daba por satisfecho.

(Los 8 episodios de la primera temporada estarán disponibles en Netflix a partir del 11 de diciembre, con el título Dirk Gently Agencia de Investigaciones Holísticas).

Wilfred: Puerta al sótano

Elijah Wood Wilfred

“La felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los percibimos”
León Tolstói

Wilfred es una de esas series que comienzan en un lugar, y acaban en otro completamente distinto, un viaje impredecible que ha merecido la pena completar. La comedia creada por Jason Gann y David Zuckerman a partir de la ficción australiana del mismo nombre empezó su andadura como una simple neo-sitcom gamberra y alucinada, la historia de un joven a punto de suicidarse (Elijah Wood) que ve al perro de su vecina como un hombre disfrazado (Gann) y desarrolla una amistad disfuncional con él, lo que le hace cuestionarse su cordura. Wilfred era una suerte de fusión de Infelices para siempre (Wilfred recuerda mucho al conejo Floppy) y Ted, de Seth MacFarlaneNo en vano, Zuckerman es uno de los guionistas de Padre de familia, y esto es algo que salta a la vista, y mucho, durante los primeros capítulos de Wilfred. Es por eso que resulta aún más sorprendente, echando la vista atrás, que la serie fuera rebajando ese humor de fumados, ligero y descerebrado, para dar lugar a un tipo de comedia más sofisticada y un tono cada vez más serio y oscuro.

A medida que la serie se adentraba más y más en la psique de Ryan Newman, y su agitado mundo interior iba tomando forma en alucinaciones y ensoñaciones cada vez más surrealistas, Wilfred se acercaba a terreno David Lynch, convirtiéndose así en una serie de misterio (a ratos reminiscente de Lost) con toques de comedia negra y tintes existencialistas (además de una auténtica oda continuada al mejor amigo del hombre, todo hay que decirlo). En otras palabras, Wilfred empezó siendo una serie de la factoría MacFarlane sobre un tipo echado a perder y su colega-mascota, y acabó siendo Donnie Darko. El misterio de la identidad de Ryan, y el enigma de su ¿enfermedad? se fue retorciendo a lo largo de las cuatro temporadas que componen la serie, de manera que la broma dio paso a un juego psicológico (y paranoico) muy estimulante, una historia que iba acumulando capas, desvelando secretos e incorporando datos que reconfiguraban constantemente un relato más amplio de lo que creíamos, y nos hacían cuestionarnos qué era verdad y qué un producto de nuestra imaginación, tal y como le ocurre a Ryan.

Wilfred Puerta al sótano

Con un total de 49 episodios, Wilfred logra mantenerse centrada la mayor parte de tiempo, desarrollando una historia concisa y disponiendo una mitología sucinta pero muy organizada (dentro de la confusión que caracteriza a la vida de Ryan) en la que ningún detalle está ahí por azar. Al final, todas las piezas encajan, todos los enigmas reciben una solución más o menos concreta, pero se deja la puerta abierta (nunca mejor dicho) a múltiples interpretaciones y teorías alternativas sobre lo que ha ocurrido (del tipo “el sótano es el Cielo”). ¿Qué le ha pasado a Ryan? ¿Quién es en realidad Wilfred? Aunque podemos razonar múltiples hipótesis, en realidad la serie nos da las respuestas en el sublime desenlace que es “Happiness” (4.10), en el que conecta todos los acontecimientos a la infancia de Ryan, tejiendo una capa subconsciente de caras conocidas, improntas y recuerdos suprimidos al más puro estilo lynchiano que dotan de sentido completo a lo que hemos visto, convirtiendo la serie en una historia idónea para su consumo en sesiones continuas.

“Todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero a nadie se le ocurre cambiarse a sí mismo”.

