Crítica: No respires


Fede Álvarez entró por la puerta grande del terror bautizado por Sam Raimi en 2013. Su remake de Posesión infernal resultó ser una de las películas más brutales y enervantes de los últimos años, lo que hacía que muchos siguiéramos de cerca los pasos del director uruguayo. Tres años después, Álvarez regresa, pero se queda en el mismo género con el que se dio a conocer (y con el mismo productor, Raimi). Sin embargo, para su segundo largometraje, No respires (Don’t Breathe), ni rehace ni se basa en nada, sino que presenta una idea original (aunque familiar), con guion escrito por él mismo junto a Rodo Sayagues (co-guionista de Evil Dead). No respires destaca en un mar de propuestas clónicas y cintas de terror en cadena con una premisa que no recurre a lo sobrenatural para asustar, sino que da lugar a un tenso thriller de emociones fuertes capaz de provocar más angustia y mejores sobresaltos que la mayoría de historias de fantasmas que nos llegan frecuentemente a la cartelera.

Aunque me repita, cabe destacar que estamos ante una de esas películas de las que es mejor no saber nada de antemano. Una cita ineludible para los fans del terror de las que nos llegan de vez en cuando, y que debemos hacer lo posible por que sea una cita a ciegas (en este caso nunca mejor dicho). Para no estropear demasiado la experiencia que supone No respires, me limitaré a reproducir la breve sinopsis oficial ofrecida por Sony Pictures (que claramente tampoco quiere spoilearos más de la cuenta): “Un grupo de amigos asaltan la casa de un hombre rico, y ciego, pensando que lograrán el robo perfecto. Están equivocados”. Ahí está. No necesitáis saber más. Haced como el trío de incautos formado por Rocky (Jane Levy, que repite con Álvarez después del calvario que vivió en Evil Dead), Alex (Dylan Minnette) y Money (Daniel Zovatto), y entrad en la casa sin saber qué os vais a encontrar entre sus pasillos.

No respires se ha convertido en la gran sorpresa de la temporada, y ha encumbrado a su director en la lista de promesas de Hollywood (pronto le lloverán las propuestas para dirigir blockbusters). Y no es para menos. Lo más destacable de la película es sin duda su trabajo tras las cámaras. La labor de Álvarez es tan sobresaliente que consigue distraer de la verdad que oculta la película: su guion no es nada del otro mundo. Es más, está lleno de agujeros y tiene tramos que exigen un considerable acto de fe por parte del espectador. Por un lado, No respires se esfuerza en anclar su historia en la realidad (no en vano se ambienta en la decadente Detroit y funciona como comentario de la actual situación económica), cuidando detalles que otras películas obvian y haciendo que su premisa resulte coherente y factible, lo cual se agradece mucho. Pero por otro, se acaba sacrificando esa verosimilitud para provocar golpes de efecto y empujar la historia hacia donde Álvarez y Sayagues quieren. Concretamente hacia un tercer acto que desafía constantemente la suspensión de la incredulidad y culmina en un clímax sobre-explicativo y excesivamente sensacionalista con el que se diluye el impacto que el film ha provocado en sus dos primeros tercios, llegando a rozar el ridículo por momentos. Haciendo alusión a la teoría de la caja de J.J. AbramsNo respires es mejor cuando no sabemos exactamente qué hay dentro de ella.

Claro que, a pesar de todo, hay que elogiar la forma en la que el misterio está llevado antes de llegar a ese problemático final. Desde que los protagonistas entran en la casa y Álvarez nos regala un soberbio plano secuencia para ponernos en situación, la película hace que uno se agarre de la butaca y no la suelte en ningún momentoNo respires es un excelente ejercicio de tensión, estilo y pulso narrativo que mantiene el interés a base de constantes giros, magníficos planos, y contundentes golpes de violencia, y que saca gran provecho del limitado espacio donde se desarrolla la acción. La cámara de Álvarez se mueve y encuadra con inteligencia para jugar con la oscuridad, aprovechar las esquinas, los rincones y los “pasadizos secretos” de la casa, construyendo así un inmersivo y claustrofóbico juego del gato y el ratón que tiene el control absoluto sobre nuestros nervios.

