Mom: La comedia que quería ser drama

Fun Girl Stuff and Eternal Salvation

El viejo arte de la comedia de situación no se ha perdido del todo. Aunque hoy en día casi todas las cadenas norteamericanas prefieren las comedias single-cam, porque resultan más contemporáneas y sofisticadas, las sitcoms de la vieja escuela sobreviven. Para encontrar la mayoría hay que acudir a CBS, donde no solo aguantan, sino que triplican en audiencia a cualquier comedia ‘moderna’ de la competencia. Este tipo de series conservan las características tradicionales del género: risas enlatadas, escenarios casi teatrales, tramas episódicas… Pero ni ellas han escapado a la hibridación de comedia y drama que ha caracterizado a la televisión del siglo XXI. Sitcoms como Friends, Will & Grace o las actuales The Big Bang Theory How I Met Your Mother siempre han incorporado elementos dramáticos en sus habitualmente ligeros argumentos (una muerte, una separación, una pelea muy en serio), pero ninguna ha hecho lo que lleva haciendo Mom durante tres temporadas: comedia dramática pura en casi todos sus episodios.

Mom comenzó su andadura como complemento a 2 Broke Girls. Es decir, otra serie protagonizada por un dúo de mujeres graciosas que chocaban en todos los capítulos. Pero pronto comenzó a desmarcarse de su compañera de cadena. Mientras la serie de Kat Dennings y Beth Behrs se estancaba en un ciclo repetitivo del que aun no ha salido, Mom se atrevía a evolucionar. Protagonizada por Anna Faris y Allison JanneyMom empezó siendo una sitcom familiar que giraba en torno a una madre soltera alcohólica que debía lidiar con su trabajo de camarera, sus hijos (un niño y una adolescente embarazada) y el regreso de su madre, la culpable de todos los males en su vida, y también una adicta. Aunque al humor le faltaba bastante gancho (era más bien típico y predecible, muy poca cosa), la serie destacaba por abordar temas muy serios y comprometerse con ellos a largo plazo, lo que hacían de ella una propuesta semi-interesante. Afortunadamente, Mom no dejó de abordar de frente el drama de sus personajes, e inició un proceso de transformación que ha desembocado en una fantástica tercera temporada.

A medida que la serie avanzaba, se descubría que el mayor filón para contar historias estaba en las reuniones de Alcohólicos Anónimos a las que asisten Christy (Faris) y Bonnie (Janney). Por eso durante la segunda temporada se crearon tramas para separar a Bonnie de sus hijos y llevar la serie hacia otro terreno. Mom dejaba de ser una comedia familiar para convertirse progresivamente en una sitcom de amigas. La serie encontró una dinámica muy buena en el grupo de AA y decidió prescindir casi por completo de los niños (a los que hemos visto una o dos veces en la última veintena de capítulos). Y lo cierto es que fue la mejor decisión que pudo haber tomado. Las ‘chicas’ del grupo forman un equipo divertidísimo, y con ellas la serie ha ganado entidad y madurez, gracias a la experiencia de sus intérpretes y la forma tan entrañable en la que se explora su amistad. Pero como decía, lo que hace de Mom una serie especial no es solo esto, sino su manera de afrontar el drama de sus personajes, con un pulso firme y sorprendentemente natural para navegar la comedia más tontorrona y la tragedia más dura (parece mentira que sea del mismo creador que Dos hombres y medio y Big Bang, Chuck Lorre).

Mom 2

Mom ha encontrado la fórmula para hacer comedia de temas muy serios sin ningún atisbo de moralina y, sobre todo, con respeto. Ese equilibrio es muy difícil de conseguir, especialmente en este tipo de series, que a menudo optan por lo burdo y se olvidan de los acontecimientos importantes de un episodio a otro. Mom no es así, se trata de una serie comprometida, a pesar de su apariencia liviana. En sus tres años de vida ha hecho frente con valentía al tema del embarazo adolescente (con una trama de adopción muy agria con la que se evitaba el final feliz en el que suelen acabar estas situaciones en la ficción televisiva), a la muerte en numerosas ocasiones (una de ellas la del gran amor de tu vida, ni más ni menos), al fracaso como madre, y al más importante de todos: la adicción. Entre risas, situaciones disparatadas y diálogos picantes, Mom nos recuerda en todos los episodios que nos está contando la historia de un grupo de mujeres que padecen una enfermedad, y nos invita a que nos riamos con ellas de todo, sin dejar de bombear en ningún momento el corazón, ni recurrir al humor ofensivo o, peor aun, el adoctrinamiento.