Wilfred es una obra rebosante de simbolismo, una serie que utiliza la enfermedad mental para hablarnos de la naturaleza misma de la felicidad, y de las múltiples vías para alcanzarla. Sectas, manicomios, tratamiento de shock, el deseo de morir, la delgada línea entre la realidad y la fantasía. Estos son los elementos que la serie arroja a su protagonista y a aquellos a su alrededor para que descubran ese camino. ¿La conclusión? Muy clara: para ser felices a todos nos hace falta un poco de locura. En el caso de Ryan en concreto, más que un poco. Al final de la serie, el personaje de Elijah Wood (ya especializado en dar vida a tipos raros gracias a sus últimos papeles en cine) acepta su condición de maníaco depresivo, abraza su enfermedad y celebra su locura. La felicidad para él proviene de la manera en la que uno ve las cosas, y Ryan decide quedarse en la realidad que le hace feliz, rechazando así la vida “normal”, la que los demás eligen para existir en perpetua desdicha (es decir, la que elige Jenna). Es un desenlace tan triste como bello, una coda perfecta a una serie fácilmente catalogable como marcianada, y que ha resultado ser el precioso retrato de una enfermedad, la locura de estar vivo.

Crítica: Open Windows

Open Windows Elijah Wood

“Nos hemos convertido en una raza de mirones, deberíamos salir y mirar hacia adentro” decía Stella (Thelma Ritter) al comienzo de La ventana indiscreta (Rear Window). Soy consciente de lo predecible y facilón que es comenzar esta crítica con una cita del clásico de Alfred Hitchcock, pero es que no es humanamente posible aproximarse al nuevo trabajo de Nacho Vigalondo, Open Windows, sin invocar al maestro del suspense. El director cántabro se ha propuesto muy deliberadamente filmar una actualización de La ventana indiscreta en forma de thriller tecnológico ambientado en la era de la hipercomunicación. Y lo cierto es que, aunque a medida que avanza el metraje nos damos cuenta de que lo que tiene en mente es más retorcido y va mucho más allá de esa premisa, Vigalondo puede darse por satisfecho con su hazaña, ya que ha logrado que lo comparemos con Hitchcock y no salir escaldado. De hecho, el tito Hitch estaría bastante orgulloso.

Open Windows se adscribe a la selecta categoría de “películas que es mejor ver sabiendo lo menos posible sobre su argumento”. El viaje de Nick Chambers (Elijah Wood) hacia los recovecos más oscuros de Internet es nuestro propio viaje, y desvelar demasiados detalles sobre la trama arruinaría la desasosegante experiencia que propone Vigalondo, que atrapa desde el primer minuto. En sus propias palabras, Open Windows es una película sobre la posibilidad de observar al otro sin que este lo sepa, y también sobre el derecho de la persona observada a no estarlo durante las 24 horas del día. Al convertirnos en espectadores de Open Windows –sobre todo si no sabemos muy bien a qué atenernos-, nosotros mismos pasamos a formar parte de este intrincado juego narrativo en el que las ventanas del ordenador hacen las veces de cajas chinas. Y en los grados de voyeurismo que se pueden asociar a la experiencia de la película, el nuestro es sin duda el más alto.

Vigalondo riza el rizo de lo meta para inquietar, perturbar y en última instancia aturdir con una historia que es a la vez crónica y crítica de nuestro tiempo. Una obra pseudo-distópica de suspense profundamente anclada en nuestra realidad que sin embargo no abusa de adoctrinamientos, sino que prefiere sobresalir más como relato fantástico, sci-fi e incluso whodunit, que como aviso a los navegantes. Aunque claro está que la idea es hacernos reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el mundo a través de mil y una pantallas, y también sobre la cosificación de las personas que no conocemos y que no saben de nuestra existencia, aunque nosotros sepamos cuántos lunares tienen. La ex superestrella del porno Sasha Grey personifica ese objeto de deseo otrora inalcanzable que, via nuevas tecnologías, está más cerca que nunca de la masa que la mira, que fantasea con ella, que se masturba viendo su imagen en el ordenador. A través de Grey (aún no del todo convincente en su vertiente dramática), Vigalondo interconecta muy astutamente el universo del voyeur con el del fan, incluso llegando a situarse él mismo en el centro de esta meta-experiencia de realidad virtual desde la que va abriendo las ventanas y los abismos.

