My Mad Fat Diary: Gracias, Rae Earl

Rae Earl

Antes de animarme a ver la primera temporada de My Mad Fat Diary, tenía una idea preconcebida de la serie que no coincidía con la realidad, basada en lo que había visto descontextualizado en Internet, concretamente en forma de gif en Tumblr (que es otra forma, ya asentada, de experimentar el cine y la televisión). En mi cabeza, My Mad Fat Diary era una comedia gamberra y corrosiva que parodiaba el mundo de los adolescentes y sus neuras. Qué sorpresa me llevé al ver los primeros episodios (allá por el lejano 2013) y comprobar que estaba muy equivocado. My Mad Fat Diary era un drama como la copa de un pino (con grandes dosis de comedia, eso sí). Pero no solo eso, sino una obra de ficción admirable que desempeñaba una labor social muy valiosa, una serie que, lejos de reírse del adolescente, se tomaba en serio sus problemas y le extendía una mano. Como he dicho muchas veces a lo largo de su andadura televisiva, la historia de Rachel Earl debería enseñarse en las escuelas, para que todos aquellos adolescentes que se encuentren en situaciones parecidas sepan que no están solos.

My Mad Fat Diary ha durado tan solo tres temporadas, y la última ha contado únicamente con tres episodios (frente a los seis y siete que tuvieron respectivamente las dos primeras). Es tremendamente fácil, es más, es completamente inevitable encariñarse con Rae y toda su pandilla (“the gang”, como dice ella siempre llena de orgullo y felicidad), Chloe, Archie, Chop, Izzy, Finn, y Danny. En tres cortos años, estos personajes han pasado de ser simples compañeros (a los que al principio mirábamos con recelo sobreprotegiendo a la protagonista) a pilares indispensables en su vida, verdaderos amigos incondicionales, y en definitiva, la (utópica) pandilla con la que todos soñábamos a su edad. Por eso cuesta decir adiós y aceptar que todo se acabe tan pronto. Pero es que precisamente de eso se trata, se supone que dejar algo así atrás tiene que ser difícil, tiene que doler, y posponerlo sería contranatura. My Mad Fat Diary es una serie sobre la adolescencia, y por tanto debe tocar a su fin cuando sus personajes dejan el instituto, es decir, debe ser tan efímera como el mismo periodo vital que retrata.

La última temporada de My Mad Fat Diary ha tenido esa idea como leitmotiv, aceptar que se acaba una etapa importante y pensar en lo que nos depara el futuro a partir de ahí. Asumir que a esa edad todo el mundo termina marchándose -si todo sale bien, tú el primero- y que en muchos casos, esto es necesario para seguir creciendo. En los últimos capítulos de la serie, Rae descubre que su enfermedad y los problemas que esta acarrean han sido una carga enorme para sus amigos y familiares, y que ella es la única que puede liberarlos de tamaña responsabilidad. En “Voodoo” (3×03), la protagonista aprende varias lecciones de golpe y por fin obtiene la sabiduría necesaria de sus experiencias para cerrar este capítulo de su diario y empezar uno nuevo. Pero para ello, primero debe decir adiós a las personas más importantes de su vida, las que se han repartido su dolor: Kester, Chloe, Finn y su madre. Al dejarlos marchar, Rae también obtiene esa libertad, esa independencia que necesita para seguir avanzando.

Voodoo MMFD

La incertidumbre por lo que viene después de los exámenes de acceso a la universidad, el miedo a marcharse a otra ciudad, la insoportable idea de perder el contacto con tus amigos del instituto, quizá para siempre. Todo eso forma parte de la experiencia del adolescente, del rito de paso hacia la adultez que tan fielmente ha plasmado My Mad Fat Diary. Como Claire Fisher en Six Feet Under, Rae descubre que para continuar viviendo a veces hay que marcharse. Pero esto no quiere decir necesariamente dejarlo todo atrás. Rae no solo se enfrenta a sus propios demonios, sino que se los lleva consigo. Se sube al tren y se lleva todos sus errores en la mochila, todo el dolor que ha sufrido, que ha infligido en los demás. Se lleva su enfermedad, y se lleva a todas las personas que la han acompañado y la han ayudado a superarla.

Esta última temporada de My Mad Fat Diary me ha hecho cambiar de opinión sobre aquello de mostrar la serie en los institutos. Estos últimos capítulos han sido para nosotros, para los que ya hemos pasado todo aquello y aun estamos intentando entenderlo (al fin y al cabo, esa incertidumbre que sentíamos a los 18 no se va nunca, solo tiene que compartir espacio con miles de miedos e inseguridades más). Lo ideal es que cada adolescente llegue a las mismas conclusiones que Rae Earl por su cuenta, que nadie le spoilee el final de la adolescencia, porque de una manera u otra lo acabarán descubriendo ellos solos. La historia de Rae Earl ha sido emocionante, divertida, dolorosa, frustrante, esperanzadora. La hemos querido arropar, proteger, a veces darle una bofetada bien fuerte. La hemos acompañado en su sufrimiento y hemos aprendido (o recordado) que la angustia y la enfermedad de un adolescente (o de ser adolescente) no es algo que se deba tomar a la ligera. Rae nos ha recordado lo importante que es seguir caminando, pase lo que pase. Que el bagaje puede pesarte y hacer que vayas más lento o te canses, pero es tuyo, solo tuyo, hay que echárselo al hombro, o a los dos, como prefieras llevar la mochila del instituto, y no pararse nunca.