No respires le da la vuelta al home invasion (cine de allanamientos) y lo convierte en un survival crudo y sádico, un thriller de factura impecable que se apoya indudablemente en Hitchcock para construir el suspense y manipular al espectador. Como hemos dicho, su guion es muy inconsistente, sus diálogos tienden al cliché, y sus personajes son más finos que el papel de seda, pero la mano firme y la elegante dirección de Álvarez, que pone énfasis en la narración visual, compensa estas carencias y antepone con éxito la experiencia visceral a la intelectual. Cuando uno ve la película se da cuenta de lo bueno que es su título: los protagonistas no dicen “no respires” ni una vez, pero tú lo estás pensando en todo momento. Y cuando lo haces, te estás dirigiendo a ellos, pero también a ti mismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Pesadillas (Goosebumps)

Props; Sets

En cuanto a series, mis amigos, mi hermano y yo éramos más de El club de Medianoche, pero en lo que se refiere a libros de consumo rápido, nada hacía sombra a Pesadillas en los 90. Entre 1992 y 1997, R.L. Stine publicó la friolera de 62 libros de su colección de novelas de terror para niños y adolescentes titulada originalmente Goosebumps, alcanzando ventas estratosféricas sobre todo en los primeros años. En medio mundo no había casa con niños en la que no hubiera al menos un libro de Pesadillas. El concepto de terror para los más pequeños era más o menos novedoso y revolucionario, y aunque la producción en cadena de Stine no garantizaba precisamente la mejor calidad (a la mayoría eso nos daba igual), estos libros nos proporcionaban horas y horas de escapismo, y lo que para nosotros entonces eran emociones fuertes.

En esta era del reboot y la nostalgia como imprescindible arma (de doble filo) de Hollywood, una nueva versión de Pesadillas era inevitable. Bajo la batuta de Rob Letterman (director de dos de las peores películas de Dreamworks, El Espantatiburones y Monstruos contra alienígenas) y con guion de Darren Lemke (Shrek, felices para siempre), la adaptación cinematográfica de Pesadillas propone una actualización del material original que funciona como aventura contemporánea a la vez que ejerce de homenaje nostálgico. Para conseguir este equilibrio, la película cuenta con una premisa muy ingeniosa y rematadamente meta: Zach Cooper (Dylan Minnette) se muda a un barrio residencial (similar a todos los que aparecían en la serie), donde conoce a la preciosa “chica de al lado”, Hannah (Odeya Rush) y al geek mayor del instituto, Champ (Ryan Lee). La joven resulta ser la hija del legendario autor R.L. Stine, vecino huraño que oculta un oscuro secreto en su casa: Las criaturas de sus libros son reales, y Stine las mantiene encerradas bajo llave en sus manuscritos originales. Creyendo que la chica corre peligro, Zach se cuela en la casa de Stine y libera accidentalmente a los monstruos. Con la ayuda del propio Stine, Zach y sus nuevos amigos deben hacer que todos estos personajes regresen a sus páginas antes de que acaben con el pueblo.

Pesadillas propone un ocurrente juego metalingüístico y referencial. No solo se mantiene fiel a las historias originales, incluyendo incontables creaciones salidas de la imaginación de Stine (de las que destacan los gnomos, el hombre lobo, la mantis religiosa gigante, y por supuesto, el muñeco Slappy, alter ego del autor), sino que también se divierte reconfigurando la fórmula de los libros, reproduciendo sus triquiñuelas narrativas (“¡no hay una historia de Pesadillas sin un giro en el último momento!”) y recuperando el espíritu de la serie con un toque guasón. El resultado es una película de aventuras de ritmo endiablado, con un gran sentido del humor (la comedia destaca sobre todo en las escenas familiares y en los momentos de calma), y excelentes secuencias de acción hiperactiva (qué grandes los gnomos) -no es de extrañar encontrar a Neil H. Mortiz en la producción, su experiencia en la comedia de acción, con Fast & Furious21 Jump Street en su haber, se filtra en la película. Por otro lado, los actores no podían estar mejor elegidos. Minnette es todo un leading man adolescente, Odeya Rush (mini-Mila Kunis) es un encanto, y el graciosísimo Ryan Lee se erige como el robaescenas oficial de la película. En el frente adulto, nos alegra que Jack Black no solo no se cargue la película, sino que dé vida a una versión muy simpática de Stine, y Jillian Bell (22 Jump StreetThe Night Before) vuelve a destacar por su excelente manejo del humor awkward (la tía Lorraine es genial).

Dylan Minnette; Jack Black; Odeya Rush

Remitiéndonos al mejor Chris Columbus, Pesadillas ha resultado ser un producto juvenil muy digno, una película que maneja la nostalgia y la autoconsciencia con acierto (al contrario que, por ejemplo, la reciente Pixels, de la misma casa), y ante todo sabe divertir de principio a fin. Además, no podemos pasar por alto otros aspectos igualmente afinados del film, como la radiante fotografía de Javier Aguirresarobe (atención a las preciosas escenas en la feria abandonada) o la evocadora banda sonora de Danny Elfman, su mejor trabajo en mucho tiempo (para contrarrestar, el aspecto que más cojea es el CGI, con algunas criaturas excesivamente cartoon). En definitiva, Pesadillas es una cinta al más puro estilo de Jumanji y otros títulos similares de los 90, una aventura muy americana (el clímax coincide con el baile del instituto) sin un minuto de aburrimiento, que hará las delicias tanto de la generación que devoraba los libros de Stine como la de los niños que no tienen ni idea de quién es el autor y por qué es tan importante para nosotros. Y lo mejor de todo es que esos niños quizá se animen a coger un libro después de ver la película.

