‘Aquaman’ es la película que DC necesita, pero eso no quiere decir que sea buena

Arthur, escúchame. Ese mundo está muy mal. La vida bajo el mar es mucho mejor que el mundo allá arriba. ¿No ves que tu propio mundo no tiene comparación? Además, tú eres el verdadero rey de Atlantis y tienes todo el derecho a reclamar el trono, que tu hermano va de mal en peor. Aquaman, tu reino te necesita… y el Universo DC mucho más.

Situada cronológicamente después de los acontecimientos de Liga de la Justicia, Aquaman nos introduce en los orígenes del personaje titular. Desde el romance a lo Un, dos, tres… Splash de sus padres (interpretados por Nicole Kidman y Temuera Morrison, Guerreros de antaño) hasta sus primeros pasos como superhéroe local. Su apacible existencia como levantador de submarinos se resquebraja cuando ve cómo su ciudad es arrasada por una ola gigantesca, al igual que le ocurría a Sosuke en Ponyo en el acantilado. Aunque muchos lo quieran catalogar como desastre natural, esta no es sino una de las primeras acciones de su hermano, que cual líder de extrema derecha no solo quiere elevar el proteccionismo de su villa de las profundidades, sino también arrasar y someter a la población del mundo seco. Para intentar frenarle, Aquaman deberá encontrar el Tridente de Atlán, legendaria arma de su abuelo que le serviría para reclamar su derecho legítimo al trono de Atlantis.

Tras la debacle de crítica y público que supuso Liga de la Justicia, DC mandó al banquillo a su cabeza visible, Zack Snyder, y depositó su confianza en todo un valor en esto de las resurrecciones: James Wan. Máximo artífice del renacer del cine de terror de las últimas décadas gracias a las sagas Saw, Insidious y Expediente Warren. Su nombre está asociado a una cadencia y a un ritmo perfecto hecho por y para el disfrute (o el mal rato voluntario y los sustos) del espectador. Esa ausencia total de ritmo y de equilibrio entre el componente épico y el humorístico eran los puntos más débiles del Universo DC, por lo que la elección de Wan no solamente era una buena apuesta de cara a la taquilla, sino una decisión in extremis para intentar salvar un emporio cinematográfico de capa caída.

¿Ha sido Wan capaz de salvar la papeleta? El resultado es bastante agridulce. No llega a fracasar estrepitosamente como Snyder o David Ayer (Escuadrón Suicida), pero ni de lejos llega al digno trabajo que realizó Patty Jenkins (Monster) con Wonder Woman. Aquaman es ambiciosa en la creación de su universo subacuático, que cobra vida de la forma más asombrosa y exuberante, y además tiene la actitud adecuada, pero acaba incurriendo en todos y cada uno de los errores marca de la casa.

Volvemos a enfrentarnos a una innecesariamente elevadísima duración (que no cuenten conmigo para el director’s cut), exceso de tramas mal conectadas, una historia extremadamente genérica (lo cual no sería un problema realmente si estuviese bien estructurada), una colección de personajes planos y faltos de desarrollo interesante (un saludo en especial para Black Manta, uno de los villanos más insulsos de DC en cine), unos efectos digitales inconsistentes que hacen que la película parezca por momentos un videojuego, otro sobrecargado clímax apocalíptico (cuando de verdad se acabe el mundo no vamos a asustarnos, vamos a bostezar), gags de humor infantiloide y cambios bruscos de tono (no sabe si tomarse en serio o no), unos cuantos momentos de vergüenza ajena (¿Qué le pasa a DC con las madres?) y cierta sensación de tijera a última hora en el montaje (trama recortada de Black Manta recortada, y una sola referencia a la pertenencia e Aquaman a la Liga de la Justicia) seguramente para hacer borrón y cuenta nueva.

