[Reseña] Cine independiente inédito en España que llega a DVD

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Sony Pictures Home Entertainment sigue apostando por el cine independiente con sus lanzamientos directos a vídeo. A lo largo de los últimos años, la distribuidora ha creado una voluminosa biblioteca DVD y Blu-ray de títulos inéditos en salas comerciales españolas, rescatados en su empeño de dirigirse a lo que ellos llaman los “gourmets cinematográficos”.

Entre los films más recientes lanzados en DVD se encuentran cuatro que pasaré a reseñar a continuación. Una selección de cine independiente norteamericano que, en muchos casos, llega precedido de una buena acogida en festivales y avalado por estrellas no tan conocidas admiradas por el público, pero que a pesar de esto, permanece a la sombra de otros estrenos más grandes. Es hora de reivindicar de nuevo estas pequeñas películas, descubrimientos que en algunos casos nos deparan grandes sorpresas.

Band Aid (Zoe Lister-Jones)

band-aidEl de Zoe Lister-Jones es uno de esos rostros que se quedan (quizá porque guarda un asombroso parecido con Dakota Johnson y nuestra María Valverde). Puede que los fans de la serie New Girl la conozcan gracias a un papel recurrente en la serie, y además, es una de las protagonistas de la comedia de CBS Life in Pieces. Pero desde que comenzó a trabajar en el mundo del espectáculo y desarrollar “one-woman shows”, Lister-Jones siempre ha estado interesada en escribir su propia historia.

Band Aid es su opera prima como directora, una original comedia musical que sirve como plataforma para su talento polifacético como cineasta, actriz, escritora y compositora. La película se enmarca en la dramedia sobre la vida en pareja y nos presenta a Anna (Lister-Jones) y Ben (Adam Pally), un joven matrimonio en crisis que decide convertir sus frecuentes peleas en canciones. A la pareja se une su excéntrico vecino, interpretado por el omnipresente Fred Armisen (SNL, Portlandia), con quien forman una banda que funcionará como terapia para superar sus dificultades sentimentales y evitar que las presiones de la vida en común a los treinta y tantos (tener hijos, encontrar el trabajo ideal, sequía sexual) acaben con su relación.

Una película tierna pero afilada que sortea con agilidad las (trilladas) convenciones del género con humor ácido y diálogos inteligentes que diseccionan con franqueza las relaciones (heterosexuales).

La edición en DVD incluye varias escenas eliminadas en las que descubrimos a varios actores que no aparecen en el montaje final (Chrissie Fit, Jerry O’Connell) y un divertido vídeo musical.

Dos amantes y un oso (Kim Nguyen)

dos-amantes-y-un-oso-dvdLa ganadora del Emmy Tatiana Maslany (Orphan Black) y Dane DeHaan (Valerian y la ciudad de los mil planetas) protagonizan este atípico drama romántico sobre dos almas solitarias marcadas por el destino que viven en una pequeña población cercana al Polo Norte.

Repleta de bellísmos planos nevados y salpicada de sorprendentes instantes de realismo mágicoDos amantes y un oso es una experiencia extrañamente hipnótica, una película inquietante e inesperada en la que puede costar entrar al principio, pero que acaba entrando en contacto con sus emociones durante su impactante recta final, en la que la pasión y la supervivencia se dan la mano.

Kim Nguyen (nominado al Oscar a Mejor película de habla no inglesa por Rebelde – War Witch), dirige esta nada convencional pieza cinematográfica que nos habla sobre el amor y el deseo en condiciones de aislamiento, así como de la locura que nace de estar atrapado en soledad por un pasado que te persigue. Una impredecible y alternativa historia de amor anclada por dos estupendas interpretaciones protagonistas (Maslany sobresale, por supuesto), que combina romance, drama indie y thriller, todo envuelto en imágenes árticas de ensueño que por momento parecen salidas de un videoclip de Björk.

La venganza se sirve fría (Kevin Tent)

la-venganza-se-sirve-friaKevin Tent, colaborador habitual de Alexander Payne (Entre copasNebraska), dirige esta comedia de enredos protagonizada por Domhnall Gleeson (FrankStar Wars), Thomas Haden Church (Entre copas, Divorce), Christina Applegate (La cosa más dulceMalas madres) y Nina Dobrev (Las ventajas de ser un marginado, The Vampire Diaries).

La venganza se sirve fría (Crash Pad en inglés) nos presenta a Stensland (Gleeson), un romántico empedernido que, tras una aventura sexual con una mujer (Applegate), está convencido de haber encontrado el amor verdadero. Sin embargo, ella no lo vive de la misma manera, ya que está casada y solo lo ha utilizado para vengarse de su marido. Es entonces cuando Stensland se ve envuelto en una contienda matrimonial de la que sacará una improbable amistad cuando el marido de su amante decida convertirse en su compañero de piso.

Aunque el film roce por momentos la cuñadez, Tent evita caer en el sexismo al que parece estar abocada por su su llamativo y algo anticuado argumento, esforzándose en no convertir al personaje de Applegate en la mala de la película y humanizando a sus personajes masculinos, interpretados por un dúo cómico tan raro como eficaz. Una buddy film simpática para una tarde tonta.

La edición en DVD incluye tomas falsas.

Dean (Demetri Martin)

deanEl cómico y guionista Demetri Martin (un Jason Schwartzman de saldo) presenta su debut en la dirección de largos con Dean, escrita, dirigida y protagonizada por él mismo. La película cuenta la historia de un neoyorquino aspirante a ilustrador que viaja a Los Ángeles, donde encuentra una vía de escape de sus problemas tras la muerte de su madre. Allí se enamorará de la encantadora Nicky (Gillian Jacobs), viéndose atrapado entre dos opciones: quedarse en Los Ángeles o regresar a su vida en Nueva York, donde su padre (Kevin Kline) se encuentra perdido tras vender su hogar familiar.

Dean se adscribe a la dramedia romántica, existencial y autobiográfica que tanto le gusta explorar a los actores de comedia cuando dan el salto a la dirección. La película plantea una equilibrada, si bien ya muy vista, aproximación al drama desde el humor, y al humor desde el drama, para contarnos un poco lo mismo de siempre. Aunque Martin tiene potencial, no es Woody Allen ni Wes Anderson (clarísimas influencias), y dudo que tenga algo verdaderamente interesante o novedoso que decir. La salvan Kline y Mary Steenburgen, que tienen las mejores escenas.

Por último, ¿por qué Gillian Jacobs sigue encasillándose en el papel de la chica de los sueños y objeto de fascinación del típico feúcho buena gente (GirlsLove, y ahora esta)?

Crítica: Star Wars – Los últimos Jedi

Star Wars: El despertar de la Fuerza marcó el inicio en 2015 de la nueva etapa de la saga galáctica de George Lucas bajo el techo de Disney. Distanciándose de la anterior trilogía de precuelas, J.J. Abrams dirigía una película que se apoyaba fuertemente en la primera entrega de la saga original, recuperando así el espíritu y el estilo del Episodio IV. Claro que, como inevitablemente va a ocurrir siempre con un estreno de tal magnitud, El despertar de la Fuerza no convenció a todo el mundo. El mismo uso de la nostalgia que conquistó a tantos no casó con tantos otros, que acusaron a Abrams de falta de riesgo y originalidad al limitarse a reproducir el esquema narrativo de Una nueva esperanza.

Pues bien, seguramente Lucasfilm y Disney acometieron la secuela de El despertar de la Fuerza con esto muy presente. Si el anterior Episodio transcurría por terrenos conocidos y dejaba un contradictorio sabor a déjà vu, Star Wars: Los últimos Jedi opta por el camino contrario, llevando la historia hacia lugares inesperados, pulverizando expectativas y arriesgando constantemente para sorprender al espectador, todo sin separarse nunca de lo que es Star Wars. Bajo la batuta de Rian Johnson (Brick, Looper), la saga Skywalker se dirige irrefrenablemente hacia el lado oscuro con una aventura mucho más osada en la que por fin sabemos por qué Luke Skywalker ha estado desaparecido todo este tiempo. El personaje de Mark Hamill se convierte en el centro de una trama muy fragmentada que nos muestra a nuestros héroes, los de siempre y los nuevos, luchando por sobrevivir y mantener viva la llama de la esperanza ante el asedio de un Imperio bajo el mando del Líder Supremo Snoke (Andy Serkis), que desea acabar por todos los medios con los últimos resquicios de la Resistencia, liderada por la general Leia Organa (Carrie Fisher).

Como decía, la historia se divide en numerosos frentes. Por un lado tenemos a Rey (Daisy Ridley), que viaja hasta el remoto planeta de Ach-To para convencer a Luke Skywalker de que regrese; por otro a Leia aguantando el fuerte mientras el malvado general Hux (Domhnall Gleeson) le pisa los talones; Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac) se separan para llevar a cabo sendas misiones con el objetivo de escapar del Imperio, el primero emparejándose con Rose (nueva heroína del pueblo interpretada por la encantadora Kelly Marie Tran) y el segundo chocando por sus métodos poco ortodoxos con las dirigentes de la Resistencia, Leia y la almirante Holdo (una Laura Dern, como siempre, inolvidable); y finalmente, se continúa explorando la compleja relación de Kylo Ren (Adam Driver) con el lado oscuro, lo que llevará a desvelar secretos del pasado que sacuden fuertemente los cimientos de la saga.

Uno de los puntos fuertes de esta nueva trilogía es sin duda su reparto, que en esta ocasión brilla con especial intensidad. Mark Hamill nunca ha estado mejor, Daisy Ridley vuelve a demostrar el gran talento dramático que posee, al igual que Adam Driver, con el que comparte algunas de las escenas más escalofriantes de la película. El carismático Oscar Isaac desempeña un papel mucho más extenso que en el anterior film, lo cual es todo un acierto (aunque mantengan a su irresistible Poe separado de Finn casi todo el metraje para decepción de los fans de StormPilot), mientras que Dern, como hemos adelantado, se come la pantalla y compone a un personaje redondo en muy poco tiempo (no hay papeles pequeños, solo actores pequeños). Y por último, todas las intervenciones de Carrie Fisher (que también tiene más tiempo en pantalla que en El despertar de la Fuerza) son conmovedoras, en concreto una escena que pasa instantáneamente a la historia como uno de los momentos más icónicos de los 40 años de saga y con la que es físicamente imposible no romper a llorar (sabréis enseguida a cuál me refiero). Sin duda, la perfecta despedida a nuestra querida princesa y mamá espacial, que nos dejó el año pasado.

El amplio reparto (a los personajes ya mencionados se suman un sinfín de secundarios y algún que otro cameo que hará estallar de felicidad a más de uno), junto al gran número de tramas que se entrelazan sin descanso en Los últimos Jedi dan lugar a la película más larga de la saga, y esto se nota sobre todo en su tramo final, con un clímax impresionante, pero excesivamente alargado. La historia no deja en ningún momento de saltar, los acontecimientos y revelaciones importantes se suceden uno detrás de otro, y el guion está lleno de giros y vueltas de tuerca con los que se busca desconcertar a un espectador que se las sabe todas, y que quizá en esta ocasión no pueda predecir todo lo que va a suceder en la película. Esto resulta en una experiencia consistentemente satisfactoria, inesperada y emocionante, pero también agotadora, a pesar de los abundantes (y a menudo muy geniales) golpes de humor que alivian la tensión. Pasan tantas cosas en el transcurso de dos horas y media que cuando Los últimos Jedi acaba, es difícil digerir todo lo que se ha visto. Ojo, esto no es necesariamente negativo (si acaso, multiplica por mil su ya de por sí intrínseco valor de revisionado), aunque es muy posible que el hecho de que la saga tome otra dirección contraríe a muchos espectadores y divida a la audiencia. Si El despertar de la Fuerza era demasiado igual a la trilogía original, quizá Los últimos Jedi sea demasiado distinta.

Ahora, la valentía con la que Johnson y el equipo de Lucasfilm continúan la mitología (homenajeando mucho, pero mirando siempre al futuro, destruyendo para crear algo nuevo) y preparan a sus personajes para el Episodio final da como recompensa una película grandiosa, en todos los sentidos y de principio a fin; un espectáculo increíblemente épico e intenso, tanto en el apartado técnico y visual como a nivel dramático y emocional, en el que las historias personales de nuestros héroes son tan excitantes como las explosivas batallas en las que se ven envueltos.

Cada recoveco de Los últimos Jedi está cuidado hasta el milimétrico detalle, dejándonos momentos de creatividad y plasticidad desbordante (el uso de la luz y el color, en concreto los contrastes rojo-blanco-negro, es brutal), impecables e inmersivas secuencias de acción e incontables planos de una belleza absoluta. La película hace gala de un refinadísimo sentido de la estética para presentarnos extraordinarias nuevas localizaciones, criaturas insólitas (muchas de ellas marionetas y animatronics, continuando el revival de lo analógico que llevó a cabo El despertar de la Fuerza) y un sinfín de imágenes para enmarcar -como por ejemplo las de la batalla en las minas de sal roja, de las secuencias de acción más asombrosas de toda la saga-, resultado de una nivelada fusión de los efectos digitales más punteros y una dirección artística magistral.

Pero lo que mantiene en pie la descomunal estructura de Los últimos Jedi es el perfecto equilibrio que existe entre la acción y la evolución psicológica (y mística) de unos personajes que están grabados a fuego en el imaginario colectivo, y cuyos tumultuosos conflictos internos y relaciones nunca dejan de ser el (enorme) corazón de la película. A través de ellos y de la guerra que protagonizan, Los últimos Jedi cuenta una historia que, como Rogue One, se antoja muy pertinente a nuestra realidad presente, una versión de Star Wars más multicultural y empoderadora (aunque desilusione al no atreverse todavía a dar visibilidad a la comunidad LGBT) que celebra la humanidad y la dualidad de sus imperfectos héroes, nos vuelve a hablar de la lucha contra el sistema que oprime y nos inspira a pelear hasta el final para impedir su avance y legar la opción de un futuro mejor a las nuevas generaciones.

Por mucho que este Episodio VIII se adentre en rincones sombríos y ponga duras pruebas a sus personajes (y con ellos al espectador), la esperanza siempre prevalece. Por eso, Los últimos Jedi no es solo una de las mejores entregas de Star Wars y un evento cinematográfico sin igual, también es una gran película de y para nuestro tiempo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Star Wars – El Despertar de la Fuerza

Star Wars: The Force Awakens

La adquisición de Star Wars por parte de Disney en 2012 fue recibida con recelo por gran parte del público, que temió que la compañía exprimiese demasiado la gallina de los huevos de oro (como si no se llevara haciendo desde hace décadas) y la saga galáctica se acabase desvirtuando. Entre quejas, miedos y especulaciones, no se reparó demasiado en lo más importante de esta muchimillonaria transacción: el hecho de que alguien por fin le quitaba Star Wars de las manos a George Lucas. La persona que creó este venerado universo de ficción fue la misma que escupió sobre él con una infame trilogía de precuelas que, tal vez salvando la tercera entrega, resultaron ser un engendro nacido de la fiebre digital que Lucas atravesó durante el cambio de siglo. Con la tercera trilogía que da comienzo en 2015, Disney sabía exactamente qué no tenía que hacer para evitar repetir el fiasco de la anterior. Y lo primero era alejar a Lucas lo máximo posible de las nuevas películas. Así, la labor de dirigir el Episodio VII recaía en J.J. Abrams, discípulo aventajado de Spielberg que ya había demostrado su pericia a la hora de casar lo nuevo con lo antiguo en otra saga de las estrellas, Star Trek.

Star Wars: El Despertar de la Fuerza tenía ante sí una tarea muy fácil, superar a las precuelas de Lucas, y una algo más difícil, recuperar el espíritu de la saga original. ¿Y cuál es el veredicto? Más allá de la indescriptible sensación que provoca volver a ver en el cine esos rótulos iniciales (sin alterar) acompañados de la fanfarria inmortal compuesta por John Williams, no hay más que ver los primeros diez minutos de la película para comprobar que Abrams lo ha conseguido. El director ha logrado devolver el brillo (polvoriento) a la franquicia con una película de estructura y aspecto visual similar a Una nueva esperanza. Dejando atrás los escenarios íntegramente digitales de las precuelas, que parecían salidos de una aventura gráfica de los 90, y esos actores que olvidaban actuar desorientados y perdidos en interminables cromas, Abrams vuelve a hacer que los personajes de Star Wars pongan los pies en la tierra y se ensucien, asegurándose de que el espectador sienta que están ahí de verdad, que pueden ver y tocar todo lo que hay a su alrededor. Huelga decir que los efectos digitales ocupan un lugar muy importante en El Despertar de la Fuerza, pero afortunadamente no se abusa de ellos hasta eclipsar todo lo demás, sino que están al servicio de la historia, como debe ser (de hecho, hay más retoque digital en el rostro de Carrie Fisher para quitarle kilos y arrugas que en el resto de la película, pero eso es otro tema que dejaremos para otra ocasión).

Rylo

El guion de El Despertar de la Fuerza está escrito por Abrams y Michael Arndt (Toy Story 3, Los Juegos del Hambre: En llamas) junto a Lawrence Kasdan, guionista de El imperio contraataca El retorno del Jedi, un dato que habla por sí solo. La intención era escribir una continuación directa que aunara la aventura espacial clásica con la sensibilidad del mejor blockbuster actual, y en este sentido, El Despertar de la Fuerza es un triunfo, una película en la que todo es exactamente como debía ser. Desde el reparto, con un acertado casting de talentos jóvenes recogiendo el testigo de los veteranos de la saga, hasta la partitura de Williams, que ha rodeado las piezas más icónicas de Star Wars con nuevas composiciones que esta vez sí parecen nuevas y no un refrito de otros de sus scores, pasando por supuesto por los apartados de diseño de producción, vestuario y criaturas. Todo desprende un aroma inconfundible a La guerra de las galaxias, incluso a la magia artesanal de las creaciones de Jim Henson. Se nos traslada de nuevo a esos desiertos castigados por los soles del Episodio IV, a los pasillos y el mítico puente de mando del Halcón Milenario, a las cantinas abarrotadas de bichos de todas las especies y colores (para nuestro gozo, con mayor presencia de animatronics y menos extras realizados por ordenador, como se nos prometió). Todo esto hace que la película sea puro asombro, nostalgia y emoción, un espectáculo desbordante calibrado al detalle con la finalidad de contentar a los fans, que entrarán en éxtasis con las referencias a los Episodios IV-VI, sin por ello descuidar a los espectadores casuales en busca de evasión.

Para trazar ese puente entre generaciones (aunque Star Wars no necesita ser “traducida” para los nuevos públicos, porque no ha dejado de formar parte del imaginario colectivo), El Despertar de la Fuerza se centra principalmente en los nuevos héroes de la saga, Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega), y en menor medida Poe Dameron (Oscar Isaac), además del villano Kylo Ren (Adam Driver) y por supuesto el adorable droide esférico BB-8. Por edades y perfiles, el nuevo reparto de protagonistas es análogo al original, con personajes que no son recortes planos sin emociones e intérpretes infinitamente mejores que los de las precuelas (solo chirría Domhnall Gleeson como dictador intergaláctico). Ridley y Boyega se convierten en el alma de la película, aportando una gran carga de energía y un sentido del humor excelente, Isaac tiene una presencia muy carismática, con un deje canalla a lo Han Solo, y Driver clava a un villano joven y confuso que existe demasiado a la sombra de Darth Vader. Por otro lado nos reencontramos con viejos amigos, como la mencionada LeiaC-3PO y R2-D2 en papeles más bien testimoniales, o Luke Skywalker, cuya trama  vertebra el film. Pero aquí el que se lleva de nuevo el gato al agua es Harrison Ford, que decidió que esta vez se lo iba a pasar genial haciendo la película, y salta a la vista. Rey y Finn aguantan muy bien el peso de la historia (sobre todo ella, la verdadera protagonista), pero cuando aparecen Han Solo y Chewbacca es cuando la fuerza despierta de verdad.

Leia Han Solo

La película no está exenta de problemas, principalmente en lo que respecta al ritmo, que se resiente al entrar en el tercer acto (en el fondo esto es un nuevo primer capítulo y se nota). Pero aun así, y exceptuando quizá alguna sorpresa arriesgada que cuesta saber cómo tomársela, El Despertar de la Fuerza cumple holgadamente las (desorbitadas) expectativas, llevando a cabo una perfecta síntesis de lo clásico y lo nuevo con la que se consigue algo singular: rejuvenecer y modernizar la saga apoyándose fuertemente en la trilogía original. Se trata de una película hecha con tanto mimo por su mitología como buen ojo mercantil, una superproducción ante todo divertida, en la que la comedia destaca tanto como la acción, y la historia y los personajes no son fagocitados por la pirotecnia. En definitiva, Abrams ha orquestado con éxito la película-evento que esperábamos ver, haciendo así que Star Wars recupere la vida que perdió hace quince años y dejándonos con ganas de más. “Chewie, estamos en casa”. Ahora sí.

Valoración: ★★★★

Crítica: Ex Machina

Ex Machina

Dicen que la mejor ciencia ficción es la que te hace pensar. No sé si esto es del todo cierto (a veces lo que buscamos en el género es precisamente lo contrario), pero parece que esa es la máxima a la que se ha encomendado Alex Garland, novelista autor de La playa y guionista de 28 días después y Sunshine, para la realización de su primer largometraje como director, la inquietante Ex Machina. Con su ópera prima, Garland propone una audaz fábula futurista sobre las posibles consecuencias del avance en el campo de la inteligencia artificial, una historia inundada de cuestiones morales acerca de la naturaleza de la consciencia, los límites de la ciencia y la responsabilidad del creador sobre su obra. El film de Garland está diseñado meticulosamente para provocar el debate, para hacernos partícipes de los acertijos sobre el ser humano a los que se enfrentan sus personajes, y para que salgamos del cine con más dudas existenciales que cuando entramos.

Ex Machina está narrada como un thriller psicológico con elementos de misterio. Nos adentramos en ella a junto a Caleb (Domhnall Gleeson), joven programador de una importante empresa informática que resulta ganador de un concurso cuyo premio es pasar una semana en la remota mansión del presidente de la compañía, Nathan (Oscar Isaac), una casa de última generación situada en medio de lo que parece un páramo inexplorado de la Isla Nublar. Caleb pronto descubre que la verdadera razón por la que está allí es someterse a un experimento conducido por Nathan, en el que debe interactuar con Ava (Alicia Vikander), la primera robot con cualidades verdaderamente humanas de la historia. Caleb va conociendo a la I.A. en una serie de sesiones privadas (monitorizadas por el Dios que todo lo ve, Nathan), lo que le lleva a involucrarse personalmente con ella y cuestionar la moralidad del proyecto y de su jefe. A medida que descubrimos al compás de Caleb más y más secretos sobre la fascinante Ava y su voluble y desconcertante “amo”, Ex Machina adquiere tintes cada ves más oscuros.

Ex machina pósterPara ser su debut en la realización, Garland hace gala de un temple absoluto en la dirección, manejando la tensión con soltura y aprovechando al máximo el restrictivo espacio en el que se mueve. La casa de Nathan proporciona un escenario minimalista y claustrofóbico de habitaciones sin escape y pasillos vacíos, cuyo diseño aséptico y práctica ausencia de mobiliario no le impiden llevar la historia hacia sus recovecos más ocultos. Con una planificación cerebral (como su excelente guión), y un gran trabajo de ambientación, Garland construye Ex Machina como un laberinto de secretos escondidos detrás de las puertas, en el que sus dos protagonistas masculinos se convierten en el gato y el ratón mientras nosotros nos perdemos irremediablemente a medida que nos acercamos a su extraño clímax. Un desenlace (reminiscente de Battlestar Galactica) que aunque peque de ambicioso y sacrifique sutilidad discursiva en busca de una moraleja más llamativa y efectista, nos ayuda a comprender mejor lo que hemos visto y pone en perspectiva los acontecimientos más ambiguos a los que hemos asistido. Al final, Ex Machina se revela como un relato cuasi-satírico sobre el deseo/derecho carnal y la manipulación sexual, pero por encima de todo todo una potente alegoría de la liberación de la mujer del yugo patriarcal.

En este sentido, es necesario destacar y elogiar el trabajo interpretativo del trío protagonista, que “personifica” las ideas fluctuantes y los postulados de la película en relación al power play del hombre y la mujer. Domhnall Gleeson es el perfecto sujeto pasivo del experimento que es este filme, es nuestros ojos, nuestra libido, nuestra voz, es tan vulnerable y está tan desprotegido como nosotros ante ella. El tremendo Oscar Isaac intimida con su magnética e hiper-masculina presencia física (atención a la desarmante escena de la coreografía). Y mención aparte merece Alicia Vikander, que da vida a la robot Ava. El trabajo de Vikander es de una sutilidad pasmosa, una interpretación de conmovedora belleza y gran delicadeza (la armoniosa fusión de su cuerpo con los efectos digitales es clave) con la que la actriz se va apoderando progresivamente de la película, hasta hacerla completamente suya. Ellos hacen que el guión de Garland funcione a tantos niveles, que lo artificial se torne humano, lo cuantificable insondable, y que nosotros nos planteemos si lo que sentimos y pensamos es nuestro, y sobre todo, si es aceptable o reprobable.