 Gracias, Rae Earl, y buen viaje.

My Mad Fat Diary: ¿Dónde estabas?

Where were you while we were getting high?

Qué difícil es ser adolescente. Pero cuánto más difícil es aproximarse a la adolescencia en televisión desde un punto de vista más o menos serio y no caer en el ridículo o practicar el arte de la condescendencia. Eso es exactamente lo que ha conseguido con una temporada (de 6 episodios) My Mad Fat Diary, respuesta británica a Awkward., con la que guarda varias similitudes temáticas -a pesar de que la de MTV es una comedia de 20 minutos, y la de E4 una dramedia de 40.

My Mad Fat Diary lidia con un buen puñado de temas delicados, e incluso escabrosos (suicidio adolescente, enfermedad mental, autolesión, desorden alimenticio), que afectan a los adolescentes (en todas partes, y desde hace años), y se las arregla para no caer en ningún momento en la habitualmente inevitable moralina. Lo hace a base de honestidad, sin rodeos, estableciendo un puente entre la ensoñación del quinceañero y el diván del psiquiatra, presentando a los chavales como seres über-sexuales, riéndose de la tragedia en su justa medida, y tratando los incidentes más nimios como grandes catástrofes, tal y como haría cualquier adolescente.

La serie está basada en la novela autobiográfica My Fat, Mad Teenage Diary, de Rae Earl, pero se toma la licencia de cambiar la ambientación de finales de los 80 a mediados de los 90. Así, las andanzas de Rae y su pandilla de Lincolnshire se contextualizan durante la eclosión del Brit Pop, en la era pre-digital, cuando Internet se empezaba a colar en las casas pero aun era una herramienta de uso ocasional, cuando la única manera de quedar con los amigos era llamando al fijo, y lo habitual era toparse con uno de ellos en la calle e ir a dar una vuelta juntos, o pasar las horas muertas en la habitación escuchando cassettes, e incluso descubriendo el futurista mundo del Disco Compacto. Una época en la que la música era una experiencia completamente distinta a la de ahora, nexo de unión, baremo y tejido social, y válvula de escape. La única realidad que conocíamos.

La música es tan importante en My Mad Fat Diary porque la música era así de importante en 1996. Era algo esencial, vital en nuestro crecimiento y desarrollo como seres sociales (o algo parecido). La guerra Oasis vs. Blur nos definió tanto como posteriormente harían los arquetipos identitarios de Friends. Y si en España vivimos el fenómeno Brit Pop con pasión, en Gran Bretaña dominaba la cultura por completo, y contribuía a dar forma a toda una generación. En este sentido, la banda sonora de My Mad Fat Diary es completa y absolutamente épica y perfecta. Sin exagerar. Documento fidedigno de una época y reflejo de un espíritu que a día de hoy, por desgracia, no sabemos si nos sirvió para algo y si nos llevó a algún lado. Si para uno Radiohead, The Prodigy, The Stone Roses, The Verve, Suede, Pulp, Supergrass -¡incluso irritantes one-hit-wonders como “Spaceman” de Babylon Zoo!- componían la banda sonora de una vida, es más que probable que My Mad Fat Diary hable de nosotros, y por nosotros, en primera persona.

Rae Earl es una auténtica connoisseur, y se jacta de ello. Ingeniera en recopilaciones, enciclopedia musical andante, y DJ radiofónica de vocación. Una adolescente media de los 90 (cuando la melomanía era lo común y las camisetas de manga corta se llevaban por encima de las de manga larga) de no ser por un “pequeño problema”, o más bien varios. Es obesa, tiene tendencia a la depresión, historial de autolesiones, tendencias suicidas, y ha pasado seis meses internada en un hospital psiquiátrico (París para sus conocidos). A su regreso a Lincolnshire, Rae lucha contra este pasado inmediato y hace todo lo posible para alcanzar la esquiva (y sobrevalorada) normalidad. A base de mentiras, pero en el fondo gracias a su magnética personalidad, Rae se hace hueco en la pandilla de su amiga de la infancia, Chloe. Y así es como comienza la vida para ella. Chicos, fiestas, cervezas, confidencias, y la posibilidad de encontrar su Santo Grial: S-E-X-O. Rae no se lo cree, y así lo plasma en su diario, como si todos los días fueran el primer día de su vida. Y el último.

My Mad Fat Diary es toda una sensación, y su protagonista, la recién llegada Sharon Rooney, tiene casi toda la culpa de ello. La magnífica interpretación de Rooney desborda naturalidad y credibilidad, personificando la armoniosa dualidad de la serie, esa pasmosa capacidad para pasar de la comedia al drama (también a la fantasía) sin aparente esfuerzo alguno. Es una pena que este fenómeno televisivo en realidad no sea tal cosa, ya que carece de la repercusión y difusión que merece. Un producto tan impecable y necesario, que desempeña una labor de concienciación y apoyo tan encomiable -y que encima es una ficción televisiva de calidad- debería ser visto por más adolescentes (y no tan adolescentes) en todo el mundo. No cabe duda, Rae Earl es la voz de una generación, su diario un eficaz manual de autoayuda, y su serie una joya de la televisión. Y ahora, escuchemos “Champagne Supernova”: