Crítica: El corredor del laberinto – La cura mortal

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Tras el éxito de Harry Potter, la saga Crepúsculo Los Juegos del Hambre cambiaron el paradigma del cine para adolescentes, poniendo de moda las fantasías distópico-románticas y empujando a todos los estudios a buscar su propio blockbuster young adult para capitalizar la pasión desaforada de la audiencia juvenil por este tipo de historias. La mayoría de intentos fueron fallidos, resultando en un montón de falsos comienzos y primeros capítulos de historias que quedarían incompletas (The HostHermosas criaturasShadowhuntersLa Quinta Ola, Nerve…). El caso de Divergente fue especialmente sonado, ya que tras el fracaso en taquilla de su tercera entrega, la cuarta y última fue cancelada, dejando a los fans colgados a un paso del final.

En plena fiebre por Katniss Everdeen, 20th Century Fox se sacó de la manga una nueva saga teen con la que lograría un éxito moderado pero respetable, El corredor del laberinto (Maze Runner), distopía futurista basada en los libros de James Dashner que actualizaba la idea de El señor de las moscas en forma de aventura de ciencia ficción para la generación Z. La taquilla respondió, y la segunda parte tardó apenas un año en llegar, seguramente por miedo a que su público se cansase de esperar demasiado y pasase a la siguiente saga de turno. Los planes para la tercera y última parte (afortunadamente no dividida en dos) experimentaron un fuerte revés cuando el protagonista de la franquicia, Dylan O’Brien (Teen Wolf) sufrió un aparatoso accidente en el set de rodaje que obligó a retrasar el estreno un año. Una vez recuperado, O’Brien regresó para poner fin a la franquicia con La cura mortal, un final con el que los fans pueden decir eso de “la espera ha merecido la pena”.

Tras los acontecimientos de El corredor del laberintoLas pruebas, Thomas (O’Brien) y su banda de rebeldes luchan para detener a CRUEL, la malvada organización que les borró sus recuerdos y los encerró en el Laberinto para realizar experimentos con ellos. Minho (Ki Hong Lee) se encuentra en manos de CRUEL junto a muchos otros jóvenes inmunes al virus que se propaga por la Tierra convirtiendo a los humanos en monstruos similares a los zombies. Con la información obtenida de las Pruebas, la ministra Ava Paige (Patricia Clarkson) trabaja para desarrollar una cura definitiva con la ayuda de Teresa (Kaya Scodelario), que traicionó a Thomas y los demás uniéndose al bando enemigo. Ahora, la única manera de salvar a los suyos y acabar con el régimen totalitario que tortura a los últimos resquicios de la humanidad, es trabajar en equipo para infiltrarse en la única gran ciudad que queda en pie, una fortaleza futurista de la que será difícil escapar con vida.

Wes Ball se vuelve a poner tras las cámaras para dirigir la última parte de una trilogía que ha contado con su control creativo de principio a fin. Esto salta a la vista tanto en el consistente acabado visual como en la dirección de actores (muy seguros en sus papeles), pero sobre todo en la destreza que el realizador (anteriormente diseñador y especialista de efectos visuales) ha ido ganando con cada película. En La cura mortal, Ball se luce con algunas de las escenas más espectaculares de la saga en una trepidante carrera de fondo repleta de energía y acción sin descanso. Esto puede ayudar a que seamos más permisivos con su excesivo metraje o con los aspectos más endebles de la historia, que son muchos. El guion de La cura mortal está lleno de incongruencias, agujeros y deus ex machina (uno pierde la cuenta de las veces que un vehículo o una nave aparece de la nada para salvar la situación en el último momento), pero si somos capaces de suspender la incredulidad durante las dos horas y cuarto que dura, la película desempeña su función escapista con eficiencia.

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Claro que para disfrutar de este capítulo final, es casi un requisito indispensable haber conectado con las dos entregas anteriores (o al menos con la primera, claramente superior a la segunda). Desprovista de la interesante premisa que nos planteaban al principio, a la saga le queda apoyarse en sus personajes, que ayudan a elevar una mitología sci-fi que hemos visto ya en muchas otras historias similares (el elegido que debe enfrentarse a la dictadura para salvar al pueblo e iniciar una nueva era libre de tiranía). Y afortunadamente, el reparto de La cura mortal es mucho más solvente de lo que cabe esperar de un producto de estas características. Empezando por la distinción que aporta Patricia Clarkson y la pérfida presencia de Aidan Gillen, aquí tan Meñique como en Juego de Tronos, continuando con un elenco juvenil muy entregado (de los que destacan Will Poulter y Thomas Brodie-Sangster) y terminando con O’Brien y Scodelario, los Romeo y Julieta del Laberinto, cuyas sólidas interpretaciones anclan la película, evitando que su caprichoso y por momentos tontísimo argumento haga que todo se vaya a traste.

Además de lucirse con los fantásticos set pieces que recorren el film (especialmente impresionantes son el asalto a tren del comienzo, el rescate aéreo al autobús y su apocalíptico clímax), Ball se ha asegurado de que el desenlace de la trilogía tenga empaque emocional, facilitando que los fans de la saga se preocupen por los personajes y sus relaciones para brindarles un final intenso y satisfactorio. Así, Ball pone el mejor broche que se le puede poner a una saga como esta, a la que sabemos que no es recomendable exigirle demasiado. El corredor del laberinto no pasará a la historia del cine, pero al menos termina, y termina bien, algo que no se puede decir de la mayoría.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: American Assassin

James Bond, Jason Bourne, Jack Reacher, Napoleon Solo, Austin Powers. A la fiesta de los espías de cine faltaba por invitar a Mitch Rapp, el protagonista de la popular saga de best-sellers escrita por Vince Flynn. La serie del agente Rapp lleva triunfando en el mundo editorial desde que se lanzó en 1997, y hasta 2017 su prolífico autor ha publicado ya 16 entregas. Con American Assassin, Mitch Rapp da por fin el salto a la gran pantalla, con una película basada en el primer libro de la saga que toma prestado el mucho más sonoro título del décimo, publicado en 2010.

A la dirección de este thriller de acción encontramos a Michael Cuesta, realizador curtido en televisión (A dos metros bajo tierra, Dexter) que en cine ha ido cambiando el drama indie por el espionaje y el thriller político a medida que ha avanzado su carrera. Después de dirigir a Claire Danes en Homeland y a Jeremy Renner en Matar al mensajero, Cuesta era un candidato más que apto para acometer la puesta de largo en el cine del popular agente. Y para interpretar al protagonista se ha escogido a uno de los jóvenes actores más prometedores de su generación, Dylan O’Brien, conocido sobre todo por la serie Teen Wolf y la saga young adult El corredor del Laberinto.

En American Assassin nos adentramos en el mundo de la lucha contra el terrorismo para conocer los primeros pasos de Mitch Rapp y asistir la primera misión que le llevará a convertirse en uno de los agentes de inteligencia más eficaces y temerarios del mundo. Tras una tragedia personal que cambia por completo el rumbo de su vida, Mitch ficha por la CIA, donde el joven recluta será entrenado en la rama de operaciones encubiertas bajo la instrucción del veterano de la Guerra Fría Stan Hurley (Michael Keaton). Una vez Rapp se ha desvelado como el agente más superdotado y agresivo de su promoción, la Directora Adjunta de la CIA, Irene Kennedy (Sanaa Lathan) le encomienda la misión de investigar una ola de ataques terroristas a objetivos militares y civiles. Junto a Hurley, Rapp descubrirá una trama de violencia que le llevará a unirse a la letal agente turca Annika (Shiva Negar), con la que tratarán de detener a un misterioso operativo (Taylor Kitsch), cuyas acciones podrían desencadenar una nueva Guerra Mundial desde Oriente Medio.

American Assassin sorprende sobre todo porque, a pesar de estar protagonizada por un ídolo adolescente, su enfoque no es precisamente juvenil. La película hace buen uso de su calificación por edades Rated-R para construirse como un thriller impactantemente violento, crudo y visceral en el que no hay remilgos de ninguna clase. Las secuencias de acción están excelentemente coreografiadas y ejecutadas, y en ellas no se escatima en sangre, huesos rotos y contenido gráfico. En este sentido, Cuesta se inspira muy claramente en las cintas de acción testosterónica de los 80 y los 90 para realizar una película contundente y eficaz con cierto aire retro, que vira hacia el espectáculo blockbuster en su último acto, con un clímax que roza la debacle apocalíptica.

Al igual que los actioners ochenteros, American Assassin cae a menudo en la fantasmada y quizá frivoliza un tema tan serio (¿en el peor momento?) como es la lucha contra el terrorismo, sacrificando realismo y responsabilidad en pos del espectáculo. Pero si somos capaces de pasar esto por alto y asumir que forma parte del género, estamos sobre todo ante una cinta de acción competente y entretenida (a pesar de sobrarle 20 minutos), además de sobresaliente en el apartado técnico, con un protagonista estupendo (O’Brien, más adulto y robusto, da la talla de sobra como leading man y actor dramático) y dosis de intriga suficientes para que podamos desconectar y sentir que realmente estamos viendo una película de hace 20 o 30 años.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Teen Wolf y el síndrome de Estocolmo seriéfilo

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Las llaman “placeres culpables“, pero en muchos casos son algo más que eso. Series que son mejores de lo que parece, que no se llevarán premios o estarán en las listas de lo mejor del año, pero que despiertan pasiones entre un público entregado y fiel. Fue el caso de Teen Wolf durante sus tres primeras temporadas. El (libérrimo) remake  del clásico camp de los 80 protagonizado por Michael J. Fox inauguró una nueva etapa para la cadena MTV, que desechaba el “Music” de su logo para centrarse en las series y los realities. A pesar de tener muchos defectos, en sus primeros años de vida, Teen Wolf se ganó el apelativo de heredera de Buffy, cazavampiros (nadie en su sano juicio la pondría a la altura de la serie de Joss Whedon, pero las coincidencias saltaban a la vista), lo que inevitablemente se le subió a la cabeza a Jeff Davis, el creador y showrunner de la serie, principal responsable de que esta volviera a muchos de sus fans en su contra.