Valoración: ★★★★

Crítica: Frank

Frank Fassbender Domhall

Texto escrito por David Lastra

First things first, esta no es una simple película de Michael Fassbender. Todo aquel o aquella que se acerque a Frank por ver a su querido por el simple amor a sus infinitos dientes quedará enormemente afectad@ por una simple razón: Fassy aparece oculto durante (casi) todo el film por una cabeza ojiplática y sonriente de gigantescas proporciones, teniéndose que contentar únicamente con la voz (que no es poco) del actor germano-irlandés. Habiendo hecho este aviso para navegantes, déjense llevar por la inigualable locura (no pun intended) del icónico Frank en uno de los films del año.

Si tuviésemos que catalogar Frank rápidamente, podríamos afirmar que es un marciano biopic del cantante / actor / presentador / superhéroe mancuniano Frank Sidebottom, pero nos quedaríamos cortos y no haríamos más que confundir al personal. El director Lenny Abrahamson, en compañía de Jon Ronson al guión (escritor de Los hombres que miraban fijamente a las cabras y teclista de una de las bandas del Frank original), prefiere acercarse al mockumentary más que a las estrategias del biopic musical común para narrar esta historia. Realmente, lo importante en esta película es la disertación sobre la enfermedad mental en la música, Frank es solo la excusa.

Frank Sidebottom es el punto de partida del film. El alter-ego de Chris Sievey, trascendió a  finales de los ochenta tras unas cuantas apariciones humorísticas en la televisión británica, llegando a sacar un par de discos al mercado y protagonizando su propia (y muy recomendable) serie, Frank Sidebottom’s Fantastic Shed Show. El éxito del personaje se basaba en su histrionismo musical basado en la magia del absurdo y, por qué no decirlo, su gigantesca cabeza falsa. Pero como hemos dicho, Frank no es simplemente la recreación de la historia de Frank (que daría para más de un par de largos), sino una sensibilización fílmica sobre la enfermedad mental en el mundo de la música. No obstante, el Frank de la gran pantalla comparte la fragilidad ante el miedo al rechazo y al éxito de Daniel Johnston, la visión de The Shaggs a la hora de crear y se comporta de manera dictatorial con sus músicos, aunque no tan férrea y violenta, como Captain Beefheart. Realmente, una sobreinterpretación sobre el personaje podría hacernos desembocar en la teoría de que Frank no es sino Jesucristo resucitado. No obstante, le vemos obrar más de un acto milagroso durante el metraje.

Frank 2014

Sin ser producto de la mente de un fanboy cualquiera, la interpretación de Fassbender es de un magnetismo sin igual. Es imposible no caer rendido ante su Frank y seguir a pies juntillas sus directrices musicales y hasta cacarear. Es impensable una candidatura al Oscar, pero estaría mucho más merecida que la que consiguió por 12 años de esclavitud. Aunque también en mis sueños, The Sorondprfbs volverían a juntarse para interpretar en directo I Love You All en la ceremonia de los premios de la Academia en 2015 con motivo de su candidatura. Destacan en el reparto, el omnipresente Domhnall Gleeson, en un papel muy diferente al de Una cuestión de tiempo; la turbia Maggie Gyllenhaal, muy cercana a su Raven de Cecil B. Demente; y Carla Azar (miembro de la banda Autolux y batería oficial de Jack White en sus dos discos en solitario).

