Crítica: Vacaciones

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En España, la saga National Lampoon’s Vacation no goza de la popularidad que sí tiene en Estados Unidos, donde desde su lanzamiento en 1983 ha generado numerosas secuelas que se han extendido hasta la actualidad. La comedia escrita por John Hughes y dirigida por Harold Ramis se tituló en nuestro país Las vacaciones de una chiflada familia americana (quizá ahí está la razón de que no se instalase en nuestro imaginario colectivo como sí lo hicieron otras comedias de los 80), y fue uno de los trabajos que lanzó al estrellato a Chevy Chase, que participó en todas las entregas posteriores menos una TV movie a modo de spin-off en 2003. Después de su turbulento paso por Community y su desprecio público hacia la ficción televisiva, Chase regresa al cine por todo lo alto (no) para entregar el relevo de la franquicia Lampoon a Ed Helms en su nueva secuela, titulada simplemente Vacaciones (Vacation).

Helms se está labrando una carrera en el cine como uno de los rostros más reconocibles de la comedia Rated R, y en Vacaciones continúa explotando el personaje que inició en la serie The Office y presentó al gran público en la saga Resacón. El actor interpreta siempre al mismo tipo pardillo y pusilánime con buenas intenciones que se mete a sí mismo y a aquellos a su alrededor en situaciones embarazosas, para deleite y/o sufrimiento del respetable. En Vacaciones le acompañan Christina Applegate (la Jennifer Aniston de saldo) y dos niños muy graciosos, Skyler Gisondo y Steele Stebbins, que roban protagonismo a los adultos en numerosas escenas. Los cuatro forman la nueva generación de los Griswold y juntos intentan trasladar el espíritu de la saga Lampoon a la actualidad, donde, según Helms advierte en uno de los momentos más meta de la película: “es continuación de Vacation, pero funciona como una película independiente“. Efectivamente, la intervención de Chevy Chase y Beverly D’Angelo como la pareja original Clark y Ellen Griswold se reduce a una breve escena cerca del final de la película. El resto del metraje funciona como reboot de la saga. Vamos, que Helms tiene razón, no hace falta ver las seis películas anteriores para ver esta (de ahí que se haya eliminado lo de “National Lampoon” del título).

vacaciones posterDespués de muchos años visitando la misma aburrida cabaña en el lago, los Griswold emprenden un viaje en coche (importado de Albania) a través del país para visitar el parque temático Walley World, el mismo al que el padre de Rusty (Helms, Anthony Michael Hall en la original) llevaba a su familia en la primera película. Lo que el pater familias planea ilusionado como un remedio contra la rutina se le va de las manos al convertirse en una salvaje aventura en la que los incidentes, a cada cual más disparatado, se encadenan para resultar en el viaje más desastroso, y en consecuencia memorable, de sus vidas. Vacation es la aproximación más formulaica posible a la road movie cómica, un film de enredos que nos conduce por la misma ruta cinematográfica que ya hemos recorrido en incontables ocasiones y nos bombardea con déjà vus en todas sus escenas. El humor zafio y gamberro de Vacaciones nos recuerda a la mencionada saga Resacón en Las Vegas, y también a Horrible Bosses o la reciente Somos los Miller. No es coincidencia, claro, todas ellas comparten equipos, actores y hogar en Hollywood (Warner Bros.). Y como en todas ellas, aquí también hay un amago de emotividad al final (en forma de moraleja sobre la familia) para compensar la avalancha de pringue que nos ha echado encima, pero es tan poco genuino como la comedia que le precede.

Más que un largometraje, Vacaciones es una (desigual) sucesión de sketches o segmentos que se recrean insistentemente en el humor verde y escatológico (esta película incluye una de las escenas más asquerosas que he visto en mucho tiempo; involucra una bañera, setas y vello púbico, y no diré más). Su única intención es despertar la risa fácil con chistes de caca-culo-pedo-pis, pero llevándolos al extremo, con situaciones de lo más bestia, y recreándose en la incorrección política (incesto, pedofilia, vómitos, violencia contra animales y heces por doquier). Lo malo es que todo esto ya lo hemos visto en los títulos citados en el párrafo anterior (esta y Somos los Millers son básicamente la misma película), y ya no resulta irreverente o provocador, sino que evidencia una ausencia de ideas en un trabajo que hace suya la ley del mínimo esfuerzo. Dicho esto, sería hipócrita si no reconociera que Vacaciones tiene sus puntazos y que algunos gags son realmente buenos (yo aprecio el humor incómodo y extraño, y aquí hay un par de momentos muy buenos en ese sentido, sobre todo los protagonizados por los hermanos). Además, los cameos (Charlie Day, Kaitlin Olson, Norman Reedus…), la divertida (y caldeante) presencia de Chris Hemsworth (con su pene-dildo), y la duración, que apenas supera la hora y media, hacen que la película se digiera fácilmente (es un decir, porque a más de uno y de una puede que le revuelva el estómago). Es decir, que sirve para un rato tonto (para ser justos, es a lo que aspira), pero más allá de eso, no hay más.