Hasta la tercera temporada, Teen Wolf podía presumir de ser un drama fantástico adolescente divertido, adictivo, con personajes atractivos y buena factura. A partir de la cuarta, la cosa empezó a degenerar. Las tramas se enredaban innecesariamente, alejando la acción de lo que más nos gustaba (el instituto) para crear una mitología confusa y absurda, los personajes aparecían y desaparecían sin ton ni son (perdimos la cuenta de los actores que abandonaron la serie dejando sus tramas a medias), se forjaban y se rompían relaciones sin lógica interna, los villanos se repetían más que el ajo (los dread doctors, los berserkers, los jinetes… era todo lo mismo, pero con diferentes diseños monstruosos) y los guiones, que nunca fueron el fuerte de la serie, pasaban a ser una acumulación de golpes de efecto y diálogos sobreexplicativos con los que Davis se empeñaba en dar clases de mitología y leyenda a sus pacientes espectadores.

Entonces, si la serie no ha hecho más que darnos una de cal y otra de arena, si ha sido tan inconsistente, si ha desafiado nuestra paciencia, nos ha cabreado y nos ha hecho víctimas del queerbaiting más flagrante, ¿por qué nos hemos quedado hasta el final? Muy sencillo. Síndrome de Estocolmo seriéfilo. Seguro que os ha pasado muchas veces (yo no seguí Pretty Little Liars, pero según tengo entendido, sería un ejemplo similar al de Teen Wolf), empezáis una serie, os gusta más de lo que esperabais, os engancha, os encariñáis de los personajes (que además son todos guapísimos y la carne es débil), y a pesar de trataros mal y jugar con vuestros sentimientos, os quedáis con ella, desarrollando una relación amor-odio que os impide ver la realidad. En el caso de Teen Wolf, la culpa es principalmente de Jeff Davis, por ser el peor showrunner que se recuerda en mucho tiempo, pero también nuestra, por ver la bandera roja y no salir por patas.

Eso sí, aguantar acabó teniendo su recompensa. Los que resistimos hasta el final nos llevamos una grata sorpresa con la sexta y última temporada, dividida en dos partes de 10 episodios cada una, de las cuales, la primera tanda nos hizo recuperar la esperanza perdida en la serie. Paradójicamente, fue la marcha de su personaje más querido, Stiles, lo que dio lugar a la temporada más centrada y emocionante en varios años. El grave accidente que sufrió Dylan O’Brien en el rodaje de la tercera entrega de El corredor del laberinto obligó a Davis a reestructurar la serie para dar sentido a la ausencia de Stiles, y el resultado fue una temporada emocionante y narrativamente bien estructurada (parece mentira) que giró por completo en torno al personaje y su conexión a los habitantes de Beacon Hills. La temporada 6A culminó con el reencuentro de Stiles y su pandilla, después de un arco argumental sólido que debería haber sido el final de la serie. Pero no, a Teen Wolf le quedaban 10 episodios. Más que suficiente para volver a caer en los vicios de siempre.

La recta final de Teen Wolf solo se puede definir con un calificativo: anticlimática. Con Stiles definitivamente fuera de la serie (se marchó a la academia del FBI, donde permaneció hasta su regreso para la series finale), Teen Wolf ha vuelto a tropezar en las mismas piedras de siempre. La trama de la temporada 6B recurre a dos tópicos esenciales de la ficción fantástica televisiva: el pueblo contra los seres sobrenaturales y la guerra que se deriva de este conflicto, en este caso auspiciada por el peor villano humano de la serie, Gerard Argent (si hubiera Razzies televisivos, Michael Hogan ya tendría el suyo, y mira que en lo que respecta a malas interpretaciones tiene competencia en la serie).

Sin embargo, Davis no ha conseguido imprimir a estos últimos capítulos esa sensación de Apocalipsis inminente que sí tenía el final de Buffy, acudiendo de nuevo al recurso agotado del villano legendario y lo que yo llamo el Wiki-mito (personajes recitando definiciones de términos fantásticos o médicos para una audiencia que presuponen estúpida), las tramas sin pies ni cabeza, las relaciones forzadas (lo de Scott y Malia ha sido un sinsentido que solo responde a la necesidad de emparejar al protagonista con alguien tras la marcha de sus dos intereses amorosos principales) y los deus ex machina, a lo que se añade una serie de regresos importantes que, por mucho que nos alegre volver a ver a estos personajes (y por mucho que agradezcamos que se complete la trama de Jackson, colgada desde la segunda temporada), no tiene mucho sentido que aparezcan ahora, ejerciendo únicamente como truco y reclamo publicitario.

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Afortunadamente, Davis ha sabido hacer algo de lo que no lo creía capaz: darle un buen final a la serie. Estoy hablando exclusivamente del último capítulo, porque lo que lo precede no ha sido más que relleno para alargar la vida de la serie un año más. “The Wolves of War” (un título muy GoT, por cierto) hace un buen trabajo cerrando ciclo a la vez que prepara el terreno para el relevo generacional. El viaje del héroe de Scott McCall y sus scoobies, perdón, su manada, queda más o menos completo, pero Teen Wolf continuará en forma de spin-off con nuevos personajes, por lo que este desenlace también funciona, apropiadamente, como un “to be continued”. Sorprendentemente, Davis ha sabido encontrar el equilibrio entre resolución narrativa, clausura emocional para los personajes y servicio para extender la vida de la franquicia, dejando hueco para los guiños nostálgicos (el momento Sterek es posiblemente el mejor de toda la serie, mientras que el plano Stydia es la manera más inteligente y sutil de poner la guinda a esa relación) y las escenas para despedirse de casi todos los secundarios. No compensa los vaivenes emocionales, las promesas incumplidas, las mareantes idas y venidas de personajes, la falta de visión y planificación a largo plazo de los guionistas, pero al menos nos recuerda por qué nos hemos quedado hasta el final: por el cariño tan grande que le cogimos a sus personajes a pesar de todo.

Por eso, si para despedirse de nosotros me pones un plano a cámara lenta (muy whedoniano, por cierto) de Scott, Malia, Derek, Liam, Lydia y Stiles caminando en grupo bajo la lluvia, satisfechos y unidos después de haber salvado el mundo, se me olvida todo el sufrimiento que he aguantado para llegar aquí y hasta me planteo volver a caer en la trampa y ver el spin-off. Ha sido un recorrido lleno de baches y decepciones (quizá nos hemos tomado demasiado en serio, tanto los creadores como los espectadores, una serie que no ha sido más que entretenimiento ligero), pero por ese plano, por ver a esos personajes juntos por última vez, me han merecido la pena estos seis años de secuestro.

Crítica: El corredor del laberinto – Las pruebas

THE SCORCH TRIALS

[Esta entrada contiene algún detalle de la trama que puede ser considerado spoiler]

En el mundo de las adaptaciones cinematográficas de novelas juveniles, o te mueves rápido, o caducas. Si no, fijaos en el caso de El corredor del laberinto. El año pasado se estrenó la primera entrega de la saga basada en la trilogía literaria The Maze Runner (ahora tetralogía con la incorporación de una precuela), escrita por James Dashner. La película cosechó el éxito suficiente en taquilla, por lo que el estudio a cargo de ella (20th Century Fox) no perdió el tiempo en anunciar la secuela y ponerse manos a la obra con su producción. En tiempo récord, el mismo director que se ocupó de la primera parte, Wes Ball, ha sacado adelante Las pruebas (The Scorch Trials), que se estrena exactamente un año después que la primera. El impacto de las producciones teen es efímero e imprevisible por naturaleza, además, el público más joven tiende a pasar muy rápidamente de una cosa a otra (el segundo capítulo de Divergente se capuzó en taquilla porque tardó relativamente demasiado en llegar, algo que sin embargo no ha ocurrido con Los juegos del hambre), por eso se entiende que el proceso de conversión en franquicia se haya acelerado en este caso.

Sin embargo, Las pruebas no parece un producto hecho con prisa, sino más bien todo lo contrario. Lo más sorprendente de la película es lo trabajada que está desde el punto de vista técnico, teniendo en cuenta lo poco que han tardado en hacerla. Fox ha tirado la casa por la ventana y se nota, pero de nada serviría un aumento de presupuesto si detrás no hubiera gente capaz de transformarlo en una película estimulante, y aquí hay un equipo muy eficiente que tiene claro lo que hay que hacer para que esto ocurra (otra cosa es que la historia esté a la altura, pero vayamos por pasos). El acabado visual de Las pruebas es excelente, con una fotografía, diseño de producción y efectos digitales de primera. Hay en ella planos verdaderamente hermosos, siluetas recorriendo áridos paisajes postapocalípticos y enormes estructuras de metal que captan a la perfección el espíritu más épico de la continuación. Y no solo eso, el trabajo de cámara de Ball sigue resultando solvente fuera del Laberinto, sabiendo cómo filmar escenas de acción tensas y trepidantes sin sacrificar coherencia.

Efectivamente, la secuela de El corredor del laberinto aumenta considerablemente las dosis de acción y violencia (leve), encadenando set pieces por lo general muy bien ejecutados (destaca la huida de CRUEL que tiene lugar en la primera sección del film o la destrucción de la guarida de Jorge, interpretado por Giancarlo Esposito). De la misma forma, y como mandan los cánones del cine young adultLas pruebas es más oscura e intenta ser más adulta que su predecesora, llegando a asemejarse por momentos a una película de zombies (aquí llamados “Raros”) o pandemias al estilo de Guerra Mundial Z. Pero la saga no solo busca la mayoría de edad en sus escenas de acción y terror (estas últimas no aptas para los más pequeños), sino que también incorpora motivos de sexo y drogas, especialmente durante una secuencia alucinógena en un burdel donde el protagonista, Thomas (nuestro querido Muppet de carne y hueso Dylan O’Brien), se convierte en la Sarah de Dentro del Laberinto mientras intenta escapar del sueño lisérgico en el que está atrapado (pasaje en el que nos encontramos a un bizarrísimo Alan Tudyk por cierto). Aun así, nada que deba preocupar a los padres que dejan solos a sus niños en el cine.

