Crítica: Maléfica – Maestra del mal

La moda de los remakes en acción real de Disney se la debemos en parte a una de sus villanas: Maléfica. Después del éxito de taquilla en 2010 de la versión de Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, Disney quiso continuar la senda de la relectura para sus historias clásicas, y en lugar de volver a contarnos La bella durmiente tal y como la conocíamos, nos presentó el cuento desde otra perspectiva, la de su malvada bruja. Maléfica recaudó en 2014 unos sorprendentes 750 millones de dólares en todo el mundo, confirmando así el filón que el estudio del ratón tenía en su catálogo de clásicos animados.

Cinco años después llega la secuela, Maléfica: Maestra del mal, que continúa reescribiendo el mito de la bella durmiente mezclando cuento de hadas clásico y fantasía épica. Si en la primera parte descubríamos que Maléfica no era malvada por naturaleza, sino que las circunstancias la habían llevado a perder el control de su enorme poder, en esta secuela se explora más a fondo su origen, sus motivaciones, el enorme alcance de sus poderes y su relación materno-filial con Aurora (Elle Fanning), convertida en su protegida en el live-action.

La historia de Maléfica: Maestra del mal se sitúa varios años después de los acontecimientos de la primera película. La Princesa Aurora vive en la Ciénaga rodeada de naturaleza, bajo la supervisión de las hadas Flora, Fauna y Primavera y protegida por su madrina, la temible hada con cuernos Maléfica. Sin embargo, a medida que se hace mayor, la joven ansía una vida diferente y decide casarse con el Príncipe Phillip (Harris Dickinson). Antes de la boda, Aurora debe conocer a los padres de su prometido, los reyes John (Robert Lindsay) e Ingrith (Michelle Pfeiffer). El accidentado encuentro distancia a Aurora y Maléfica y ensancha la brecha entre reinos. Como resultado, Maléfica huye y va a parar a una tierra lejana donde conocerá más a fondo el origen de su especie mientras se forja una lucha por proteger a la Ciénaga y las criaturas mágicas que viven en ella.

Dirigida por Joachim Rønning (mitad del tándem de Kon Tiki), escrita por Linda Woolverton y Micah Fitzerman-Blue & Noah Harpster y producida por la propia Angelina Jolie, Maléfica: Maestra del mal continúa el estilo de la primera entrega, llevándonos de nuevo a una tierra lejana llena de seres fantásticos, castillos medievales y magia en cada rincón. Visualmente, la película se mantiene muy cercana a lo que ya habíamos visto, mezclando majestuosos decorados y vestuario con abundante animación generada por ordenador. En cuanto al tono, la secuela también se mantiene fiel a su antecesora, añadiendo en esta ocasión un componente más épico, un toque extravagante y un velado mensaje político, antibélico y conciliador.

Con cierto parecido a la saga Cómo entrenar a tu dragón, la historia de Maléfica nos lleva a descubrir que no es la única superviviente de su especie, sino que existe toda una comunidad de hadas con cuernos como ella que vive exiliada en una tierra remota y escondida. Las tensiones entre el reino de Ingrith y la Ciénaga crecen, lo que lleva a una guerra entre reinos motivada por la sed de poder y el odio a la diferencia. Con esta trama, la película lanza un muy oportuno mensaje de unión y lucha contra los prejuicios que invita a conocer al “otro” antes de odiarlo, y que puede extrapolarse a nuestro propio mundo, cada vez más tenso y dividido.

De nuevo, lo mejor del film es la caracterización e interpretación de Jolie como la villana (no tan villana). La bella actriz aporta presencia y elegancia infinitas a un personaje que ya no es el que conocíamos, sino una versión más vulnerable y “humana” del mismo gracias a ella. Junto a una Fanning también perfecta en su papel de princesa grácil  e inocente, pero valiente y actualizada, forma esa preciosa relación madre-hija que vertebra la película. Jolie y Fanning están acompañadas de un reparto en el que destaca por supuesto Michelle Pfeiffer bordando a la mala del cuento. A la mítica actriz de Batman vuelve no le cuesta nada convertirse en la atracción principal de la película con una interpretación deliciosamente pérfida.

Por el lado malo, Maléfica: Maestra del mal también repite los errores de la primera película. En una época en la que Disney hace sus remakes cada vez más idénticos al original, su intención de reescribir la historia que “creíamos conocer” es loable, pero acaba cayendo en la mima fórmula que hemos visto muchas veces en los últimos años. El guion está más trabajado en esta ocasión, pero la película se pierde a menudo en las tramas secundarias y (pensando en los más pequeños) da demasiado énfasis a las criaturas digitales, que pueden llegar a empalagar.

A pesar de esto, Maléfica: Maestra del mal supone una mejora con respecto a la anterior. Angelina Jolie vuelve a deslumbrar en una película hecha para su lucimiento, pero en la que no obstante sabe compartir el foco con los demás. La incorporación de Michelle Pfeiffer y su dinámica con Jolie y Fanning es todo un acierto (no tanto la de Chiwetel Ejiofor o Ed Skrein, que no se lucen demasiado) y aunque discurre por terreno excesivamente familiar, la historia amplía su universo correctamente, con los toques de humor y emoción que cabe esperar del estudio. En resumen, Maléfica: Maestra del mal equilibra fantasía, romance, aventura y acción en una película 100% Disney.

Pedro J. García

Nota: ★★★

El Rey León: Mismo animal, piel nueva

Hay pocas cosas seguras en esta vida y una de ellas es que El Rey León es una de las mejores películas de animación de la historia. Otra sería que, tarde o temprano, Disney le haría un remake. Justo cuando se cumplen 25 años del estreno del clásico original, el estudio presenta su nueva versión, un espectáculo enteramente digital dirigido por Jon Favreau, quien hace tres años ya se enfrentase al reto de dar vida a animales realistas parlantes con El Libro de la Selva

Sin embargo, en esta ocasión, Favreau y Disney no han llevado a cabo una relectura como sí hicieron con el clásico de los 60 (cuyo escuálido guion tuvieron que modificar y ampliar necesariamente), sino que han optado por mantenerse lo más fiel posible a la original. Y es que si algo no está roto, no lo arregles, debieron pensar. El Rey León es una de las películas de Disney más queridas y está grabada a fuego en la memoria colectiva, así que, teniendo en cuenta que el público por lo general prefiere las adaptaciones literales, estaba claro que esa era la senda a seguir con este remake. Pero, ¿tiene sentido hacer la misma película otra vez?

La nueva versión de El Rey León es prácticamente una reproducción plano a plano de la original, un ejercicio de duplicación similar al Psycho de Gus Van Sant, solo que en este caso, el público sí tiene interés en verlo. Desde el sol que amanece sobre la sabana al compás de los míticos cantos tribales africanos hasta la última escena en la Roca de la manada, Favreau ha calcado las icónicas imágenes del film de Roger Allers y Rob Minkoff, respetando además su estructura narrativa, su ritmo, sus diálogos, su score (que el propio Hans Zimmer revisiona) y sus canciones, con la principal diferencia de que está realizada en imagen digital fotorrealista, lo que le confiere un aspecto de documental de naturaleza de National Geographic.

Aunque no asume ningún riesgo, sí hay pequeños cambios y novedades que se añaden de forma orgánica y en ningún caso modifican la trama o la esencia de los personajes que conocemos desde los 90. Por ejemplo, algunos diálogos se amplían, sobre todo los de Timón y Pumba, que protagonizan los momentos más divertidos (y más meta) del film; y cómo no, hay una nueva canción cuyo único propósito es competir en los Oscar, ‘Spirit’, interpretada por Beyoncé durante una escena de transición que en el clásico original no contenía diálogo, por lo que en ese caso realmente tampoco cambia nada. Por lo demás, se apoya en todo momento en la original, hasta el punto de que uno puede recitarla.

Las diferencias más sustanciosas tienen lugar durante los números musicales, que, a excepción de ‘El ciclo de la vida’, que es exactamente igual, pierden ese toque mágico y simbólico de la animación tradicional para ajustarse al realismo que condiciona, y en gran medida, constriñe a la película. ‘Yo voy a ser el rey león’ funciona, porque encuentra la manera de respetar el número original sin cambiar la animación y ‘Hakuna Matata’ cumple su cometido gracias sobre todo al humor que brindan Timón y Pumba. Pero ‘Preparaos’ o ‘Es la noche del amor’ se quedan escasas, a pesar de contar con excelentes actualizaciones (producidas por Pharrell Williams) que insuflan nueva vida a los temazos inmortales de Tim Rice Elton John que nos sabemos de memoria.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película es su impresionante reparto original, a cada cual más perfecto para su personaje. El cálido juego de voces de Donald Glover y Beyoncé como Simba y Nala es exquisito, Billy Eichner y Seth Rogen se mimetizan por completo con los tronchantes Timón y Pumba (risas garantizadas con ellos), el presentador John Oliver borda a Zazú, Chiwetel Ejiofor ofrece un auténtico recital dramático con Scar, haciendo más que justicia a uno de los mejores villanos del cine, y James Earl Jones repite como Mufasa, para gozo nostálgico de los que prefieran la versión original (los que la vean doblada no podrán evitar echar de menos a Constantino Romero).

No obstante, el buen hacer de su reparto no hace sino subrayar el principal problema de la película, que la riqueza en matices de sus interpretaciones se ve lastrada por la necesidad de mantener el realismo en la representación de los animales. Es decir, lo que transmiten las voces no se ve reflejado en los rostros inexpresivos de los leones, lo que hace que el remake caiga a menudo en el valle inquietante y, por tanto, pueda provocar desconexión emocional. Por muy mono que sea Simba (y lo es, mucho), si no vemos en su semblante el mismo dolor y miedo ante la muerte de su padre que vimos en su análogo 2D, es muy difícil emocionarse como lo hicimos entonces.

No cabe duda de que El Rey León es una gran proeza técnica y un espectáculo visual y sonoro increíble. El remake lleva la animación CGI a un nuevo nivel, con imágenes preciosas y un detallismo completamente apabullante. Pero a la vez que nos asombra con sus avances y la verosimilitud de sus personajes digitales, pone de manifiesto las limitaciones dramáticas de la técnica fotorrealista aplicada a los animales y, como consecuencia, acaba resultando más fría de lo que debería. Al final, es lo mismo, pero no es lo mismo. Está todo, pero falta algo. Parece real, pero cuesta encontrar el alma.

El Rey León halla su razón de ser en su naturaleza de experimento técnico y ejercicio nostálgico. Se trata de una historia que ya se ha contado más de una vez, que de hecho se cuenta una y otra vez en formato musical en varias ciudades del mundo con enorme éxito, y que ahora se vuelve a contar en el cine, tanto para las nuevas generaciones como para los que crecieron con el clásico de dibujos. Al margen de lo señalado, no se le puede reprochar mucho más al remake, porque es prácticamente la misma película. Es la misma obra maestra, con piel nueva, una que luce muy bien pero no arropa tanto. Por supuesto que podemos cuestionar la necesidad que había de hacerla, pero las cifras de taquilla nos darán la respuesta. Era inevitable, así es el ciclo de la vida.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Toy Story 4

Entonces, Andy regaló todos sus juguetes a Bonnie, marcando así el final de una era, tanto para él, que se marchaba a la universidad dispuesto a empezar su vida como adulto, como para los espectadores, que habíamos crecido con él. “Adiós, vaquero”. Así se despedía su muñeco favorito, Woody, con quien había compartido los recuerdos más dichosos de su infancia. Había llegado el momento de pasar página y hacer feliz a otro niño. Fin.

O no.

Para todo el mundo, Toy Story 3 era el final definitivo de la exitosa e influyente saga animada de Pixar. La tercera entrega cerraba la historia de manera tan emotiva y transcendental, que los espectadores nos quedamos satisfechos si, como Andy, esa era la última vez que veríamos a Woody, Buzz y compañía. Pero en Disney decidieron que quedaba (al menos) una historia que contar con estos personajes. Por eso, nueve años después de deshidratarnos con la escena del incinerador y el final de Toy Story 3, llega Toy Story 4. No la pedimos, pero está aquí, así que saquemos lo mejor de ella.

Tras el cierre de la trilogía original, quedaba una gran incógnita por resolver: ¿Qué fue de Bo Peep? La pastorcita no estuvo presente en la tercera película, y Woody nos dio a entender que se había extraviado. En Toy Story 4 descubrimos la verdad sobre su paradero. Pero la historia no comienza con ella, sino con Forky, el nuevo juguete de Bonnie, creado por ella misma con un tenedor-cuchara, un alambre, un poco de plastilina y unos ojos de pegatina. Cuando Forky cobra vida, este está convencido de ser basura, y corresponde a Woody y los demás enseñarle que en realidad es un juguete. Y no solo eso, sino que es el más importante para Bonnie en un difícil momento de cambio para ella: el inicio de la escuela. Un viaje en carretera los llevará a una nueva aventura en la que tanto Forky como Woody aprenderán cuál es su lugar en el mundo.

Era un reto muy complicado continuar la saga después de un broche de oro como Toy Story 3 y hacerle justicia, pero Pixar lo ha vuelto a hacer. No había motivos para dudar de ellos. Toy Story 4 es una secuela digna, si bien algo diferente a la trilogía original, incluso más extraña y atrevida. Josh Cooley (¿La primera cita de Riley?) dirige esta nueva odisea de acción en la que Woody cobra casi absoluto protagonismo, llevando las riendas (pun intended) de una historia que nos lleva hasta una feria y una tienda de antigüedades, dos nuevas localizaciones rebosantes de posibilidades para la franquicia. Allí es donde conocemos a los nuevos personajes de la saga, un variopinto plantel de juguetes que incluye a la villana Gabby Gabby (una muñeca antigua con defecto de fábrica a la que pone voz Christina Hendricks) y sus marionetas de ventrílocuo, los peluches de tómbola Bunny y Ducky (Jordan Peele y Keegan-Michael Key), y el desastroso motorista, y para muchos robaescenas, Duke Caboom (Keanu Reeves).

Estos fichajes insuflan nueva vida a la saga, eso sí, a costa de desplazar a un segundo plano a casi todos los juguetes de Bonnie, incluido Buzz Lightyear. Todos ellos desempeñan una función instrumental en la película, pero el guion se centra en Woody, Bo, Forky y los nuevos personajes. La sensación es rara, pero necesaria. Como adelantaba, Toy Story 4 es algo distinto, no es una continuación, sino un epílogo, una aventura en mundo abierto que, utilizando las mismas herramientas, explora nuevo terreno y pone a prueba hasta dónde puede llegar la saga y sus protagonistas. Como las anteriores películas, Toy Story 4 no tiene miedo de abrazar por completo las emociones, incluido el miedo (la película tiene un par de pasajes bastante siniestros), y tomar decisiones sorprendentes, y eso es lo que hace que merezca la pena.

La parte central de Toy Story 4, que se desarrolla como un tour de force de enredos y acción, recuerda demasiado a la tercera parte, y también al esquema del rescate disparatado de Buscando a Dory, con momentos muy divertidos y una Bo Peep modernizada que es de lo mejor de la película. Pero salvando eso, en general tiene un nudo poco memorable. Son el primer y el último acto los que hacen que la cinta se eleve hasta el infinito y más allá. El primero, contra todo pronóstico, por la trama de Forky, un personaje mucho más interesante de lo que anticipábamos, que enfatiza el corazón y el componente existencialista que siempre ha caracterizado a esta historia. El segundo porque nos deja otro clímax de desbordante emotividad y una resolución impactante y muy valiente que se asegura un lugar privilegiado en nuestra memoria.