Vacaciones es una alocada y deslenguada comedia de poca monta que se propone traer una saga de los 80 al presente y lo que hace es convertirla en un producto ya anticuado de serie, otra película clonada de usar y tirar con poca fecha de caducidad.

Valoración: ★★½

Crítica: Somos los Miller

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¡Qué les gusta a los americanos una buena comedia Rated-R! Los dramas y las superproducciones luchan contra viento y marea para hacerse con la taquilla, pero llega una comedia de acción compuesta en un 80% de chistes escatológicos y recupera 10 veces su presupuesto. Está claro que a la gente le apetece reír. Y este tipo de comedias se han convertido en un valor seguro, sobre todo desde el pelotazo de Resacón en Las Vegas. Ojo, no hay nada malo en ello, todo lo contrario. Sobre todo porque algunos se están apretando tanto las tuercas que estamos obteniendo auténticas gozadas dentro del género.

Para hacer una buena comedia solo para adultos hay que saberse bien la fórmula, y Rawson Marshall Thurber (Cuestión de pelotas) la lleva tatuada. Pero también hay que saber volverse loco. Con Somos los Millers (taquillazo que a día de hoy lleva recaudados 150 millones de dólares en la box office estadounidense) acierta a incluir todos los ingredientes del género en su justa (des)medida. Precisamente por esto, la película es predecible y transcurre por inercia durante gran parte del metraje, pero cumple su función a las mil maravillas: divierte, desata unas cuantas carcajadas y al final, como no puede ser de otra manera, hace que nos preocupemos por sus personajes y saca la vena tierna en los momentos más adecuados.

Somos los Millers es una road movie sobre una familia mal avenida. David Clark (adorable Jason Sudeikis, el otro Jason Bateman) es un treintañero que sigue con su “empleo” de la universidad, vender maría localmente. Cuando se le presenta la oportunidad de hacer un trabajo en México que le garantiza una paga para retirarse, reúne a un grupo de misfits para hacerse pasar por una familia convencional y no levantar sospechas en la frontera. La stripper crepuscular Rose (Jennifer Aniston) es Mamá. La sin techo Casey (interpretada por la revelación de la temporada, Emma Roberts) y el vecino recién huérfano de David, Kenny (Will Poulter, nacido para hacer de freak), son los hermanos que se pelean porque se quieren. Los Miller se enfundan en ropa de andar por casa, ponen cara de tener un rosal en el jardín y se embarcan en una peligrosa aventura a bordo de una caravana último modelo.

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Las situaciones descacharrantes están garantizadas, y de hecho a Thurber le quedan pocas por explotar. Somos los Millers no se anda con chiquitas. Es una comedia guarra, burda (y mucho más gráfica de lo que esperábamos), a veces muy excesiva, que desafía el buen gusto en pos de la risa. Una rítmica e imparable sucesión de gags, set pieces y chistes a cada cual más burro (el incesto nunca fue tan divertido) que sacan lo peor de nosotros, sin que nos importe demasiado. Claro que el exceso de sal gorda se contrarresta adecuadamente con dosis bien medidas de azúcar y personajes que caen bien. Las escenas picantes son intercaladas con momentos tiernos sobre los lazos que acaban uniendo, inevitablemente, a esta familia de mentira.

La química salta a la vista, y el acertado reparto, liderado por el guy-next-door Sudeikis y una osada Jennifer Aniston defendiendo (dudosa y desesperadamente) el título de Mujer más sexy que alguna revista se atrevió a otorgarle, se encarga de que acabemos queriendo un poco a este clan de inadaptados. También destacan los secundarios, Nick Offerman y Kathryn Hahn (vistos en Parks and Recreation), que junto a los Miller protagonizan las escenas más memorables de la película. Solo una queja: No más tomas falsas en los créditos finales, por el amor de Dios.