THE SCORCH TRIALS

Por lo demás, Las pruebas sigue al pie de la letra los patrones impuestos por Los juegos del hambreDivergente. El año pasado, El corredor del laberinto se distanciaba ligeramente de dichas sagas gracias a que jugaba con otros elementos, siendo ideada más bien como un ejercicio de misterio, un puzle que nos recordaba a cosas como Cube o la serie Perdidos. No obstante, la salida de Thomas y sus Niños Perdidos del Laberinto hacia el mundo exterior, la Quemadura, ha conllevado la homogeneización de la saga, que con su segunda parte ya apenas muestra diferencias con las franquicias mencionadas. Eliminado el Laberinto de la ecuación la cosa pierde gracia, y lo que nos queda es la enésima aventura distópica en la que un “elegido” y su grupo de jóvenes aliados oponen resistencia a un totalitario ente gobernante y luchan por sobrevivir -superando fases como en un videojuego– mientras se gesta una revolución. La idea es la misma de siempre, la juventud como única esperanza de futuro (aquí se convierten literalmente en la cura de la humanidad), pero aunque siga siendo pertinente, Las pruebas no consigue hacerla interesante; sobre todo porque opta por el camino fácil y apenas se molesta en desarrollar a sus más bien planos personajes tal y como la historia requiere (algo que pasa factura cuando los giros importantes no parecen lo suficientemente justificados).

El corredor del laberinto nos presentaba un enigmático universo construido y contenido por unas reglas que se destruían al final. Las pruebas construye una mitología mucho más amplia y abierta a partir de las piezas que quedaron de esa primera parte, abandonando a sus protagonistas a su suerte en un escenario más grande, hostil e impredecible, donde se topan con mil y un nuevos personajes en cada parada de la odisea en la que se han embarcado (como ocurre en toda fantasía itinerante clásica). Esto resulta ocasionalmente emocionante (sobre todo durante su primera mitad y cuando entra en escena Brenda –Rosa Salazar), pero la narración episódica se acaba resintiendo por culpa del excesivo metraje (131 minutos), y la recta final de la película pone de manifiesto la falta de originalidad y profundidad del nuevo enfoque (más de lo mismo elevado al cubo). Claro que lo que no se puede negar (y no lo hemos hecho) es que Ball ha realizado una notable cinta de aventuras y acción, un pasatiempo más bien superficial, que aun con todo, sigue siendo de lo más destacado dentro de su género. Ojalá para la tercera y última entrega no se conformaran solo con eso, porque material hay de sobra (y no me refiero a las novelas) para hacer algo que se salga de la norma de una vez por todas. No deja de resultar paradójico que estas películas que nos hablan constantemente de romper el molde y oponerse al sistema acaben haciendo siempre justo lo contrario.

Valoración: ★★★

Crítica: El corredor del laberinto

The Maze Runner

El corredor del laberinto (The Maze Runner) es una de esas películas que podemos describir fielmente enumerando sus muchos referentes, haciendo que quien no la ha visto aún se imagine perfectamente lo que le espera si decide adentrarse en ella. La película del debutante Wes Ball, basada en la trilogía literaria escrita por James Dashner, es una fusión perfecta, casi científica, de los libros El señor de las moscas de William Golding y El juego de Ender de Orson Scott Card, la película de Vincenzo Natalli, Cubela serie Perdidosy por supuesto, la saga adolescente Los juegos del hambreTodo aderezado con cierto aroma al cine de M. Night Shyamalan, concretamente a la incomprendida El bosque.

Aunque salta a la vista enseguida que estamos ante otra saga Y.A. (por mucho que pese a los fans que se empeñan en rechazar sistemáticamente toda comparación con Los juegos del hambreDivergente), El corredor del laberinto posee los suficientes alicientes como para destacar por encima de sus competidoras, y potencialmente ampliar su público de la misma manera que ocurrió con Harry Potter o la franquicia de Katniss Everdeen. La acción y el misterio priman a la hora de contar la historia de Thomas y la comunidad de niños perdidos a la que se incorpora, yendo rápidamente al grano, sin perder el tiempo con eternos prólogos o contextualizaciones innecesarias. En lugar de esto, el espectador es introducido en el universo del laberinto in media reslo que hace que este se implique más para tratar de comprender los enigmas que se plantean.

En un ejercicio claro de identificación en primera persona, el espectador acompaña al protagonista, interpretado por un (adecuadamente) histérico e híper-físico Dylan O’Brien (Teen Wolf), después de que este sea transportado en un montacargas hacia lo que parece ser un bosque natural cercado por una enorme muralla que da paso a un laberinto que nadie ha conseguido atravesar. Ni él ni nosotros sabemos absolutamente nada de lo que está pasando. Thomas se une así a un grupo de jóvenes que llevan tanto tiempo encerrados en ese páramo aislado del mundo que han formado una sociedad ordenada por reglas y dividida en pseudo-castas. Una de estas castas es la de los “corredores“, que se encargan de recorrer el laberinto cartografiando sus giros y trazando itinerarios con la idea de resolver el “puzle” algún día. Por la noche, las puertas del laberinto se cierran, y unos monstruos biomecánicos lo custodian hasta el amanecer.

El Corredor del Laberinto_PosterComo todo protagonista de distopía adolescente que se precie, Thomas manifiesta cualidades que lo convierten en un joven “especial”, casi un elegido. Él se encargará de poner en duda la estructura social en la que ha sido depositado y cuestionar la autoridad, con el objetivo de atravesar el laberinto y descubrir quién los ha convertido en cobayas. En este sentido, El corredor del laberinto se desarrolla a base de clichés y personajes arquetipo, y sin grandes alardes de creatividad o espectáculo -quizás debido a un presupuesto más bien ajustado. Aun con todo, Ball consigue mantener la tensión durante casi toda la película, firma unas cuantas escenas de acción más que dignas (a pesar de la oscuridad y la confusión que las caracteriza), y sobre todo, acierta adaptando con detallismo el microcosmos social (formado por varias decenas de chicos y una sola chica) propuesto por Dashner, que no es sino una metáfora de la adolescencia en sí misma.

El corredor del laberinto es en definitiva una cinta de aventuras y ciencia ficción correcta, un pasatiempo más inteligente de lo que el género nos tiene acostumbrados. A pesar de no resultar brillante en ningún momento, y de desaprovechar en cierto modo las posibilidades que brinda el laberinto, la película destaca por presentarnos una historia que hemos visto en incontables ocasiones desde una perspectiva algo más fresca e interesante, con una factura y ambientación más que estimables, y además desprovista (por ahora) de componente romántico y otros elementos puramente Y.A. Pero la mayor virtud de El corredor del laberinto es su capacidad para despertar la curiosidad y mantener el interés desde la primera escena. Al menos hasta su predecible, sobre-explicativo y retorcidamente absurdo desenlace, que a pesar de prometernos un universo mucho más amplio y suponer el punto de partida para erigir una sociedad distópica de manera semejante a Los juegos del hambre, desvirtúa en cierto modo lo visto hasta ese momento.

Valoración: ★★★

Teen Wolf: De nuevo por el buen camino

Scott Malia

Teen Wolf es una de las series más irregulares de la televisión. Estamos acostumbraos (que no resignados) a que su creador y showrunner, Jeff Davis, nos dé una de cal y otra de arena. Cierto es que la tercera temporada de la serie fue consistentemente mala, pero aún así nos dio unos cuantos episodios para el recuerdo. Esta cuarta temporada que acaba de comenzar no parecía dispuesta a enmendar los errores de la anterior tanda, sino que daba la sensación, a juzgar por la season premiere, de que la serie iba a seguir incurriendo en los mismos vicios. Sin embargo, me alegra comprobar, después de los siguientes dos episodios, que Davis parece haber escuchado las quejas de sus fans y se ha propuesto llevar la serie de nuevo por el buen camino.

Como espectador, no estoy muy a favor del fan service. Eso de cambiar una serie según las indicaciones de sus seguidores me parece un fenómeno curioso, síntoma de nuestro tiempo, pero también creo que es peligroso, y el creador debería mantenerse lo menos contaminado posible de las corrientes de opinión de Internet, para desarrollar la historia que él y su equipo nos quieren contar, y no la que los fans más vociferantes quieren que nos cuenten. En Perdidos tuvieron que cambiar la trama sobre la marcha, entre otras cosas por las teorías de los espectadores y el odio/amor que estos vertían hacia determinados personajes. Sin embargo, esto no afecta a Mad Men, donde Matthew Weiner hace caso omiso a los fans que detestan a Megan Draper y se ríe de las teorías conspiranoicas que circulan por la red. Pero Teen Wolf es un caso distinto. No estamos hablando de meros caprichos generados a partir del disgusto hacia un personaje, sino de quejas legítimas y fundadas sobre las que había que hacer algo al respecto. En la de MTV más que en ninguna otra serie había que hacer caso a los fans, porque el fan no tendrá siempre la razón, pero el fan de Teen Wolf sí.

Young Derek

Así, en el segundo y el tercer episodio de la cuarta temporada, hemos visto cómo de la oscuridad y el tono agotadoramente épico de la premiere, ambientada en México, se da paso a la luminosidad de la Beacon Hills que conocimos en las dos primeras temporadas. Menos loft de Derek, menos callejones oscuros de la nueva zona de la ciudad (los decorados que se añadieron con la mudanza del set a Los Ángeles) y más instituto. Es lo que queríamos, y se confirma que es también lo que necesitaba la serie. En “117” (4.02), Davis hace lo que debería haber hecho la temporada anterior, encontrar el equilibrio entre humor, romance y terror, que es lo que hizo a esta serie un producto teen muy a tener en cuenta. Y lo hace con un episodio, que al igual que al comienzo de la anterior temporada, se ocupa de un caso en dos partes. En la tercera fue la niña coyote Malia, y en esta el misterio de Derek rejuvenecido, que se resuelve de un plumazo, sin más explicaciones (de momento).

