Anatomía de Grey – “Puttin’ on the Ritz” (Episodio 200)

Puttin on the Ritz

“It’s time to put on makeup, it’s time to dress up right, it’s time to get things started on the Muppet Show to— crap!”

Incluso si le preguntamos al fan más acérrimo de Anatomía de Grey si cree que la serie debería acabar ya, probablemente responderá que sí. El drama médico de Shonda Rhimes alcanzó el jueves pasado uno de los hitos más imposibles de la televisión en prime-time: el episodio número 200. “Puttin’ on the Ritz” (10.04) fue una celebración (literalmente) de los nueve años en antena de una de las series clave del nacimiento de la nueva época de esplendor en la televisión norteamericana. Después de tantos episodios, con mil y una muertes y más catástrofes y calamidades de las que el espectador puede procesar, Anatomía de Grey sigue disfrutando de excelentes índices de audiencia (sobre todo teniendo en cuenta lo mal que andan últimamente para todas las cadenas) y el favor de uno de los públicos más fieles. Sin embargo, el éxito prolongado de la serie no es suficiente para acallar al sentido común. Y este nos dice que Anatomía de Grey debería concluir pronto.

“Puttin’ on the Ritz” no es el gran episodio que debería haber sido, pero sí representa a las mil maravillas lo que es, y sobre todo lo que fue, Anatomía de Grey. Los doctores del Seattle Grace, ahora Grey Sloan Memorial, visten sus mejores galas para asistir a una gala benéfica a favor de la reconstrucción del hospital después del enésimo Apocalipsis que tuvo lugar al final de la novena temporada. Giles dijo que había una Boca del Infierno en Cleveland, y a Shonda Rhimes se le ocurrió que Seattle no iba a ser menos. El episodio 200 es así un regreso a los orígenes, el recordatorio de lo que hace tiempo fue una serie que comenzaba con esta cabecera. Batas azules, vestidos y tacones altos. Bisturíes y copas de champán. Camillas para pacientes y para doctores cachondos. McDreamy de esmoquin. Una gran fiesta como las de antaño (concretamente como la prom de “Losing My Religion”, episodio mítico de la segunda temporada), en la que todo puede ocurrir. La diferencia es que, aunque Anatomía de Grey sigue apoyándose principalmente en las relaciones amorosas de sus protagonistas, hay otras fuerzas mayores en juego, y la sensación ya no es la misma, para bien o para mal.

A pesar de seguir recurriendo a un repertorio fijo de tramas y reciclajes varios, Anatomía de Grey ha sabido evolucionar y mantenerse a flote, y “Puttin’ on the Ritz” sirve para demostrarlo. Ya no es lo mismo, pero lo que es ahora no está mal tampoco. El episodio 200 es una bola de cristal en la que una aparición de Izzie o George no habría estado fuera de lugar (al margen de que una sea gilipollas y el otro esté muerto), y con la que parecen decirnos “mira cómo éramos, cuánto hemos cambiado”. Las referencias a las icónicas primeras temporadas se suceden una detrás de otra a lo largo del capítulo. Avery, ahora presidente de la junta de directores del Grey Sloan incentiva a sus compañeros para que compitan a ver quién recauda más donaciones. Regresamos así a los días en los que los interns luchaban encarnizadamente por cirugías y oportunidades para brillar. Cristina lo recuerda con nostalgia (no sé qué vamos a hacer sin ella): “Es como cuando éramos residentes. Robando operaciones. Jugando sucio. Ya no puedo hacer ese tipo de cosas”. Se acuerda así de sus días como “tiburón” (ella sigue siéndolo, pero ya no muerde como antes porque no le hace falta) y nosotros hacemos balance del largo viaje personal y profesional que tanto ella como Meredith, Alex y los demás han vivido.

Meredith Grey 10x04Los casos médicos de “Puttin’ on the Ritz” desprenden también un aroma inconfundible a Classic Grey’s (que es igual que decir “lo mismo de siempre”): la fractura de tibia en medio de un espectáculo de contorsionismo, el paciente racista que plantea los más complicados dilemas morales (nada como aquel asesino interpretado por Eric Stoltz), el propio miembro del equipo que se debate entre la vida y la muerte, el padre de uno de los doctores que llega enfermo al hospital. Pero sin duda, el homenaje más significativo que “Puttin’ on the Ritz” lleva a cabo es a Meredith Grey y Derek Shephard, discretos pero sólidos protagonistas que muy a menudo se retiran a un segundo plano para dejar que los demás tomen las riendas de la historia. “Estoy haciendo memoria. Yo, una sala de exámenes y tus bragas pinchadas en un corcho – El baile de fin de curso”. Mer-Der representan todo lo que define a una serie de televisión longeva como esta: lo que permanece estático e inquebrantable, y lo que evoluciona y cambia sin mirar atrás. Y Anatomía de Grey es un constante tira y afloja entre ambas tendencias. Es incansable, ama a sus personajes y no se olvida en ningún momento del espectador al que tanto ha hecho llorar, reír y sufrir. Pero desafortunadamente, no puede evitar que el paso del tiempo, los cambios en el reparto y la repetición le pasen factura. Al final, la conclusión siempre es la misma, y aunque falten chispas, después de nueve años no carece de fuerza. Meredith y Derek, con sus brillantes ojos a la vez tristes y felices, se ponen la bata quirúrgica por encima de sus atuendos de etiqueta, como antes. La pasión por su profesión es lo que los mueve, y esta pasión es lo que sigue dando pábulo a Anatomía de Grey después de tanto tiempo. Grey’s siempre ha tenido muy claro lo que es. On with the show, this is it. Pero no demasiado, por favor.