No cabe duda de que este equilibrio no sería posible sin la labor de sus actrices. Hay que elogiar a Mimi Kennedy (Marjorie) y las adiciones tardías pero ya imprescindibles de Beth Hall (Wendy) y Jamie Pressly (Jill), que tienen una química descacharrante (we miss you, Octavia Spencer) y también dan la talla dramáticamente en los momentos necesarios. Pero Mom no sería lo que es si no fuera por el gran juego que dan Anna Faris y la todoterreno Allison Janney. Ya desde el principio, la desgarbada, efervescente y distinguida presencia de Janney (que recordemos tiene 7 Emmys, dos por Mom) subía de categoría a la serie, convirtiendo a la actriz de The West Wing en la gran estrella de Mom. Pero es que Faris se ha puesto las pilas para no quedar en segundo plano ante la genial interpretación de su madre en la ficción, y actualmente está mejor que nunca, personificando junto a Janney lo que hace especial a esta serie: la capacidad para hacer reír y llorar en el transcurso de veinte escasos minutos (¿Cuántas veces nos hemos quedado hechos polvo tras el fundido a negro final de un capítulo, por muy divertido que fuera?). Y es eso a fin de cuentas, su capacidad para emocionar sin manipular y reírse de la tragedia con sensibilidad, lo que ha hecho que Mom pase de ser una sitcom enlatada del montón a una de las comedias en abierto más afinadas de la actualidad.

Crítica: The Skeleton Twins

THE SKELETON TWINS

Fresca todavía de su paso por Sundance, donde se llevó el premio a Mejor Guión, nos llega The Skeleton Twins, segunda película del director de True Adolescents, Craig Johnson. Su afiliación a la nueva ola de cineastas (y “teleastas”) hijos del festival apadrinado por Robert Redford salta a la vista por la naturaleza de dramedia intimista y generacional de la película. Para esta ocasión, Johnson vuelve a contar con la colaboración de los hermanos Mark y Jay Duplass en la producción, dos prolíficas fuerzas creativas que se están labrando un nombre vinculándose (ya sea en materia de actores, directores, productores o guionistas) a productos independientes cercanos a la categoría de culto como Seguridad no garantizada, The One I Love o las series Transparent Togetherness. El sello Duplass está visiblemente presente en esta historia sobre dos hermanos gemelos que no se ven desde hace una década.

Maggie (Kristen Wiig) y Milo (Bill Hader) compartieron una infancia feliz, caracterizada por un sentido del humor un tanto macabro (sus juguetes predilectos son unos esqueletos que les regala su padre) y la dependencia física y emocional que suele conllevar haber compartido útero durante nueve meses. Sin embargo, el paso del tiempo se traduce en un distanciamiento que pone a cada uno en un camino distinto, en lugares opuestos del país. Maggie se convence de haber alcanzado la felicidad plena con un marido perfecto (Luke Wilson) y una apacible vida suburbana llena de actividades extra-domésticas, aunque su estancamiento en el mismo lugar de siempre le pasa factura. Milo es el eterno aspirante actor en Hollywood que parece atrapado en el pasado y subsiste con trabajos basura, la viva imagen de la generación perdida. La desesperación le lleva a intentar suicidarse, lo que hace que Maggie regrese a su vida y le proponga, a pesar de estar igual de rota que él, irse a vivir con ella al pueblo a las afueras de Nueva York donde se criaron.

The_Skeleton_Twins_-_Cartel_finalEs evidente que el título de la película no hace referencia únicamente a los juguetes que los hermanos atesoran de pequeños (no es el único objeto material importante en sus vidas marcadas/secuestradas por el pasado), sino a la expresión anglosajona “skeletons in the closet” (en castellano “muertos en el armario” o simplemente “trapos sucios”). Calculando casi matemáticamente las dosis de drama y comedia en un ejercicio narrativo tan bipolar como sus personajes, Johnson va desempolvando poco a poco los esqueletos que estos hermanos esconden en el armario, desvelando unas personalidades complejas y turbulentas oscurecidas por la sombra de la depresión. La reunión de Maggie y Milo les lleva, muy a su pesar, en un viaje de autoanálisis para descubrir el origen de sus tendencias autodestructivas y la razón por la que sus vidas han resultado ser un auténtico fracaso, para lo que Johnson se mantiene del lado luminoso de la historia, golpeándonos ocasionalmente con verdades amargas e incómodos desnudos emocionales.

Los hermanos de The Skeleton Twins no responden necesariamente al arquetipo del freak que el cine y la televisión nos ha hecho adorar como a superhéroes en la última década. Maggie y Milo no buscan aprobación, ni ser laureados por sus peculiares personalidades (escritas siguiendo el manual de “personajes idiosincrásicos y particulares del cine indie”), son personajes profundamente dañados cuyo comportamiento errático es en ocasiones estomagante y difícil de perdonar. Y ese es el mayor acierto de la película, hacer hincapié en que Maggie y Milo no son las personas que estaban destinadas a ser, no se han convertido en los triunfadores que acuden a la reunión del instituto para restregar sus exitosas vidas en la cara de aquellos que los llamaban “puta” o “maricón” a sus espaldas, sino que anhelan las equilibradas y felices existencias de los jocks y animadoras. Junto a Mark Heyman (co-guionista), Johnson elabora de esta manera un retrato profundo, si acaso un tanto maniqueo y autocomplaciente, de unos personajes ahogados, abandonados a la apatía. Sin embargo, son sus actores, los habituales de la comedia Kristen Wiig y Bill Hader explorando sus excelentes registros dramáticos, los que hacen en última instancia que Maggie y Milo se encuentren y se ayuden a salir a flote.

Valoración: ★★★½