A pesar de la imprescindible intensidad de algunos pasajes, y del ocasional flirteo con el gore, “117” es un episodio básicamente cómico, en el que se explota el estado transformado de Derek para darnos momentos de humor muy conseguidos. Casi todos en relación con Stiles, con el que se establece un juego retro-referencial que nos inunda de guiños a las primeras temporadas -el homo-empotramiento contra la taquilla, el primo Miguel-, y de nuevo sacando provecho del fervor que la audiencia siente por Sterek. El joven Ian Nelson, que se ha pasado sus buenas horas en el gimnasio para hoechlinizarse, realiza un buen trabajo haciéndonos creer que se trata de la versión adolescente de Derek. Tampoco es que tenga que esforzarse mucho, porque el referente no es Meryl Streep precisamente (ella haría mejor de Derek), pero aún así Nelson es todo un acierto de casting -algo que no se podía decir con tanta convicción durante su aparición en la tercera temporada.

“117” será recordado sobre todo por sus dosis de Sterek (aun sin Hoechlin), y concretamente por lo gracioso que está Stiles intentando ocultar quién es en realidad su primo Miguel (como el que quiere hacer pasar por amigo al que en realidad es su novio). Aunque el episodio también nos da buenas dosis de Peter ‘cuello-toro’ Hale – “el Diablo con cuello de pico” igual de diva que siempre, columpiándose entre el humor bobalicón y la grandilocuencia, sin encontrar el punto medio, lo que nos divierte bastante- y Kate Argent, que aparece poco, pero se asegura de dejar huella (o garra), sobre todo con ese tremendamente inapropiado beso con lengua a Derek, que recordemos que tiene ¡15 años! Más que were-jaguar, ¡were-cougar! El regreso de Kate ha sido otro acierto de esta temporada, claramente dispuesta a volver a los buenos tiempos.

El siguiente capítulo (uno de los mejores que nos ha dado la serie últimamente), “Muted” (4.03), centra su acción en Beacon Hills High, devolviéndonos las clases, los vestuarios, los discursos motivadores del entrenador (¡Greenberg!), y sobre todo el lacrosse. Quién me iba a decir que me alegraría tanto de volver a ver a los personajes jugando a este deporte (algo que en las primeras temporadas no era más que relleno). “Muted” usa el lacrosse para presentarnos a un par de nuevos personajes, Liam (Dylan Sprayberry) y Garrett (Mason Dye), dos novatos que amenazan a Stiles y Scott con arrebatarles el puesto en el equipo y en la pirámide social del instituto. Al lado de estos pipiolos, los dos BFF se sienten abuelos, sobre todo Scott, que busca razones sobrenaturales para explicar que alguien lo supere en el deporte rey de Beacon Hills. La carne fresca de Teen Wolf de momento no molesta. Pasamos más tiempo con Liam, con el que Stiles desarrolla ipso facto una fijación extraña que dará para mil y un fan fiction (cuidado Derek, que tienes competencia). Pero queda mucho por saber de los novatos. Espero que no acaben colonizando las tramas como ocurrió con los alfas en la temporada 3A.

Stiles Stilinski s4

En definitiva, “Muted” continúa la tendencia del capítulo anterior hacia el humor, no solo con lo que ocurre en el campo de lacrosse (las caras extremas de Stiles, por favor), sino también con lo que pasa en las clases. Mención especial a Malia. Después de resultar algo forzada en el primer episodio de la temporada, Shelley Henning parece haber encontrado el punto como pez fuera del agua en estos dos siguientes capítulos. Verla “desenvolverse” como estudiante de secundaria, cuando su mentalidad aún está en primaria (su mentalidad, que no su líbido, y si no mirad cómo monta a Stiles a la primera de cambio, cosa que entendemos) es de lo más divertido que nos da este capítulo. Yo ya he aceptado a Malia en la pandilla. También tenemos buenos momentos con Scott y Kira, esos dos cachorritos achuchables que no se han atrevido todavía a DTR, a pesar de que está claro que quieren ser novios, ir de la mano, regalarse pulseras a juego y escribirse poemas. El cambio de Allison a Kira, por mucho que enfurezca a los puristas y por mucho que Arden Cho tenga la expresividad de un cacahuete, es un soplo de aire fresco para la serie, algo necesario entre tanta tragedia e intensidad.

Pero no sería Teen Wolf si no nos intentase hacer pasar un poco de miedo. “Muted” da comienzo con un cold open (¿o debería decir hot open? Auuuuu!) que es Classic Teen Wolf al 100% y que recupera ese regusto por el slasher noventero tipo Scream, con una víctima acechada por un asesino sin identificar. Esta primera escena compendia todo lo que es Teen Wolf, y cuáles son las prioridades de la serie, tan preocupada por el suspense como por sacar el culo del chaval de turno bien centradito en todos los planos. Así sí.

Derek Hale 117

Como suele ocurrir al principio de las temporadas, “117” y “Muted” están sobrecargados de nuevos enigmas, nuevos personajes y criaturas, y unas cuantas relaciones en potencia. Braeden me sobra totalmente, y está ahí para que Derek tenga algo que hacer, y alguien a quien oler el culo (por eso me sobra). No así el ayudante del sheriff, Parrish, que disfruta cada vez de más tiempo en pantalla, y con el que Lydia (más cargante que nunca, por cierto) empieza a desarrollar un caso de TSNR. Por otro lado, tenemos hasta tres seres sobrenaturales que se añaden a las filas de Teen Wolf. Los berserkers, guerreros vikingos aquí reimaginados como terroríficos monstruos gigantes, los misteriosos muted, de los que no sabemos mucho todavía, pero que nos recuerdan indudablemente a los gentlemen y los bringers de Buffy, cazavampiros. Y por último, el wendigo, criatura demónica de la mitología sudamericana, que resulta ser Sean (Glenn McCuen), el chico del cold open -otro nuevo fichaje y el primer shirtless de la temporada. Bravo por los diseños de los tres monstruos (algo en lo que nunca falla esta serie). Y tranquilos, sigue sin haber vampiros en la costa.

Cualquiera podría pensar que nos encontramos de nuevo con un caso de ambición desmesurada que acabará pasando factura a la serie, y seguramente así será, pero de momento, he de reconocer que Davis está encontrando el equilibrio a la hora de combinar todos los elementos de las nuevas tramas. Aunque es verdad que hay demasiados frentes abiertos, y de momento resulta todo muy disperso y caótico (todo sintomático de arranque de temporada), la sensación general no es de estar reviviendo la tercera, sino de haber devuelto la serie, tanto tonal como visual y narrativamente, a la segunda temporada. Crucemos los dedos, o busquemos un hechizo para embrujar a Davis y que la serie no vuelva a descarrilar en los próximos episodios, que no estaría mal descansar durante un tiempo de la bipolaridad que solemos experimentar como fieles de Teen Wolf.

Review: Teen Wolf 4.01 “The Dark Moon”

Teen Wolf Season 4

No había hablado todavía del regreso de Teen Wolf porque básicamente no hay mucho que decir (aunque como siempre acabaré diciendo más de la cuenta). La serie ha vuelto con un par de cambios superficiales pero prometiendo la misma m. que en la tercera temporada. No se puede hacer un primer capítulo de temporada tan aburrido -esto va también por ti, True Blood. ¿Qué les pasa a nuestras series de verano? Aplicando el modelo de la review express que suelo hacer en la página de Facebok de fnvlt (es decir, pensamientos random sin hilo conductor), os dejo con lo mejor y lo peor de “The Dark Moon”, el primer episodio de la cuarta temporada de la serie.

Stiles Lydia 4x01

Lo mejor

Stiles sigue siendo el protagonista de Teen Wolf por derecho propio. El capítulo empieza con él (y con Lydia).

Lydia hablando español. ¿Cuántos idiomas y lenguas muertas sabe esta mujer? Cada vez está más claro que es una agente de 35 infiltrada en el instituto.

– La marcha de tantos personajes ha sido un revés a la serie. Pero hay que mirarlo por el lado bueno. No es que me alegre de que no estén Allison, Isaac y los gemelos Scavo, pero creo que puede ser positivo centrarse en este grupo reducido de teen detectives, esta manada de Scott formada por un lobo, un coyote, un zorro, una banshee y un humano. Todo muy cómic. La verdad es que, dejando a un lado fantasmadas y cutreces (las de siempre), los cinco funcionaron muy bien juntos en el episodio, y puede que esto reduzca la dispersión de la anterior temporada. Lo peor de Teen Wolf es que nunca sabe qué hacer con la mitad de sus personajes, y esto no pasa en “The Dark Moon”, donde todos tienen un papel importante y equitativo.

Kira sigue siendo adorable. Y su relación con Scott es lo más aaawwww de la serie. Un acierto ascenderla a protagonista (claro que no les quedaba más remedio).

Scott The Dark Moon

Lo peor

– En general, la serie sigue por los mismos derroteros: grandilocuencia innecesaria, ese tono épico que satura a los 2 minutos de empezar, y la ausencia del instituto y Beacon Hills, que es donde más nos gusta ver interactuar a los personajes -aunque este episodio es una especie de prólogo, así que seguramente la cosa cambiará. Y sobre todo: WIKIMITO. “The Dark Moon” está escrito por Jeff Davis, obviamente. Para que a este hombre le quiten el control de Teen Wolf tendrán que arrebatárselo de sus frías manos. Davis no ha hecho un cursillo para guionistas esta primavera, como le aconsejamos sus “fans” (esos fans a los que llama trolls porque le dicen que no hace bien su trabajo). Sigue incurriendo en los mismos errores, y mostrando los mismos vicios. NO sabe escribir, NO es capaz de desarrollar una historia original sin recurrir a mitologías ya existentes, y no se da cuenta de que el namedropping mitológico y las sobreexplicaciones y definiciones de palabros extraños que rellenan la mitad de los diálogos no cuentan como “historia”. Si en la tercera temporada teníamos mitología nipona, y la terminología hacía que dos de cada tres palabras fueran en japonés, este año tenemos folklore mexicano/azteca. PEREZA máxima, otra vez con lo mismo. Go home Jeff!!!