Valoración: ★★★½

¡Sorteo! Consigue un combo Blu-ray+DVD+copia digital de R3SACÓN

Este sorteo ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros sorteos.

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No olvidéis incluir vuestra dirección de correo electrónico (solo si participáis en el blog, en Facebook no hace falta) para ponernos en contacto con el ganador (no os preocupéis, no será visible para el resto).

El sorteo comienza el jueves 17 de octubre de 2013 finalizará el próximo jueves 24 de octubre de 2013 a las 23:59. El ganador será escogido al azar y anunciado a lo largo del viernes 25 en nuestra página de Facebook (aseguraos de que sois seguidores para estar al tanto de todo).

Importantesorteo exclusivo para residentes en territorio español.

¡Mucha suerte!

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¡La manada ha vuelto!

R3SACÓN es la conclusión a la odisea de caos y malas, muy malas decisiones, por las que la manada formada por Phil, Stu y Alan debe finalizar lo que comenzó volviendo al origen. Vegas.

En la tercera entrega de la saga Resacón nos reencontramos una vez más con Bradley Cooper, Ed Helms, Zach Galifianakis, Ken Jeong, John Goodman y Heather Graham.

Crítica: R3sacón (The Hangover Part III)

Corría el lejano año 2009 cuando Todd Phillips, conocido por obras imprescindibles como Road Trip: Viaje de pirados o Starsky y Hutch, arrasaba la taquilla mundial con su nueva comedia, Resacón en Las Vegas (The Hangover), llevándose incluso un Globo de Oro a Mejor Comedia e iniciando una corriente de comedias Rated R manufacturadas para competir con los blockbusters estivales. La película seguía las extrañas peripecias de un trío de hombres afectados de síndrome de “crecimiento detenido” -algo parecido al de Peter Pan, pero con muchas más dosis de desviación sexual y retraso mental- después de despertarse con la mayor resaca de sus vidas, y sin acordarse de nada de lo que había acontencido la noche anterior. A partir de ahí, los tres debían reconstruir los acontecimientos a base de encuentros, reencuentros y desencuentros en la ciudad del neón.

La fórmula tuvo tantísimo éxito que en lugar de entonar el prudente “es la última vez en mi vida que bebo”, tanto público como estudio se quedaron con ganas de más. Así se engendró Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! (The Hangover Part II), que era exactamente la misma película– mismo guion, mismos conflictos, mismos chistes-, con la única variación del lugar donde transcurría la acción. Como bien explica el subtítulo español: Tailandia. Ver Resacón 2 era como cuando un niño pequeño hace una monería, los adultos le ríen la gracia y a continuación la repite exactamente igual. Por esto se hacía necesario dar un cierre algo más digno a una serie que había comenzado con tan buen pie.

R3sacón (The Hangover Part III), supuestamente la última parte de una trilogía cerrada, evita a toda costa reproducir paso a paso el esquema narrativo de las dos entregas anteriores. Tanto es así que no hay resacón propiamente dicho, sino que los personajes se enfrentan a las represalias de sus dos desventuras anteriores igual de imbéciles, pero completamente sobrios de principio a fin. La franquicia cómica da paso así a una cinta que se apoya mucho más en la acción desmadrada -tiroteos, persecuciones en coche, saltos al vacío-, perdiendo así el espíritu con el que se presentó.

La secuencia inicial, sin duda la más comentada y celebrada junto al epílogo -no os marchéis del cine en cuanto aparezcan los créditos- tira la casa por la ventana. O más bien la jirafa por la autopista. Como declaración de intenciones, esta escena que parece un fuck you a PETA funciona perfectamente, como gag no tanto. Y ese es el presagio de lo que va a ocurrir en las próximas dos horas. Como tantas y tantas secuelas nos han enseñado a lo largo de nuestra vida, más no es mejor. R3sacón es más políticamente incorrecta, más cerda, más explícita, más loca. Y paradójicamente, es la más emotiva y humana. Algo que a estas alturas ya no encaja. Hasta ahora habíamos detectado pocos atributos redentores en este grupo de personajes, sin embargo, en esta entrega se estrechan los lazos, la manada refuerza sus vínculos y el trío de amigotes se transforma en hermandad.