Valoración: ★★★½

Agents of S.H.I.E.L.D. – Más Marvel, mejor

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Comentario sobre Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D.,”The Magical Place” (1.11) y “Seeds” (1.12). El texto incluye spoilers de ambos episodios.

Las vacaciones le han sentado bien a S.H.I.E.L.D. El pasado 10 de diciembre se despidió de la audiencia con una promesa tácita, que acabó siendo mucho más que eso. Después de la accidentada primera tanda de episodios, Marvel Television anunció que, a su vuelta, la serie de Joss Whedon capitaneada por su hermano y su cuñada empezaría a cambiar. La idea era incorporar más Universo Marvel a la serie, y renunciar por ahora a sostenerla exclusivamente con el equipo de agentes novatos de Phil Coulson, como ya sabéis creaciones originales del director de Los Vengadores.

Está claro que la visión original de Whedon no ha cuajado, y la audiencia generalista no ha tenido la paciencia que sí manifiestan sus fans con esta historia sobre “los hombres a la sombra de los súper héroes, los que limpian el estropicio cuando ellos terminan de luchar”. Seguramente gracias a ellos, y a los completistas de Marvel, S.H.I.E.L.D. se mantiene como una de las ficciones más exitosas de la cadena. Pero es un éxito relativo y agridulce. Porque aunque se haya establecido en una cifra más que holgada para destacar y sobrevivir al menos un año más, ha perdido espectadores casi todas las semanas, contribuyendo a que se catalogue como fracaso, o como mínimo, decepción.

Esa es la palabra que viene a la mente cuando muchos whedonites (y marvelites) hablamos de S.H.I.E.L.D.: decepción. Y nosotros no nos referimos a los índices de audiencia, sino a la serie en sí. Lo que esperábamos de ella dista bastante de lo que nos ha ofrecido hasta ahora, y hasta el más indulgente estaba empezando a perder la paciencia. Como suele ser habitual, los espectadores nos lanzamos a la red a comentar la serie, es decir, a quejarnos de todo lo que no nos gustaba. Muchos lo hicimos de manera constructiva, haciendo balance tras cada episodio y sacando conclusiones sobre lo que fallaba, y cómo se podía mejorar. Al parecer, Maurissa Tancharoen y Jed Whedon (seguramente aconsejados, o presionados por Marvel) han tomado nota, y los dos episodios que se han emitido tras el parón navideño nos han devuelto una versión de S.H.I.E.L.D. ligeramente mejorada.

Skye The Magical Place

En esta entrada os conté punto por punto los fallos que los showrunners estaban ignorando, lo que impedía que la serie avanzase y encontrase su voz, y su audiencia. Me alegra comprobar tras haber visto “The Magical Place” y “Seeds” que Tancharoen y Whedon han empezado a poner remedio a su mala gestión como showrunners y guionistas. Como mid-season finale, “The Bridge” (1.10) cumplió su misión: agitar la historia y proporcionar un cliffhanger para que la audiencia tuviera algo por lo que regresar un mes después. El rapto de Coulson no fue nada del otro mundo, pero al menos las fichas del tablero empezaban a moverse de verdad. En “The Magical Place” asistimos a la operación rescate de Coulson, y desde el primer minuto se nota que el equipo se ha puesto las pilas (me refiero al de la serie, pero también al de S.H.I.E.L.D.). Las secuencias de acción de “The Magical Place” son de las mejores que hemos visto hasta ahora en la serie, y por primera vez, la trama no sigue la misma plantilla aburrida de todas las misiones y resulta más interesante, con numerosos giros y sorpresas, y un ritmo más agradecido. Deberían raptar al agente Coulson todas las semanas.

En “The Magical Place” se deja a los personajes actuar de acuerdo a las circunstancias de manera natural, y no se fuerzan los encontronazos, los acercamientos, ni se falsifica la química entre ellos. En lugar de eso, el cariño a Coulson y el miedo a perderlo es lo que los mueve, de manera siempre coherente, sin por ello resultar predecible al 100% (como de costumbre). Mención especial a Skye, que es la jefa del episodio (también hay que dejarla suelta más veces, en vez de tenerla todo el día encerrada en su sala de máquinas, digo mini-camarote) y a May, que es la reina del episodio. Mientras una parte la pana imitando a la agente May (“Cool jacket”), la otra desafía y manipula a los altos mandos de S.H.I.E.L.D. sin levantar un dedo, confiando en Skye, y dándole su visto bueno definitivo como miembro del equipo (qué bonito). Los personajes están creciendo, menos mal. Cada vez son más badass, pero también más humanos. Bueno, todos menos Coulson, que sigue siendo… Esto:

Coulson Magical Place

¿Y qué pasa con el dichoso Tahití? Esto es lo que personalmente más me sacaba de quicio de la serie. Como expresé en mi anterior análisis, no se debe, ni se puede, posponer tanto un secreto sin darnos al menos algo de información que mantenga nuestro interés. Tancharoen y Whedon por fin se despiertan (Did I fall asleep?) y se dan cuenta de que no pueden pasarse una temporada de 22 episodios repitiendo lo mismo al final de cada uno: “Coulson está raro desde que volvió de Tahiti” (entra música de suspense) “¿Qué pasó en Tahití?” (corte a negro). Así, “The Magical Place” nos muestra (no nos cuenta, nos muestra) lo que ocurrió en la dichosa Tahití. Y no solo eso, sino que se nos deja con la duda de si lo que hemos visto es totalmente real, y con la sensación de que detrás de esta historia hay mucha más información (welcome back, Shepherd Book!). Así sí. Así se capta el interés, con cerebros al descubierto, dando información para que queramos más, no prometiéndonos que algún día conoceremos el secreto, y mientras lo hacemos aburrirnos con el relleno más descarado. Haciendo que la historia avance. Aunque sea para introducir otro mcguffin como el Clarividente.

Lo mismo ocurre en “Seeds” con el pasado de Skye. Coulson y May investigan sobre sus padres y descubren una verdad mucho más horrible de lo que la joven hacker podría haber imaginado. Pero como no hay mal que por bien no venga, y como Coulson nos explica (a nosotros y a May) en un ejercicio muy tosco de exposición y auto análisis que debería haberse dejado para el espectador: “Este no es el final del trayecto para Skye. Es el comienzo”. En “Seeds” descubrimos que S.H.I.E.L.D. la lleva protegiendo desde que era una niña, porque es un 0.8.4., es decir, un “objeto de origen desconocido”, y que por ello muchas personas inocentes (¡aldeas enteras!) han muerto. En vez de hundirse, Skye se engrandece. Ya puede pasar de ser pirata freelance a legítima agente de S.H.I.E.L.D., con todas las letras. Veremos cómo reacciona cuando se entere de que es posible que no sea completamente humana (buen giro, por cierto). Como el discursillo de Coulson y el “Don’t Touch Lola” de Skye nos indican, “The Magical Place” y “Seeds” son en cierto modo como un nuevo piloto, un comienzo de verdad después de varios de prueba.

DYLAN MINNETTE

Además de añadir más y mejor acción y elementos fantásticos (esa tormenta de hielo, un poco excesiva, muy Smallville, pero qué bien los efectos digitales, ¿verdad?), y de (semi)quitar el lastre de los secretos a los personajes y darles un poco de espacio para crecer, “Seeds” es la prueba de que el plan de Marvel se ha puesto en marcha. Hace una semana Marvel Television anunció que Lady Sif, de las películas de Thor, se iba a pasar por la serie en un episodio, y durante las Navidades nos enteramos de que la serie iba a incorporar a un nuevo personaje con súper poderes sacado del canon de cómics de Marvel, y este episodio ha sido su origin story. En “Seeds” conocemos a Donnie Gill (Dylan Minnette, el hijo de Jack de Perdidos, ¿os acordáis?) y asistimos a la genesis del supervillano de Marvel Blizzard. Y lo hacemos además en un capítulo con buenas dosis de Fitz-Simmons (más de Leopold que de Jemma), que son los niños de nuestros ojos. Como aquel estupendo “F.Z.Z.T.“, “Seeds” cumple las cotas necesarias de nerdismo y adorables momentos cómicos por parte de los jóvenes genios científicos de S.H.I.E.L.D. (y no solo de ellos, Coulson y May también tienen un par de escenas agradables). Como decía, los personajes están cada vez más definidos y esto se nota tanto en sus escenas por separado como en las (cada vez más numerosas) secuencias de grupo (ver cabecera de esta entrada), además, las tramas abiertas del año pasado (Mike Peterson, Centipede) empiezan a tomar forma. En consecuencia, Agents of S.H.I.E.L.D. parece algo más sólida, centrada y tiene algo más de personalidad. Rectificar es de sabios, y me alegro de que Whedon y Tancharoen hayan abierto los ojos y renuncien a su terca (y fallida) visión. Espero que los 10 episodios que restan de la temporada continúen por el mismo camino y la serie empiece a defenderse por sí sola.

PD: Ward, seguimos sin perdonarte lo del bocadillo. Gracias Fitz por recordárnoslo (aunque no hacía falta).