– La secuencia inicial, sobre todo los combates, mucho más torpes y peor filmados que de costumbre. Y en especial esa escena lésbica entre Kira y Malia, lo que confirma una vez más que Teen Wolf es gay-friendly solo por conveniencia. Que alguien le quite el carnet de gayer a Jeff Davis.

– Que siga sin explorarse la supuesta bisexualidad de Stiles. Es más, que se entierre cada vez más. Es canon, porque Davis lo ha confirmado en varias ocasiones, pero en realidad no lo es porque no lo hemos comprobado con nuestros propios ojos, más allá de dos o tres guiños para que los fans se emocionen (por nada) y sigan la serie con la esperanza de que en algún momento Derek ponga a Siles mirando a Kentucky. Davis se propuso crear una serie en la que la homofobia no existiese, pero está usando la homosexualidad como recurso cómico o para llamar la atención, y ha limitado a sus personajes gays o bisexuales a secundarios sin profundidad (Danny), personajes esporádicos que son lesbianas y de repente no lo son (Caitlin), o protagonistas y fan-favourites cuya sexualidad y TSNR con otros personajes masculinos se usa como queerbait, literalmente cebo para maricas (Stiles). Una pena.

– Esa secuencia final a lo Indiana Jones en la Iglesia Azteca, muy mal ejecutada, excesivamente larga, tres horas dando vueltas sin ver nada que se podían haber empleado para un par de diálogos de personajes, que es lo que hace falta.

– La villana mexicana reconvertida en aliada al final del capítulo, después de una escena de tortura absurda como ella sola, y sin ningún tipo de coherencia interna. Pero bueno, queda tan bien jugar mentalmente con Lydia (que yo entiendo menos para qué sirven sus poderes que ella) y electrocutar a Scott, ¿verdad, Jeff? Tu sentido de la épica está tan atrofiado como tu sentido de la lógica. En fin, no quiero ver más a la Chavela Vargas esta. Qué pesada, y qué mala actriz eres, mija.

Teen Wolf Dark Moon

En tierra de nadie

Kate Argent y Peter Hale apenas salen, solo en flashbacks. Espero sus regresos como agua de mayo. A ver si ellos animan un poco el cotarro, que esto está para echarse una siesta o dos.

Malia (Shelley Henning). A ver, no es que odie al personaje. Es demasiado pronto. Pero de entrada no me resulta interesante, y soy reacio a verla integrada en el grupo tan rápido, y sobre todo a verla liada con Stiles (Sterek Is Real). Necesitaban a un personaje femenino para mantener alejado a Stiles del lado oscuro, y para eso sirve Malia -aunque ya vimos al final del capítulo que el vínculo que Stiles siente con Derek está muy vivo (llamadme iluso, fangirl, infatuation junkie, o lo que queráis). Al menos reconozco que el beso que le propina a Stiles en los baños estuvo genial (Dylan O’Brien tiene pinta de besar muuy—¡paradme!) Por otro lado, parece que la dirección que está tomando el personaje es eminentemente cómica. Resulta que ahora Malia es la Anya de Teen Wolf. Al igual que la demonio de venganza de Buffy, la mujer coyote se está adaptando a esto de ser humana con la ayuda de su Xander particular, Stiles. Desconoce el sarcasmo, y otras herramientas de defensa del ser humano, y está habituada a las normas del salvaje mundo animal. Malia promete bofetadas de realidad y comentarios inapropiados, y si lo manejan bien, puede llegar a ser un buen alivio cómico en la serie, pero de momento resulta forzada y poco convincente.

– Ese giro final. Lo pongo en “tierra de nadie”, porque por un lado me ha parecido un buen giro, y lo único sorprendente y mínimamente emocionante del capítulo. Pero por otro, ¿esto qué quiere decir? ¿Que no vamos a ver a Tyler Hoechlin? ¿Por cuánto tiempo? Mira que llevan dos temporadas sin saber qué hacer con Derek, o mejor dicho, con Hoechlin, pero esto ya es el colmo. Para uno que no se va para dedicarse a mejores proyectos, a pesar de que es el actor que más debería sentir que sobra, van y lo quitan de en medio. Mira, no, yo sin Hoechlin NO. Que alguien encuentre el antídoto envejecedor y rebuenorrizante en el segundo capítulo de la temporada. Gracias.

Review: Teen Wolf 3×24 “The Divine Move” (season finale)

Teen Wolf The Divine Move Scott Lydia

Lo de “bien está lo que bien acaba” se puede aplicar a la mayoría de series -y a todas las historias longevas en general-, pero no a Teen Wolf esta temporada. Ya os he contado muchas veces por qué estoy completamente disgustado y decepcionado con ella. Es más, la semana pasada escribí una entrada a propósito de la muerte de Allison Argent en la que ya hacía balance definitivo sobre la tercera temporada: Por qué lo de Allison en Teen Wolf es importante. Así que no me voy a repetir. Pero sí diré que este final, por muy bueno que fuera (y la verdad es que estuvo bastante bastante bien) no compensa los miles de errores de la temporada, y la tortura que ha supuesto intentar seguir el juego (nunca mejor dicho) al endiosado Jeff Davis.

Como ocurrió al final de la primera mitad de la temporada, Davis ata (aparentemente) todos los cabos sueltos. No debe ser muy difícil cuando él es el único que está totalmente atento a ellos y que conoce bien la (i)lógica interna de las tramas que hilvana. En fin después de sus movimientos divinos (no uno solo al final como él dice, sino mil durante toda la temporada), la cuarta de Teen Wolf tiene el gran reto de renacer de las cenizas (se marchan nada más y nada menos que cuatro personajes). Pero también el de devolvernos algo de lo que nos hizo defender esta serie a capa y espada hace un par de años. A estas alturas a mí ya me da un poco igual todo, pero en el fondo guardo ese pequeño resquicio de esperanza por que un día esta serie me vuelva a entusiasmar como lo hizo en sus dos primeras temporadas. A continuación, os dejo con mi review express de la season finale de Teen Wolf:

– “The Divine Move“. Querido Jeff, se dice “Deus ex machina“. Me parece fatal que cambies de nombre al recurso narrativo que más usas escribiendo. ¿Qué pasa, que te crees que por abusar tanto de él ya es tuyo?

Stiles The Divine Move

– La muerte de Allison ha afectado a los personajes tal y como esperábamos. Tiene mucho peso al comienzo del episodio, pero no hay tiempo de guardar luto, porque esto es el clímax y la acción aguarda. Eso sí, una vez pasada la tormenta, llega el desahogo y la catarsis, el momento de dejar entrar el dolor, y en algunos casos liberarlo. Son especialmente emotivas las escenas de Papa Argent y Isaac (ese último plano en el que miran la puerta entreabierta de la habitación de Allison, ouch) y la de Scott llorando en los brazos de su madre al final, el broche perfecto. También es un bonito detalle la despedida de Ethan y Danny, y el hecho de que el último desvele que sabía todo el tiempo que su novio era un hombre lobo (“Dude, it’s Beacon Hills”, o sea, “Tío, es Sunnydale, tenemos ojos”).

– Hagamos recuento de todos los personajes que se van: Allison ya nos abandonó en el episodio anterior. Isaac y los gemelos dejan Beacon Hills (bueno, Aiden deja este plano de existencia), en teoría para siempre –Daniel Sharman se va de la serie siguiendo los pasos de su ex, Crystal Reed, y los gemelos Carver se incorporan a The Leftovers de HBO. Y Papa Argent se marcha, pero volverá seguro, sobre todo ahora que la tiísima, Kate Argent, ha hecho su gran comeback. ¿Cómo os quedasteis? Seguramente igual que estabais, porque se veía venir bastante. Lo que no entiendo es por qué si Kate vuelve como loba la han maquillado como a una Monster High… Ya sé que cada infectado se manifiesta físicamente de una forma, pero ¿qué necesidad había de convertirla en un Avatar? Bueno, Kate fue una de las cosas que más me gustaron de la primera temporada, así que encantado de tenerla de vuelta. A ver si con ella vuelve algo de la magia de antaño.

Kate Argent

– Este episodio es uno de los más brillantes técnicamente de toda la serie. Desde ese jardín japonés directamente sacado de Kill Bill 1 a las escenas en slow-mo del hospital (bastante violentas, que siempre es un plus en este tipo de series). Todo es visualmente precioso en “The Divine Move”. Como de costumbre, pero más.

– Hasta el último momento, Jeff Davis se empeña en meter nuevo léxico japonés y mitología fantasmosa y absurda. PESADO ERES. Por favor, unas vacaciones y taller de guión, que te enseñen a no explicarlo todo y a dejar algo de la historia en manos de la audiencia. Y lo más importante: desintoxicación de metáforas YA.

– Después de mil capítulos, tenemos por fin en una escena juntos a Stiles y Derek. ¿Qué ha hecho este año Jeff con los fans? Pues básicamente aprovecharse de ellos y engatusarlos con falsas promesas y medias tintas. La bisexualidad de Stiles, en lugar de formar parte integral y manifiesta de su personaje, no es más que una estrategia para asegurarse la fidelidad de un sector de la audiencia que aún guarda la esperanza de que Sterek ocurra. Davis se aferra a ello porque le conviene, pero no quiere o no se atreve a explorarlo más allá de la típica broma para reventar Tumblr y agitar al fandom. Tramposo, engañabobos, hijo de… En lugar de dejar que sus personajes evolucionen orgánicamente, y seguir potenciando la gran química que tienen esos dos, Jeff ha preferido mantenerlos separados todo el año, relegar a Derek a personaje completamente prescindible (uno de muchos esta temporada), y liar a Stiles con la primera que se ha cruzado en su camino después de Lydia. Malia será personaje fijo en la cuarta temporada, así que habrá romance entre ella y Stiles, y Derek por supuesto seguirá pintando tan poco como hasta ahora. No le pedimos a Jeff que convierta lo suyo en una historia de amor de proporciones épicas (aunque bienvenido sería), sino que deje de engañar y marear, y que su cabezonería como guionista no nos prive de la química entre estos dos personajes.

