Crítica: El viaje de Arlo (The Good Dinosaur)

THE GOOD DINOSAUR

Pixar quería hacer una película de dinosaurios. Pero no sabía cómo hacerla. Es raro que el gigante de Emerville no sepa cómo hacer algo, pero el tiempo nos ha demostrado que hasta ellos atraviesan baches creativos. El viaje de Arlo (The Good Dinosaur) es uno de los proyectos más longevos de la compañía, un sueño de John Lasseter que, a pesar de los problemas “tras las cámaras”, el jefazo se negó a abandonar (como sí ocurrió con Newt). En 2009, las riendas del proyecto recaían en Peter Sohn, dibujante del departamento de arte que había dirigido uno de los cortos más queridos de Pixar, Parcialmente nublado. Tras múltiples intentos fallidos de encontrar la historia, el género y el tono, Sohn propuso una simplificación del esquema narrativo de la película y una vuelta a los orígenes: The Good Dinosaur sería la clásica aventura de regreso a casa protagonizada por un niño y un animal que aprenden el uno del otro haciéndose amigos durante su periplo. Con una diferencia, el niño es un dinosaurio, y el animal es un niño. Nada más. Y nada menos.

Sohn y su equipo se emplearon a fondo para sacar adelante una película que se desviaba el sendero habitual de Pixar. El viaje de Arlo no presenta un concepto original o una idea maestra. Se trata de una sencilla película dirigida a los más pequeños, una que además recuerda demasiado a otros clásicos animados como En busca del valle encantado, El Libro de la Selva y sobre todo El Rey León (de la que toma prestadas más de una idea y más de una escena) o maravillas más recientes como Donde viven los monstruos y Cómo entrenar a tu dragón. El viaje de Arlo se puede disfrutar a cualquier edad, claro, pero no plantea un elaborado discurso por capas del que los adultos puedan sacar conclusiones a las que los niños no puedan llegar. El guion es minimalista, cuenta con pocos personajes, su humor es inocente (que no infantiloide, ojo) y el conflicto se desarrolla y se resuelve de la manera más común. Es decir, no se debe medir por el mismo rasero que Inside Out o Up. Ahora bien, la película compensa su falta de originalidad o riesgo con un apartado técnico impresionante y (lo más importante) una fuerza emocional casi primaria que se traduce en algunas de las secuencias más bellas que nos ha dejado el estudio en los últimos años.

Como hemos dicho, El viaje de Arlo plantea una odisea clásica protagonizada por un niño de 12 años que se pierde y ha de regresar con su familia, un viaje de autoconocimiento en el que este debe hallar el valor que lleva dentro. Es una historia que hemos visto en incontables ocasiones en el cine (especialmente en Disney/Pixar, donde además siguen insistiendo en los protagonistas huérfanos de padre, madre o ambos), pero nunca de manera tan visualmente potente. El viaje de Arlo está ambientada en la Frontera, y toma prestados muchos motivos del cine del Oeste, que traslada adecuadamente al infantil. Sohn imprime el film con un aroma a western que se puede respirar sobre todo en el segundo acto, cuando entra en escena el trío de T-Rex que ayudan a Arlo a retomar su camino de baldosas amarillas, y que se traduce en impresionantes puestas de sol e inabarcables paisajes naturales de Norteamérica. Estamos acostumbrados a la excelencia técnica de Pixar, y puede sonar al tópico de siempre, pero El viaje de Arlo se supera en este aspecto, con unos escenarios hiperrealistas que dejan sin aliento -resaltan aun más en contraste con los personajes de diseño completamente cartoon-, una iluminación increíble y unas texturas que prácticamente se pueden tocar.

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En cuanto a la historia, en El viaje de Arlo no hay un gran villano al que derrotar (aunque sí haya personajes malvados de los que escapar). La lucha más importante que se libra en la película es la de Arlo contra la naturaleza. Estamos ante una historia de resistencia y supervivencia donde los peligros son implacables e impredecibles. Arlo debe superar los miedos que le impiden avanzar, literal y figurativamente, y lo hace a base de duros golpes, pruebas y accidentes en los que el pequeño dinosaurio teme por su vida. El niño protagonista es forzado a verse las caras con la muerte, a entenderla, a aprender lo que significa la pérdida y cómo superarla, a no dejarse hundir por la desesperación. Y he aquí la mayor diferencia entre El viaje de Arlo y otros films similares, en que no tiene reparos en mostrar las verdaderas consecuencias de la violencia, algo que no solemos ver en el cine para niños. Arlo sale magullado, amoratado, exhausto, incluso vemos su cuerpo ligeramente enrojecido y ensangrentado. La intensidad de algunas escenas supone un distanciamiento considerable en este tipo de cine, y da lugar a un espectáculo más físico y salvaje, en fuerte contraste con su tono infantil. La naturaleza es bella, pero también peligrosa, y Sohn quería dejar constancia de ambas verdades.