Pixar se supera técnicamente con cada película, y Toy Story 4, no es excepción. Su factura visual y sonora es asombrosa (impresionantes las texturas y la iluminación, y magnífica una vez más la música de Randy Newman, con nuevas canciones y un uso excelente del score), pero lo mejor sigue siendo el dominio que tiene de la historia que está contando y la madurez que ha alcanzado con ella. Toy Story nos habla de la constante búsqueda de propósito, la lealtad y la necesidad de arriesgar para encontrar nuestro sitio en la vida. ¿Quién nos iba a decir que una saga sobre juguetes nos iba a enseñar tanto sobre nosotros mismos?

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Aladdin: Un diamante convertido en circonita

Aladdin es uno de los clásicos animados más queridos de todos los tiempos. La película de 1992 representa junto a La SirenitaLa Bella y la BestiaEl Rey León una época dorada para Disney que marcó a varias generaciones y dejó huella en la cultura popular. En la actualidad, el estudio se encuentra viviendo una nueva era de esplendor en taquilla basada principalmente en la nostalgia del regreso a sus glorias del pasado. Películas como La Bella Durmiente, Alicia en el País de las Maravillas, Pedro y el dragón Elliot Dumbo han sido reinterpretadas libremente, mientras que para sus buques insignia de los 90 parecen haber optado por el remake literal, como vimos en La Bella y la Bestia, como se intuye por los adelantos de El Rey León y como comprobamos en la versión en carne y hueso de Aladdin.

Apenas dos meses antes de regresar a la sabana africana, Disney nos lleva de nuevo en alfombra mágica hasta el reino de Agrabah para revivir las aventuras del diamante en bruto que encontró la lámpara del Genio. El encargado de dirigir el remake es Guy Ritchie (Snatch, Sherlock Holmes). Una elección sorprendente, pero teniendo en cuenta el estilo enérgico y las dosis de acción de la original, no del todo incoherente. Con Aladdin, Disney ha realizado un ejercicio de reconstrucción muy parecido al de La Bella y la Bestia, una adaptación fiel que reproduce los puntos principales de la historia, los diálogos más icónicos y las canciones, añadiendo novedades que amplían, pero no alteran la trama original.

Y ahí es donde empiezan los problemas. Vemos el remake de Aladdin como una reproducción, por lo tanto, es inevitable comparar a cada paso que da la película. Si los valores de producción de La Bella y la Bestia compensaban sus carencias, aquí no hacen más que subrayarlas. Ritchie, que escribe el guion junto al colaborador habitual de Tim Burton John August, ha tomado los elementos más representativos del clásico y los ha despojado de fuerza, de la magia que hacía a la original tan especial. A la película le falta ritmo y dinamismo, algo que le sobraba a la animada. La marca personal de Ritchie se puede detectar tenuemente en momentos contados (durante el literalmente apagado plano secuencia que abre con ‘Si a Arabia tú vas’ y en un par de planos de acción), pero por lo demás, la película podría estar dirigida por cualquiera. Es más, cualquiera seguramente habría hecho un trabajo mejor.

La necesidad de que todo tenga más lógica y sea más “realista” a ojos del espectador actual que su versión de dibujos hace que la película acabe quedándose a medio gas. La secuencia en la que Aladdin huye de los guardias en el bazar convierte al protagonista en experto en parkour, pero la ejecución es torpe y arrítmica, con una combinación de cámara lenta y rápida que no se entiende (¿dónde está el montaje frenético de Ritchie cuando sí se le necesita?); el escape de la Cueva de las Maravillas se queda a años luz de la trepidante montaña rusa 3D de la animada; la pieza central, ‘Un mundo ideal’, decepciona al llevar a Aladdin y Jasmine en un viaje en alfombra por el desierto a oscuras… y poco más; y el final es de lo más anticlimático, sacrificando la espectacularidad y grandiosidad por un desenlace excesivamente simple y desprovisto de dramatismo. A la película le falta ambición, ante los retos más difíciles, Ritchie elige las soluciones más aburridas, y lo que acabamos obteniendo es lo mismo, pero peor.

La inconsistencia también salta a la vista en su aspecto visual y su producción artística, puro artificio. Agrabah parece más pequeña, los escenarios dan sensación de set televisivo, el vestuario y la decoración deberían transmitir opulencia, pero parecen baratos, la fotografía cambia de una secuencia a otra, los efectos son muy irregulares y la iluminación es o demasiado dura o demasiado apagada. Todo parece hecho deprisa e, inexplicablemente, es como si faltaran medios. El toque Bollywood le añade cierto encanto, pero Ritchie no lo aprovecha del todo. Hacia la mitad del metraje hay un divertido nuevo número musical al estilo del cine indio, en el que Aladdin, manipulado mágicamente por el Genio, baila con Jasmine durante una fiesta en palacio. Esa escena, de lo mejor de la película, consigue un tono autoconscientemente kitsch que aporta vida y da impulso a la historia, pero es algo momentáneo.

Afortunadamente, en el apartado interpretativo sale mejor parada. Mena Massoud y Naomi Scott son unos Aladdin y Jasmine excelentes y ayudan a que el barco no se hunda. Ambos acometen sus personajes con toda la ilusión, energía y corazón que le falta al resto de la película. Pero es ella la que acaba destacando por encima de todos. Mientras Aladdin permanece prácticamente igual que en la versión animada (Massoud borda su irresistible encanto gamberro y bondad innata), Jasmine adquiere más protagonismo y es actualizada para adaptarse a nuestros tiempos y a la nueva actitud empoderadora de Disney. Con Jasmine, Disney va un paso más allá que con la Bella de Emma Watson. En esta versión para las nuevas generaciones, no solo está harta de su existencia encorsetada y rechaza casarse con un príncipe por obligación, sino que además quiere ser sultana. Una estelar Scott da vida a esta nueva Jasmine con compromiso y entrega, llevando las riendas de la historia en gran parte de la película y brillando especialmente con la nueva canción ‘Speechless’, una power ballad feminista escrita por los compositores de La La Land que acaba siendo de los momentos más potentes del film -a pesar de resultar inevitablemente postiza.

Lo del Genio es tema aparte. Will Smith se enfrentaba a un reto mayúsculo con uno de los personajes más icónicos de Disney, a quien interpretó originalmente nada más y nada menos que Robin Williams. Y el resultado podría haber sido mucho peor. Si bien el que fuera el príncipe de Bel Air fuerza demasiado sus manierismos en un intento de regresar a su gloria rapera y cool de los 90, sale bastante airoso llevándose al personaje a su terreno, haciendo lo que hizo Williams, pero a su manera y sin imitar. También consigue aportarle humanidad a pesar del desconcertante CGI que nos hace desear que fuera azul menos tiempo. Por su parte, Ritchie amplía su biografía y le regala un romance con la doncella de Jasmine, Dalia, lo cual nos deja momentos muy simpáticos que se agradecen. De quien no podemos decir nada bueno es de Jafar. Hacer más joven y atractivo al visir no era a priori mala idea, pero Marwan Kenzari se revela como la peor decisión de casting del Disney reciente. Para interpretar a un villano de este calibre hace falta imponer, tener carisma, saber actuar y proyectar la voz. Y a Kenzari le falta todo eso.

Aladdin tiene sus momentos. Y la mayoría pertenecen a las nuevas escenas. La graciosísima Nasim Pedrad como Dalia es un soplo de aire fresco, el reparto (excepto Kenzari) cumple y el humor en general funciona, sobre todo en las escenas de cortejo y en la bonita amistad entre Aladdin y el Genio. Pero si la película se salva es sobre todo por Aladdin y Jasmine, el loable trabajo de Massoud y Scott (que se esmeran por levantar la función sabiendo que puede definir sus carreras) y la química romántica que hay entre ellos. Tristemente, lo demás no está a la altura. Falta emoción, falta alma, falla el villano, personajes secundarios como Iago y el Sultán se difuminan, la dirección deja mucho que desear, no hay planos memorables, las canciones palidecen comparadas con las originales, la historia avanza a trompicones y se echan de menos demasiadas cosas de la animada, lo que hace que estemos en un constante estado de expectación que nunca se cumple. Cuando Aladdin termina, lo único que queda es volver a ver la original para satisfacer ese deseo sin conceder que es el remake.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Dumbo: Cuando veas a un elefante volar

A la hora de acometer sus remakes en acción real, Disney está optando por dos caminos alternos: la adaptación libre o la recreación literal. Sus clásicos de la era moderna, como La Bella y la Bestia o El Rey León, se prestan a la segunda, mientras que los más antiguos (El Libro de la Selva, Pedro y el dragón Eliott, Cenicienta) requieren un proceso de adaptación al ritmo, la estructura narrativa y la sensibilidad del espectador actual, ya que si se adaptaran de forma fiel, no funcionarían como obras contemporáneas.

Este sería el caso de Dumbo, el nuevo remake live-action de la Casa del Ratón, trabajo dirigido por un viejo conocido del estudio, Tim Burton (este dio sus primeros pasos en Disney en los 80 y dirigió el exitoso remake de Alicia en el País de las Maravillas en 2010). Aunque la película comienza siendo fiel al clásico de 1941 (arranca con el tren circense recorriendo Estados Unidos y las conocidas notas compuestas por Frank Churchill y Oliver Wallace), acaba tomando su propio camino para reescribir la historia del elefante volador, por lo que más que un remake, se podría decir que estamos ante una reinterpretación.

En la nueva versión, los personajes de carne y hueso cobran mayor importancia y sirven como hilo conductor. La historia se construye como un cuento clásico sobre freaks (muy afín a la visión autoral de Burton, que ya hizo algo similar recientemente con El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares) que tratan de sacar a flote un espectáculo en horas bajas. La llegada de Holt (Colin Farrell), antigua estrella del circo que regresa de la guerra cambiado física y psicológicamente, coincide con el nacimiento de Dumbo. Cuando los hijos de Holt descubren que el pequeño elefante puede volar, el dueño del circo, Max Medici (Danny DeVito), lo convierte en el número estrella de su show. Esto atrae la atención del empresario V.A. Vandevere (un exagerado Michael Keaton) y la acróbata francesa Colette (Eva Green), quienes se ofrecen a convertir a Dumbo en una gran estrella en su enorme parque temático, Dreamland.

Con guion de Ehren KrugerDumbo recupera los elementos más icónicos de la película original y los diluye en una historia nueva que toma el clásico como punto de partida para a continuación ir más allá de lo que este nos contaba. En su primera mitad, la película se mantiene fiel a su referente (el nacimiento de Dumbo, el espectáculo con el elefante como bombero apagando un edificio en llamas), pero con la llegada de los personajes de Keaton y Green, la trama gira hacia una aventura de acción con el objetivo de salvar a la madre de Dumbo de las garras del villano. A lo largo de todo el metraje no faltan los guiños directos al clásico animado -diálogos, motivos visuales, reconocibles temas musicales que recorren todo el metraje-, pero estos sirven a Burton sobre todo como herramientas para homenajear o evocar nostalgia.

Más allá de que los animales no hablan en esta versión y la ausencia del ratón Timoteo (en esta son los niños los que descubren a Dumbo que la pluma le da el “poder” de volar), la mayor novedad con respecto a la película de 1941 es la introducción de una trama familiar en el centro de la historia. El regreso de Holt de la guerra da pie a un relato de reconexión paternofilial que resulta convencional (tampoco ayuda que la niña, Nico Parker, sea bastante inexpresiva). Es ahí donde se puede detectar más claramente el sello Disney: el efecto en los niños de la ausencia de una figura paterna y las clásicas lecciones del estudio: “No dejes que nadie te diga lo que no puedes ser” o “Lo imposible puede ser posible” (literalmente calcado de la reciente El regreso de Mary Poppins). Todo esto sirve para modernizar (y estirar) un cuento que tiene más de 70 años, pero se queda en la superficie, limitándose a repetir el esquema que hemos visto en tantas películas de la compañía.

Aun así, Dumbo sale mucho mejor parada que otras relecturas de Disney, como Maléfica o sin ir más lejos, Alicia, del propio Burton. Eso sí, aquí nos encontramos al director de Eduardo ManostijerasEd Wood en su versión más domesticada, más disneyficada. Sus señas de identidad están ahí, su toque oscuro también y la presencia de sus actores fetiche (Keaton, Green, DeVito) nos recuerdan quién está tras las cámaras. Pero de alguna manera, Burton se olvida de ser Burton, y no lleva la historia totalmente a su terreno, suavizando los pasajes más siniestros de la original (como la borrachera de Dumbo, que aquí simplemente es un número de burbujas en el circo) y decantándose por lo cómodo y seguro, como en la mayoría de sus trabajos modernos.

A pesar de esto, Dumbo alza el vuelo. Es una película entrañable, hecha con cariño (excepto algún que otro croma) y sin cinismo, que nos ofrece un valioso mensaje de aceptación y celebración de la diferencia, aderezado con un toque de reivindicación animalista. Aunque no consigue conmover como la original, Burton capta con éxito el asombro de ver a Dumbo volar después de tantas décadas y el brillo en los ojos del pequeño paquidermo aporta la emoción que falta en otros aspectos del film. Y si el reparto hace un buen trabajo (DeVito está perfecto en su papel de maestro de ceremonias y Green consigue brillar a pesar de dar vida a un personaje escrito de forma plana), lo mejor de la película es el propio Dumbo, una criatura adorable que hace que nos olvidemos por completo de que estamos ante una creación digital y creamos en pleno siglo XXI que un elefante puede volar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

El regreso de Mary Poppins: Feliz vuelta a la infancia

El legado de Mary Poppins es inmenso, tanto como el fondo del bolso mágico de su protagonista. La película de 1964 enamoró a varias generaciones de niños y adultos convirtiéndose en un clásico imperecedero, marcó un antes y un después en el cine gracias a su revolucionaria fusión de imagen real y animación  y catapultó a la fama a Julie Andrews, sellando su destino como leyenda del cine con una interpretación icónica e inolvidable que le valió un Oscar. La reciente etapa de Disney, caracterizada por la nostalgia y la recreación sus glorias pasadas, ha llevado al estudio a solicitar de nuevo los servicios de la niñera más famosa del cine en El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns), secuela oficial que llega 54 años después de la original.

Por el contrario, en el mundo de los Banks ha transcurrido menos tiempo. El regreso de Mary Poppins se desarrolla en el Londres de 1934, durante la Gran Depresión. Los hermanos Jane (Emily Mortimer) y Michael Banks (Ben Whishaw) han crecido, y ahora se enfrentan a los problemas de la vida adulta. Tras la muerte de la mujer de Michael y ante la posible pérdida a manos del banco de la casa donde crecieron (y crecimos), los Banks vuelven a necesitar a su niñera de la infancia, Mary Poppins (reencarnada en Emily Blunt). La institutriz “prácticamente perfecta en todo” vuelve a sus vidas para ayudarles a recuperar la esperanza y la alegría que han perdido al dejar atrás la infancia, inundando de música, luz y color el sombrío Londres junto a su antiguo amigo, el farolero Jack (Lin-Manuel Miranda).