The Divine Move

– En fin, lo dicho, un buen final no redime una temporada eterna, confusa, y llena de errores como esta, pero ayuda a no tirar la toalla. Teen Wolf regresa el 23 de junio de este año. Es decir, no nos toca esperar demasiado. La secuencia final de “The Divine Move” adelanta un nuevo comienzo -tengo ganas de ver cómo funciona la nueva manada de Scott: por ahora Lydia, Stiles, Kira y Malia. Es el reset que la serie necesita (aunque ya parecía haberlo hecho al comienzo de la temporada 3B), y no pinta nada mal, pero ya sabéis cómo es esta serie. Mucho prometer y poco cumplir. Para Jeff Davis, que sé que me lee todos los días, te voy a dar unos cuantos consejos, o ruegos si lo prefieres (seguro que prefieres que te rueguen), ejerciendo como portavoz autoproclamado del sector más enfadado del fandom de tu serie. Queremos:

  • Más escenas con Derek y Stiles en el mismo sitio. Si quieres meterlos en la cama, estupendo. Pero será suficiente con que vuelva a haber interacción con puños o venenos paralizadores que los mantengan inmóviles uno encima de otro. Cosas así, ya sabes.
  • Más humor. Por favor, un poquito de relax. Menos tragedia y menos gravedad en todo lo que pasa en la serie. Necesitamos que los personajes descansen un poco de tanto peligro constante y tengan tiempo para ser adolescentes.
  • Menos tramas secundarias que parecen formar parte del “plan” pero no aportan absolutamente nada al arco principal y desaprovechan a la mitad de los personajes.
  • Más episodios ambientados en el instituto (y me refiero a de día, en clase, no de noche con un personaje que decide ducharse cuando ya no queda nadie y han apagado todas las luces).
  • Menos recurrir a folklores exóticos y mitologías ancestrales para trazar tus tramas. Tienes una materia prima de personajes e historias originales que no necesitan de Wiki-Mito para resultar interesantes.
  • Más escenas de vestuario (insisto, de día, durante horario escolar). [Update: Vuelve el lacrosse, así que esto puede que ya se haya hecho realidad]
  • Menos cámara lenta.
  • Menos jugar con la audiencia adelantando todo lo que va a ocurrir y elevando las expectativas para luego rebajar impacto y emoción a las supuestas sorpresas. No queremos oír “Un héroe caerá, otro ascenderá y otro se tirará un pedo” durante tres meses. Queremos descubrir la historia por nosotros mismos. ¿Es mucho pedir?
  • Y baja un poquito el volumen de la banda sonora, por favor.

– Para terminar, Stiles Manostijeras

Stiles Scissorhands

¿Qué os ha parecido a vosotros el final de Teen Wolf? ¿Alguna escena en concreto que os gustaría comentar? ¿Alguna petición a Jeff Davis que queráis que añada a la lista?

Por qué lo de Allison en Teen Wolf es importante

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Aviso: No leáis este texto si no estáis al día con la emisión estadounidense de Teen Wolf.

Vaya temporada bipolar nos ha dado este año Teen Wolf. Los 12 episodios que conformaron la primera mitad acabaron siendo un despropósito total. Exceso de personajes, un embarullamiento horrible de las tramas, y un desafortunado cambio en el tono de la serie, que echaba por tierra lo conseguido en las dos primeras temporadas. La segunda parte de la temporada, que toca a su fin la semana que viene, comenzó con muy buen pie (como argumento en este artículo), pero después de cinco episodios magníficos (especialmente el inolvidable “Illuminated”, 3.16), volvió a los vicios de la temporada 3A, destacando la absoluta dependencia narrativa de la caprichosa mitología que Davis se está inventando sobre la marcha. Gracias a un argumento cada vez más confuso, los capítulos más recientes de Teen Wolf han puesto a prueba más que nunca el aguante del espectador.

Después de un esperanzador regreso a los pasillos del instituto a comienzos de 2014, Teen Wolf se ha vuelto a olvidar de estos personajes, de quiénes son cuando no están en peligro, y los ha sumido en un constante estado de amenaza y tensión, sin darles un solo respiro para evolucionar como personas, no solo como héroes o víctimas. No es que los chicos de Teen Wolf hayan sido nunca ejemplos de gran caracterización televisiva, pero este año se han comportado de manera especialmente absurda, volátil y cambiante, según el antojo del cada vez más endiosado Davis. Si embargo, este año hay un personaje que, a pesar de haber pasado a segundo plano (o quizás por eso precisamente), se ha mantenido fiel a sí misma, coherente y consecuente. Estoy hablando de Allison Argent, que como ya sabéis, recibió su trágica muerte al final del episodio “Insatiable” (3.23), el mejor de esta temporada desde “Riddled” (1.18).

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La trayectoria de Allison en Teen Wolf ha sido muy significativa en cuanto a la representación de los personajes femeninos en las series adolescentes, y en concreto las de corte sobrenatural. Desde que Xena y Buffy nos enseñaron en los 90 que las mujeres no tienen por qué interpretar necesariamente a damiselas en peligro o meras comparsas del héroe, la televisión (y curiosamente en menor medida el cine) se ha llenado de chicas guerreras. Allison comenzó en Teen Wolf como la típica “love interest” para el protagonista. Nada más. Con el tiempo, esta descubrió que pertenecía a una casta ancestral de cazadores de lobos, una en la que además todas las mujeres tenían la voz cantante (recordad a su tía y a su madre, que en paz descansen), y decidió explorar sus raíces, buscarse a sí misma en relación al destino que su apellido le deparaba. Así, en uno de los giros en retrospectiva más acertados de Davis, Allison dejó a Scott, y emprendió su viaje de autoconocimiento.

Esto hizo que poco a poco el personaje fuera pasando a un segundo término (tras una extraña etapa oscura), mientras nuevos habitantes de Beacon Hills adquirían mayor peso en la trama. A lo largo de la presente temporada, Davis no ha sabido qué hacer con la mayoría de sus personajes. Ha seguido el curso natural de la serie y se ha rendido a la evidencia de que Stiles Stilinski es el verdadero protagonista de Teen Wolf, pero ha desaprovechado a los demás, dándoles escenas que no aportaban nada, subtramas descolgadas (o muy mal conectadas con la principal), colocándolos alrededor de una mesa en todos los capítulos para discutir un plan que ni ellos ni Davis tenían claro. Mientras esto ha perjudicado a personajes como Peter Hale, Papa Argent o Derek Hale (oficialmente el personaje más desaprovechado este año, tanto que, aunque me cueste reconocerlo, ya no pinta nada en la serie), ha beneficiado al desarrollo de Allison. Quizás de manera accidental, el hecho de que Allison haya estado casi totalmente desvinculada del grupo ha acentuado su independencia y entidad como personaje.

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Desde que Allison decidió coger la ballesta y dejar de ser la novia de Scott, se ha movido por iniciativa propia, ha tomado sus decisiones y ha actuado sin recibir órdenes. Ha sido una badass de tomo y lomo. Hemos asistido a una tensión sexual (finalmente) resuelta con Isaac, pero su relación nunca ha adquirido demasiada importancia en la serie, evitando grandes gestos de amor épico. Porque si Allison dejó de ser “la novia de” para convertirse en Allison, cazalobos (o caza-lo-que-se-tercie), no era justo para el personaje volver a convertir su trama en un atormentado e hiper-hormonado romance adolescente. Gracias a este cambio de dirección en su trayectoria, Allison ha demostrado que es posible ser una mujer en una serie para adolescentes y no estar subyugada a las acciones del protagonista masculino, y que se puede prescindir del factor romántico para construir a un personaje femenino en una serie sobrenatural.

La muerte de Allison no entraba dentro de los planes inmediatos de Jeff Davis, sino que ha sido la propia Crystal Reed la que ha pedido salir de la serie. Sus razones son bien lógicas: la actriz tiene 29 años y quiere dejar de interpretar a una adolescente de 17 para explorar las opciones que pueda haber ahí fuera (otras teorías hablan de que tras la ruptura en la vida real con Daniel Sharman, trabajar en la serie se hizo insoportable para ella). Si esa es la razón verdadera, desde luego es una decisión valiente, muy propia de Allison Argent, que ya de paso ha propiciado a Davis una oportunidad perfecta para dar un buen cierre al personaje. Aunque a muchos nos duela, la marcha de Reed llega en el mejor momento para Allison. Su ciclo estaba completo, y no le quedaba mucho más por hacer (seguramente Reed sabía que a su personaje no le quedaba cuerda). Al final, al creador de la serie le ha salido bien la jugada. Él suele estar ocupado despistando a la audiencia, jugando con estúpidos, irritantes e innecesarios acertijos tipo “un héroe caerá, un héroe volverá” (que acaban restando impacto a las tragedias cuando estas ocurren, idiota) y enredando la mitología hasta lo absurdo. Y resulta que sin proponérselo, gracias a la decisión de Reed, ha puesto el mejor broche posible al personaje.