Exceptuando esta particularidad, la de El viaje de Arlo es una historia excesivamente convencional, incluso rutinaria, un relato arquetípico sobre lo que supone hacerse mayor, repleto de tópicos del cine de animación de Hollywood, que nos narra la transformación de un niño (recordemos, en este caso un dinosaurio) que se ve obligado a crecer. Pero El viaje de Arlo también es la historia de una preciosa amistad, la que se forja entre el protagonista y su compañero de viaje, Spot, un niño criado en la naturaleza que se comporta como un animal salvaje (él es uno de los muchos bichos curiosos que desfilan por la pantalla). Spot ejerce de necesario contrapunto al carácter quejica y a ratos irritante de Arlo, protagonizando junto a él las escenas más divertidas, tiernas y conmovedoras del film, magníficas secuencias casi mudas rebosantes de expresividad y comunicación que recogen lo mejor de las películas con niño y amigo no humano (El gigante de hierro –en la que Sohn participó-, El corcel negro, E.T.) y demuestran una gran maestría para narrar sin diálogos.

El viaje de Arlo no es la película de dinosaurios que esperábamos de Pixar, sino un regreso al Disney clásico. Sin embargo, en su largo proceso de metamorfosis, ha logrado convertirse a la vez en algo realmente diferente, en una de las experiencias más viscerales y puramente cinematográficas del cine de animación reciente.

Valoración: ★★★★

Parque Jurásico: La vida se abre camino

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Todo empezó como un circo de pulgas hace exactamente dos décadas. Una gran ilusión que se convirtió en un gran sueño que aun perdura. Con Parque Jurásico (1993), Steven Spielberg logró repetir, e incluso superar, la influencia que una década antes había ejercido con Indiana Jones en busca del arca perdida (1981). Si Indy convirtió la arqueología en la carrera predilecta para toda una generación de niños y niñas, los dinosaurios de Parque Jurásico hicieron lo propio con la paleontología. Da igual que años después nos diéramos cuenta de que la arqueología no garantizaba el uso del látigo y de que ser paleontólogo consistía básicamente en estudiar biología y con suerte desenterrar huesos -como bien nos advertían Alan Grant y Ellie Sattler-, la labor de romantización que ejerció Spielberg con ambas profesiones nos cambió a todos los esquemas (aun estamos esperando una película suya que revitalice las lenguas muertas, para que podamos usar el latín y el griego para algo más que para tener buena gramática). A partir de la novela de Michael CrichtonSpielberg nos convenció de que lo imposible era posible, de que lo de los dinosaurios podía pasar de verdad. Y había que estar preparado.

Pero los dinosaurios de Spielberg despertaron pulsiones mucho más irrefrenables entre nosotros, las creativas, las artísticas. Toda generación tiene una película que le hizo pensar “me quiero dedicar al cine”. Y esta es la nuestra. Aunque la profesión de cineasta es aun más idílica e infructuosa que la de arqueólogo o paleontólogo, y solo un 1% acabara intentándolo de verdad, Parque Jurásico al menos nos enseñó desde pequeños qué es eso de amar el cine. Porque, ante todo, la película es una oda al cine de aventuras de primera mitad del siglo XX, un evidente homenaje a los monstruos de Ray Harryhausen. Solo hay que revisitar el King Kong de 1936 protagonizado por Fay Wray para darnos cuenta de hasta qué punto Parque Jurásico bebe de ella. Con la película de Spielberg conocimos las verdaderas posibilidades del cine -espectáculo. Desde el mismo instante en el que se abren las grandes puertas del parque y John Hammond nos dice aquello de “Bienvenidos a Jurassic Park“, nuestra realidad queda alterada para siempre.