 

 

Anatomía de Grey, "State of Love and Trust" (6.13)

Pensamientos sobre “State of Love and Trust” (6.12) de Anatomía de Grey (esta entrada puede contener spoilers):

– Por ahora, uno de los mejores episodios de la temporada. El recurso de acudir a otro personaje para los monólogos interiores del episodio ya se ha convertido en una constante de la serie. Los episodios centrados especialmente en un personaje dan un respiro a la voz resquebradiza de Ellen Pompeo. “State of Love and Trust” tiene a Derek como principal protagonista, y él se encarga de los voiceovers, para hacer básicamente lo mismo que Meredith: Soltar una frase a medias y acabarla después de tres o cuatro escenas, cuando ya no nos acordamos de lo que estaba diciendo…

– Nadie echa de menos a Izzie Stevens, ¿verdad? Katherine Heigl volvió en el episodio anterior para marcharse de nuevo. Al menos se encargaron de dar algo de cierre a su relación con Alex. Magnífico Karev en el episodio anterior dándose cuenta de que no se merece a Izzie. Después de ese momento y tras su nueva ausencia, nos damos cuenta de que nosotros tampoco nos merecemos a Izzie. No si va a ser de esta manera. Anatomía de Grey está llena de buenos personajes, no puede ponerse patas arriba cada vez que la caprichosa de Heigl quiera hacer una comedia romántica. Katherine, si no vuelves de verdad, estamos preparados para verte marchar… para siempre.

– Me llama la atención/irrita el sobre esfuerzo de los guionistas por hacernos querer a Arizona Robins. Cuando lo normal es que los personajes gusten sin apenas artificios, en el caso de Arizona, desde el principio, parece haber una tendencia a hacerla “especial” a base de manías o características bizarro-infantiles. Una cirujana de pediatría que lleva zapatillas de deporte con ruedas. Podría ser genial, pero me resulta un poco… desesperado.

– Nadie lleva las camisas azules como Patrick Dempsey. Cuando uno piensa que no puede ser más guapo, va y ve “State of Love and Trust” y ¡bang! La escena en la que Hunt y Sloan visitan a Shepherd en su nuevo despacho es mejor que cualquier porno. Vaya tres.

– Han conseguido que la aburrida trama de alcoholismo de Richard Webber desemboque en una de las tramas más interesantes de la temporada. Derek y Richard no suelen tener momentos estelares juntos, pero la tensión provocada entre el hombre perfecto más imperfecto de la tv y el pesado del Chief ha sido de lo mejor de lo que llevamos de sexta temporada, y da paso a un cambio que espero que los guionistas sepan aprovechar al máximo (sobre todo en cuanto a Meredith, que puede dar mucho de sí como la mujer del Jefe).

– Por mucha repetición de esquemas y tramas que presente, Anatomía de Grey es una de las pocas series que me provocan más de una carcajada en cada episodio. Bravo por los gags de esta serie. Little Grey curando a Cristina y esta diciéndole “Don’t cry on my ass” fue uno de esos momentos.

– Cristina Yang sigue siendo el mejor personaje de la serie, y en este episodio tiene un momento a la altura de sus mejores escenas en las anteriores temporadas. Después de comerse el episodio “Blink” en su escena final ante Teddy (en la que le ofrece a Hunt a cambio de que se quede), Cristina vuelve a poner la carne de gallina hablándole a Hunt sobre Burke. Bravo, Sandra Oh por tus dejarnos k.o. con tus escenas dramáticas (a pesar de esa voz de ogro ahogándose), y bravo señores guionistas por seguir arañando a los personajes hasta llegar a sus entrañas.

Anatomía de Grey lleva seis temporadas, y a pesar de moverse a menudo por inercia, se las arregla para mantenerse en plena forma. Ya no hay ni un solo caso médico que no resulte repetitivo y (a menudo) ridículo y patético, pero los problemas internos del hospital y los personajes siguen haciendo de Anatomía de Grey una de las mejores series de la televisión norteamericana en abierto.