Allison Argent dead

A pesar de las constantes amenazas de Davis, no suele haber muertes importantes en Teen Wolf (parece mentira, con el follón que da), así que me alegra comprobar que, cuando al fin ha ocurrido de verdad, ha sido impactante, y ha ocurrido en una escena excelente ejecutada y montada, de lo mejor que hemos visto en la serie (el grito de Lydia, wow). Pero sobre todo, no ha sido en vano, como pasó con los alfas el año pasado. Allison muere en brazos de Scott (recordándonos que Reed es una de las pocas buenas intérpretes de la serie), después de decirle que siempre le ha querido y siempre le querrá. Es un detalle bonito (e inevitable) teniendo en cuenta que él fue su primer amor, y que no vivirá para tener otro. Hacía falta cerrar de alguna manera lo que comenzó en el primer episodio de la serie, y la escena final de Scallison tenía que ser así. Pero esa no es la conclusión del personaje. Allison ha muerto como heroína, luchando (como Anya), aceptando su destino sin dolor, recordándonos que decidió sacrificar un amor para hallar su identidad, y demostrándonos que por esta razón Teen Wolf no es una serie adolescente cualquiera. Una pena que hayan sido circunstancias externas las responsables de que el final de Allison haya sido tan relevante. A partir de ahora, nada será igual en Teen Wolf, y no sé si Jeff Davis será capaz de afrontar la próxima etapa de la serie (una gran muerte conlleva una gran responsabilidad). Quizás se tengan que marchar más actores para que aprenda a escribir de una vez por todas (te estoy mirando a ti, O’Brien). O quizás no sea tan mala idea dejar su historia en manos de otro ahora que ha alcanzado un gran punto de inflexión.

Teen Wolf (Temporada 3B): Pesadilla en Beacon Hills

Teen Wolf Season 3B

“You two supernatural teenage boys. Don’t test my entirely un-supernatural level of patience” -Mamá McCall

¿Qué hacemos cuando nos hemos perdido? Volver sobre nuestros pasos, y si es necesario, empezar de nuevo. Jeff Davis se perdió en el bosque el año pasado y, afortunadamente, ha vuelto a encontrar el camino en 2014. Su Teen Wolf se había convertido en un embrollo saturado de datos enciclopédicos, pistas ocultas y sinsentidos que el creador de la serie no supo encajar en la historia que había creado, y que había hecho evolucionar formidablemente durante dos temporadas (de caspa a culto en dos años). Lo importante era demostrar que se había estudiado sus libros de mitología, mandando a tomar por saco la lógica interna y descuidando a sus protagonistas en favor de un montón de nuevos personajes y tramas desmembradas. Todo en busca de la sorpresa a largo plazo y el impacto de una audiencia entregada a la que subestimó trágicamente (si creía que podía colarnos cualquier cosa porque estábamos obsesionados con su serie, la llevaba clara), trazando un plan maestro que solo tenía sentido en su mente. En otras palabras: A Jeff Davis se le subió a la cabeza, y su ambición y fanfarronería estuvieron a punto de cargarse Teen Wolf.

Con los dos primeros episodios de la segunda mitad de la tercera temporada (que es como si fuera una nueva temporada completamente, así que a partir de ahora no volveré a referirme a ella con esa larga descripción), Teen Wolf regresa a los orígenes, para seguir adelante y permitirse ser mejor que nunca. Es el siguiente paso natural de una serie tras encontrar su voz, crecer y perder el norte. En “Anchors” (3.13) y “More Bad Than Good” (3.14) regresamos a la Beacon Hills que conocíamos. Volvemos al instituto (con cada uno de esos icónicos planos en los que los personajes abren vigorosamente las puertas del Beacon Hills High me retuerzo de placer), y al bosque, escenario principal de la primera temporada. Pasan a segundo plano los grandes edificios vacíos de esa metrópolis abandonada que ha resultado ser la parte alta de Beacon Hills (los nuevos decorados en Los Ángeles). Al menos en este comienzo de temporada, los cuarteles generales de la wolfie gang vuelven a ser las aulas del instituto, la cafetería, el patio. Y ver a nuestros personajes favoritos de nuevo en su hábitat natural nos devuelve la conexión que habíamos perdido con ellos.

Teen Wolf Anchors

Es muy pronto para sacar conclusiones, por supuesto, pero si los dos primeros episodios de esta temporada son indicio alguno, Davis ha renunciado un poco a sus fantasmadas para devolvernos a sus personajes. Esto no quiere decir que vaya a dejar de jugar al despiste, de manipular y de buscar a sus Big Bads y sus arcos argumentales en Wiki-Mito. Pero al menos se ha dado cuenta de que lo que más nos gusta es ver a Scott y Stiles interactuar (club de detectives adolescentes FTW), a Lydia descargar bombas de verdad, a Derek colgado de los brazos sin camiseta (nos hemos resignado a verlo sufrir, y él también, parece), los vestuarios del instituto (siempre en penumbra, y mejor llenos de vapor), las hormonas desatadas que hacen que todos los diálogos tengan doble lectura sexual (“We need an alpha who can get it… up”), las bobadas adolescentes (“What’s up with the scarf, Isaac?”). Y el sentido del humor. Sobre todo eso. A pesar de no abandonar su gusto por la tragedia (se las hace pasar canutas al niño de nuestros ojos, Stiles), Davis se deja a un lado el dramatismo grandilocuente (que ni Batman vuelve, vamos) y el forzado clímax permanente de los anteriores episodios para centrarse en la comedia (gracias por Mamá McCall), el suspense y la aventura. Y para ello, los dos primeros capítulos están construidos a partir de un misterio que se abre en un episodio y se cierra en el siguiente. Un nuevo “ataque animal” protagonizado por una niña-coyote, que Davis utiliza para recordarnos el origen de la serie, pero también para hacer avanzar a sus personajes después de los acontecimientos de “Lunar Ellipse” (3.12). Afortunadamente, ellos son su “ancla”, y le han devuelto los pies a la tierra.

Lo que Davis sí ha conservado de la anterior temporada es su impecable sentido estético. Siempre lo he dicho, Teen Wolf es una de las series más visualmente atractivas que hay en la tele, y esta temporada se reafirma en ello. Claro que el showrunner juega con una clara ventaja: sus actores son un regalo para la vista y poco hay que hacer para que un plano en los que salgan ellos sea bello. Sin embargo, con este arranque de temporada, Davis nos sigue demostrando que estos bien parecidos especímenes de adolescentes de 25 son mucho más que trozos de carne con ojos. Con la manada de alfas desarticulada, y sin caer de nuevo en el error de incorporar doscientos nuevos personajes (de momento solo tenemos a Papá Scott y a la pizpireta y adorkable Kira, aunque miedo me da ese plano final en “More Bad Than Good”), queda tiempo de sobra en Teen Wolf para prestar atención a sus protagonistas.

Teen Wolf More Bad than Good

Cual Buffy Summers en las temporadas 2 y 6, Stiles, Scott y Allison lidian con las consecuencias de haber muerto y vuelto a la vida. Allison ha perdido su destreza con el arco, Scott no se puede convertir en hombre lobo sin perder el control y correr el riesgo de convertirse para siempre en animal, y Stiles (que claramente ha dado otro estirón y ha aumentado sus horas de gimnasio, gracias) vive entre sueño y vigilia, sin saber si está despierto o no. Por cierto, Davis sabe que las secuencias oníricas son uno de los puntos fuertes de la serie, y este año ha empezado a usarlas como es debido (mención especial al impresionante prólogo de “Anchors” y a las pesadillas gore de Allison, con Kate Argent como otro de los enlaces al comienzo de la serie). A lo largo de estos dos primeros episodios, el trío original de Teen Wolf encuentra sus anclas y da un paso hacia su reinserción en la vida. Especialmente Scott, que gracias a su BFF vuelve a rugir muy fuerte (previamente Stiles había regresado a la realidad también gracias a su mejor amigo), como el alfa que es, y como Simba, para guiar a la niña-coyote de vuelta a la forma humana (“No ha habido nadie como yo / Tan fuerte y tan veloz / Seré el lobo más voraz / Y así será mi VOZ!). Scott recupera el control sobre sí mismo, y Davis hace lo propio con su serie. Mientras, los apolíneos Derek y Peter Hale son rehenes de un ¿clan? hispano (Derek: “no hablo español”), y evidentemente, se pasan los dos capítulos semidesnudos, empapados de sudor y tensando músculos todo el rato. No cabe duda, esta es mi Teen Wolf. Bienvenida de nuevo.

Crítica: Los becarios (The Internship)

“Utopía” -> Buscar en Google

Hace tres años David Fincher hizo una película sobre Facebook que acabó siendo uno de los retratos generacionales más importantes de nuestro tiempo. Este año veremos en las pantallas de cine a Ashton Kutcher mimetizándose con Steve Jobs, para contarnos el origen de Apple. Pero antes, Hollywood nos organiza una visita guiada a los cuarteles generales de la todopoderosa Google en Los becarios (The Internship), dirigida por Shawn Levy y protagonizada por un (inexplicablemente) exitoso power duo de la comedia norteamericana: Vince Vaughn y Owen Wilson. En esta ocasión, la pareja de creeps (y me refiero a los actores) se rodea de un reparto de caras jóvenes y semi-desconocidas entre las que se encuentra nuestro querido Dylan O’Brien (Stiles Stilinski en Teen Wolf).

Los becarios resulta sorprendente porque, en contra de todo pronóstico, no es un completo desastre. La película de Levy es una feel-good-movie de principio a fin, una cinta familiar para todos los públicos -tiene sentido que su director sea responsable de cosas como Noche en el museo o que su guionista haya trabajado en Disney– protagonizada por un grupo de pringados y seres socialmente impedidos, héroes de andar por casa con los que el espectador suele empatizar con extrema facilidad. Bill McMahon (Vaughn) y Nick Campbell (Wilson) son comerciales que se quedan sin trabajo cuando su negocio se queda obsoleto ante el avance de las compras por Internet. Cuarentones, con un currículum escuálido y sin saber hacer nada, los dos amigos encuentran la luz al final del túnel gracias a una beca en Google. Sin saber cómo ni por qué, acaban formando parte del programa de verano de la empresa, lo que les brinda la oportunidad de demostrar que son capaces de adaptarse a los nuevos tiempos y aprender nuevos oficios.