Open Windows Sasha Grey

A pesar de que Open Windows nos brinda múltiples puntos de vista, y nos permite situarnos en todos ellos, la mayor parte del tiempo nos movemos -también sin control sobre nuestro cuerpo- con el personaje de Elijah Wood (muy similar a sus recientes papeles en Grand PianoManiac, con las que Open Windows formaría una completísima sesión triple). Sin dejar de ser nosotros mismos en ningún momento, somos él, y miramos con sus ojos. Con Nick Chambers observamos cómo el mundo tecnológico que nos envuelve se va transformando progresivamente en un universo que escapa a la comprensión. Y ahí es donde Vigalondo descuida el control sobre el relato. Al igual que en anteriores películas, el director se acaba perdiendo en sus propios planteamientos, tan provocativos e inteligentes que terminan por superarlo. En su tecnolisérgica y bizarra recta final, Open Windows desafía la suspensión de la incredulidad con giros improbables y algún que otro desliz demagógico -concretamente una escena sacada directamente de Rastro oculto (2008)-, para rematar con un delirante epílogo a lo Cronenberg, o a lo Gilliam, que deja con sensación de no saber muy bien qué hemos visto o qué podemos sacar en claro de todo ello (y no en el sentido lynchiano, o sea, en el bueno).

Efectivamente, Open Windows no es una cinta redonda, pero es algo mejor. Es una obra de suma ambición e inventiva que arriesga tanto que tiene que perder un poco, pero a cambio gana mucho más. Esos inconfundibles impulsos onanistas del director (a ver a cuántos oís decir que la película es “una paja de Vigalondo”), su contagioso entusiasmo y el hecho de que no se autoimponga ningún límite creativo en su trabajo es precisamente lo que necesitamos en nuestro cine, y lo que ha hecho que el director se haya convertido en el referente que es -sin restar mérito a Wood, que también está haciendo una labor encomiable dentro del género, en parte porque tiene la voz y los ojos perfectos para esto. Open Windows es memorable y reivindicable sobre todo porque es una película perfecta para aquellos que aman el cine, que lo ven con seis ojos, buscando todos los secretos escondidos en cada plano. La hiperactividad visual del film -no quiero ni pensar la ardua labor de planificación que hay detrás- contribuye a que nos involucremos con él a un nivel que no nos permiten otros thrillers, y amplifica la sensación de angustia y paranoia. Después de ver Open Windows, más de uno tapará su webcam con esparadrapo, por lo que pudiera pasar, y cerrará el ordenador. Quizás para verla otra vez.

Valoración: ★★★★

11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Primera jornada (Viernes)

11-muestra-syfy-de-cine-fantastico-427x600“Once años ya. Esto no habría sido posible sin vosotros”, decía anoche Leticia Dolera antes de presentar la primera película del día en La Muestra SyFy de Cine Fantástico, en los cines Callao de Madrid. Parece una afirmación demasiado obvia, pero no se debe pasar por alto. Como se lleva demostrando ya más de una década, lo más importante de La Muestra es su público. El perfil está claro, y Dolera se encarga cada dos por tres de recordarlo: ¡frikis! En este ambiente de comunidad y refugio sí podemos usar ese término sin ningún tinte despectivo, (re)apropiándonos de él. La Muestra es una celebración continua, del friki, del cine maldito, del fantástico, del terror y la ciencia ficción, de cineastas arriesgados y dementes, también de primerizos, una fiesta de vísceras, monstruos y tetas a la que se va a pasárselo bien (algunos demasiado bien) y a vivir las películas de otra manera, como si uno estuviera en el salón de su casa con 900 amigos.

El pasado jueves 6 por la noche tuvo lugar en Callao el preestreno de la película 300: El origen de un imperio -podéis leer mi crítica aquí-, que sirvió como inauguración de La Muestra, y que fue precedido de un vídeo-saludo personal de Eva Green. Pero antes de la proyección recibíamos como siempre a nuestra anfitriona colega Leticia Dolera, la imagen de marca del festival, una cachonda como pocas que en su “discurso” spoileó Gravity a traición y soltó perlas como que Maniac podría ser española porque sale Elijah Wood o que Eduardo Noriega (que estará en La Muestra) es famoso por Tesis, Abre los ojos… y un anuncio. También hubo hueco para los clásicos. No podía faltar la rima favorita de Leticia: “Canino” “Pa tu culo mi pepino”, que yo creo que podríamos patentar ya como el slogan oficial de La Muestra.