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Y luego está la dinomanía. La obsesión por estos animales prehistóricos nos convirtió en auténticos expertos en la materia. Pensándolo bien, ¿para qué íbamos a estudiar paleontología si teníamos los álbumes de cromos de Bollycao? Los dinosaurios fueron las verdaderas estrellas de los 90, las que estaban en todas las fiambreras (y eso que nosotros no éramos tan de lunch-boxes como los americanos), en todas las colecciones kioskeras de la vuelta al cole (¿quién no tuvo la espina dorsal y las costillas de madera del tiranosaurio rex?). Lo dinosaurios despertaban de su letargo de 65 millones de años para conquistar el mundo, aunque como todas las modas, no tardaran en desvanecerse y convertirse en pasto de los nostálgicos. Después llegaron los Pokémon, que si me lo permitís, basaban gran parte de su éxito en la misma inquietud coleccionista que nos empujaba a conocer y catalogar a todas las especies de dinosaurio. Pero eso es otra historia.

Con motivo del vigésimo aniversario del estreno de Parque Jurásico (adelante, entonad el “¡qué viejos somos!”) Universal Pictures nos permite regresar a la Isla Nublar para revivir las aventuras en el parque temático donde si las atracciones fallan, te comen. El reestreno de la película de Spielberg supone una oportunidad de oro de la que salen ganando todos (incluido el titán del cine, que este año ha superado récords de recaudación con sus estrenos): los que la vimos en el cine y hemos repetido en casa en incontables ocasiones, los que se la perdieron en salas pero igualmente se obsesionaron con ella en VHS, y las nuevas generaciones que no la hayan visto aun (aunque me niego a creer en esa especie). Además, Universal no ha reparado en gastos a la hora de enlucir una de las joyas de su corona, y ha llevado a cabo una restauración brutal (con una resolución en 4K) y una conversión a 3D que reconciliará a más de uno con esta tecnología, aunque sea durante dos horas.

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Es la primera vez que yo veo una película en 3D en la que la tecnología está al servicio del cine y no al contrario. Con Parque Jurásico 3D nos adentramos en la Isla Nublar y sentimos sus peligros más cerca que nunca, haciendo que el ejercicio de regresión a la infancia al que nos sometemos sea aun más poderoso, incluso catártico. La fascinación que siempre hemos sentido por las impactantes y perdurables imágenes de esta película se ve reforzada por las tres dimensiones, que resultan especialmente efectivas en secuencias como la del ataque del Tiranosaurio Rex o la que es una de las mejores escenas de suspense de la historia del cine: Tim y Lex escondiéndose de los velocirraptores en la cocina.

En definitiva, tenemos la oportunidad de revivir una película que nos conocemos de cabo a rabo, de descubrir que el tiempo no ha pasado por ella y explorarla con nuevos ojos. Los mismos que la vieron por primera vez hace 20 años, los del niño que no puede, ni quiere, parpadear durante todo el metraje. Y la volvemos a disfrutar y adorar con los mismos agujeros de guion (¿es Jurassic Park la película más imperfectamente perfecta de la historia?), con las mismas escenas icónicas que alteraron nuestra percepción del día a día para siempre (yo nunca veo ondas en el agua sin gritar, aunque sea en la cabeza, ¡T-Rex!, como nunca me como una gelatina sin antes imitar a Lex viendo al velocirraptor en el Centro de Visitantes), con la magnánima banda sonora de John Williams, y con la entrañable sobreactuación de Laura Dern (¡¡Cooorree, cooorre!!”). Además, la película se reestrena en España conservando el doblaje original, así que el recuerdo se mantiene inalterado. A pesar de ser detractor a muerte del doblaje, yo necesito ver esta película en castellano 9 de cada 10 veces, y repetir con los personajes todas esas frases que nos sabemos de memoria: “¡Señor Arnold!?” “Galli– galli– ¡gallimimus!”, “He vomitado”, “Lo ha logrado, ese hijo de puta lo ha logrado” o “¡Ah, ah, ah! ¡No has dicho la palabra mágica!” por nombrar solo unas pocas.

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Parque Jurásico es un hito en la historia del cine por muchos motivos. Habiendo expuesto casi todos ya, solo resta elogiar la labor de Stan Winston e Industrial Light & Magic, responsables de crear la que a día de hoy sigue siendo la criatura generada por ordenador más real(ista) y mejor integrada de la historia del cine, el Tiranosaurio Rex -que como todos los dinosaurios de la película, tiene sus dobles animatrónicos, igualmente geniales, aunque salte demasiado a la vista cuándo es uno y cuándo otro. En Parque Jurásico 3D sentimos más cerca que nunca las fauces de este gran monstruo, notamos su respiración en nuestro rostro, y completamente inmóviles (ya sabéis, se guían por el movimiento) en la oscuridad de una sala de cine volvemos a creer en una película capaz de cambiar vidas, de abrirnos camino y permitirnos soñar con nuestro propio circo de pulgas.

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