R3sacón busca marcharse con el beneplácito de un público que ya está hastiado después de tan solo dos entregas, y lo hace elevando el protagonismo de los dos personajes revelación de Resacón en Las Vegas, los de Zach Galifianakis y Ken Jeong. Estos robaescenas llevan todo el peso cómico de la cinta, reduciendo a Bradley Cooper y Ed Helms a meras presencias de figuración -y mejor así porque el primero es el personaje más antipático de la saga y el segundo no consigue deshacerse de sus irritantes mohínes. Sin embargo, ni ellos, ni el aburrido villano de turno (John Goodman), ni siquiera la participación de una omnipresente Melissa McCarthy salvan a la película de hundirse en la indiferencia.

¿Puede Catherine Tate salvar The Office?

Sí, lo reconozco. El título de esta entrada peca de sensacionalismo. La comedia de NBC lleva varias temporadas dando palos de ciego, y en concreto desde la marcha de Steve Carell, le cuesta horrores levantar cabeza. Pero sería injusto declararla hundida oficialmente -sobre todo cuando la NBC se empeña en mantenerla a flote. Al referirnos a The Office es fácil recurrir un lugar común bastante trillado: las horas bajas de esta serie son las altas de la mayoría de las comedias actuales. Sin embargo, todos sabemos que esto no es suficiente. Donde antes había carcajadas, ahora hay golpes de aire y sonrisas incómodas. Donde antes disfrutábamos con las miserias y sociopatías de los personajes, ahora simplemente fruncimos el ceño. Últimamente, los episodios de The Office son 20 minutos de horas bajas. Y ni un minuto de lucidez por episodio sirve para seguir alargando algo que debió terminar hace varios años.

La NBC es consciente de todo eso, pero se niega a dejar marchar su comedia con más audiencia. Y el caso es que el buque hace aguas por todos los lados, y las pérdidas se suceden una tras otra a un ritmo vertiginoso. A pesar de que Ed Helms y Jon Krasinski volverán para la novena temporada, hemos perdido a James Spader -nunca nos acostumbramos a su Robert California, así que no importa mucho-, a Mindy Kaling -que prepara un piloto para la FOX-, a Paul Lieberstein -Toby sin Michael no es nada-, y por supuesto a Rainn Wilson, que junto a Lieberstein se muda al desastre anunciado que es el spin-off de Dwight Schrute. No se sabe nada del resto del reparto, pero ya poco importa. Es desolador ser testigos del progresivo deterioro y pérdida de dignidad de una de las mejores telecomedias de los últimos tiempos, por culpa de una cadena que no atraviesa por su mejor momento en lo que respecta a índices de audiencia: sus otras comedias luchan por sobrevivir, y sus dramas se cancelan de dos en dos.

Ahora bien, desde hace un par de años, siempre que escribo acerca de The Office, no puedo evitar la dicotomía total. The Office es una sombra de lo que fue, pero me sigue gustando. The Office ya no sabe sacar provecho de sus personajes, pero yo los sigo queriendo. Ver The Office se ha convertido en algo parcialmente triste, y aun así sigo viendo cada episodio con ilusión y predisposición. No sé qué será. ¿Cariño, hábito, tesonería? Quizás la clave, después de todo, siga residiendo en los personajes. Hay varios empleados de la oficina que hacen que merezca volver a ella semana tras semana. Ed Helms sigue desprendiendo encanto como Andy Bernard -tan desbordado en su nuevo puesto, tan feliz temporalmente como recepcionista- y Erin (Ellie Kemper) funciona como contrapunto perfecto -convirtiendo a Andy en el personaje más cercano, con el que más fácil resulta identificarse, en definitiva, y aunque parezca mentira, el más normal. El episodio “Get the Girl” (8.19) nos devolvió el interés en la extraña pareja. Que estos dos se hayan convertido en el motor de The Office es resultado de una evolución natural. Pero seguimos necesitando algo nuevo.