El glamour de la locura es pasajero y es al mostrar ese aspecto en el que “Frank” funciona mejor y destapa su maestría, sabiendo jugar con la seriedad del tema sin perder de vista el humor en ningún momento, convirtiéndose en una suerte The Devil and Daniel Johnston meets Cecil B. Demente, si es que tuviésemos que formular una de esas grandes frases para poner en la contraportada de un DVD.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Una cuestión de tiempo

Una cuestión de tiempo

Richard Curtis es uno de los reyes de la comedia romántica, género que a priori no suele tomarse demasiado en serio, y mucho menos despertar alabanzas. Desde Cuatro bodas y un funeral (1994), el director neozelandés de nacimiento, pero británico hasta la médula, ha hecho carrera de películas que combinan el low-brow y el buen gusto British, dignificando el género y sacándose de la manga algún que otro clásico contemporáneo (Love Actually). Curtis es uno de los guionistas de rom-com más respetados de Inglaterra, y sus películas tienen ese je ne sais quoi que conecta con más de un tipo de público -quizás sea solo un caso de “no es bueno, solo es británico”, pero no importa. Para su tercer largometraje como director, Una cuestión de tiempo (About Time), Curtis deja atrás los elencos corales, la influencia de Robert Altman y el formato de micro-tramas para contarnos una “sencilla” historia de amor, la de Tim (Domhnall Gleeson) y Mary (Rachel McAdams). Aunque el abandono de las vidas cruzadas no le impide seguir practicando la narración episódica.

Una cuestión de tiempo es a la vez la comedia romántica de siempre y una propuesta diferente y atractiva. Una película de viajes en el tiempo que no se preocupa en absoluto por explorar las paradojas e implicaciones morales que suelen venir de serie con el género (“No puedes matar a Hitler ni tirarte a Helena de Troya”). En su lugar, lo fantástico está dispuesto como un elemento más del engranaje romántico. En Una cuestión de tiempo, Tim descubre a los 21 años que todos los hombres de su familia pueden viajar en el tiempo, pero solo a instantes y lugares en los que ya hayan estado. Cuando su padre le pregunta qué piensa hacer con sus poderes, Tim responde convencido: encontrar el amor. No hay más que hablar. Esto no es sci-fi, y por tanto, no son oportunas las preguntas del tipo “¿por qué no usa Tim su poder para arreglar esto o lo otro?” o “¿por qué, si según las reglas de la mecánica cuántica…?” Simplemente no serán respondidas, porque no deberían ser preguntadas.

Una cuestión de tiempo Cartel españolUna vez tenemos claro lo que Una cuestión de tiempo es, ya solo nos queda relajarnos y disfrutar. Y sinceramente, es muy difícil no hacerlo con algo tan entrañable, dulce y emotivo como esta película. Aunque nos resistamos, una fuerza nos empuja hacia el corazón de la historia, un corazón que late fuertemente y nos atrapa sin remedioDejar de sonreír es físicamente imposible y que se caiga más de una lágrima tremendamente fácilUna cuestión de tiempo es enormemente cursi y transcurre de la manera más predecible, siguiendo un esquema ABC (o un ABCACBABCD) y agotando todos los tópicos del género. Y aún así resulta cálida y fresca a la vez, gracias sobre todo a la excelente pareja protagonistaDomhnall Gleeson y Rachel McAdams son insoportablemente adorables, los principales responsables de que la película nos encandile desde un primer momento. Sin desmerecer al reparto de personajes secundarios, en especial al espléndido Bill Nighy.

Una cuestión de tiempo es un insistente carpe diem de dos horas que repara en todas las lecciones vitales que hemos de esperar de una película así, pero las entrelaza con una perspicacia a la que no estamos habituados en el género. Es como si viéramos una de esas fotos que la gente comparte en Facebook con mensajes motivacionales y consejos tipo “aprovecha los pequeños instantes”, “el amor de una madre lo es todo” o “quien te quiere doblega el tiempo por ti”, y no quisiéramos borrar (o matar) a quien las ha compartido. De hecho nos los creemos y nos impregnamos de esta filosofía optimista gracias a momentos de comedia realmente inspirados. Curtis consigue que el carpe diem y el “párate a oler las rosas” no suene a vacuo mensaje publicitario por una vez, y aunque sea durante unas horas (o unos minutos), nos proponemos ponerlo en práctica. Puede que el efecto dure poco (la realidad no tarda en bajarte de las nubes) pero se agradece que nos hagan pensar que el mundo es, o puede ser, un lugar mucho más bonito de lo que en realidad es. Y tampoco viene mal que nos recuerden que no hay nada más extraordinario que un día normal.

Valoración: ★★★★