Una cosa que ha quedado clara en lo que llevamos de 11ª Muestra es la huella que dejó en el público la edición del año pasado. No han faltado menciones a Huevón (nuestro personaje favorito de Dead Sushi) ni tampoco los aplausos a la luna, práctica ya arraigada que viene de la absurda y enloquecida proyección de Boneboys, película con un incontable número de planos de transición que mostraban la luna llena, y que nos hizo percatarnos después de la enorme cantidad de veces que se recurre al mismo plano en el cine fantástico. Porque la gente que va a La Muestra va con ganas de vivir una experiencia interactiva, de hablar con Leticia, por Twitter o a grito pelao, de hacer reír al resto de la sala con sus comentarios (aunque algunos se podían callar un rato, la verdad), de expresar su pasión incontenida por Nicolas Cage cada vez que aparece en la cortinilla del canal SyFy, de celebrar lo que les gusta y abuchear lo que no. Por eso cuando Dolera mencionó Snowpiercer, Callao se vino abajo, porque era la película más esperada de La Muestra, y una de las cintas de ciencia ficción más deseadas por los aficionados al género.

Tras la primera noche daban comienzo, el viernes 7 a las 15:45, las jornadas maratonianas de La Muestra. El primer día pudimos ver cinco películas, diez horas seguidas de cine fantástico que dieron para mucho. A continuación os cuento lo que vimos:

Maniac-2012-PosterManiac (Franck Khalfoun, Estados Unidos, Francia, 2012)

Mucha expectación había alrededor de Maniac, remake de la película de 1980 dirigida por William Lustig, que además ejerce como productor en la nueva versión, y protagonizada por el abogado de la causa fantástica Elijah Wood. Maniac es un cuento perturbado, con un aire inconfundible a giallo y a grindhouse, narrado en primera persona, y protagonizado por un asesino en serie con mommy issues que haría tener sueños húmedos a Freud. Lo más llamativo de Maniac es que está rodada casi íntegramente desde el punto de vista del asesino -solo vemos a Wood cuando este se ve reflejado en un espejo u otra superficie, o un par de veces que Khalfoun decide saltarse la regla aleatoriamente. Esto refuerza el realismo de las imágenes, haciendo que los asesinatos resulten más crudos, casi documentales, pero sobre todo obliga al espectador a ponerse literalmente en la piel del asesino, que es de lo que se trata. Obviando agujeros en la historia y diálogos acartonados (o quizás gracias a ellos), Maniac es por lo general una experiencia satisfactoriamente inquietante y desconcertante, co-escrita, por cierto, por Alexandre Aja (Alta tensión, Las colinas tienen ojos). [Podéis leer la crítica de Maniac por David Lastra aquí]

Frankensteins-ArmyFrankenstein’s Army (Richard Raaphorst, Países Bajos, EEUU, República Checa, 2013)

Desbarrada cinta bélico-fantástica rodada al estilo de las found-footage tipo Bruja de Blair, sobre un grupo de soldados de la Unión Soviética que se adentran en la Alemania nazi cerca del final de la Segunda Guerra Mundial. Allí encuentran una antigua fábrica llena de grotescas criaturas mitad cadáver, mitad robot (según los créditos “zombots”), diseñadas para la batalla por un tal Doctor Frankenstein. Frankenstein’s Army supone todo un despliegue de imaginación, sobre todo en lo que respecta a los alocados diseños de los zombots, a medio camino entre el steampunk y los enemigos de los Power Rangers, y al igual que Maniac, propone una experiencia en primera persona, que en esta ocasión se asemeja más a un videojuego survival horror/shoot’em up. Acompañamos a los soldados por los macabros pasillos y recovecos ocultos de la fábrica (excelente ambientación de pesadilla), donde nos vamos topando con los enemigos a la vuelta de cada esquina, hasta que llegamos al jefe final, un Doctor Frankenstein que nos da un par de grandes momentos (ese cerebro mitad nazi, mitad rojo), pero que también da paso a un desenlace alargado y pesado hasta la extenuación.

We-Are-What-We-Are-PosterWe Are What We Are (Jim Mickle, Estados Unidos, 2013)

Melodrama de terror del director de Vampiros del hampa, sobre una reservada familia que se reafirma en la práctica de su fe y sus costumbres ancestrales tras la muerte de la madre. Ante la ausencia de la figura materna, son las hermanas mayores, Iris y Rose, las que asumen las responsabilidades del hogar de los Parker. Y estas responsabilidades van mucho más allá del cuidado de su hermano pequeño o atender a las necesidades de su desequilibrado padre. Se extienden hacia el sótano, donde guardan el secreto sobre su familia. El extraño comportamiento de los Parker llama la atención de la policía local, que inicia una investigación al respecto, y que, por supuesto, nos destapa la horrible verdad sobre la familia. We Are What We Are es un cuento de terror gótico, según el propio director inspirado en el cine de Michael Haneke y el terror japonés. Efectivamente, el ritmo pausado y la tensión psicológica dominan casi todo el metraje, hasta que llegamos al psicótico clímax. El secreto sale a la luz (mucho más tarde de lo que debería), los Parker revelan su verdadero rostro y la película concluye con un frenético baño de sangre que ayer desató las carcajadas más fuertes de La Muestra.