Haciendo gala de un humor muy blanco -un par de escenas pseudo-picantes suben a PG-13 la calificación por edades en su país-, y con un desarrollo convencional y predecible, Los becarios también se permite elaborar un certero comentario social que no debe tomarse a la ligera. La película tiene como telón de fondo el panorama actual de incertidumbre y desorientación al que se enfrentan los jóvenes que buscan un primer trabajo y los adultos que pierden el que han tenido durante muchos años. Formando una hermandad entre ambas generaciones, Los becarios propone un intercambio vital entre aquellos jóvenes que, a pesar de estar preparadísimos, han perdido la capacidad de soñar y los adultos que aún recuerdan la época en la que salían al mundo real dispuestos a comérselo y ser cualquier cosa que se propusieran. Es decir, el sueño americano ya no existe, y hay que volver a crearlo.

Por supuesto Google, concretamente la sede central en Mountain View (California), proporciona el terreno idóneo para construir de nuevo ese sueño. Efectivamente, Los becarios es un infomercial de dos horas de duración, por mucho que -quizás para no resultar demasiado evidente- incorpore cierta (auto)crítica a la deshumanización y pérdida de la espontaneidad que han generado las nuevas tecnologías -especialmente a través del personaje de Dylan O’Brien, que se esconde detrás de la pantalla de su iPhone. La película es obviamente una gran campaña publicitaria del gigante norteamericano, edén corporativo y modelo empresarial de referencia. Los becarios acaba convirtiéndose así en una oda a Google, herramienta cuya principal misión, según la película -y por tanto según la propia Google-, es conectar a las personas con otras personas. Porque “todo el mundo está buscando algo“.

Los becarios es una comedia ochentera en la era digital. A pesar de rozar el advertainment, y seguir a pies juntillas el ABC del género, posee un inconfundible aroma a clásico de sobremesa. Amable, simpática y sobre todo aspiracional, la cinta de Levy funciona porque, como si de una película de Disney se tratase, recurre a los lugares comunes más infalibles. ¿A quién no le gusta una historia de superación y autorrealización? El pringado que supera las adversidades, los enemigos que dejan a un lado sus diferencias y se convierten en BFFs, el nerd que consigue a la chica guapa, el “la unión hace la fuerza“, y sobre todo el “pase lo que pase, sigue persiguiendo tu sueño“. Este idealismo de cuento de hadas, que en un momento dado (y sobre todo en este que corre) no viene mal a nadie, compensa el hecho de que la película no sea precisamente desternillante, que su dúo protagonista sea un poco (bastante) insoportable, o que lo que ocurre en ella lo hayamos visto tantas veces.

Teen Wolf: Tierra llamando a Scott McCall

3×01 “Tattoo”

Han sido casi 10 meses, 295 días, 7.080 horas, 424.800 minutos esperando el regreso de nuestros lobos cachondos y depilados favoritos. Y en todo este tiempo no hemos dejado de pensar en ellos, de hablar de ellos, de tener sueños húmedos con ellos. En parte porque somos un fandom muy pesado, en parte porque ellos se han encargado de que no nos olvidemos de su existencia, con su insistente, voluptuosa y sinvergüenza presencia en las redes sociales. Cerca de un año de insoportable espera que ha servido para que Teen Wolf gane adeptos, para que sea aun más idealizada por sus fans (que ojo, de ciego tenemos poco), y para aumentar la expectación por los nuevos episodios. Esto se ha saldado con varios récords de audiencia para MTV. Y la manada sigue creciendo. Regresamos así, todos juntos, al lugar al que siempre hemos pertenecido: al instituto.

La misma noche que terminó la segunda temporada comenzó la cuenta atrás oficial, y el creador de la serie, Jeff Davis, se las ha arreglado para que Teen Wolf no pierda su “momentum”, como dicen los angloparlantes. Para ello ha ido desvelando con cuentagotas detalles sobre la temporada, en convenciones, en Facebook, en Twitter. Si uno le ha seguido la pista a Davis no encontrará casi nada verdaderamente sorprendente en “Tattoo”. Estábamos al tanto de las nuevas incorporaciones, de los conflictos que ponían en marcha la temporada, de todo. Por eso volver a Beacon Hills ha sido como volver a casa. Pero, ¿ha merecido la pena la espera? El corazón dice que sí, la entrepierna dice que sí, la mente se lo piensa. Pero, ¿hace falta la mente para ver Teen Wolf?

“Tattoo” es un episodio altamente irregular que pone de manifiesto tanto las virtudes de la serie como sus defectos. El primer problema es que abarca demasiado. Muchos personajes nuevos (y ninguno interesante a priori), muchos cabos que atar, muchos frentes abiertos. Teniendo en cuenta que es el comienzo de una nueva temporada, y que además viene precedido de cambios en el reparto que ponían patas arriba la historia, le debemos cuanto menos el beneficio de la duda. Las anteriores temporadas no comenzaron con el mejor pie y acabaron dándonos los episodios que nos convirtieron en adictos sin recuperación posible. Sin embargo, es más difícil pasar por alto la ambición de Davis cuando esta resulta en escenas de acción que hacen que los cromas de Ringer parezcan Avatar. Este hombre tiene buenas ideas, su creatividad es emocionante, pero por mucho que una pareja de gemelos alfa que se fusionan como siameses y se convierten en un lobo gigante suene muy bien en teoría, verlo hecho realidad es otra cosa. Una de esas cosas que nos hacen encoger los dedos de los pies y fruncir el ceño. Una de esas cosas por las que nos gusta tanto esta serie.

Así comienza “Tattoo”, prometiendo toda la acción del mundo. Antes de los créditos iniciales, una persecución en moto que parece una atracción en 3D de Disneyland y el primer WTF de la temporada. Toda una declaración de intenciones, contundente a pesar de fallida, y también un recordatorio: “No os olvidéis de que esto no es Juego de Tronos“. Ni falta que nos hace. En Buffy había mantis religiosas y alcaldes que se convertían en serpientes gigantes, y nadie se quejaba, ¿no? Lo que viene después de los créditos sigue en la estela del teaser: un ciervo que se estampa contra el parabrisas de Allison y Lydia -que dice haber visto sus ojos enloquecidos antes del impacto, pero ni siquiera lo estaba mirando-, una bandada de pájaros (más festival CGI) que se precipitan sobre el aula donde comienza el curso en el instituto de Beacon Hills, y la constante amenaza de una manada de alfas esparcidos por el pueblo. Pero no solo de escenas camp vive Teen Wolf. Nos reencontramos los BFF (FFFFF) Scott y Stiles en una tienda de tatuajes, y comprobamos que la química entre estos personajes sigue intacta. Ellos son lo mejor de Teen Wolf. Hay compenetración, hay amistad real, de la que traspasa la pantalla, y también hay autoconsciencia para parar una manada de ciervos psicóticos.

Pero, ¿hay Sterek? Pues claro. En una escena cerca del final, cuando Derek Hale aparece después de hacerse rogar durante más de media hora -“Aren’t you supposed to be in school?”-, el trío dinámico protagoniza un momento Classic TW 100%. En esa secuencia, Stiles le guiña el ojo a Derek, y Derek toca el pecho de Stiles. Stilinski, con ojos en llamas por el deseo de guarecerse en los palpitantes pectorale… No. En realidad no hay Sterek. Al menos no en “Tattoo”. En tu cabeza siempre. Pero no perdamos la esperanza todavía, que la temporada acaba de empezar.

Now go home. Go back to being a teenager.

A pesar de las adorables fantasmadas, incongruencias varias como las enfermeras que van descalzas solo para que veas que tienen garras -en serio, ¿qué fue eso?-, o la insuficiente (y muy noventera) explicación a la ausencia de Jackson Whittemore -que al menos sirve para hacer un chiste cinéfilo tan obvio como necesario-, Jeff Davis sale airoso cuando prepara el terreno para lo que serán los arcos argumentales de la temporada. De momento parece todo muy aturullado y caótico, pero Davis sabe cómo construir tensión, y cómo contar una historia a base de anticipación. Es un narrador nato, y ni doscientos mil cromas se interpondrán en su camino.

En “Tattoo” se plantean muchas ideas, entre ellas la que vincula uno de los cuatro elementos de la Grecia antigua a cada temporada. Si la primera fue la del Fuego, y la segunda la del Agua, las perturbaciones en el mundo animal (¡¡mascotas suicidas!!) y la mención de posibles terremotos identifican la tercera como la temporada de la Tierra. Como si debajo de Beacon Hills se escondiera la mismísima Boca del Infierno, los fenómenos inexplicables se acumulan y Scott McCall, alfa en ciernes, se perfila como “el elegido” para enfrentarse a las nuevas amenazas. Un Scott más centrado y aplicado, que intenta deshacerse de su obsesión por Allison. Un adolescente en plena(s) transición(es). ¿Debemos “tener miedo de él, del hombre en el que se convertirá?” Nosotros confiamos en que su recorrido personal le lleve a convertirse en el súper héroe que está destinado a ser. Solo le pedimos una cosa a Teen Wolf mientras llega este momento: que sea todo lo cheesy que quiera, pero que no sea efímera.

Preguntas y curiosidades sobre “Tattoo”:

– ¿No os encanta cómo se está adaptando Mamá McCall al mundo fantástico al que ha descubierto que pertenece?
– Stiles lleva el pelo largo. ¿Os sentís cambiados por dentro?
– Para mí ya es uno de los planos de la temporada: Scott ejercitando bíceps en la barra mientras lee La llamada de la selva de Jack London. En la pila de libros leídos en su habitación: Adiós a las armas de Ernest Hemingway, Colmillo blanco también de Jack London, Grandes esperanzas de Charles Dickens y ¡Absalón, Absalón! de William Faulkner.
– “¿Qué le ha pasado a la biblioteca en mi ausencia? ¿Y qué demonios es esto?” (enseñando una espada), dice el nuevo director de BH High. No os extraña que insista en mencionar a Buffy, ¿verdad?
– Papá Stilinski y Mamá McCall. ¿Pasará?
– ¿Hará Stiles un Pacey Witter con la nueva profesora de Literatura?