Y ahí es donde entra la popular actriz británica Catherine Tate –The Catherine Tate Show, Doctor Who. Conocimos a su personaje, Nellie Bertram, en el último episodio de la temporada pasada, pero ha regresado para una tanda de episodios, en principio sustituyendo a James Spader como representante de los altos mandos de Sabre -aunque su intención sea realmente la de ocupar el despacho de Andy. En “Get the Girl” damos la bienvenida a la oficina a este encantador y excesivo personaje, haciendo que el episodio sirva como campo de pruebas. ¿Nos gusta Nellie en Scranton? Mi respuesta es un rotundo sí. Desde el momento en el que el personaje da rienda suelta a su excentricidad -se autocontrata como supervisora y reparte aumentos a los empleados- se convierte en candidata perfecta para sustituir, no a California ni a Bernard, sino al mismísimo Michael Scott. Esperamos que tanto Tate como los responsables de The Office se den cuenta de las posibilidades de convertir a Nellie Bertram en personaje fijo. No tienen nada que perder, ¿no?

The Office: Evaluación del nuevo jefe de Dunder Mifflin

El vacío dejado por el antiguo jefe de la rama de Scranton de Dunder Mifflin se va haciendo más grande a medida que se emiten episodios de la octava temporada de The Office (ya van seis). Sin embargo, la marcha de Steve Carell no ha supuesto a priori grandes cambios en la serie. Esto indica por una parte un acomodamiento en la fórmula que ha funcionado tanto tiempo, y por otra un alto grado de confianza en el amplio plantel de secundarios de la serie. Es cierto que a lo largo de las siete temporadas anteriores se nos ha insistido en que el corazón de The Office está representado por el pintoresco grupo de trabajadores de la empresa dedicada a la fabricación y venta de papel. Sin embargo, sería absurdo negar la importancia capital de Michael Scott para el éxito de la serie. Sin Carell, la comedia de NBC se limita a seguir potenciando el bizarrismo y la estupidez de sus personajes hasta cotas insospechadas (Kevin, Erin y Gabe ya eran rematadamente tontos, pero sus diatribas son cada vez más desconcertantes), además de mimetizar tramas de las primeras temporadas con la esperanza de repetir la jugada. Sin embargo, después de siete años de excelente caracterización de personajes, no nos queda otra: amamos a todos esos idiotas, egocéntricos y sociópatas (a todos menos a Darryl: fuera ya).

El mayor reclamo para la audiencia a la hora de sintonizar con la octava temporada de The Office era averiguar quién sería el sustituto de Michael Scott. Existían dos opciones: dar ese empleo a uno de los personajes que ya conocíamos (Dwight y Andy eran los más firmes candidatos) o introducir un nuevo personaje. La (acomodaticia) solución ha sido una combinación de ambas. Andy ocupa el lugar de Michael, y un nuevo personaje, Robert California (interpretado por un irreconocible James Spader) ejerce de presidente de la compañía, con mayor presencia en Scranton que sus predecesores. El experimento por ahora no está saliendo del todo bien. California es una presencia incómoda y extraña, y aunque esa parece ser su función y Spader la desempeña acertadamente, hay algo que no encaja. Lo cierto es que Robert California (gran nombre, por cierto) parece ser uno de esos personajes con múltiples capas, y como tal, quizás debamos darle algo más de tiempo antes de emitir un juicio definitivo acerca de él.

Sin embargo, a Andy lo conocemos desde hace ya bastante tiempo y sabemos cuáles son sus virtudes y cuáles sus puntos débiles. Su ascenso no viene impulsado por el papel que desempeña en la serie y en la dinámica de la oficina, sino más bien por el tirón de Ed Helms después de los éxitos de la saga cinematográfica Resacón en Las Vegas. La figura de Andy como supervisor regional de la compañía está siendo explorada con tino al mostrarnos a un personaje sin la
resolución necesaria para llevar a cabo un trabajo de coordinación de un gran grupo de trabajadores. Lo que lo diferencia de Michael Scott es que Andy Bernard es consciente de sus carencias y el miedo es lo que lo define como jefe. Es cierto que al Nard-Dog le falta un hervor, pero cae bien, muy bien, eso es innegable. Y es esa la cualidad que se está aprovechando para construir la octava temporada de The Office. No sería del todo fallida si no fuera porque se está llevando a cabo una clonación absoluta de las tramas de las primeras temporadas de la serie. En ellas, tras una serie de pasos en falso por parte del jefe, los empleados le demuestran a última hora el gran aprecio que sienten por él. Este sentimentalismo calaba hondo cuando Michael Scott era el homenajeado; claro que Michael era un personaje infinitamente más complejo e interesante. No obstante -y a pesar de que Andy sea enormemente abrazable- repetir la jugada no hace más que poner en evidencia la falta de inspiración de unos guiones que a ratos parecen escritos con plantilla.

Una vez alcanzado el punto de no retorno, el regreso a los orígenes suele caracterizar a las series más longevas, y es lo que The Office está tratando de hacer sin éxito (por lo visto, a la NBC no le sirvió de ejemplo lo que ocurrió con Expediente X o con otra de sus comedias, Scrubs). No basta con darnos a un ‘Michael 2.0’, ni con revisitar la rivalidad entre Dwight y Jim con bromas cada vez más retorcidas (el libro de protocolo para celebraciones). Es necesario algo más, algo nuevo, algo distinto. No diré en voz alta que la serie debió finalizar con la marcha de Michael Scott, porque volver a ver a todos los trabajadores de Dunder Mifflin es siempre un placer. Pero seguramente lo piense cada vez que vea un nuevo episodio de The Office.

The Office, "Manager and Salesman" (6.15)

The Office sigue su trayectoria ascendente después de un pequeño bajón (nada dramático, solo ligeramente preocupante) de la primera mitad de la temporada. El último episodio emitido, “Manager and Salesman” ha sido enorme. La incorporación de Kathy Bates al reparto de la serie en la sexta temporada es mucho más que un reclamo publicitario. La NBC es conocida por infestar sus series de estrellas invitadas, casi siempre de primera fila (lo vimos en Friends, Will & Grace, y ahora en 30 Rock). Es interesante ver a estos grandes actores desenvolviéndose en la pequeña pantalla, y especialmente en un género como el de la docucomedia. Bates interpreta a la nueva propietaria de Dundler Mifflin, y viene a representar el cambio dentro de la serie, un cambio que como es habitual, solo es temporal o superficial. Es decir, la nueva estructura de Dundler Mifflin, Sabre no es más que un puente hacia nuevas tramas que permitan brillar a la serie donde siempre ha brillado, sin resultar repetitiva.

Fue un acierto de este episodio que Michael y Jim lucharan por el puesto de manager, para más tarde hacer lo mismo con el de vendedor. Pudimos ver a Michael sentado en las mesas de los vendedores, intentando encajar todos sus juguetes en su espacio personal, y anunciando a viva voz su primera venta (algo que dejaron de hacer en 1993, según sus nuevos compañeros). Este fugaz cambio dio lugar a uno de los momentos más divertidos del episodio, pero me alegro de que se quede en eso, y no sea la tónica del resto de la temporada.

Por su parte, Jim continúa su ascensión al cinismo más radical. Lo que pasa es que al principio era un simple vendedor, y su hastío habitual estaba más justificado, o al menos se le permitía sin juicio alguno (era con el que más podíamos empatizar). El mismo Jim (porque es el mismo, no nos engañemos), en un puesto de mando es un Jim más condescendiente y repelente, o más bien nosotros lo percibimos así. Jim y Pam ya no son lo que eran, pero son lo que deben ser, su evolución es lógica.

Y frente a la normalidad absoluta de Jim y Pam, el resto de la oficina sigue su viaje a los rincones más recónditos de la vergüenza ajena y la locura más bizarra. Andy Bernard es la nueva estrella de The Office, sin duda. Nunca pensé que ese personaje de la tercera temporada, al que no conseguía ver como habitual en la serie, llegaría a estar casi a la altura del gran Michael Scott. Andy es ya un icono de The Office, y su deliciosa (y para muchos nada creíble) relación con Erin viene a rellenar el hueco dejado por Jim y Pam. Las tarjetas de San Valentín de Andy dieron algunos de los mejores momentos del episodio. Uno de ellos protagonizado por la enorme (¿hay alguien en esta serie que no sea enorme?) Kelly Kapoor, que como no podía ser de otra manera, cree que Andy se ha enamorado de ella, y siguiendo las reglas doradas de las comedias románticas, asume que siempre ha tenido el amor delante de las narices y nunca se dio cuenta. Genial.

The Office sigue siendo la serie más divertida de la parrilla actual, y la única que consigue sacar adelante una grupo de personajes numerosísimo, sin que ni uno solo de ellos esté mínimamente desdibujado. Bueno, quizás Ryan haya perdido el norte… pero esto forma parte de su nueva personalidad tras su experiencia en lo más alto de Dundler Mifflin. Verlo cambiar su estilo en cada episodio, en busca de una identidad que se le escapa de las manos, es otro ejemplo del detallismo magistral de The Office.