snowpiercer-international-posterSnowpiercer (Joon-ho Bong, Corea del Sur, EEUU, Francia, República Checa, 2013)

Como decía, Snowpiercer era la película más esperada de La Muestra de este año. Y no decepcionó. Quizás puede echársele en cara una excesiva duración (no, si al final los Weinstein van a tener razón en lo de querer cercenarla un poco), que hace que se resienta sobre todo en su excesivamente alargado clímax. Por muy necesarias que sean todas esas reflexiones para dotar de sentido completo a la película, acaban lastrando el ritmo. En fin, algo perdonable en cualquier caso, porque Snowpiercer es una obra magna, increíblemente ambiciosa y arriesgada, llena de aciertos. El film, deudor del Terry Gilliam de Brazil y 12 monos, propone un fascinante microcosmos sociopolítico condensado y estratificado en los vagones de un tren permanentemente en marcha que contiene a los únicos supervivientes de la raza humana tras una glaciación provocada por el hombre. Joon-ho Bong, aclamado director de The Host y Memories of Murder, levanta a partir del cómic de Jacques Lob, Jean-Marc Rochette y Benjamin Legrand un universo increíblemente rico en detalles, y dispone las capas de la sociedad de clases como Metrópolis de Fritz Lang, pero de manera horizontal en lugar de vertical. El levantamiento de la tripulación de la cola, la capa más baja de la sociedad del Rompenieves, liderados por Chris Evans, nos conduce a lo largo del tren, vagón a vagón, a base de acción de primera, afiladísima sátira y sentido del humor, en una apasionante lucha de clases y hacia el declive de la raza humana. Snowpiercer es por tanto ciencia ficción distópica en su forma más perfecta.

11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Inauguración – 300: El origen de un imperio (crítica)
11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Primera jornada (Viernes)
Crítica extendida de Maniac por David Lastra
11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Segunda jornada (Sábado)

Crítica: Maniac

Maniac Elijah Wood

Texto escrito por David Lastra

Maniac corre el peligro de convertirse en un nuevo Drive. Aplausos por su factura visual, palos por su tópico argumento. Aceptaré en todo momento que el guión de Alexandre Aja y Grégory Levasseur no sea el más imaginativo que hayamos visto sobre maniacos (como tampoco lo era el de Hossein Amini), pero su fórmula funciona a la perfección, no dejando al espectador escapar de la narración en ningún momento (en este aspecto, ayuda también que se ciña a la hora y media de metraje y no se dedique a deambular y alargarse hasta las dos horas de rigor de sus coetáneas).

Frank, nuestro protagonista, se mueve en un mundo opresivo, lleno de neones y suciedad plástica. Un mundo en el que la restauración Maniac (2012) Posterde un maniquí importa más que la vida de una persona (no hagan caso a esta frase tan tramposa, que parece un tagline). Para construír este remake, el director Franck Khalfoun remite directamente a dos de los mayores referentes visuales de lo siniestramente bello: Nicolas Winding Refn y Gaspar Noé.

Que la imagen del film bebe directamente de la obra del director de Drive es algo indudable y tampoco lo oculta en ningún momento. Si acaso, esta similitud con la cinta de Winding Refn se ve no solo confirmada, sino magnificada, gracias a la banda sonora de Rob y a la parca interpretación de Elijah Wood, los Cliff Martínez y Ryan Gosling de esta cinta. Si acaso, Maniac va un paso más allá en cuanto a las escenas violentas, mucho más realistas y explícitas.

Uno de los mayores aciertos del film es el uso de la cámara en primera persona. Es en ese momento en el que el fantasma de Gaspar Noé sale a pasear (Rémy Belvaux, tu “C’est arrivé près de chez vou” no merece ni ser citada). Esta elección hace que nos metamos en la piel de Frank. Más bien en sus zapatos, que no en su cabeza. Vamos a ser testigos de todos y cada uno de sus actos, pero no vamos a saber muy bien lo que piensa o las razones que tiene para actuar de esa manera tan despiadada. La información nos viene dosificada a través de flashbacks en forma de visiones (si acaso esta explicación del génesis de nuestro asesino es lo único innecesario del film).

A destacar la bonita referencia a El silencio de los corderos con “Good-bye Horses” y el guiño a Les yeux sans visage.

Valoración: ★★★★½

Maniac no ha sido estrenada comercialmente en España, pero puede verse el 7 de marzo a las 15:45 en La Muestra SyFy de Cine Fantástico de Madrid (Cines Callao).

11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Inauguración – 300: El origen de un imperio (crítica)
11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Primera jornada (Viernes)
Crítica extendida de Maniac por David Lastra
11ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Segunda jornada (Sábado)

Crítica: Grand Piano

Elijah Wood Grand Piano

Para su nueva película, el alicantino Eugenio Mira ha rebajado las dosis de bizarrismo que acompañaban a sus anteriores obras (The Birthday, Agnosia) para firmar un trabajo que, a pesar de mostrar sensibilidad de fantástico, se adscribe fuera de él. Grand Piano sigue emanando ese inconfundible aire a Serie B (de qualité, si me permiten la paradoja) que caracterizaba a sus anteriores películas -y que tanto gusta a su amigo Nacho Vigalondo-, pero apunta más alto con una historia descargada de ornamentos, triquiñuelas y artificios de género, un thriller universal en busca de un público más amplio y una repercusión más intemporal.

La película de Mira se promociona en nuestro país como “lo nuevo de los creadores de Buried“, y aunque esta descripción peca de oportunismo, no viene mal para hacernos una idea de lo que vamos a encontrarnos en Grand Piano. Una historia apabullantemente sencilla, con un reparto muy reducido, que transcurre casi íntegramente en una sola localización. Claro que da mucho más juego que un ataúd el gran teatro donde el afamado y jovencísimo prodigio del piano Tom Selznick (Elijah Wood) regresa después de cinco años de autoexilio tras una infame interpretación de “La Cinquette”, “la pieza imposible”. Entre bambalinas, palcos y camerinos Mira construye una trama hitchcockiana de asesinatos y secretos del pasado cuyo ritmo es marcado las intensas notas del piano de Selznick -es decir, por la excelente partitura de Víctor Reyes.

Poster_Grand_PianoTom Selznick se encuentra en el centro del relato en todo momento y el espectador desenmaraña el misterio al mismo compás que él. Wood nunca ha sido un intérprete extraordinario (eso sí, nos cae genial y nos encanta que se meta en este tipo de proyectos), pero su trabajo en Grand Piano es una de las piezas más importantes del pulido mecanismo que hace que la película funcione. El actor interpreta realmente las partituras de la película (su formación previa y mucha práctica se lo permitieron). Mientras sus dedos se deslizan firmes por el teclado, sus grandes ojos azules reflejan el miedo escénico que ahoga al personaje y la angustia y la impotencia que se van apoderando de él a medida que la amenaza va tomando forma. Sin embargo, Mira se concentra tanto en Wood (no puede ser de otra manera) que descuida al reparto de secundarios, un grupo de personajes bastante artificiales y acartonados que restan verosimilitud y empaque a la propuesta, y nos recuerdan ese simpático pero aquí chirriante deje Serie B.

A pesar de esto, Grand Piano es un elegante y absorbente thriller orquestado con templanza y mano firme que fluye sin dar apenas tregua. Noventa escasos minutos en los que la información se dosifica habilidosamente para mantener el interés, y la tensión no deja de aumentar, hasta un desenlace que desafortunadamente no atina a dar con la nota perfecta. Hay muy pocos elementos en juego y gran parte del metraje consiste en Elijah Wood sentado al piano hablando con el misterioso hombre (John Cusack) que ha amenazado de muerte a su mujer si deja de tocar (como Speed pero con un piano en vez de un autobús). Una premisa a priori limitada que encuentra salida a todas sus posibilidades gracias a un guion medido con precisión, la inventiva y estimulante realización de Mira, que busca incansablemente nuevas perspectivas y puntos de vista, y un montaje quirúrgicoGrand Piano hace de la economía de medios (técnicos y narrativos) su mayor virtud. Y en este caso, cuanto más simple, más sofisticado. Y mejor.