Aunque la elección de Jason Momoa (Juego de tronos) como Aquaman chocase a los fans de DC, el aperitivo que tuvimos en Liga de la Justicia hizo pensar que quizá esta versión macarra y socarrona del personaje podría funcionar. Pero de la misma manera que Henry Cavill parecía el Superman perfecto o Jared Leto un potencial buen Joker, a Momoa le falta talento para ir más allá de la superficie. Claro que esto no es completamente culpa suya, sino de un personaje que está escrito así, simple, acartonado y sin ningún tipo de profundidad, reducido a los estereotipos del héroe y aderezado con latiguillos y gracietas irrisorias. Errores que en ocasiones incluso aparecen subrayados con unos riffs de guitarra espantosos (en un intento de emular a Wonder Woman). Pero no es Momoa el único en caer en la maldición de DC: dos intérpretes de la valía de Nicole Kidman y Willem Dafoe (The Florida Project) parecen más preocupados en cobrar sus cheques que en dar vida a sus personajes (aunque vuelva a ser culpa igualmente de lo desdibujados que son sus roles) y Amber Heard (y su peluca) no da la talla, siendo incapaz de hacer creíbles unos diálogos de lo más torpe. Quien sale más airoso es Patrick Wilson (Expediente Warren), chico Wan por excelencia. Aunque su villano no sea más que un Loki de Hacendado, el actor sabe medir el histrionismo necesario para su personaje y aporta aplomo a la película.

Aunque no llegue a ser un despropósito como Escuadrón Suicida y de hecho incluya algunas de las secuencias más épicas que hemos visto en el cine últimamente (el descenso a la fosa es espectacular y el clímax, aunque abarrotado, tiene planos brutales), Aquaman supone otra oportunidad perdida para DC, que esta vez se ha aventurado a hacer un placer culpable con la esperanza de que sea lo que el público busca (y oye, quizá en eso haya acertado). En esta ocasión duele especialmente porque creíamos en que este viaje al fondo del mar tenía mucho potencial para elevar el universo DC, pero aquí estaremos dando oportunidades hasta que el estudio consiga enderezar su rumbo más allá de la Mujer Maravilla.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Los Mercenarios 3

Stallone Los Mercenarios 3

La saga Los Mercenarios es el gran golpe maestro de Sylvester Stallone, una mina de oro que se sustenta principalmente en la nostalgia y en el simple placer de volver a ver una cara conocida, aunque esta cara esté totalmente cambiada por el cruel paso del tiempo y el todavía más cruel paso por el quirófano. La idea era reunir a lo más granado del cine de acción de los 80 y los 90 y poner a todos estos abueletes musculosos a pegar tiros como si no hubiera mañana. Tenía su gracia, y surtió efecto. Así, el elenco de míticos héroes del cine de acción y artes marciales se fue ampliando. Ninguno se quería perder la fiesta: Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Jean-Claude Van Damme, incluso Chuck Norris. Con la presencia de estos actores en un par de escenas ya estaba todo hecho. Pero las ambiciones del jefe Stallone eran cada vez mayores, lo que le llevará a emular con Los Mercenarios 3 al Universo Cinematográfico de Marvel, y concretamente a Los Vengadores, confesa inspiración del padrino de la saga a la hora de desarrollar esta tercera parte.

Lo que mejor funcionaba de las primeras entregas de Los Merecenarios era su sentido del humor. Este era mucho más desenfadado y alocado en la segunda parte, que aparcaba el tono más serio de la primera para entregarse al chiste continuo, a la caspa sin complejos, y ponía a sus rudos protagonistas a hacer monerías que garantizaban la carcajada (sobre todo la del público objetivo). Los machotes Stallone, Jason Statham (principal representante del cine testosterónico actual), Dolph Lundgren (la desaprovechada gema oculta de la franquicia) o el histriónico Terry Crews se entregaban por completo a la autoparodia, y se reían de sí mismos en un meta-ejercicio de comedia que no era sino un guiño constante al espectador. Sin embargo, parece que la segunda parte agotó el arsenal de chistes (si hasta tenía a Chuck Norris interpretando a un meme de Chuck Norris), y en Los Mercenarios 3 se opta por una mayor sobriedad (tampoco demasiada, que conste), haciendo que las bromas y gags suenen agotados, reciclados, incluso más simples e infantiles que de costumbre.