El regreso de Mary Poppins podría haber salido mal por muchas razones. Continuar una de las joyas de la corona de Disney, tan querida e importante para tantas personas, cuyo papel protagonista se asocia indivisiblemente a una actriz en concreto, era una tarea muy arriesgada. Pero Disney la ha acometido de la mejor manera posible: dejando intacta la esencia de la obra maestra originalEl regreso de Mary Poppins es una película de las que ya no se hacen, un trabajo de tal clasicismo que podría haberse estrenado (casi) tal cual en los 60. El director, Rob Marshall (Chicago), pone su sensibilidad académica y su valiosa experiencia en el género musical al servicio de un film de otro tiempo y a la vez atemporal, en el que apenas hay concesiones a nuestra época o salidas de tono que delaten el año al que pertenece (más allá de los avanzados efectos especiales). Sus créditos iniciales al más puro estilo del Hollywood dorado, su puesta en escena y decorados vintage, sus diálogos inocentes, su mensaje inadulterado… todo en ella desprende el aroma del sistema de estudios y el cine de la vieja escuela.

Con más canciones que su predecesora y la presencia de Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton y compositor de las canciones de Vaiana), El regreso de Mary Poppins abraza más abiertamente su condición de musical, dejándonos números verdaderamente exquisitos, colando incluso algún que otro rap marca Miranda (como era de esperar). Si bien unos cuantos se desvanecerán fácilmente con el paso del tiempo, hay otros (‘A Cover is Not the Book’, ‘Trip a Little Light Fantastic’) que se quedarán grabados para siempre en la memoria del espectador, de la misma manera que lo hicieron los del clásico original.

Y es que, aunque oficialmente sea catalogada como secuela, El regreso de Mary Poppins es en realidad un remake (no tan) encubierto, ya que además de recuperar símbolos como la cometa, la banda de sufragista de la señora Banks o los objetos mágicos de Mary, reproduce la estructura de la película de Robert Stevenson y evoca una a una sus escenas más emblemáticas, solo que variando los elementos. Si en la original teníamos una canción para ordenar la habitación, en esta hay una para la hora del baño; el viaje a través de la baldosa pintada con tiza de la primera película (donde tiene lugar el “Supercalifragilisticoespialidoso”) aquí tiene su reflejo en una visita al mundo animado poblado por animales parlantes en la porcelana de un jarrón; la parada en casa del tío Albert que acaba con los protagonistas flotando de la risa reverbera en la secuencia de la prima Topsy (breve aparición de Meryl Streep), en la que todo se vuelve del revés… Y así hasta el final.

Un final, por cierto, que seguramente pasará a la historia como uno de los más bonitos que se han hecho jamás. A la película le cuesta coger fuerza y encontrar su ritmo, llegando a tener una primera media hora algo irregular, incluso pesada, en la que sobran varias canciones. Pero desde que Mary Poppins aparece por primera vez entre las nubes, la historia coge impulso y las emociones empiezan a arrollarnos. Sus números musicales, excelentemente ejecutados e interpretados, van de menos a más, aumentando en ambición y espectacularidad a medida que avanza el metraje, pero siempre conservando ese regusto tradicional del que hablábamos. Y después de acompañar a los Banks, a Mary y a Jack en sus extraordinarias peripecias, la historia culmina en un catártico desenlace que hace volar, literalmente. No importa lo cursi que sea, las veces incontables que hemos oído su mensaje (no hay que olvidar al niño perdido que todos llevamos dentro para ser felices), el optimismo y la alegría de este gran final nos embargan, y contener las lágrimas se convierte en una tarea imposible.

Os estaréis preguntando qué hay de Emily Blunt como Mary Poppins. Pues bien, estábamos en lo cierto cuando, ante el anuncio de su fichaje, pensamos en que no había mejor candidata para el puesto. No cabe duda, ella es Mary Poppins. Exudando carisma y presencia escénica, Blunt hace suyo el personaje sin quitárselo a Andrews. Lejos de reinventarla en un rapto de egolatría interpretativa, la actriz británica sigue al pie de la letra las pautas de su insigne precursora y reproduce lo que nos enamoró del personaje, ese carácter estricto (incluso borde) pero divertido y entrañable, dotándola de una profundidad y una riqueza de matices que corroboran el gran talento que ya conocíamos. Junto a ella brilla un elenco inmejorable, en el que destacan Ben Whishaw y Emily Mortimer, que nos convencen de que estamos de verdad ante los Banks con los que crecimos, una gloriosa Julie Walters robando por completo todas las escenas en las que aparece, Colin Firth haciendo exactamente lo que esperamos de él en un papel de villano, y Lin-Manuel Miranda aportando ternura, simpatía y nobleza en uno de los personajes más entrañables del año. Por no hablar de la presencia de los legendarios Dick Van DykeAngela Lansbury, cuyas apariciones van directas al corazón.

El regreso de Mary Poppins funciona como el reloj más infalible. Supone la vuelta del cine familiar que se hacía hace cinco décadas, componiendo un precioso homenaje rebosante de fantasía, magia y amor por los clásicos que transporta directamente a la infancia, te arropa y te canta una canción para que te vayas a dormir sin preocupaciones, proporcionando una sensación de calidez y felicidad que hacía tiempo que no sentíamos en el cine.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Ralph Rompe Internet: Actualización realizada con éxito

En 2012, Disney ofreció algo distinto a lo que nos tenía acostumbrados con sus largometrajes animados, una película esencialmente moderna, cuya historia se vinculaba a la tecnología y los videojuegos. Con Rompe Ralph, el estudio se distanciaba de los cuentos de hadas para narrar la historia de una amistad improbable, ambientada en el mundo interior de las máquinas de un salón recreativo. Seis años después, regresamos a este universo de píxeles y bits para reencontrarnos con Ralph y Vanellope en una nueva aventura que se atreve a adentrarse en terreno inexplorado: Internet.

En Ralph Rompe Internet, Vanellope (Sarah Silverman) está cansada de su rutina diaria en Sugar Rush, por lo que Ralph (John C. Reilly) decide crear para ella un nuevo circuito en el videojuego. Los loables intentos de Ralph por animar a su amiga acaban en desastre cuando el volante del juego se rompe y la máquina tiene que ser desenchufada. Sin hogar propio, Vanellope se introducen con Ralph en el inexplorado y expansivo mundo de Internet a través de un router wi-fi para encontrar un repuesto del volante, misión que será mucho más complicada de lo que esperaban. Dentro de la red de redes se toparán con personajes de lo más pintoresco que les echarán una mano, entre ellos una temeraria piloto de carreras callejeras llamada Shank (Gal Gadot) y la empresaria Yesss (Taraji P. Henson), algoritmo de la web donde están todos los vídeos y memes de moda, BuzzTube.

Ralph Rompe Internet recoge todas las tendencias, hábitos y programas esenciales de Internet en un universo casi imposible de abarcar en su totalidad, en el que haría falta pausar cada frame para ver bien todos los guiños, cameos y marcas que rodean a los protagonistas. El constante bombardeo de imágenes marca el ritmo acelerado de una película muy dinámica, llena de acción y con una trama que no para (solo da un bajón en el pre-clímax). Se pueden detectar en ella trazas de Ready Player One y, por supuesto, Emoji: la película, con la que tiene mucho en común a pesar de pertenecer a ligas radicalmente distintas, pero Ralph Rompe Internet se eleva fácilmente por encima de ambas.

Además de una aventura de acción con énfasis en las carrerasRalph Rompe Internet se construye como un comentario sobre la manera en la que usamos Internet a diario para llevar a cabo todas nuestras actividades en la vida real. Afortunadamente, no hay exceso de moralina ni crítica a la hiperconectividad en ella (los avatares de los humanos conectados tienen la cabeza cuadrada, pero esto no es necesariamente un juicio contra ellos/nosotros), sino un retrato de Internet en su mayor parte positivo, aunque no oculte del todo su lado oscuro (los insoportables pop-ups, el spam, la negatividad de los comentarios en redes sociales, la dark web…). Lo peor de este viaje de Disney a las entrañas de Internet es la abundancia de product placement y autopromoción (inevitable, por otro lado), que por momentos convierte la película en una sucesión de microanuncios sobre las maravillas de diferentes webs y aplicaciones y del Disneyverso (reflejado en la visita de Vanellope a Oh My Disney).

Lo bueno es que, más allá de los guiños a las modas, juegos, celebridades cibernéticas o el funcionamiento de Internet en general (plasmado de forma muy ocurrente y eficaz), Ralph Rompe Internet se sustenta sobre la emoción y la conexión humana. En el centro de la historia se encuentra la relación de Ralph y Vanellope, que evoluciona para ofrecernos un mensaje precioso y sorprendentemente maduro sobre la amistad. Ralph es un hombre adulto feliz en la comodidad de su día a día, mientras que Vanellope necesita nuevas (y fuertes) emociones, concretamente las que le aportan el peligroso videojuego Slaughter Race. El descontento de Vanellope y la reticencia de Ralph dan lugar a una recta final en la que la película nos habla de cómo a veces tenemos que dejar marchar a un amigo para conservar la amistad a largo plazo, y cómo podemos convertirnos en auténticos monstruos con tal de no perder lo que tenemos. Es un mensaje adulto, emocionalmente complejo y no exento de tristeza que aporta el corazón en una película donde el sobreestímulo visual amenaza con dejarlo en segundo plano.

Tampoco podemos obviar la pieza estrella de la película, la reunión de las princesas Disney. Esta escena ha sido la más destacada durante la promoción, y no es para menos. El encuentro de Vanellope con las princesas es épico. La secuencia funciona a todos los niveles, avanza la trama, es divertida, profundamente meta y refleja la tendencia actual de Disney a la autocrítica, aludiendo con mucho sentido del humor a los tópicos de las princesas, sus marcadas personalidades y las críticas a las que siempre se ha tenido que enfrentar el estudio. Aunque narrativamente sea solo una parada más en la misión de los protagonistas, la aparición de las princesas eleva la película, dejando con ganas de verlas interactuar más.

A pesar de ser una buena secuela, Ralph Rompe Internet carece de la cualidad atemporal de otras películas Disney. Es inmediata, actual y captura bien el momento que vivimos, pero su efecto probablemente no será tan duradero como el de otras. Lo que sí se queda grabado es la lección que ofrece tanto a niños como adultos. Aunque puede resultar excesivamente machacona en su metáfora de la búsqueda constante y su mensaje sobre no quedarse estancado, Ralph Rompe Internet acierta de lleno con sus conclusiones: que tengamos intereses distintos no tiene por qué separarnos para siempre, y que algunos se conformen con la rutina y otros necesiten algo más no es necesariamente un impedimento para seguir siendo amigos. Precisamente Internet brinda la solución a esta dificultad que la vida nos pone para mantener algunas amistades, el lugar donde estar en contacto y no perder lo que tenemos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Christopher Robin

El cine nos ha hecho regresar a la infancia en muchas ocasiones y Disney sabe mucho de este tema. A lo largo de las décadas hemos visto cómo sus clásicos animados han pasado de generación a generación, ganando nuevos adeptos en edad escolar mientras los mayores los recordábamos y revisitábamos con nostalgia. Winnie the Pooh es uno de los símbolos más universales de la niñez, un personaje que representa la imaginación y la fantasía intrínseca la etapa previa a la adolescencia, y que se convirtió en uno de los estandartes de la Casa del Ratón. Con Christopher Robin, la nueva adaptación en acción real del estudio, Disney nos propone volver al Bosque de los Cien Acres para reencontrarnos con el adorable Pooh y junto a él, con nuestro niño interior.

A partir de una premisa muy similar a la de Hook, la película dirigida por Marc Foster (realizador de la también semejante Descubriendo Nunca Jamás) nos muestra la vida del Christopher Robin adulto, interpretado por una de esas dianas de casting propias de Disney, Ewan McGregor. El travieso e inocente niño inglés ha crecido y se ha convertido en un hombre de negocios estresado y gris. Su mujer (la abonada a Disney Hayley Atwell) le reprocha vivir solo para el trabajo y haber descuidado a su familia, concretamente a su hija, que tiene la misma edad que él cuando se escapaba a vivir aventuras con sus amigos de peluche. Un día, Pooh aparece en Londres para pedirle que regrese al Bosque de los Cien Acres, que se encuentra oscuro y marchito desde que se fue, y le ayude a encontrar a sus antiguos amigos, Igor, Piglet, Tiger y los demás, que han desaparecido. Con ayuda de todos ellos, Christopher empezará a recordar el niño que sigue viviendo en su interior.

Christopher Robin capta a la perfección la esencia de las creaciones de A.A. Milne y recupera intacto el espíritu de las adaptaciones animadas de Disney en una película rebosante de imaginación y ternura. A pesar del aspecto realista (y para muchos inquietante) de sus versiones CGI, Pooh y sus amigos siguen siendo los mismos. Como no podía ser de otra manera, el osito adicto a la miel ocupa el centro de la historia, y su traslación al mundo real se salda con muy buenos resultados. Pooh sigue siendo adorable, pero en Christopher Robin además está más gracioso que nunca. Lo mejor de la película es sin duda relación con Christopher, que nos deja momentos muy divertidos y emotivos, salpicados de esos buenos consejos que suele dar sin ser consciente de su sabiduría.

A pesar de contar una historia demasiado familiar y echar mano de muchos tópicos para hacerlo, Christopher Robin acierta en su enfoque clásico y abiertamente cándido, aportando la dulzura y el optimismo que necesitamos en estos tiempos de cinismo. Llevándonos de vuelta al Bosque de los Cien Acres, la película nos recuerda la importancia de no perder el contacto con el niño que fuimos, y aunque es un mensaje alegre y luminoso, no está exento de la melancolía propia de este tipo de relatos. Claro que eso es precisamente lo que la hace tan apta para niños y adultos (incluso más recomendable para adultos), que tiene fantasía y aventura para los más pequeños, pero no omite los aspectos más tristes y oscuros de la historia, ofreciendo una lectura más profunda que los mayores serán capaces de entender mejor.

Con una perfecta interpretación protagonista por parte de Ewan McGregor, un acabado visual mágico y un mensaje muy valioso a pesar de no ser muy original, Christopher Robin se suma a la complementaria Peter y el dragón como una de las entregas live-action más inspiradas (y seguramente infravaloradas) del Disney reciente. Y es que, en lugar de simplemente rehacer algo, toma su esencia y le insufla nueva vida. El resultado es una película preciosa y llena de encanto que rinde un oportuno homenaje al legado de A.A. Milne y nos hace sonreír mientras echamos la vista atrás.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Los Increíbles 2

Allá por 2004 Brad Bird (El gigante de hierro) nos daba a conocer a los Parr, más conocidos como Los Increíbles, una familia de superhéroes original aunque sospechosamente parecida a Los 4 Fantásticos (la Primera Familia de Marvel) que marcaba un antes y un después en Pixar al ser la primera película protagonizada por personajes humanos. El experimento dio sus frutos y el público caía rendido ante la película, de la misma forma que había ocurrido con las anteriores entregas del estudio de John Lasseter, solo que esta vez con una diferencia: el clamor por una secuela sonaba más fuerte.

Y aun así, Pixar se tomó su tiempo. Han tenido que pasar 14 años para que Los Increíbles 2 llegue a los cines (un lapso similar al transcurrido entre Buscando a Nemo Buscando a Dory), tiempo en el que la animación por ordenador ha evolucionado enormemente y el cine de superhéroes se ha convertido en status quo. Sin embargo, por los Parr no ha pasado el tiempo, ya que la continuación retoma la acción justo donde la dejó, mostrándonos ese enfrentamiento con El Socavador que ya había tenido lugar en nuestra imaginación en incontables ocasiones, para a continuación contarnos lo que pasa inmediatamente después. Llevábamos mucho tiempo deseando esta película y la espera definitivamente ha merecido la pena.

Como decía, Los Increíbles 2 se estrena dentro de un panorama cinematográfico muy distinto al de hace 14 años. Marvel domina la industria del cine y los superhéroes están en todas partes. Ante esta circunstancia, Bird decide no copiar lo que Marvel está haciendo estos días, sino mantenerse fiel a la propuesta original, realizando una prolongación orgánica y natural que no parece contaminada por tendencias actuales. Los Increíbles 2 sigue en su propio universo retrofuturista, eso sí, dejando más claro esta vez que la historia transcurre durante la década de los 60, y jugando más con ello para construir su magnífico diseño, sino también su intrincado argumento.

En Los Increíbles 2, Helen pasa al frente de la acción convirtiéndose en la protagonista de la historia, mientras Bob se queda en casa cuidando de Violet, Dash y Jack-Jack, aparcando los menesteres superheroicos para dedicarse a los del hogar. La aparición de  una organización privada que lucha por la re-legalización de los superhéroes y la irrupción en escena de un nuevo villano llamado Screen Slaver sumen a Helen en una complicada y peligrosa aventura que esconde una gran conspiración. Mientras, en casa, el pequeño Jack-Jack sigue manifestando sus superpoderes, para el asombro de su familia, que se esfuerza (en vano) en llevar una vida normal a pesar de sus habilidades extraordinarias. En última instancia, los Parr deberán encontrar la manera de volver a trabajar juntos, y con la ayuda de FrozoneEdna Moda y curiosos nuevos aliados, enfrentarse a la temible amenaza que planea esclavizar a la humanidad.

Los Increíbles 2 continúa los temas de la primera entrega, realizando otra inspirada reflexión sobre la familia, el poder y la responsabilidad con la que consigue que el espectador se sienta identificado con los Parr, al fin y al cabo una familia normal con problemas cotidianos, simplemente magnificados por sus superpoderes. Pero además, la secuela añade un giro feminista muy relevante y oportuno al intercambiar los roles de Helen y Bob, elaborando así una lección que conciencia sobre la desigualdad de género y lo difícil que es mantener a flote un hogar. Ahí es donde la ambientación sesentera resulta especialmente conveniente, al retratar una sociedad que no se aleja tanto como creemos de la actual.

Pero ese no es el único mensaje que Bird pretende transmitir con Los Increíbles 2, ni mucho menos. Siguiendo la tradición de Pixar, la secuela presenta una historia con capas y posibles lecturas que solo los mayores podrán entender y apreciar. De hecho, Los Increíbles podría ser perfectamente su película más adulta hasta la fecha, con algunos de los diálogos más reales, maduros y políticamente cargados del estudio. Todo sin olvidar en ningún momento que se trata de una película para toda la familia, y por tanto, debe funcionar también (y principalmente) a ese nivel, como entretenimiento para los más pequeños, cosa que logra con creces.

Bird ha conseguido traer a los Parr a nuestro presente sin alterar su esencia, aprovechando los últimos avances tecnológicos para brindarnos una de las cintas de animación más visualmente impresionantes de los últimos años. Las secuencias de acción son puro espectáculo, creatividad e imaginación, y sacan el máximo partido de las herramientas digitales y los poderes de los protagonistas para crear imágenes muy memorables (como la pelea de Elastigirl y Screen Slaver con la luz estroboscópica o su trepidante carrera en motocicleta para salvar un tren). Mención aparte merece el adorable Jack-Jack, la estrella indiscutible de la secuela, fuente inagotable de sorpresas y carcajadas que justifica por sí solo que no se haya optado por un salto en el tiempo con la historia (qué de cosas maravillosas nos habríamos perdido de lo contrario).

La película tiene sus problemas (principalmente, una trama central predecible que se apoya en giros “sorpresa” de los que Disney y Pixar abusan demasiado), pero se sitúa muy por encima de otras secuelas del estudio como Monstruos UniversityBuscando a Dory. Con un argumento bullicioso, diálogos muy inteligentes, un ritmo que no cesa, otra banda sonora perfecta de Michael Giacchino, personajes excelentemente caracterizados (Elastigirl es la reina, pero ver a los niños crecer es especialmente emocionante), momentos brillantes de comedia y emoción genuinaLos Increíbles 2 eleva el listón de las segundas partes y no solo cumple con lo que se esperaba de ella, sino que supera todas las expectativas formadas durante más de una década. “Increíble” es la palabra.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Un pliegue en el tiempo

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El clásico literario infantil de los 60 Una arruga en el tiempo (A Wrinkle in Time) tiene reputación de ser imposible de filmar, como ya demostró la TV movie canadiense de 2003 que nadie recuerda. Pero Disney ha decidido volver a intentarlo, haciendo un hueco entre sus mil y un remakes live-action y universos compartidos de Marvel y Star Wars para ofrecer algo que, si bien no es exactamente original, sí es distinto a lo que copa su calendario estos años. El estudio asignó a la prestigiosa Ava DuVernay (Selma13th) la difícil tarea de transformar en imágenes las páginas escritas por Madeleine L’Engle, convirtiéndose así en la primera mujer negra que dirige una superproducción de más de 100 millones de dólares de presupuesto. Sin embargo, el resultado corrobora la idea con la que abre este párrafo.

Meg Murray (Storm Reid) es una adolescente hija de dos prestigiosos físicos que tiene problemas de autoestima y no cree en sí misma, a pesar de ser muy inteligente y poseer un talento extraordinario. Cuando su padre (Chris Pine) desaparece en misteriosas circunstancias, dejando rota a Meg, su hermano, el también superdotado Charles Wallace (Deric McCabe), y su madre (Gugu Mbatha-Raw), tres guías celestiales, la Sra. Cuál (Oprah Winfrey), la Sra. Qué (Reese Witherspoon) y la Sra. Quién (Mindy Kaling), viajan a la Tierra para ayudarla a encontrarlo. Junto a Charles Wallace y su amigo Calvin (Levi Miller), Meg se embarca en una aventura a través del universo, en la que visitarán mundos más allá de su imaginación y se enfrentarán a la poderosa fuerza del mal conocida como ELLO, que amenaza con cubrir el universo de tristeza y oscuridad.

Ante todo, hay que aclarar que Un pliegue en el tiempo está orientada, casi de manera exclusiva, a los niños, concretamente a los de edades comprendidas entre los 8 y los 12 años, tal y como su directora ha expresado. La película, que bebe claramente de clásicos como El mago de OzAlicia en el País de las Maravillas, puede funcionar como distracción escapista para los pequeños gracias a su indudable energía y su despliegue de color e imaginación. Pero más allá de desempeñar esa función, simplemente no se tiene en pie. Un pliegue en el tiempo es un caos absoluto, repleto de ideas sin sentido y decisiones creativas y narrativas difícilmente justificables. Muchas provienen sin duda de un material de referencia en el que la lógica no abunda, otras se pueden achacar a un guion sin pies ni cabeza, un montaje ineficiente, ausencia de ritmo y estructura, un deslavazado tratamiento de lo visual y una realización muy confusa por parte de DuVernay, que salta entre estilos y tonos sin cohesión y abusa inexplicablemente de la cámara en mano.

En el apartado interpretativo, la película sale mejor parada. Dejando a un lado lo chocante (y lógico por otra parte) que resulta ver a Oprah como ser celestial supremo, las tres guías de Meg acaban pasando a segundo plano, a pesar de haber recibido mayor énfasis en la campaña promocional. Y quizá sea mejor así, porque están ahí solo como reclamo y tampoco es que brillen precisamente. Del reparto adulto, son Pine y Mbatha-Raw quienes ofrecen las mejores interpretaciones, pero al final, los que levantan la película son los pequeños, como debe ser, Reid y McCabe, dos jóvenes talentos que superan el reto con creces.

Un pliegue en el tiempo tiene ocasionales destellos de ingenio, desvíos hacia lo oscuro (que la acercan a las fantasías de los 80 como La historia interminable, con la que tiene mucho en común) y momentos extraños y surrealistas (cosas tan psicodélicas como Witherspoon convirtiéndose en una hoja voladora literalmente para nada, escenas absurdas como la de la playa o la desconcertante visita al barrio suburbano) con los que el público más adulto puede disfrutar si no se la toma demasiado en serio. Pero por lo general, falla a la hora de construir un todo coherente y una historia que atrape, lo que hace que la conexión emocional sea más difícil. Salta a la vista que DuVernay está más preocupada de que el mensaje (muy valioso y bienvenido) llegue alto y claro que de hacer una película. Por eso machaca a la audiencia con las ideas que articulan la historia, “Sé una guerrera”, “Cree en ti misma”, el poder del amor… Lecciones subrayadas por el insistente score de Ramin Djawadi y una selección de canciones que interrumpen la acción de la forma más artificial y postiza (no recuerdo un peor uso de la música en una película reciente).

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Por todo esto, Un pliegue en el tiempo parece más una TV movie de Disney Channel que una gran superproducción cinematográfica. EL empachoso CGI y el extravagante vestuario diseñado por Paco Delgado deberían reflejar el dinero que se ha invertido, pero no lo hacen, y el star power de Winfrey, Witherspoon o Pine se diluye en una propuesta que no está a la altura de lo que hoy en día cabe esperar del estudio. Aun con todo, hay que elogiar y agradecer la labor que está llevando a cabo en materia de representación y diversidad (no podemos menoscabar la importancia de tener una producción como esta con una familia multicultural y una niña afroamericana como protagonista), además del mensaje de empoderamiento tan importante que transmite a la audiencia infantil, en especial la femenina (recordemos, el público objetivo).

Un pliegue en el tiempo es una película tremendamente inconsistente y fallida, pero sus buenas intenciones, su corazón y la sinceridad que recorre todo el metraje compensa sus muchos defectos. Dejemos que los más pequeños juzguen si ha cumplido su cometido. Si a ellos les gusta, si su mensaje los inspira, todo lo anterior no importa tanto.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Star Wars – Los últimos Jedi

Star Wars: El despertar de la Fuerza marcó el inicio en 2015 de la nueva etapa de la saga galáctica de George Lucas bajo el techo de Disney. Distanciándose de la anterior trilogía de precuelas, J.J. Abrams dirigía una película que se apoyaba fuertemente en la primera entrega de la saga original, recuperando así el espíritu y el estilo del Episodio IV. Claro que, como inevitablemente va a ocurrir siempre con un estreno de tal magnitud, El despertar de la Fuerza no convenció a todo el mundo. El mismo uso de la nostalgia que conquistó a tantos no casó con tantos otros, que acusaron a Abrams de falta de riesgo y originalidad al limitarse a reproducir el esquema narrativo de Una nueva esperanza.

Pues bien, seguramente Lucasfilm y Disney acometieron la secuela de El despertar de la Fuerza con esto muy presente. Si el anterior Episodio transcurría por terrenos conocidos y dejaba un contradictorio sabor a déjà vu, Star Wars: Los últimos Jedi opta por el camino contrario, llevando la historia hacia lugares inesperados, pulverizando expectativas y arriesgando constantemente para sorprender al espectador, todo sin separarse nunca de lo que es Star Wars. Bajo la batuta de Rian Johnson (Brick, Looper), la saga Skywalker se dirige irrefrenablemente hacia el lado oscuro con una aventura mucho más osada en la que por fin sabemos por qué Luke Skywalker ha estado desaparecido todo este tiempo. El personaje de Mark Hamill se convierte en el centro de una trama muy fragmentada que nos muestra a nuestros héroes, los de siempre y los nuevos, luchando por sobrevivir y mantener viva la llama de la esperanza ante el asedio de un Imperio bajo el mando del Líder Supremo Snoke (Andy Serkis), que desea acabar por todos los medios con los últimos resquicios de la Resistencia, liderada por la general Leia Organa (Carrie Fisher).

Como decía, la historia se divide en numerosos frentes. Por un lado tenemos a Rey (Daisy Ridley), que viaja hasta el remoto planeta de Ach-To para convencer a Luke Skywalker de que regrese; por otro a Leia aguantando el fuerte mientras el malvado general Hux (Domhnall Gleeson) le pisa los talones; Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac) se separan para llevar a cabo sendas misiones con el objetivo de escapar del Imperio, el primero emparejándose con Rose (nueva heroína del pueblo interpretada por la encantadora Kelly Marie Tran) y el segundo chocando por sus métodos poco ortodoxos con las dirigentes de la Resistencia, Leia y la almirante Holdo (una Laura Dern, como siempre, inolvidable); y finalmente, se continúa explorando la compleja relación de Kylo Ren (Adam Driver) con el lado oscuro, lo que llevará a desvelar secretos del pasado que sacuden fuertemente los cimientos de la saga.

Uno de los puntos fuertes de esta nueva trilogía es sin duda su reparto, que en esta ocasión brilla con especial intensidad. Mark Hamill nunca ha estado mejor, Daisy Ridley vuelve a demostrar el gran talento dramático que posee, al igual que Adam Driver, con el que comparte algunas de las escenas más escalofriantes de la película. El carismático Oscar Isaac desempeña un papel mucho más extenso que en el anterior film, lo cual es todo un acierto (aunque mantengan a su irresistible Poe separado de Finn casi todo el metraje para decepción de los fans de StormPilot), mientras que Dern, como hemos adelantado, se come la pantalla y compone a un personaje redondo en muy poco tiempo (no hay papeles pequeños, solo actores pequeños). Y por último, todas las intervenciones de Carrie Fisher (que también tiene más tiempo en pantalla que en El despertar de la Fuerza) son conmovedoras, en concreto una escena que pasa instantáneamente a la historia como uno de los momentos más icónicos de los 40 años de saga y con la que es físicamente imposible no romper a llorar (sabréis enseguida a cuál me refiero). Sin duda, la perfecta despedida a nuestra querida princesa y mamá espacial, que nos dejó el año pasado.

El amplio reparto (a los personajes ya mencionados se suman un sinfín de secundarios y algún que otro cameo que hará estallar de felicidad a más de uno), junto al gran número de tramas que se entrelazan sin descanso en Los últimos Jedi dan lugar a la película más larga de la saga, y esto se nota sobre todo en su tramo final, con un clímax impresionante, pero excesivamente alargado. La historia no deja en ningún momento de saltar, los acontecimientos y revelaciones importantes se suceden uno detrás de otro, y el guion está lleno de giros y vueltas de tuerca con los que se busca desconcertar a un espectador que se las sabe todas, y que quizá en esta ocasión no pueda predecir todo lo que va a suceder en la película. Esto resulta en una experiencia consistentemente satisfactoria, inesperada y emocionante, pero también agotadora, a pesar de los abundantes (y a menudo muy geniales) golpes de humor que alivian la tensión. Pasan tantas cosas en el transcurso de dos horas y media que cuando Los últimos Jedi acaba, es difícil digerir todo lo que se ha visto. Ojo, esto no es necesariamente negativo (si acaso, multiplica por mil su ya de por sí intrínseco valor de revisionado), aunque es muy posible que el hecho de que la saga tome otra dirección contraríe a muchos espectadores y divida a la audiencia. Si El despertar de la Fuerza era demasiado igual a la trilogía original, quizá Los últimos Jedi sea demasiado distinta.

Ahora, la valentía con la que Johnson y el equipo de Lucasfilm continúan la mitología (homenajeando mucho, pero mirando siempre al futuro, destruyendo para crear algo nuevo) y preparan a sus personajes para el Episodio final da como recompensa una película grandiosa, en todos los sentidos y de principio a fin; un espectáculo increíblemente épico e intenso, tanto en el apartado técnico y visual como a nivel dramático y emocional, en el que las historias personales de nuestros héroes son tan excitantes como las explosivas batallas en las que se ven envueltos.

Cada recoveco de Los últimos Jedi está cuidado hasta el milimétrico detalle, dejándonos momentos de creatividad y plasticidad desbordante (el uso de la luz y el color, en concreto los contrastes rojo-blanco-negro, es brutal), impecables e inmersivas secuencias de acción e incontables planos de una belleza absoluta. La película hace gala de un refinadísimo sentido de la estética para presentarnos extraordinarias nuevas localizaciones, criaturas insólitas (muchas de ellas marionetas y animatronics, continuando el revival de lo analógico que llevó a cabo El despertar de la Fuerza) y un sinfín de imágenes para enmarcar -como por ejemplo las de la batalla en las minas de sal roja, de las secuencias de acción más asombrosas de toda la saga-, resultado de una nivelada fusión de los efectos digitales más punteros y una dirección artística magistral.

Pero lo que mantiene en pie la descomunal estructura de Los últimos Jedi es el perfecto equilibrio que existe entre la acción y la evolución psicológica (y mística) de unos personajes que están grabados a fuego en el imaginario colectivo, y cuyos tumultuosos conflictos internos y relaciones nunca dejan de ser el (enorme) corazón de la película. A través de ellos y de la guerra que protagonizan, Los últimos Jedi cuenta una historia que, como Rogue One, se antoja muy pertinente a nuestra realidad presente, una versión de Star Wars más multicultural y empoderadora (aunque desilusione al no atreverse todavía a dar visibilidad a la comunidad LGBT) que celebra la humanidad y la dualidad de sus imperfectos héroes, nos vuelve a hablar de la lucha contra el sistema que oprime y nos inspira a pelear hasta el final para impedir su avance y legar la opción de un futuro mejor a las nuevas generaciones.

Por mucho que este Episodio VIII se adentre en rincones sombríos y ponga duras pruebas a sus personajes (y con ellos al espectador), la esperanza siempre prevalece. Por eso, Los últimos Jedi no es solo una de las mejores entregas de Star Wars y un evento cinematográfico sin igual, también es una gran película de y para nuestro tiempo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Coco: En tiempos de muros, Pixar traza un puente hacia México [Crítica]

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Después de estrenar dos secuelas consecutivas, Buscando a DoryCars 3, Pixar regresa temporalmente a las ideas originales con Coco, colorista y emocionante aventura ambientada en México que nos devuelve al estudio en su faceta más inquieta y ambiciosa. La última vez que Pixar nos sorprendió con un concepto original y novedoso fue con Del revés (Inside Out), un estimulante ejercicio de disección psicológica infantil que nos recordaba a los fértiles tiempos de WALL-E Up. Con Coco, dirigida por Lee Unkrich (Toy Story 3) y Adrian Molina (que debuta como co-director después de varios años en otros departamentos del estudio), Pixar vuelve a plantearse un difícil reto artístico que supera con éxito: hacer una película apta para el público infantil que aborde extensamente el tema de la muerte.

Sí, todos estamos al tanto de la existencia de una película llamada El libro de la vida (2014), ambientada, como Coco, en la celebración mexicana del Día de los Muertos. Pero más allá del contexto cultural en el que se desarrollan, lo cierto es que narrativamente no tienen mucho que ver. Además de que, como bien han argumentado los creadores de ambas cintas, ¿por qué no pueden existir dos películas ambientadas en el Día de los Muertos si tenemos tantas enmarcadas en otras fiestas o hitos culturales e históricos? El realizador de El libro de la vida, Jorge R. Gutiérrez, ha elogiado el trabajo de los directores de Coco, con los que tiene muy buena relación, y ha celebrado la existencia de otra película de animación que honre la riqueza cultural de su país. Así que podemos zanjar la polémica.

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La familia siempre ha sido uno de los núcleos temáticos de las películas de Pixar, pero en Coco adquiere mayor importancia. La historia nos presenta a Miguel (Anthony González), un niño mexicano que aspira a ser músico como su ídolo, Ernesto de la Cruz (Benjamin Pratt). Sin embargo, el pequeño debe vivir su pasión en secreto, ya que la música está terminantemente prohibida en su hogar desde que su tatarabuela fuera abandonada por su marido para perseguir su sueño de convertirse en un cantautor de éxito. En el Día de los Muertos, Miguel desobedece las normas de su familia y se escapa a la plaza del pueblo para participar en el concurso de talentos anual, pero tras una misteriosa cadena de acontecimientos, queda atrapado en la tierra de los muertos, donde deberá buscar la forma de regresar a su mundo con la ayuda de sus antepasados y un paria encantador llamado Héctor (Gael García Bernal).

Coco es Pixar en estado puro. Con ella, el estudio nos vuelve a ofrecer lo que se espera de sus películas: excelencia técnica, imaginación desbordante, lecciones vitales importantes pero libres de adoctrinamiento, una doble lectura que la hace disfrutable para niños y adultos, y mucha, mucha emoción. Aunque su historia peque de formulaica como la mayoría de entregas recientes de los diferentes estudios que conviven bajo el techo de Disney -con un guion en el que no falta la mascota simpática, el giro sorpresa o el clímax lacrimógeno-, Coco evita caer en la repetición con energía a raudales, una inventiva que no se agota en ningún momento y sobre todo mucho corazón.

La película es todo un espectáculo visual, un estallido de color -con los adecuados toques macabros- en el que las texturas y la animación de los personajes vuelven a dejarnos boquiabiertos y el diseño de escenarios, especialmente los de la tierra de los muertos (aunque también los del mundo real) son dignos de asombro. Las secuencias de acción y los números musicales (atención a las hilarantes intervenciones de Frida Kahlo) son excelentes, pero al final, lo que verdaderamente nos atrapa de la película son las sinceras emociones que la sostienen férreamente; el localista y a la vez universal retrato de la familia que lleva a cabo, y esa ternura a la que uno acaba rendido, sobre todo durante su acongojante recta final. Es imposible no acabar llorando a moco tendido durante la última escena entre Miguel y su adorable bisabuela Coco, un final a la altura del de Up.

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Aunque no llega al nivel de las mayores obras maestras del estudio, Coco es otro triunfo incontestable de Pixar, una película divertida y entrañable, llena de magia y personajes encantadores, y además social y políticamente oportuna. En tiempos de muros, Pixar ha trazado un puente desde todo el mundo hacia México con Coco, un precioso canto a la tradición de este país en el que se puede sentir el amor por su cultura (laboriosa y respetuosamente documentada), y también una inspiradísima reflexión sobre la familia y el legado que enseña a los más pequeños (y a los mayores) la importancia de no olvidar a los que nos han dejado y mantener vivo su recuerdo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Piratas del Caribe – La venganza de Salazar

¡La vida pirata es la vida mejor! O al menos lo era en 2003, año en que se estrenaba con enorme éxito La maldición de la perla negra, la primera entrega de Piratas del Caribe. Basándose en una famosa atracción de sus parques temáticos, Disney devolvía el espíritu aventurero más clásico al cine, convirtiendo a su pintoresco protagonista, el Capitán Jack Sparrow (Johnny Depp), en uno de los piratas más icónicos de la historia, muchas décadas después de que los relatos de bucaneros hubieran dejado de estar de moda. Todo un logro, sin duda. Lógicamente, a la primera Piratas le siguieron varias secuelas, cada una peor que la anterior, hasta llegar a la cuarta, En mareas misteriosas, con la que que la saga tocaba fondo.

Seis años han pasado entre la universalmente abucheada cuarta parte y esta quinta que nos llega ahora, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, dirigida por los artífices de la nominada al Oscar Kon-TikiJoachim Rønning y Espen Sandberg. Disney ha empleado este intervalo para replantear la franquicia mientras dejaba que el mal sabor de boca se disipase. “¿De qué manera podemos recuperar el rumbo?”, se preguntó la Casa de Mickey. Y la respuesta les estaba mirando a la cara todo el tiempo (desde los despachos de Lucasfilm concretamente): volver a los orígenes. Así, La venganza de Salazar repite a grandes rasgos el esquema de La maldición de la perla negra, presentando a una joven nueva pareja, Henry Turner (Brenton Thwaites) y Carina Smyth (Kaya Scodelario), sucesores (en el caso de él literalmente) de Will Turner y Elizabeth Swann, después de que Orlando Bloom y Keira Knightley pasaran de salir en la cuarta parte. Depp, por su parte, sigue siendo el alma de la saga, pero su personaje recupera en esta ocasión un rol relativamente más secundario, de nuevo como alivio cómico y acompañante de los héroes de nuevo cuño, retirándose cuando le corresponde para dejar que los demás personajes brillen. Algo que se agradece, teniendo en cuenta que el público está cada vez más harto de los mohínes de Depp.

De esta manera, La venganza de Salazar vuelve al cóctel de acción, romance, misterio sobrenatural y humor con el que se ganó el beneplácito del público, con una historia más centrada y mejor estructurada que la anterior (cosa que no era muy difícil) y grandes dosis de imaginación para paliar en la medida de lo posible el inevitable cansancio de la saga. En esta ocasión, el Capitán Jack Sparrow se reencuentra con su antiguo némesis, el aterrador Capitán Salazar (Javier Bardem), que ha escapado del Triángulo del Diablo con la intención de surcar los mares en su navío maldito y matar a todos los piratas que se crucen en su camino. Incluido Sparrow. La única esperanza del pirata es encontrar el legendario Tridente de Poseidón, artilugio mágico que otorga a quien lo posea el poder de controlar los mares. Junto a Henry, Carina, y su tripulación de despojos, Sparrow emprende una nueva odisea en altamar para truncar los planes de Salazar.

Uno de los mayores aciertos de La venganza de Salazar es su villano titular, interpretado por Javier Bardem. El actor español sigue el ejemplo de su mujer, Penélope Cruz, y se une a la saga con infinitamente mejores resultados que ella (lo cual tampoco era complicado). Bardem compone a un buen villano, temible y grandilocuente, que se beneficia de un diseño y unos efectos digitales sobresalientes (el efecto del agua fuera del mar es fantástico), pero sobre todo de la presencia y el carisma del actor español. En cuanto a las jóvenes incorporaciones, Thwaites cumple (es igual de soso que su padre, así que nada que objetar), pero es Scodelario quien se lleva el pez al agua, interpretando con mucha energía a una heroína suspicaz, decidida y sabelotodo, que se suma a la corriente moderna de mujeres de armas tomar de Disney. La presentación de la pareja formada por Henry y Carina, la (gratificante) presencia de Geoffrey Rush como el Capitán Barbossa, más el retorno (aunque sea muy breve) de Bloom y Knightley en sus papeles originales, responde a una clara estrategia: regresar al pasado y recuperar el favor de los fans de la saga.

Pero afortunadamente, La venganza de Salazar no se queda el mero truco nostálgico (sí, han pasado 14 años desde la primera película, podemos hablar ya de nostalgia), sino que se esfuerza en crear una nueva aventura que se sostenga por sí misma. El film empieza con mucha fuerza, con un prólogo impresionante en el que visitamos el Holandés Errante, donde es fácil dejarse atrapar por el embrujo de su atmósfera casi terrorífica. Lo que viene a continuación es algo irregular, pero por suerte nunca cae al nivel de En mareas misteriosas, gracias sobre todo al buen hacer de sus directores manejando el timónDestacan especialmente las secuencias de acción, set pieces memorables por su sentido del humor (Sparrow robando el banco), por su violencia y oscuridad (los ataques de Salazar) y por su excelente acabado visual (la llegada a la isla de las estrellas y la lucha por el Tridente en el fondo del mar dejan imágenes mágicas preciosas). El ritmo solo decae en el tramo previo al clímax, pero el resto del metraje aguanta bien el tipo, proporcionando sólido entretenimiento escapista la mayor parte del tiempo.

Es cierto que Piratas del Caribe ya no es lo que era. La novedad queda muy atrás, las leyendas se agotan (sobre todo cuando calzas tantas en una sola historia) y la fórmula pierde frescura después de usarla tantas veces (¿Cuántas películas de Disney culminan con una emotiva escena de sacrificio? ¿Es ya obligatorio siempre rejuvenecer digitalmente a sus personajes?). Sin embargo, La venganza de Salazar capea el temporal de forma imaginativa y con mucha picaresca, llegando a buen puerto en lugar de dejarse hundir por los contratiempos. Los principales problemas que pueden deslucir la película a pesar de sus loables esfuerzos son los externos. La audiencia original se ha hecho mayor, la popularidad de Depp está en horas muy bajas y existe cierta fatiga con las secuelas (especialmente las que tienen al actor entre su reparto, ejem, Alicia a través del espejo). Claro que la escena post-créditos de La venganza de Salazar sugiere que esto no se ha acabado ni por asomo, planteando una sexta parte que a ver qué pirata se resiste a ver.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia es uno de los clásicos animados más venerados de Walt Disney. Su estreno en 1991 supuso un enorme éxito de público y crítica para la Casa de Mickey, que disfrutaba de una nueva edad dorada tras el éxito de La Sirenita, convirtiéndose en la primera cinta de animación nominada al Oscar a mejor película (una hazaña que tiene más mérito teniendo en cuenta que por aquel entonces solo había cinco candidatas). Su historia imperecedera, una animación (por aquel entonces) puntera y las magníficas canciones de Alan Menken y Howard Ashman hacían de ella una experiencia inolvidable que marcó a toda una generación de niños, y también a sus padres, una de esas películas que vimos una y otra vez hasta aprendernos de memoria cada diálogo y cada letra.

El tiempo no ha hecho más que consolidar La Bella y la Bestia como una de las mejores películas de Disney, por lo que era de cajón que el estudio no tardaría mucho en llevar a cabo su remake en acción real. Al éxito sin parangón de sus películas animadas y las de las marcas que conviven bajo su techo (Marvel, Star Wars, Pixar) se suman las recientes relecturas en carne y hueso que han convertido el propio catálogo de Disney en una mina de oro sin fondo. Después de que los primeros remakes (Alicia en el País de las MaravillasMaléfica) fueran más bien reinvenciones libres de sus respectivos clásicos animados, Disney ha seguido el camino de la adaptación más fiel con sus siguientes éxitos live-actionCenicienta El Libro de la Selva, a los que se suma ahora La Bella y la Bestia, con el que es su remake más parecido al original hasta la fecha.

Bill Condon (DreamgirlsLa Saga Crepúsculo: Amanecer) es el maestro de ceremonias de esta lujosa adaptación que, gracias a la cartera y la varita digital de Disney, cobra vida en un fastuoso espectáculo musical diseñado para hacer las delicias de los fans del clásico animado y lanzar un encantamiento a las nuevas generaciones. Como adelantaba, la nueva versión de La Bella y la Bestia no se distancia mucho de la película de 1991, es más, se trata de una reproducción enormemente precisa, con excepción de pequeños cambios y unos 20 minutos de metraje adicional compuesto por cuatro nuevas canciones y varias escenas que nos cuentan más sobre el pasado de los dos protagonistas. Es decir, una suerte de edición remasterizada y extendida de la misma película de siempre. Esto por supuesto plantea las siguientes cuestiones: ¿Cuál es su razón de ser más allá de la comercial? ¿Aporta algo nuevo esta iteración del cuento que nos han contado tantas veces? La respuesta corta es no. Pero hay muchos matices. Así que vayamos por partes.

La historia

Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado) y Evan Spiliotopoulos (Las Crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina de hielo) se ocupan de adaptar el libreto original, respetando la estructura argumental y dejando muchos de sus diálogos intactos, pero también incorporando variaciones y nuevo material. Está claro que la animación y la acción real son dos medios cinematográficos distintos con sus propias normas. Lo que en el clásico original no hacía falta explicar, en la película de carne y hueso tiene que seguir una lógica interna más sólida. En este sentido, los guionistas realizan un buen trabajo justificando los acontecimientos y las decisiones de los personajes, tapando los agujeros y en definitiva trasladando la historia al mundo “real” de forma satisfactoria. Aunque en el proceso se dejen mucho de lo que hacía más interesante y oscura a la versión animada.

La primera diferencia destacable es un prólogo que nos deja ver desde el principio la vida en el castillo del Príncipe y nos presenta a su corte antes de que la anciana les lance el encantamiento que los convertirá en objetos. Lo que en el clásico era una secuencia estática de dibujos que reproducían una vidriera se convierte en el primer gran número a lo Broadway de la película, sumergiéndonos de lleno en la ostentosidad barroca que caracterizará todo el metraje, mostrándonos un aumento del número de personajes de color y presagiando un papel más activo para la hechicera. A partir de ahí, todo transcurre más o menos como siempre. Solo que esta vez hay más humor, tanto físico como en los diálogos (maravilloso chiste zoofílico influido) y nuevas escenas que, aunque estén concebidas para completar huecos, lo que en realidad hacen es interrumpir la acción y provocar que la historia se vaya por la tangente. Aunque a priori pueda resultar atractivo saber más sobre las respectivas familias de Bella y Bestia, en realidad los flashbacks no aportan nada al conflicto central o a la relación de los protagonistas, lo que perjudica al ritmo, resta cohesión a la película y alarga innecesariamente su duración.

Los personajes

Lo que era progresista en 1991 ya no lo es tanto en 2017. Por eso hacía falta modificar al personaje de Bella (que ya de por sí era bastante menos pasiva que muchas de sus predecesoras) para adaptarlo a los tiempos que corren, y sumarse así a la corriente de nuevas princesas Disney, más independientes y resolutas, todo un reto teniendo en cuenta la problemática naturaleza romántica del cuento (ya sabéis, Síndrome de Estocolmo: la película). Esta es una de las razones por las que la Bella de Emma Watson es una decepción. Sí, esta Bella parece más autosuficiente y propensa a entrar en acción, y además comparte el ingenio para los inventos de su padre, pero a la larga, es el mismo personaje de hace 26 años (si acaso más insulso) y no la reinvención feminista que nos habían prometido, lo que supone una oportunidad desaprovechada para hacer algo interesante con ella -idea que se puede extrapolar a la película en general.

El resto de personajes tampoco presentan cambios muy significativos. Los objetos, lógicamente de diseño más realista, desempeñan la misma función que en el clásico (sirven como alivio cómico y recordatorio del encantamiento, mientras hacen de celestinos de los protagonistas) y Maurice vuelve a ser el catalizador de la acción y poco más (aunque Kevin Kline esté estupendo). Cabe destacar un mayor peso en la historia de Gastón (Luke Evans) y LeFou (Josh Gad), y el tan comentado “momento exclusivamente gay” del segundo. Aunque más bien deberíamos decir “momentos”, ya que el arco completo de LeFou tiene que ver con su amor no correspondido por el narcisista galán, al igual que en la original, pero de manera más abierta y sin dar lugar a la ambigüedad. Es decir, LeFou es gay, no hay debate al respecto, y esto, por sí solo, ya es un gran paso adelante. Es más, la película es entera e inequívocamente gay, con no solo un personaje LGBT, sino tres (mínimo), todo un regalo para los niños gays que crecieron con el clásico. Sin embargo, el tratamiento de LeFou y su condición sexual deja mucho que desear la mayor parte del tiempo, debido a la interpretación caricaturescamente afeminada de Gad y al hecho de que sea el objeto del chiste de mariquitas de siempre (completando así el regreso a los 90). Afortunadamente, todo esto se arregla durante el desenlace, ofreciendo merecida compensación al personaje (y al espectador) con un sorprendente final feliz que esperamos sea el principio de algo más grande y revolucionario en Disney, y no solo una nota gay a pie de página.

El reparto

Si La Bella y la Bestia es una película inconsistente e irregular es en gran medida porque su elenco se puede definir de la misma manera. Por un lado, el reparto de secundarios es de excepción, sobre todo los que dan vida a los objetos del castillo: La operística Audra McDonald como el Ropero, una desmedida Emma Thompson como la Sra. Potts (ella es genial, pero palidece comparada con Angela Lansbury), un nuevo personaje, el Maestro Cadenza, piano con la voz de Stanley Tucci, y sobre todo Ian McKellen y Ewan McGregor como Din Don y Lumière, dúo responsable de algunas de las escenas más simpáticas y entrañables del film. Todos parecen disfrutar “sobre el escenario”, aunque sus talentos quedan inevitablemente desperdiciados por las necesidades de la historia.

Por otro lado, ya hemos señalado la labor de Josh Gad, bastante irritante como LeFou (aunque tenga sus puntuales buenos golpes de humor), y el varonil Luke Evans, uno de los mayores aciertos de casting del proyecto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Emma Watson. Y he aquí uno de los mayores problemas del remake. La actriz nunca ha destacado por sus aptitudes interpretativas y carece de la presencia y la fuerza escénica que hace falta para protagonizar una superproducción de este calibre. A pesar de que conforme avanza el metraje se va haciendo con el personaje y acaba destacando en los pasajes más dramáticos, a Watson le viene todo muy grande, y verla desenvolverse en escena, especialmente durante los números musicales, puede ser una experiencia muy incómoda. Por suerte, su partenaire, Dan Stevens, ejerce el contrapunto perfecto para equilibrar la balanza y evitar que todo se vaya al traste. El actor británico es quizá el intérprete más sobresaliente de la película, y eso que se esconde tras una criatura digital no tan lograda como los animales de El Libro de la Selva (el realismo de su rostro es impresionante, pero se mueve de forma artificial y le falta gravedad). La gran expresividad de Stevens asoma bajo las capas de CGI de la Bestia, construyendo así al personaje más matizado de la película y aportando más humanidad que los actores de cuerpo presente.

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Los números musicales

Para alegría de los fans más puristas de La Bella y la Bestia, el remake respeta las canciones originales. Las melodías están prácticamente intactas, a excepción de un par de variaciones, como la que tiene lugar al final de “Gastón”, añadidos que en ningún momento desvirtúan las composiciones de 1991. En lugar de intentar mejorar lo inmejorable, Menken incluye cuatro nuevos temas, escritos junto a Tim Rice (AladdinEl rey león), la ya mencionada obertura, una nana, el nuevo tema central “How Does a Moment Last Forever”, con reprise interpretado por Watson y versión íntegra de Céline Dion para los créditos finales, y una balada solo para Stevens, “Evermore”. Canciones indudablemente bonitas (bien de autotune mediante para Watson y Stevens) que, no obstante, parecen descolgadas de la acción principal y no encajan del todo con el repertorio de siempre.

En cuanto a la puesta en escena, la película va de menos a más. La cosa no empieza muy alentadora con “Bella”, la secuencia de presentación de la protagonista y su pueblo al son de “Bonjour”. Con solo un par de planos, salta la vista que Watson no está a la altura. La actriz se mueve tímida e inexpresiva, como con miedo a romper algo, mientras a su alrededor los extras hacen lo posible por mantener el show a flote. Pero la culpa no es solo suya, Condon tampoco pone toda la carne en el asador, efectuando una copia descafeinada que carece del brío del número animado. Menos mal que ambos entran en calor, y los siguientes números hacen que la película despegue, sobre todo gracias a un reparto curtido en musicales: La de “Gastón” es una secuencia muy divertida (aunque nos priven del plano pecho-lobo), “Qué festín” es el showstopper que conocemos, con un barniz digital bastante hortera, y en la preciosa “Algo nuevo” es donde la película coge impulso y arranca de verdad, mientras que “Asalto al castillo” aporta la intensidad necesaria para dar lugar al clímax, terminando así con buena letra. Solo “Bella y Bestia”, la icónica escena del baile en el salón del castillo, supone una pequeña desilusión al no cumplir las expectativas (es imposible recrear la sensación al verla por primera vez).

Como suele ocurrir, pero en este caso más acentuadamente, conectar con La Bella y la Bestia depende de la predisposición de cada uno. Que sea un calco del clásico animado puede despertar el arrebato nostálgico necesario para disfrutar con el mero hecho de ver una de tus películas favoritas convertidas en algo tan majestuoso, o puede jugar en nuestra contra, precisamente por la misma razón: no hay nada como el original, por muy buena que sea la imitación. Lo que está claro es que tiene su encanto y lo que funcionaba en la animada funciona en el remake, básicamente porque se mantiene intacto. Sin embargo, trasladándola al universo real/digital se pierde mucho de lo que la hacía tan especial, a lo que no ayudan los problemas citados anteriormente: fallos de casting, falta de cohesión, cadencia atropellada, personajes con menos personalidad que sus análogos animados, inconsistencia entre números, alteraciones insustanciales…

La recreación es digna de asombro la mayor parte del tiempo (dirección artística, vestuario, peluquería, todo es excelente) y es evidente que Disney no ha escatimado en recursos, resultando en un espectáculo suntuoso y efervescente, astutamente confeccionado para reventar la taquilla, pero a la vez vacuo y superficial. Por mucho brillo y despliegue del que haga gala, esta versión está más apagada y falta de inspiración. Es decir, es básicamente la misma película, el mismo “cuento tan viejo como el tiempo”, solo que con menos vida, menos fuerza y menos magia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Rogue One – Una historia de Star Wars

Cuando aún no nos hemos recuperado del Episodio VII, el ya de por sí inabarcable universo de Star Wars se expande con el primer spin-off de la saga creada por George LucasRogue One: Una historia de Star Wars. Con esta nueva aventura, Disney y LucasFilm inician una serie de películas dedicadas a explorar otros rincones de la galaxia, dar a conocer a nuevos personajes, contar los orígenes de otros más familiares o rellenar los huecos cronológicos entre los episodios de las trilogías centrales. Con las historias de Star Wars, además, se pretende dar una oportunidad a nuevos cineastas para que realicen su aportación al legado de Star Wars, como Gareth Edwards (director de la espectacular aunque vacía Godzilla), que con Rogue One es el primero en coger las riendas de estas nuevas películas independientes de la saga.

J.J. Abrams logró reproducir el espíritu de las Star Wars originales con El despertar de la fuerza, una película que revisitaba el esquema de la primera Guerra de las Galaxias para presentarnos a un nuevo plantel de personajes de los que nos enamoramos al instante. Rogue One es algo diferente. Es puro Star Wars, pero a la vez se desmarca claramente de las películas principales, con un tono mucho más frío y oscuro y un planteamiento autoconclusivo. La película se remonta muy atrás en el tiempo, para situarse entre las dos primeras trilogías y ejercer como precuela directa de Una nueva esperanzaRogue One narra la historia de un improbable grupo de héroes de la Alianza Rebelde que emprende una misión imposible para robar los planos de la Estrella de la Muerte, el arma de destrucción masiva definitiva que ha desarrollado el Imperio con la ayuda de un brillante científico, Galen Erso (Mads Mikkelsen). Liderados por la hija de Galen, Jyn Erso (Felicity Jones), esta banda de inadaptados, solitarios y rebeldes improvisará un plan para infiltrarse en el planeta donde se esconden los planos y retransmitirlos a sus aliados, cueste lo que cueste.

Como si de una cinta bélica se tratase, Rogue One celebra las hazañas de los héroes anónimos que lo dieron todo para luchar contra el Imperio, y cuyas acciones fueron clave para el desarrollo de la guerra posterior. A partir de esta premisa, Edwards ha llevado a cabo una más que eficaz película en la que se vuelve a respirar el espíritu de la saga en cada plano, recurriendo a las mismas técnicas que Abrams usó en el Episodio VII -principalmente esa fotografía polvorienta y la recuperación de los efectos tradicionales, las armaduras reales y los animatronics, que se mezclan con el CGI más puntero (personajes humanos enteramente realizados por ordenador incluidos) para ofrecernos lo mejor del pasado y el presente de Star Wars. Pero a la vez, se respira aire novedoso, con un mayor énfasis en la acción pura y menos en la fantasía. Todo sin olvidar las numerosas conexiones y referencias a los Episodios (la participación de Darth Vader, sobre todo al final, es escalofriante), que hacen que sintamos en todo momento que estamos viendo una película 100% Star Wars, y no un producto derivado.

Sin embargo, Rogue One tiene sus problemas. La primera mitad se dedica a disponer las piezas de la historia, repartidas a lo largo y ancho de la galaxia, y la fragmentación que esto conlleva hace que a la película le cueste coger el ritmo. Los personajes no llegan a tener apenas profundidad, lo que hace que conectar con su historia sea más difícil. El humor chirría en ocasiones, y algunos chistes metidos con calzador no funcionan. Y el reparto, aunque sólido en general, tiene unos cuantos eslabones débiles que están a punto de estropear la función: Diego Luna, plano e inexpresivo, no consigue conectar del todo con Felicity Jones, cuando se supone que la relación entre Cassian y Jyn es uno de los núcleos emocionales de la película. Alan Tudyk pone voz a K-2SO, nuevo androide ideado para ser el alivio cómico que no es ni de lejos el robaescenas que creían tener entre manos (tiene momentos divertidos, no se puede negar, pero hay otros en los que roza el jarjarbinksismo). Y por último, Forest Whitaker, que está sencillamente ridículo.

Por el lado bueno, Jones compensa las carencias del reparto aportando la emoción que hace falta. Su personaje no es precisamente el colmo de lo complejo, pero la interpretación de la británica, silenciosa e intensa, es el pegamento que mantiene unidas todas las piezas (Jyn es líder, fuerza motivadora y amiga). Además, hay que destacar al resto de secundarios, que sí están a la altura, como los talentosos Mads Mikkelsen, Riz Ahmed y Ben Mendelsohn, que lo borda como el ambicioso villano de la película, y el dúo formado por Jiang Wen y Donnie Yen, que tienen muchas papeletas para convertirse en los nuevos favoritos del fandom.

Como decía, a la película le cuesta coger impulso. Durante la primera hora, la presentación y exposición narrativa puede resultar algo monótona, a lo que contribuye una fotografía más oscura (no apta para 3D) y unos personajes poco definidos. Sin embargo, una vez reunida la banda de Erso y tomada la decisión de robar los planos de la Estrella de la Muerte (con lo que la película se convierte en una heist movie), Rogue One despega. Y de qué manera. Cuando llega el último tercio nos damos cuenta de que la espera ha merecido la pena y la paciencia tiene su recompensa. Decir que el acto final de Rogue One es espectacular es quedarse corto. Este intensísimo clímax de media hora es de lo más impresionante que se ha visto en la saga, y en cualquier superproducción, un brutal despliegue visual y sonoro (con otro gran score de Michael Giacchino, continuador del maestro John Williams) que nos sumerge en una trepidante batalla a plena luz del día (genial contraste con el resto de la película). Pero no solo eso, sino que el tramo final también añade toda la humanidad que los personajes y el espectador necesitábamos para afrontar el desenlace. Bien está lo que bien acaba.