Valoración: ★★★½

Wilfred: acabo de conocerte y ¿ya te quiero?

Se supone que encariñarse de un perro es muy fácil, pero a mí me ha costado mi tiempo aprender a querer a Wilfred. Será que soy un hueso duro de roer, o que soy demasiado perro viejo para aceptar nuevas series (sobre todo si son comedias, con las que suelo ser mucho más exigente). No sé. Con la de FX -que ha concluido su segunda temporada y prepara ya la tercera- me ha ocurrido algo que me suele pasar con series que a priori no me convencen, pero a las que doy una y mil oportunidades por si acaso: no sé si ha cambiado ella o he cambiado yo. La respuesta probablemente sea “las dos cosas”.

Wilfred comenzó como una comedia sin demasiadas pretensiones que se apoyaba principalmente en el gag gamberro y hacía gala de un humor algo deprimente y nihilista. O quizás sea más adecuado llamarlo “humor de fumados” (deprimidos y nihilistas, eso sí). Jason Gann es el responsable junto a Adam Zwar de la serie homónima australiana estrenada en 2007 en la que se basa Wilfred. Para la tarea de adaptar su obra a la televisión norteamericana, el tándem recurrió a David Zuckerman, uno de los principales guionistas de Padre de familia (Family Guy). Y he ahí la clave. Servidor nunca ha sido muy fan de la serie de Seth McFarlane, ni de ninguna de sus obras (es más, podéis llamarme hater si gustáis, no os lo voy a negar), y Wilfred desprendía un insoportable halo mcfarlaniano (o en su defecto, zuckermaniano) en sus primeros episodios.

Elijah Wood es Ryan Newman, un joven abogado que cree que su vida no va a ninguna parte y por ello decide suicidarse. Tras planear su última noche meticulosamente y justo en mitad del gran momento, la vecina de Ryan, Jenna (Fiona Gubelmann) le pide que cuide de su perro Wilfred. Para para sorpresa de Ryan, Wilfred es un humano vestido con un disfraz de perro (el propio Gann, que también fue Wilfred en la versión australiana), y al parecer, Ryan es el único que puede verlo, mientras los demás lo perciben como un perro normal y corriente. A partir de ahí, ambos desarrollarán una profunda y disfuncional amistad que mostrará a Ryan el valor de la vida, y todas esas cosas. Imaginaos Infelices para siempre (Unhappily Ever After) protagonizada por una versión adulta y descarrilada de Doug de Up. Wilfred es físicamente similar al conejo Floppy, y el grueso de sus escenas con Ryan transcurre principalmente en un sofá del sótano de su casa. También podemos encontrar paralelismos indiscutibles precisamente con la primera película de Seth McFarlane, Ted, no hace falta que os cuente por qué.

¿Qué hace que Wilfred me acabe pareciendo una propuesta interesante a pesar de sus similitudes con otras obras y mi reticencia inicial? Precisamente es el abandono progresivo de ese humor deliberadamente agrio y extraño el que va conquistándome a medida que la historia se complica. Está claro que hacia la mitad de la primera temporada, y especialmente durante la segunda, yo ya me he encariñado con estos personajes, pero es que Wilfred muestra claros síntomas de evolución más allá del caca-culo-pedo-pis y el humor-entre-humos, y acaba transformándose en una serie de misterio que bien podría haber perpetrado David Lynch (si no estuviera muerto en vida desde hace años). Las cuestiones existenciales que se plantea Ryan y el “¿qué será real y qué no?” con el que se marea al espectador se intensifican en una segunda temporada que se adentra por completo en terreno alucinógeno. La serie encuentra así su razón de ser y su continuidad, todo sin abandonar del todo la pipa de marihuana, por supuesto. Pero al final, su mayor virtud es sin duda la exquisita e introspectiva caracterización de Wilfred, un perro de verdad se mire como se mire. Ni los enigmas, ni los excelentes cameos, ni los chistes que te hacen gracia pero no te sacan la carcajada en ningún momento. Es precisamente ese perro avieso y manipulador, y sobre todo su hermosa amistad con ese humano desastrado con la cara de Frodo Bolsón y el cuerpo de un hipster prototipo, lo que hacen que me comprometa a cuidar a Wilfred más allá del capricho inicial.