Otro de los puntos fuertes de Los Mercenarios era la sensación de camaradería y lealtad, derivada de la celebración de la masculinidad militar, que estos actores trasladaban con acierto a la pantalla, algo que acercaba estas películas a los últimos capítulos de Fast & Furious. Esto se conserva en Los Mercenarios 3, donde lo más destacable sigue siendo la amistad que une a los protagonistas (que se quieren, pero no se abrazan, que eso es de maricas), y que además de ser el núcleo de la película, es lo que desencadena la historia de esta tercera parte. En ella, Barney Ross (Stallone) obliga a jubilarse a sus colegas, por miedo a que todos acaben muertos siguiéndolo a ciegas en sus suicidas misiones para salvar el mundo de malhechores, traficantes y megalómanos. Este punto de inflexión perjudica seriamente a la película, que al centrarse en los unidimensionales y aburridos nuevos Mercenarios pierde el ritmo, y sin Statham, Lundgren o Crews se vuelve insoportablemente plomiza y mecánica (sí, más que de costumbre).

Los Mercenarios 3

Además de renovar la franquicia y proyectarla hacia el futuro con la incorporación de jóvenes rostros como Kellan Lutz (no del todo desubicado, como ocurría en la infame Hércules), Glen Powell (que aporta sapiencia informática aumentando jocosamente la brecha entre generaciones) o la única mujer de la película, Ronda Rousey (a la que nunca se le permite hablar si no es para recordarnos que es una mujer), Los Mercenarios 3 sigue recurriendo a viejas glorias del cine, multiplicando el ya de por sí abarrotado reparto. En esta ocasión se apuntan Wesley Snipes (realmente divertido, aunque pase a segundo plano enseguida), Harrison Ford representando a la burocracia (sustituye a Bruce Willis tras un encontronazo con Stallone), un estupendo Mel Gibson como el villano de la función (el único que se toma en serio eso de actuar) y Antonio Banderas prestándose sin rechistar al papel más degradante, ridículo e insultante de la película, un antiguo legionario hiperactivo caracterizado por su incontinencia verbal y su desbordante entusiasmo, que en un momento de la película acaba entonando “El novio de la muerte“, seguramente para regocijo de muchos (a mi padre le va a encantar), y para espanto de tantos otros.

Pero en realidad Los Mercenarios 3 es básicamente la misma película que sus dos predecesoras. Stallone (junto a los guionistas Creighton Rothenberg y Katrin Benedikt) las clona para ofrecer los mismos ingredientes otra vez, solo que en esta ocasión todo se antoja más desganado y descafeinado: la violencia gráfica se rebaja unos cuantos enteros con respecto a la segunda parte (sigue habiendo saña y sadismo, pero hay menos sangre, para ajustarse a la absurda nueva calificación por edades PG-13), y como ya he señalado, el humor va a medio fuelle, con unos actores menos dispuestos a hacer el payaso. Lo que no cambia son los efectos dignos de una TV movie de SyFy (hay que pagar a todas esas estrellas y no queda dinero para la producción). Sin embargo, para los incondicionales del género, lejos de suponer un inconveniente, todo esto será un aliciente, una invitación a sentarse y disfrutar de los explosivos set pieces, de la fraternidad entre Stallone, Statham y compañía (los machos alfa también pueden ser sensibles, a su manera), y sobre todo del aroma añejo de los 90 y ese regreso a lo conocido del que hablaba. Al fin y al cabo, Los Mercenarios realmente funciona como Marvel en el fondo. Stallone sabe el valor que tienen todas estas leyendas del cine para el espectador, y es consciente de que su mera presencia desatará la euforia de otro tipo de fanboy, el padre de familia de 50 para arriba. Por eso, ni hace falta más, ni se molesta en darlo.

Valoración: ★★