A pesar de su indudable cualidad épica, sus increíbles imágenes y secuencias espaciales, y sus potentes set pieces (todo lo que esperamos de Star Wars), Rogue One está lejos de ser perfecta. Sin embargo, su desarrollo in crescendo y su gran colofón hacen que salgamos del cine con muy buen sabor de boca, con la adrenalina disparada y la sensación de haber asistido a otra gran aventura de Star Wars, a lo que se añade ese mensaje de unión y esperanza que tan bien nos viene en estos momentos. Quizá sea una de esas películas que gane con los visionados o puede que solo sea una buena película de acción, que tampoco está mal. En cualquier caso, está claro que son buenos tiempos para ser fan de Star Wars.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Vaiana

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Como una de las proveedoras de entretenimiento para toda la familia más importantes (quizá la que más), Disney siempre ha estado en el punto de mira de todo el mundo, para bien y para mal. Por eso, a partir de los 90, la compañía se esforzó en aumentar la diversidad en sus historias y renovar los mensajes que sostenían sus películas. Así, a las princesas europeas de toda la vida se sumaron una árabe, una nativa americana, una china, una negra… Y a esta lista se incorpora ahora la primera princesa Disney de la Polinesia, Vaiana (en inglés conocida como Moana), protagonista del nuevo clásico animado que nos lleva al mundo antiguo de las islas del Pacífico sur para deleitarnos con un musical de aventuras en la tradición de la Casa de Mickey Mouse.

La historia de Vaiana comienza 3.000 años atrás, en un prólogo reminiscente de HérculesLa Bella y la Bestia con el que se nos introduce en el hermoso mundo y folclore del inmenso Océano Pacífico y las islas de Oceanía, donde los grandes navegantes recorrieron las aguas que los dioses de la naturaleza custodiaban. Sin embargo, desde hace un milenio, la tierra se muere y los viajes a través del mar han cesado, sin que nadie sepa por qué. Vaiana (Auli’i Cravalho) forma parte de una comunidad muy ordenada que se mantiene alejada de los peligros del océano profundo, hasta que la inquieta muchacha decide romper las reglas y aventurarse en las aguas en busca de una isla legendaria junto a Maui (Dwayne Johnson), poderoso semidiós con su propia misión que la ayuda a convertirse en una navegante de primera. Junto surcarán los mares en un viaje lleno de monstruos y peligros que llevará a Vaiana a intentar completar la labor de sus antepasados, salvar a su pueblo y encontrarse a sí misma.

Vaiana es puro Disney. Tanto el clásico como el moderno. Después del pelotazo absoluto de Frozen: El reino del hielo y de la genial Zootrópolis, la compañía se reafirma en sus intenciones de seguir renovándose sin dejar de ser fiel a lo que la convirtió en un referente en el cine familiarVaiana es un producto de su tiempo, una cinta que continúa la labor reformuladora que Disney está llevando a cabo con sus últimos títulos cinematográficos, desmontando estereotipos, prescindiendo del elemento romántico (o de la idea de que la única vía para la felicidad es encontrar el amor) y apostando por una narración más cercana a la actualidad, utilizando el metahumor (divertidos guiños a otros films Disney), la autocrítica amable y la autoparodia (“Si llevas vestido y tienes un amigo animal, eres una princesa”, “Si empiezas a cantar, vomito”) para conectar con el público del siglo XXI (los guionistas hasta se las arreglan para colar una referencia a Twitter).

Pero como decíamos, lo está haciendo sin sacrificar su sello personal, sin dejar de contar las mismas historias intemporales o lanzar el mismo mensaje de superación de siempre (persigue tu sueño, si te lo propones serás cualquier cosa que desees). Vaiana es quizá la película del Renacimiento de Disney en la que más claro se ve lo que estamos señalando. A la dirección se encuentran nada más y nada menos que Ron Clements y John Musker, los responsables de La SirenitaAladdin (además de Tiana y el sapo, con la que ya intentaron revivir el Disney clásico en 2009), dos veteranos del cine de animación que se han encargado de que en ella no falte nada de lo que constituye un Clásico Disney: la princesa (aunque Vaiana insiste en que no lo es), su monísima versión infantil, el sidekick animal (según Maui, el mayor indicio de que sí lo es), el deseo (Vaiana sueña con entrar en el mar, al contrario que Ariel), la prohibición ignorada, la aventura para restaurar el orden junto a un compañero incordio que acaba siendo un gran amigo, la muerte de un familiar en el primer acto para impulsar esa aventura, los números musicales… Pero además de esto, Vaiana tiene ese refrescante toque contemporáneo gracias a una protagonista decidida que toma las riendas de la aventura, a su énfasis en la amistad y la búsqueda de la identidad propia como eje narrativo, y a su distanciamiento, mediante una protagonista con proporciones más reales, del canon físico imposible que, con alguna excepción (Lilo & StitchAtlantis), se ha impuesto hasta hace bien poco.

Como ocurre con los recientes títulos de Marvel, que vive bajo el techo de la Disney, el mayor reproche que se le puede hacer a Vaiana es que juega demasiado sobre seguro. Su historia, aunque eficaz y llena de buenos momentos, resulta excesivamente convencional (incluso superficial), a lo que no ayuda el hecho de que su duración sea superior a la media de los Clásicos Disney (lo que hace que el ritmo se resienta en su segunda mitad). Sus diálogos son buenos, pero no extraordinarios, sus gags divertidos, pero no desternillantes (aunque atención a las transformaciones de Maui, sucesor directo del Genio, y que me perdone Robin Williams, y a la cachonda escena post-créditos), y en general da la sensación de estar viendo algo que ya hemos visto, con una nueva capa de barniz. Claro que, si lo miramos de otra manera, eso es exactamente lo que se busca, lo familiar, lo reconfortante, el regreso a lo conocido, algo en lo que Vaiana no falla. Quien busque algo más, quizá no lo encuentre.

Más que los simpáticos personajes o los animales adorables (un cerdito, Pua, que no sale tanto como querríamos, y una gallina turuleta, Hei Hei), lo que hace de Vaiana un espectáculo que merece la pena (sobre todo en cine) es su aspecto visual y su banda sonora. Que Disney está a la vanguardia de la animación y usa las técnicas más punteras es algo que sabemos de sobra, y que salta a la vista. Pero es que, aunque suene a tópico, en Vaiana alcanza un nuevo nivel de excelencia, con escenarios naturales de una belleza sobrecogedora, un apabullante dominio del movimiento, trepidantes secuencias de acción (una en concreto sorprendentemente inspirada en Mad Max) y unas texturas increíblemente tangibles (la piel más real que hemos visto en unos “dibujos animados” y una nitidez que asusta, por no hablar del cabello…). Y por último, y en este caso por ello quizá más importante, están las canciones. Temas compuestos por Opetaia Foa’i y el incombustible Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton), que son sencillamente de lo mejor que nos ha dado la Disney hasta ahora, composiciones muy creativas y melodías pegadizas que compensan con creces las carencias narrativas que pueda tener el film.

En definitiva, Vaiana toma los ingredientes de la segunda era dorada de Disney y los combina matemáticamente con los de su Renacimiento para realizar una película prudente pero infalible, un cuento de los de siempre que nos devuelve, envueltos en algodón y arrullados por las mejores canciones, a la época de La Sirenita Aladdin a la vez que continúa el acertado camino de la Disney actual.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Peter y el dragón

Peter y el dragón se basa en el clásico Disney de 1977 Pedro y el dragón Elliot, pero no es exactamente un remake, al menos no como lo ha sido recientemente El Libro de la Selva o lo será el año que viene La Bella y la Bestia. En lugar de “rehacer” fielmente la película original (que habría sido mala idea), un musical de tono ligero que combinaba acción real y animación tradicional, Disney ha optado por el camino de la relectura casi total, manteniendo a los dos personajes del título en español e ideas de la trama para relatar el cuento originalmente escrito por S.S. Field y Seton I. Miller de una forma completamente distinta. Para esta labor, el estudio del ratón Mickey escogió a un director cuanto menos sorprendente, David Lowery, conocido sobre todo por el drama indie En un lugar sin ley (Ain’t Them Body Saints). Lowery, que también co-escribe el guion, ha resultado ser una elección ideal, ya que se ajusta sin problemas al canon de Disney a la vez que conserva su estimulante personalidad fílmica, hallando una perfecta comunión de estilos que saca el máximo provecho de la historia y evita en todo momento que el cineasta se pierda en la fórmula del estudio.

Es decir, Peter y el dragón es una película Disney, pero también es una película de David Lowery. Y a la vez, sin dejar de ser homogénea y consistente en ningún momento, es muchas otras películas. Es un drama familiar con cierto aire a Sundance (no en vano, ahí está Robert Redford, aportando clase como secundario y cuentacuentos), un relato muy arraigado en la Norteamérica de los pueblos pequeños (a pesar de estar filmada en Nueva Zelanda), acogedor, cálido y entrañable (refuerza esta sensación la banda sonora de inclinación country, que sustituye a las canciones de la original), y también una aventura clásica que sigue el patrón de las películas con niño y amigo extraordinario de origen no humano. En ella encontramos trazas inconfundibles de títulos como E.T. El extraterrestreEl gigante de hierroDonde viven los monstruos Cómo entrenar a tu dragón. Sobre todo de las dos primeras repite numerosos lugares comunes y un esquema que hemos visto en muchas otras fábulas cinematográficas. Pero lejos de utilizar los referentes más arraigados en la memoria colectiva para realizar un pastiche nostálgico, Lowery extrae de ellos la esencia y la utiliza para crear una película intemporal, una que retrotrae a la infancia y recuerda al cine familiar de hace varias décadas sin recurrir en ningún momento al guiño específico.

De una manera u otra, todas las películas mencionadas manejan el concepto del amigo imaginario, que en Peter y el dragón es descrito en un momento dado como “alguien que te inventas para tener con quien hablar y evita que te sientas solo”. Esa es una de las ideas que bombea el (enorme) corazón de esta película, y que a la vez da paso a uno de sus temas centrales: la magia existe siempre y cuando nos permitamos a nosotros mismos verla. Elliot no es imaginario (como tampoco lo es E.T. o el Gigante de Hierro), es real como la vida misma, pero que solo Peter lo vea durante gran parte de la historia (el dragón se camufla haciéndose invisible), sirve a Lowery para hablarnos entre otras cosas de la niñez, la fe, la ignorancia (el gran villano de la película, como bien dice la cantante St. Vincent en su acertadísima mini-crítica en Twitter y con permiso de un más bien acartonado Karl Urban) y la necesidad de tener a alguien con quien compartir la soledad.

Porque Peter y el dragón es una aventura con una gran carga de emotividad, momentos luminosos y significativas dosis de optimismo e idealismo, pero también está construida enteramente sobre un poso de tristeza y melancolía (tono que se establece desde el magnífico prólogo, escena de gran impacto emocional similar al magistral inicio de Buscando a Nemo). Los instantes más simpáticos los aporta Elliot, una criatura digital absolutamente impresionante (no os dejéis engañar por los tráilers) que está ahí de verdad y se puede sentir (su aliento, su peso, su esponjosidad), lo que añade empaque visual al film y hace que su mensaje sea aun más efectivo (Elliot es real y todos lo queremos como amigo). Si en Cómo entrenar a tu dragón Desdentao estaba hecho a imagen y semejanza de un gato, Elliot es un perro verde gigante. El dragón, que en lugar de escamas tiene una deslumbrante y suave capa de pelo que lo convierte en un compañero de siestas perfecto, se mueve, actúa, reacciona y se comunica exactamente como un can, uno extra adorable, majestuoso, y volador, claro (un poco como Fujur de La historia interminable, que viene a la mente cuando vemos a Peter volar a lomos de él). Y si bien la preciosa relación entre Elliot y Peter es la principal atracción de la película, quizá los momentos más conmovedores se dan entre el niño y el personaje de Bryce Dallas Howard, Grace, la guardabosques que lo encuentra y lo acoge en su casa. La actriz ofrece una interpretación muy sólida y afectiva en plena sintonía con el no menos fantástico Oakes Fegley, que borda a este nuevo Peter con parte de Mowgli y parte de Jack de La habitación. Al final, Peter y el dragón no es solo una historia sobre la amistad, sino también el relato de la creación y unión de una familia (tradicional y nuclear, todo hay que decirlo), formada por diferentes miembros que han perdido o andan buscando ese sustituto del amigo imaginario para dejar de sentirse solos.

En este sentido, la película cae por momentos en el exceso de almíbar, pero su naturaleza es tan sincera y exenta de ironía o manipulación, que es fácil perdonarle los deslices sentimentaloides. Ante todo, estamos ante un trabajo de un equilibrio absoluto, un film sencillo, bien contado y excelentemente dirigido. La labor de Lowery nos confirma a un director de considerable talento para narrar visualmente, un cineasta con temple y visión que ha sabido conjugar con suma elegancia la sensibilidad del blockbuster actual (es su primer película “de estudio”) con el intimismo de un cine más “pequeño”, dando tanta importancia a la dirección de actores como al espectáculo. Todo sin dejar de cumplir con la etiqueta disneyana de “cine para toda la familia”. Efectivamente, Peter y el dragón es una película hecha para el disfrute de grandes y pequeños, hecha para ahora y para durar en el tiempo, una de esas aventuras clásicas (en el mejor sentido cinematográfico de la palabra) que captan el asombro y la magia de la infancia, tal y como nos la mostró el mejor cine familiar de los 80 y los 90.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Buscando a Dory

FINDING DORY

Aunque no lo creáis, han pasado ya 13 años del estreno de Buscando a Nemo, la joya acuática de Pixar. Por tanto, los niños que fueron a verla al cine rondan ya la veintena, y recuerdan la película como parte de su infancia. Es algo similar a lo que ocurrió con Toy Story 3, en la que su público había crecido con Andy. Pixar se ha vuelto incluso más astuta con los años, y (dejando a un lado el caso de la muy lucrativa Cars) de momento ha sabido elegir bien el momento adecuado para lanzar las secuelas de sus éxitos (atención, porque la de Los Increíbles llegará 15 años después de la original). Buscando a Dory (Finding Dory) hace lo mismo que la tercera parte de Toy StoryMonstruos University, aprovechar la nostalgia que las primeras películas del estudio de Emerville generan en tiempo récord para contar una historia empapada de recuerdos y afecto. La jugada les ha salido redonda, porque Buscando a Dory no solo ha roto el récord de mejor estreno de la historia para una película animada, sino que es una secuela más que digna, una película que despierta un cariño enorme y divierte sin parar. Es decir, lo que uno espera normalmente de Pixar.

Buscando a Dory empieza tocando la fibra desde el primer minuto. En el prólogo conocemos a Dory cuando era una adorable cría de pez con los ojos enormes intentando aprender a vivir con su dificultad para el aprendizaje, la falta de memoria a corto plazo, con ayuda de sus padres, Charlie y Jenny. De esta manera, la película dirigida por Andrew StantonAngus MacLane apela a una mayor compasión (y admiración) hacia un personaje ya de por sí querido por la audiencia, para a continuación contarnos más sobre su historia, descubrirnos la tragedia existencial que la define (pero no la “hunde”, porque ya sabéis, “sigue nadando”): en un despiste, Dory es arrastrada por una corriente y se pierde. Aunque trata de recordar a sus padres, pronto se olvida de que está buscándolos, hasta que un día se acuerda de su gran propósito y decide emprender una odisea junto a Marlin Nemo para reencontrarse con ellos.

La premisa de Buscando a Dory es similar a la de su predecesora. Con una diferencia: esta vez no sabemos si Charlie y Jenny siguen vivos, y si lo están, si seguirán en el mismo sitio donde Dory los vio por última vez. Esto añade un factor de inquietud (y ansiedad) que funcionará como combustible para vivir el viaje de Dory con mayor implicación y desear aun más que la protagonista halle la satisfacción emocional que busca (y nosotros a través de ella). Con esta incertidumbre, pero también con empeño y voluntad de hierro, Dory cruza el océano valiéndose de la ayuda de sus amigos, hasta llegar al Instituto de Vida Marina de California (“La joya de Morro Bay, California” se convierte en algo así como la “P. Sherman Calle Wallaby 42 Sídney” de la secuela), donde Sigourney Weaver nos da la bienvenida, con el que será uno de los gags recurrentes más geniales que Pixar ha hecho. Allí es donde Buscando a Dory se distancia considerablemente de la primera entrega, planteando una vuelta de tuerca que, a pesar de resultar trepidante y ocurrente, hace que se pierda parte de la magia y el asombro que caracterizó a Buscando a Nemo. Y es que, paradójicamente, la mayor parte de la historia de Buscando a Dory transcurre en tierra firme. Es decir, los personajes siguen bajo el agua (en tanques, peceras, cubos, jarras de cafetera, etc), pero la acción en el Instituto tiene lugar fuera del agua. Esto obliga a que los guionistas se vuelvan más creativos que de costumbre para encontrar la manera de que mover (literalmente) a sus protagonistas (que no pueden avanzar fuera del agua por sí solos) y que la historia no se estanque. Y lo cierto es que, aunque salen airosos en general, a ratos da la sensación de que la aventura está demasiado forzada, de que los giros, los trucos para progresar narrativamente y las soluciones a los obstáculos son demasiado azarosos, hasta para una cinta de animación protagonizada por peces parlanchines.

FINDING DORY

A pesar de perder parcialmente el encanto misterioso y la belleza de sumergirse el océano para atravesar el gran desconocido junto a los personajes, Buscando a Dory compensa la ausencia de factor sorpresa con armas de sobra: diálogos de gran ingenio, un timing cómico perfecto (gracias de nuevo al excelente cast de voces originales, encabezado por Ellen DeGeneres), brillante humor físicoacción sin freno, fantásticos nuevos personajes (el film combina acertadamente lo conocido y lo nuevo) y por encima de todo, grandes dosis de ternura. También huelga decir que técnicamente sigue siendo sobresaliente, que a pesar de mostrarnos escenarios más “mundanos”, la película sigue fascinando con su animación, sus colores más vivos que nunca y sus texturas etéreas y resplandecientes (aunque no se vea en 3D, la experiencia de Buscando a Dory es lo más semejante a las tres dimensiones sin gafas que nos ha dado el cine de animación reciente). Y por supuesto, como casi todo lo que hace Pixar, esta secuela está llena de momentos memorables (nunca mejor dicho), de escenas que provocarán la risa y el llanto con la misma facilidad (es decir, con la misma maestría)

Si bien llega un momento en el que la amnesia de Dory puede resultar inevitablemente repetitiva, la película se las arregla para que nunca llegue a ser un problema grave, desarrollando al personaje (y a sus compañeros) de la manera más satisfactoria posible. Enseñándonos que, si la película se titula Buscando a Dory, y no Buscando a Charlie y Jenny, es por algo. Es porque la verdadera búsqueda que nos cuenta la película es la que Dory realiza para encontrarse a sí misma, para seguir nadando a pesar de las dificultades que conlleva vivir con una discapacidad (uno de los temas más importantes de estas películas) y descubrir la importancia de la familia y los amigos, que, como no podía ser de otra manera, en el caso de Dory son lo mismo. Y a su vez, Dory funciona como ejemplo a seguir para sus amigos (“What Would Dory Do?”), que observan cómo su amnesia le obliga a estar más alerta a los peligros (y también las maravillas) de la vida, a vivir el presente al máximo, y a no rendirse ante las adversidades. De esta manera, Buscando a Dory se alza como otro gran triunfo para Pixar, una comedia de acción infalible y profundamente entrañable que, por encima de todo, nos enseña una gran lección de perseverancia y compañerismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Alicia a través del espejo

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

El remake en acción real de Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los mayores éxitos de 2010, superando en taquilla la impresionante cantidad de mil millones de dólares en todo el mundo. Sigue resultando sorprendente, ya que la película dirigida por Tim Burton no está considerada a día de hoy como uno de los mejores trabajos del director de Eduardo Manostijeras o uno de los títulos más aclamados de Disney, que lleva ya unos cuantos años imparable en la box office y con la crítica y el público en el bolsillo. Pero lo cierto es que Alicia supuso un éxito extraordinario para la Casa de Mickey Mouse (y no solo en los cines, sino que también generó un boom duradero de mercadotecnia), por lo que era de cajón que volveríamos al País de las Maravillas para vivir más aventuras junto a Alicia Kingsleigh (Mia Wasikowska) en la secuela que nos llega ahora, Alicia a través del espejo.

James Bobin, director de las dos películas del reboot cinematográfico de Los Muppets, toma el relevo de Burton, que permanece en la franquicia como productor. En Disney debieron pensar (lógicamente): ‘Si algo funciona, ¿por qué arreglarlo?‘ Muchos elementos de la primera Alicia no recibieron el beneplácito de la audiencia, pero en lugar de intentar corregirlos, se ha hecho una secuela continuista al 100%. Es decir, Bobin sigue la senda marcada por Burton, y aunque se podría detectar algo de su sentido del humor en algunas escenas, en general el director se ha encargado de reproducir al dedillo la visión de Burton. De esta manera, Alicia a través del espejo se basa de nuevo muy libremente en la obra de Lewis Carroll para continuar la reimaginación de sus historias en clave de épica fantástica. La nueva Alicia es la misma Alicia, un estallido de color y animación digital que puede resultar tan goloso como empalagoso y que repite las mismas claves de la primera película.

Una de las novedades que planteaba la película de Burton era una Alicia de armas tomar, es decir, una versión más fuerte y decidida de la creación de Carroll, que lejos de llorar ante las adversidades como la Alicia animada de Disney, se enfundaba en una armadura para derrotar al Galimatazo, en un glorioso arrebato feminista que ha calado hondo en la Disney reciente y que por supuesto se recupera en la nueva película. En A través del espejo nos reencontramos con esa misma chica valerosa y resuelta, ahora convertida en capitana de su propio barco, siguiendo los pasos de su padre. A su vuelta a Londres, Alicia se encuentra con que el mundo sigue regido por los anticuados puntos de vista sobre el papel de la mujer, y tanto ella como su madre ven cómo sus planes de futuro peligran por culpa de esto. Pero antes de poder lidiar con sus problemas allí, Alicia atraviesa un espejo mágico para regresar al Submundo, donde tendrá que embarcarse en una aventura en el Océano del Tiempo para salvar a un “descolorido” Sombrerero Loco (Johnny Depp), sumido en una depresión después de perder a su familia en la batalla contra el Galimatazo. Efectivamente, Alicia a través del espejo no solo se distancia enormemente del material original, sino que además hace retcon de su predecesora para contarnos varias historias de orígenes, la del Sombrerero (que no está loco de nacimiento, sino que su carácter tiene su origen en su relación con su padre) y la de las hermanas Mirana (Anne Hathaway) e Iracebeth (Helena Bonham Carter).

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

Alicia a través del espejo es más comparable a Regreso al futuro que a la obra de Carroll. Para salvar al Sombrerero, Alicia debe tomar prestada la Cronosfera de Tiempo (un muy acertado Sacha Baron Cohen) y viajar al pasado para resolver un misterio que la llevará a cruzarse con sus amigos y enemigos en diferentes etapas de sus vidas, a la vez que huye de Tiempo, que corre el peligro de perecer (y con él el mundo entero) sin la Cronosfera. Así, la película se construye (por decirlo de alguna manera) como una odisea a través del tiempo, aumentando considerablemente las dosis de acción y, sin embargo, perdiéndose en mil y un dobleces temporales y las correspondientes paradojas que no hacen sino añadir confusión y caos a la ya de por sí endeble historia (una historia a la que el caos le debería sentar bien, porque es su estado natural, no perjudicarla tanto). Al final, a Alicia a través del espejo le falta imaginación (pecado capital teniendo en cuenta el material del que parte) y vuelve a caer en el mismo error que la primera entrega: dar prioridad al envoltorio sobre lo que hay (o debería haber) dentro de la caja, al espectáculo sobre la sustancia. Y aunque hay bastante que admirar en Alicia a través del espejo (sobre todo el diseño de producción y el suntuoso vestuario de Colleen Atwood), falta lo más importante, la emoción y la profundidad que otras recientes adaptaciones en acción real de Disney sí nos han dado, lo que ha elevado el listón de lo que esperamos del estudio.

Por el lado bueno, en un universo creado casi enteramente por ordenador, el reparto ‘humano’ vuelve a compensar el exceso CGI, tanto los que están de cuerpo (más o menos) presente como los que prestan sus voces a la fauna de Wonderland (como Alan Rickman, que provoca escalofríos con sus cuerdas vocales por última vez). Con permiso de una más que correcta Wasikowska, son Helena Bonham Carter y Anne Hathaway las que más vuelven a brillar con luz propia, la primera además añadiendo capas de matices a su divertidísima interpretación (es mala porque está dolida por el pasado) y la segunda demostrando de nuevo su gran vis cómica, con un personaje que parece haber tomado apuntes de la Giselle de Encantada. El eslabón más débil sigue siendo Johnny Depp como el Sombrerero Loco, que, aunque esta vez no baile (gracias al Cielo), sigue saturando tanto o más que los cromas. Claro que su interpretación caricaturesca encaja perfectamente con la propuesta cuasi-animada de la película, y otra cosa habría desentonado. En este sentido, Alicia a través del espejo no engaña. Su objetivo es contentar a esos millones de personas que disfrutaron (suponemos) con el (intencionado) exceso hortera y la épica colorista de este rediseño de los mundos de Carroll (que sigue teniendo cuerda para más partes, ya que las películas han desarrollado un universo propio con vida más allá de los libros). Se podía haber intentado corregir lo que no funcionaba de la primera entrega, pero se ha optado por repetir la fórmula del éxito, aunque haya supuesto volver a vender el alma al tiempo.

Nota: ★★½

Crítica: El Libro de la Selva

THE JUNGLE BOOK

El libro de la selva (1967) es uno de los Clásicos Disney más queridos por varias generaciones. Pero también uno de los más difíciles de adaptar para el público actual. Sin embargo, en la Casa de Mickey Mouse, que está viviendo una gran época de esplendor, han debido pensar que no hay reto lo suficientemente grande para ellos. Porque todo queda en familia, el estudio cuenta con Jon Favreau (director de las dos primeras Iron Man) para orquestar un proyecto de gran envergadura, una película ambiciosa y muy complicada de realizar que podría haber salido muy mal, y sorprendentemente funciona a todos los niveles.

La película animada original, más que una historia propiamente dicha, es una serie de viñetas que nos muestran los encuentros de Mowgli con los diversos animales que pueblan la selva donde se ha criado junto a los lobos. El remake de El Libro de la Selva conserva esa misma estructura fragmentada, heredada sin lugar a dudas del material original, la colección de relatos escritos por Rudyard Kipling, pero posee un hilo argumental más definido que mantiene más o menos cohesionada una historia con tendencia a irse por las ramas (nunca mejor dicho). El guion de Justin Marks se apoya más en la obra de Kipling que el clásico de los 60, pero también se encarga de rendir continuo homenaje a la película animada, rehaciendo las escenas clave de la misma (de las que Disney no habría permitido prescindir) y rescatando sus canciones más populares. Como ocurría con CenicientaEl Libro de la Selva es la misma película, pero a la vez es distinta.

THE JUNGLE BOOK

Y hablamos de “remake en acción real”, pero en realidad El Libro de la Selva podría contar como película de animación casi al 100%, en la que prácticamente lo único “real” en ella es el niño protagonista, el torbellino de energía Neel Sethi (un Mowgli muy propio, más niño de verdad que niño actor). Los escenarios naturales de la película están realizados casi íntegramente por ordenador, con un hiperrealismo tan conseguido que será difícil creer que lo que tenemos ante nuestros ojos no existe (asombrosamente, no se le ven las costuras). Y si los escenarios fotorrealistas quitan el hipo, la animación de los personajes que acompañan a Mowgli en su aventura es de otro mundo, tanto que se olvida pronto que son animales realistas parlantes. Sin miedo a exagerar, El Libro de la Selva supone un nuevo hito tecnológico en el cine, un testimonio de su gran avance en los últimos años. Las texturas y los movimientos de Bagheera, Baloo o la manada de lobos de Mowgli (qué adorables los cachorros), unido a la increíblemente orgánica integración de las creaciones CGI con el protagonista (cuando Mowgli toca a un animal, lo está haciendo de verdad), hacen que El Libro de la Selva suponga una experiencia visual sin igual.

El elemento tecnológico y el énfasis en la acción podrían haber jugado en detrimento de todo lo demás, pero El Libro de la Selva no deja que el espectáculo engulla su corazón, que late bien fuerte en todo momento. La película rebosa emoción, y, aunque ya hemos dejado claro que narrativamente es muy dispersa, se las arregla para que su frágil estructura y sus vaivenes tonales (del humor más simpático al puro terror en dos sencillos pasos) funcionen en todo momento. Solo hay un par de salidas de tono en el film, algún que otro chiste anacrónico y el número musical del Rey Louie, sin duda impresionante a nivel técnico y visual, pero completamente fuera de lugar. Por lo demás, un Favreau bastante solvente consigue que nada resulte excesivamente disparatado, que nada rechine, lo cual es un logro enorme teniendo en cuenta lo ambicioso y rocambolesco que es el proyecto si nos paramos a pensarlo, y lo difícil que era convertir el material original en una superproducción disneyana del siglo XXI.

THE JUNGLE BOOK

Y por supuesto, hay que elogiar el excelente trabajo de doblaje de la película, que justifica por sí solo la creación de una categoría a Mejor Interpretación de Doblaje en los Oscar. El reparto de voces en inglés es inmejorable, y más allá de las maravillas informáticas del film, son sus formidables interpretaciones las que hacen que los animales cobren vida de verdad: Ben Kingsley, Lupita Nyong’o, Giancarlo Esposito, Christopher Walken, Scarlett Johansson (con una participación muy breve, aunque al menos tiene una preciosa canción en los créditos), y sobre todo Idris Elba, cuya voz hace que el ya de por sí imponente tigre Shere-Khan resulte más terrorífico aun, y un pletórico Bill Murray, que vuelca toda su personalidad en el papel para convertirse en el Baloo perfecto. Sería un crimen perdérsela en versión original.

El Libro de la Selva es un espectáculo cinemático muy calibrado, una película tremendamente física (y sonora) que invita a sumergirse en sus preciosas imágenes, pero no se olvida de la importancia de compensar la pirotecnia con la emoción (ya sabéis, fórmula Disney). El déficit de atención de su argumento hace que a ratos se tambalee, pero nunca llega a ser un problema grave gracias a un guion que pone la excelencia técnica a su servicio, para favorecer el drama y la comedia siempre que es necesario. En definitiva, otro triunfo de una Disney imparable.

Nota: ★★★★